Argumento ontologico y ateismo positivo



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ARGUMENTO ONTOLOGICO Y ATEISMO POSITIVO*

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Es sabido que el argumento ontológico, bajo cualquiera de las formas, que se proponga (San Anselmo, Descartes, Leibnitz, otras formulaciones posibles), no demuestra a priori la existencia de Dios. En dicho argumento se cae irremediablemente en uno de estos dos escollos: o bien se comete una petitio principii si lo que se entiende por Dios se toma en sentido real existencial; o bien se comete un tránsito ilegítimo del plano ideal al real, jugando con el equívoco del verbo "es", que unas veces se toma significando naturaleza o esencia de algo ("Dios es lo más perfecto") y otras significando existencia ("Luego Dios es = existe"). Todo esto es muy sabido y mil veces se ha denunciado.

Sin embargo, los mismos que critican el tránsito ilegítimo del orden conceptual al real, pueden y deben conceder, y normalmente conceden, que el argumento es concluyente en el plano ideal. Es decir, que del análisis del concepto de lo que Dios es, si justamente se toma, como Ser Supremo, se sigue necesariamente que en dicho concepto va incluida su existencia.

Veamos, pues, si esto es así efectivamente. Y, si lo es, qué consecuencias pueden deducirse, especialmente frente a la positiva negación de Dios, o ateísmo positivo.

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1. El punto de partida de todo argumento ontológico es el concepto o noción de Dios, como Ser Supremo, perfectísimo, infinito, necesario, como principio primero y fuente de todos los seres; como ser inmutable y eterno.

Se puede preguntar cómo llegamos nosotros a obtener esta noción de Dios; y si no será porque presuponemos ya su existencia y partir

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de ella. Además de que quizá no todos entienden por Dios precisamente un Ser con tales características.



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*[Publicado en Studium, 1971(11)509-517]

Que esto haya sido así de tacto históricamente es algo que difícilmente se puede negar. Con todo y concediendo que así haya sucedido históricamente, la cuestión de tacto es ahora accidental y no resuelve nada. El problema está en saber si la mente humana puede absolutamente formarse una noción cabal de Dios, como Ser supremo, eterno, necesario e infinito, prescindiendo de si existe o no existe tal ser.

Puesto así el problema habría que responder con distinción: si tal concepto o noción de Dios fuera obtenido intuitivamente, como parecen decir los ontologistas, es claro que esto exige el conocimiento previo o, al menos, simultáneo, de la existencia de ese Ser supremo: toda intuición requiere la presencia existencial del objeto o de la realidad intuida. En tal caso están de sobra las demostraciones y los raciocinios: se trataría de un conocimiento inmediato de Dios.

Pero hay otra vía, que es más propiamente humana: el concepto de Dios puede obtenerse por abstracción y por sucesivas negaciones y analogías. A base de negar la limitación, obtendremos la idea—negativa o abstracta—de lo infinito; a base de negar imperfecciones y dependencias obtengo las ideas del ser omniperfecto (= no imperfecto) y del Ser supremo (= no dependiente de otro). Dios es, pues, en mi pensamiento aquello "cuyo mayor no se puede pensar". Esta vía abstractiva o negativa prescinde ciertamente de la real existencia de ese Ser: siempre será posible mi concepto de Ser supremo, infinito, etc., aunque tal ser no exista de tacto.

La vía de intuición, hablando en general, es en sí más perfecta, más cierta; sólo que es menos humana. La constitución del ser humano, como espíritu encarnado en la materia, que obra en y por el cuerpo, nos veda, por ahora, esos lujos de la intuición inmediata del Ser supremo. Esto será en el hombre más un desideratum, que un factam. Si la intuición fuera la vía normal del conocer humano el error y en este caso el ateísmo serían imposibles: todo lo contemplaríamos en la fuente misma de la Verdad esencial. El que tal no suceda es una dificultad insuperable para el ontologismo y para todo tipo de intuicionismo ingenuo.

Nos queda, pues, la segunda vía, la de la negación; con todas las limitaciones e imperfecciones; mas, por ahora, la única posible para nuestra mente. Esta vía es completamente legítima, ya que no desfigura la realidad o el concepto de las cosas; si bien, sea una vía de aproximación y de lejanía.

Por tanto, mi noción de Dios, como Ser supremo, eterno, infinito y necesario, aunque sea una noción aproximativa, negativa, es legítima y posible en el hombre. Y lo es, prescindiendo de su factual existencia: Dios es aquello, cuyo mayor no se puede pensar.

Con ello queda justificado y delimitado en su sentido preciso el punto de partida de todo argumento ontológico. Con lo cual podemos

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muy bien rechazar la acusación de petitio principii en la formulación del concepto de Dios.

Pero a esto se arguye desde otro sector diciendo que en tal caso ya no se trata de un argumento a priori o a simultáneo, sino de un verdadero argumento a posteriori: ya que la noción del Ser supremo ha sido obtenido a posteriori, a base de negar las imperfecciones y limitaciones de los seres cósmicos. En otras palabras, que el argumento ontológico, al menos en la formulación anselmiana, no es propiamente ontológico1.

No es mi intención entrar ahora en la discusión sobre lo acertado del nombre, que Kant diera al famoso argumento. Las razones pueden ser discutibles. Pero si lo que se trata de decir es que no es un argumento a priori, tal y como lo hemos indicado, creemos que la objeción carece de fundamento: en ella parece confundirse argumento a priori, con concepto a priori. O también argumento a posteriori, con concepto obtenido a posteriori. Una cosa es que las nociones usadas en un argumento sean obtenidas por nosotros a partir de la experiencia de lo real o a posteriori; y otra que el argumento mismo sea o proceda a posteriori. Basta para ello con distinguir en todo argumento su materia o contenido y su formalidad lógica.

El concepto o noción de Dios, como Ser supremo, infinito y necesario, siendo como es una noción abstractivo y negativa, claro está que no es a priori. Presupone y se funda en las nociones de los seres cósmicos, finitos, contingentes e imperfectos. Y en general, todos nuestros conceptos no intuitivos, y estos son los menos, proceden de la experiencia en el contacto con la realidad que nos rodea.

Pero cuando hablamos de "argumento a priori" no nos referimos a la materia del argumento, a sus términos o juicios, ni al modo como se han obtenido por la mente. La denominación de "argumento a priori" se hace mirando a lo formal del mismo que es el modo de inferencia o deducción de la conclusión a partir de unas premisas, en las cuales se hallaba incluida, según algún modo de inclusión necesaria: lo particular en lo universal, la parte en el todo, el efecto necesario en su causa, la propiedad esencial en la esencia, etc. Y tal es el caso del famoso argumento, en cualquiera de sus formulaciones: se parte de la noción de Dios, como ser supremo, necesario e infinito, para deducir su real existencia, como una nota contenida necesariamente en esas nociones.

Con lo dicho creemos haber dilucidado suficientemente el punto de arranque de todo argumento ontológico o a priori, cualquiera sea su formulación, que es la noción de Dios, como Ser supremo y omniperfecto, infinito y necesario (en el fondo estas cualidades diversas son

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convergentes, ya que el mismo Ser supremo ha de ser necesario, infinito y omniperfecto. Un sencillo análisis metafísico de esas nociones lo manifestarla claramente).



2. Veamos ahora cómo avanza el raciocinio en la argumentación "ontológica".

Supuesta la noción de Dios, como Ser supremo, perfectísimo y necesario, como aquello "mayor que lo cual nada se puede pensar", se pasa al análisis interno de esas nociones y de sus notas características.

Es decir, se sigue la via, que partiendo de la esencia o noción esencial de un sujeto, deriva e infiere las propiedades esenciales, precontenidas en ella. Pero en este caso la nota o propiedad, que se busca, es precisamente la existencia.

Y parece claro que si la existencia fuera intrinseca a la esencia de un ser, este ser sería no solamente algo posible, sino algo realmente existente. Todo cuanto un ser tiene de esencial le corresponde siempre y necesariamente, ya que de lo contrario no se tratarla de ese ser precisamente, sino de otro (en esta dirección me parece que avanza el argumento ontológico en Leibnitz).

Y ahora nos preguntamos: ¿puede inferirse la existencia de la noción de Ser perfectisimo y necesario? ¿Es legitima tal inferencia?

La dificultad más grave radica en que habiendo obtenido dicha noción por via negativa y abstractivo, no por intuición directa; y pres cindiendo esa vía del aspecto existencial de los seres, difícilmente podemos encontrar ahora la existencia en unas nociones, que abstraen de ella (quizá por esta dificultad muchos reniegan de la vía de abstracción y se encomiendan a una intuición injustificada e imposible o a un vago presentimiento arracional).

Con todo, esta dificultad no parece insuperable. La vía negativa, por la que llegamos a la noción de ser perfectísimo, necesario e infinito, lo que niega propiamente son las limitaciones e imperfecciones de los se­ res cósmicos. Con respecto a la existencia esa vía se comporta de una forma, que podríamos llamar "neutra"; es decir de mera no‑consideración actual de la existencia; pero sin positiva repulsa. Por tanto, las nociones obtenidas por esta vía no pueden considerarse como refractarias a priori respecto de la existencia. Diremos que más bien no la expresan de una manera positiva y explicita. Sería, pues, posible y legitimo hacer un análisis de esas nociones para ver si incluyen o no la existencia. Y eso es cabalmente lo que se hace en los argumentos ontológicos.

Más que la existencia se halle, al menos de modo implicito, pero obligado, en las nociones de ser supremo, perfectisimo y necesario, no es dificil verlo, examinándolas de cerca. Ya San Anselmo concluía, sin más, que el ser "quo maius nihil cogitari potest" debe existir realmente y no sólo en la mente; de lo contrario ya no seria "id quo majus nihil cogitari potest", porque siempre sería mayor y más perfecto el ser que existiera en la realidad2.

A la misma conclusión llegamos tomando la noción de Ser infinitatamente perfecto: no sería tal, si no existiera, ya que la real existencia, no sólo es una perfección, sino que es el principio y el fundamento de toda perfección en los seres. Negar que la existencia sea una perfección, como parece que lo hizo Gassendi. equivale a igualar el ser y el no‑ser, precisamente en aquello quelas distingue.

Lo mismo obtenemos, si partimos de la noción de ser necesario. Este se define como aquello que no‑puede‑no‑ser. Por lo cual, no podemos pensar el ser necesario, sin pensarlo, simultáneamente, como existente.

Y si partimos de la noción aristotélica de Acto puro, esto es, sin mezcla de potencialidad; o de la noción de ente subsistente, cuya esencia es su existir, ya se ve que no podemos pensar tal ser sin pensarlo como existente.

Todo esto pone de manifiesto, al menoc, dos cosas: que el argumento ontológico puede formularse de varias maneras, según se parta de una u otra noción de Dios, siendo todas ellas convergentes; además, que en tales nociones va incluida necesariamente la idea de existencia. Dicho de otra forma: que el Ser divino, rectamente entendido, no puede pensarse como no‑existente, sin caer en el absurdo y en la contradicción: Sería al mismo tiempo el ser más perfecto y no lo seria, ya que le lalta la existencia; sería "ser necesario" y no lo serLa, ya que "puede‑no‑existir"; seria Acto puro, identidad pura de esencia y acto de ser, y no lo sería, ya que carece de acto de ser.

Tendríamos, pues, que:

EL SER:


-Perfectísimo

-Infinito

-Necesario

-Acto puro

NO PUEDE SER PENSADO COMO NO‑EXISTENTE, SIN CONTRADICCIÓN.

Dicho de otra forma, el concepto auténtico de Dios no puede ser captado por la mente, sin que incluya necesariamente la existencia.

Este creemos que es el verdadero alcance del argumento ontológico, su fruto dialéctico. Preocupados los autores por criticar el argumento en el tránsito ilegítimo que se hace en la conclusión, afirmando la real existencia de Dios, han pasado por alto ese valor dialéctico, noético, que el argumento posee. Y por ello se han despreciado prácticamente las posibles derivaciones del mismo.

Hasta es muy posible que ésta y no otra fuera la intención de San Anselmo al formular su célebre argumento. El, al menos, vio indudablemente la fuerza dialéctica del mismo. En el c. 3 del Proslogion insiste

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en este punto de vista: "Quod non potuit cogitari [Deum] non esse". E1 trata de encontrar un argumento decisivo contra el insensato, el cual, según la expresión del Salmo 13, 1: "dixit insipiens in corde suo, non est Deus". Siendo Dios lo más perfecto que se puede pensar, es claro que no se puede pensar como no‑existente: "Nullus quippe intelligens id quod Deus est, potest cogitare quod Deus non est, licet haec verba dicat in carde suo... Qui ergo intelligit sic Deum esse, nequit eum non esse cogitare" (Proslogion, c. 4). Con razón llama la Biblia "insensato" o necio al que piensa que Dios no existe: o es porque no entiende lo que es Dios—en cuyo caso usa neciamente de su nombre, negando lo que no conoce—o es porque no es consecuente consigo mismo y con la lógica interna de su noción de Dios—‑en cuyo caso comete un pecado contra su propia razón.



Esto es, pues, lo que prueba el argumento ontológico, la imposibilidad de pensar rectamente en Dios, sin pensarlo como existente realmente; y, por tanto, la imposibilidad de pensarlo como inexistente.

No creemos necesario insistir en que de esto no se sigue en buena lógica que Dios exista realmente o a parte rei: el que sea una exigencia del pensamiento puro, no hace que una cosa exista realmente, a no ser que esa existencia real se pruebe por otros caminos; es decir, no de conceptos nuestros, sino de las exigencias de lo real, como sucede, por ejemplo en las vías tomistas. La exigencia de Dios que hallamos al final de las vías tomistas, no es una exigencia de la mente simplemente, sino de la realidad: la mente no hace otra cosa que detectar y expresar razonadamente esas exigencias del mundo real. Distinto a lo que ocurre en el argumento ontológico, en que esa imposibilidad de pensar en la no‑existencia de Dios viene determinada solamente por las exigencias del pensamiento puro y por el análisis de los conceptos.

Los partidarios del valor real del argumento ontológico objetarán partiendo del paralelismo entre el pensamiento y la realidad. O también de que si una proposición es contradictoria y falsa, su opuesta deberá ser necesariamente verdadera. Así, si la proposición "Dios no existe" es falsa y absurda e impensable, su opuesta, "Dios existe" deberá ser necesariamente verdadera; y esto en virtud del argumento ontológico.

Creemos, sin embargo, que estos apuntalamientos no hacen eficaz el argumento ontológico, como prueba positiva de la existencia de Dios. E1 paralelismo entre pensamiento y realidad no puede llevarnos o soñar que a cada pensamiento nuestro responde un ser real extramental. Y por otra parte, es sabido que la cosa pensada, en cuanto tal, tiene unas condiciones existenciales (existencia noética, intencional) muy distintas de la cosa realmente existente. Una cosa es la existencia, como pensada (ut cogitata, que decían los escolásticos) y otra muy distinta la existencia de la cosa, como realizada o ejercida (ut exercita). En esta diversidad irreductible se funda la ilegitimidad del tránsito, sin más, del plano ideológico al plano real. Solamente en los idealismos extremos

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estos planos llegan a superponerse y terminan por confundirse; lo ideal es lo real y lo real es lo ideal.



E1 análisis de los conceptos de omniperfecto, infinito, necesario, etc., ciertamente nos muestra que en ellos la existencia ha de estar incluida; pero se entiende la existencia en la misma línea conceptual (ut cagitata,.

Por otra parte, de que no pueda pensar sin contradicción en la proposición "Dios no existe"—que es en definitiva lo que prueba el argumento ontológico—no se sigue, sin más, que su opuesta sea clara y patente para mí, de modo que me vea obligado a admitirla en el plano real extramental. Así la proposición "el ser necesario existe (= no puede no existir)" es verdadera, como definición del ens necessariam. Pero de ahí no se sigue que exista realmente un ens necessarium, sino sólo en mi pensamiento, como exigencia de dicha definición. Sucede algo así como si yo defino un "marciano" como "habitante del planeta Marte". Yo no podría pensar en un "marciano" que no fuera por definición habitante u oriundo del planeta Marte. Pero de ello no se sigue, sin más, que en Marte haya habitantes; esto deberá ser comprobado por otro camino.

Dejemos, pues, al argumento ontológico en su justo alcance, como prueba de que no podemos pensar en Dios como no‑existente, siempre que entendamos por "Dios", el Ser supremo, omniperfecto, necesario, acto puro, etc. Y veamos algunas consecuencias en orden al diálogo con el ateísmo.

Se ha señalado como una de las causas del ateísmo "la inadecuada exposición de la doctrina... que ha velado, más bien que revelado, el genuino rostro de Dios"3. Es, evidente que el ateísmo de nuestro tiempo en muchos casos parte de un falso concepto de Dios; de un Dios "que no es el del Evangelio"4, pero ni siquiera el auténtico Ser supremo, que la razón humana puede llegar a conocer.

A1 contrastar con esto el argumento ontológico, notamos que, de una parte, este modo falaz e inadecuado de razonar puede ser ocasión de que alguien reniegue de la existencia de Dios. Pero de otra parte, especialmente si atendemos al punto de partida encontramos en él algo aprovechable: la genuina noción de Dios, como ser sumamente perfecto e infinito. Ahora bien, ya hemos visto que si se parte de una concepción de Dios adecuada, es imposible, por absurdo y contradictorio, pensarle como no‑existente.

En el ateísmo, por tanto, al negar la existencia de Dios, o se entiende por "Dios" el ser supremo, omnipotente e infinito; o se está pensando en otra cosa. Si lo primero es imposible negar intelectualmente

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su existencia, sin caer en la necedad, como dice San Anselmo, siguiendo a la Biblia. Y si por Dios se entiende otra cosa distinta, como por ejempla un Dios panteístico, impersonal, como una fuerza ciega, cruel e inhumana, o como un robot descomunal... entonces ya no se trata de ateísmo propiamente tal, sino de ignorancia o de irreflexión.



Que las diversas configuraciones modernas acerca de Dios, especialmente las de origen panteísta —sea éste materialista, evolucionista, idealista, emanatista o cualquiera otra de sus formas—hayan oscurecido en los hombres el genuino concepto de Dios, es algo que no necesita demostración. La historia del pensamiento occidental en los últimos siglos es testigo de ello. Hoy son muchos los que tienden a fabricarse una noción de Dios a la medida de sus gustos o de su corta capacidad intelectual; otros lo sustituyen por otras cosas, como la cultura, el progreso técnico, el confort, etc. Estos idolillos nada tienen que ver con el Dios que la inteligencia humana puede vislumbrar por vías metafísicas. Por ello la negación atea de esos ídolos, más que ateísmo es una purificación necesaria de la noción genuina de Dios.

Mas entendiendo por Dios el ser omniperfecto, no se puede pensar su inexistencia. La inexistencia de Dios no se puede demostrar tampoco a priori. La negación a priori de Dios es absurda. Por lo que el ateísmo positivo, que afirma la inexistencia de Dios, deberá revisar los fundamentos de esta postura y su concepción acerca de Dios.

Con ello el argumento ontológico, que no demuestra la existencia real de Dios, pero que demuestra la imposibilidad de pensarlo como inexistente, se convierte en un argumento dialéctico, ad hominem. Entendiendo por "Dios" el ser "cuyo mayor no se puede pensar" es contradictorio pensarlo como inexistente. Y si por "Dios" se entiende algo distinto del ser "cuyo mayor no se puede pensar", entonces se trataría de un ser, por encima del cual sí se puede pensar otro ser. Pero entonces ya no se trata de Dios, sino de un ídolo o sucedáneo, sin fundamento en la mente humana, ni en el profundo sentido religioso del hombre.

Todo esto significa también que no puede haber ninguna demostración válida de la inexistencia de Dios. Cualquiera que fuera su fundamento y su forma debería terminar en la conclusión: "Luego, Dios no existe". Pero dicha proposición es contradictoria en sus mismos términos. Y lo contradictorio no se puede demostrar racionalmente, ni de modo alguno. Es seguro, por lo demás, que nadie hasta el presente lo ha demostrado.

Pero entre el ateísmo positivo, como positiva negación de la existencia de Dios, y su positiva afirmación, cabe un término medio, un ateísmo negativo, una postura diríamos escéptica, que ni afirma, ni niega la existencia de Dios. Este ateísmo negativo no se vería afectado por el argumento ontológico; y en él se refugiarían a la postre los ateos positivos, que llegaran a ver lo absurdo de su posición. Esto significa

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que para vencer ela teísmo negativo o simplemente metódico, se requieren otras pruebas que los argumentos ontológicos o a priori. Se requierejn, ni más ni menos, las mismas pruebas que para la positiva afirmación de Dios, cuya existencia viene exigida, no como una mera hipótesis o suposición gratuita, sino como el fundamento último y radical dels er real cósmico, afectado de devenir, subordinación causal, contingencia, grados de perfección diversos y tendencias finalísticas. Pero entonces nos hallamos ya en las conocidas vias a posteriori, ascendentes y convergentes en un Ser supremo.

Lorenzo de Guzmán



Profesor de Filosofía.

1 Así opina p. ej., GENTIOLI, Eleonora: "L'argomento ontologico e veramente... ontologico?" (Acta VI, Congres. Thomist. Intern.) Roma, 1966; II, pág. 107.

2 Proslogion, c. 2.


3 CONCILIO VAT. II, Const. Gaudium et Spes, n. 19.

4 ' Ibíd.








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