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INTERDISCIPLINAR 2 FERNANDO TORRES .EDITOR


ANTONIO RUIZ SALVADOR




ATENEO, DICTADURA

Y REPUBLICA

Interdisciplinar (2) 37

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Antonio Ruiz Salvador


Ateneo, Dictadura, República

Fernando Torres ‑ Editor


Cirilo Amorós, 71 ‑ Valencia

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------ANTONIO RUIZ SALVADOR


Es profesor de español en Canadá (Dalhousie University). Nació el 16 de febrero de 1937 en Madrid. Hizo la licenciatura en Historia (Brandeis University) y estudios posteriores en Estados Unidos (consiguiendo el grado de Doctor en Filosofía por Harvard University). En 1971 publicó en Tamesis Books Limited, de Londres, el libro el Ateneo científico, literario y artístico de Madrid (1835‑1885).

C) ANTONIO RUIZ SALVADOR

De esta edición FERNANDO TORRES ‑Editor.

Valencia, 1976.

I.S.B.N.: 84/7366‑069‑2
Dep. Legal: V.470‑11977.

Gráficas Levante, S. A. (Alboraya) Valencia



Índice



1Dictadura 9

I. Primo de Rivera: la primera dictadura y el

desafío ateneísta 15

II La segunda dictadura: Dámaso Berenguer 47

III La Tercera dictadura: Aznar y el desafío

Ateneísta................................................. . 99


2. República 109

I. La “primera”República 113

II La “segunda” República 203

III.La “tercera” República 241


APENDICES: I. Conferencias dadas en el Ate‑

neo de Madrid (13 de septiembre de 1923a

18 de julio de 1936) ‑ 251

II Veladas, actos y exposiciones 263

III. Juntas de gobierno 267


No valdría la pena


Contar su historia a quien jamás la olvida

Jorge Guillán


Cualquier homme, que l`,oya ,y bien trobar sopiere.

Puede más añadir é enmendar si quisiere.
Juan Ruiz
I. DICTADURA
¨‑La hostilidad de los intelectuales hacia la Monarquía en su última etapa dictatorial se tradujo en un rompimiento abierto, creándose una especie de solidaridad profesional que les dio el tono de un movimiento político. El Ateneo de Madrid, institución dedicada exclusivamente a actividades culturales, se transforma en lugar eminente de agitación política, porque la cultura en aquella época de España, como en la actual, tenía que tomar fatalmente un cariz subversivo".
Juan B. Climent ´´Mito y verdad de Manuel Azaña‑‑‑, Excelsiór. (México, D. F., 13 de abril de 1958).
Fiel a una antigua tradición decimonónica, el Capitán General de la Cuarta Región se pronunciaba en Barcelona el 12 de septiembre de 1923; con el manifiesto que Miguel Primo de Rivera dírigía a la nación en esa fecha, quedaba cerrada la larga etapa canovista de desmilitarización de la política española y, como el Guadiana, reaparecía el espadón.
Según el manifiesto, el Directorio militar (nuevo Amadís) no veía para España ‑‑‑otra salvación que libertarla de los profesionales de la política", de las "rastreras intrigas políticas" que toman por pretexto la tragedia de Marruecos", de las "pasiones tendenciosas alrededor de¡ problema. de las responsabilidades ..

Ante males tan obvios, tampoco veía necesidad de justificar el golpe militar (mandado e impuesto, al fin y al cabo, por "el pueblo sano"), aunque sí, y sin dejar lugar a dudas, de advertir de las consecuencias a aquellos que pretendieran ir en contra de la voluntad nacional:


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`Pues bien; ahora vamos a recabar todas las responsabilidades y a gobernar nosotros u hombres civiles que representen nuestra moral y doctrina. Basta ya de rebeldías mansas que, sin poner remedio a nada, dañan tanto o más a la disciplina que esta recia y viril a que nos lanzamos por España y por el Rey. Este movimiento es de hombres; el que no sienta la masculinidad completamente caracterizada, que espere en un rincón, sin perturbar los días buenos que para la Patria preparamos".
0 de lo contrario... primer aviso, de celtibérica dialéctica, al que seguía la amenaza directa M aunque "traemos por lema: Paz, paz y paz... anunciamos que la fé en el ideal y el instinto de conservación de nuestro régimen nos llevará al mayor rigor contra los que lo combatan".

Aun de una lectura rápida y superficial M texto M manifiesto, resulta evidente que, a partir M 13 de septiembre de 1923, y "cumpliendo" decimonónicamente la voluntad nacional, el Directorio militar extendía oficialmente el certificado de defunción M parlamentarismo español, iniciando una etapa dictatorial que, por exceso de buen humor (al fin y al cabo eran los felices años veinte), se denominaría, en ocasiones, la dicta blanda. Aunque desde un punto de vista constitucional, por supuesto, el mayor o menor grado de severidad en una dictadura carece totalmente de sentido, si importa destacar que, de hecho, España y los españoles perdieron con el. Directorio, y de un plumazo, mucho de lo que con tanto esfuerzo habían ido consiguiendo desde los llamados "años bobos", sí, pero parlamentarios, de la Restauración. El 13 de septiembre de 1923 se cerró un capítulo dela Historia de España que merece ser recordado 'aunque sólo sea por haber "acostumbrado" a los españoles al parlamentarismo, que no es poco. Curiosamente, la tan vilipendiada fantasmagoría de Cánovas M Castillo, el monstruo, pasaba a ser añorada cuando "aquello" era substituido por "esto": y se citarían frases M monstruo, porque bajo la dictadura, citar a Cánovas era estar al servicio de la democracia, estar en la oposición. Un simple ejemplo:


"A mí me repugna todo espacio de silencio en la Historia. No quiero la muerte del espíritu político: quiero que se lo reforme, si se extravía; que se le contenga,.
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momentáneamente, cuando haya absoluta necesidad de ello; a raíz de una gran perturbación; pero que se le deje volar libremente tan pronto como la inminencia de¡ riesgo sea pasada. De la controversia nacen las ideas; los progresos y el bienestar público. La discusión produce naciones como Inglaterra. El silencio produce naciones como la España de Carlos II" (1).


Y, va implícito, como la de Miguel Primo de Rivera.
Las páginas que siguen son el estudio de un espacio de silencio en la Historia de España (13 de septiembre de 1923 a 14 de abril de 1931), o, más bien, el de una institución (el Ateneo de Madrid) y unos hombres (los ateneístas) que, por también repugnarles todo espacio de silencio en su historia, no aceptaron la autoridad de los espadones y sí su reto; porque, como diría Miguel de Unamuno el dos de mayo de 1930 en el Ateneo, ‑‑‑... la dictadura militar se apoderó de¡ Poder, no de la autoridad, porque hay que reconocer que han tenido poder, pero no autoridad".
,Si tuviera que mencionar a todos aquellos que, de una forma u otra, han hecho posibles estas páginas, no sabría por quién empezar; mucho de este intento de recuperar un tiempo pasado (y no necesariamente perdido) lo debo a la memoria de un desconocido, Amós Salvador y Carreras, mi abuelo materno; mucho (si no todo) del querer recuperarlo se lo debo a Bessa, mi mujer, sin cuyo tesón estas páginas no se habrían escrito; a ellos dos, al Canadá Council, y a tantos (y por tanto), gracias.
A.R.S.

Dalhousie University

Halifax, Nova Scotia, Canadá

MAYO‑1976


  1. Palabras de Cánovas del Castillo recogidas por Manuel Aguirre de Carcer, Glosa del año 23, Madrid, 1944, pág. 361.

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Primo de Rivera: la primera dictadura y el desafío ateneísta.

Poco después de golpe y manifiesto de Primo de Rivera con que, casi coincidiendo con el universitario, se abría el año político, el Ateneo de Madrid inauguraba el curso 1923‑1924, tal y como prescribía el reglamento de la casa, con una memoria y un discurso leídos, respectivamente, por el secretario primero, Luis de Tapia, y el presidente, Angel Ossorio y Gallardo. Con esta sesión de¡ 20 de octubre de 1923 se iniciaban oficialmente las tareas ateneístas y además, y esto es lo verdaderamente importante del acto, el Ateneo, asumiendo una doble responsabilidad intelectual y política, se enfrentaba abiertamente con el Directorio militar.
Aunque reglamentariamente el secretario primero no tenía más obligación que la de resumir las actividades de¡ curso anterior (obligación que no siempre se cumplía), la memoria de Luis de Tapia iba más allá de lo exigido, aunque sin duda no de lo anticipado por los ateneístas que asistían a la sesión inaugura¡, ya que además de resumir, justificaba:
"La conmoción intensa que en toda España produjo la

catástrofe de Annual reflejóse de modo apasionado y lógico

en el Ateneo. No es este Centro Cultural, ni lo ha sido

nunca, frío laboratorio especulativo, en el que se persiga la

verdad científica sin el calor de la pasión política" (2).
No ignoraba Luis de Tapia, por supuesto, que el

reglamento declaraba expresamente que el Ateneo era


(2) Memoria leída en el Ateneo de Madrid por el Secretario primero Don Luis de Tapia, con motivo de la inauguración del curso académico 1923­24. Madrid, 1923, pág. 5.
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una Sociedad exclusivamente Científica, Artística y Literaria. Sin embargo, preguntaba retóricamente a sus consocios: "¿debemos atenernos estrictamente a adverbio tan impropio de nuestro carácter" (pág. 6).
Los debates sobre las Responsabilidades, que habían tenido lugar durante el curso anterior con gran brillantez, eran perfectamente lógicos dentro de una tradición ateneísta iniciada, precisamente, en su momento fundacional. Y casi un siglo más tarde, Tapia repetía las palabras del duque de Rivas, primer presidente de la casa:
"instalado queda, pues, el Ateneo que dedicará sus constantes tarea, a difundir las luces por todas las clases de la sociedad y a vulgarizar los, conocirnientos útiles para que así se afiancen sobre sus v,‑rdideias bases los principios políticos que hacen la felicidad de los pueblos y la gloria y la preponderancia de las naciones" (Pág., S).
De tal modo (continuaba Tapia) el ilustre autor de V. Álvaro' marcó la futura y romántica fuerza del sino ateneísta. Desde aquel instante fue siempre ligada la vida de esta Casa a las emociones cívicas y a los movimientos políticos de cada día y de cada hora" (pág. 6).
Así había sido desde 1835 y así seguiría siendo: "El Ateneo interviene con fuego ardoroso en todos los problemas nacionales" (pág. 6), añadía Tapia en un retador presente de indicativo, que incluía tanto al pasado como al futuro; pues
‑‑‑por fortuna no son los socios de este Ateneo esclavos que encerrados en el hermético recinto de su cátedra laboreen a ciegas por el progreso científico, artístico y literario.
Gústales trabajar en su taller, pero a condición de hacerlo a plena luz y sin sentirse amarrados por cadena alguna. Ante todo, quieren respirar el aire pleno de la libertad ciudadana. Y es justo que cuando los rectores y malos pastores de su patria pongan a ésta y a sus hijos en apurado trance de merma de dignidad, se alcen unidos en defensa de la Justicia, de ¡a Ética y de la Moral" (Págs. 6‑7).
Lo contrario sería absurdo,
‑‑‑porque sería, en verdad, triste que, encerrándose en los muros de este recinto, laborasen especulativamente, sin contacto con el ambiente exterior, y un día, al salir de sus aulas con un puñado de verdades, en victorioso eureka, se encontrasen con la pavorosa sorpresa de que la patria no existía" (pág. 11).
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Este día era el 13 de septiembre. Parlamentariamente al menos, España había dejado de existir, y si la libertad política y las tareas intelectuales estaban directamente relacionadas, ¿podría el Ateneo existir en una dictadura? La pregunta, para Luis de' Tapia, sobraba. Tampoco convenía precipitarse, sin embargo, y a las amenazas, más o menos veladas de¡ manifiesto, contestaba el Ateneo con una reafirmación de su derecho a intervenir en los problemas políticos por considerarlos inseparables de los intelectuales. Y aunque el‑‑‑movimiento revolucionario militar" preocupaba, no intimidaba, ni menos aún amedrentaba al secretario ateneísta:


‑‑ ‑Harto reciente el hecho de fuerza, no tiene el que os habla autoridad ni tiempo para juzgarlo. Registrado queda en esta Memoria. De suponer es que Minerva, como compañera de armas, sea por los nuevos Poderes respetada. También la diosa de¡ saber ciñe armadura y empuña lanza con las que logró hasta hoy y ha de conseguir siempre ser invulnerable.
Y nada más respecto a este marcial asunto. En alto queda, pues, la espada de¡ vencedor, como la de! vizcaíno, y en suspenso dejamos este capítulo de caballería andante ,que aún no sabemos cómo ha de acabar para esta tierra de hidalgos y malandrines" (pág. 10).

El Ateneo, por medio de su secretario primero, optaba por la única salida que le permitían su. tradición y su dignidad: aceptar el reto M Directorio y atenerse a las consecuencias pregonadas por el manifiesto:


"Mientras el Ateneo conserve su hermosa e intangible libertad, su labor cultura¡ y política estará asegurada. A conservar libertad tan precisa para la vida de nuestro hogar debe dirigirse en estos momentos nuestro esfuerzo todo. ¡Y conste que subrayo. en estos momentos!‑ (pág. 19).
Las alusiones, las ambigüedades, el hablar entre líneas, todo cesa en este párrafo, y en esta frase, los días que han de venir no son de tregua (pág. 21): cuando el vocabulario se hace bélico sólo resta velar las armas en tensa espera. La memoria terminaba con esta frase, que era todo un presagio: "Acaso nos abandona la gran trágica (la recientemente fallecida Sarah Bernardht) cuando para nosotros empieza la tragedia" (pág. 21).

A las palabras de Luis de Tapia, que eran todo menos un vivan las cadenas, seguían las de Angel Ossorio y


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Gallardo, de tono y contenido igualmente combativos: "Después el presid6rite habló para alusiones. Que no otra cosa fue la lectura de su discurso sobre la Agonía de¡ Príncipe de la Paz", reseñaba la revista España, dirigida entonces por un ex secretario primero y futuro presidente de¡ Ateneo, Manuel Azaña (3).


¡Y qué alusiones! El Ateneo, desde luego, no secundaba el viva el rey lanzado por Primo de Rivera en el manifiesto: Carlos IV, tenido por "sincero bobalicón", ‑habla resultado ser un "redornado marrullero"; María Luisa, "poco menos que Mesalina"; Fernando VI, seguía Ossorio, "en vituperar al cual es en una de las contadísimas cosas donde hemos logrado unanimidad los españoles"... Si la familia real española salía malparada, no era sólo por acontecimientos ocurridos años atrás, sino por los más recientes del mes de septiembre: lo que poco tiempo después se haría abiertamente, lo hacía Ossorio aún por alusiones estableciendo que, así como Carlos IV había sido en parte responsable de la ascensión de Godoy al poder, Alfonso XII) lo era de la de Primo de Rivera. Es decir, la vieja táctica del donde digo digo, no digo digo, sino digo Diego.
El discurso presidencial se central5a en el Príncipe de la Paz, Manuel Godoy, que "según los momentos y los sucesos, aparece como traidor a su patria, o como su abnegado paladín, como risible analfabeto, o como discreto protector de la cultura‑; y conviene recordar que, años más tarde, Ángel Ossorio escribiría que el Directorio había sido ‑‑‑por esencia analfabeto", y los generales sublevados el 13 de septiembre, "enemigos, por definición, de todos los españoles que supieran leer y escribir­(4).

Si el ‑‑‑deplorable mundillo" de la corte de Carlos IV era un "manantial de enseñanzas", resulta significativo que Ossorio, al rehacer la biografía de un hombre fuerte del pasado histórico, se centrara, casi exclusivamente, en su caída, en su exilio de París (aquí Ossorio llegaba hasta la profecía), en la agonía del Príncipe de la Paz:


(3) ‑‑‑“La inauguración del Ateneo”‑‑‑, España (27 de octubre de 1923), pág. 7. Véase también Angel Ossorio y Gallardo, La agonía del Príncipe de la Paz, Madrid, 1923.

(4) Angel Ossorio, Mis memorias, Buenos Aires, 1946, p


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"Todo el poder de España estaba en manos de Godoy la noche del 17 de marzo de 1808. La voluntad regia, el Ejército y la Marina, la Hacienda, el interés y el miedo de los españoles... ¿Quién se movería sin su licencia? ¿Quién osaría mirarle cara a cara? Pues en contadísimos minutos, toda aquella fortaleza vino por tierra, al soplo de unos cuantos mozallones, más mercenarios que convencidos; con facilidad y diligencia tan extrema, que el cuadro apenas traspasó los límites de la caricatura (Grandes aplausos)" (5).


Resulta evidente por la reacción del auditorio ateneísta, que a nadie se le escapaba la lección de la Historia: si hasta Godoy cayó, también al nuevo Príncipe de la Paz (‑‑‑traernos por lema: Paz, paz y paz") le llegaría su día. Las palabras de Ossorio encerraban un mensaje de esperanza: la agonía de Miguel Primo de Rivera había comenzado el 13 de septiembre,
Acto seguido, el presidente del Ateneo declaraba abierto el curso de 1823‑1824. Pudo ser una equivocación, pero bien pudo ser un error voluntario; fuera ‑lo que fuere, el hecho es que, puntualmente, al siglo justo, el año 23 volvía a abrir otra época ominosa de la Historia de España.
El silencio del Ateneo: ‑‑‑Lock‑out‑ y dimisión de la Junta de Ossorio y Gallardo
Después de las andanzas de Tapia y de Ossorio, sin embargo, la primera conferencia del nuevo curso, haría pensar que la política del Directorio iba a ser no sólo respetada, sino, además, defendida en el Ateneo. A pesar del título, De la libertad y del progreso en su relación con la democracia y el orden internacional (24 de octubre de 1923), el conferenciante, conde de Lizárraga (ex ministro y director de uno de los departamentos del Instituto de Reformas Sociales), comenzaba diciendo que no se ocuparía de ‑cuestiones políticas, porque no son estos momentos propicios...‑.
Pero si hablar de política, dentro del ámbito ateneísta, era hablar desde la oposición, a esto debía referirse el conde cuando, pidiendo respeto para sus ideas, hablaba contra la oposición, desde la posición del Directorio militar:
(5) "Solemnidad en el Ateneo", el Sol (23 de octubre de 1923).
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"El coste de la vida dará lugar a luchas sangrientas y el régimen democrático habrá contribuido a ello, dice (reseñaba El Sol el 25 de octubre), y sostiene que sólo en algunos países como Francia es posible (la democracia) por la gran difusión de su propiedad. Insiste en que Rusia está destruyendo la libertad; que a título de la libertad estamos corrompiendo las costumbres con espectáculos inmorales, y que es España el pueblo en que la libertad hizo más daño, resultando por una paradoja una verdadera opresión".
Aunque "fue aplaudido", opiniones de este tipo no debieron caer bien y, al día siguiente, el conde intentaba aclarar en El Sol (26 de octubre) lo que había querido decir en el Ateneo:
"Poco he de decir de mis afirmaciones sobre el régimen democrático. En sustancia, lo que afirmé es» que los defectos a él inherentes, y que los tratadistas reconocen, hacen difícil su adaptación donde no se dan condiciones de general cultura y de independencia económica, y que la democracia sin contrapeso, como fuente exclusiva de la autoridad y M Poder público (claro es que esto no se refiere a España), tal vez no sea, por lo menos en mucho tiempo, la forma de gobierno más adecuada".
Y comentaba El Sol. aunque el conde no nos aclare nada con sus aclaraciones, 1ícito es a todos exponer sus pensamientos, desde que en el mundo civilizado impera el régimen democrático".
Y como si siguiera imperando, como si nada hubiera cambiado en España el 13 de septiembre, la sección de Ciencias morales y políticas hacía público su plan de trabajo para el curso recién inaugurado: se organizarían conferencias sueltas sobre temas de carácter político y social planteados por la posguerra en el mundo, un curso de 'Estudios superiores políticos y administrativos, un ciclo de conferencias sobre figuras y acontecimientos políticos de la España M siglo XIX, "y otros temas vivos y actuales que nuestra situación política M instante sugiere al libre examen crítico de( pensamiento".
Si esto era ya un peligroso alarde de, independencia en un país cuyo régimen no era ya el democrático, el último proyecto de la sección constituía todo un desafío al Directorio:
Finalmente como en el curso anterior y respondiendo al propósito anunciado de persistir en la campaña empren
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dida, desde mañana viernes continuará la discusión de la Memoria de¡ Sr. Arantave sobre Responsabilidades‑ (Et Sol 26 de octubre).
Dos reuniones celebradas para discutir este tema eran suficientes para que, lacónicamente, España (3 de noviembre) escribiera: ‑‑‑Centro que debía cerrarse. El Ateneo, por irresponsable".
El Gobierno militar, sin embargo, no tomaría medidas contra el Ateneo hasta después de la conferencia que el ex diputado radical Rodrigo Soriano pronunciaba el 7 de noviembre, con el título de Ayer, hoy y mañana, así resumida al día siguiente por El Sol.«
Imputaba a la Restauración el arraigo de¡ caciquismo, y atacó a los partidos turnantes, cuyo fondo ideológico, sí lo poseían, no podía tener mayores afinidades. La crítica no fue menos severa para izquierdistas de toda laya, en pugna de adulación con los más perfectos palaciegos.
Afirmaba que el Directorio infundía vigor a la conocida frase de Cánovas, pues en sus manos está el continuar la historia de España, aunque 'de la operación salga muerto lo que se quería salvar'.
Recordó el discurso de¡ general Primo de Rivera en Cádiz respecto de Marruecos, y la ratificación de aquel criterio en el Senado, lo que costó al general ser destituido de la Capitanía General de Madrid.
Le parece que el movimiento actual tiene su mayor defecto en la ingenuidad que lo nutre.
Se habla y se escribe demasiado, y eso es incompatible con la función dictatorial.
Los políticos de¡ antiguo régimen dejan avanzar al presidente hasta que produzca su labor espanto en quienes más pueden perder, pues todo se lo juegan.
No se puede hacer una revolución de casta. Hay que encauzar la voluntad nacional, atacar el mal en sus raíces y acometer la reconstitución de España.
A salvarla deben aprestarse, sin credos políticos, los nombres de buena fe.
Rómpanse de una vez las trabas que lo impiden.
La juventud impondrá al dictador.
Es la hora de la democracia, y el Directorio debe aprovecharla, pues mejor ocasión que ésta no se ofrecerá jamás a hombre alguno.
El Sr. Soriano fue muy aplaudido".
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El 9 de noviembre, el Gobierno se decidía a mover su primera pieza: entre los socios que, casi como disimulando, habían escuchado una conferencia políticamente intachable de Odón de Buen, El Ateneo y la próxima reunión en Madrid de la Unión Internacional Geodésica y Geofísica, circulaba un rumor que El Sol se encargaba de corroborar el día 12:
"Con motivo de ¡os últimos actos públicos organizados por el Ateneo de Madrid, la Directiva ha recibido una comunicación de la autoridad correspondiente en la que recuerda el deber de avisar con tiempo oportuno para que un delegado asista a dichos actos.
Aunque hasta ahora no ha recaído acuerdo en la docta casa, se tiene la impresión de que serán suspendidas las discusiones y conferencias que estaban en proyecto‑‑‑.
Y se suspendieron, pero no por el Gobierno, sino por la propia Junta ateneísta, y no necesariamente por rnotivos de cautela. Aunque en forma un poco simplista, Ángel Ossorio comentaría años más tarde este incidente:
“.. y acordó el Gobierno enviar a nuestros actos un delegado de la autoridad. Inmediatamente me negué a aceptarlo y propuse a mis compañeros que, en seña¡ de protesta cerrásemos la tribuna y suspendiéramos toda actuación pública" (6).
Ante esta situación de ‑‑‑Lock‑out, el 23 de noviembre se facilitaba la siguiente nota en la Dirección General de Seguridad:
"La publicidad que necesariamente tienen, a pesar de su carácter privado, las conferencias y demás actos organizados por el Ateneo de Madrid, extraños en algunos casos a los fines de cultura que persigue dicho centro, como lo demuestran los incidentes ocurridos y las protestas formuladas por los mismos socios, fue motivo para que la Dirección General de Seguridad se considerase en la obligación de exigir el cumplimiento de inexcusables preceptos legales cuando se trata de reuniones de esa naturaleza, a fin de que pudieran verificarse con la asistencia de un delegado de la autoridad.
Este acuerdo, comunicado al Ateneo con fecha '9 dela actual, ha sido, sin duda. erróneamente interpretado por su

(6) Angel Ossorio, La España de mi vida. Autobiografía, Buenos Aires, 1941, pág. 103. Viene a decir casi lo mismo en Mis memorias, Buenos Aires, 1946, pág. 124. Simultáneamente, la Junta de gobierno presentaba una reclárnación al Directorio militar.


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Junta directiva, que no sólo suspendió todas las conferencias y reuniones que venían verificándose, sino hasta las que reglamentariamente hubiera de celebrar dicha Junta.
Y como ni el espíritu ni la letra de la comunicación dirigida con tal motivo al Ateneo de Madrid autorizan esa interpretación, pues de su lectura se desprende con toda claridad que las garantías necesarias para, el mantenimiento del orden, mediante el cumplimiento de lo dispuesto en la ley de Reuniones, han de alcanzar exclusivarnente sólo a aquellos actos en que, tanto por la significación política de las personas como por la índole de los temas que siendo ajenos a toda misión de cultura científica o popular produzcan estados de opinión y excitación en los ánimos, determinantes, acaso, de graves perturbaciones en la vida del país, el señor director general de Seguridad ha creído conveniente dirigirse de nuevo al señor presidente del Ateneo de Madrid para confirmar lo manifestado en su anterior comunicación, puntualizando el verdadero alcance de su acuerdo, que, como queda dicho, no afecta a las reuniones que el Ateneo celebrara o haya de celebrar sobre asuntos de régimen interior, ni a las relacionadas de un modo directo con la Ciencia, el Arte o la Literatura, sin que, por tanto, exista razón alguna en que dicho Centro pueda fundamentar la suspensión o modificación de su vida ordinaria ni el desarrollo de sus verdaderos fines culturales(El Sol, 24 de noviembre).
En vista de estas aclaraciones, la Junta directiva del Ateneo anunciaba, el día 27 de noviembre, la reunión de la junta general ordinaria (correspondiente al mes de noviembre), seguida de otra extraordinaria para tratar de las disposiciones de las autoridades gubernamentales. Y El Sol (1.' de diciembre) informaba que el Ateneo había decidido
"mantener la actitud adoptada por la Junta directiva en tanto el Directorio militar no conteste la consulta que el Ateneo le elevó en vista del Oficio de la, Dirección General de Seguridad‑‑‑.
Es decir, se mantenía el "Lock‑out" ateneísta.
La cuestión, como es natural, rebasaba el marco físico del Ateneo y se hacía palpitante al tomar partido la prensa. La lectura de la nota aclaratoria de la Dirección General de Seguridad, en que se afirmaba "el deseo plausible de no estorbar la labor de cultura del Ateneo", motivaba un largo artículo de E. Gómez de Báquero en El Sol (26 de noviembre), "La Holanda de España", en que el autor, vicepresidente segundo del Ateneo, no se
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extrañaba de que‑‑‑se meta en política", dado lo difícil de esa distinción entre lo político y no lo político en la vasta área de las ciencias filosóficas y sociales. ¡Hasta su nombre tradicional de Ciencias Morales y Políticas indica ya lo ardua y arbitraria que es esa distinción!‑ Y añadía: "Será un bien para la cultura española que la tradición, ya casi secular, de respeto y tolerancia a la libertad de cátedra de¡ Ateneo, no se interrumpa‑‑‑. Resultaba evidente que, al publicarse en primera plana, el artículo adquiría perfiles de editorial, y que El Sol, al romper lanzas por un Ateneo sin exclusivismos, abogaba por una España igualmente libre. Días más tarde, el 4 de diciembre, volvía El Sol a apoyar al Ateneo, esta vez con un artículo sumamente elogioso (¿deuda aliadófila?) de Aubin Rieu Vernet, corresponsal de La Depáche.
‑ ‑‑Uno de los sucesos políticos es el silencio del Ateneo de Madrid", escribía en El Mundo de la Habana (5 de enero de 1924) Ramiro de Maeztu, "el curso está abierto, pero no se dan Conferencias. la Biblioteca está llena de socios, corno siempre, pero el salón de¡ sesiones está oscuro y vacío", Y ello debido, seguía Maenu, a un exceso de cautela por parte de la Junta Directiva ateneísta:
‑‑‑La Dirección de Seguridad ha planteado el dilema de enviar un delegado a las reuniones o hacer a la Junta de gobierno responsable de la que suceda. La Junta de gobierno ha preferido mantener cerrado el salón de sesiones... persuadida de que le sería imposible alejar de la tribuna las alusiones a las cuestiones de actualidad. Aunque se tratase de paleontología es muy probable que aprovechase la ocasión el disertante para hablar de los temas prohibidos en forma punible. En resumen, la Junta prefiere que no se hable a exponerse o exponer a sus socios a las penalidades consiguientes a delitos castigados con el fuero de la guerra‑‑‑.
Todo quedaría solucionado si la Junta de Gobierno aceptase la presencia del delegado, por supuesto, pero
,A esto se ha opuesto el Ateneo. La Junta comprende muy bien que el Ateneo no tiene derecho legal a ser tratado excepcionalmente, pero se encuentra con la tradición de que los Gobiernos se han abstenido hasta ahora de enviar delegado a sus reuniones. Y dice que no quisiera que esta tradición se interrumpiese durante su período de gobierno".
En resumen, el silencio se debía a que ‑‑‑el Ateneo dice al Directorio que si no se le deja hablar de política
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como estaba acostumbrado renuncia a hablar de ciencias y de letras". Pero, se preguntaba Maeztu, "¿tan poca cosa significa para el Ateneo la labor científica y literaria que se hace en sus aulas que renuncie a ella si no se le deja hacer a su guisa su labor política?‑ (7).
Cuando a mediados de enero de 1924 el silencio del Ateneo no parecía satisfacer a nadie, la Junta de gobierno en pleno presentaba su dimisión. Años más tarde recordaba Ossorio este episodio:
"Los generales sublevados el 13 de septiembre de 1923 eran enemigos, por definición, de todos los españoles que supieran leer y escribir. Dándome cuenta de ello acordé que como señal de protesta contra la militarada, cerrásemos la tribuna y no volviéramos a celebrar ningún acto público. Mis consocios lo tomaron a mal y acordaron resistir cualquier intento de la fuerza pública, batiéndose con ella ferozmente. Cachazudamente les advertí que no harían nada de eso, sino someterse ante el primer guardia de seguridad que se presentase en la puerta. Me afianzaron con amenazante valentía que no harían semejante cosa y que morirían defendiendo sus puestos. Yo no pude menos de acordarme del final de la República de 1873, y predije un fin similar. Presenté mi dimisión..." (8).
En El año político 1924 (Madrid, 1925, pág. 21), Fernando Soldevilla anota lo siguiente:
"Día 21 de enero de 1924. Dimisión de la Junta de gobierno del, Ateneo. A consecuencia de la decisión del Director de Seguridad, de enviar un delegado a los actos oficiales del Ateneo, éste había suspendido su vida oficial. Como algunos socios exigiesen que esta vida se reanudase, pero sin delegado, se celebró una junta para acordarlo.
El Sr. Ossorio, que presidía, comprendiendo que no había de poder lograrse lo pretendido, presentó la dimisión, y le siguió toda la Junta.
Esta sesión del Ateneo fue muy movida".
No es exacto: según el Heraldo de Madrid (14 de enero) y El Sol (15 de enero) el Ateneo anunciaba una junta general extraordinaria, para el día 21, para discutir
(7) "El silencio del Ateneo", recogido en Los intelectuales y un epílogo para estudiantes, Madrid, 1966


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