Arturo Yarish ¿Todo lo viejo es nuevo otra vez? O por qué leer a Ferdinand Pecora



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Hipotecar la buena voluntad de la segunda posguerra en el juego de poder por la dominación mundial

A partir del supuesto razonable según el cual un eje nacional unificado podría operar como un sólido centro económico y político/moral de las alianzas de la segunda posguerra capaz de capear los desequilibrios económicos, la élite dominante usamericana de ambos partidos hizo una costosa apuesta política cuyos efectos acumulativos han producido la actual coyuntura política y económica, recientemente acentuada por la crisis financiera. Al explotar sistemáticamente su prestigio internacional y abusar de su poder político y económico a fin de asegurar su dominio en la esfera económica, la élite dominante del país hipotecó el futuro colectivo de la nación. Es por ello que cuando hablamos de la crisis de la deuda con la crisis de la confianza debemos de identificar atinadamente a la “crisis” como una calamidad del sistema político, cultural y económico en conjunto, es decir, como un fracaso extremo del capitalismo.


La élite dominante usamericana, asumiendo una postura de superioridad moral y proyectando sin pudor alguno su supremacía militar y económica, se dedicó a convencer a sus aliados, tal como suele tratar de cooptadas o coaccionar a sus rivales, para que aceptaran relaciones políticas y económicas asimétricas de temporal interés mutuo. Con una visión de largo plazo fija en la dominación, el creciente costo moral y económico de estas relaciones desiguales formó una intrincada red de dependencia que cuajó las condiciones para el viraje que ha producido la actual crisis económica. A través de una estrategia combinada de recompensa y castigo, la élite dominante usamericana, con representantes de republicanos y demócratas, aprovechó sus recursos internos y explotó los sentimientos predominantes en la cultura popular a fin de apoyar una estrategia dual y de equilibrio precario enfocada al desarrollo interno mediante el incremento del consumo de los recursos internacionales para mantener el impulso nacional de dominar las relaciones económicas alrededor del globo. En un esfuerzo persistente por controlar la mano de obra, los recursos y los mercados internacionales de bienes para satisfacer la demanda interna, los expansionistas usamericanos transitaron con mayor vehemencia del keynesianismo social a una agresiva política exterior de expansión corporativa cuyo motor es la deuda y la onerosa proyección del poderío militar para asegurar las rutas internacionales de importación y exportación y los mercados cruciales para el apuntalamiento de su postura capitalista y su poder mundial. Las recompensas ofrecidas a los aliados y los cooptados consistieron en el acceso a los mercados usamericanos; el castigo para los escépticos, los rebeldes y los renuentes a cooperar fueron diversas formas de coerción, desde el bloqueo hasta la franca invasión. Durante toda la segunda posguerra esta costosa estrategia expansionista de agresión militar hacia el exterior financiada con deuda y complementada por el consumismo interno basado en el crédito ha llevado al país a la más profunda crisis económica y financiera desde la década de 1930.
La apuesta neoliberal usamericana para dominar a todos los rivales económicos y políticos ha dejado a la clase política abatida. Tras el derroche de la buena voluntad internacional a lo largo de la segunda posguerra y el flagrante malgasto de su riqueza material, los neoliberales han caído en una espiral política y económica producto de un impulso imperialista insostenible. Usamérica ha pasado de ser el banco de última instancia para el mundo a ser el consumidor de última instancia en el mundo; además, ha asumido el terrible y peligroso estatus de nación más endeudada y más armada en el planeta. La estrategia general usamericana como potencia mundial, basada en la intimidación, la coerción militar y el dominio financiero mediante la expansión sin precedentes de la deuda ha arrastrado a muchos de sus Estados clientes al borde del caos económico.
La intención de comprar su pase a la prosperidad y forzar su camino hacia la supremacía mundial a través del crecimiento constante de la deuda pública y privada ha propiciado una crisis de liquidez de dimensiones planetarias capaz de desencadenar una crisis masiva en la confianza política, moral y económica dentro de Usamérica y a escala internacional. Las prácticas de expansión de la deuda mediante los préstamos rapaces y la expansión empresarial dentro y fuera del país, todo ello fundamentado en una postura de imperialismo cultural y económico, respaldado por amenazas militares y agresiones directas no solamente revelaron las debilidades inherentes a los métodos del capitalismo corporativo usamericano; además, agotaron el contenido ético de su mensaje político y cultural al degradar públicamente una imagen exagerada. El desafío que enfrenta el nuevo gobierno supera, con creces, la recuperación económica.
Desde mediados de la década de 1980, los dos partidos dominantes en este Estado corporativo imperialista calcularon que otras naciones industrializadas y capitalistas en el mundo dependían bastante de la protección militar usamericana, del dólar usamericano (usad) como moneda de intercambio internacional y de los mercados de consumo usamericano en constante crecimiento como comprador insaciable de productos elaborados a lo largo y ancho de una creciente red globalizadora neoliberal de agricultores y fabricantes de toda clase de bienes, desde flores hasta muebles y automóviles o televisiones. Hoy en día se cuestiona ampliamente este supuesto sobre el que se basaron las relaciones internacionales políticas y económicas.
Después del colapso de la Unión Soviética, los neoliberales creyeron que prácticamente tenían el potencial para crear un ciclo infinito de prosperidad nacional, cerrado y controlado militarmente, basado en tres pilares derivados de la segunda posguerra: la fuerza del dólar usamericano, el poder para crear deuda y la agresión económica y financiera con respaldo militar. Una vez obtenida la cooperación de la República Popular China en las relaciones comerciales y, por ende, habiendo incrementado la confianza en que los mercados liberalizados alrededor del mundo seguirían aceptando el flujo inagotable de dólares su usamericanos como pago de todas las obligaciones comerciales y financieras, y suponiendo además que sus socios comerciales continuarían dependiendo del consumidor usamericano para expandir su producción como base de la salvación económica, Usamérica se posicionó, con confianza excesiva, como el pelotón del mundo y el pesado matoncito internacional. La élite dominante neoliberal, consumidora de aproximadamente 45 a 50% de la riqueza del planeta y capaz de proyectar el poderío del aparato militar más costoso en la historia moderna, creyó poder allanar el terreno hacia la dominación mundial al ampliar el flujo circular de la economía internacional dolarizada.


El resultado acumulativo

Tras embarcarse en otra etapa de agresión (una más) durante la larga expansión de la segunda posguerra, cuyo inicio quedó marcado por la primera recesión del siglo XXI y después de los desastrosos eventos del 11 de septiembre de 2001, el consorcio neoliberal usamericano en el poder llevó su apuesta aún más lejos: aplicaría una vez más la demostrada fórmula de la Guerra Fría para estimular a la economía nacional mediante la movilización de los temores generalizados entre la población y así apuntalar su proyecto imperialista. Al cultivar sistemáticamente el profundamente arraigado miedo usamericano a lo extranjero, un miedo que alcanzó un grado extremo tras la tragedia internacional de los avionazos en el World Trade Center, la derecha neoliberal, los neoconservadores con prácticamente el apoyo incondicional de los demócratas neoliberales, lanzó la mayor movilización militar desde el inicio de la guerra en contra del pueblo vietnamita.


La movilización belicosa y el nuevo estilo para exaltar el brío patriota mientras se cocinaba la invasión de Iraq marcaron una nueva estrategia de control económico y social para poner al país en pie de guerra, una estrategia que invirtió los típicos atractivos del sacrificio nacional para apoyar a las tropas. En una novedosa interpretación de la política de cañones y mantequilla, el propio patriotismo fuera interpretado como el derecho y la responsabilidad ciudadana de consumir. Mientras el gobierno federal profundizaba la deuda pública en una juerga de derroche a cambio de armamento, se alentaba a la población usamericana a seguir comprando a crédito. Cuando se evidenció la contracción económica posterior a las elecciones del año 2000 y al inicio del primer gobierno de G.W. Bush, los neoconservadores lanzaron un plan nacional de estímulo económico basado en la guerra que contenía un elemento de consumo interno exagerado. Al mismo tiempo, mientras el gobierno federal recanalizaba los fondos de los programas sociales a las compras militares, las genuinas ansiedades de la población se diluían en una orgía de consumo excesivo sostenido en la deuda. La élite dominante disipó el miedo no infundado al alentar a la población a la indulgencia a crédito y, por un tiempo, distrajo efectivamente la atención del pueblo usamericano de su derecho a saber al anteponer su derecho a consumir. Los medios dominantes dentro del país contribuyeron a sustituir con éxito la participación política con el consumo excesivo al promover la supuesta necesidad de sacrificar la libertad en nombre de la seguridad en tiempos de guerra.
La élite derechista dominante se valió de las incertidumbres del momento y, como ahora sabemos, fabricó diversos engaños para condicionar a la población a aceptar la necesidad de adoptar políticas de confidencialidad y restricción informativa19 capaces de diluir el contenido democrático del proceso de toma de decisiones, abriendo así un amplio resquicio para dar luz verde a especuladores de la guerra y sus compinches, manipuladores del mercado y especuladores financieros en pos de su propia riqueza a través de contratos empresariales preferenciales y acuerdos financieros carentes de regulación que acabarían por corromper aún más los mercados y los mínimos principios de la democracia representativa. Los neoconservadores manipularon temporalmente el miedo real dentro del país y lo aprovecharon dentro del juego de poder político para expandir el imperio en el exterior y así avanzar en la integración del estilo militar reservado de mando combinado con las prácticas empresariales confidenciales, todo ello sumado a la tendencia autoritaria de la élite dominante de derecha. Así, la estridente insistencia oficial en el secreto político para cumplir objetivos en tiempo de guerra sirvió como excusa y justificación para restringir la disponibilidad información en los tratos comerciales, lo que generó un opaco círculo de demagogia engañosa que hace de trasfondo político y cultural a la actual crisis económica.


Más allá de la teoría neoclásica convencional: los autoproclamados conservadores corrompieron la cultura política conservadora y la economía convencional para mostrarse como viles maestros de la estafa*



El capital corporativo en contra de la democracia

En el frenesí del cada vez más desconcertante gasto público y privado financiado por la deuda que no hizo sino echar leña al fuego de una rampante especulación financiera, resultó herido el gigante que parecía ser la única superpotencia en el horizonte y, sin embargo, se presentaba cada vez más debilitado. No fue una potencia extranjera la que puso al gigante de rodillas, sino su élite dominante de derecha, esa que aceleró la tendencia innata del sistema hacia las crisis cíclicas y estructurales que ahora ha producido la bancarrota financiera y el terremoto económico. En nombre de la conservación de los principios y las prácticas del capitalismo, los neoconservadores agravaron las tendencias idiosincrásicas subyacentes a la política y al sistema económico. Su apuesta política y económica dentro y fuera del país redujo su capacidad de maniobra en el entorno económico, financiero y militar; en el proceso, creó una nueva y creciente crisis de confianza de escala internacional en este desorden capitalista al tiempo que públicamente de grado su propia versión de la democracia dentro y fuera de sus fronteras.




Las semillas de un tipo de transformación

Estos son los peligrosos elementos interrelacionados de una transición velada que ha drenado la economía y corrompido la política, y que arrastra al país y seguramente al mundo a una depresión. La estudiada dilución del contenido de la noción cultural y popular de un mínimo de control democrático sobre la economía tenía lugar en el mismo periodo en que los sucesivos gobiernos federales recibían luz verde para aplicar un elemento de discreción corporativa que bajo el mando de G.W. Bush se convirtió en ejercicio oficial a partir de la creciente demanda de prácticas administrativas autoritarias y de confidencialidad que quedan claras y bien pueden resumirse en los defensores del concepto de presidencia unitaria o imperial.20 La congruencia política y cultural entre los métodos de gestión corporativa autoritaria y la asunción de un poder incuestionable por parte de la presidencia usamericana no puede obviarse en el presente análisis, ya que es precisamente esta combinación de confidencialidad y restricción informativa en la esfera pública y en el ámbito privado lo que contribuyó a las condiciones de la crisis económica y financiera, y a la crisis de la democracia que se manifiesta en lo que llamamos “crisis de confianza”.


En un momento de deliberada decepción pública que reflejó sus arrogantes delirios de grandeza, la élite dominante de derecha aprovechó concientemente la simpatía internacional tras la tragedia del 11 de septiembre de 2001 para iniciar una guerra que simultáneamente socava su poder económico y el orden político autoritario que promovía. En el proceso, la élite neoliberal a cargo ha desacreditado su propia propaganda política al romper el vínculo entre sus metas capitalistas y los profundos sentimientos populares e idiosincrásicos a favor de procesos políticos mínimamente democráticos. Al imponer su limitada versión de la democracia apunta de bayoneta y pasar revisión a muchos países, desde Puerto Rico hasta Iraq, ha obligado a la población mundial, incluida la usamericana, a cuestionar su honestidad política.
Con el fomento de agresiones financieras y corporativas dirigidas a los productos, recursos y mercados financieros del planeta, agresiones apoyadas en un fuerte componente militar, la élite de derecha en el poder usamericano ha desacreditado las teorías del “libre comercio” que públicamente apoyaba al tiempo que se revela como la principal amenaza a la democracia popular. La confidencialidad extrema y la restricción informativa acerca de sus controles administrativos, la manipulación de los datos y el franco engaño en el que ha incurrido de manera particularmente deliberada en los últimos ocho años, han dejado claro el inherente antagonismo entre el capitalismo de un Estado corporativo y todas las nociones populares de cualquier clase de democracia. Al solicitar la instauración de absoluta confidencialidad alrededor de la oficina del Ejecutivo y hasta las oficinas de los magnates de las grandes corporaciones, los neoconservadores refrendaron oficialmente la tendencia subyacente en la mentalidad de liderazgo capitalista que favorece e insiste en el secreto como elemento esencial para el funcionamiento del corporativismo. La élite dominante de derecha se ha puesto en evidencia como dirigentes sin ley en un mundo que busca la ordenada reorganización para salir del caos creado por agresores que han demostrado ser maestros de la estafa. Tras la manipulación de toda clase de datos en informes oficiales sobre las amenazas a la seguridad nacional y la integridad de las investigaciones científicas, la necesidad de la más estricta confidencialidad se convirtió en la tapadera de la incompetencia.
La confidencialidad extrema exigida por los neoconservadores que defienden la presidencia unitaria refleja y otorga el apoyo oficial a los agentes corporativos que propugnan la necesidad del secreto y los métodos autoritarios en el mundo empresarial. Esta cultura corporativa elitista21 encuentra validación y un reflejo destructor en las parecidas demandas antidemocráticas que plantea el Ejecutivo a fin de aislarse y evitar el escrutinio público. Al igual que los operadores del capitalismo corporativo que han preparado una red privada laberíntica de confabulaciones a fin de profundizar la crisis de confianza en el sistema financiero, las prácticas autoritarias de la derecha neoconservadora en el poder desgarraban la confianza pública en la estructura política. La derecha dominante ha recurrido a los lemas del individualismo, la democracia y la economía clásica de mercado a fin de destruir las más mínimas salvaguardas políticas frente a la agresión descontrolada del capitalismo corporativo dentro del país y alrededor del mundo. La confidencialidad para encubrir el engaño y evitar el escrutinio público de una larga cadena de fracasos políticos y económicos se convirtió en una lógica enredosa de tácticas administrativas fraguadas por los maestros de la estafa que pretenden maquillar tanto las tendencias autodestructivas del capitalismo como sus propios errores.


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