Apuntes de psicología I, II, III y IV silo



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Alegorías

Las alegorías son aglutinaciones de contenidos diversos en una sola representación. Por los orígenes de cada componente, a las alegorías se las suele comprender como representaciones de seres “imaginarios” o fabulosos, por ejemplo, una esfinge. Estas imágenes, aunque fijas en una representación, cumplen con una función “narrativa”. Si a alguien se le mencionara “la justicia” podría resultarle una expresión de la cual no tuviera registro, o podría tener varios significados que se presentaran en cadenas asociativas. Si éste fuera el caso, “la justicia” podría representársele como una escena en la que diversas personas cumplen con actividades judiciales, o bien podría aparecerle una señora con los ojos vendados, una balanza en una mano y una espada en la otra. Esta alegoría habría sintetizado lo diverso, presentando una suerte de narración en una sola imagen.

Las alegorías, en el espacio de representación, tienen una curiosa aptitud para moverse, para modificarse, para transformarse. Mientras los símbolos son imágenes fijas, las alegorías son imágenes que se van transformando, que van realizando una secuencia de operaciones. Basta que se suelte una imagen de esa naturaleza para que ella cobre vida propia y se ponga a hacer operaciones divagatoriamente, mientras que un símbolo colocado en el espacio de representación, va contra la corriente de la dinámica de la conciencia y representa un esfuerzo tratar de mantenerlo sin divagaciones que lo trans­for­marían haciéndole perder sus propiedades.

A una alegoría se la puede sacar de la interioridad y colocarla afuera, por ejemplo como estatua en una plaza. Las alegorías son narraciones transformadas en las que se fija lo diver­so, o se multiplica por alusión, pero también en donde se con­cre­ta lo abstracto. El carácter multiplicativo de lo alegórico, cla­ramente está ligado a los procesos asociativos.

Para comprender lo alegórico es conveniente revisar las características de la asociación de ideas. En un primer caso, se dice que la similitud guía a la mente cuando ésta busca lo parecido a un objeto dado. La contigüidad, cuando busca lo propio, o lo que está, estuvo, o estará en contacto con un objeto dado. El contraste, cuando busca aquello que se opone o que está en relación dialéctica con un objeto dado.

Observamos que lo alegórico es fuertemente situacional. Es dinámico y relata situaciones referidas a la mente individual como pasa en los sueños, en algunas divagaciones perso­na­les, en la patología y en la mística. Pero también sucede es­to con el psiquismo colectivo como ocurre con el cuento, el ar­te, el folclore, el mito y la religión.

Las alegorías cumplen con distintas funciones. Relatan situaciones compensando dificultades de abarcamiento total. Cuando surge un fenómeno y no se lo comprende convenientemente se lo alegoriza y se cuenta un cuento, en lugar de hacer una des­­cripción precisa. Si no se sabe bien qué sucede con el true­­­­­no, es probable que se cuente un cuento acerca de alguien que anda corriendo por los cielos y si no se entiende có­mo funciona el psiquismo entonces vienen los cuentos o los mi­tos a explicar lo que va pasando en el interior de uno mismo.

Al apresar situaciones alegóricamente se puede operar sobre las situaciones reales de modo indirecto, por lo menos así cree el alegorizante.

En lo alegórico, el factor emotivo no es dependiente de la re­presentación. En los sueños surgen alegorías que si se corres­pon­dieran exactamente con la vida cotidiana provocarían disparos de emociones típicas. Sin embargo, en el sueño se provocan disparos de emociones que no tienen que ver con las representaciones actuantes.

En un ejemplo: el soñante se ve atado a las vías del tren; el tren se acerca con velocidad y estruendo, pero el soñante en lugar de experimentar desesperación comienza a reírse de tal modo que hasta se despierta sorprendido.

Se puede alegorizar un estado interno y se puede decir: “es como si me sintiera cayendo por un tubo”, por ejemplo. La sensación interna que se experimenta y que se registra es de una cierta desesperación, de un cierto vacío, etcétera, pero se puede alegorizar como la “caída por un tubo”.

Para entender un sistema alegórico es necesario tener en cuenta el clima que acompaña a la alegoría, porque es éste el que va a delatar el significado. Y, cuando no hay acuerdo entre imagen y clima, debemos orientarnos por éste y no por la imagen para comprender los significados profundos. Cuando el clima está perfectamente enlazado a la imagen correspondiente no hay problema en seguir la imagen, que es más fácil de seguir. Pero si hubiera discordancia, nos inclinaríamos siempre a favor del clima.

Las imágenes alegóricas tienden a trasladar energía hacia los centros para efectuar respuesta. Desde luego, existe un sistema de tensión y un sistema de descarga de estas tensiones. Y lo alegórico va haciendo esa “conectiva de glóbulo rojo” que va llevando cargas por el torrente, en este caso por el circuito de la conciencia. Cuando sucede una traslación de estas cargas, de la alegoría que actúa sobre un centro, se produce una manifestación energética. Tales manifestaciones ­energéticas se pueden apreciar con fuerza en la risa, el llanto, el acto amoroso, la confrontación agresiva, etcétera. Estos son los medios más adecuados para el alivio de la tensión interna y, cuando estas alegorías surgen, tienden normalmente a cumplir con esa función de descarga.

Considerando la composición de lo alegórico, se puede hacer una suerte de inventario de los recursos con que cuenta. Así, podemos hablar de los “continentes”, por ejemplo. Los continentes guardan, protegen, o encierran aquello que está en su interior. Los “contenidos”, en cambio, son aquellos elementos que están incluidos en un ámbito. Las “conectivas” son entidades que facilitan o impiden la conexión entre contenidos, entre ámbitos, o entre ámbitos y contenidos. Los “atributos”, que pueden ser manifiestos o tácitos (cuando están encubiertos), se refieren a las propiedades que poseen los elementos alegóricos o la alegoría total. También destacamos a los “niveles”, a las “texturas”, a los “elementos” y a los “momentos de proceso”. Estos momentos de proceso se alegorizan como edades, por ejemplo. Por último, debemos mencionar los “transformismos” y las “inversiones”.

Al interesarnos por una alegoría, al tratar de comprender una alegoría, tratamos de establecer ciertas reglas de interpretación que nos ayuden a comprender qué significa esa alegoría y con qué función está cumpliendo en la economía del psiquismo.

1. Cuando queremos hacer una interpretación alegórica, re­du­cimos lo alegórico a símbolo para comprender el sistema de tensiones en que se emplaza esa alegoría. El continente de una alegoría, es el símbolo. Así es que si en un sistema alegórico aparecen varias personas discutiendo en una plaza (cua­dra­da u oval, por ejemplo), ésta es el continente mayor (con su especial sistema de tensiones de acuerdo a la conformación simbólica), y en su interior están las personas discutiendo (contenidos de ese símbolo). La reducción simbólica considera a la plaza como continente que impone su sistema de tensiones (por ejemplo tensión bifocal si la plaza es oval), a la situación en la que se desenvuelven conflictivamente los contenidos (personas discutiendo).

2. Tratamos de comprender la materia prima de lo alegórico, es decir, de qué canales proviene el impulso principal. Pro­viene de sentidos (y de cuál o cuáles), o de memoria; proviene de una mezcla de sentidos y memoria; proviene de un estado característico de conciencia que tiende a hacer esas articulaciones particulares.

3. Tratamos de interpretar de acuerdo a leyes asociativas según patrones comúnmente aceptados. Así es que cuando vamos a interpretar a estas asociaciones, debemos preguntarnos a nosotros mismos qué significa esa alegoría, qué quiere decir para nosotros. Y si queremos interpretar una alegoría que está puesta en el mundo externo, como un cuadro por ejemplo, deberíamos preguntarle al productor qué cosa significan para él dichas alegorías. Pero podrían mediar muchos cientos de años entre nosotros y el alegorizante y, con nuestros significados epocales o culturales, difícilmente llegaríamos a interpretar lo que significó para la economía del psiquismo del alegorizante. Pero podríamos llegar a intuir o a tener información de los significados propios de aquella época. Decimos pues, que siempre es bueno interpretar de acuerdo a leyes asociativas y según los patrones comúnmente aceptados. Y si se estudia una alegoría social se debe investigar el significado consultando a las personas que son o han sido agentes de tal sistema alegórico. Serán esas personas las que esclarecerán sobre el significado y no nosotros, ya que no somos o no hemos sido agentes de ese sistema alegórico y que, por tanto, “infiltraríamos” nuestros contenidos (personales o culturales) deformando los significados. Ejemplificando. Alguien me habla de un cuadro en el que figura una anciana. Si al preguntar a mi interlocutor qué significa para él la anciana de la pintura, él me responde que significa “la bondad”, entonces yo tendré que aceptarlo y no será legítimo dar otra interpretación infiltrando mis propios contenidos y mi sistema de tensiones. Si le pido a alguien que me cuente acerca de la alegoría de la anciana bondadosa, tendré que atenerme a lo que se me diga porque de otro modo yo, dictatorial e ile­gí­ti­ma­mente, ignoro la interpretación del otro y prefiero explicarlo todo por lo que a mí me sucede. Así es que si el alegorizante me habla de “la bondad”, no tengo por qué interpretar a dicha “bondad” como un contenido sexual reprimido y deformado. Mi interlocutor no vive en una sociedad reprimida sexualmente al estilo de la Viena del siglo xix y no participa de la atmósfera neoclásica de los culteranos que leían las tragedias de Sófocles, él vive en el siglo xx, en Río de Janeiro y, en todo caso, participa de una atmósfera cultural neopagana. Así es que la mejor solución será atenerme a la interpretación que me da el alegorizante que vive y respira el clima cultural de la ciudad de Río de Janeiro. Bien sabemos a dónde han ido a parar las interpretaciones de ciertas corrientes psicológi­cas y antropológicas que han substituido los relatos e interpretaciones de las personas directamente involucradas por las especiales devociones del investigador.

4. Tratamos de comprender el argumento. Distinguimos en­tre ar­gu­mento y temas. Un argumento es el cuento, pero dentro del cuento hay temas particulares. A veces los temas permanecen y el argumento varía, o bien los temas cambian pero siem­pre es el mismo argumento. Esto ocurre por ejemplo en un sueño o en una secuencia de sueños.

5. Cuando hay coincidencia entre clima e imagen, se sigue la imagen.

6. Cuando no coinciden clima e imagen, el hilo conductor es el clima.

7. Consideramos al núcleo de ensueño, que aparece ale­go­ri­zado como imagen o como clima continuo (fijado), a través de distintas alegorizaciones y a lo largo del tiempo.

8. Todo aquello que cumple con una función, es ella misma y no otra. Si en un sueño se mata con una palabra, esa palabra es una arma. Si con una palabra se resucita a alguien o se cura a alguien, esa palabra es un instrumento para resucitar o para curar, no otra cosa.

9. Se trata de interpretar el color, reconociendo que en las representaciones alegóricas el espacio de representación va desde lo oscuro a lo claro de tal modo que, a medida que las representaciones suben el espacio mismo se aclara y a medida que bajan el espacio se oscurece. En todos los planos del espacio de representación pueden aparecer distintos colores y con diferente gradación.

10. Cuando se comprende la composición de los distintos elementos que configuran un sistema alegórico; cuando se en­tien­de la relación entre los componentes y cuando se puede hacer una síntesis sobre la función con que cumplen los elementos y sus relaciones, se puede considerar resuelto un nivel de interpretación. Desde luego, se podría profundizar en nuevos niveles de interpretación si fuera necesario.

11. Para entender el proceso y desenvolvimiento de un sistema alegórico, se han de lograr varias síntesis interpretativas a lo largo del tiempo. Así es que puede no ser suficiente una interpretación completa en un momento dado, si no se puede entrever el proceso o las tendencias hacia donde podría derivar el sistema alegórico en cuestión. Tal vez se requiera contar con varias interpretaciones a lo largo del tiempo.

Operativa.

Este espacio mental que corresponde exactamente al cuerpo, es registrable por mí como suma de sensaciones cenestésicas.

Este “segundo cuerpo” es un cuerpo de sensación, de memoria y de imaginación. No tiene existencia en sí, aunque en ocasiones algunos hayan pretendido darle entidad separada del cuerpo. Es un “cuerpo” que se forma por la suma de las sensaciones que provienen del cuerpo físico, pero según que la energía de la representación vaya a un punto o a otro, moviliza una parte del cuerpo u otra. Así es que, si una imagen se concentra en un nivel del espacio de representación, más interno o externo, a una altura u otra, se ponen en marcha los centros del caso movilizando energía hacia el punto corporal correspondiente.

Estas imágenes que surgen lo hacen, por ejemplo, por una determinada tensión corporal y entonces nos vamos a buscar la tensión en el cuerpo, en el punto que corresponda.

¿Pero qué sucede cuando no hay esa tensión en el cuerpo, y sin embargo en la pantalla de representación aparece un fenómeno de alegorización? Puede ser que no esté presente en el cuerpo tal tensión. Pero puede ser que una señal que partiendo de memoria actúe sobre conciencia y en conciencia destelle como imagen, revele que el impulso de memoria influyó en alguna parte del cuerpo. Se produjo en ese momento una contracción y ella lanzó el impulso que, registrado en conciencia, apareció en pantalla como alegorización y ello nos da a entender que el fenómeno está lanzando su pulso desde un punto del cuerpo. Estos fenómenos pertenecen al pasado, no están presentes, no hay una tensión permanente actuando, y sin embargo esta tensión (que no es una tensión en sí, sino que es un impulso grabado en memoria), pone en marcha una tensión con el registro cenestésico correspondiente y luego va a terminar apareciendo como imagen. Según se evoque en el sistema de registro un determinado bit, una determinada señal y esta señal sea soltada al mecanismo de conciencia, podrán aparecer concomitantemente fenómenos de contracción del cuerpo, o fenómenos irritativos del cuerpo.

Estoy pesquisando fenómenos que no existen actualmente. Fenómenos que puedo registrarlos en mi propio cuerpo en la medida en que son evocados, pero que no existen constantemente en el cuerpo sino que existen en memoria y al ser evocados, se expresan en el cuerpo. De manera que este espacio de representación tiene carácter de intermediario entre unos mecanismos y otros porque está conformado por la suma de sensaciones cenestésicas. En él se manifiestan fenómenos transformados de sensaciones externas o internas y en él se expresan fenómenos ya producidos hace mucho tiempo y que están emplazados en memoria. También en él aparecen fenómenos que no existen en ese momento en el cuerpo, pero que siendo productos del trabajo imaginario del mismo coordinador, terminan actuando sobre el cuerpo.

Es oportuno ahora, hacer una revisión de actividades que se orientan hacia la modificación de ciertos comportamientos psíquicos.

El conjunto de técnicas que llamamos “operativa” nos permite operar sobre los fenómenos, modificar fenómenos. Englo­ba­mos en operativa a diversas técnicas: técnicas que llamamos de catarsis, técnicas que llamamos de transferencias y diversas formas de auto-transferencias.

En épocas recientes se volvió a usar la palabra “catarsis”. Apa­recía de nuevo ese señor que se ponía en presencia de quien tenía problemas psíquicos y le decía nuevamente, como miles de años atrás: “vea mi amigo, suelte su lengua y explique los problemas que usted tiene”. Y entonces la gente soltaba su lengua, explicaba sus problemas y se producía una suerte de lavado interno (o de “vómito” interno). A esa técnica la llamaban “catarsis”.

Otra técnica de operativa fue llamada también “transferencia”. Se tomaba a una persona que ya había producido su catarsis y que ya había aliviado sus tensiones para entrar en un trabajo un poco más complejo. Ese trabajo consistía en hacer “transitar” a esa persona por diferentes estados internos. Al transitar por esos estados, aquella persona que ya no sufría importantes tensiones podía moverse en su paisaje interno desplazando, “transfiriendo”, problemas o dificultades. El sujeto transfería imaginariamente contenidos oprimentes hacia otras imágenes que no tenían carga afectiva, ni representaban un compromiso biográfico...

Anteriormente hablamos de los registros de las tensiones en el simple hecho del atender. Ustedes lo reconocen bien. Pueden atender con tensión o sin ella; hay diferencia. Ustedes pueden a veces soltar esta tensión y atender. Normalmente creen que cuando sueltan la tensión para atender se desinteresan del tema. No sucede así. Sin embargo, ustedes han asociado desde hace mucho tiempo, cierta tensión muscular con el hecho de atender y creen que atienden cuando están tensos. Pero la atención nada tiene que ver con esto.

Y ¿qué pasa con las tensiones en general, no sólo con las tensiones de la atención? A las tensiones en general las ubicamos en distintas partes del cuerpo, en los músculos especialmente. Estamos hablando de las tensiones musculares externas. Tenso un músculo voluntariamente y tengo un registro de esa tensión. Tenso voluntariamente los músculos faciales, tengo un registro de esa tensión. Tenso distintos músculos de mi cuerpo y tengo registro de esa tensión. Me voy familiarizando con esa técnica de la tensión artificial. Me interesa mucho poder obtener la mayor cantidad de registros posibles, tensando los distintos músculos de mi cuerpo. Y también me interesa ir diso­cian­do esas tensiones que antes logré. He observado que al ten­sar un punto se tensan otros. Luego trato de distender el pun­to, pero a veces no se distienden los otros músculos que acompañaron a la tensión. Si se trabaja con ciertas partes del cuerpo se comprueba que al querer tensar un punto se tensan ese punto y otros y luego, al distender ese punto, se distiende ese punto pero no los otros.

Esto sucede no solamente por estos trabajos voluntarios, eso sucede en la vida cotidiana. De tal manera que frente a un problema de confrontación cotidiano, por ejemplo, un sistema de músculos se pone tenso; desaparece la confrontación con el objeto, los músculos en cuestión se distienden, pero no los otros que le acompañaron en el momento de la tensión. Un poco más de tiempo y termina todo distendido. Pero a veces sucede que pasa bastante más tiempo y no se distienden los otros puntos.

¿Quién de ustedes no reconoce tensiones musculares más o menos permanentes? Hay quienes registran esas tensiones a veces en el cuello, a veces en otra parte de su cuerpo. Ahora mismo, si ustedes se fijan, pueden descubrir tensiones innecesarias que están operando en diversas partes del cuerpo. Ustedes a eso lo pueden registrar. Y como ven, eso que registran en distintas partes de su cuerpo, no está cumpliendo con ninguna función.

Ahora bien. Distinguimos entre tensiones musculares externas de tipo situacional y las tensiones musculares externas de tipo continuo. En las tensiones situacionales el sujeto tensa determinadas partes de su cuerpo y al desaparecer la dificultad (en nuestro ejemplo, la confrontación), desaparece también la tensión. Esas tensiones situacionales, seguramente cumplen con funciones muy importantes y se comprende que no pretendamos acabar con ellas. Están las otras, las continuas, no las situacionales. Y estas continuas tienen la circunstancia agravante que si se produce un determinado fenómeno de confrontación, además, aumentan. Luego bajan, nuevamente, pero conservando el nivel de tensión continua.

Puedo, con ciertos procedimientos, distender las tensiones continuas pero esto no garantiza que no permanezcan en mi in­terior distintos sistemas de tensiones. Puedo trabajar con toda la musculatura externa, puedo hacer cuanto ejercicio quiera y sin embargo, internamente, las tensiones siguen actuando. ¿De qué naturaleza son estas tensiones internas? En ocasiones son de tipo muscular profundo y en ocasiones registro a estas tensiones como irritaciones profundas, como irri­taciones viscerales que dan impulsos y que van configurando un sistema de tensión.

Cuando hablamos de estas tensiones profundas, estamos hablando de tensiones que no son muy diferentes a las externas, pero que tienen un componente emotivo importante. Podríamos considerar a estos dos fenómenos como gradaciones de un mismo tipo de operación. Hablamos ahora de estas tensiones internas teñidas emotivamente y a ellas las definimos como climas, no muy diferentes a las tensiones en general pero con un fuerte componente emotivo.

¿Qué sucede con algunos fenómenos como los de depresión y las tensiones? Una persona se siente aburrida (el aburrimiento es pariente de la depresión), le da lo mismo una cosa que otra, no tiene especiales preferencias, diríamos que está sin tensión. A lo mejor ella se registra a sí misma como falta de vitalidad pero detrás de eso es muy posible que exista un fuerte componente emotivo. En la situación en que se encuentra esa persona, notamos que hay fuertes correntadas emotivas de tipo negativo y pensamos que si aparecen esas correntadas emotivas es porque aún no existiendo tensión muscular externa hay tensiones internas que pueden ser tensiones musculares internas o, en otras ocasiones, fenómenos de irritación interna. A veces sucede que no existe un sistema de tensiones continuo o de irritación continuo, sino que por la confrontación con una situación dada se sueltan fenómenos mnémicos, fenómenos de memoria que hacen su disparo interno y surge ese registro de falta de vitalidad o aburrimiento, u opresión interna, o sensación de encerramiento, etcétera.

A las tensiones musculares externas normalmente las podemos manejar voluntariamente; a los climas, en cambio, no los podemos manejar voluntariamente porque tienen otra característica: siguen al sujeto aún cuando haya salido de la situación que lo motivó. Recordarán ustedes los fenómenos de arrastre, estos que siguen al sujeto aunque la situación haya pasado. Estos climas siguen tanto al sujeto que puede éste cambiar toda su situación, transitar a lo largo de los años por dis­tintas situaciones y continuar con ese clima que lo persigue. Esas tensiones internas son traducidas de modo difuso y to­talizador. Este punto explica también las características de la emoción en general que trabaja totalizando, sintetizando; no trabaja refiriéndose a un punto particular de una tensión del cuerpo, no se refiere tampoco a un punto de dolor en el intracuerpo, que puede ser localizado muy bien, se refiere más bien a un estado de invasión de la conciencia. Se trata entonces de impulsos cenestésicos no puntuales, eso está claro.

Cuando el mecanismo de traducción de impulsos aporta imágenes que se corresponden con ese clima difuso, hablamos de correspondencia de clima y tema (hay un tema que tiene correspondencia con ese clima). Entonces es muy probable que esa persona que experimenta determinado clima, diga que “se siente encerrada”, por ejemplo. Eso del “ence­rra­miento” es un tipo de representación visual, que coincide con el registro emotivo y hay algunos más exagerados que no só­lo hablan de “encerramiento”, así en general, sino que expli­can que se sienten encerrados en una determinada caja con ta­les y cuales características. Esto, en vigilia, no les es muy cla­ro pero en cuanto disminuye un poco su nivel de conciencia, sí aparece esa caja adentro de la cual ellos se encuentran. Por supuesto, cuando los mecanismos de traducción trabajan fuer­te, cuando los registros cenestésicos son más intensos y cuando la vía alegórica se pone en marcha, es más fácil rastrear estos fenómenos.

A veces aparecen imágenes que no se corresponden con los climas. Por último, existen casos en que se registra el clima sin imágenes. En realidad hay imagen cenestésica en todos los casos y el emplazamiento de esta imagen difusa general en el espacio de representación perturba las actividades de to­­dos los centros, porque es desde ese espacio de representa­ción desde donde las imágenes disparan su actividad hacia los centros.

A los climas se los baja de potencial por descargas catár­ti­cas, por abreacciones motrices que son manifestaciones de esa ener­gía hacia afuera del cuerpo, pero si bien ocurre en esas ocasiones una disminución de la tensión no por ello acontece su desplaza­miento, su eliminación.



Las técnicas que corresponden a la transformación y desplazamiento de climas, son las técnicas transferenciales. Su objetivo no está puesto en la bajada del potencial de una tensión interna sino en el traslado de la carga de una imagen a otra imagen.

No es completo decir que los climas se generan solamente por traducción de señales de contracciones involuntarias profundas y que tales contracciones, captadas por cenestesia, se transforman en imágenes difusas que ocupan el espacio de representación. Decir esto no es completo. En primer lugar, porque el registro puede ser no puntual sino general, como en el caso de las emociones violentas. Y estos estados corresponden a descargas que circulan por todo el organismo y no se refiere a la puntualidad de una tensión.

En cuanto al origen de estos fenómenos, puede estar en sentidos internos o actuar desde memoria, o actuar desde conciencia. Cuando el impulso corresponde a un fenómeno netamente corporal, cenestesia toma este dato y envía la señal correspondiente que aparece como imagen difusa, es decir no visualizable (como imagen cenestésica, no como imagen visual). Cenestesia entonces envía la señal correspondiente y aparece la imagen difusa, que de todas maneras se da en el espacio de representación.

Hay quienes dicen que cuando se encolerizan “ven todo rojo”, o que se modifica su espacio de representación y ven al objeto que les provoca cólera, “más pequeño”; otros dicen que lo ven “más resaltado”, etcétera. No estamos hablando del impulso localizado sino del estado difundido, emotivo, que de todos modos ha partido del registro cenestésico y se ha traducido en imagen cenestésica no visualizable. A veces tiene también traducciones visualizables, pero no es el caso. Tal emplazamiento de imagen no visualizable se da en el espacio de representación y moviliza a los centros instintivos básicamente. De todo eso que sucedió, se hace registro en memoria. Si, en cambio, el primer impulso proviene de sentidos externos y al final del circuito de impulso también se movilizan los centros instintivos, esto se graba en memoria asociado a la situación externa. Esto motiva una grabación en donde el impulso externo, el impulso que provino desde el exterior ahora queda ligado a un estado corporal interno.

Volviendo al primer caso, el de la partida de impulso interno por desarreglo vegetativo, por ejemplo. También en este caso hay grabación situacional asociada, si los sentidos externos están por su parte trabajando. Pero si eso se produjera cuando los sentidos externos no trabajan o trabajan muy levemente (como en el nivel de sueño), la grabación situacional podría referirse únicamente a datos de memoria ya que se actualizaría en ese momento, quedando a su vez en memoria al final del circuito una extraña asociación de fenómenos de un tiempo 2 (es decir, el registro cenestésico), con fenómenos de un tiempo 1 (es decir, el dato de memoria).

Hemos visto casos en que la partida del impulso es del in­tra­cuerpo, y se asocia a situaciones de percepción externa. Y casos del mismo impulso pero asociado a memoria porque los sentidos externos no están trabajando en ese momento. También hemos visto el caso del impulso que parte de sentidos externos y termina movilizando registros internos ce­nes­tésicos, siendo posible a partir de ese momento que la si­­tuación externa y el registro interno queden grabados en memoria.

Por su parte, memoria puede entregar impulsos y al movilizar registros desatar cadenas asociativas de imágenes (no sólo visuales sino de cualquier otro sentido, incluyendo la cenestesia), que a su vez despiertan nuevas entregas de datos, configurándose un estado emotivo climático pero que ahora se asocia a una nueva situación que se está percibiendo por sentidos externos.

Por último, conciencia misma en su elaboración de imágenes puede poner en marcha todo lo anterior y además agregar su propia actividad, grabándose al final en memoria situaciones externas asociadas a elementos imaginarios. De todas maneras, el encadenamiento sentidos-memoria-conciencia es indisoluble, no lineal y por supuesto estructural.

Así pues si el primer disparo es doloroso físico, la configuración final puede ser de sufrimiento moral y estar presentes allí verdaderos registros cenestésicos fuertemente grabados en memoria, pero asociados simplemente a la imaginación. El dolor físico, a menudo termina en sufrimiento moral articulado con elementos ilusorios pero registrables. Este hecho nos enseña que lo ilusorio aunque no tenga existencia “real” es registrable por diversas concomitancias que tienen indudable realidad psíquica. No se explica mucho al decir de un fenómeno que es “ilusorio”, ni se explica mucho más al decir que las ilusiones se registran, como se registran las percepciones llamadas “no ilusorias”. El sufrimiento ilusorio tiene su real registro para la conciencia. Allí es donde la transferencia tiene su mejor campo de trabajo, en el sufrimiento ilusorio. Diferen­te es lo que sucede con los impulsos dolorosos básicos, traducidos o transformados, a los que se puede desproveer de otros com­ponentes ilusorios sin que por ello desaparezca el dolor fí­sico. Pero este no es tema propio de la transferencia.

Se puede disociar el encadenamiento automático del sufrimiento. A eso apunta primariamente la transferencia. Vemos a la transferencia como una de las tantas herramientas de operativa, destinada básicamente a desarticular el sufrimiento, a liberar a la conciencia de contenidos opresivos. Así como la catarsis libera cargas y produce alivios proviso­rios, aunque a veces necesarios, la transferencia apunta al traslado de esas cargas de un modo permanente, por lo menos en lo que hace a un problema específico dado.

Veamos ahora, algunos aspectos del funcionamiento compensatorio de los aparatos del psiquismo. Los umbrales de los dis­tintos sentidos varían en estructura y los umbrales de sentidos internos varían compensatoriamente con respecto a los um­brales de los sentidos externos. Los fenómenos del umbral cenestésico, al disminuir los impulsos de los sentidos externos, entran en la percepción y comienzan a dar señal. Estamos diciendo que cuando disminuye el impulso externo, aquellos otros fenómenos internos que estaban trabajando a nivel de umbral, y que no registrábamos, aparecen de modo registrable. Por tanto, puede percibirse en la caída de nivel de conciencia el surgimiento de fenómenos del intracuerpo que en vigilia no aparecían. Al desaparecer el ruido de los sen­­tidos externos, éstos se hacen manifiestos. En la caída de ni­vel aparecen los impulsos internos que dan señal a concien­cia tomando canales asociativos. Cuando se despierta esta vía asociativa los fenómenos de traducción operan con gran fuerza.

Volvamos a los problemas de los fenómenos de traducción y de transformación de impulsos. De un objeto que percibo visualmente, reconozco otras características no visuales que puedo percibir según la situación. Estas diferentes percepciones de un mismo objeto se han ido asociando en mi memoria a lo largo de mi experiencia vital. Tengo un registro articulado de percepciones. Estamos considerando ahora algo más que la estructuración que hace la percepción de un sentido singular. Estamos considerando la estructuración que se realiza frente a un objeto por la suma de datos de sentidos diferentes que a lo largo del tiempo se fueron incorporando a memoria. Cuento con la articulación de diferentes características de cada objeto, de tal modo que tomando una de ellas se sueltan las otras características asociadas a él. Ese es ya el mecanismo básico de la traducción de impulsos. ¿Y qué es lo que se traduce? Veamos un ejemplo. Un impulso auditivo despierta registros mnémicos, registros en los que los impulsos visuales de su momento estaban asociados a impulsos auditivos. Ahora llega solamente el impulso externo auditivo y aparece en mi espacio de representación el registro visual. Esto es frecuente en vigilia. Y es gracias a ese mecanismo de asociación de sentidos, a esta estructuración de los sentidos, que podemos configurar franjas importantes del mundo externo.

Así como el espacio de representación se va articulando desde la primera infancia en adelante, así también el mundo objetal se va articulando desde la primera infancia en adelante. En esa etapa de aprendizaje, los niños no parecen articular coherentemente los distintos registros que tienen de un mismo objeto. Como hemos comentado en su momento, los niños no distinguen bien entre su propio cuerpo y el cuerpo de su madre. Además, no relacionan bien el tipo de estímulo que llega a un sentido con la función con que puede cumplir ese objeto. Confunden además el aparato de registro, de tal modo que muchas veces vemos a los niños llevando un objeto que quieren comer al oído, a la oreja, y vemos que hacen distintos tipos de intercambios; no articulan todo ese sistema de percepción, no lo articulan más o menos coherentemente. Tampoco su espacio de representación está coherentemente articulado. Un edificio que está lejos, desde luego que es percibido mas pequeño que cuando está cerca, pero tienden sus manos hacia él para capturar una chimenea o a lo mejor una ventana y comerla. Hay niños que hacen eso con la luna que, como ustedes saben, está fuera del alcance de la mano, o estaba fuera del “alcance de la mano”... La visión este­reos­có­pica, que nos da profundidad y permite articular distintas distancias en el espacio, se va configurando lentamente en el niño. También el espacio de representación interno va cobrando volumen. Es claro que no se nace con la misma articulación objetal de los adultos sino que los datos que van aportando los sentidos permiten luego que el aparato psíquico vaya haciendo su trabajo, basándose siempre en memoria.

Estamos estudiando estos primeros fenómenos de traducción de impulsos. Por ejemplo, un fenómeno que incide sobre un sentido suelta una cadena en donde aparecen las imágenes correspondientes a otros sentidos pero relacionados con el mismo objeto. ¿Qué sucede en esos extraños casos de aso­ciación de las características de un objeto que se colocan en otro objeto? Ahí ya hay una traducción mucho más interesante. Porque ahora un señor escucha el sonido de una campana y no evoca la imagen de la campana sino la imagen de un familiar. Ahora no se está relacionando al objeto que se oye con el objeto que en su momento se vio o con el objeto que en su momento se olió, sino que ahora se está asociando a ese objeto con otros fenómenos, con otras imágenes que acompañaron a la grabación de un momento pero que no se refieren al objeto en cuestión, sino a otro tipo de objeto. Primariamente se asocian, de un objeto dado, sus distintas características perceptuales. Pero hablamos de algo más, de un objeto al que se le asocian no sólo sus distintas características sino todos aquellos fenómenos que estuvieron en relación con él. Y estos fenómenos comprometen a otros objetos, comprometen a otras personas, comprometen a situaciones completas. Entonces hablamos del fenómeno de la traducción de impulsos que se refiere no sólo a las características de un mismo objeto, sino a las de otros objetos y estructuras de situación que se asociaron al objeto dado. Parece entonces, que la estructuración se hace relacionando percepciones distintas sobre un mismo objeto y de acuerdo a contextos situacionales.

Algo más. Sucede que como hay impulso interno, si ese im­pulso interno tiene suficiente potencial de señal como para lle­gar al umbral de registro, al percibir el sonido de la campana el sujeto experimenta una curiosa emoción. Ya no está traduciendo impulsos o asociando impulsos entre las distintas características de ese objeto y otros que le acompañan, o entre estructuras de percepción completas, sino algo más: está traduciendo entre estructuras de percepción completas y estructuras del registro que le acompañó en aquel momento.

Si vemos que se puede traducir el impulso que corresponde a un sentido y trasladarlo a otro, ¿por qué no habríamos de poder traducir también impulsos que son registrados por sentidos externos y que contiguamente evocan impulsos que han sido grabados desde sentidos internos? No hay mayor dificultad en esto. Sucede que el fenómeno es un tanto asombroso y tiene características enrarecidas a medida que se baja de nivel de conciencia. Pero su mecánica no es muy extraña.

Recordemos que la memoria estudiada por capas como memoria antigua, memoria mediata y memoria reciente, está en movilidad. La materia prima más próxima es la del día y ahí tenemos los datos más frescos. Pero hay numerosos fenómenos asociados que se refieren a memoria antigua y estos nos ponen en dificultades, por cuanto al registro de un objeto que puede estar asociado con fenómenos recientes, le acompañan traductivamente fenómenos de memoria antigua. Esto es muy extraordinario y sucede particularmente con cierto tipo de sentidos. Por su estructuración, el sentido olfatorio es el más rico en este tipo de producciones. El sentido del olfato suele despertar cadenas asociativas muy grandes de tipo situa­cio­nal y muchas de ellas muy antiguas. Ustedes conocen ese ejemplo: se percibe la calidad de cierto olor y se sueltan imá­genes completas de la infancia. ¿Y cómo se sueltan esas imá­genes? ¿Ustedes se acuerdan del mismo olor, simplemente del mismo olor, de hace 20 años? No, ustedes se acuerdan de toda una antigua situación que ha sido disparada por la percepción actual de ese olor.

La traducción de impulsos, que apareció primariamente como simple y de fácil pesquisa, termina complejificada. Franjas diversas de memoria, estructuraciones de percepción apa­ren­temente incoherentes, registros internos que se asocian con fenómenos percibidos externamente, producciones imaginarias que interfieren a la vez en el registro externo y se asocian a él, operaciones de memoria que traduciéndose van tomando en un nivel de conciencia las vías asociativas, todo ello di­ficulta la comprensión del esquema general.

Hasta ahora hemos visto a los impulsos asociándose y tra­du­ciéndose unos en otros. Pero hay también fenómenos muy curiosos que son los fenómenos de transformación. La ima­gen que estaba estructurada de un modo, al poco tiempo co­mienza a tomar otras configuraciones. Este proceso que ocurre en las vías asociativas, en las que los impulsos asociados que surgen en el espacio de representación cobran vida propia y empiezan a deformarse, a transformarse, nos muestran una movilidad sobre otra movilidad. Y con estos problemas nos encontramos en las técnicas transferenciales. Debemos darle fijeza a todo esto, contar con algún tipo de leyes generales que nos permitan operar en este caos móvil. Necesitamos algunas leyes operativas, algo que responda siempre, en las mismas condiciones, dando los mismos resultados. Y esto existe porque, afortunadamente, el cuerpo tiene cierta fijeza. Es gracias a que el cuerpo tiene cierta permanencia, que nosotros vamos a poder operar. Pero si esto sucediera en el mundo psíquico, exclusivamente, no habría forma posible de operar; no habría ninguna referencia.

La referencia objetal corpórea es la que nos va a permitir decir que aunque un dolor en una zona del cuerpo se traduzca de distintos modos, evoque distintas contigüidades de imágenes, haga mezclas de memoria y de tiempos, ese fenómeno se va a detectar en una determinada zona del espacio de representación. Y vamos a poder comprender muchos otros fenómenos curiosos y muchas funciones, gracias a la fijeza del cuerpo. Este cuerpo es un viejo amigo, un buen compañero que nos da referencias para movernos en el psiquismo. No tenemos otro modo.

Veamos qué sucede con el espacio de representación y los fenómenos que a partir de él se disparan.

Imagino una línea horizontal delante de mis ojos. Cierro los ojos, ¿dónde la imagino? Bueno, la imagino adelante y afuera. Imagino ahora a mi estómago, ¿dónde lo imagino? Abajo y adentro. Imagino ahora aquella línea en el lugar en que se encuentra el estómago y esto me crea un problema de ubicación. Imagino ahora el estómago adelante y afuera y esto también me crea un problema de ubicación. Cuando imagino el estómago abajo y adentro, no sólo imagino el estómago sino que tengo un registro cenestésico del mismo y esto es un segundo componente de la representación. Ahora puedo imaginar el estómago adelante, arriba y afuera, pero no tengo el mismo registro cenestésico. De modo que cuando la imagen se emplaza en el lugar que corresponde, tiene el componente cenestésico de registro, que nos da una referencia importante. Si ustedes hacen un pequeño esfuerzo, van a poder imaginar también el estómago arriba y afuera. ¿Pero como lo van a imaginar? Tal vez como un dibujo, como lo han visto en los libros. Pero si lo imaginan en cambio abajo y adentro, ¿lo ima­ginan como qué?, ¿como el dibujo? De ninguna manera. ¿Tienen una imagen visual? De ninguna manera. Podrían tenerla asociada por el fenómeno de traducción, pero ¿qué es eso de imaginarlo en el espacio de representación, abajo y adentro? Es trabajar con otro tipo de imagen, con una imagen cenestésica.

Así es que según se emplace la imagen en el espacio de re­presentación en un punto o en otro y con un nivel de profun­di­dad u otro nivel de profundidad, no sólo se tiene el registro de tal imagen sino la representación cenestésica que corresponde a tal espacio y a tal profundidad. Cuando los objetos emplazados en el espacio de representación están observados “desde el fondo” de ese espacio, decimos que estamos trabajando con la articulación vigílica. Es decir, vemos los fenómenos externos a nosotros (o llamados “externos” a nosotros), como afuera de nuestra cabeza.

Yo ahora puedo imaginar objetos lejanos que están afuera de mi cabeza. ¿Desde dónde registro estas imágenes? Desde adentro de mi cabeza, esa es la sensación que tengo. Sin em­bar­go, no digo que estos objetos estén adentro de mi cabeza. Si ahora a este objeto que imagino afuera lo coloco imagi­na­ria­mente adentro de mi cabeza, tengo un registro cenestésico, aparte de esa imagen que he emplazado en el interior de mi cabeza.

Según el nivel de profundidad en el espacio de representación, llegamos a tener un tipo de registro externo, o un tipo de registro cenestésico. Esto tiene bastante importancia para comprender el fenómeno transferencial posterior.

Puedo imaginar, desde el fondo de esta especie de pantalla, los fenómenos que están afuera de mi cabeza y también, al imaginar fenómenos que están adentro de mi cabeza, tener un emplazamiento dentro de ese espacio mental. Puedo hacer un esfuerzo mayor e imaginar ese objeto adentro de mi cabeza como visto al mismo tiempo y desde distintas partes. Es posible ver al objeto desde distintos puntos como si “el que representa” estuviera alrededor del objeto, pero normalmente se representa al objeto desde un cierto “fondo”.

Hay bastantes inconvenientes con el espacio mental emplazado desde la cabeza hacia atrás, no desde la cabeza hacia adelante. Casi todos los sentidos externos están ubicados en la zona delantera de la cabeza y así se percibe el mundo y así se articula el espacio mental que le corresponde, pero desde las orejas ha­cia atrás la percepción y la representación se dificultan.

Atrás de ustedes están las cortinas de esta sala y sin verlas pue­den imaginarlas. Pero cuando en el espacio de representación se observan las cortinas que están atrás se puede pre­gun­tar: ¿desde dónde ven esas cortinas? Las ven desde la mis­ma pantalla, sólo que en ésta se ha producido una suerte de inversión. No se ponen detrás de las cortinas, se ponen en el mismo lugar de emplazamiento interno y ahora les parecen las cortinas estar afuera de ustedes, pero atrás. Esto nos crea pro­blemas, pero de todos modos seguimos emplazados en el trans­fondo del espacio de representación.

Ese espacio de representación crea algunos problemas “topográficos”. Yo imagino ahora, fenómenos que están lejos de esta sala, fuera de esta sala. No puedo pretender que mi con­ciencia esté afuera de esta sala. Sin embargo, incluyo en mi espacio de representación a esos objetos. Esos objetos están emplazados en el interior de mi espacio de representación. ¿Dónde está entonces el espacio de representación, si se refiere a objetos que están afuera? Este fenómeno ilusorio es sumamente interesante, por cuanto puede extenderse la representación de los objetos afuera del espacio inmediato a la percepción de mis sentidos, pero nunca afuera de mi espacio de representación. Y resulta que mi espacio de representación, precisamente, es interno y no es externo.

Si uno se fija mal en esto, cree que el espacio de representación se extiende desde el cuerpo hacia afuera. En realidad el espacio de representación se extiende hacia el interior del cuerpo. Esta “pantalla” se configura gracias a la suma de impulsos cenestésicos que dan referencias continuas. Esta pantalla es interna y no es que en esta pantalla destellen los fenómenos que imagino afuera, en todo caso los voy imaginando adentro pero en distintos niveles de profundidad de esa pantalla interna.

Cuando decimos que las imágenes que surgen en distintos puntos del espacio de representación actúan sobre centros, queda claro que no podrían actuar sobre centros si la pantalla estuviera emplazada hacia afuera. Las imágenes actúan sobre los centros porque estos impulsos van hacia adentro aún cuando el sujeto crea que esos fenómenos se emplazan afuera. Y aquí es bueno aclarar que no estoy negando la existencia de los fenómenos externos sino que estoy cuestionando su configuración, por cuanto se me presentan (dichos fenómenos) ante los filtros de la percepción y se articulan en la pantalla de representación.

A medida que cae el nivel de conciencia se modifica la estructuración del espacio de representación y aquellos fenómenos que antes eran vistos desde adentro creyéndolos afuera, en la caída de nivel de conciencia están vistos afuera creyéndolos adentro, o bien, están vistos adentro creyéndolos afuera. Aquel fondo de pantalla en el que yo estaba emplazado cuando me refería a fenómenos externos imaginados ¿donde está ahora en mis sueños cuando “yo” mismo me veo puesto afuera de “aquello” que ve? Y me veo desde arriba, de abajo, a distancia, más cerca, etcétera. Resulta que ahora el espacio de representación verdaderamente toma características internas en sus límites. El espacio de representación se hace interno en la caída de nivel de conciencia porque han desaparecido los estímulos de los sentidos externos y se ha reforzado el trabajo de los sentidos internos. Al reforzarse los impulsos cenestésicos, el espacio de representación interno ha tomado plenitud y ahora tenemos a estos fenómenos ocurriendo en el “interior” del espacio de representación como tal. Aparecen imágenes en las que el espacio de representación toma caracte­rís­ticas resaltadas de acuerdo al barrido que van haciendo los impulsos de la cenestesia. En los sueños, el espacio de re­pre­sen­tación aparece con límites semejantes a paredes o como con­tinentes de todo tipo, y en ocasiones aparece como la pro­pia cabeza dentro de la cual se dan los restantes fenómenos oníricos. El mayor de los continentes en la caída de nivel de conciencia es, precisamente, el límite del espacio de representación.

Los centros instintivos (el vegetativo y el sexual), se movilizan fuertemente en la caída de nivel de conciencia aunque existan algunas concomitancias de tipo emotivo y también algunas intelectuales y casi ninguna concomitancia motriz. Cuando el emplazamiento de los fenómenos ocurre en el espacio de representación correspondiente al nivel de conciencia bajo, el disparo mayor de las imágenes va al centro vegetativo y al sexo, que son los centros más internos y que trabajan con registros de sensaciones cenestésicas, mientras que los otros centros suelen estar muy ligados a impulsos que vienen de los sentidos externos. Por otra parte, imágenes que en la vida cotidiana no movilizan cargas ni descargas importantes en los centros mencionados, pueden resultar de gran potencia en la caída de nivel de conciencia. A su vez, del trabajo de esos dos centros se configuran fuertes imágenes internas, ya que del trabajo de los centros se tiene percepción que se convierte en imagen. Este fenómeno es reversible y así como el espacio de representación se configura por los impulsos cenes­té­si­cos, así también cualquier imagen que se emplaza en un deter­mi­­n­a­do nivel del espacio de representación en su capa interna, actúa sobre el nivel corporal que le corresponde.

Reconsideremos ahora lo dicho en torno a las asociaciones objetales de distintos sentidos; en torno a las traducciones de los impulsos con respecto a un mismo objeto; a las asociaciones objetales entre objetos y situaciones, y a las traducciones de los impulsos de un objeto con respecto a otros objetos que le rodean. Las asociaciones objetales referidas a situaciones externas y a situaciones internas (es decir a impulsos cenestésicos), son registros complejos que van siendo grabados en memoria. Estas grabaciones existen siempre como trasfondo de todo fenómeno de representación (es decir de imagen) y están ligadas a precisas zonas y profundidades del espacio de representación.

Contamos ya con algunos elementos como para comprender qué es lo que sucede con el tránsito de las imágenes en el espacio de representación en niveles de sueño y de semisueño. Com­prendemos ya los primeros pasos de lo que vamos a llamar “técnicas de transferencia”. Dichas técnicas van a ser efec­ti­­vas, van a poder cumplir con sus objetivos, si efectivamente estos fenómenos que aparecen en la pantalla de representación en los bajos niveles de conciencia (al transformarse), mo­vi­­li­zan distintas partes del cuerpo, distintas tensiones en el cuer­po, o desplazan fenómenos mnémicos que producen tensiones expresadas en imágenes correspondientes. Actuando sobre estas imágenes, modificamos el sistema de asociaciones que han motivado aquellas tensiones.

Nuestro problema va a estar, en estas técnicas transferenciales, en asociar o disociar los climas de las imágenes. Es decir, separar los climas de los temas.

A veces se nos van a presentar situaciones en las que tenga­mos que asociar a un clima una imagen, porque sin esta ima­gen nos encontramos solamente con imágenes cenestésicas pero no visualizables y al no ser visualizables no podemos tras­ladarlas en distintas alturas y distintos niveles en el espacio de representación. Entonces nos veremos obligados con de­­terminados climas a asociarles determinadas imágenes para luego movilizar estas imágenes en el espacio de representación y con ello “arrastrar” a los climas. De no proceder así, ese clima difuso se distribuirá de tal modo en el espacio de re­­­presentación que no podremos operar con él.

Y a veces, por otro peculiar funcionamiento de los fenómenos en los niveles de sueño, nos encontramos con imágenes visuales a las cuales hay adheridas cargas que no corresponden exactamente con ellas y entonces trataremos de disociar estas cargas y transferirles otras cargas correspondientes.

Así es que tendremos que resolver numerosos problemas en la transferencia de cargas, en la transferencia de imágenes, en el desplazamiento de imágenes y en la transformación de imágenes.

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