Antonio Muñoz Molina Sefarad Una novela de novelas



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Antonio Muñoz Molina

Sefarad
Una novela de novelas

© 2001, Antonio Muñoz Molina

© De esta edición:

2001, Grupo Santillana de Ediciones, S. A., Madrid

Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S. A.

ISBN: 84-204-4256-9

Depósito legal: M. 11.172 - 2001

Diseño: Proyecto de Enríe Satué

© Cubierta:

Félix Nussbaum, Autorretrato con pasaporte judío, 1943

Kulturgeschichtliches Museum, Osnabrück

Primera edición: marzo 2001

Segunda edición: marzo 2001

Tercera edición: abril 2001


Para Antonio y Miguel,

para Arturo y Elena,

deseándoles que vivan con plenitud

las novelas futuras de sus vidas.

«Sí», dijo el Ujier, «son acusados, todos los que ve aquí son acusados». «¿De veras?», dijo K. «Entonces son compañeros míos.»

Franz Kafka, El proceso

Índice


Índice 4

Sacristán 5

Copenhague 14

Quien espera 25

Tan callando 33

Ademuz 38

Oh, tú que lo sabías 48

Münzenberg 62

Olympia 77

Berghof 89

Cerbère 104

Doquiera que el hombre va 111

Sherezade 120

América 130

Eres 148

Narva 155

Dime tu nombre 165

Sefarad 178

Notas de lecturas 198



Sacristán


Nos hemos hecho la vida lejos de nuestra pequeña ciudad, pero no nos acostumbramos a estar ausentes de ella, y nos gusta cultivar su nostalgia cuando llevamos ya algún tiempo sin volver, y exagerar a veces nuestro acento, cuando hablamos entre nosotros, y el uso de las palabras y expresiones vernáculas que hemos ido atesorando con los años, y que nuestros hijos, habiéndolas escuchado tanto, apenas comprenden. Godino, el secretario de nuestra casa regional —que ha revivido de un triste letargo gracias a su dinamismo entusiasta— organiza regularmente comidas de hermandad en las que disfrutamos de los alimentos y de las recetas de nuestra tierra, y si nos disgusta que nuestra gastronomía sea tan poco conocida por los forasteros como nuestra arquitectura monumental o nuestra Semana Santa, también nos complacemos en poseer platos que nadie conoce y en designarlos con esas palabras que sólo para nosotros tienen sentido. ¡Nuestras aceitunas gordales o de cornezuelo!, declama Godino. ¡Nuestros panecillos de aceite, nuestros borrachuelos, nuestros andrajos, nuestros hornazos de Pascua, nuestra morcilla en caldera, que es morcilla de arroz, y no de cebolla, nuestro gazpacho típico, que no se parece nada a eso que llaman gazpacho andaluz, nuestra ensalada de alcauciles! En el reservado del Museo del Jamón donde solemos reunimos los de la directiva, Godino corta con gula un trozo de pan y antes de hundirlo en el plato de morcilla humeante hace un gesto como si bendijera y recita unos versos:
La morcilla, gran señora.

Digna de veneración.
El dueño del Museo es paisano nuestro, y suele encargarse, como dice Godino, del catering de nuestras comilonas, en las que no hay ni un solo producto que no haya venido de nuestra ciudad, ni siquiera el pan, que se hace en el horno de la Trini, el mismo que sigue haciendo las magdalenas más sabrosas y esos hornazos de Viernes Santo que llevan un huevo duro en el centro, y que tanto nos gustaban cuando éramos niños. Ahora, la verdad, nos damos cuenta de que su masa aceitosa se nos hace un poco pesada, y aunque en nuestras conversaciones seguimos celebrando el sabor del hornazo, su forma única en el mundo, hasta su nombre que nadie comprende más que nosotros, si empezamos a tomarnos uno nos lo dejamos sin terminar, y nos da un poco de pena desperdiciar comida, como nos decían nuestras madres, y nos acordamos de esas veces, en los primeros tiempos de Madrid, en que íbamos a la agencia de transportes a recoger alguno de aquellos paquetes de comida que nos mandaban de nuestras casas: cajas de cartón bien selladas con cinta adhesiva y aseguradas con cuerdas, trayéndonos desde tan lejos el olor intacto de la cocina familiar, la sabrosa abundancia de todo lo que nos faltaba y añorábamos tanto en Madrid: butifarras y chorizos de la matanza, borrachuelos espolvoreados de azúcar, hornazos, incluso algún bote de cristal lleno de ensalada de pimientos rojos, la delicia máxima que uno podía pedirle a la vida. Durante una temporada, el interior tétrico del armario en nuestro cuarto de pensión adquiría la suculenta y misteriosa penumbra de aquellas alacenas en las que se guardaba la comida en los tiempos anteriores a la llegada de los frigoríficos. (Ahora yo les digo a mis hijos que hace nada, cuando yo tenía su edad, en mi casa no había aún frigorífico ni televisor, y no se lo creen, o peor aún, me miran como si yo fuera un cavernícola.)
Llevábamos meses muy largos lejos de nuestra casa y de nuestra ciudad, pero el olfato y el paladar nos daban el mismo consuelo que una carta, la misma alegría honda y melancólica que nos quedaba después de hablar por teléfono con nuestra madre o nuestra novia. Nuestros hijos, que se pasan el día colgados del teléfono, hablando horas con alguien a quien acaban de ver un rato antes, no pueden creerse que para nosotros, no sólo en la infancia, sino también en la primera juventud, el teléfono era aún un aparato inusual, al menos en las familias modestas, y que llamar de una ciudad a otra, poner una conferencia, como se decía hace nada, era un empeño hasta cierto punto complicado, que exigía muchas veces hacer cola durante horas en locutorios llenos de gente, porque los teléfonos aún no eran automáticos. No soy precisamente un viejo (aunque mi mujer diga a veces que parezco avejado), pero me acuerdo de cuando tenía que llamar a mi madre al teléfono de una vecina, y esperar a que fueran a avisarla mientras sonaban los pasos en el contador de la cabina de madera de la Telefónica, en el locutorio de la Gran Vía. Escuchaba por fin su voz y me entraba una congoja que después sólo he vuelto a sentir muy raras veces, una sensación de estar muy lejos y de haber dejado sola a mi madre mientras envejecía. Los dos éramos muy torpes, nos ponía muy nerviosos aquel aparato nada habitual en nuestras vidas y nos agobiaba pensar en el dinero que estaría costándonos aquella conversación en la que apenas éramos capaces de intercambiar algunas formalidades tan trilladas como las de las cartas: estás bien, no te habrás puesto malo, no se te olvide abrigarte al salir por las mañanas, que está haciendo mucho frío. Era un mal trago atreverse a pedir que le mandaran a uno un paquete con comida, que le pusieran un giro. Colgaba uno el teléfono y de golpe se restablecía toda la distancia, y con ella, aparte de la desolación de salir a la calle un domingo por la noche, también el alivio algo canallesco de haber concluido una conversación incómoda en la que no tenía uno nada que decir.

Ahora que las distancias se han hecho más cortas es cuando vamos sintiéndonos más lejos. Quién no recuerda aquellos viajes eternos en el exprés de medianoche, en los vagones de segunda que nos trajeron por primera vez a Madrid, y que nos dejaban deshechos por la fatiga y la falta de sueño en los ingratos amaneceres de la estación de Atocha, la antigua, que nuestros hijos no llegaron a conocer, aunque alguno de ellos, muy pequeño, o todavía en el vientre de su madre, pasó noches rigurosas en aquellos trenes, que nos llevaban hacia el sur en las vacaciones tan anheladas de Navidad, en los días tan breves y tan valiosos de la Semana Santa o de nuestra rara feria tardía, que cae a finales de septiembre, cuando los hombres de la generación de nuestros padres recogían las uvas, las granadas y los higos más sabrosos, y se permitían el lujo de ir a las dos corridas de la feria, la del día de San Miguel, que la inauguraba, y la del de San Francisco, que era el día más esplendoroso, el día grande, como decían nuestros padres, pero también el más triste, porque era el último, y porque muchas veces la lluvia otoñal deslucía la corrida y obligaba a que permanecieran luctuosamente cubiertos por lonas empapadas los pocos carruseles de entonces.


Parece que el tiempo duraba más y que los kilómetros eran mucho más largos. Poca gente tenía coche, y el que no quería pasar la noche entera en el tren tomaba aquel autobús al que llamábamos la Pava, que tardaba siete horas en el viaje, primero por las vueltas y revueltas de la carretera hacia el norte de nuestra provincia y los desfiladeros y los túneles de Despeñaperros, que eran como el ingreso en otro mundo, la frontera última del nuestro, que se quedaba atrás, en los últimos paisajes ondulados de olivos; y después por los llanos eternos de La Mancha, tan monótonos que el sueño solía unirse entonces al cansancio y prevalecer sobre el mal cuerpo y se quedaba uno dormido, y con un poco de suerte volvía a abrir los ojos cuando el autobús ya estaba muy cerca de las luces de Madrid: ¡la emoción de la capital, vista desde lejos, los tejados rojizos y sobre ellos los edificios altos que nos impresionaban, la Telefónica, el Edificio España, la Torre de Madrid!

Pero es otra emoción la que nosotros preferíamos, sobre todo cuando empezaron a gastársenos las ilusiones sobre la nueva vida que nos esperaba en la capital, o cuando simplemente nos fuimos acostumbrando a ella, como se acostumbra uno a todo, y según se acostumbra va perdiéndole el gusto, y la afición se le convierte en aburrimiento, en fastidio, en irritación escondida. Preferíamos la emoción de la otra llegada, la lenta proximidad de nuestra tierra, los signos que nos la anunciaban, no ya los indicadores kilométricos en la carretera, sino ciertos indicios familiares, una venta en medio del campo, vista desde la ventanilla del tren o del autobús, el color rojo de la tierra en las orillas del río Guadalimar, y luego las primeras casas, las luces aisladas en las esquinas, cuando llegábamos de noche, la sensación de haber llegado ya y la impaciencia de no haber llegado todavía, la dulzura de todos los días que aún nos quedaban por delante, las vacaciones ya empezadas y sin embargo todavía intactas.


Había entonces una última casa, ahora me acuerdo, en la que terminaba la ciudad por el norte, la última que se dejaba atrás cuando se viajaba hacia Madrid y la primera que se veía en el regreso, un hotelito antiguo con jardín al que llamaban la Casa Cristina, y que era muchas veces el punto de encuentro para las cuadrillas de aceituneros, y también el lugar donde se despedía a la Virgen cuando su imagen regresaba, a principios de septiembre, al santuario de la aldea de donde volvería el año siguiente, en la populosa romería de mayo, la Virgen a la que íbamos a rezarle de niños en los atardeceres del verano.

Quizás entonces estaban más claros los límites de las cosas, como en las líneas y colores y nombres de los países en los mapas colgados en las paredes de la escuela: aquella casa, con su pequeño jardín, con su farol amarillo en la esquina, era el final exacto de nuestra ciudad, y a un paso de ella ya empezaba el campo, sobre todo de noche, cuando el farol brillaba en el principio de la oscuridad, no alumbrándola, sino revelándola en toda su hondura. Hace unos cuantos años, dando un paseo con mis hijos, que todavía eran pequeños, porque recuerdo que el segundo iba de mi mano, quise llevarlos a que vieran la Casa Cristina, y por el camino fui contándoles que junto a ella nos citaba el amo de los olivares para el que trabajábamos como aceituneros mi madre y yo: era invierno, y cruzábamos los dos la ciudad helada y a oscuras, muy abrigados, yo con una gorra de pana de mi padre y unos guantes de lana, mi madre con un chal que la envolvía entera y le cubría la cabeza. Pero hacía tanto frío que las orejas y las manos se me quedaban heladas, y mi madre tenía que frotármelas con las suyas, más calientes y más ásperas, y me echaba en las yemas de los dedos el vaho de su respiración. Me emocioné contándoles esas cosas, hablándoles de mi madre, a la que ellos apenas habían conocido, les hice ver cómo había cambiado la vida en tan poco tiempo, pues para ellos era ya inimaginable que niños casi de su misma edad tuvieran que pasarse las vacaciones de Navidad ganándose el jornal en el campo. Entonces me di cuenta de que llevaba mucho rato hablando y dando vueltas sin encontrar la Casa Cristina, y pensé que por hablar tanto me habría perdido: pero no, estaba justo en el lugar que había ido buscando, y la que no estaba era la casa, me dijo el hombre al que le pregunté, la habían derribado hacía ya bastantes años, cuando ensancharon la carretera vieja de Madrid. De cualquier modo, aunque la Casa Cristina hubiera seguido en pie, la ciudad ya no terminaría en su esquina: habían crecido barriadas nuevas con bloques monótonos de ladrillo, había un polideportivo y un nuevo centro comercial que el hombre me mostró con orgullo, como se enseñan a un forastero los monumentos más notables. Sólo quienes nos hemos ido sabemos cómo era nuestra ciudad y advertimos hasta qué punto ha cambiado: son los que se quedaron los que no la recuerdan, los que al verla día a día la han ido perdiendo y dejando que se desfigure, aunque piensen que son ellos los que se mantuvieron fieles, y nosotros, en cierta medida, los desertores.

Dice mi mujer que vivo en el pasado, que me alimento de sueños, como esos viejos desocupados que van a jugar al dominó en nuestra sede social y asisten a las conferencias o a los recitales poéticos que organiza Godino. Le contesto que más o menos eso mismo soy yo, casi un desocupado, un parado de larga duración, como dicen ahora, por mucho que me empeñe en emprender negocios que no llegan a nada, en aceptar trabajos casi siempre fugaces, y muchas veces ilusorios y hasta fraudulentos. Pero no le digo que ya me gustaría a mí vivir de verdad en el pasado, sumergirme en él con la misma convicción, con la voluptuosidad con que lo hacen otros, como Godino, que cuando come morcilla en caldera o recuerda algún chisme o algún apodo de un paisano nuestro o recita unos versos de nuestro poeta más célebre, Jacob Bustamante, enrojece de entusiasmo y felicidad, y está planeando siempre lo que va a hacer la próxima Semana Santa, y contando los días que faltan para el Domingo de Ramos, y sobre todo para el Miércoles Santo por la noche, cuando sale la procesión en la que él es cofrade y también directivo, «como lo fue en su día el insigne Mateo Zapatón, ahora retirado en la Villa y Corte», dice Godino, que aunque lleva toda la vida en Madrid conoce por su nombre y por su apodo a un número inusitado de nuestros paisanos, y llama a todo el mundo ilustre, celebérrimo, insigne, exagerando esa ge con tanta fuerza, a la manera de nuestra ciudad, que más de una vez suelta un perdigón de saliva al pronunciarla.

Es cierto, a muchos de nosotros nos gustaría vivir en el pasado inmutable de nuestros recuerdos, que parece repetirse idéntico en los sabores de algunos alimentos y en algunas fechas marcadas en rojo en los calendarios, pero sin darnos cuenta hemos ido dejando que creciera dentro de nosotros una lejanía que ya no remedian los viajes tan rápidos ni alivian las llamadas de teléfono que apenas hacemos ni las cartas que dejamos de escribir hace muchos años. Ahora que podríamos ir tan veloz y confortablemente por la autovía en apenas tres horas es cuando más de tarde en tarde regresamos. Todo está mucho más cerca, pero somos nosotros los que nos vamos quedando poco a poco más lejos, aunque repitamos las palabras antiguas y forcemos nuestro acento, y aunque todavía nos emocionemos al escuchar las marchas de nuestras cofradías o los versos que viene algunas veces a recitarnos «el vate insigne por antonomasia», como dice Godino, que le da coba y le admira y al mismo tiempo le toma el pelo, el poeta Jacob Bustamante, quien según parece no hizo caso a los cantos de sirena de la celebridad literaria y prefirió no venirse a Madrid cuando era más joven. Allí sigue, en nuestra ciudad, cosechando premios y acumulando trienios, porque es funcionario municipal, igual que otra de nuestras glorias locales, el maestro Gregorio E. Puga, compositor de mérito que tampoco hizo caso en su momento de esos cantos de sirena tan denostados por Godino: dicen (dice Godino, en realidad) que el maestro Puga culminó con brillantez sus estudios musicales en Viena, y que habría podido encontrar un puesto en alguna de las mejores orquestas de Europa, pero que pudo más en su ánimo el tirón de la tierra chica, a la que regresó con todos sus diplomas de excelencia en alemán y en letra gótica, y en la que muy pronto ganó por oposición y sin esfuerzo la plaza de director de la banda de música.


Nos gustaba volver con nuestros hijos pequeños y nos enorgullecía descubrir que se emocionaban con las mismas cosas que nos habían ilusionado en la infancia a nosotros. Querían que llegara la Semana Santa para ponerse sus trajes diminutos de penitentes, sus capuchones infantiles que les dejaban destapada la cara. Apenas nacían los inscribíamos como hermanos en la misma cofradía a la que nuestros padres nos habían apuntado a nosotros. Viajaban ansiosos en el coche, ya un poco más crecidos, preguntando nada más salir cuántas horas faltaban para la llegada. Habían nacido en Madrid y hablaban ya con un acento que no era el nuestro, pero nos daba orgullo pensar y decir que pertenecían a nuestra tierra tanto como nosotros mismos, y al llevarlos de la mano un domingo por la mañana por la calle Nueva igual que nos habían llevado a nosotros nuestros padres, al subirlos en brazos ante el paso de un trono para que vieran mejor al borriquillo que cabalga Jesús entrando a Jerusalén, o la cara verde y siniestra que tiene Judas en el paso de la Santa Cena, sentíamos consoladoramente que la vida estaba repitiéndose, que en nuestra ciudad el tiempo no pasaba o era menos cruel que el tiempo tan angustioso y trastornado de la vida en Madrid.

Pero se han ido haciendo mayores sin que nos diéramos cuenta y se nos vuelven unos desconocidos, huéspedes huraños de nuestra misma casa, encerrados en esos cuartos que se han vuelto como madrigueras sombrías, de las que salen a veces músicas insufribles, olores o ruidos que preferimos no identificar. Ya no quieren volver, y si les dice uno algo lo miran como a un viejo lamentable, como a un inútil, como si estuviera en las manos de uno encontrar de nuevo un trabajo seguro y decente cuando se ha pasado de los cuarenta y cinco años. Ya se han olvidado de todas las cosas que tanto les gustaban, la emoción de las túnicas y de los capirotes que les cubrían la cara como novelescos antifaces (Godino insiste en que la palabra nuestra es capirucho), el escándalo de las trompetas y de los tambores, el gusto de los puntos americanos que se vendían sólo en Semana Santa, pirulís de caramelo rojo rodeado por una espiral de azúcar, comprados en el puesto callejero de aquel hombre diminuto al que apodaban oportunamente Pirulí, que se murió hace unos pocos años, aunque a nosotros, que lo veníamos viendo desde niños, nos pareciera tan inmutable como la misma Semana Santa. Tampoco las atracciones de la feria les llaman ya la atención, y es como si sólo nosotros, sus padres, conserváramos algo de nostalgia y de gratitud por los modestos carruseles de hace tantos años, las cunicas, según les decíamos de niños, según les enseñamos a ellos a decir. Nada de lo que a nosotros nos gusta tiene ya significado para ellos, y de vez en cuando se nos quedan mirando con lástima o con indiferencia, y nos hacen sentirnos ridículos, vernos a través de lo que ven sus ojos en nosotros, gente gastada y mayor a la que no sienten que deban agradecerle nada, que les provoca sobre todo irritación y aburrimiento, y de la que se apartan como queriendo desprenderse de las telarañas sucias de polvo del tiempo al que nosotros pertenecemos, el pasado.


Vivir en él, en el pasado, qué más quisiera yo. Pero ya no sabe uno dónde vive, ni en qué ciudad ni en qué tiempo, ni siquiera está uno seguro de que sea la suya esa casa a la que vuelve al final de la tarde con la sensación de estar importunando, aunque se haya marchado muy temprano, sin saber tampoco muy bien adonde, o para qué, en busca de qué tarea que le permita creerse de nuevo ocupado en algo útil, necesario. En una de las últimas comidas de hermandad, la que tuvimos con motivo de la entrega a Jacob Bustamante de nuestra Medalla de Plata, Godino me reprochaba afectuosamente que llevara ya dos años seguidos sin ir a nuestra ciudad en Semana Santa. Yo le daba a entender que estaba pasando una época algo difícil, con la esperanza de que él, hombre de tantos recursos y conocimientos, pudiera echarme una mano, pero tampoco le pedía su ayuda abiertamente, por orgullo y por miedo a perder consideración a sus ojos. El desánimo, el pundonor herido, me mantenían más apartado que otras veces de las actividades de nuestra casa regional, aunque procuraba no faltar a las reuniones de la directiva, y me mantenía escrupulosamente al día en el pago de mis cuotas mensuales, Pero iba, de la mañana a la noche, como ausente de mí mismo, de un lugar a otro de Madrid, de un trabajo a otro, promesas que nunca llegaban a materializarse, encuentros que por algún motivo siempre se frustraban, chapuzas inseguras que me duraban unas semanas, unos pocos días. Pasaba horas esperando sin hacer nada o tenía que apresurarme para llegar a algo que se me frustraba por unos minutos de retraso.

Una mañana, en la plaza de Chueca, que yo cruzaba con el corazón en un puño, con la mirada recta, para no ver lo que sucedía alrededor, el trapicheo de la droga, el espectáculo de aquellos individuos sonámbulos, hombres y mujeres, con caras de muertos y andares de zombis, de enfermos de algo terrible, me encontré con mi paisano Mateo Chirino, al que cuando yo era pequeño llamaban Mateo Zapatón, no sólo por su oficio de zapatero, sino también por su tamaño, porque era un hombre más grande que la mayoría en esos tiempos, y usaba, me acuerdo, unos zapatos muy grandes, negros, con suela recia, unos zapatos inmemoriales que él mismo debería de llevar toda la vida remendando. Me fijé en eso cuando lo vi de nuevo, en sus zapatos inmensos, que parecían los mismos de hace no sé cuántos años, aunque ahora estaban deformados por los juanetes. Yo iba con mi traje oscuro de las entrevistas de trabajo, con mi maletín negro y mis carpetas: me habían aceptado, a prueba, como vendedor a comisión de materiales de autoescuela. Parado en el centro de la plaza de Chueca, con un abrigo grande, con un sombrero verde de corte tirolés al que no le faltaba ni el adorno de una pluma, Mateo Zapatón estaba observando benévolamente algo, como un jubilado fornido y holgazán, y parecía sostenerse sobre sus zapatones negros como sobre el pedestal de una estatua o el tocón de un olivo, así de arraigado al lugar donde estaba, el barrio de Madrid donde vivía ahora, y en el que daba la impresión de encontrarse igual de a gusto que en nuestra lejana ciudad común.

También su cara era la misma que yo recordaba, como intacta a pesar del tiempo: para un niño todos los adultos son más o menos viejos, así que cuando se hace mayor y vuelve a verlos al cabo de los años le parece que no han cambiado nada, que siguen en la misma edad estática que él les atribuyó cuando los veía en su infancia, cuando imaginaba que las personas han de permanecer siempre idénticas, y siempre han sido así, él siempre niño y sus padres siempre jóvenes, sin rastro de desgaste ni amenaza de morir. Lo vi una mañana muy fría de invierno, una de esas ingratas mañanas laborales de Madrid en las que las fachadas de los edificios tienen el mismo gris sucio del cielo sin lluvia. Yo iba, como siempre, angustiado por la falta de tiempo, por el apuro de llegar tarde a la cita con un cliente, el dueño de una autoescuela de la calle Pelayo. Había cometido el error de venir en mi coche y el poco tiempo que hubiera tenido para tomar un café lo perdí buscando aparcamiento por esas calles imposibles, llenas de tráfico, de gente, de travestís sin afeitar, de maleantes, de drogadictos, de repartidores de cosas, de furgonetas de carga y descarga que cortan la calzada y provocan una estridencia de cláxones que acaba ya de trastornarle a uno los nervios.

Iba tarde, iba en ayunas, había dejado el coche tan mal aparcado que no era improbable que se lo llevara la grúa, pero fue ver a Mateo Zapatón y el gusto de los recuerdos que su figura me despertaba pudo más que la prisa. Tan alto como siempre, erguido, con la misma expresión apacible en la cara, la nariz grande y los ojos un poco saltones, los carrillos rojos de frío y de salud, aunque ya aflojados por la edad, los andares tan firmes como cuando desfilaba vestido de penitente delante del trono de la Santa Cena, manejando su gran varal de directivo de la cofradía.



Aquel trono era uno de los más espectaculares de la Semana Santa, y el que más figuras tenía, los doce apóstoles en torno a la mesa con mantel de hilo y Cristo de pie en un extremo, una mano en el corazón y la otra alzada en el gesto de bendecir, y la orla de oro en torno a su cabeza vibrando con el movimiento majestuoso de las ruedas del trono sobre las calles adoquinadas o empedradas de entonces, con la misma tenue agitación con que se movían las llamas de las tulipas y el mantel blanco sobre el que estaban dispuestos el pan y el vino para el sacrificio litúrgico. Todos los apóstoles miraban hacia Jesús y tenían delante de las caras un pequeño foco que se las iluminaba dramáticamente de luz blanca; todos salvo Judas, que volvía la cabeza con un gesto de remordimiento y de codicia y miraba la bolsa de monedas de su traición, medio oculta detrás de su asiento. La luz que le daba a Judas en la cara era verde, un verde amarillento de malhumor hepático, y en nuestra ciudad todos sabían que esos rasgos que odiábamos los niños tanto como los de los malvados de las películas eran los de un sastre que tenía su tienda y su obrador en una esquina de la calle Real muy próxima al portal de Mateo Zapatón.

Godino me explicó la historia, no sin prometerme que me contaría otras aún más sabrosas: las figuras del trono, como casi todas las de nuestra Semana Santa, fueron esculpidas por el célebre maestro Utrera, según Godino uno de los artistas más importantes del siglo, que no obtuvo el reconocimiento que se merecía por haber preferido quedarse en una ciudad tan hospitalaria, aunque tan apartada, como la nuestra. Siendo un escultor genial, Utrera también fue un tremendo bohemio, y andaba siempre comido de deudas y perseguido por los acreedores, uno de los cuales, el más constante y también el más perjudicado, era aquel sastre del Real, que le hacía a medida sus camisas con monogramas, sus chalecos ceñidos, sus trajes con una hechura como los de Fred Astaire y hasta los batones flotantes que se ponía Utrera para trabajar en el taller. Cuando la deuda ya alcanzaba una cuantía inaceptable, el sastre se presentó en el café Royal, donde se reunía cada tarde la tertulia literaria y artística capitaneada por Utrera, y llamó en público al escultor sinvergüenza y ladrón, agitando vanamente en su cara el puñado de facturas impagadas. Muy digno, pequeño y recto, como empaquetado de tan elegante en el traje a lo Fred Astaire que no había pagado ni pensaba pagar, el escultor miró hacia otra parte mientras camareros y amigos sujetaban al sastre, que tenía los ojos saltones y la cara sudorosa por la ira, y que acabó marchándose tan de vacío como había venido, no sin haber recogido ignominiosamente del suelo del café las facturas que se le habían caído de las manos en el calor de su berrinche, como valiosas pruebas de una injuria que según amenazó sería reparada por los tribunales. Cuál no sería su sorpresa, me dijo Godino, anticipando el golpe con una gran sonrisa en su cara astuta y jovial, cuando unas semanas más tarde, el primer miércoles de Semana Santa en que desfilaba el nuevo grupo escultórico de la Santa Cena (el antiguo, como casi todos, lo habían quemado los rojos durante la guerra), el sastre vio con sus propios ojos lo que personas veloces y malévolas ya le habían contado, lo que ya corría por toda la ciudad, en palabras de Godino, «como un reguero de pólvora»: la cara torcida de Judas, la cara verde que se apartaba de la mirada bondadosa y acusadora del Redentor para examinar con codicia una bolsa mal escondida de monedas, era su vivo retrato, exactamente fiel a pesar de la exageración cruenta de la caricatura: aquellos mismos ojos saltones que miraron al escultor en el café como queriendo taladrarlo, «o petrificarlo, como los ojos de la Medusa», dijo Godino, que al enardecerse en sus relatos declamaba sus palabras preferidas: «¡Y la nariz semítica!». Al decir ese adjetivo Godino hacía un gesto adelantando la cara y mirando como debió de mirar el sastre al descubrir su retrato en la figura de Judas, y torcía o fruncía su nariz, que era pequeña y más bien chata, como si la enunciación de la palabra «semítica», en la que se deleitaba tanto que la repitió dos o tres veces, tuviera la virtud de volverle también a él tan narigudo como el sastre y como Judas, y como todos los sayones y fariseos de los pasos de Semana Santa, los judíos que le escupieron al Señor, según decíamos los niños en nuestros juegos de tronos y desfiles: había, en las calles empedradas o de dura tierra de entonces, otras semanas santas infantiles, y los niños desfilábamos en ellas tocando tambores hechos con grandes latas de conservas vacías, y trompetillas de latón o de plástico, y hasta paseábamos tronos que eran cajones de madera o cartón, y nos poníamos capirotes de papel de periódico.
Los dos llevan muertos ya mucho tiempo, el sastre irascible y el escultor bohemio y moroso, pero el bromazo vengativo del uno contra el otro perdura en las facciones torvas y todavía iluminadas de verde del Judas de la Santa Cena, aunque cada vez queda menos gente que pueda identificarlas, o que se acuerde de esas historias del pasado que cuenta Godino, no sé si inventándolas enteras, de tanto como las redondea y las adorna. Tampoco habrá muchos que reconozcan el modelo real de otro de los apóstoles, el San Mateo que se vuelve hacia Cristo entre devoto y asustado, las altas cejas subrayando el asombro de los ojos, porque es el momento en que su maestro acaba de decir que esa noche uno de los doce le va a traicionar, y todos se asustan y se escandalizan, hacen gestos ampulosos de dignidad herida, preguntando, «Maestro, ¿soy yo?», y entre tanto barullo ninguno se da cuenta de la cara verde y rencorosa de Judas, ni repara en el bolsón hinchado de monedas que nuestras madres nos señalaban cuando éramos niños y nos subían en brazos cuando pasaba por delante el trono de la procesión.

No me hacía falta que Godino me explicara que aquel noble San Mateo, recio de cuerpo y colorado de carrillos, era el vivo retrato de Mateo Zapatón, que tuvo así su instante de gloria pública la misma noche de Semana Santa que el sastre acreedor se hundía en el ridículo. Después de tomarse las medidas de los trajes en la sastrería, el escultor Utrera cruzaba la calle Real y le encargaba a Mateo sus zapatos hechos a mano, cuando tenía dinero o perspectivas de cobrar, y le llevaba los pares viejos para que se los remendara en los tiempos difíciles. Pero a diferencia del sastre, Mateo Zapatón jamás le recordaba a Utrera las cuentas atrasadas, en parte por el fatalismo algo poltrón de su carácter, que le inclinaba a acomodarse a todo, y en parte también porque le tenía al escultor una admiración fervorosa, que se acentuaba hasta la rendida gratitud cada vez que el maestro pasaba por la zapatería y se quedaba horas charlando con él, ofreciéndole sus cigarrillos rubios, contándole historias de sus viajes por Italia y de su vida en los círculos artísticos de Madrid de antes de la guerra. «Amigo Mateo», le decía el escultor, «tiene usted una cabeza clásica que merecería ser inmortalizada por el arte». Dicho y hecho: Mateo nunca llegó a cobrarle ni un céntimo, pero dio por cancelada la deuda cuando vio con un golpe de vanidad y de pudor su cara indudable entre las de los apóstoles, y también la hechura corpulenta de sus hombros y aquel gesto tan suyo de mirar de lado, hacia arriba, desde la altura tan escasa del taburete en el que se pasaba la vida. Siendo él penitente y directivo de la cofradía de la Ultima Cena, ¿podía imaginar una honra más grande que la de ser incluido entre los comensales? Cada rasgo, la actitud entera del santo evangelista, era de una fidelidad portentosa, salvo la barba, que el Mateo de carne y hueso no llevaba, aunque parece que estuvo a punto de dejársela, lo cual habría sido un atrevimiento inconcebible en aquellos años de bigotes finos y caras rasuradas. La sastrería estaba casi enfrente de su portal de zapatero, pero el sastre agraviado, cuando se cruzaba con él por la otra acera, bajaba la cabeza o miraba hacia otro lado, la cara más verdosa y la nariz más semítica que nunca, y a Mateo, como a tantos otros, le entraba tal gana de reír que se tapaba la boca para aguantarse, y se le ponían colorados los carrillos, más propios de un muñecón de falla valenciana que de la imagen piadosa de un evangelista.



Con un sobresalto de alegría vi en medio de la ciudad hostil esa cara venida de mi infancia, vinculada a los recuerdos más dulces de mi ciudad y de mi vida. De niño mi madre me mandaba muchas veces al portal de Mateo Zapatón, que sin conocerme de nada solía darme una palmadita en la cara y me llamaba «sacristán». «Vaya, sacristán, poco te han durado esta vez las medias suelas»; «Dile a tu madre que no tengo cambio, sacristán, que ya me pagará ella cuando venga». El portal era muy alto y estrecho, casi como un armario, y estaba separado de la calle por una puerta de cristales, que Mateo sólo cerraba en los días más rigurosos de invierno. Todo el espacio disponible, incluidos los laterales del cajón que usaba como mesa de trabajo y mostrador, estaba cubierto de carteles de toros y de Semana Santa, las dos pasiones del maestro zapatero: carteles pegados con engrudo, ya amarillos por los años, superpuestos algunos encima de los otros, anuncios de corridas celebradas a principios de siglo o en la feria del año anterior, en una confusión de nombres, lugares y fechas que alimentaba la erudición charlatana de Mateo, casi siempre rodeado de contertulios, con un cigarro o una tachuela entre los labios, o las dos cosas a la vez, narrador incansable de faenas históricas y de anécdotas del mundo taurino, que él conocía muy de cerca, porque los presidentes de las corridas de toros solían pedirle que les hiciera oficiosamente de consejero o asesor. Se le quebraba la voz y los ojos se le llenaban de lágrimas cuando rememoraba ante sus contertulios la tarde de luto en que vio, desde una grada de sol de la plaza de Linares, cómo el toro Islero embestía a Manolete. «Que te va a coger, no te arrimes tanto», decía que le había gritado él desde su grada, y se inclinaba como si estuviese en la plaza y hacía bocina con las manos, poniendo una cara trágica de anticipación, viviendo otra vez el instante en que Manolete aún podía haberse salvado de la cornada homicida, «la cornada fatídica», como decía Godino al imitar el relato y los aspavientos del zapatero apasionado, del que siempre me prometía que iba a contarme una gran historia misteriosa, un secreto que sólo él conocía en sus detalles más picantes.
Me acerqué a Mateo en la plaza de Chueca y me miró con la misma sonrisa ancha y benévola con que recibía a los parroquianos y a los contertulios en su portal de remendón. Me emocionó pensar que me reconocía a pesar de los años y de todo lo que yo habría cambiado desde las últimas veces que nos viéramos. Reparé entonces en otra circunstancia casual que lo vinculaba a mis recuerdos más antiguos y lo convertía sin que él lo supiera en parte de mi vida infantil: en el portal contiguo al de Mateo Zapatón estaba la barbería a la que me llevaba mi padre, y en la que también se había pelado y afeitado siempre mi abuelo, la de Pepe Morillo, que fue quedándose vacía según iban muriendo los clientes más viejos y los jóvenes adoptaban la moda del pelo largo. Ahora su puerta está tan cerrada como la de Mateo Zapatón y la del sastre con la cara de Judas, y como la de tantas tiendas que había en la calle Real antes de que la gente se fuera olvidando poco a poco de pasear por ella, dejándola convertida, sobre todo de noche y en los días de lluvia, en una calle deshabitada y fantasma. Pero entonces la barbería de Pepe Morillo estaba tan animada como el portal de Mateo Zapatón, y muchas veces, en las tardes templadas de abril y mayo, los parroquianos de la una y de la otra sacaban sillas a la acera, y fumaban y conversaban en una sola tertulia, observados desde el otro lado de la calle, desde la penumbra de su taller vacío, por el sastre huraño que se frotaba las manos detrás del mostrador y hundía entre los hombros la cabeza cada vez más idéntica a la del Judas de la Santa Cena, el misántropo de cara verdosa y nariz ganchuda al que empujaba lentamente a la quiebra la irrupción irresistible de la ropa confeccionada en serie.

Mi padre me llevaba de la mano a la barbería de Pepe Morillo (peluquería era entonces una palabra de mujeres), y yo era tan pequeño que el barbero tenía que poner un taburete encima del sillón para cortarme el pelo con comodidad y poder verme en el espejo. La cara le olía a colonia y el aliento a tabaco cuando se acercaba mucho a mí con el peine y las tijeras, con la maquinilla eléctrica que usaba para apurarme la nuca. Yo oía su respiración fuerte y agitada y notaba en el cogote y en las mejillas el tacto de sus dedos fuertes de adulto, la presión tan rara de unas manos que no eran las de mi padre o mi madre, manos familiares y a la vez extrañas, rudas de pronto, cuando me doblaban hacia delante las orejas o me hacían inclinar mucho la cabeza apretándome la nuca. Cada vez que me pelaba, ya casi al final, Pepe Morillo me decía, «cierra bien los ojos», y era que iba a cortarme el flequillo recto sobre las cejas, hacia la mitad de la frente. Los pelos húmedos caían sobre los párpados, picaban en la mejilla carnosa y en la punta de la nariz, y las tijeras frías me rozaban las cejas. Cuando Pepe Morillo me decía que ya podía abrir los ojos yo encontraba por sorpresa mi cara redonda y desconocida en el espejo, con las orejas salientes y el flequillo horizontal sobre los ojos, y también la sonrisa de mi padre que me miraba aprobadoramente en él.



De todo eso me acordé como si volviera a vivirlo al ver de improviso a Mateo Zapatón en la plaza de Chueca, y también de algo más que hasta ese momento no supe que estaba en mi memoria: una vez, mientras guardaba turno leyendo un tebeo que mi padre acababa de comprarme, me dio sed y le pedí permiso a Pepe Morillo para beber agua. Me señaló un patio interior, pequeño y umbrío, al fondo de la barbería, tras una puerta de cristales y un pasillo oscuro. Cuando uno era niño los lugares remotos podían encontrarse a unos pocos pasos. Empujé la puerta, creo que un poco mareado, quizás empezaba a tener fiebre y por eso tenía tanta sed. Las baldosas eran blancas y grises, con flores rojizas en el centro, y resonaban al pisarlas. Sobre una repisa, en una esquina del patio diminuto, con plantas de grandes hojas que acentuaban la humedad, estaba el botijo, sobre una repisa cubierta con un paño de ganchillo, uno de aquellos botijos de invierno que había entonces, de cerámica policromada y vidriada, un botijo en forma de gallo, recordé con toda exactitud, de los que hacían los alfareros en la calle Valencia. Bebí y el agua tenía una consistencia de caldo y un sabor de fiebre. Volví por el pasillo y de pronto me vi perdido: no estaba en la barbería, sino en un sitio que tardé en identificar como el portal del zapatero, y a quien vi fue al apóstol San Mateo en carne y hueso, aunque con un mandil de cuero y no una túnica de cofrade o de santo, sin barba, con un puro chato y apagado en un lado de la boca y una tachuela en el otro. «Anda, sacristán, pero qué haces tú aquí, vaya susto que me has dado.»
Como aquella vez, ahora lo miraba y tampoco sabía qué decirle. De cerca era mucho más viejo y ya no se parecía al San Mateo inmutable de la Ultima Cena. Ni su mirada ni su sonrisa estaban dirigidas a mí: permanecieron idénticas cuando dije su nombre y adelanté la mano para saludarlo, cuando le conté torpe y embarulladamente quién era yo, y quise recordarle los nombres de mis padres y el apodo que en otros tiempos tenía mi familia. Apretando flojamente mi mano asentía y miraba hacia mí, aunque no daba la impresión de que estuviera viéndome, o concentrando en algo la atención de sus ojos, que hasta un momento antes me habían parecido observadores y vivaces. Más que ladeado, llevaba el sombrero torcido, como si se lo hubiera puesto de cualquier modo al salir de su casa, o con el desaliño de quien ya no se ve bien en los espejos. Le recordé que mi madre fue siempre parroquiana de su zapatería —entonces las tiendas tenían parroquianos, no clientes— y que mi padre, también muy aficionado a los toros, participó muchas veces en sus tertulias, y en las de la barbería contigua de Pepe Morillo, la que estaba comunicada con su portal por un patio interior. Mateo escuchaba esos nombres de personas y lugares con el gesto de quien no llega a acordarse del todo de algo muy lejano. Inclinaba la cabeza y sonreía, aunque también me pareció advertir en su cara una expresión de recelo o alarma, o de incredulidad, quizás temía que yo quisiera timarlo o atracarlo, como cualquiera de los maleantes que rondaban por las cercanías, que intercambiaban furtivamente cosas acuclillados en grupos junto a la entrada del metro. Yo tenía que irme, se me hacía muy tarde para una cita que ya quizás estaba fracasada de antemano, no había desayunado, tenía el coche aparcado en doble fila, y Mateo Zapatón seguía sujetando mi mano con distraída cordialidad y me sonreía con la boca entreabierta, con la mandíbula inferior un poco caída y un brillo de saliva en las comisuras de los labios.

—¿No se acuerda, maestro? —le dije—. Usted me llamaba siempre sacristán.

—Claro que sí hombre, cómo no —guiñó los ojos, se adelantó un poco hacia mí, y entonces me di cuenta de que ahora yo era más alto que él, me puso la otra mano en el hombro, como en una tentativa benévola de no defraudarme—. Sacristán.

Pero ni siquiera parecía que recordara el significado de esa palabra, que repitió de nuevo mientras seguía sujetándome la mano que yo ahora quería desprender, atrapado, angustiado por irme. Me aparté de él y siguió quieto, la mano de palma blanda y húmeda que había sujetado la mía aún ligeramente levantada, el sombrero con la pequeña pluma verde torcido sobre la frente, solo como un ciego en mitad de la plaza, sustentado sobre la gran peana de sus zapatones negros.


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