Apología de una arquitectura heterogénea



Descargar 36,53 Kb.
Fecha de conversión19.03.2017
Tamaño36,53 Kb.
Apología de una arquitectura heterogénea

Éste trabajo forma parte del cuerpo académico de la línea de investigación “Arquitectura, Diseño, Complejidad y Participación” del Posgrado de Arquitectura en el campo de conocimiento de Análisis, Teoría e Historia, de la Facultad de Arquitectura, en la Universidad Nacional Autónoma de México. Dicha línea de investigación mantiene una crítica permanente al ser y al hacer de la arquitectura y busca acercarse a comprender el fenómeno de la construcción social de lo espacial habitable. Esta ponencia gira en torno a una crítica sobre los presupuestos que han llevado a entender la arquitectura como una manifestación artística; lo cual ha desencadenado en formas y respuestas prototípicamente óptimas para habitar el mundo, desde una visión occidental, eurocéntrica, colonialista y capitalista priorizando la arquitectura formal, expresiva, personal y personalista. La búsqueda de la belleza acorde con esta visión ha llevado a la historiografía y a la construcción del conocimiento del fenómeno urbano-arquitectónico a una fetichización esteticista que intentaremos argumentar a través de la estética misma, en donde el objetivo es reivindicar la importancia de una estética heterogénea apropiada y apropiable, donde la participación de los actores involucrados con el espacio habitable se vuelva indispensable en el proceso de diseño. En este sentido, repensar la producción del hábitat, significa una nueva aproximación epistemológica de la arquitectura.

Las corrientes o estilos dominantes que marcan la historia de la arquitectura están basados en cánones estéticos (provenientes de la antigüedad griega, del imperio romano, del renacimiento italiano, de la arquitectura moderna francesa, alemana, etcétera) que se refieren a las proporciones y parámetros ideales que garantizan armonía, belleza y perfección en las obras y en el mundo, lo cual funcionaria en sociedades, territorios y realidades homogéneas y estáticas, sin embargo la existencia de la heterogeneidad cultural, por ejemplo en América Latina contradice el funcionamiento o éxito de estos cánones para producir invariablemente percepciones de calidad en todo tiempo y espacio. El proyecto civilizatorio moderno como el gran proyecto del progreso universal quiere eliminar, con la legitimidad de esos cánones estéticos e ideológicos, las formas - otras de entender la belleza, lo placentero, lo armonioso, lo digno, lo habitable, etcétera.

Reconocer estas formas – otras significa un desafío para el pensamiento estético, epistemológico e historiográfico de la arquitectura en general. Citando a Paul Valéry “respiramos, por decirlo así, la voluntad y la preferencia de alguien. Estamos dominados y prisioneros en las proporciones por él escogidas” (Paul Valéry, 2007; 42) El arquitecto y el urbanista pretenden controlar las percepciones cotidianas de todos los que pisan la calle.

El gusto en general es fruto de una construcción social que en algunos casos se impone y se defiende, sobre todo en los espacios comunes como en el caso de la ciudad como espacio heterogéneo que se comparte y se co-habita con una diversidad de preferencias y deseos en torno a lo que se considera digno o de calidad. Los medios en cómo se imponen las formas “convenientes” de habitar, las formas en cómo se estigmatiza el territorio con categorías estéticas como “sucio”, “feo”, “bello”, etcétera, son mecanismos legítimos de un discurso estético de la alta cultura que ideologizan a la sociedad muchas veces a través de la academia, de la cultura, del arte, de los medios de comunicación y de los planes de desarrollo y bienestar de los discursos gubernamentales.

Podemos afirmar que en las prácticas arquitectónicas se ha dado por hecho que la arquitectura es un arte y que el arquitecto es un artista que produce obras de arte; pero esto ¿qué repercusiones ha tenido en la historia del habitar humano?, ¿los seres humanos habitamos verdaderamente obras de arte? ¿habitar obras de arte contribuye a la construcción de un hábitat justo y apropiado para todos los seres humanos?. Evidentemente este axioma con el que se enseña y se hace historia de la arquitectura forma parte de un gran relato que occidente se ha contado a sí mismo y se ha legitimado como ideología dominante y que aquí nos cuestionamos porque cuando esto se manifiesta en la realidad del hábitat humano nos resulta evidentemente problemático, porque entre otras cosas, es poco incluyente.

En este sentido, la estética es una disciplina que estudia las formas de percepción, estudia los juicios de valor, la construcción de los gustos en diferentes épocas y contextos, los quiebres de sensibilidad en la historia con los avances técnicos y económicos, en general estudia la búsqueda profundamente humana de vivir bien, de vivir dignamente; porque es característico del ser humano buscar no únicamente la sobrevivencia sino de estilizar la vida, sofisticarla y mejorarla a veces hasta la vanidad, no solamente necesitamos paredes, muros y techos donde guarecer y protegernos de la intemperie como el resto de los animales, sino que buscamos cobijo, confort, disfrute, buscamos identificarnos con el espacio que habitamos y manifestar en él nuestro ser. Buscamos domesticar el espacio, humanizarlo.

“En todo tiempo y lugar, comprendidas las sociedades primitivas sin escritura, los hombres han producido una multitud de fenómenos estéticos de los que son testimonio los adornos, pinturas corporales, formulas culinarias, objetos esculpidos, máscaras, peinados, música, danzas, fiestas, juegos, formas de hábitat. No hay ninguna sociedad que no se dedique de un modo u otro a un trabajo de estilización o de artistización del mundo, que es lo que singulariza una época o una sociedad, al llevar a cabo la humanización y la socialización de los sentidos y los gustos”. (Lipovetsky, 2015; 11)

Desde el paleolítico podemos encontrar multitud de fenómenos estéticos, que provenían de la veneración y el asombro frente a naturaleza y de la presencia existencial del ser humano en ella. Según Walter Benjamin, “el modo originario de inserción de la obra de arte en el sistema de la tradición encontró su expresión en el culto. Las obras de arte más antiguas surgieron, al servicio de un ritual que primero fue mágico y después religioso”. (Benjamin, 2003; 49) Así entonces las obras de arte y el mundo del arte se fundamenta en el ritual, en el culto, en la búsqueda de lo original, de lo único, de lo aurático y de su contemplación y goce de forma ceremonial orientado a la elevación espiritual del espectador y de su creador/artista.

En la modernidad, la secularización de la fe, también separo al arte de la religión y ha llevado a dos posturas respecto al arte, la primera a entender al arte como una religión moderna autoreferencial, con la postura del “arte por el arte” que se aprecia en templos laicos como el museo y recintos sagrados como la sala de conciertos. La segunda postura llevó a la emancipación del arte del ritual y al surgimiento de manifestaciones artísticas apegada a desempeñar funciones sociales y masivas como el cine o la fotografía; surgieron proyectos de un arte “para el pueblo” un arte útil llevado a todos los detalles de la vida y que contribuyera al bienestar de la inmensa mayoría.

En el caso de la arquitectura, la figura del arquitecto-artista surge en el renacimiento y en la modernidad las obras de arquitectura se aprecian en algunos casos como obras de arte en sí mismas, cuyo único sentido es producir belleza, y ser el arte que adorna los edificios para que su uso contribuya a la salud mental, al poder y al placer, tal como la define John Ruskin o citando a Le Corbusier, crear un juego sabio correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz; por otro lado con el movimiento de arts and crafts de William Morris y con la escuela de la Bauhaus, surge una arquitectura que buscaba democratizar las percepciones de calidad a través del diseño, primero artesanal y luego industrial, de todos los objetos y de los habitáculos cotidianos como las viviendas1.

En el caso del Movimiento Moderno en Arquitectura se pensó en la búsqueda de la democratización de la belleza y de la armonía del espacio urbano y de las viviendas, porque podía ser eficiente y barata. el paradigma funcionalista aplicado a la ciudad dio como resultado la “Carta de Atenas” y se construyeron grandes urbanizaciones geométricas, reticulares, racionales, torres y conjuntos habitacionales como colmenas; todo caracterizado por su apariencia genérica, su anonimato y homogeneidad fría (como en el caso del estilo internacional que crea espacios públicos inhóspitos), se buscaba zonificar todas las actividades humanas e incluso a los seres humanos para establecer clara y distintamente las funciones del espacio y de su gente.

En ambas posturas descritas (en la del arte por el arte y en la del arte para el pueblo), según Lipovetsky, cuando el arte se emancipa del ritual y adquiere autonomía; los artistas modernos invierten sus objetivos y “se apropian de todos los elementos de la realidad con fines puramente estéticos. Se impone así el derecho de estilizarlo todo, de transformarlo todo en obra de arte, ya se trate de lo mediocre, lo trivial, lo indigno, las máquinas o el espacio urbano (…) El arte moderno pone en marcha una dinámica de estetización del mundo ilimitada”. (Lipovetsky, 2015; 17)

El esteticismo es entendido aquí como una comprensión del arte como pura exaltación de la belleza, la cual debe ser elevada y priorizada por encima de la moral, de lo social y de toda reflexión sobre lo humano, el esteticismo tiene una concepción superficial de la belleza que busca únicamente una impresión sensorial seductora, entonces, ahora el arte está en todas partes superficialmente y se usa como mecanismo de seducción para el consumidor. “El capitalismo artístico ha creado un creciente imperio transestético en el que se mezclan diseño y star system, creación y entretenimiento, cultura y show-business, vanguardia y moda”. (Lipovetsky, 2015; 21) La arquitectura del mercado o comercial estimula su venta mediante la estetización, produciendo casi escenografías que incluso abren nuevas carreras universitarias como la de “Arquitectura de interiores” y las ciudades se ofrecen al turismo embelleciendo sus centros o generando “falsos históricos” al inventar núcleos históricos de donde el pasado ha sido expulsado, quedando fachadas aparentemente bellas y antiguas pero sin ningún contexto social, material o histórico que las sustente.

De acuerdo a esto, sería conveniente entender que el universo de lo estético es mucho más amplio que el mundo de lo artístico, y consideramos que al hablar de arquitectura es imprescindible mantener estos dos términos bien diferenciados.

La arquitectura se ha considerado artística y técnica a la vez, es decir, útil e inútil, un medio para un fin y un fin en sí mismo, una artificialidad destinada a resolver necesidades básicas y a la vez una artificialidad destinada a la contemplación y goce, por lo tanto en ningún caso, puede ser considerada una obra de arte pura, porque satisface estas dos manifestaciones del ser; por esto es que la arquitectura presenta infinidad de problemas propiamente estéticos e infinidad de problemas y contradicciones que se manifiestan en el espacio real, material e histórico, de la ciudad y la vivienda.

El habitar es un acontecimiento fundamentalmente humano a partir del cual el hombre modifica su entorno, cambia la apariencia de la naturaleza para apropiarse de ella y producir artificialidad, es la acción que transforma el medio en mundo, para dejar de vivir a la intemperie y morar en la Tierra. El hombre busca manifestarse en el mundo a través de la artificialidad; pero el tipo o prototipo de ser humano convertido en la categoría de “usuario” en la arquitectura moderna, no es congruente ni apropiado en cada caso y en cada cultura; por lo tanto, Imponer una estética dominante es una forma de violencia que afecta directamente lo humano en sí mismo, porque no poderte apropiar del espacio que habitas, ni poder participar en su producción, significa entonces, una privación de la manifestación de nuestro ser en el mundo.

En este sentido si consideramos que la arquitectura erróneamente se ha pensado por siglos exclusivamente como un arte y desde el renacimiento como un arte creador, no es por entender al arte como algo desligado de lo social, sino porque entendemos a la arquitectura como la define Alberto Saldarriaga: “La arquitectura es un fenómeno cotidiano, construido y habitado, su validez en las dimensiones existencial y cultural del entorno deriva de su fusión dentro de la experiencia de quienes habitan los espacios y edificios”. (Saldarriaga, 1988; 17)

Por esto es que al entender como arquitectura exclusivamente aquel intento creador de belleza y poseedor de cualidades artísticas, se deja fuera a todo saber o forma de producir hábitat que no esté dentro de esta lógica e incluso se deja fuera toda la problemática social, económica y política que se implica en el fenómeno de “la construcción social de lo espacial habitable”.2

Afirmar lo anterior no significa negar la existencia o posibilidad de una arquitectura artística o como obra de arte plática, sino de cuestionar y criticar que la mayoría de la arquitectura se refiera y se dedique únicamente a este género. De esta forma pareciera que el complejo fenómeno de “la construcción social de lo espacial habitable” se ha reducido en la historiografía y en la mayoría de la teoría, a una de las tantas partes que componen el todo de este fenómeno.

La belleza no es una entelequia abstracta o un canon universal que debemos conocer y alcanzar, la belleza más bien la entenderemos aquí como una construcción social, económica, cultural y política; y de acuerdo a esta construcción se configura una estética, es decir una idea sobre lo que es preferible, conveniente, deseable y de calidad para la percepción de un determinado grupo social o comunidad.

Los arquitectos del CIAM plantearon en los años treinta, en la Carta de Atenas, que las cuatro funciones básicas del urbanismo eran: habitar, trabajar, recrearse y circular; para resolver el habitar bastaba con garantizar alojamiento sano a los hombres, es decir, lugares en los cuales el espacio, el aire puro y el sol, esas tres condiciones esenciales de la naturaleza, estén garantizados con largueza. Así se reduce, el entendimiento del habitar, sin más, a las condiciones esenciales de la naturaleza que como seres vivos poseemos. Estos arquitectos y urbanistas, cuyos tratados aún se leen con devoción, consideraban que si un espacio era bello sería suficiente para que se diera una efervescente vida social que produciría cohesión social y felicidad; de este modo, la belleza genera vida urbana y felicidad. A este respecto podemos decir que no fue una receta particularmente exitosa al mirar el hermoso y vacío espacio común del conjunto habitacional de Marsella o los metros cuadrados entre edificios de estilo internacional en Chicago o Nueva York. Sin mencionar la cantidad de demandas y abandonos por parte de los dueños de las viviendas consideradas como hitos de la arquitectura moderna, como es el caso de la demanda de la Sra. Farnsworth a Mies Van der Rohe, quien perdió, y nunca llegó a demoler el platónico edificio miesiano.



Mies Van Der Rohe, por ejemplo, amaba la idea del edificio cristalino y el prisma puro. Sus proyectos de los años XX creían en la salvación de la arquitectura de cristal y su creencia era casi religiosa. Los integrantes y directivos de la Bauhaus, los arquitectos del CIAM y del estilo internacional, creían que el arte podía mejorar a la gente, por lo tanto, se creía que ese arte debía masificarse, reproducirse y así; democratizarse. El diseño racional haría sociedades racionales y su sencillez y belleza haría sociedades armónicas. Con una buena arquitectura, la vida del pueblo mejoraría. Esto representa una utopía fundamentada en un arte racional que debiera dirigir la planeación urbana, un deseo utópico que surge en la modernidad desde el siglo XV con Alberti porque, desde entonces, se buscó la ciudad ideal que aboliera el caos medieval.

Citando a Jane Jacobs, “Cuando intentamos justificar un refugio con el pretencioso fundamento de que es una fuente inagotable de milagros sociales, nos engañamos miserablemente a nosotros mismos” (Jacobs, 2011; 114), sin embargo, podríamos afirmar que las relaciones y vida social en un espacio determinado sí es una fuente de milagros urbanos. Es sugerente pensar que ante la pregunta de ¿cómo generar espacios públicos vivos?, la respuesta sea que desde su concepción y diseño se busque la participación de su población y de todos los actores involucrados con un determinado espacio; para que ellos mismos sean los que decidan la forma, composición y funciones de dicho proyecto.

La historiografía de la arquitectura suele reducirse al estudio de la cronología de obras aisladas, como si la historia de la arquitectura se tratara de objetos que dialogan entre sí, olvidando la experiencia vivida, las implicaciones sociales y la satisfacción de los habitantes, haciéndose más bien una historia de cosas, una historificación. Los libros de historia de arquitectura universal se configuran con una concatenación de obras-estilos principalmente occidentales y eurocéntricos; provocando que se menosprecie social, epistemológica y culturalmente la arquitectura vernácula o la arquitectura que se lleva a cabo por autoproducción; estigmatizando el territorio, los habitantes y sus construcciones; negando cualquier posibilidad de que la arquitectura popular, vernácula o autoconstruida; pueda generar conocimiento y una estética más apropiada en un determinado territorio y cultura, con la cual se pueda ampliar y enriquecer la disciplina misma; llevándonos a la confusión de creer que la arquitectura es únicamente aquella que ha alcanzado el estatus de obra de arte dentro del mundo del arte “legitimo”. Frente a esto, la disciplina se encuentra ante la necesidad de legitimar su estatus epistemológico.

Esta línea de investigación propone acercarse al fenómeno que se ha nombrado como “la construcción social de lo espacial habitable” desde lo social, lo histórico, lo político, lo filosófico, lo cultural y lo antropológico. Con una visión crítica en torno al proceder de los supuestos establecidos de los artistas-diseñadores. Por tal razón, se asume que quién entiende verdaderamente el habitar es en cada caso el ser humano que busca edificar una morada o pertenecer a una ciudad que padece y disfruta continua y cotidianamente; por lo cual plantea la necesidad de una arquitectura que incluya en la construcción misma de su saber, la participación de los pobladores en el proceso de producción y diseño tanto de la vivienda como de la ciudad.

La “producción social del hábitat” como propuesta de la línea de investigación, representa una alternativa al modelo hegemónico mercantil, gubernamental o académico (Romero y Mesías, 2004) porque entiende el fenómeno como un proceso y no como un dato acabado, sino asume la realidad de conformación y transformación del espacio, en el tiempo; por la naturaleza misma de la vida humana, en este sentido, se entiende que todo proceso que no sea participativo es impositivo, porque no se toma en cuenta en la concepción misma del proceso de producción arquitectónico y urbano al “Otro”.

La arquitectura participativa busca comprender el fenómeno desde su complejidad, porque asume que diferentes grupos sociales y culturas, tienen necesariamente distintas formas de manifestar su ser en el mundo, es decir, tienen distintos modos de habitar y de configurar en ello su estética. Estas formas y modalidades son precisamente las que deberían determinar la construcción de los espacios socialmente habitables. Esto significa un replanteamiento en la construcción misma del saber arquitectónico, lo cual configura un nuevo espacio epistemológico donde existen teóricos y críticos de la arquitectura y de la ciudad como: Christopher Alexander, John Habraken, Rodolfo Livingston, entre otros; quienes proponen formas de diseño participativo en el que los pobladores se convierten en los actores principales del proceso de diseño y producción de su vivienda y ciudad.

Este tipo de producción arquitectónica abandona la pretensión de considerarse arte, sin embargo no abandona la pretensión estética, una estética cuya definición y determinación viene dada por el habitante mismo y no por el arquitecto, la arquitectura participativa, busca entre muchas otras cosas, generar percepciones de calidad en sus habitantes, pero estas percepciones y su correspondiente calidad serán fruto, a diferencia de las ideas del CIAM y de la Bauhaus, de las decisiones, consensos y discusiones previas de todos los actores que intervienen en la producción de una vivienda o de un hábitat determinado.

Bibliografía

Paul Valéry. (2007). Eupalinos o el arquitecto. México: UNAM.

Gilles Lipovetsky. (2015). La estetización del mundo. Barcelona: Anagrama.

Alberto Saldarriaga. (1988). Arquitectura para todos los días. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Jane Jacobs. (2011). Muerte y vida de las grandes ciudades. Madrid: Capitán Swing.

Gustavo Romero y Rosendo Mesías. (2004). La participación en el diseño urbano y en la producción social del hábitat. México: CYTED.



1 Es en este contexto del siglo XX que se comienza a escribir e historiar el tema de la vivienda en la historia tradicional/occidental de la arquitectura.

2 Termino que ha utilizado Gustavo Romero Fernández para referirse al fenómeno complejo de la producción del hábitat, precisamente para hacer hincapié en lo reduccionista que resulta utilizar el término “arquitectura”.



La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal