Arturo Yarish ¿Todo lo viejo es nuevo otra vez? O por qué leer a Ferdinand Pecora



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¿Qué retos nos esperan?



¿La repetición de una trágica historia económica nacional, una nueva depresión, un golpe corporativo o una oportunidad histórica?

Este repaso de la trayectoria de las políticas económicas neoliberales, actualmente destacada por el sombrío panorama social marcado por el creciente desempleo, la ejecución de propiedades y los sueños rotos, sintetiza las profundas causas de largo plazo de la crisis galopante del capitalismo corporativo en nuestro tiempo. Las decisiones tomadas desde la perspectiva de la clase dominante son egoístas. El capitalismo corporativo no puede cumplir la promesa de “mejorar la vida de todos” o, como lo estipula la Constitución usamericana, “...promover el bienestar general”, porque el capitalismo es un sistema de explotación de la mano de obra para beneficio privado, así que no puede satisfacer los criterios humanos para la equidad social. La ganancia de un individuo siempre se consolida al costo de la explotación de otro. Fundamentalmente, esta es la razón por la que el capitalismo es un enemigo de la humanidad. Todos los beneficios que realmente favorecen al pueblo han sido conquistas de la lucha por los derechos civiles o la lucha de la clase trabajadora por mejorar las condiciones políticas y económicas, o bien han sido cuestiones incidentales a los requisitos de generación de ganancias y concentración de riqueza propios de la supervivencia de los capitalistas. Las devastadoras consecuencias históricas y sociales del nimio éxito económico del sistema de acumulación y concentración de riqueza en unas cuantas manos marcan propios límites de crecimiento, al tiempo que revelan claramente su espíritu antisocial y antidemocrático.


El éxito económico del capital reservado a unos cuantos dibuja el cuadro descarnado de su fracaso como sistema social democrático. Es indispensable garantizar la noción de igualdad en las condiciones sustanciales que lo hagan posible. El proceso capitalista de acumulación socava una y otra vez las condiciones económicas necesarias para la igualdad social, al tiempo que la especulación financiera en el reino fantasioso tipo casino del capitalismo la hace inaccesible a cada vez más personas. Este sistema socialmente irracional concentra la riqueza y el ingreso en todavía menos manos; hoy, al igual que en la década de 1930, deja a la inmensa mayoría de la clase trabajadora que produce la riqueza de la nación “marginada y contemplando las maravillas que han conseguido...” (palabras tomadas de Solidarity Forever, de Ralph Chaplin43). La promesa social del capitalismo, como su teoría subyacente, es un mito de profundas contradicciones que se reflejan en sus fracasos recurrentes cada vez que las crisis se profundizan. Hay alternativas a nuestro alcance para salir de este modo de destrucción social restrictivo y antidemocrático.


La oportunidad a nuestro alcance

Para trazar un bosquejo de la oportunidad histórica que debemos definir ante la depresión en ciernes y los constantes esfuerzos por concentrar el poder corporativo a costos humanos inaceptables, debemos ir más allá de la reforma para pasar a las transformaciones socioeconómicas que eliminan por completo las tendencias destructivas de los ya inequívocos patrones del capitalismo del Estado corporativo militarizado. Los primeros pasos en esa dirección requieren un análisis profundo de la historia detrás de la actual catástrofe económica y exigen empezar por observar las crecientes contradicciones entre las prácticas vigentes y la propaganda mitificadota de los intérpretes neoliberales de la teoría de la economía clásica.


Sobre todo, tendríamos que preguntarnos si debemos seguir resignándonos mansamente a una teoría económica que es un fracaso y a las prácticas empresariales destructivas que la acompañan. Debemos de abordar las preguntas elementales de la lógica de la acumulación capitalista que destruye nuestro bienestar individual y colectivo para salvar las ganancias privadas. ¿Tenemos que renunciar a la inteligencia que sostiene nuestra percepción de problemas cada vez más evidentes para creer en el mito de los efectos benéficos de los mecanismos de un mercado sin control mientras todo evidencia resultados desastrosos para la sociedad?
Después de dos siglos de patrones recurrentes de recesión y depresión en Usamérica, ¿volveremos a darnos el lujo de ser conducidos a otro parche económico por parte de quienes propiciaron la crisis y no pueden ofrecer más que las mismas recetas que conducen a otro desastre? Ambas escuelas de pensamiento económico reconocen que los ciclos destructivos constituyen parte inherente del proceso de acumulación capitalista, pero todo lo que los neokeynesianos y monetaristas neoclásicos pueden ofrecer como paliativo en un Estado corporativo aún más poderoso que nos coloca a todos en el sendero para la formación de una sociedad feudal-industrial dictatorial que nos encerrará en una nueva dictadura. En la actual crisis económica, al igual que durante los primeros meses de la guerra en contra del pueblo iraquí, estamos condicionados a canjear la libertad humana por la aterradora inseguridad de una existencia neofeudal controlada por las corporaciones. Los dirigentes del Estado corporativo de ambas alas del capitalismo usamericano crean activamente una transformación de inspiración política para cambiar nuestras vidas económicas y culturales. Mientras los furibundos ideólogos de derecha se oponen abiertamente al rescate del capitalismo, los keynesianos neosociales reformistas no pueden más que ofrecer remedios caseros para calmar el voraz apetito de los capitalistas corporativos.
¿Los gobernados nos someteremos pasivamente, una vez más, a los caprichos de un sistema económico manipulado y en convulsión? ¿Debemos aceptar con docilidad el lema aterrador de los neoliberales según el cual no hay alternativa a los auges y desplomes socialmente desconcertantes del modo de destrucción capitalista corporativa? ¿Por qué no trabajar conscientemente en la construcción de una alternativa con el deseo deliberado de satisfacer las necesidades humanas? ¿Qué nos detiene? Aunque tengamos miedo, debemos preguntarnos si tenemos que seguir aceptando justificaciones vacías y superficiales de los fracasos del sistema capitalista una y otra vez en cada crisis, esas justificaciones que nos ofrecen los responsables de la formulación de políticas públicas y los economistas convencionales que se valen de racionalizaciones teóricas para explicar por qué el capitalismo no funciona de acuerdo a la teoría neoclásica. Y cuando repiten el monótono mantra de los mitos del mercado que no funcionan en la práctica, ¿debemos sentarnos abúlicos y echarnos la culpa mientras las arcas nacionales, llenadas con el esfuerzo colectivo, son saqueadas una y otra vez por los incompetentes agentes del desorden capitalista, quienes después tienen la audacia de revelar cómo usarán la riqueza colectiva para suavizar su caída financiera a nuestra costa mientras más y más compañeros pierden su empleo? ¿Abriremos los ojos a las estratagemas de autopreservación de la clase dominante, estratagemas que se diseñan siempre para mantener a los chicos de Wall-Street a flote y a las personas de a pie en lanchas plagadas de agujeros? ¿Superaremos los miedos para ver la realidad detrás de la idea de restaurar la liquidez de los grandes financieros, los 306 mil millos tan solo para Citibank,44como otra medida administrativa para rescatar a los ricos mientras se hunden las familias trabajadoras en el costo fiscal de mantener a esta gente a flote? ¿Por qué habríamos de seguir pagando el costo de la solvencia corporativa a costa de la creciente inseguridad de nuestras familias?
Ante el desastre social y económico en curso, ¿debemos aceptar pasivamente las normas de los métodos capitalistas corporativos antidemocráticos de dominio dictatorial que despliegan con arrogancia los administradores mientras nos hacen pagar por otro momento histórico de fracaso? ¿Quién ha fracasado? El fracaso es responsabilidad de los dirigentes del desorden capitalista. No podemos internalizar esa culpa: nosotros, la clase trabajadora, estamos lejos de quienes detentan el poder. No podemos someternos pasivamente a sus prácticas autoritarias, prácticas que, en el mejor de los casos, producirán la nueva escenificación de las recesiones y depresiones trágicas que marcaron la historia nacional en el siglo XIX y el siglo XX. Podemos crear una transformación hacia una alternativa socialmente equitativa, pero para ello tenemos que llegar al poder.
Conforme nos recuperamos del shock y advertimos claramente la manipulación del juego del que somos testigos (el rescate, la compra, el pago y la venta del erario público), debemos empezar a reconocer que los más recientes promotores y proselitistas de los mitos del capitalismo han traicionado sus propias convicciones, porque también han traicionado su propia confianza y la del público. En el nombre de la eliminación de innecesarias mecanismos de regulación para asegurar los supuestos beneficios de la libre interacción de mercados con capacidad de autocorregirse, los monetaristas neoclásicos, maestros del fraude, repitieron y magnificaron los abusos de la década de 1920 en su esfuerzo por transformar al sistema capitalista. En nombre de la preservación del sistema, la élite corporativa, los financieros y sus asesores económicos han transitado de manera abierta, sin ambages y en forma decisiva al intento de controlar la crisis económica en su propio beneficio.
Al rechazar abiertamente la teoría del mercado y subvertir la diariamente a través de medidas administrativas, neoliberales, monetaristas y neokeynesianos, republicanos y demócratas dejan claro desde sus intervenciones administrativas autoritarias en los mercados financieros que su intención es aprovechar su capacidad de influencia económica para orientar la capacidad de Estado en la redefinición de las relaciones políticas y económicas a fin de superar las desastrosas consecuencias de sus propias veleidades. De no incluir la voz popular, las reformas tecnócratas no harán sino incrementar el poder del Estado corporativo.
El encuadre actual del debate en torno a la nacionalización de la banca tal como se presenta en los círculos dominantes y oficiales neoliberales representa un excelente ejemplo del sesgo de clase y de las prioridades clasistas para la preservación de la riqueza privada a expensas de la mayoría de la población. Cuando los reformistas audaces hablan de nacionalizar temporalmente los bancos con el compromiso franco de devolverlos al control privado una vez que se hayan reorganizado, hayan recuperado su solvencia y vuelvan a ser rentables, nosotros, la clase trabajadora, debemos tomar nota en el mejor de los casos de que el intento es preservar un sistema clasista de explotación ilimitada del trabajo porque las familias trabajadoras seguirán atadas a un proceso económico de contratación de deuda frente a las instituciones corporativas privadas.
A pesar de que los demócratas nos aseguren que su intento por preservar el carácter privado de la banca dentro de su plan de “nacionalización”, un plan que calladamente se hace a un lado, la derecha no se limita a manifestar su oposición, sino que de manera por demás oportunista califica al plan de rescate económico del nuevo presidente de socialista y comunista. Según las infundadas declaraciones de la campaña republicana, Barack Obama es un socialista y según los recientes comentarios de Alan Keyes, conservador extremista, el nuevo presidente es un “comunista radical”; son contadas las personas entre las filas de los republicanos que tienen voluntad de reconocer las genuinas intenciones reformistas del presidente. Tal como lo señaló claramente en su discurso pronunciado ante el Congreso el 24 de febrero,45 el presidente contradice los inflamados alegatos que pretenden alejarlo de la inequívoca línea histórica de los reformistas:

Rechazo la idea según la cual nuestros problemas se resuelven solos, esto querría decir que el gobierno no tiene ningún papel en la construcción de los cimientos de una prosperidad común; pero la historia demuestra lo contrario.
La historia nos recuerda que en todo momento de transformación y convulsión económica la nación ha reaccionado con grandes ideas y medidas audaces.
En medio de la guerra civil tendimos vías férreas de una costa a otra del país para reactivar el comercio y la industria.
De la agitación de la Revolución Industrial se derivó un sistema de educación superior que preparó a la ciudadanía para una nueva era.
Tras la guerra y la depresión, la ley G.I. envió a toda una generación a la universidad y dio paso a la clase media más numerosa en la historia.
Y la lucha por la libertad produjo una nación de carreteras, llevó a un usamericano a la luna y produjo una explosión tecnológica que todavía define nuestro mundo.
En cada uno de esos casos el gobierno no sustituyó a la iniciativa privada: catalizó a la iniciativa privada. Creó las condiciones para que miles de emprendedores y nuevas empresas se adaptarán a las circunstancias y prosperaran.
Rechazando claramente la visión fundamentalista económica según la cual los mercados tienen la capacidad de autocorregirse y demostrando ser un reformista en toda regla dentro de la tradición neokeynesiana, planteó su firme intento de resucitar al capitalismo dentro del marco del mercado propio del sistema. No sin un toque populista que reconoce las esperanzas de los enormes y cada vez más numerosos sectores de la población que soportan el impacto directo del desastre económico, se propuso disipar los temores y el escepticismo de la oposición republicana en un discurso cuidadosamente estructurado y diseñado para eliminar las sospechas de toda amenaza de cambio básico al orden económico y social del capitalismo usamericano. Si bien Barack Obama puede ser un sensible reformista económico de la tradición social keynesiana, también ha demostrado ser el paladín del capitalismo por excelencia que pretende preservar el modo de producción y las relaciones sociales del sistema vigente. No obstante, en sus últimas y frenéticas diatribas durante la convención CPAC, tal como lo reporta el New York Times del uno de marzo, los derechistas republicanos se sacudieron sin sentido ante un supuesto programa socialista de estímulo económico por parte del presidente.


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