Apuntes de psicología I, II, III y IV silo



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Comportamiento. Paisaje de FORMACIÓN.

El estudio de los centros, de los niveles de conciencia y del com­­portamiento en general, debe permitirnos articular una sín­tesis elemental del funcionamiento de la estructura psíquica humana. Debe permitirnos comprender, ele­men­tal­men­te también, estos mecanismos básicos que guían las activida­des del ser humano según sufrimiento o placer, y debe per­mi­tirnos comprender no sólo la captación real que esta es­truc­­tura humana hace de la realidad circundante, sino también la captación ilusoria que esta estructura hace de la reali­dad circundan­te y de la propia realidad. Esos son los puntos que importan pa­ra nosotros. Nuestro hilo conductor está lan­zado en di­rec­ción hacia la comprensión del sufrimiento, del placer y de los datos psicológicos que pudieran ser verda­de­ros o ilusorios.

Entremos en el tema del comportamiento.



El estudio del funcionamiento de los centros y el descu­bri­mien­to de sus ciclos y ritmos, permite entender velocidades y tipos de reacción frente al mundo en su aspecto más maquinal. Por otra parte, el examen de los ensueños y del núcleo de ensueño, nos pone en contacto con fuerzas inhibitorias o movilizadoras de ciertos comportamientos que se asumen fren­­te al mundo. Pero además del aspecto mecánico psíquico y corporal, ade­­más del aspecto mecánico del comportamiento, re­conocemos factores de tipo social, de tipo ambiental y de acu­mulación de experiencia a lo lar­go de la vida, que actúan con igual fuerza que los factores mecánicos en la formación de este comportamiento. Y esto es así porque aparte de las estimulaciones que pudieran llegar a la estructura psíquica (y a las cua­les ésta responde inmediatamente), hay otras es­ti­mu­la­ciones no ocasio­na­les que permanecen en la estructura y con­tinúan dando señal con relativa fijeza. Estamos hablando de este fenómeno de la retención de los instantes en que se producen los fenómenos. Estos fenómenos no se producen simplemente y desaparecen definitivamente. Todo fenómeno que se produce, que modifica la postura de esta estructura es, además, almacenado en ella. De mo­do que esta memoria con que cuenta esa estructura (me­mo­ria no sólo de los estímu­los sino memoria de las respuestas a los es­­tímulos, y memo­ria también de los niveles que trabajaron en el momento de los estímulos y de las respuestas), va a presionar, va a influir decisi­va­mente sobre los nuevos eventos que ocurran en el psiquismo. Así pues, no vamos a contar en cada fenómeno que se pro­duce con una si­tuación primera, sino que vamos a contar con el fenómeno y todo lo que le aconte­ció anteriormente. Cuan­do hablamos del comportamiento, nos referimos a este factor de retención temporal que es de suma importancia.

Un importante factor formador de conducta es la propia biografía, que es todo lo que ha ido sucediendo al sujeto a lo largo de su vida. Esto pesa en la estructura humana tanto co­mo el acontecimiento que en ese momento se produce. Vis­tas así las cosas, en un comportamiento determinado frente al mundo está pesando tanto el estímulo que en ese instante se recibe, como todo aquello que forma parte del proce­so anterior de esa estructura. Normalmente se tiende a pensar que este es un sistema simple de estímulo y de respuesta pero si hablamos de estímulo, también lo que ha acontecido anteriormente es un estímulo actual. La memoria no es, en este sentido, simple acumulación de hechos pasados. La me­mo­ria, en es­­te sentido, es un sistema de estímulos actuantes des­de el pa­sado. La memoria es algo que no simplemente se ha acumulado en esa estructura, sino que está vivo, está vi­gente y está actuando con pareja intensidad a la de los es­tímulos pre­sen­tes. Estos acontecimientos podrán o no ser evo­cados en un determinado nivel de conciencia pero sean o no evocados, su acción es fatal en todo instante en que la es­tructura va recibiendo estimulaciones del mundo y se va com­­portando frente al mundo. Parece importante tener en cuen­ta lo biográfico, lo histórico en la vida humana y conside­rar­lo actuante de un modo presente, no simplemente de un modo acumulativo como si se tratara de un reservorio que abre sus compuertas únicamente cuando se recuerdan los acon­tecimientos pasados. Se recuerden o no se recuerden aque­llos acontecimientos, ellos fueron los formadores del comportamiento.

Hablar de biografía es lo mismo que hablar de historia per­­­sonal. Pero esa historia personal, según la entendemos, es una his­to­ria viva y actuante. Esta historia personal nos lle­va a considerar un se­gundo aspecto y es el que aparece co­mo código frente a si­tua­ciones dadas. Es decir, los aconte­ci­mientos provenientes de un medio suscitan no una respuesta sino un sistema es­tructurado de respuesta. Y este sistema de respuesta sirve en momen­tos posteriores para efectuar com­portamientos similares.

Estos códigos de situación, es decir, conductas fijas que el ser humano adquiere (probablemente para ahorrar energía y también probablemente como protección de su integridad), son el conjunto de roles.

Los roles son hábitos fijos de comportamiento que se van formando por la confrontación con distintos medios en que le toca a una persona vi­vir: un rol para el trabajo, un rol pa­ra la familia, un rol para las amistades, etcétera. Estos ro­les no están actuando solamente cuando surge la con­frontación con un medio dado. Estos roles están actuando también en todo momento aunque no estemos confrontados con la situación dada. Se ma­­nifiestan, se ponen en evi­den­cia, cuando el estímulo de situación entra en una determi­na­da franja del comportamiento humano.

Distinguimos los roles familiares, los roles laborales, distintos roles de si­tuación que una persona puede haber fijado, puede haber grabado. Y en­tonces es claro que cuando esa persona entra a su trabajo su comportamiento se adecua, to­­ma un rol propio de su trabajo y que es diferente al rol que to­ma frente a su familia. Pero hay también en el rol que to­ma en esa situación dada, muchos componentes propios de los roles de confrontación con otras situaciones. Es como si numerosos roles de otras situaciones se fil­traran en la situación que está grabada para responder en ese medio. A ve­ces esos otros roles no se filtran sólo por acción, no se manifiestan con sus caracterís­ti­cas por acción sino por inhibición. Por ejemplo, una persona ha grabado su rol de trabajo, ha grabado su rol de familia y ha grabado otros numerosos roles. Pero su rol de familia es inhibitorio, su rol de tra­bajo no tiene ningún motivo para ma­ni­festarse inhibitoriamente, y enton­ces sucede que aparecen estas infiltraciones propias de la relación fa­mi­liar en la relación de trabajo, surgiendo fenómenos inhibitorios que no han sido grabados en el rol de trabajo. Esto es sumamente frecuente y entonces se produce una especie de traspase de da­tos inhibitorios o ac­ti­va­do­res de roles que corresponden a distintas franjas de confrontación con el mundo.

Así como hemos estado hablando de un trabajo de centros de tipo di­ná­­mico y estructural y no hemos hablado de esos centros como si fue­ran compartimentos estancos y aisla­dos; así como hemos hablado de un trabajo de niveles su­ma­­men­­te dinámico, estructural, en donde esos niveles son mu­­­tua­mente actuantes, estamos hablando en el com­por­­ta­mien­to también de una estructura (en este caso de roles), en la que su­cede algo más que soltar una ficha de computadora fren­te a un estímulo dado.

Se puede advertir una dinámica continua en la estructura hu­­mana. Buscando algunos ejemplos, vemos que la gente muy jo­ven no tiene formada todavía esa capa protectora de roles. Esa gente joven se encuentra desprotegida en la confrontación con el mundo porque no ha grabado aún determinados códigos. Puede haber grabado el código básico de relación fa­miliar y unos pocos más. A medida que avanza en edad y a me­dida en que el medio va exigiendo una cantidad de compor­ta­mientos, van am­plián­dose estas capas de roles. Esto es lo que debería suceder. En realidad eso no sucede completamen­te porque hay numerosos fenómenos que impiden esta ganancia en seguridad en el manejo del me­dio. Se producen errores de rol. Tal es el caso de un indivi­duo que se comporta en un lugar con el rol de otras situacio­nes. Por ejemplo, en su trabajo se com­porta con roles familia­res. Entonces se relaciona con su je­fe del modo en que se re­la­ciona con su hermano y esto trae apa­rejado, lógicamente, numerosos problemas y confrontacio­nes. También puede ha­ber error de rol cuando la situación es nue­va y el sujeto no acierta a adaptarse.

El estudio de la historia personal, el estudio de la biografía, y el estudio de estos códigos de comportamiento, de estos roles de comportamiento, aclaran algunos aspectos y arrojan luz sobre algunas inhibiciones en otros campos. Por ejem­plo, en el trabajo de los centros y también en la estructuración de los ensueños. De manera que estos centros y esos niveles de trabajo también son modificados en su acción por estas codificaciones que se van haciendo, por esta historia personal, por esta biografía.

Podemos afinar un poco más nuestro estudio sobre el com­por­tamiento haciendo ingresar unos conceptos que resultarán sencillos y operativos. Así pues, llamamos “paisaje de for­mación” al conjunto de grabaciones que configuran el substrato biográfico sobre el que van sedimentando há­bitos y rasgos bá­sicos de personalidad. La formación de ese paisaje co­mien­za en el nacimiento. Las grabaciones estruc­tu­ra­das básicas com­prometen no sólo a un sistema de recuerdos sino a tonos afectivos, a una forma característica de pensar, a una manera típica de actuar y, en definitiva, a un modo de experimentar el mundo y de actuar en él.

La estructuración que progresivamente vamos haciendo del mundo que nos rodea está fuertemente influida por esa ba­se de re­cuerdos que com­prendió objetos tangibles, pero tam­bién in­tan­­gibles como valores, mo­tivaciones sociales y re­la­ciones ­in­ter­­personales. Podemos considerar a nuestra in­fan­cia como la etapa vital en la que el paisaje de formación se articuló plenamente. Recordamos a la familia funcionan­do de distinta manera que en el día de hoy; también se ha mo­dificado nuestra concepción de la amistad, del com­pa­ñe­ris­­mo y, en general, de las relaciones interpersonales. Los es­tamentos sociales tenían, en aquella época, una definición diferente y también ha variado lo que se debía hacer y lo que no (la normativa epocal), los ideales personales y gru­pa­les. En otras palabras: los objetos intangibles que constituyeron nuestro paisaje de formación, se han modificado. Sin embargo, el paisaje de formación se sigue ex­presando en nuestra conducta como un modo de ser y de movernos en­tre las personas y las cosas. Ese paisaje también es un to­no afectivo ge­neral y una “sensibilidad” de época no con­cor­dante con la actual.

Debemos considerar a la “mirada” propia y la de los otros, co­mo de­ter­minantes importantes de nuestro paisaje de for­ma­­ción. Son numerosos los factores que han actuado en no­sotros para ir produciendo un comportamiento personal a lo largo del tiempo, una codificación sobre la base de la cual damos respuestas y nos ajustamos al medio. La propia mi­rada sobre el mundo y las miradas ajenas sobre uno mismo, actuaban pues como reajustes de conducta y gracias a to­do esto se fue formando un com­portamiento. Hoy contamos con un enorme sistema de códigos acuñado en aquella eta­pa de for­mación y lo experimentamos como un “trasfondo” biográfico al cual responde nuestra conducta aplicándo­se a un mundo que, sin embargo, ha cambiado.

Numerosas conductas forman parte de nuestro comporta­mien­­to típico actual. A esas conductas podemos entenderlas como “tácticas” que utilizamos para desenvolvernos en el mun­do. Muchas de esas tácticas han resultado adecuadas hasta ahora, pero hay otras que reconocemos como ino­pe­ran­­tes y hasta como generadoras de conflicto. Y todo esto tie­ne no poca importancia al juzgar a nuestra propia vida en torno al te­ma de la adaptación creciente. A estas alturas se está en con­diciones de comprender las raíces de numerosas com­pulsiones asociadas a conductas iniciadas en el paisaje de formación. Pero la modificación de conductas ligadas a va­lores y a una determinada sensibilidad, difícilmente pueda realizarse sin tocar la estructura de relación global con el mun­do en que se vive actualmente.

El sistema de detección, registro y operación. Sentidos, imaginación, memoria, conciencia.

Las tres vías experienciales que mencionáramos de comienzo (la sensación, la imagen y el recuerdo), deben ser estudiadas más cuida­do­samente.

Sin sensación, no hay dolor, no hay placer. La imaginación es necesario que sea registrada. Sin este registro no po­demos hablar de imaginación. Si registramos el trabajo de la imaginación es porque ésta llega al punto de registro co­mo sensación. El dolor también se abre paso a través de la me­moria. El registro de este dolor que se abre paso des­de la me­moria es posible gracias a que la memoria se expresa co­mo sensación. Se trate de imaginación o se trate de memo­ria, todo es detectado como sensación. El dolor no está en la imaginación, el dolor no está en la memoria, el dolor está en la sensación a la cual se reduce todo impulso. Se tiene memoria de algo, porque se registra ese hecho; se imagina sobre algo, porque se registra ese hecho. De tal modo que es ese registro, esa sensación, la que nos da información sobre lo que se memoriza, sobre lo que se imagina. Es claro que para no confundir las cosas vamos a distinguir entre la sensación propiamente tal (aquella que proviene de los sentidos), de otras sensaciones (que no provienen de los sentidos), tales las que provienen de la memoria o las que provie­nen de la imaginación. A estas dos últimas no les vamos a llamar sensación para que no se nos confunda la descripción.

Pero si vamos a reducir las cosas a sus últimos elementos, comprobamos que una imagen y un dato mnémico llegan a algo que las registra como sensación. Decimos que se registra la actividad de estos sentidos, decimos que se registra la ac­­tividad de la memoria, que se registra la actividad de la ima­­ginación. Al decir “registro”, hacemos distinciones entre una lle­gada por una vía o una llegada por otra vía. Y anotamos que hay “algo” que registra. Sin este “algo” que registra, no po­­demos hablar de lo registrado. Y lo que registra debe tener también su constitución. Seguramente tendremos también de él, sensación. Estamos hablando del registro de la en­tidad que registra y a esta entidad la llamamos “conciencia”.

Ese aparato que registra está en movimiento y las actividades que él registra también son móviles. Sin embargo, tiene cierta unidad. A veces se identifica a este aparato con el yo. Pero el yo, a diferencia de la concien­cia, no parece estar constituido desde el comienzo sino que se va constitu­yen­do en el ser humano. Por otra parte, del yo no se puede hablar si no se fijan sus límites y parece que éstos están dados por la sensación del cuerpo. Este yo se debe ir constituyendo en el ser humano a medida que se constituye el conjunto de las sensaciones del cuerpo... por supuesto que la memoria está en el cuer­po, la imaginación está en el cuerpo, los sen­tidos están en el cuerpo y el aparato de registro de todo ello está en el cuerpo y está ligado a las sensaciones del cuerpo.

Como las sensaciones del cuerpo operan desde el nacimiento (y aún antes), ya desde el comienzo se va constituyendo esta sensación general del cuerpo a la cual algunos identifican con el yo, pero en realidad se está hablando de la conciencia como aparato de registro. Digamos que muy en la in­fan­cia, muy cerca del nacimiento, no funciona el yo. No se nace con un yo. La identificación con el propio yo se realiza a me­dida que las sensaciones del cuerpo se codifican gracias al aparato de memoria. No hay yo sin memoria, y esta memoria no puede funcionar si no hay datos. Estos datos co­mienzan a articularse a medida que la experiencia se desarrolla. Estamos diciendo que un niño no tiene yo. Un niño puede percibir un nosotros pero no sabe si su cuerpo comienza o termina en un objeto. Un niño no sa­be si él es yo o si su madre es yo. Este yo se va articulando por acumulación de experiencia.

Decimos que todos los fenómenos y procesos psíquicos están en el cuerpo, pero ¿dónde está el cuerpo? El cuerpo para el yo que se ha constituido, está afuera de él y está adentro de él. ¿Cuáles son los límites del cuerpo? Los límites del cuerpo tienen que ver con la sensación. Pero si la sensación se extendiera más allá del cuerpo ¿cuáles serían entonces los límites del cuerpo?. Esto tiene cierta importancia, porque si distinguimos como límite del cuerpo el tacto externo, por ejemplo, el cuerpo termina donde termina el tacto externo. El cuerpo empieza allá donde se registran sensaciones sobre la piel. Pero podría suceder que no se tuviera límite táctil, que la temperatura de esa piel estuviera al mismo nivel térmico que el medio que rodea a esa piel, entonces no se sabría exactamente cuáles son los límites de ese cuerpo; has­ta donde llega ese cuerpo. Co­­nocemos muchas ilusiones sen­soriales y sabemos que cuando una per­so­na se tiende re­la­jadamente y la temperatura ambiente es una temperatu­ra muy aproximada a la temperatura de la piel, se ex­pe­ri­men­ta la sensación de que el cuerpo se agranda, no porque esté ocurriendo un fenómeno ex­traordinario, todo lo contrario, está sucediendo la ilusión de agrandamien­to del cuerpo por­que no hay límite del cuerpo y no lo hay porque la tem­pe­ra­tura de esa piel con ese medio es la misma. Así es que según se ponga límite a las sensaciones, se constituye la sen­sa­ción del propio cuerpo.

Decimos que una de las vías del dolor es la vía de la sensación. Y al hablar de sensación nos estamos refiriendo ya a esto que se percibe mediante ciertos aparatos de que dispone el cuerpo. Veamos. Tengo la sensación de un objeto externo. Pero también la sensación de un dolor interno. La sensa­ción de ese dolor interno ¿dónde está? Seguramente la regis­tro en ese aparato del que hablábamos al principio. Pero ¿dónde está la sensación? La sensación parece estar en el in­terior de mi cuerpo. Y cuando veo el objeto externo ¿dónde está la sensación? La sensación tam­bién está en el interior de mi cuerpo. Y ¿qué hace distinguir al objeto que está en el interior y al objeto que está en el exterior? No por cierto la sensación, ya que tanto la sensación de lo que ocurre afuera como de lo que ocurre adentro, es registrada en mi interior. No puedo registrar una sensación de lo que hay afuera, fuera de mi cuerpo. Tengo que registrar las sensaciones (se trate de objetos externos o de objetos internos), dentro de mi cuerpo. Pero digo sin embargo, que un objeto que percibo está afuera. ¿Y cómo digo de un objeto que percibo que “está afuera” y de otro que “está adentro” si de todos modos el registro siempre está adentro? Debe haber algún funcionamiento particular de la estructura que permita establecer esas distinciones.

Yo recuerdo un trabajo que estuve efectuando ¿dónde registro el recuer­do de ese acontecimiento? Lo registro en mi in­terior. Imagino un trabajo que voy a efectuar inmediatamente o que voy a efectuar en el futuro ¿dón­de registro eso que voy a hacer? Lo registro en mi interior, por cierto. Pero los acontecimientos que aparecen en mi pantalla de represen­ta­ción apa­recen como “afuera”. Estoy recordando, percibiendo, o imaginando ac­tividades que parecen ocurrir afuera. La representación interna que ten­go de todo eso, se me pre­sen­ta como si ocurriera en el mundo externo.

Si ahora observo dónde registro estas imágenes (sean propias de la ima­ginación o sean propias de la memoria), veo que las registro en una suerte de “pantalla”, en una suerte de “espacio” de representación. Y es­te espacio de representa­ción está en mi interior. Si cierro los ojos y re­cuerdo algo, observo que es­to que recuerdo se da en una especie de pan­­ta­lla, en un es­pacio de representación. ¿Y qué estoy haciendo entonces con todo esto que pasa adentro, con respecto a los objetos y a los acontecimientos que suceden en el exterior? Seguramente estoy haciendo algo distinto de lo que su­cede en el exterior. Diré que lo “reflejo”, diré que lo “traduzco”, diré lo que quiera, pero en todos los casos estoy haciendo operaciones en mi interior que algo tienen que ver con fenómenos que no le son propios... Cómo funcione toda esta maquinaria, es cuestión de estudio detenido.

¿En qué se puede diferenciar una sensación que atribu­yo a un objeto del mundo externo y una sensación que atri­buyo a un objeto del mundo interno? ¿A las sensaciones en sí mismas, o a ciertos límites que el cuerpo pone a estos mundos?

Debemos reconocer que hay cierta relación entre las sen­sa­cion­es que tengo del mundo externo, los recuerdos que ten­­go del mundo externo y la imaginación que tengo del mun­do externo. No podemos decir livianamente que todo aquello sea ilu­sión. No es ilusión por la simple razón de que si pienso en un objeto y luego me movilizo hacia ese objeto y tengo la sensación de ese objeto, hay algo que concuerda entre lo que he recordado del objeto, entre lo que he imaginado del objeto y lo que ahora percibo del objeto. Es evidente que yo puedo memorizar ese objeto, luego abrir los ojos y encon­trarme con el objeto. Formas más, formas menos, colores más o me­nos, distancias más o menos, pero puedo encon­trar­me con todo aquello. Es más, puedo decirle a alguien que hay un objeto allá y este alguien representar o encontrar el objeto. Es decir, hay alguna cosa que concuerda, deformada o no. Pero está claro también que podría ser, por ejemplo, daltónico y percibir ese objeto que es de un color como si fuera de otro. Así es que si bien hay acuerdo entre todas estas funciones, también puede haber acuerdo de ilusiones. Para nosotros es importante comprender cómo es posible que concuerden funciones tan heterogéneas porque de algún modo concuerdan y lo hacen gracias a ese aparato coor­di­nador y procesador de todos esos diferentes datos. Es evidente que estas señales están coordinadas entre sí y hay una conciencia que las coordina. Entre las funciones de la conciencia aparece el yo que registro como el punto de decisión de mis actividades en el mundo externo y de ciertas actividades que regulo voluntariamente en mi mundo interno. El yo está en el cuerpo. Pero ¿cómo está en el cuerpo ese yo? ¿Está en el cuerpo como una localización física, o este yo se ha ido constituyendo por una masa de experien­cia, una suma de experiencia?; ¿o tal vez este yo es una es­truc­­tu­ra que se articula por las distintas señales que llegan a un determinado punto? Puede ser que este yo que coordi­­na em­piece a coor­di­nar después de contar con una masa informativa crítica, porque si esta masa no se ha formado aún, el yo no aparece y el mismo cuerpo es confundido.

Vamos a estudiar por partes cómo es esto de las sensaciones que se registran en el exterior del cuerpo y en el interior del cuerpo.

Tenemos un esquema en donde aparece esta estructura a la que llegan impulsos y de la que salen respuestas. Estos impulsos que llegan, lo hacen a un determinado aparato que los detecta. Este aparato detector de im­pulsos, es el apa­rato de sen­tidos. Este aparato censa datos del mundo externo y también del interno. Los datos llegan a este aparato, pero además percibo que estos datos pueden ser reac­tua­lizados aún cuando no estén llegando en este momento. Digo entonces que esos datos que llegan a ese punto de re­gistro, también simultáneamente llegan a un aparato que los almacena. Esos datos son almacenados. Se trate de datos del medio ex­terno o se trate del medio interno, estos datos que llegan son almacenados. Allí donde tenga registro de esos datos, simultáneamente he sufrido la grabación de los mismos y esto me pone en condiciones de extraer aho­ra datos anteriores. Todo esto ocurre ante sentidos que tienen distintas lo­calizaciones físicas y que están en continuo movimiento pero que tienen relaciones entre sí y que no están absoluta­men­te compartimentados. Así es que cuando uno detecta al­go, a los otros sentidos les ocurren modificaciones. Si se per­cibe a través o por medio de los ojos es gracias a que el sen­tido del ojo está en movimiento (no simplemente en movimiento físico externo muscular para localizar la fuente de luz), está en actividad. El ojo no se pone en actividad simplemente al recibir la luz. El sentido del ojo está en movimiento, está en actividad y se produce en él una variación cuando llega un impulso. Todos los otros sentidos también están en actividad y cuando el ojo percibe un fe­nómeno externo a él, en los otros sentidos se produce también variación en su movimiento.

Esto que está pasando en los sentidos externos, está pasan­do también en los sentidos internos. Los sentidos internos están en actividad también, de manera que puede muy bien suceder que alguien esté percibiendo con el ojo un objeto y que también esté percibiendo internamente un dolor de estómago. Y este percibir con el ojo el objeto, simultáneamente a percibir con sentidos internos el dolor de estómago, hace que esa in­for­mación vaya a memoria simultáneamente. Ejemplificando. Llego a una ciudad y todo me sale mal. Luego recuerdo esa ciudad ¿y qué digo de esa ciudad? Digo que “esa es una ciu­d­­ad desastrosa”. ¿Y por qué digo que esa es una ciudad desastrosa? Porque me ha ido mal en esa ciudad. ¿Y qué es eso de que “me ha ido mal?”. ¿Es simplemente por las percepciones que he te­nido?, ¿o una cantidad de situaciones en que he estado, una cantidad de re­gistros de otra naturaleza que no son los per­cep­tuales externos? Sin duda que han estado trabajando otros registros, otras sensaciones internas. Segu­ra­mente es lo que pasa con todo, no con aquella ciudad desagradable. Parece que cuando registro algo lo grabo y si lo registro simultáneamente con los datos de otros sentidos lo grabo también en simultaneidad. Parece que de continuo se es­tá recibiendo información de todos los sentidos y de continuo se está grabando toda esa in­for­mación. Y parece que se condiciona y se engancha esa in­formación de un sentido con la información de otro sentido.

A veces, al captarse ciertas fragancias por el olfato, la me­mo­ria evoca situaciones visuales completas. ¿Y qué tiene que ver el olfato con todas esas situaciones visuales? Es obvio que están encadenados los sentidos entre sí. A veces, cuando un sentido se pone en marcha los otros bajan su nivel de ac­tividad. Cuando todos los sentidos están siendo bombardeados, hay problema para el registro. Pero cuando se pone atención (y ya veremos que es esto de la “atención”) sobre un sentido, los otros sentidos tienden a aquietarse. Es como si todos los sentidos estuvieran haciendo ruido en su barrido y estuvieran alertando a ese yo. Como si todos los sen­tidos estuvieran en búsqueda. Entonces, cuando una señal llega a un sen­tido, todos los otros tienden a aquietarse. Los sentidos aún cuando no per­ciban ningún dato externo están en movimiento y están produciendo su ruido, están dando información de ellos mismos. Hay un fondo de ruido que va bajando a medida que los sentidos se especializan en una determinada área de percepción.

¿Y la memoria qué hace? Toma datos de los sentidos y toma datos de las operaciones de aquel aparato de registros también. Yo recuerdo, por ejemplo, las operaciones mentales que he estado haciendo: primeramente tengo sensación de las mismas operaciones mentales, puedo hablar de mis operaciones mentales porque tengo sensación de ellas. Tengo sensación de mis operaciones, esas son sen­sacio­nes internas, tan sensaciones co­mo un dolor de estóma­go. Estamos tomando ciertas precauciones y estamos dis­cu­tien­do con determinadas posturas que circulan por ahí, posturas que suponen que las operaciones mentales nada tienen que ver con el cuerpo, porque el cuerpo tiene que ver con las operaciones del aparato di­gestivo, o con lo que los ojos perciben y cuando se habla de las cosas del “espíritu” a estas cosas no hay que relacionar­las con el cuerpo (?). Estamos discutiendo con los que suponen que hay un espíri­tu que na­da tiene que ver con el cuerpo. Y si hay un espíritu que na­­da tiene que ver con el cuer­­po y es él el que realiza estas operaciones, ¿quién registra esas opera­cio­nes?, ¿dónde se registran esas operaciones? y ¿cómo se evo­can luego esas operaciones? Si se habla de un espíritu será por­que tengo registro de ese espíritu y si tengo registro de ese espíritu es porque algo puede ser impresionado por ese espíritu. Y si no tengo sensación de ese espíritu no puedo hablar de él.

Hay otros que piensan que el aparato psíquico es una suma de sensaciones, como si no hubiera otros aparatos complicados y delicados que coor­dinaran estas sensaciones, que las hicieran funcionar en estructura. Con ellos también se ha discutido en su momento, con aquellos que creían que las actividades de la mente eran simple suma de sensaciones. Es muy distinto a decir que del trabajo de los sentidos, la memoria y la ima­ginación tengo sensaciones a decir que ellos sean sensación. Hay distinciones entre ellos y hay funciones muy diferentes con que cumplen los aparatos de sentido y los aparatos de representación. De manera que ese pen­samiento tosco, sensualista, no es exactamente del que par­ti­ci­pa­mos. Tampoco participamos de ese otro pensamiento enrarecido que habla del “espíritu” como si hubiera una entidad que no tuviera que ver con los registros ni con las sensaciones. Hay quienes hablan de la men­te, del dolor de la mente, porque el dolor del cuerpo nada tiene que ver con ellos. Y este dolor de la mente, ¿cómo es que se experimenta? Se ex­perimenta en el espíritu, dicen, así como las sensacio­nes artísticas se ex­perimentan en el espíritu. ¿Y quién es ese caballero (el “espíritu”) que realiza tantas ope­raciones fue­ra del cuerpo, y cómo tengo yo los datos de ese caballero?

Por “aparatos” entendemos a la estructura de los sentidos, la estructura de memoria y la estructura de conciencia con sus distintos niveles. Estos aparatos trabajan inte­gra­da­mente y la conexión que hay entre ellos se efectúa me­dian­­te impulsos que, a su vez, van sufriendo distribuciones, traducciones y transformaciones.

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