Arte no es lo que tu puedes ver sino lo que puedas hacer ver a otros



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LA POÉTICA DEL PAISAJE

Carlos Soto

“Arte no es lo que tu puedes ver sino lo que puedas hacer ver a otros”

E. Degas.



Resumen

El trabajo de investigación Intencionalidad y experiencia en la creación de un paisaje pictórico arrojó como resultado “La Poética del paisaje”, proyecto editorial que unió la poesía del escritor colombiano Fernando Soto Aparicio y la obra gráfica del pintor y diseñador Carlos Soto. El proceso investigativo arrancó de la premisa que considera al paisaje carente de una narrativa visual propia, producto de la representación realista de la naturaleza y dependiente de la habilidad del artista para su ejecución. Se trabajó recopilando información histórica sobre el tema, la poética, de manera directa con el escritor, solicitándole los textos y la investigación gráfica, fue producto de una evolución de la pintura realista para derivar en propuestas abstractas de la serie de árboles, con diversas técnicas artísticas que luego se digitalizaron para proponer el proyecto editorial.

Estudiar la construcción de valores gráficos del paisaje como formas de experiencia e intencionalidad en términos de expresión y gestualidad, fue el objetivo propuesto en la investigación que suma poesía y gráfica para evidenciar la búsqueda de un lenguaje plástico individual, la posibilidad de un discurso inherente a su propia naturaleza y en este caso, en una preocupación común de los dos artistas por la muerte de “los hermanos mayores”, los árboles, en esta carrera desaforada por acabar nuestro planeta con la deforestación, matando el agua y las esperanzas de un mañana.

Trabajo enmarcado dentro de la investigación-creación.



Palabras clave: paisaje, poesía, hermanos mayores.

Pintar paisajes es la manifestación más íntima a lo largo de la historia del hombre desde que aparece en la tierra, su relación y necesidad de representación está presente en la gráfica de las cavernas pues requería interpretarla para poderla entender y ha pasado así, con esta dualidad hombre/naturaleza a lo largo de todos los siglos.

La concepción de belleza y estética han acompañado las expresiones culturales en la existencia del ser humano, para griegos y romanos la preocupación por conjugar de manera equilibrada los elementos de la naturaleza se ha mostrado en todas las formas artísticas que son el único vestigio de esta relación que procura con su entorno natural. La maestría que demostraba un pintor para captar la realidad circundante era la única forma de validar la obra de arte, situación que cambiará siglos más tarde cuando se le da mayor importancia a los elementos constitutivos de una obra como la línea, el color, el trazo, la composición con el advenimiento de la pintura abstracta, pero tuvo que pasar demasiado tiempo para entender esta postura, pues siempre se procuró la representación de la realidad que percibía, casi mecánicamente, el artista de todos los tiempos.

El paisaje se puede considerar desde tres puntos de vista (SEIA, 2004):



  • Desde una óptica estética en donde se construyen conceptos armónicos de formas, contrastes, colores y composición en una representación artística.

  • Desde un término ecológico/geográfico que estudia los sistemas naturales y la relación entre los diversos elementos como el agua, las plantas, los animales y por supuesto, el hombre.

  • Y como un ente cultural, es decir, como resultante de toda la actividad humana.

Para efectos de la investigación, los tres aspectos se mezclan con resultados negativos pues si bien la intención es la representación del paisaje con una obra gráfica, esto solo es posible desde una mirada del entorno geográfico que se ha visto letalmente afectado por la devastación del hombre frente a su medio ambiente, y como resultante de esta acción inconsciente, un desequilibrio entre la naturaleza y el ser humano.

La Iglesia, a lo largo de la historia, ha encontrado en la religión la mejor forma de dominar al hombre y ha logrado poner la Fe por encima de la Razón. Como la principal fuente de encargos artísticos dictó las normas, los motivos, los cánones que representaban una naturaleza básicamente bidimensional, con temas lógicamente sacros, madonas, escenas que ensalzaban el amor por la mística en que pretendió vivir a través de los siglos. Un cambio sustancial con el hombre del Renacimiento que por medio de la contemplación de la naturaleza que lo rodea, aprende nuevas formas de representación, la voluminosidad, la perspectiva y otras reglas que le daban a la pintura una nueva dimensión. El paisaje se concibe como una obra divina que tiene una forma arquetípica sin ninguna pretensión de protagonismo dentro de la obra pictórica, visión que siguió vigente durante siglos, otorgándosele muy poca importancia a este tema de fondo, hasta el punto que esta tarea era generalmente para los ayudantes del taller del Maestro que se encargaba por supuesto, de las figuras principales.

La técnica del óleo ayudó notablemente al cuidado en muchos detalles de la obra de arte dándole otra dinámica a cuadro y la representación de una realidad que ahora observa con ojos diferentes frente a los adelantos científicos, inventos y otra forma de ver el mundo. El paisaje adquirió una marcada autonomía temática, especialmente con Alberto Durero que se vio cristalizada en el Barroco gracias en gran medida a la reforma protestante y el impulso del capitalismo que desarrolló un coleccionismo artístico producto de unas nuevas y nacientes costumbres burguesas.

Es importante resaltar que la pintura romántica le dio al paisaje el lugar que siempre buscó como protagonista supremo en la obra de arte y dejó florecer en los artistas toda clase de sentimientos que hasta ese momento le eran esquivos para su trabajo creativo. La revolución francesa, las guerras napoleónicas y las crisis de los sistemas del Antiguo Régimen provocan la pérdida de la fe en la Razón, y como reacción surge una nueva visión hacia la sensibilidad, la exaltación de las pasiones, la libertad y el individuo. El romanticismo es una manera de sentir y tiene entre sus principales exponentes a Géricault, Delacroix, Constable, Turner, Friedrich, por mencionar unos pocos de los grandes maestros que le dieron un nuevo rumbo al paisaje, no sólo como protagonista supremo de la obra de arte, sino al sentimiento del pintor, abandonando la obligatoriedad de la pintura por encargo y dejando que la forma de ver el mundo del pintor fuera su principal fuente de trabajo. El siglo XIX produce movimientos independentistas, se desarrolla el nacionalismo y la industrialización, aparece el hierro y modifica el concepto de la arquitectura y la realidad tiene otra dimensión gracias a la fotografía.



Los cambios en el romanticismo son sustanciales: trabajo en la técnica del óleo, acuarelas, grabados y litografías, con una pincelada insubordinada, viva y llena de expresividad, en donde desaparece la línea frente al color y el protagonismo de la luz es total con efectos y carácter teatral. Las composiciones son libres, dinámicas, marcadas por líneas curvas y gestos dramáticos, pero el cambio sustancial está en los temas seleccionados por los artistas románticos, exóticos, misteriosos, se descubre Oriente, el norte de África, las tierras salvajes de América, la fantasía y el drama, la muerte y la noche.
Esta nueva visión le dio paso al impresionismo, a uno de los movimientos más importantes de la historia del arte por todo lo que implicó, no sólo por la revolución a nivel del arte mismo al pintar al aire libre, la fuerza del color, los temas que abordan estos artistas, sino por la manera de concebir y plasmar el mundo y el camino que se estaba abriendo en esos momentos para futuros movimientos del arte moderno. Y de esta época, Claude Monet como uno de los grandes pintores de todos los tiempos, su visión, su capacidad para plasmar la luz de un momento pintando al aire libre, el color, su trabajo total y maravilloso, de manera especial, sus Ninfeas y Nenúfares como obra capital del más purista impresionismo.
El poder del gesto
Esta nueva mirada del mundo que deja el impresionismo lleva al surgimiento de innumerables movimientos que se sucedieron en el tiempo y le abren el camino al arte moderno y el advenimiento de la pintura abstracta como un paso decisivo al pensamiento reflexivo y la aparición de categorías estéticas como la belleza, la intuición, la imaginación, los sentimientos, el gusto y el placer, la contemplación, la mimesis, la poiesis, la creación, el instinto, la imagen y el imaginario. Un momento decisivo en esta forma de asumir la obra de arte es el planteamiento de Kandisnky (1866-1944) que propone la expresión como una capacidad de la imagen para promover emotividad que capta los datos sensibles y materiales de una obra vinculada a los elementos plásticos como la línea, la intensidad del color o el ritmo de la pincelada. Aparece una gramática pictórica que reconoce una realidad abstracta que no pretende ser copia ni reproducción de nada, sino más bien una forma de expresión en sí, en donde cada elemento plástico tiene una significación de tipo emocional o como diría el propio Kandinsky “un contacto adecuado con nuestra alma” (Kandinsky, 1980, p. 57).
Propone además, que el arte abstracto es un lenguaje de formas puras que posee la capacidad de suscitar afinidades emocionales, promover un estado de ánimo de tal intensidad que el espectador experimente una vivencia profunda, la cual revelará finalmente la gramática interna del cuadro. Aparecen múltiples representantes como Franz Kline (1910-1962) con grandes trazos negros de una gestualidad impetuosa y superficies pintadas de tonos blancos que usa el gesto pictórico como una pulsión vital que surge del interior y cuya extensión es la mano, como una exteriorización del yo más interno, como expresión pura, no contaminada por nada exterior. Inclusive habla sobre su trabajo como “interpretación” más que representación. El artista debe utilizar sus facultades para recorrer los abismos de las temporalidades, de lo inesperado y de la experiencia que hace que conjugue el espacio de manchas y colores, y son éstos los que sugieren un espacio y que, al mismo tiempo, sugieren otro espacio. Es la experiencia de cada artista lo que hace que la obra sea de una forma o de otra y el espectador construye entonces su propio mundo a partir del artista.
Aparece aquí un elemento fundamental en la investigación: el poder del gesto, producto de la intencionalidad y experiencia previa del artista. Mucho se ha escrito sobre el artista como traductor directo de los aconteceres de su momento histórico, fiel testigo de su tiempo, aquel que denuncia, muestra, relata. El gesto constituye la expresión de un estado psíquico, el registro de una pulsión, es un momento en donde no existe el arrepentimiento y el tiempo de ejecución de la obra cobra especial importancia dando paso a la vida interior del artista y toda carga de experiencia y sentimiento. La textura en la obra de Carlos Soto y la explosión del color son una manifestación de la intencionalidad expresa de poner toda emoción en cada obra, pasión frente a lo que se quiere expresar, deseo de ir más allá de las últimas fronteras y hasta el horizonte sin tener contemplación alguna frente a la eliminación de todo elemento que no sirva de unidad de comunicación. Es el color mismo el que grita y estremece, impacta por la misma crudeza de la pincelada que se mezcla en el cuadro y no en la paleta, que se superpone, que baila a un ritmo movido por la fuerza del viento que, como un huracán, hace temblar los árboles y sacudir los caminos. Hay, inclusive en los reposos, una calma inquietante a la espera de una pincelada que los conmueva y los haga estremecer.
La poética del paisaje
Cuando hablamos de abstracción nos referimos igualmente a la poesía, pues utiliza metáforas para representar lo que quieren expresar los poetas y es la forma más genuina del “gesto” interior del artista. La poesía es la representación más potente de conocimiento porque aúna la abstracción con el sentimiento y al igual que la música, es una herramienta que desnuda el paisaje hasta enseñarnos toda su esencia como una visión individual de cada poeta, pero universalmente entendida y sentida.
Retomando el concepto del arte como testigo de su época, la sociedad a finales del siglo XIX totalmente mecanizada con espíritu pragmático, aburguesada e industrializada, dio origen al Modernismo como una forma de luchar contra una sociedad economicista, entendiendo la poesía como una forma de belleza. Aparecen figuras de las más altas calidades poéticas de la historia como Rubén Darío cuyos temas fundamentales son el escapismo y la evasión por los caminos del ensueño y la desazón romántica. En sus descripciones aparece Oriente, lo exótico, lo lujoso, lujurioso, seres mitológicos, salones versallescos, jardines perfumados, cisnes, pagodas, viejos castillos.
Antonio Machado le da a la palabra un protagonismo sin par: “pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino por la honda palpitación del espíritu”, toda su descripción está impregnada de constante simbolismo, el agua, la tarde, el camino, el sueño, son palabras que aparecen en sus poesías paisajísticas no como elementos descriptivos sino como símbolos de realidades profundas. La tarde tiene para él un significado propio y exacto, un meta-significado crepuscular que representa la vejez o la angustia, tristeza o melancolía. Con García Lorca el paisaje es simbolista y nos refiere al binomio amor y muerte. La luna es un elemento recurrente y su significación frecuente es la muerte y también el erotismo, la fecundidad, la esterilidad o la belleza. El agua es otro factor de vida cuando está en movimiento y vuelve a traernos la muerte cuando está quieta, los caballos son igualmente símbolo de vida, pasión desbocada cuando va sin riendas y portador de la muerte cuando es negro.
La poética del paisaje hace referencia al poder simbólico más que al descriptivo, son los personajes que viven y sufren, los lugares temporales, los espacios físicos, pero más aún, los sentimientos que promulgan los poetas y narradores en sus creaciones. Para la investigación, tomar la obra de Fernando Soto Aparicio fue una consecuencia lógica de la experiencia como pintor por la cercanía con el autor, por haber sido uno de sus lectores más próximos, por compartir la descripción de sus paisajes, por sufrir con sus personajes y ver la proyección de su obra en el Continente. El trabajo de Soto Aparicio tiene igualmente un mundo de apreciaciones y de espacios por donde transitan sus personajes y los motivos de su palabra. El poeta navega por la mente humana y describe los sentimientos más profundos denunciando las injusticias en estas tierras, mineros, campesinos, estudiantes, todos están presentes en sus libros. De manera especial, las mujeres como eje de sus historias de amor, odios y venganzas, pero también, de esperanzas en un mañana mejor. Sus paisajes son evocativos de nuestros campos, de los caminos, de amaneceres en donde la ilusión de un futuro es posible. Con magia y cuidado describe los espacios en donde habitan sus personajes, con minucioso detalle, con lo indispensable para ubicar al lector en sus espacios narrativos.
Su territorio es América no sólo como espacio geográfico sino como delimitación étnica. Por sus versos siguen pasando los paisajes que se ubican en cualquier parte de nuestro suelo Latinoamericano, ocupado por personajes que habitan a nuestro lado, reales, con sufrimientos y esperanzas, con las angustias del vivir diario. Su temática siempre está centrada en el hombre, en su manera particular de ver su mundo, de buscar a Dios, de relacionarse con el otro, de construir su propia esperanza y también de cómo, algunos pocos se encargan de su destrucción a través de la esclavitud de las minas, del poder desbordado que subyuga y atormenta a los desposeidos. Pero por encima de la tragedia, es una constante confesión de amor y de esperanza, es un canto a la libertad, es una poesía de la pasión del hombre por la vida y también, es una queja por la depredación de la naturaleza, la deforestación, la muerte del agua, los ríos de piedras.
De manera particular, para esta investigación se partió del poema “La Agonía de la Belleza” que fue escrito para la exposición de pinturas de Carlos Soto con el mismo nombre, una serie de 25 obras que denuncian precisamente la agonía de los paisajes, los incendios, los desiertos, la tragedia que se cierne sobre los paisajes, sin ningún animo de posiciones ecologistas ni campañas en este sentido, sólo como un binomio entre la palabra poética y el color de la pintura ante una situación de angustia frente a la inconciencia del hombre que esta acabando con lo que queda del planeta.
El Hombre, que nació del vientre de la Tierra, aprendió a acariciarla como un niño acaricia a su madre. Y le escribió renglones de fecundidad en sus cuadernos verdes, y le dejó en las semillas unas saetas dirigidas hacia el futuro, y entró a sus escondidos laberintos buscando las palpitaciones uniformes de su corazón.

El Hombre amó la Tierra como amó a la Mujer, porque las dos tenían el atractivo de su complejidad y de su misterio, la voz de sus vendavales y de sus tormentas, las pausas deslumbrantes de sus alboradas que delimitan las campanas y los ruiseñores, la frescura de las caricias, la maravilla de sus frutos, el reposo de sus campos abiertos y la ensoñación de sus paisajes.
Pero en algún momento, el Hombre perdió el rumbo, y empezó a asesinar los árboles, olvidando que siempre habían sido sus Hermanos Mayores.

Y quemó la hierba y arrancó los arbustos y profanó los templos solemnes de los bosques y envenenó el jolgorio de los ríos y vomitó sus desperdicios en ese cielo preso que es el mar.

Y sembró fuego porque no le importó saber que dejaría para sus hijos una cosecha de ceniza.

Y se convirtió en el arpón para la ballena, en la munición que despedaza las palomas y las perdices, en la bala que frena para siempre el ímpetu de los leones y los tigres, en la dinamita que rompe la ordenada flor de los cardúmenes, en el organizador de la masacre de los elefantes, en el homicida de los duraznos y los girasoles, en el machete de los retoños y de las madreselvas, en el detonante de la depredación y la desgracia, y en el falaz y traicionero administrador de los campos yermos que deja tras su paso, y en los que ya jamás florecerán ni un lirio ni una aurora.
Los hermanos mayores
A la humanidad que, de alguna manera, debe empezar a escuchar el ruego de los pájaros, el quejido de los árboles, la zozobra de los peces y las angustias de nuestros hijos que claman por tener una casa en donde vivir su futuro….al que tienen derecho.
El trabajo de pintura de Carlos Soto se ha dedicado en los últimos tiempos a mostrar el poder de la narrativa visual que tiene el paisaje, alejado de arquetipos decorativos para un espacio, como un cuerpo completo con su propio discurso y opciones de comunicación. El paisaje ha sufrido una evolución natural que ha tomado muchos siglos para darle el valor que merece dentro de la historia del arte, como se mencionó con anterioridad. Ahora es el protagonista de la obra y debe estar sujeto no sólo a la representación de un entorno de manera realista (serie “la poesía de la luz”) sino que debe hablar por sí solo y decir, denunciar, tomar una postura frente a su propia realidad (serie “la agonía de la belleza”, “amaneceres” y “los hermanos mayores”).
Es fruto natural de la experiencia e intencionalidad de su autor:
El autor y su obra son dos conceptos que no se pueden separar. La pintura de Carlos Soto, es la esencia de su forma de ver la vida. En sus paisajes está viva y permanente  su hambre de horizontes, su deseo de eternidad, su voluntad de ir más allá de las últimas fronteras.
En su obra hay una poesía de la luz, hay una filosofía del paisaje.


Para Carlos Soto, campesino, amante de la luz y la poesía, enamorado del cielo, apasionado por la textura y el color, pintar paisajes es tan vital como el amor por una mujer. No hay tragedia, ni quejas desgarradas, existe una profunda vitalidad en el paisaje mismo. Preocupación, sí. Por la depredación, por el abandono, por el descuido desmedido con el agua, por la tala indiscriminada de los árboles, nuestros hermanos mayores.

Fernando Soto Aparicio
Carlos Soto sabe bien que toda pintura realista y, sobre todo, el paisaje, no es una copia del mundo sensible, sino más bien, una interpretación subjetiva y, por lo tanto, individual. Los temas del altiplano, introspectivos por naturaleza, son pretextos para la forma, la materia y la ejecución del cuadro. Sin embargo, podemos leer en ellos y percibir claves que nos acercan a la sal de la tierra, plantas y árboles con atributos mágicos, espiritualidad de páramo y cielos de fuego para entablar tratos con la esquiva eternidad.

Marcelo Meléndez
La serie Los Hermanos Mayores busca producir un sentimiento en el espectador, conmoverlo, no sólo por su denuncia que no pretende ser campaña ecologista en ninguna medida, sino por el trabajo en la creación de un lenguaje propio, la fuerza de la mancha, el trazo, el gesto nacido de los más profundo del ser que se duele ante una situación extrema que pone en peligro la vida misma. El camino hacia la abstracción se inició con la eliminación de todos los elementos que no cuentan una historia dentro del paisaje. Y esto llevó finalmente, a una mancha de tinta, a monocromías en donde parece gritar un árbol desde lo más infinito del papel, de la tabla o de la tela, en donde predomina el gesto, el grito y la rabia que se siente frente a una situación tan grave de la muerte de los hermanos mayores, los árboles.
El siguiente texto acompaña el proyecto editorial “la Poética del paisaje”, que describe la forma y la intención de la serie:
El poder y la fuerza del color negro. ¿Es un color o la total ausencia de luz? Es una inmensa ola de emoción, carga de poder negativo, designio de todo lo malo y a la vez, elegancia y sofisticación.

Unos, en tinta con agua en una disposición incierta de la mancha que debe dejarse correr hasta que aparece un paisaje abstracto.

Dos palabras que juntas parecen una afirmación inexistente en el lenguaje cotidiano del hombre y su manera de representar el mundo que lo rodea.

Paisaje es sinónimo de realidad circundante, de árboles, de ríos y montañas, de animales y  grandes cielos, de luces de amanecer y de espacio para decorar algún rincón de la arquitectura urbana en la que andamos sumergidos en esta cotidianidad que nos consume.

Paisaje abstracto es la pretensión de darle a la mancha el poder de la comunicación más allá cualquier referencialidad natural. Se parece a un árbol, es un tronco, es el pasto que se quema, es la maraña de espinas que no deja cruzar la mirada, es el reflejo en el agua, no es nada y es todo.

Cada espectador puede interpretarlo a su manera, aunque la mancha no se aparta de la imagen de los árboles, nuestros hermanos mayores.

Todavía los restos de realismo se notan y aún no es necesario apartarnos del todo, no tienen cielo, conservan algo de tierra, pero son huérfanos del aire que ya no producen, cuidan y limpian. Ya no son cobijo de la lluvia pues no tienen sino unas ramas secas que dejan pasar toda la miseria en que el hombre ha convertido la naturaleza. No tienen  el color que les regala el sol pues es transparente el cielo que antes se reflejaba en el espejo del agua ausente de los ríos convertidos en piedras, caminos de desperdicios y depósito de residuos de supuesto progreso.

Muchos están casi en el suelo, doblados por el peso de la orfandad de caricias, de cantos y nidos  con que se vestían sus ramas hace muchos años, sus raíces no alcanzan a aferrarse al suelo que ha sido utilizado para labrar la muerte de los campos, el hambre desaforada de los hombres por sembrar tristeza y la nostalgia de los musgos verdes y dulces del invierno.

A otros cuadros, el óleo los dotó de una extraña fuerza expresiva pero conservan la misma intención de soledad y abandono, son mecidos por la potencia del viento que quisiera arrancarlos de la tierra que los amó por mucho tiempo mientras se formaban las arrugas de sus troncos para contarnos los años que lograron sobrevivir a la barbarie.

Algunos son testigos de la soledad en que se consume lo que queda del paisaje que se aleja de la "poesía de la luz" para darle paso a la "agonía de la belleza", bicromías que con sus contrastes tenues y suaves  contradicen el antagonismo en que se debaten frente a lo que algún día fueron, sombra, cobijo, canto, nido, ternura, historia. Ahora, soledad, tristeza, melancolía y desolación cercana a su propia muerte.


La serie los hermanos mayores es la gráfica que ha brotado de la mirada angustiada ante el desastre que se nos vino encima y está acabando con lo poco que queda del planeta. Cielos inexistentes, desprovistos de color, de nubes, de sentimiento, de aire puro que antaño era lo que producían los bosques. Al igual que la tierra, no hay praderas ni campos en donde sembrar, no hay nada que cosechar más que la muerte y desolación que hemos cultivado por años, no hay reflejos cristalinos pues los lagos y los ríos tienen hilos negros cargados de deshechos y basuras, las montañas se fueron quedando planas, las utilizamos para construir el progreso, torres en donde se pelea por un poco de aire y viven familias enteras apiladas consumiéndose en el diario agotamiento de las ciudades. Los caminos ya no llevan a las serenatas de la madrugada, no los recorren los pasos de los campesinos con sabor a molienda y los horizontes se ven desdibujados por el humo de los incendios que cubren la tierra y el cielo con su niebla de muerte y desolación.
Todo este paisaje se suma a la poética de Soto Aparicio que se asocia a la denuncia ante la desgracia en que ha caído la naturaleza en manos del hombre que todo lo acaba. Los personajes, los espacios físicos descritos con su mágica palabra, esa lucha permanente por denunciar las injusticias, también ese afán por promulgar el amor, por trabajar por el amor, tejer historias de amor en donde las mujeres son las protagonistas.
Finalmente, una oración del escritor que resume el sentimiento, la pasión y engloba el pensamiento sobre la serie gráfica, el trabajo de investigación, el proyecto editorial, la serie de pintura, la postura frente al paisaje mismo, la manera de ver el mundo que nos queda y la necesidad por seguir abriendo la oportunidad de una narrativa propia al paisaje como fuente de comunicación, de narrativa, de grito solidario.
ORACIÓN AL HERMANO

Árbol que vienes desde el inmenso fondo de los siglos; que viste las primeras madrugadas pintando cielo y agua; que ayudaste a crear la vida dándole al aire dimensión y sabor, textura y forma; que llamaste a la lluvia y en tus pies anclados en la tierra le inventaste fontanas para que en sus espejos se mirara; que supiste que tenías corazón cuando sentiste el aleteo de las palomas como una palpitación de ternura entre tus brazos; que no has olvidado el lenguaje primigenio, y lo gritas en las tormentas, los cantas en los solsticios y los equinoccios, vale decir, en la resurrección cíclica del cosmos, del cual nos corresponde una pequeña parte; árbol, mi Hermano Mayor, enséñame la sabiduría de tus silencios, el recogimiento con que abrigas tus ternuras y dominas tus cóleras, ofréceme uno de tus gajos cuando necesite una fogata donde escondidas en la sombra se acarician la alegría y la fraternidad, préstame tus ojos múltiples con que miras nuestra pequeñez, que no te inspira desprecio sino el profundo respeto que va unido a la libertad con que creces y te multiplicas y nos comprendes.  No me quites la sombra de tu ternura, y cuando esté perdido en tu inmensidad muéstrame un camino para seguir recorriéndote hasta que recline mi incertidumbre y mi cansancio junto a tu corazón de savia, dejando que tus brazos me estrechen y me cobijen tus hojas y tus ramas. No olvides nunca lo que te pido, hermano mío, Hermano Mayor, hermano árbol.

Referencias
SEIA, 2004: Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental. Comisión Nacional de

Medio Ambiente. Gobierno de Chile.


KANDINSKY, Wassily. De lo espiritual en el arte. Barcelona, Paidós, Paidós Estética 24, 2002.
Carlos Soto

Pintor y diseñador colombiano, actualmente Jefe de Programa de Diseño Gráfico en la Corporación Universitaria Unitec en Bogotá. Ha realizado más de 50 exposiciones en diferentes partes del mundo con las series la poesía de la luz, la agonía de la belleza, amaneceres y los hermanos mayores, con especial trabajo en el color y la fuerza expresiva de sus paisajes.



Cuenta con más de 30 años en la docencia, 20 de los cuales ha desempeñado el cargo abogando por una mirada al diseño gráfico como disciplina profesional. Conferencista internacional con publicaciones artísticas y académicas en diferentes medios.


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