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E.L.U.A. 2, 1984, págs. 7-59

RETÓRICA COMO CIENCIA DE LA EXPRESIVIDAD (PRESUPUESTOS PARA UNA RETÓRICA GENERAL)

ANTONIO GARCÍA BERRIO (Universidad Autónoma de Madrid)

0.1. Con el auge de los estudios neorretóricos desde mediados de los años sesenta (A. Schiaffini, 1962; Christensen, 1967; M. Maccoby, 1973; L Heilmann, 1978), se ha producido una situación general más próxima casi siempre al desconcierto que a la clarificación en puntos esenciales. Con mucha frecuencia las causas de ese confusionismo arrancan de un deficiente entendimiento de la auténtica dimensión científica de la Retórica, aunque esto pueda quizá escandalizar como afirmación de entrada a algunas personas. A la Retórica se han acer­cado en los últimos decenios dos tipos al menos de estudiosos, dotados de formación y de intereses muy distintos. De una parte los investiga­dores de la tradición clásica, como Lausberg (Lausberg, 1960; Martin, 1974), movidos de una voluntad de reexhumación en todos sus extre­mos y dimensiones de la ciencia Retórica. Sin embargo, es necesario reconocer que ha faltado, incluso en los mejores casos, como el del propio Lausberg, capacidad o quizá voluntad de integración de esa disciplina perfectamente rescatada en la mayoría de sus enunciados y adecuadamente articulada en sus clasificaciones, en los esquemas de las modernas disciplinas del discurso. Esto resulta a primera vista y sin paliativos escasamente acertado. Ya que la Lingüística moderna, pa­riente muy próxima de la Retórica incluso en la gran variedad de sus vías metodológicas de acceso al fenómeno del lenguaje, ofrece un ba­lance ejemplar, si no perfecto, dentro del desarrollo de las llamadas

ciencias humanas. Como he aludido ejemplarmente a la obra de Laus-berg, debe señalarse para explicar y disculpar en su caso ese defecto del divorcio a que aludo, en primer lugar que, dado el ingente volumen de la investigación misma, podría haber sido distorsivo y prestarse tal vez a la confusión establecer por todo el libro un sistema permanente de paralelos entre los materiales retóricos clásicos y los lingüísticos contemporáneos. Por otra parte, en el decenio de los cincuenta, cuando Lausberg elaboraba su magna síntesis, el balance de la Lin­güística moderna quizá no hiciera tan imprescindible como hoy el es­fuerzo de integración interdisciplinar. Pero este hecho, que en justicia sería ingrato reclamar como defecto a Lausberg, se ha traducido en un evidente mal ejemplo para muchos de sus continuadores.

El sector opuesto de los recientes acercamientos lo constituyen aquellos «scholars» que, procedentes de diversas disciplinas modernas de estudio del discurso, tales como la Lingüística, la Poética o la Se­miología —y en muchos aspectos también los lógicos se han querido mezclar en el empeño—, han entrevisto la posibilidad de una fructífera ayuda de las categorías y los paradigmas analítico-interpretativos de la Retórica en algún momento de expansión o incluso de crisis de sus respectivas disciplinas. Si en este aspecto la iniciativa en sí misma la considero personalmente oportuna y aun imprescindible, no cabe duda, juzgando por los resultados finales, que han abundado más hasta ahora los casos de frivola precipitación. Para muchos de estos casos, denunciados desde sectores muy distintos —entre los más brillantes y representativos (P. Kuentz, 1971: 112-114; Groupe \i: 1977; y J. Kop-perschmidt, 1977)— el concepto de Retórica era poco más que un marco demasiado holgado, donde situar cómodamente unas intuiciones vagamente pragmáticas. Para la mayoría de esos entusiastas, la Retó­rica, recién descubierta por ellos, sería una especie de mecanismo uni­versal de persuasión, con reglas no demasiado bien definidas, o cuando mucho un raquítico sistema de estrategias de diálogo o de argumentación, apenas dictadas por el sentido común de los propios ñeorretóricos. Obviamente la Retórica como ciencia plurisecular ofrece muchos más apoyos reales que esa caricatura, destinada casi siempre a alimentar el afán de notoriedad de un reducido grupo de lingüistas y semiólogos «demasiado» famosos.

Desde la situación criticada, pueden intuirse ya las líneas generales que yo atribuiría a la colaboración actual entre la Retórica y las moder­nas disciplinas del discurso. En primer lugar, se trata de una colabora­ción posible y fructífera, a condición de que sea el resultado de una auténtica integración en los términos que se delinearán más adelante (1.3). En segundo lugar es imprescindible cargar a la denominación

de moda de Retórica o Neorretórica con su genuino balance de princi­pios, categorías y estrategias hermenéuticas en el análisis del discurso, precisamente en los propíos términos de sus enormes depósitos doc­trinales constituidos por una tradición de pensamiento incesante du­rante más de veinte siglos, a la que han colaborado algunas de las mentes más lúcidas del pensamiento occidental. En tal sentido, debe sentarse inmediatamente el principio de evidencia de que ninguna de las síntesis de Retórica, ni las más ambiciosas y modernas, ni tampoco ninguna de las antiguas, puede constituirse en balance suficiente y definitivo de la tradición general de la disciplina. La historia de la Retó­rica, como la de la Poética, es tan rica, y los documentos que las constituyen tan numerosos y, pese a las apariencias, tan variados, que el proyecto actual de fundar científicamente una reimplantación de la Retórica en el centro de las disciplinas del discurso supone previa­mente la etapa de una adecuada recuperación del pensamiento histó­rico. Sólo así esta iniciativa actual no será frustrada una vez más por irresponsables aventuras en la Poética y la Semiología.

Precisamente en esa vía de integración que vengo definiendo, co­braría pleno sentido el proyecto de la tan acariciada Retórica genera/. El mérito más indiscutible del grupo de Dubois y colaboradores es el respeto y prudencia con que han tratado de organizar la doctrina clá­sica francesa sobre los tropos, de Fontanier y Du Marsais, desde un conjunto de categorías elementales, acordes con las líneas de taxono­mía categorial y de genética de los sistemas, familiares en la mayoría de los desarrollos estructuralistas. Claro está que, como los mismos parti­cipantes del Grupo n reconocen, su retórica de las figuras dista mu­cho de ser una Retórica general; posee, aunque quizá demasiado ele-mentalizada, la voluntad integrativa, pero es obvio que de su proyecto de elocutio ha estado siempre ausente abordar la casi totalidad de doctrinas de dispositio, inventio y actio, que configuraron la Retórica clásica como el más completo instrumento científico de análisis, inter­pretación y práctica del discurso.

Una auténtica Retórica general, tal como desde la reinserción her­menéutica la entrevio Habermas (1971: 123), o como viene reclamando con energía Kopperschmidt (1977: 216), no puede escamotear sus complejas relaciones con la Dialéctica. Como afirmación de principio, la profundización de la inventio, investigando en sus ya bastantes diez­mados o desdibujados orígenes doctrinales griegos, constituye uno de los débitos más urgentes de las especulaciones retórico-científicas actuales con la poderosa técnica de la elaboración de los productos del discurso humano que fue en origen la Retórica. Pero hecha esta pro­clamación, no me parece realista sencillamente pensar que exista hoy

la posibilidad de bucear económicamente en las remotas e inciertas profundidades que en la elaboración de la ideología cultural griega configuraban ese difícil límite retórico-dialéctico. En todo caso creo que no puede tildarse de parcelamiento caprichoso al prudente des­linde de esas zonas que en nuestros días pudieron practicar lingüistas y poetólogos, dejando la especulación correspondiente—con las inves­tigaciones histórico-textuales pertinentes— a cargo de lógicos y filóso­fos de las Ciencias (M. Perelman - L. Olbrechts-Tyteca, 1958; Gada-mer, 1965). Es un hecho, por lo demás, que cualquiera que fuese la amplitud de su estatuto fundacional, la Retórica salió ya de Grecia convertida sobre todo en un arte de la persuasión verbal (M. L. Clarke, 1957; Kennedy, 1972; García Berrio, 1977-80). En consecuencia, si la pretensión actual de una Retórica general no debe practicar, sin caer en contrasentido, deslinde ni exclusión alguna respecto de los poderes y cometidos más ambiciosos que puedan haber correspondido a la disciplina en cualquiera de sus momentos de desarrollo, sea en su inserción con la Dialéctica o en cualquier otro aspecto; no obstante, me parece perfectamente lícito y realista plantear monográficamente una Retórica general como ciencia del discurso, destinada a integrarse en una Lingüística general.

Las tareas de esa Retórica general no deben excluir ninguna de las que señale la totalidad de sus apartados tradicionales. Es sabido que la difusión neorretórica reciente se ha visto reducida en la práctica al auge de una Retórica literaria (W. C. Booth, 1965). El mismo Lausberg no veía inconveniente en acoger bajo ese lema específico su tratado y los participantes del Grupo |i llegan incluso a identificar como sinóni­mos absolutos función poética y función retórica (Dubois y otros, 1970: 81; R. Lachmann, 1977: 181). Nada cambia los hechos tampoco el carácter oratorio-persuasivo que caracteriza la atención por los estu­dios de elocuencia en el neorretoricismo americano, quizá la tradición más antigua y vasta que viene a confluir en este reverdecí miento doc­trinal (Richards, 1965; E. Black, 1965). Pero una Retórica literaria, que puede llegar a ser un sistema en sí mismo de poderosa complejidad y muy lícito interés, no agota ni con mucho el valor y cometido originales de la Retórica como ciencia o arte de la persuasión; ni puede ser con­siderada, por tanto, una Retórica general. Esta disciplina ideal por el momento debe extender sus capacidades de aplicación a la inmensa extensión del texto verbal, de cualquier texto con intencionalidad comunicativo-actuativa. El texto literario, o el poético, serán por tanto atendibles dentro del ámbito de esa Retórica general en su condición genérica de textos articulados y enunciados. Pero ningunas circuns­tancias fortuitas deben invertir la imagen de los hechos. Y, sin em-

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bargo, la historia pasada de la disciplina, y la de su reciente reactiva­ción, ilustran muy a las claras que esa inversión se produjo. Una pe­queña parte del doctrinal retórico, el tratado de las figuras, especiali­zado por error desde el clasicismo francés como Retórica literaria (Fon-tanier, 1968) —Dubois y sus colaboradores han reconocido inteligen­temente este su error de otro tiempo como caso de galocentrismo (Grou-pe \í, 1977: 13-14)—, puede conllevar la generalización errónea de que una Retórica general sea, sobre todo, o quizá solamente, una Retórica literaria.

Retórica, pues, o Retórica general se identifican inconfundible­mente con Lingüistica en lo que hace al interés de su objeto común (García Berrio, 1979) más complejo, el texto. En tal sentido además, y precisamente merced al encuentro de intereses de ciertos desarrollos lingüísticos actuales por la construcción global o la génesis semántica del enunciado, a propósito de la Retórica, que había excedido ya secu­larmente el interés por la elocutio, contando con el desarrollo muy poderoso en la Antigüedad de la inventio y el auge medieval de la dispositio, no creemos exagerado insistir en la correlación existente entre esa ambiciosa Retórica general, integrada en la Lingüística, y una Lingüística del texto debidamente desarrollada (Petófi-García Berrio, 1979; García Berrio, 1979a). En su interés, también lícito e incluso fun­damental, por el tipo especial de enunciados verbales que son los de naturaleza literaria o poética, la Retórica general puede especializar, si se quiere, una parcela de interés hacía la Retórica literaria. Lejos de no parecerme interesante, considero este tipo de investigación como el objetivo más importante de nuestras preocupaciones. A él, además, pretendo ceñir monográficamente el contenido de este artículo. No obstante, he creído necesario establecer explícitamente y de modo pre­vio el grado de obligada dependencia de la Retórica literaria a una Retórica general, y no como la afirmación de un principio hipotético, sino como una simple restauración del orden histórico.

0.2. Presupuesta esta organización, y conscientes del orden de dependencias a que nos debemos, el afrontamiento de una Retórica del discurso literario conlleva forzosamente de manera previa, si no por otra cosa en razón del confusionismo que se ha creado desde muchos de los intentos de rehabilitación neorretórica, el examen de su estatuto recíproco con la otra gran ciencia clásica y actual del discurso que es la Poética (B. Lüking, 1977: 52-59). Si los equívocos y deformaciones históricas en el planteamiento actual de la Retórica ya hemos visto que eran notables, no menos entidad presenta en muchos de los casos más

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influyentes y conocidos el confusionismo creado con la Poética. Siem­pre he juzgado una generalización desafortunada la difusión moderna del término tradicional de Poética (Jakobson, 1958; Todorov, 1968) para designar lo que no pasaría de ser en todo caso sino una Poética lin­güistica, semiológica, o como quiera llamarse por ese estilo. Tras el auge irresponsable de la generalización hace años —del que nunca he participado, por suerte—, hoy es observable que se procede con mu­cho más cuidado en bastantes casos (B. Spillner, 1974: 191). Obvia­mente se trata de una suplantación del todo por la parte. La Poética clásica se constituyó como un conjunto doctrinal, analítico o precep­tivo, del fexfo y el acontecimiento literario, dotado además de un com­ponente no sólo descriptivo —como es el caso de las Poéticas forma­listas modernas—, sino también interpretativo en la medida en que atendía de manera muy especial a las causas eficiente y final del acon­tecimiento literario.

Precisamente lo que la Poética clásica no cubría, o lo hacía insufi­cientemente —si tenemos que juzgar por las contadas que han llegado a nosotros a partir del maltratado texto de Aristóteles— era propiamente esa dimensión elocutiva del texto de arte verbal. El apar­tado gramatical de la Poética de Aristóteles no puede cumplir en modo alguno como una reflexión sobre el ornato verbal. Y tanto esta obra como la difundida de Horacio atienden, como es bien sabido, mucho más a los aspectos más generales y abstractos del «decorum» elocu-tivo que a producir un sistema siquiera sumario de esquemas expresi­vos (Brink, 1961; García Berrio, 1977-80). Frente a la meticulosa reitera­ción en los tratados de Poética de tipos estructurales, de fuentes temá­ticas, de tipologías textuales y aun semánticas de personajes, etc., el tratamiento de la elocución poética propiamente dicho, casilla vacía en los tratados correspondientes, fue paulatinamente cubriéndose desde la Retórica. Es así como la elocutio retórica fue poco a poco hacién­dose e/ocuf/o literaria (A. Kibedi Varga, 1970: 83), llegando en las retóricas francesas de la degeneración a la completa inversión de los términos, pasando a ser la Retórica un puro inventario de esquemas de exornación verbal, provistos y ordenados por-para-y hacia-las antolo­gías poéticas.

La actual reincorporación de la Retórica a las tareas propias de la Poética debe tener muy en cuenta estos fenómenos del pasado, para no acabar en una lamentable repetición de errores. Bien o mal formada, lo cierto es que existe y está perfectamente disponible esa importantí­sima y rica casuística de estilística de figuras o esquemas expresivos atesorados por las Retóricas literarias a lo largo de muchos siglos (R. A. Lanhams, 1968). Ninguna de las taxonomías ni de los registros catego-

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riales establecidos por ninguna estilística no retórica puede brindarnos hoy un sistema más completo para analizar esos auténticos estilemas intencionales que son los efectos de lenguaje denominados figuras. Añádase además que, por lo que respecta a esta cuestión, la integra­ción con el pensamiento actual lingüístico—requisito de una Retórica general— de los esquemas expresivos o figuras es una realidad relati­vamente estable, ya sea en aspectos concretos, como el pobladísimo ámbito de la metáfora o de la metonimia (M. Le Guern, 1973), ya en el campo de un sistema global, sobre el que supo llamar oportunamente la atención Genette (1966, el trabajo original a que nos referimos se publicó en 1964), despertándose inmediatamente el fugaz interés de Todorov con su temprano y discutido esquema (Todorov, 1967), pre­cedido por la reflexión más madurada de Leech (1966), o los más com­plejos esfuerzos en este campo de F. Plett (1977), llegando a la merito­ria propuesta de la Retórica de figuras del Grupo \i (Dubois y otros, 1970), cuyo mayor reparo hay que centrarlo no en la cuidada manera de integrar el tratamiento de las figuras, sino en el inconveniente título de la obra como Retórica general (Groupe \x, 1977: 19).

No es poco poder dar por provisionalmente estable y satisfactorio el estado de un aspecto doctrinal como el del tratado de las figuras, desde la perspectiva de constitución de una Retórica literaria, dentro de la Retórica general en curso. En este artículo contaremos ya con ello, como instrumental a punto, perfectamente estabilizado. Pero no pienso que el programa que me propongo delinear en estas páginas deba detenerse en él. Por el contrario, como trataré de señalar en la parte fi­nal del artículo (3.1 y ss.), la rigurosa investigación de los materiales de construcción textual depositados en las canteras históricas de la dispo-sitio retórica, y sobre todo la revitalización de la actividad de moveré o persuasión a través de una argumentación de valores del emisor, com­partida como aceptación de estimaciones por el receptor del discurso artístico, constituyen, entre otros muchos, expedientes decisivos para la revitalización desde la Retórica de una exégesis literaria profunda­mente escorada en crisis de intereses, precisamente por haber cum­plido en su vertiente formal una monumental crisis de superproducción en lo que va de siglo.

A través del enriquecimiento que le aporta la Retórica, mediante la diversificación de sus objetivos más acordes con la complejidad gene­ral del objeto literario/poético, la parcelada Poética lingüística de los últimos setenta años, puede empezar con el advenimiento de la Neorre-tórica a columbrar las vías posibles de una reimplantación en total justi­cia de la Poética como ciencia cabal del discurso literario. Y si tenemos presente —y se cumple— la exigencia de integrabilidad en una síntesis

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coherente de todos los discursos científicos sobre el lenguaje, los clá­sicos y los actuales, puede que incluso sea posible empezar a hablar con razones y esperanzas de una Poética general a partir de la genera­lización del esquema retórico en todo su alcance.

1.0. Entre las causas del interés que se observa últimamente en diversos sectores de la investigación literaria por la Retórica debe vin­cularse, desde mi punto de vista, aparte de las de índole general social aludidas más comúnmente (F. Plett, 1977; B. Lüking, 1977: 49-50), la propia situación de profunda crisis metodológica que afecta actual­mente a los estudios literarios en Europa. La Retórica literaria viene siendo contemplada por muchos como una perspectiva salvadora (R. Lachmann, 1977: 169-70) del incuestionable amortiguamiento en resul­tados sorprendentes y espectaculares que está marcando negativa­mente las diferentes disciplinas que se ocupan del análisis del texto literario (J. M. Klinkenberg, 1977: 80). Adelantaré mi opinión de que, efectivamente, el arsenal de categorías y estrategias hermenéuticas so­bre el texto de que dispone la Retórica, puede contribuir decisiva­mente a revitalizar de muy distintas maneras las disciplinas lingüísti­cas y poetológicas que se ocupan del texto en general, y singular­mente del texto artístico en concreto. Esos diversos modos o niveles de colaboración a que me he referido antes pueden ser catalogados tenta­tivamente según una gradatoria de expectativas de quienes procuran la inserción de los inventarios retóricos en el marco de las disciplinas de investigación textual-literaria:

  1. Reimplantación simple y directa de la Retórica. Se trataría en realidad de una sustitución de los diferentes algoritmos analíticos e inventarios categoriales aportados por la Poética semiológica moderna de cuño formal a lo largo de nuestro siglo, desde el formalismo ruso a los neoformalismos estructuralistas (Black, 1965; Ueding, 1976).

  2. Complementación y perfeccionamiento. La Retórica se presenta bajo este entendimiento como una rica cantera de materiales destina­dos a llenar las casillas vacías de la analítica formalista del texto (Groupe n, 1977).

  3. Integración interdisciplinar. Bajo esta perspectiva se supondría una actividad de íntima colaboración entre Retórica y Poética lingüís­tica, tendente a la reorganización definitiva de los estudios sobre el texto literario, restaurando el viejo tronco doctrinal de la Retórica clá­sica, articulada racionalmente con las clarificaciones puntuales de la Poética y Lingüística actuales. Tal opción la contemplamos como la vía de unaflefór/ca general viable.

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A continuación examinaremos con mayor detalle las peculiaridades que se presentan con cada una de estas tres opciones, siempre a la luz de la situación de crisis generalizada de los métodos críticos, que esta­blecíamos como marco y punto de partida.

1.1. La reimplantación de la Retórica como recuperación pura y simple de su estatuto hermenéutico-textual en el pasado es la opción de las corrientes de opinión más tradicionalmente reticentes contra los éxitos más recientes de la Poética lingüística. No faltan estos intentos, más o menos encubiertos en nuestros días, en especial en los sectores más conservaduristas de la Romanística europea, de la Filología clásica y de la «Explication de textes». A la existencia de centenares de trata­dos sistemáticos de Retórica entre los siglos XV y XIX en todos los países europeos, que podrían ofrecer por sí mismos ya una base siste­matizada de uso inmediato, es preciso añadir la importante aportación de síntesis sistemáticas tan difundidas en los últimos decenios como la famosa de Lausberg. Sin embargo, no parece demasiado necesario que debamos esforzarnos por objetar las ventajas de esta iniciativa, ya a simple vista extremosa (Ueding, 1976). Aquí entran en nuestra consi­deración tanto el concepto de crisis actual de la Crítica literaria como el del fracaso y anquilosamíento en el pasado de la Retórica tradicional.

Efectivamente, la misma Retórica que hoy podría ofrecerse como prometedora fracasó históricamente, en especial a partir del Romanti­cismo europeo, como ciencia habitual del análisis del discurso (R. Barthes, 1970; Genette, 1968). A ese fracaso concurrió, en un análi­sis posible desde el presente, un conjunto de causas, cuya incidencia invalidante no habría desaparecido aun hoy. Consideraríamos las si­guientes:

  1. Amortización escolar de las enseñanzas retóricas. Creciente­mente, y sobre todo desde las Retóricas tardías del Barroco y Neoclasi­cismo, la Retórica perdió su carácter no sólo de disciplina interpreta­tiva del discurso, sino incluso como «corpus» normativo de recursos de la síntesis textual. Este proceso de degeneración utópica se intensi­ficaría definitivamente en toda Europa durante el siglo XIX (J. Dubois y otros, 1970: 8). La Retórica pasa a ser una disciplina puramente histó­rica y monumentalista, en la que no se busca la conexión de los inven­tarios de recursos y figuras, aprendidas de memoria, con la realidad interpretativa del discurso.

  2. Desvinculación del discurso contemporáneo. En cierto modo es




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