Arte, poesía, anarquismo



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Arte, poesía, anarquismo” de Herbert Read

ARTE, POESÍA, ANARQUISMO*

Herbert Read

Herbert Read, poeta, critico de arte, ensayista, es una de las personalidades más interesantes de Inglaterra contemporánea.
Nacido en 1893 en Yorkshire, Inglaterra, se encontraba estudiando en la Universidad de Leeds al estallar la primera guerra mundial. Luchó como oficial de infantería en Bélgica y Francia ganando la Orden de Servicios Distinguidos y la Cruz del Mérito. Después de la guerra inicio su carrera en la administración pública británica, desempeñándose en el Victoria Museum y en el Albert Museum y se especializa durante este periodo en cerámicas y vitrales. Posteriormente fue designado profesor de Bellas Artes en la Universidad de Edimburgo, aparte de lo cual ha dictado numerosos cursos sobre arte en las Universidades de Cambridge, Liverpool y Leeds. Desde 1949, es director del Design Research Unit.
Paralelamente al desarrollo de sus actividades artísticas, Herbert Read se ha hecho conocer como uno de los más lúcidos e inspirados exores del ideario libertario moderno. Su enfoque es personalismo y preferentemente abstracto, difícilmente podría tachárselo de partidista y, si bien es susceptible respeto por su severa formación clásica y clara apreciación de la situación mundial contemporánea.
Su tesis en este libro, avalada por su propia experiencia como poeta, se resume en la necesidad ineludible de la libertad para la creación artística, no sólo como posibilidad de seguir las tendencias propias del intelecto, sino como condición para la vitalidad misma de la sociedad de la que el artista forma parte y, en consecuencia, para la fructificación de su obra.
En ello se basa su reprobación por los regímenes totalitarios de izquierda y derecha y su critica al capitalismo en lo que tiene de estancamiento, deshumanización y frustración vital.
Consecuente con los principios de orden, verdad y belleza, su coincidencia con el anarquismo moderno es el resultado inevitable de un proceso razonado y honesto, centrado en la realidad y apoyado en la historia -tanto la política como la del arte-, dirigido hacia el logro de una vida en armonía con las leyes naturales. Según sus palabras:
…«Un racionalismo realista crece por encima de todas estas enfermedades del espíritu (se refiere al nacionalismo, misticismo, megalomanía y fascismo) y establece un orden universal del pensamiento, orden necesario porque es el del mundo real; y porque es necesario y real no es una imposición del hombre sino de la naturaleza; y cada uno, encontrando este orden encuentra su libertad. El Anarquismo Moderno es una reafirmación de esta libertad natural, de esta conmoción directa con la verdad universal»…
C. D.

CAPÍTULO I
SIN PROGRAMA

El hecho de manifestarse a favor de una doctrina tan remota, en esta etapa de la historia, será considerado por algunos críticos como un signo de quiebra intelectual; otros lo tomaran como una especie de traición, como de una deserción del frente democrático en su momento de crisis más aguda; otros, en fin, como un simple desatino poético. Para mí significa no sólo volver a Proudhon, Tolstoy y Kropotkin, que fueron las predilecciones de mi juventud, sino la comprensión madura de la justicia esencial de sus ideas, como, asimismo, de la necesidad de concentrarme en cosas esenciales.


Quedo así expuesto al cargo de haber vacilado en mi adhesión a la verdad. Sólo puedo alegar en mi defensa que, si de tanto en tanto he contemporizado con otros medios de acción política -y nunca he sido un político activo, sino sólo un intelectual simpatizarte- fue porque creí que tal acción significaba un acercamiento a la meta final y que constituía simplemente medidas prácticas inmediatas. Desde 1917 en adelante, y en tanto pude conservar la ilusión, el comunismo establecido en Rusia apréciame prometer la libertad social de mis ideales. En tanto Lenin y Stalin prometían una definida “extenuación del Estado”, yo estaba dispuesto a ahogar mis dudas y a prolongar mi fe. Pero cuando pasaron cinco, diez, quince y luego veinte años y la libertad del individuo iba en retroceso en cada etapa, la ruptura fue posible transferir nuestras esperanzas a España, donde el anarquismo, largo tiempo opreso y reducido a la oscuridad, emergió como una fuerza de primer plano para el socialismo constructivo. Por el momento las fuerzas de la reacción establecieron allí una ruda dictadura, pero es imposible creer que la conciencia de un pueblo moderno, una vez compenetrada del sentido de sus derechos humanos, soportara por siempre semejante tiranía. La lucha en España ha sido la primera fase de la lucha mundial contra el fascismo, y la derrota de Hitler y Musolini implicara el eventual derrocamiento de su aliado Franco. El anarquismo volverá a manifestar entonces sus posibilidades en España y justificara la renovación de nuestra fe en la humildad humana y la gracia individual. La voluntad de poder, que durante tanto tiempo deformo la estructura social de Europa y que se posesiono incluso del espíritu de los socialistas, ha sido desempeñada por un grupo humano que puede pretender representar las fuerzas vitales de una nación. Por ello no veo por qué siendo intelectuales que puedan manifestarse abiertamente a favor de la única doctrina coherente con nuestro amor a la justicia y nuestro deseo de libertad.
Hablo de doctrina, pero nada hay que rehuya tanto instintivamente como un sistema de ideas estático. Comprendo que la forma, la estructura y el orden son aspectos esenciales de la existencia; pero en si mismos son atributos de muerte. Para crear vida para promover el progreso, para suscitar interés y vivacidad, es necesario quebrar las formas, modificar estructuras, cambiar la naturaleza de nuestra civilización. Para crear hay que destruir; y un agente de destrucción en la sociedad es el poeta. Creo que el poeta es necesariamente un anarquista y que él debe rechazar todas las concepciones organizadas del Estado, no sólo aquellas que heredamos del pasado, sino también las que se imponen al pueblo en nombre del futuro. En este sentido no hago distinción entre fascismo y marxismo.
Este ensayo es una confesión personal de fe. No es un programa ni un pronunciamiento de partido. No tengo designios deliberados respecto a la humanidad. He llegado a una ecuación personal: Yo sé quien soy, mis ideas se refieren a mi mismo. Están condicionadas por mi origen, el ambiente que me rodea y mi condición económica. Mi felicidad consiste en el hecho de que encontré la ecuación entre la realidad de mi ser y la dirección de mis pensamientos.
A despecho de mis pretensiones intelectuales, yo soy por tradición y nacimiento, un campesino. Desprecio esta absurda época industrial, no sólo a la plutocracia a la que elevo al poder, sino al proletario industrial al que arranco de la tierra para hacerlo proliferar en sórdidas habitaciones. La clase por la cual siento una simpatía natural, es la clase campesina, incluyendo los restos de la autentica aristocracia rural. Esto explica quizás mi temprana simpatía a Bakunin, Kropotkin y Tolstoy, quienes también fueron hombres del campo, aristócratas y campesinos. Un hombre que cultiva la tierra, he ahí el hecho económico elemental. Y, como, poeta, sólo me importan los hechos elementales.
En un sentido más profundo mi actitud es una protesta contra el destino que hizo de mí un poeta en la era industrial. Pues es casi imposible ser un poeta en una era industrial. En nuestra lengua hubo sólo dos poetas autentica desde que se instauro la era industrial, Whitman y Lawrence. Y ellos son grandes en sus imprecaciones, raramente en sus expresiones positivas de júbilo, Cierto es que Whitman sólo fue cogido en la trampa a medias; había nacido en una tierra cruda, escasamente desarrollada, lo cual explica que haya sido mucho más positivo que Lawrence.
Comprendo, sin embargo, que el industrialismo debe ser soportado y que el poeta debe tener intestinos que le permitan digerir los alimentos férreos. No soy medievalista lastimero y siempre he denunciado la reacción de Morris y de sus discípulos. He aceptado el industrialismo, he tratado de darle sus verdaderos principios estéticos, todo por que quise compenetrarme con de él para superarlo y llegar, de la fuerza eléctrica y plenitud mecánica, hacia donde el hombre pueda volver una vez más a la tierra, no como campesino, sino como señor. El éter nos dará la energía que los antiguos señores extraían de sus siervos: no habrá necesidad de esclavizar a ningún ser humano. Pero estaremos en contacto con la tierra: tendremos suelo y no cemento bajo nuestros pies. Viviremos del producto de nuestros campos y no de las pulpas envasadas en las fábricas.
No me importa mucho la practicabilidad de un programa. Sólo me interesa establecer la verdad y resistir todas las formas de dictadura y coerción. Tratare de vivir como un individuo, de desarrollar mi individualidad; y si fuera necesario, estaré aislado en una prisión antes que someterme a las indignidades de la guerra y del colectivismo. Es ésta la única protesta que un individuo puede hacer contra la estupidez en masa del punto moderno. Puede hacerlo -si está a su alcance- desde el seguro refugio de una Tebaida situada en Nuevo México; pero si es pobre deberá grabar una torcida figura romántica sobre los montones de ceniza de su país arrasado.
En la atmósfera parroquial de Inglaterra, profesar el anarquismo es cometer suicidio político. Pero hay muchos modos de cometer suicidio, de escapar de la insoportable injusticia de la vida. Uno de ellos fue el medio efectivo y moral que empleó un poeta como Mayakovsky. Me ocupare de él en el capitulo siguiente. Otro, es el camino de la Tebaida, el campesino tomado por los intelectuales cristianos ante una crisis similar en la historia del mundo y el que tomo en nuestro tiempo un artista como Gauguin. Gauguin no es quizá un pintor muy relevante, pero es pioners en ese modo particular de escape. Fue el tipo del artista que, comprendiendo la necesidad de la imaginación y apreciando tan profundamente como no importa quien sus cualidades, se lanzo concienzudamente en su busca. Trataba sobre todo de crear las condiciones materiales en las cuales funcionaria la imaginación. Abandono su ocupación burguesa y su matrimonio burgués; procuro evitar las más elementales actividades prácticas y económicas. “Mi decisión esta hecha: quieto ir pronto a Tahití, una pequeña isla en Oceanía, donde la vida material no necesita dinero. Una época terrible se esta preparando en Europa para la próxima generación: el reinado del oro. Todo es pisoteado, los hombres y el arte. Aquí uno es consecuentemente perturbado. Allí por lo menos, el tahitiano, bajo un cielo estival, viviendo sobre un suelo maravillosamente fértil, sólo necesita alargar la mano para encontrar el alimento. En consecuencia, nunca trabaja. La vida, para el tahitiano, consiste en cantar y hacer el amor, de modo que estando mi vida material bien organizada, podré entregarme enteramente a la pintura, libre de toda especie de celos artísticos, sin necesidad de ocuparme de tareas tediosas”. Gauguin fue a Tahití, pero sufrió un amargo desengaño. Comprobó que incluso en los mares del Sur, no se podía escapar del “reinado del oro”. Uno se encuentra simplemente en un punto remoto y debe luchar sólo contra sus exponentes más degradados. En suma, sólo se pude escapar a la civilización, renunciando por completo a la civilización -abandonando la lucha por la belleza, por fama y fortuna-, valores burgueses a los cuales Gauguin aun adhiere patéticamente. Fue su amigo el poeta Rimbaud, quien acepto la única alternativa inmediata: completo renunciación, no sólo a la civilización, sino a todos los intentos de crear un mundo de la imaginación.
La civilización ha ido de mal en peor desde la época de Gauguin y hay actualmente muchos jóvenes artistas cuyo único deseo es el de huir hacia alguna tierra fértil, bajo un cielo estival, donde pudiera dedicarse por entero a su arte, libres de las distracciones de un mundo insensato. Pero no hay huida posible. Además de la dificultad practica de hallar un refugio seguro en este mundo, la verdad es que el hombre moderno jamás puede huir de sí mismo. El lleva consigo su psicología retorcida tan inevitablemente como sus dolencias físicas. Pero la peor enfermedad es la que él forja de su propio aislamiento: fantasías dislocadas, símbolos personales, fetiches privados. Pues si bien es verdad que la fuente de todo arte es irracional y automática -no se puede crear una obra de arte por un esfuerzo del pensamiento-, es igualmente cierto que el artista sólo adquiere su significación como miembros de una sociedad. La obra de arte, mediante procesos que asta ahora tan escapado a nuestra comprensión, es el producto de la relación existente entre el individuo y la sociedad y ningún gran arte es posible, a menos que exista correlativamente la libertad espontánea del individuo y la coherencia pasiva de la sociedad. Escapar de la sociedad -si ello fuera posible- seria escapar del único suelo lo bastante fértil para nutrir el arte.
La huida de Gauguin y la huida de Mayakovsky, son pues métodos alternativos de suicidio. Sólo queda el camino que yo elegí: reducir las creencias a lo fundamental, rechazar todo lo que sea temporal, y luego permanecer donde uno se encuentra y sufrir si hay que sufrir.

CAPÍTULO II
POETAS Y POLÍTICOS

El 14 de abril de 1930, Vladimir Mayakovsky, reconocido entonces como el poeta más grande de la Rusia moderna, cometió suicidio. No fue el único poeta ruso moderno que se quito la vida: Yesenin y Bagritsky, hicieron lo mismo, y no eran poetas insignificantes. Pero Mayakovskyfué en un sentido excepcional; fue la inspiración del movimiento revolucionario en la literatura rusa, un hombre de gran inteligencia y de estilo inimitable. Las circunstancias que determinaron su muerte son oscuras, pero él ha dejado un trozo de papel donde escribió este poema:


Como suele decirse / “el incidente queda terminado”. / La barca del amor / se destrozó contra las costumbres. / Pague mis cuentas con la vida. / No hace falta enumerar / las ofensas mutuas, los daños y las penas. / Adiós y buena suerte.
No hace falta enumerar. No hace falta detallar las circunstancias que llevaron a la muerte del poeta. Hubo evidentemente un asunto de amor, pero, para sorpresa nuestra, hubo también las costumbres, las convenciones sociales contra las cuales se destrozó esa barca de amor, Mayakovsky fue en un sentido muy especial el poeta de la Revolución; él celebro su triunfo y sus progresivas conquistas en versos que tenían toda la vitalidad y el apremio del acontecimiento. Pero debía parecer de su propia mano, como cualquier mísero introvertido subjetivista del capitalismo burgués. La Revolución no había creado evidentemente una atmósfera de confianza intelectual y de libertad moral.
Podemos comprender la muerte de García Lorca, fucilado por los fascistas en Granada en 1936, y extraer de ella coraje y resolución. En fin de cuentas, un odio no disimulado contra los poetas es preferible a la callosa indiferencia de nuestros propios gobernantes. En Inglaterra los poetas no son considerados como individuos peligrosos, sino simplemente como gente que pueda ser ignorada. Dadles un empleo en una oficina, y si no quieren trabajar dejadles que mueran de hambre…
En Inglaterra como en Rusia, en Alemania como en América ocurre la misma cosa. De modo de otro, el poeta es sofocado. Tal es el destino de la poesía en todo el mundo. Es el destino de la poesía en nuestra civilización, y la muerte de Mayakovsky sólo prueba que en ese respecto la nueva civilización de Rusia es simplemente la misma civilización disfrazada. No son los poetas los únicos artistas que lo sufren; los músicos, los pintores y escultores están en la misma barca del amor que se estrella contra las costumbres del Estado totalitario. La guerra y la revolución no crearon nada para la cultura porque no crearon nada para la libertad. Pero es éste un modo demasiado vago y grandilocuente para expresar una sencilla verdad. Lo que quiero decir realmente es que para las civilizaciones doctrinarias que son impuestas en el mundo -capitalistas, fascistas, marxistas- excluyen por su propia estructura los valores en los cuales y por los cuales viven los poetas.
El capitalismo no combate en principio a la poesía; simplemente la trata con indiferencia, ignorancia y crueldad inconsciente. Pero en Rusia, Italia, Alemania, como todavía en la España fascista, no hubo ignorancia ni indiferencia y la crueldad fue una deliberada persecución que llevo a la ejecución o al suicidio. Tanto como el fascismo como el marxismo tiene conciencia del poder que tiene el poeta, y por que el poeta es poderoso, quieren usarlo para sus propios fines políticos. La concepción del Estado totalitario implica la subordinación de todos sus elementos a un control central y entre esos electos, los valores estéticos de la poesía y de las artes en general no son los menos importantes.
Esta actitud hacia al arte se remota a Hegel, en que tienen una fuente común el marxismo y el fascismo. En su afán de establecer la hegemonía del espíritu o de la Idea, Hegel encontró necesario relegar al arte, como producto de la sensación, a una etapa histórica superada de la evolución humana. El arte es considerado como una forma primitiva del pensamiento o como una representación que ha sido gradualmente superada por el intelecto o la razón; y, por consiguiente, en nuestra actual etapa de desarrollo debemos poner a un lado al arte, como aun juguete desechado.
Hegel fue bastante justo en su estimación del arte; fue victima de los conceptos evolucionistas de su tiempo, y aplica esos conceptos al espíritu humano, donde los mismos no operan. El intelecto no se desarrolla mejorando o eliminando las sensaciones o los instintos primarios, sino suprimiéndolos. Esos instintos y sensaciones quedan sumergidos pero clamantes, y el arte es con mucho más necesario hoy que en la Edad de Piedra. En la Edad de Piedra fue un ejército espontáneo de facultades innatas, como lo es todavía para los niños y los salvajes. Pero para el hombre civilizado el arte ha llegado a ser algo mucho más serio: la liberación (generalmente indirecta) de las represiones, una compensación por las abstracciones del intelecto. No pretendo que esta sea la única función del arte: es asimismo, un medio necesario para adquirir conocimientos de ciertos aspectos de la realidad.
Cuando Marx dio vueltas a Hegel de arriba abajo o de adentro afuera, acepto aquel esquema evolucionista, es decir, admitió la relegación del arte de Hegel hacia la infancia de la humanidad. Su dialéctica del materialismo es el trastrocamiento de la dialéctica del espíritu de Hegel, pero puesto que el arte ya había sido eliminado del dominio del espíritu, fue dejado fuera de la negación de ese dominio. Es verdad que hallaréis en las obras de Marx y de Engel, algunas vagas y aun incomodas referencias del arte; es una de las superestructuras ideológicas, de lo cual se a de dar razón mediante el análisis económico de la sociedad. Pero no hay un reconocimiento del arte como un factor primario en la experiencia humana, del arte como modo de conocimiento o como medio para aprender el sentido o la calidad de la vida.
De modo similar, ese desarrollo del pensamiento de Hegel, que acepto y afirmo su jerarquía del espíritu y que puso en práctica su concepto de un Estado autoritario supremo, redujo necesariamente al arte a un papel subordinado y servil. El fascismo ha hecho quizá algo peor: ha insistido en una interpretación puramente racional y funcional del arte. El arte se convierte, no ya en un modo de expresar la vida de la imaginación, sino en un medio para ilustrar los conceptos de la inteligencia.
En este aspecto, el marxismo y el fascismo, los hijos pródigos y respetuosos de Hegel, se encuentra nuevamente, y llegara a reconciliarse inevitablemente. No hay la menor diferencia, en la intención, en el control y en el producto final, entre el arte de la Rusia marxista y el arte de Alemania nazista. Es verdad que el uno es urgido a celebrar las realizaciones del Socialismo y el otro a exaltar los ideales del nacionalismo; pero el método necesario es el mismo, un realismo retórico, privado de inventiva, de imaginación deficiente, que renuncia a la sutileza y exalta lo trivial.
No propongo repetir aquí los argumentos habituales contra el realismo socialista como tal. Sus productos son tan pobres, de acuerdo con cualquier norma conocida en la historia del arte, que tales argumentos son realmente innecesarios. Más importante es señalar la relación positiva que existe entre el arte y la libertad individual.
Si consideramos a los más grandes artistas y poetas del mundo -y la cuestión de su grandeza no interesa, lo que voy a decir es verdad, para todo poeta o pintor que haya sobrevivido la prueba del tiempo- podemos observar en ellos un cierto desarrollo. Ciertamente, trazar ese desarrollo en un poeta como Shakespeare, en un pintor como Ticiano o en un músico como Beethoven, es hacer en parte una explicación de la permanente fascinación de sus obras. Podemos correlacionar ese desarrollo con algunos incidentes de sus vidas o con circunstancias propias de su tiempo. Pero el proceso esencial es el de una semilla que cae en un terreno fértil, germina y crece y a su debido tiempo da sus frutos maduros. Ahora bien; tan cierto como que la flor y el fruto están implícitos en la sola semilla, es que el genio del poeta o del pintor esta en el interior del individuo. El suelo debe ser favorable, la planta debe ser nutrida; el viento u otros accidentes podrán torcerla. Pero el crecimiento es único, la configuración es única, el fruto es único. Todas las manzanas son semejantes, pero no hay dos que sean iguales. Pero no es eso solo; el genio es el árbol que produce el fruto desconocido, las manzanas de oro de las Hespérides. Pero Mayakovsky era un árbol que un año debía producir ciruelas de tamaño y apariencias uniformes; algunos años más tarde, tenia que producir manzanas; y, más aún, pepinos. ¡No es extraño que se haya quebrado bajo una tensión tan antinatural!
En la Rusia soviética, toda obra de arte que no sea simple, convencional y conformista, es denunciada como “individualismo pequeño burgués”. El artista debe tener una finalidad, y solamente una: suministrar al público lo que el público quiere. Las frases varían en Italia y en Alemania, pero el efecto es el mismo. El publico es la masa indiferenciada del Estado colectivista y lo que ese publico quiere -es lo que ha querido a través de historia- son melodías sentimentales, copias de ciego, mujeres hermosas sobre las tapas de las cajas de chocolate: todo lo que los alemanes llaman con la vigorosa palabra Kitsch.

Los marxistas pueden protestar que estamos prejuzgando sobre el resultado de un experimento. Las artes deben volver a una base popular y desde esa base, por un proceso de educación, serán elevadas a un nuevo nivel universal, tal como el mundo no ha conocido aún. Es claramente concebible un arte tan realista y lírico, digamos, como Shakespeare, pero libre de esas oscuridades e idiosincrasias personales que echan a perder la perfección clásica de sus dramas; o un arte tan clásicamente perfecto como el de Racine, pero más intimo y más humano; el fondo de Balzac unido a la técnica de Flaubert. No podemos afirmar que la tradición individualista que ha producido a esos grandes artistas, haya alcanzado las más altas cúspides del genio humano. ¿Pero hay acaso en la historia de cualquiera de las artes hay alguna prueba de que obras de esa calidad extraordinaria pudieran ser producidas de acuerdo con un programa? ¿Hay alguna prueba de que la forma y la finalidad de una obra de arte pueden ser predeterminadas? ¿Hay alguna evidencia de que el arte en sus más altas manifestaciones pueden apelar, más que a una minoría relativamente pequeña? Incluso si admitimos que el nivel general de la educación podrá ser elevado hasta el punto de que no haya excusa para la ignorancia, ¿no será compelido el genio del artista, por este mismo hecho, a buscar aún más altos niveles de expresión?


En la U. R. S. S. el artista es clasificado como un trabajador. Todo eso está bien, pues el privilegio social del artista nada tiene que ver con la calidad de su obra y aún puede ser dedicadamente perjudicial para ésta. Pero construye una fundamental incomprensión de la facultad de creación, si el artista es tratado como cualquier otro tipo de productor y obligado a rendir producción en un tiempo especificado. La vena de la creación o inspiración se extingue rápidamente bajo ese régimen de dureza. Esto ha de ser evidente. Lo que no es tan evidente es que las leyes de la oferta y la demanda en arte son muy diferentes que las que rigen en entretenimiento y también se puede admitir que entonces se trata de la cuestión de ofrecer un artículo popular de tipo especificado. Pero, mientras vamos a un entretenimiento para distraernos, para olvidar un par de horas nuestra rutina diaria, para escapar de la vida, nos volvemos hacia la obra de arte de modo muy diferente. Para expresarlo cruda, pero vigorosamente, p’ara ser levantados en vilo. El poeta, el pintor o el músico, si es algo más que creador de diversiones, es un hombre que nos lleva hacia una alegre o trágica interpretación del sentido de la vida; que predice nuestro destino humano o que celebra la belleza o la significación de la naturaleza que nos rodea; que crea en nosotros el asombro y el terror de lo desconocido. Tales cosas sólo pueden ser hechas por alguien que posee una sensibilidad superior y un profundo conocimiento interior. De alguien que en virtud de sus dones naturales se mantiene alejado de la masa, no ya por desdén, sino simplemente porque sólo ejercer sus facultades desde cierta distancia, en la soledad. Los momentos de la creación son silenciosos y mágicos, un trance o arrobamiento durante el cual el artista se halla en comunión con fuerzas que subyuguen el plano habitual de la emoción y el pensamiento. He ahí algo del hombre de acción, el político y el fanático no pueden comprender. Esto suele reprobar al artista y le obligan a entrar en el tumulto de las actividades prácticas, donde sólo podrá producir mecánicamente, de acuerdo con moldes intelectuales predeterminados. En tales condiciones no puede producirse una obra de arte, sino sólo una estéril y deleznable apariencia de lamisca. Obligado a producir en tales circunstancias el más sensitivo caerá en la desesperación. In extremis, como en el caso de Mayakovsky, apelara al suicidio.
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