Apuntes sobre estudios culturales



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Apuntes sobre estudios culturales

(borrador 18/07/2009)

Eduardo Restrepo1

“No pienso que el conocimiento es cerrado, pero creo que la política es imposible sin lo que he denominado un ‘cerramiento arbitrario’ […] Es un asunto de posicionalidades”


Stuart Hall (1992: 278).

Introducción
Estudios culturales es un término que cada vez más circula entre académicos y, en general, aparece asociado (positiva o negativamente) junto a otros como ‘posmodernidad’, ‘posestructuralismo’, ‘teoría postcolonial’ o ‘estudios de la subalternidad’. No en pocos casos, esta creciente circulación del término de ‘estudios culturales’ ha estado marcada por posiciones abiertamente encontradas entre sus más fervientes defensores y quienes no les encuentran mayor relevancia. No han faltado quienes les atribuyan un lugar epistémico privilegiado para las ciencias sociales del país y quienes los consideran simple y llanamente como una pasajera moda importada que apuntala el colonialismo intelectual asociada a las extravagancias de la jerga deconstructivista. Entre estas posiciones extremas, se han ido incubando no pocos malentendidos. Una caracterización de lo que constituye los estudios culturales permitiría abordar de forma más productiva estas pugnas y malentendidos.
No obstante, la caracterización de los estudios culturales no es tarea fácil ya que se encuentra plagada de múltiples disputas sobre cómo entender su especificidad, cómo trazar legítimamente su genealogía o cuál la relación con otras propuestas teóricas que circulan hoy en el mundo académico. Estas disputas no son sólo internas, esto es, entre quienes dicen hacer estudios culturales, sino también se han establecido por académicos e intelectuales que se posicionan por fuera (y, no pocas veces, abiertamente en contra) de los estudios culturales. Aunque no son exclusivas de los estudios culturales, estas disputas evidencian no sólo que internamente los estudios culturales no están tan osificados como otros saberes que se imaginan a sí mismos desde un naturalizado canon, sino que también colocan al descubierto cuan ‘molestos’ pueden ser para ciertas posiciones atrincheradas en supuestos epistémicos, teóricos o metodológicos que los estudios culturales ponen efectiva o imaginariamente en cuestión.
Existen al menos dos formas de encarar la caracterización de los estudios culturales. Una, que podríamos llamar programática, consiste en defender desde unos criterios argumentados su especificidad. Esta forma de proceder tiene la ventaja de perfilar claramente las distinciones de los estudios culturales con respecto a formaciones disciplinarias, a corrientes académicas y a elaboraciones teóricas con las que tiende a confundirlos. No obstante, realizar este ejercicio de caracterización puede ser problemática porque fácilmente tiende a confundirse con una posición prescriptiva que impone una particular concepción que se toma como paradigmática, obliterando la pluralidad y contextualidad que, como veremos, se considera una de sus características. Igualmente, un enfoque programático puede tender a idealizar prácticas que son mucho más complejas y sobre las que se presentan no pocas contradicciones y tensiones. La otra forma, que se podría llamar etnográfica, consiste en prestar más atención a las prácticas concretas, a los tópicos estudiados, a las publicaciones realizadas, a las intervenciones políticas desplegadas por quienes esgrimen hacer estudios culturales. Esta forma de proceder permitiría entender los estudios culturales en su complejidad y contrariedad, dimensionando las disputas y disensos desde los contextos de su enunciación.
Inclinándome por la forma programática, pero sin desconocer algunos elementos de orden etnográfico, trataré de cartografiar la especificidad del terreno de los estudios culturales, sin obliterar su contextualidad. En términos expositivos es quizás más acertado empezar, entonces, por aquellos rasgos sobre los que existe un mayor consenso, para adentrarse progresivamente en los terrenos movedizos de las disputas más airadas. Esta manera de proceder implica ir construyendo una cartografía de los estudios culturales a medida que se imagina su territorio. Cartografía ésta que no pretende domesticar los disensos, ya que en estos se encuentra uno de los aspectos más interesantes y fecundos de los estudios culturales. Más aún, el rechazo a establecer una definición cerrada y definitiva de los estudios culturales hace parte de uno de sus rasgos más preciados: “[…] una de las características distintivas de los estudios culturales es su antipatía a las definiciones congeladas que reemplazan el pensamiento creativo y previene la aplicación flexible” (Agger 1992: 75).
No obstante, la multiplicidad de versiones de lo que pueden ser los estudios culturales o su resistencia a una definición totalitaria y cerrada, no significa que cualquier cosa que se haga en su nombre cabe dentro de los estudios culturales: no todo vale como estudios culturales. Como se sostendrá más adelante, hacer estudios culturales es más complejo que citar a un grupo de autores o referirse a unas determinadas temáticas.
En Colombia, como en otros lugares antes y hoy, se puede registrar un creciente ‘oportunismo’ en el ‘río revuelto’ de los estudios culturales. Por un lado están quienes alegremente se piensan haciendo estudios culturales por el hecho de estudiar la ‘cultura’, de ser ‘transdisciplinarios’, o por elucubrar sobre la ‘globalización’, las ‘industrias culturales’ o la ‘gestión cultural’. Por el otro, no faltan aquellos que, indignados, se van lanza en ristre contra lo que se imaginan que son los estudios culturales desde su herida disciplinar. Aquí se encuentran antropólogos que sienten que les ha sido arrebatado ‘su’ objeto o que consideran que los estudios culturales están de más (que son redundantes), porque desde su propia disciplina se ha hecho o puede hacerse lo que estos pretenden; o los sociólogos e historiadores que, mirando por encima del hombro, se les ocurre que eso de los estudios culturales es demasiado light o postmoderno. También literatos, curadores y demás profesionales de la ‘alta cultura’ que consideran profanada la esteticidad y superioridad civilizacional de los objetos culturales que han cautivado su atención, por parte de unos estudios culturales que los articulan con sus contextos de producción (haciéndoles no más, pero tampoco menos, que cualquier otro producto cultural) y que los reconducen al mundanal escenario de las luchas de poder.2
No tanto como reacción a este creciente oportunismo, sino por la convicción de que la especificidad del proyecto intelectual y político de los estudios culturales importa y tiene mucho que aportarnos a nosotros en un país como Colombia, es pertinente clarificar que (precisamente por su apuesta por la pluralidad y contextualidad) “no todo vale”, “ni todo es igual” en los estudios culturales. Los estudios culturales no pueden ser lo que el capricho de cada quien establece que sean. Y aunque, como acertadamente es señalado por Mignolo, “Los estudios culturales no pueden identificarse con una agenda intelectual sea esta la de Raymond Williams o la de Stuart Hall, la de Larry Grossberg o de Néstor García Canclini” (2003b: 53), de ello no se deriva que cualquier agenda cabe dentro de los estudios culturales. Como lo argumentan Grossberg, Nelson y Treichler en su introducción a una de las primeras y de las más visibles compilaciones en este campo, publicada en los Estados Unidos:
“Todavía pensamos que importa cómo son definidos y conceptualizados los estudios culturales. Aunque la pregunta de ‘qué son realmente los estudios culturales’ podría ser imposible de especificar para todos los tiempos y lugares, consideramos que en un contexto dado, los estudios culturales no pueden ser simplemente cualquier cosa” (1992: 3).
Los planteamientos adelantados en este artículo son el resultado de años de discusiones con estudiantes y colegas del primer programa de postgrado de estudios culturales en Colombia en el cual me desempeño como docente. Debates sobre la especificidad y pertinencia de los estudios culturales también han sido recurrentes con colegas (que se imaginan dentro o fuera de los estudios culturales) de otras universidades del país y de otros países de América Latina. Por tanto, el presente artículo lo entiendo como una puesta en limpio de una posición con respecto a estas discusiones y debates que espero contribuya a clarificar los términos de la disputa sobre los estudios culturales en el marco de su creciente presencia y consolidación institucional en Colombia.
Perfilando consensos
Un paso importante en la caracterización de los estudios culturales consiste en identificar aquellos rasgos que sean más ampliamente compartidos por las diferentes vertientes y sobre los que habría mayor consenso como criterios que definirían el terreno de los estudios culturales. Es importante tener presente, sin embargo, que no todos los que se imaginan haciendo estudios culturales estarán de acuerdo en identificar estos cuatro rasgos. Tal vez pueden proponer otros más, o considerar que alguno (o varios) de los identificados hace parte más de una vertiente o un conjunto de vertientes de los estudios culturales. No obstante, los estudios culturales, como cualquier otra formación discursiva y dispositivo institucionalizado, no son simplemente cualquier cosa que los individuos se representen, incluso aquellos que supuestamente operan dentro de esta formación y dispositivo. Hay que recordar, igualmente, que en la identificación de estos rasgos lo que se tiene en mente es un abordaje más programático que etnográfico.

Distinción estudios culturales de estudios sobre la cultura
Aunque no es difícil encontrar gente que dice hacer estudios culturales por el mero hecho de que están interesados en estudiar fenómenos culturales contemporáneos,3 una de las distinciones más importantes para entender la especificidad de los estudios culturales radica en la diferencia tajante entre estudios sobre la cultura y estudios culturales. Para plantearlo de forma simple, digamos que los estudios sobre la cultura constituyen un amplio y contradictorio campo donde se encuentran disímiles encuadres disciplinarios, interdisciplinarios y transdisciplinarios que se refieren a la ‘cultura’ como su objeto de análisis. Desde esta perspectiva, entonces, lo que se ha dado en llamar antropología cultural, sociología de la cultura, crítica cultural y estudios culturales pertenecerían a este heterogéneo y amplio campo de los estudios sobre la cultura. Por tanto, no se podría confundir estudios culturales con estudios sobre la cultura ya que los primeros serían, a lo sumo, una parte o componente de los segundos.
Sin embargo, existen un par de imprecisiones que ameritan evitarse desde el principio en suponer que los estudios culturales deben ser pensados como una parte o componente de este campo de los estudios sobre la cultura. De un lado, los estudios culturales no son (o, al menos, no pretenden ser) simple y llanamente ‘estudios’ sino constituirse como una práctica intelectual con una clara vocación política. Del otro lado, la ‘cultura’ no es un simple referente “allá afuera en el mundo” del cual los estudios culturales tomarían un aspecto o nivel de análisis, mientras que otros saberes abordarían otros aspectos o niveles. En la caracterización que se realizará más adelante se profundizará en estos dos aspectos que son cruciales en clarificar la especificidad de los estudios culturales. Por ahora, baste con anotar que los estudios culturales no pueden ser confundidos con estudios sobre la cultura.

Transdisciplinariedad
También existe un virtual consenso entre muchos de quienes hacen estudios culturales en que la transdisciplinariedad (o interdisciplinariedad en el vocabulario de otros) constituye uno de sus rasgos distintivos. Antes que disciplinarios, los estudios culturales establecerían sus intervenciones desde un encuadre transdiciplinario o, cuando menos, interdisciplinario. Esta transdisciplinariedad estaría dada porque para comprender las problemáticas y preguntas propias de los estudios culturales no basta con un enfoque o metodología de una de las disciplinas ya constituidas como la sociología, las ciencias políticas, la crítica literaria o la antropología. Así, las explicaciones de la cultura no se circunscriben a lo cultural (como tiende a hacer cierta antropología y otros reduccionismos culturalistas), sino que incorpora exterioridades como las relaciones sociales, el poder o la economía. No obstante, la transdisciplinariedad o interdisciplinariedad en los estudios culturales no se entiende como una mera yuxtaposición mecánica de dos o más disciplinas en una especie de simple sumatoria que en últimas mantendría incólume la identidad de cada una de ellas.
Ahora bien, pueden ser identificadas dos posiciones contrarias extremas con respecto a la relación entre esta transdiciplinariedad constitutiva de los estudios culturales y las disciplinas. De un lado, aquella posición que argumenta que la transdisciplinariedad de los estudios culturales significaría en la práctica una ‘declaración de muerte’ para las disciplinas o, cuando menos, a sus ‘versiones positivistas’ y fragmentantes de la ‘realidad’ (cf. Flórez 2000). Por tanto, desde esta posición, se consideraría a los estudios culturales como una privilegiada síntesis supradisciplinaria. De otro lado, estaría una posición que asumiría la transdisciplinariedad como una problematización para las disciplinas sin que ello implique su negación o supresión. En esta línea podrían interpretarse planteamientos como los de Santiago Castro-Gómez cuando argumenta que los estudios culturales deben ser pensados como un campo de articulación disciplinaria: “Los estudios culturales no son una ‘antidisciplina libre’ sino un área común de conocimiento que ha contribuido a una retroalimentación de las disciplinas, esto es, a una reestructuración de los paradigmas tradicionales” (Castro-Gómez 2003: 71).
Algunos antropólogos han afirmado erradamente (cf. Reynoso 2000) que los estudios culturales pretenden arrebatarle su ‘objeto de estudio’, esto es, la cultura. Los estudios culturales son interdisciplinarios (o, mejor aun, transdisciplinarios) porque su pregunta por las relaciones entre cultura y poder lo llevan más allá de una disciplina ya constituida sobre lo cultural como la antropología: “[…] la forma de su carácter interdisciplinario es configurado sobre el reconocimiento que mucho de lo que uno requiere para comprender las prácticas y relaciones culturales no es, en un sentido obvio, cultural” (Grossberg 1997: 236). Por tanto, la categoría de cultura de los estudios culturales no es equiparable a las categorías de cultura con las que ha operado el grueso de la antropología.
Si uno confunde el término o la palabra con los conceptos o categorías a las cuales refiere, entonces no comprenderá que el concepto de cultura de los estudios culturales no es una apropiación (ilegitima, seguramente desde la perspectiva de antropólogos como Reynoso) de los conceptos de cultura adelantados por la antropología.4 Desde la antropología se han articulado categorizaciones de ‘cultura’ desde diferentes perspectivas teóricas en sus más de cien años de existencia institucional: difusionismo, evolucionismo, materialismo, ecología cultural, funcionalismo, estructuralismo, intrepretativismo, posestructuralismo y perfomativismo, son algunos de las tantas etiquetas que han circulado para dar cuenta de estas diferencias a su interior. A pesar de estas diferencias, dos son los tipos de categorizaciones que se han impuesto: (1) la de cultura como modo de vida y (2) la de cultura como sistema de significados o el orden de lo simbólico.
Para ciertas tendencias de los estudios culturales la categoría de ‘cultura’ responde a una problemática definida por su articulación constitutiva con el poder y la representación. Esto es, no se interesa por la ‘cultura’ en sí como lo haría la antropología (u otros análisis culturalistas), sino por cómo se encuentra constitutivamente articulada con los dispositivos del poder (y de resistencia) concretos y que son de particular relevancia política para la comprensión e intervención en el presente. De ahí que el concepto gramsciano de hegemonía haya sido de particular relevancia en este tipo de análisis.
Los estudios culturales tampoco pretenden arrebatarle a la ciencia política su ‘objeto de estudio’. La noción de poder con la que se trabaja en estos estudios culturales no es la de las ciencias políticas que tiende a circunscribirse a los aparatos de estado, a la legitimidad del ejercicio de gobierno y a la institucionalidad de la política. Para los estudios culturales, el poder es más el ejercicio de ciertas relaciones de fuerza donde las subjetividades, corporalidades y espacialidades son producidas y confrontadas en diversas escalas (incluyendo las de la formación del estado, la nación y el sistema mundo, no sólo la filigrana de la individualidad o el lugar).

Politización de la teoría y teorización de lo político
Un tercer rasgo sobre el cual existe cierto acuerdo entre quienes realizan estudios culturales consiste en que no se imaginan como una labor exclusiva, ni sustancialmente, académica sino como una que se supone como práctica intelectual en una estrecha relación con intervenciones políticas concretas. El propósito no es el de la acumulación ampliada del conocimiento por el conocimiento mismo. No es el conocimiento ostentoso, el conocimiento-florero, el de la nota a pie de página o el enciclopédico, el que se considera relevante desde los estudios culturales. Al contrario, los estudios culturales constituyen una práctica intelectual que se articula políticamente en tanto “[…] buscan producir conocimiento que ayude a la gente a entender que el mundo es cambiable y que ofrezca algunas indicaciones en cómo cambiarlo” (Grossberg 1997b: 267). Esto es lo que Stuart Hall ha denominado la ‘vocación política’ o la ‘voluntad política’ de los estudios culturales.
Considerar a los estudios culturales como práctica intelectual nos invita a no superponerla o subsumirla con lo académico. Esto no quiere decir que los estudios culturales no puedan ni pretendan estar en este ámbito de la academia sino que su horizonte de intervención y de existencia no se puede limitar al establecimiento académico. También es importante resaltar que su articulación política se conceptualiza en términos de una forma y no la forma de politizar la teoría y de teorizar lo político. Lo que se conoce como “teoría crítica” o Escuela de Frankfurt es otra forma de politizar la teoría y de teorizar lo político, pero no la forma de los estudios culturales. Si bien es cierto que, como lo indica Agger (1992), los estudios culturales son teoría crítica o no son, de esto no se deriva que entonces toda teoría crítica es estudios culturales.
Al igual que toda teoría crítica, los estudios culturales problematiza el imaginario positivista de un conocimiento por fuera de lo político (la tajante distinción entre hecho y valor, entre sujeto y objeto, así como la posibilidad de la neutralidad valorativa) para considerar que el conocimiento tiene sentido en tanto se articula con la transformación social, con un proyecto político. Pero los estudios culturales constituyen una particular modalidad de teoría crítica dado su específico estilo de práctica intelectual. No pretende ser una filosofía ni opera en los niveles de abstracción conceptual como lo hace la teoría crítica a la Frankfurt.
Los estudios culturales pretenden la rigurosidad en la argumentación en tanto se basan en análisis empíricos e investigación. Antes que pura especulación filosófica, los estudios culturales suponen ejercicios de investigación concretos, manejo de la bibliografía pertinente, trabajo de terreno y sobre fuentes documentales. Esto porque la comprensión de lo concreto en su especificidad y densidad no es reemplazable con simples elucubraciones teóricas ensimismadas y sin asideros en investigaciones especificas. Esto no quiere decir que los estudios culturales sean antiteoricos y que esgriman un empirismo ingenuo. Existe en los estudios culturales una sensibilidad teórica que no se puede de confundir con el fetichismo teórico. No es lo mismo utilizar la teoría para la formulación de nuevos problemas y en el planteamiento de preguntas, estrechamente asociadas a análisis de lo concreto, que quedarse en la exégesis o esnobismo teorético.
De ahí que para los estudios culturales la teoría es contextualmente especifica: “Si la teoría de uno le ofrece de antemano las respuestas porque dicha teoría viaja con uno a través de y en cada contexto, pienso que uno no está haciendo estudios culturales” (Grossberg 1997b: 262). La teorización relevante no es la de las alambicadas elucubraciones que en su abstracción angelical ya tienen todas las respuestas sobre el mundo. Desde esas abstracciones angelicales no hay que esforzarse intelectualmente, ni enlodarse desplegando las investigaciones y pesquisas concretas que sacan a flote el conjunto de articulaciones constrictivas de un suceso o de una práctica social, ni en tratar de vislumbrar sus amarres históricos estructurales. Y cuando se toman la molestia de ‘echarle una ojeada’ a los archivos o al terreno, lo hacen desde una violencia epistémica que les lleva simplemente a “encontrar” lo que ya se sabía de antemano. Nada más contrario al lugar y concepción de la teoría en estudios culturales. Con base en el trabajo sobre lo concreto, existe la posibilidad de articular formas de autoridad intelectual que, sin pretensión de totalidad o universalidad, sean consideradas como mejores formas de entendimiento sobre el mundo. De ahí que no pueden considerarse como una apología al relativismo epistémico (y menos uno de corte culturalista).
Los estudios culturales tampoco entienden la teorización de lo político y la politización de lo teórico como una simple derivación de las políticas de la identidad de un sujeto subalternizado y/o anormalizado (ya sea racial, étnica o sexualmente). Para los estudios culturales lo político es contextualmente específico, esto es, los sitios, objetos y formas de las luchas de poder deben ser entendidos contextualmente. Las implicaciones políticas no están inscritas indisolublemente, de una vez y para siempre, en la ‘naturaleza’ de una posición o planteamiento. Lo que en un contexto puede ser políticamente progresista, puede en otro momento o contexto ser abiertamente reaccionario. El nacionalismo fue la fuerza que alimentó muchas de las luchas anticoloniales en África y Asia, pero también el ascenso del nazismo o de los fundamentalismos de la nueva derecha en Europa y los Estados Unidos. La apelación a la indianidad, subalternidad, a los derechos humanos, a las inequidades de género o al derecho al aborto desde ciertos movimientos sociales, es a menudo resistencia abierta al status quo pero, en otros contextos (o por eso mismo), puede operar como un aliado de fuerzas conservadoras y de derecha.
Los estudios culturales son sensibles a la contextualidad de lo político y a la necesidad de no obliterar el trabajo intelectual serio en las puertas de la fetichización de ciertas prácticas y actores que para muchos, en una facilismo político bastante extendido, mantienen fuera de todo escrutinio. “Pesimismo del intelecto, optimismo de la voluntad”, principio gramsciano que define este rasgo de la contextualización de lo político en los estudios culturales y su renuencia a sustituir el trabajo intelectual por lo moral o lo político. Es decir, que en nombre de una posición que se enuncia política o moralmente correcta (que se asocia en una correspondencia directa a sectores explotados, marginados y subordinados) el trabajo intelectual se reduce a celebrar y a hacer eco de lo que se considera “progresista” de una vez y para siempre. No opera el pesimismo del intelecto, no se escudriñan las complejidades, paradojas y tensiones de lo política y moralmente correcto.
Esto no significa que los estudios culturales se consideren a sí mismos como el paradigma o la panacea de la politización del trabajo intelectual y de la teorización de la agencia política:
“Pienso que los estudios culturales son una particular forma de contextualizar y politizar practicas intelectuales. No obstante, los estudios culturales no son una panacea intelectual, ni siquiera un nuevo paradigma intentando desplazar todos los competidores. No son el único cuerpo importante de trabajo político-intelectual, tampoco el único enfoque comprometido con la interdiciplinaridad […]” (Grossberg 1997: 246).
Contextualismo radical: anti reduccionismo y teorización sin garantías
Otro rasgo sobre el que puede identificarse consenso entre no pocos practicantes de los estudios culturales consiste en que se considera que estos deben ser pensados como una reacción a las diferentes modalidades de reduccionismo: “[…] como proyecto los estudios culturales buscan prácticas capaces de acoger la complejidad y la contingencia, y de evitar cualquier especie de reduccionismo” (Grossberg 2006: 47). Reacción a los reduccionismos de aquellas expresiones del economisismo, del culturalismo, del textualismo. Es decir, a todas aquellas reducciones de la comprensión o explicación de una problemática (ya sea cultural, de representación o de poder) a un aspecto o ámbito privilegiado, arrojando al mundo de la epifenomenalidad, de la irrelevancia explicativa, el resto de aspectos o ámbitos de la vida social. Desde los estudios culturales se busca superar los análisis reduccionistas que han convertido a la cultura como una variable sometida y dependiente de lo económico (como lo hacen las diferentes vertientes del economisismo), sin caer en el extremo de pensar la cultura como una entidad autónoma y autocontenida que se puede explicar exclusivamente en sus propios términos (como a menudo lo ha hecho la antropología). En general, desde estos encuadres reduccionistas la especificidad y densidad de lo concreto es dejado de lado pues sólo adquiere relevancia en tanto constatación (o no) de unos modelos teóricos que existen de antemano.
En oposición a este reduccionismo teórico, los estudios culturales se plantearían como un contextualismo radical, como una teorización de lo concreto, como una teoría sin garantías. Para Grossberg (1997: 253), incluso, este rasgo del contextualismo radical sería específico a los estudios culturales. El contextualismo radical es, ante todo, un tipo de pensamiento relacional que argumenta que cualquier práctica, evento o representación existe en una red de relaciones, por lo que no son anteriores ni pueden existir independientemente de las relaciones que los constituyen: “La noción de contextualismo en los estudios culturales es la idea de la relacionalidad, es decir, el postulado que la relación precede –es más fundamental ontológicamente– los términos de la relación” (Grossberg 2006: 49). De ahí que la categoría de contexto planteada en estudios culturales sea la de esta densa red de relaciones constituyentes de cualquier práctica, evento o representación. Esto supone alejarse de una noción de contexto como simple telón de fondo o el escenario donde sucede algo, para considerar el contexto como su condición de posibilidad.
Esta diferencia entre el contextualismo radical de los estudios culturales y otro tipo de aproximaciones como los estudios raciales, es identificada por Hall en su contribución al libro colectivo Policing the Crisis sobre la articulación entre racialización y pánico moral asociado al ascenso del neoconservatismo y el thatcherismo en la Inglaterra de finales de los años setenta. Unos estudios raciales (o unos antropológicos y sociológicos) no piensan a menudo en términos de formaciones racializadas sino que estudian el racismo en sí mismo, no hacen énfasis como sí se realiza en los estudios culturales en las articulaciones de lo racial con otros aspectos de la vida social y política donde se configuran la hegemonía y las disputas de poder a travesadas por las prácticas significación. Cómo desde la racializacion de la criminalidad se puede comprender las transformaciones en la reconfiguración de la hegemonía en una formación social determinada: eso es lo que permite el contextualismo radical de los estudios culturales.
Finalmente, es importante indicar que no hay que confundir el contexto con escala. El contexto no se refiere a lo micro o lo local, por oposición a una escala más macro o global (McCarthy 2006). El contexto lo constituyen el entramado de las relaciones (o articulaciones, si preferimos un vocabulario más técnico)5 constituyentes de un hecho (práctica, representación, evento…) que puede incluir relaciones de diferentes escalas, pero siempre referidas a lo concreto, es decir, a lo existente en un lugar y momento dado.

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Los rasgos presentados definirían un terreno de operación dentro del cual se articulan diferentes vertientes de los estudios culturales. Con estos rasgos no se está definiendo unos contenidos, temáticas, autores o metodologías de investigación que garantizarían que las prácticas intelectuales que alguien adelante pertenezcan al terreno de los estudios culturales. Hacer estudios culturales no es simplemente citar a Stuart Hall (o a Foucault, Deleuze o Negri) ni recurrir a conceptos que comúnmente se asocian con los estudios culturales como los de hegemonía o articulación. Tampoco hay garantía de estar haciendo estudios culturales al estudiar la cultura (ni siquiera como proceso articulado a las transformaciones globales) o, incluso, las relaciones entre ésta con lo político o el poder. Estudiar una temática como ‘cultura popular, medios de comunicación, cibercultura, el capitalismo como hecho cultural o la globalización, tampoco implican que se hace estudios culturales. Adelantar un estudio empírico de lo concreto tampoco es suficiente para considerar que uno está se encuentra en el terreno de los estudios culturales. Menos aún asumir un compromiso político con sectores subalternizados como parte de la labor intelectual, o el de devenir en ‘gestor cultural’ enmarcado en las políticas culturales generalmente asociado a instancias o entidades gubernamentales. Los estudios culturales tampoco son definidos por las técnicas de investigación utilizadas: no es que si se recurre al análisis de discurso ya se está haciendo estudios culturales o, a la inversa, que si se utiliza la etnografía entonces no se puede estar adelantando estudios culturales porque eso sería necesariamente antropología.


Son las particulares amalgamas de los rasgos presentados las que nos plantean si una práctica intelectual se inscribe o no dentro del terreno de los estudios culturales. De una forma esquemática, estos rasgos pueden ser presentados en los siguientes términos:
1. Su problemática centrada en la imbricación mutuamente constituyente entre lo cultural y las relaciones de poder, lo que hace que no se confunda estudios culturales con estudios sobre la cultura.
2. Su enfoque transdisciplinario, derivado de una estrategia explicativa que cuestiona los reduccionismos que buscan explicar desde una dimensión o clivaje particular: el culturalismo es un reduccionismo a la cultura, el textualismo es un reduccionismo a lo textual, el economicismo es un reduccionismo a lo económico.
3. Su explicita vocación política, en el sentido que lo que se busca con los estudios culturales no es simplemente producir mejor teoría para acumular conocimiento, sino que es un saber para intervenir en el mundo, para desatar relaciones de explotación, dominación y sujeción culturalmente articuladas. Esta vocación política no es un anti-teoricismo ni, mucho menos, una simple sustitución del conocimiento conceptual y empíricamente riguroso por la política.
4. Su contextualismo radical, que argumenta que es el estudio de contextos concretos la estrategia de método que define a los estudios culturales. Los contextos concretos no son un asunto de escalas (no se refiere a lo mas micro y local), sino a comprender las articulaciones significantes y de relaciones de poder que han permitido la emergencia y particular configuración de una serie de prácticas o hechos sociales.

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