Análisis del sentido de la acción: el trasfondo de la intencionalidad



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García Selgas (1995): “Análisis del sentido de la acción: el trasfondo de la intencionalidad”, en Delgado, J. y Gutiérrez, J. (Coord.): Métodos y Técnicas Cualitativas de Investigación en Ciencias Sociales. (Cap. 19). Madrid: Síntesis.




19.1. Comprender la acción: sentido e intencionalidad.

Para comprender y explicar una acción, que en realidad es siempre parte de una corriente de acciones materiales y discursivas, hay que tener un mínimo conocimiento de los goznes sobre los que gira la configuración de su sentido, esto es, hay que atender a las condiciones que posibilitan su configuración característica y que los agentes dan por establecidas y asumidas. Es evidente que las investigaciones que se realicen para producir ese conocimiento girarán a su vez sobre otros goznes o creencias epistemológicas, ontológicas y sociológicas, también necesitados de un análisis crítico y un asentamiento. En eso estamos: queremos vislumbrar los elementos necesarios que sirvan como goznes de una puerta que nos conduzca a una mejor comprensión de (el sentido de) las acciones. La reflexividad, en su movimiento perpetuo, también debería alcanzar a los goznes sobre los que gira esta propuesta.

Vamos a partir de una síntesis metodológica clásica. M. Weber nos recuerda que una acción es aquella conducta a la que el agente imputa un significado o sentido subjetivo. La intención del agente, la incardinación del movimiento corporal en un cierto orden de deseo y de sentido, es lo que conviene una conducta, o su ausencia, en una acción. Según Weber, independientemente de si nos ayudamos de estudios estadísticos, de “tipos ideales”, o de análisis cualitativos, la acción queda comprendida y a veces explicada cuando captamos el sentido pretendido por el agente (la intención) y lo situamos en el complejo contexto de significado práctico en que se desarrolla. Intencionalidad y contexto. Así el objeto de conocimiento es para Weber “el subjetivo complejo-de-significado de la acción”, esto es, el marco de sentido de la acción tal como es vivido por los sujetos, es decir relativo a los sujetos, es decir subjetivo. El marco de sentido vivenciado (subjetivado y subjetivante) es lo que nos permitiría realizar y comprender la acción.

Para proseguir nuestro camino voy a hacer una serie de aclaraciones que señalan e inician ya los pasos siguientes y ponen límites generales a la propuesta. Espero que esas aclaraciones nos permitan empezar a ver que para hablar de la intención o significación pretendida y referida a la conducta de otros, que según Weber caracterizaría a la acción social, hay que dar por supuestos un entramado de intencionalidad (individual y colectiva), unas prácticas socio-históricas y unos agentes que los constituyen al ser por ellos constituidos. Estos serían los supuestos ontológicos del sentido de la acción y los goznes que han de ser revisados para asentar su comprensión y explicación científicas. Veamos las aclaraciones.

a) Al hablar del sentido de una acción me refiero tanto a una entidad semántica (sentido = significado, carácter simbólico, capacidad de representación), como a una entidad de la geometría del deseo (sentido = orientación, dirección de marcha, relación a un fin apuntado, etc.). Con ello es evidente que doy más relevancia a la carga simbólico-representativa de las acciones de lo que el mismo Weber hacía y que, por tanto, la intención constitutiva de sentido ha de ser entendida en un sentido más amplio como intencionalidad.

b) Es cieno que la intención, junto a la percepción, es la forma biológicamente primaria de la relación intencional entre el organismo y el entorno, y que la intención es componente básico de la acción. Pero también es cieno que es sólo uno de los posibles estados intencionales que tenemos y que pueden entrar en la acción. Otros son las creencias, los deseos, los miedos, etc. Por ello aunque a la hora de aclarar el sentido de una acción haya que tener muy en cuenta la intención del agente, también hay que considerar otros estados intencionales como los anteriormente referidos.



Todos ellos son estados caracterizados por dirigirse a, o apuntar a, algún estado de cosas en el mundo: sólo tenemos deseo si lo es de algo, sólo creemos si creemos algo, sólo intentamos si intentamos hacer que algo suceda, etc. La intencionalidad de estos actos consiste en esta directividad que aparece como un contenido representacional o simbólico, que se denomina contenido intencional, y que funciona en tanto en cuanto determina un conjunto de condiciones que deberían cumplirse para que el estado se satisfaga (determina las condiciones de satisfacción, esto es, lo que debería darse para que la creencia se confirme, el deseo se cumpla, etc.). De estas puntualizaciones hechas siguiendo a J. Searle (1983: 1-22), se extrae no sólo la centralidad operativa que adquieren las condiciones de satisfacción para configurar y comprender estados intencionales, sino también el que todo acontecimiento cargado de algún estado intencional conlleve necesariamente un elemento simbólico-representacional.

La centralidad de la intencionalidad, y de la carga representacional, se consolida cuando recordamos el hecho de que decir y hacer constituyen una unidad funcional ubicada en el cruce de un campo cultural y un espacio intencional. El sentido de la acción depende en gran medida de lo que los agentes dicen sobre ella: la narratividad es un elemento constitutivo de las acciones humanas. El significado de las palabras viene determinado por el curso de acción en que se inscriben, mientras que interpretamos las narraciones por su similitud a la vida. En palabras de J. Bruner (1991: 32-34), el objeto de análisis ha de ser la acción situada: situada en un escenario cultural y en los estadios intencionales mutuamente interactuantes de los participantes (entre quienes se encuentran las investigadoras).

c) La centralidad que estamos otorgando a la intencionalidad no puede llevamos al error subjetivista de dar por establecida y preconstituida la subjetividad, olvidando su conformación práctica y dinámica. Tampoco podemos caer en el error contrario de retiramos al código, a la estructura o al marco de significados, olvidando la capacidad de los individuos como agentes. Rechazar ambas unilateralidades exige ampliar nuestro mapa de la intervención “mental” o simbólica de los agentes individuales, de modo que entre, bajo o sobre la conciencia y el inconsciente sepamos ubicar el conocimiento o sentido práctico. Este va a ser un factor fundamental para nuestra propuesta metodológica.

Es patente, gracias a los diversos estructuralismos, que no podemos reducir la participación cognitiva de los agentes a lo que discursivamente son capaces de explicitar (esto es, a intenciones y razones), pues como el burgués de Moliére sabemos hablar en prosa antes de que se nos explique que así lo hacemos. Pero también parece claro que tal capacidad no se entiende ni se explica con sólo referimos al inconsciente o a estructuras abstractas. Hay un conocimiento práctico, un know-how, un sentido de lo que se puede o de lo que hay que hacer, que es medular en la configuración material y simbólica de las acciones, así como en su comprensión científica, y es un conocimiento que portan y poseen esos sujetos históricamente en construcción.



No vamos a dejarnos apresar por el dilema de tener que elegir entre un sentido que termina por ser producido en los más recónditos lugares del inconsciente subjetivo y una semiosis que una cultura produce sobre los códigos compartidos. En línea con el movimiento anterior vamos a entender que el sentido o significado de una acción es su carga simbólico-representativa que rebasa la materialidad conductual, está ligada a la narratividad discursiva y, una vez captada, permite la comprensión de la acción y eventualmente su explicación. La producción y reproducción de sentido, signos y significados, y más concretamente la producción y reproducción de contenidos intencionales, aparece así como

un proceso práctico, interactivo e impreso en la experiencia de los agentes (individuales y

colectivos).

d) Las puntualizaciones al concepto de sentido e intencionalidad nos llevan a revisar la idea de esa acción (social) que quiere ser comprendida. Con ello y de paso se harán manifiestas algunas limitaciones de la propuesta. No podemos concebir la acción ni como un evento aislado, generado por una persona, ni como una manifestación determinada por supra-estructuras socio-culturales. La acción tiene en la intencionalidad y en la intervención relativamente autónoma de los agentes unos componentes básicos a los que se unen las consecuencias no pretendidas y las condiciones desconocidas. De ahí que sea más adecuado ver la acción como un momento de la corriente que constituye la práctica social, en lugar de como un fenómeno concreto, y percibir las regularidades constituyentes del marco posibilitante de las acciones puntuales como (re)producidas material y simbólicamente por esas prácticas.

Toda acción (social) es un acontecimiento físico, en tanto que producto de la capacidad/poder de un ser corporal que interviene causalmente en su medio, y en tanto que siempre está ubicada en un espacio-tiempo de relaciones asimétricas de producción, de poder y de comunicación. Pero frente a las respuestas reflejo-conductuales y a otras actividades motivacionales animales, las acciones se caracterizan por tener un sentido generado sobre la base de un marco que es a la vez expresivo (representa, significa, dice, manifiesta, etc.) y valorativo/normativo (se sitúa en y respecto de un orden social): un marco que (des)carga simbólicamente y (des)legitima, utilizando como medio más patente la racionalización y reflexividad que permite y genera la capacidad lingüístico conceptual.

Ahora bien, lo que aquí nos concierne es el marco expresivo, representativo o significativo, y el espacio que más nos preocupa es el de las relaciones de comunicación. En concreto, nos concierne la regularidad, sistematicidad y producción del marco que hace posible la ubicación significativa de la acción y, por ello, su interpretación.

Esta autolimitación concierne a la propuesta concreta que aquí presento y no puede hacer que dejemos de ser conscientes de una serie de hechos que han de ser tenidos muy en cuenta a la hora de completar y dar por temporalmente culminada una investigación sobre el sentido de una(s) acción(es). En concreto hay que tener en cuenta los tres siguientes: primero, que el sentido-representación está siempre unido al sentido-valoración, y no podemos entender un sentido sin captar el otro; segundo, que las regularidades o marcos que posibilitan y condicionan la (re)producción de significado están unidos a los que posibilitan la reproducción de dominaciones y legitimaciones; y tercero, que las relaciones de comunicación o significación están siempre interconectadas de múltiples maneras con relaciones de poder (de poder decir, de marcar lo decible o significable, etc.) y con relaciones de producción e interés (interés frente a indiferencia e indiferenciación; posesión y acumulación de diversas formas específicas de capital tales como el económico, el cultural, el simbólico, etc.).

e) Se hace necesaria una última aclaración que explicite el desplazamiento que hemos ido asumiendo en la concepción ontológica al apuntar la ruptura y la superación de la dualidad sujeto-objeto. El mero hecho de que atribuyamos a toda acción un sentido representativo y valorativo hace que toda acción entre en la economía simbólica, y aparezca así en conexión

genética tanto con un agente concreto (cuyas elecciones y disposiciones se construyen en relación a los otros agentes) como con un conjunto de sentidos, que la interacción social impone sistemáticamente sobre los atributos intrínsecos de los movimientos realizados y de sus consecuencias esperables: agente, contexto y sistema.

De un modo más inmediato para la aplicación metodológica de la presente propuesta resulta que el desplazamiento conceptual lleva a que el análisis comprensivo de la acción exija estudiar todos aquellos filtros y sedimentos del sentido de la acción que lo hacen posible y lo concretan, esto es, que haya que aclarar el marco intencional, el contextual y el estructural. Teniendo en cuenta, además, que en el fondo de cada uno de ellos aparecen los otros, y que en última instancia todos están constituidos en y por la práctica social-material. Conviene eliminar desde ahora el espejismo que pueda generarse porque sigamos el hilo de la conformación “subjetiva” o intencionalidad del sentido, ya que al final nos encontraremos situados en su constitución histórica, social y práctica.

En resumen, el conjunto de las aclaraciones hechas tiene tres implicaciones inmediatas: la primera es romper metodológicamente las dicotomías entre intención y convención, entre acción y situación, etc.; la segunda es variar nuestra concepción ontológica de modo que, contrariamente a las tendencias subjetivistas y las objetivistas, consideremos la acción como una realidad procesual y dual que se asienta en la existencia de unos agentes capaces de participar materialmente en el juego-de-sentido correspondiente; y la tercera es tener que aclarar el trasfondo que soporta genéticamente esos marcos de sentido y su interrelación. Siguiendo el hilo del marco intencional, vamos a centramos en esta última tarea, aunque no dejaremos de mirar a las otras dos.
19.2. El trasfondo de la intencionalidad

Hemos tomado como punto de arranque la corriente de acción social que llamamos práctica y nos hemos centrado en la intencionalidad del agente como vía privilegiada, aunque no exclusiva, para acceder a la base de atribución y comprensión del sentido de la acción. La propuesta básica es que la intencionalidad (o configuración individual del sentido) y el juego-de-lenguaje (o configuración pública del sentido), que permite la narratividad en ese caso concreto, se asientan en un marco de sentido producido y reproducido en la práctica social, cuya consideración analítica es metodológicamente imprescindible para la comprensión de la acción.



Aunque tal marco o trasfondo se intuye ya como un conjunto social de significaciones posibles o como una especie de caja de herramientas simbólicas donde entran sentidos, marcos de referencia, diferenciaciones, reglas, rituales, etc., la verdad es que por ahora plantea más cuestiones que soluciones. En concreto plantea una serie de preguntas sobre en qué consiste específicamente ese marco, cómo se manifiesta y cómo puede ser reconstruido con propósitos analíticos, cómo da asiento a las mediaciones constitutivas de los sentidos concretos, cómo posibilita que la intencionalidad genere un sentido que produce, reproduce y varía los sentidos socialmente sostenidos. Pero dado que estamos tratando de los goznes de la investigación científico-social cualitativa conviene andar con pies de plomo. Así que ahora me voy a limitar a argumentar la necesidad de reconocer la existencia de ese marco como trasfondo de la intencionalidad: argumentar que no puede haber estados intencionales sin que haya un “trasfondo” (las comillas son por lo inestable e inapropiado del término) de capacidades, habilidades, prácticas, etc., que, con una realidad primariamente biológica y necesariamente social, los haga posibles.
19.2.1. Argumentos para la aceptación del trasfondo

Repitámoslo, no hace falta compartir la concepción de la intención como causa autorreferencial de la acción para estar de acuerdo con J. Searle (1983) en que todos aquellos estados y acontecimientos que constituyen lo característico de una acción y concretamente de su sentido, como la intención, el deseo, la creencia, etc., son parte de la capacidad “mental” básica tradicionalmente denominada intencionalidad. Esto es, son parte de la capacidad de versar o tratar sobre algo distinto de sí misma, independientemente de que ese algo exista. Nos basta con admitir que es a través de la direccionalidad (el ser sobre lo otro, la representatividad) de aquellos estados como se conforma el sentido de la acción, y no olvidar que esta direccionalidad es el rasgo principal de la intencionalidad.

Recordemos que, según Searle (1983: 1-14), todo estado intencional tiene como principal componente el contenido intencional o representacional que determina las condiciones de satisfacción del ese estado. Es decir, determina que condiciones han de obtenerse para que el estado sea satisfecho: qué debe hacerse para que la intención sea realizada, qué estado de cosas debe darse para que la creencia sea verdadera, etc. Pero lo aquí relevante va a ser que el contenido intencional no puede determinar las condiciones de satisfacción sin recurrir a un trasfondo de habilidades prácticas, de capacidades y de disposiciones. Cualquier estado intencional que se nos ocurra (la mujer que quiere presentarse a la elección de presidente del país; mi esperanza de que mañana no llueva; tu deseo de que la película sea buena; etc.-1 es siempre parte de una larga red de estados intencionales (creencias, esperanzas, miedos, etc.) asentada en el lecho de unas capacidades mentales y prácticas: una red asentada en y entrelazada con un trasfondo de la intencionalidad.

Aunque para determinar las condiciones de satisfacción de cualquier estado intencional intentáramos hacer una lista de todas las creencias y demás estados intencionales que debe haber en la red para que el contenido intencional de aquel estado determine sus condiciones de satisfacción no podríamos finalizar nunca. Y no podríamos por las siguientes razones: porque muchas son inconscientes, porque los estados de la red no están todos individualizados y porque muchos son tan fundamentales que una y otra vez pasan desapercibidos. Incluso en el supuesto de que lográramos completar esa lista nos encontraríamos con que el contenido de la intencionalidad, particular o en una red, no es nunca autointerpretable, es siempre susceptible de aplicaciones diferentes. El funcionamiento de todo el conjunto de estados intencionales, que hace posible a cada uno de los estados particulares, requiere la existencia de una capacidades básicas que nos habilitan para estar en, aplicar y comprender estados intencionales. Por ejemplo, para pensar en ir a votar en las elecciones generales he de tener la creencia, entre otros estados intencionales, de que las mesas y las cajas ofrecen resistencia al tacto. Y esta creencia no es algo inconsciente, sino algo que yace en mi práctica diaria. Se manifiesta en el hecho de que escribo sobre una mesa, pongo libros sobre una mesa, guardo cosas en una caja, etc., (Searle, 1983: 142).

Un caso argumental más básico aún es el de la comprensión del sentido literal de una oración, que no puede ser lograda si sólo nos basamos en el significado de las palabras y en las reglas de composición de la oración. Y no se puede lograr porque las condiciones de satisfacción de la oración ()as condiciones de verdad si es un enunciado) se determinan atendiendo a diferentes presuposiciones del marco o trasfondo. Por ejemplo pensemos en como la aparición de la palabra “cortar”, con el mismo significado literal y en una interpretación normal, se interpreta de manera diferente en diferentes oraciones tales como: José corta el césped, José corta la tarta, José corta la tela, José cortó el tablero, José se ha cortado el dedo.

- Ya le dije que no andara jugando con esas cosas (dice su madre).

¿A qué tipo de cosas se refiere?, ¿Qué hay de común entre esas acciones que las diferencia de abrir una puerta, romperse un brazo, separar el trigo de la paja, etc.?, ¿Por qué no podemos hablar de cortar la casa, cortar la montaña o abrir el césped?

La única forma de dar una respuesta consistente a éstas y otras preguntas y casos semejantes (pensemos, p. ej. , en la comprensión de expresiones metafóricas como una cálida bienvenida, un argumento sólido, etc.) es afirmar, con Searle’ que las diferentes interpretaciones de una misma expresión cuyo significado literal se mantiene constante, vienen fijadas por un trasfondo de capacidades humanas, un trasfondo de habilidades para realizar ciertas prácticas, de know-how, de formas de actuación, etc., sobre el que se realiza la interpretación correcta, esto es, la comprensión.



Otro tipo de casos que también recuerda Searle es el que constituye la realización de acciones regladas o actualización de habilidades adquiridas al seguir reglas (o representaciones) explícitas, tales como esquiar, jugar al baloncesto o conducir. En estos casos, desde el momento en que la esquiadora, la conductora o el jugador de baloncesto es cada vez mejor, alcanza un punto en que ya no necesita recordarse a sí misma las instrucciones o las reglas con que aprendió. Y no porque éstas se hayan internalizado, o porque se las rememore silenciada o inconscientemente, sino porque ya no se las necesita: han sido relegadas por la conformación de una destreza (de esquiar, conducir o jugar al baloncesto) tan perfeccionada que incluso puede ir contra las reglas preliminares con objeto de ajustarse a las exigencias externas. La experta es flexible y responde de manera diferente ante condiciones diferentes, mientras que la principiante es inflexible. Searle (1983: 150) afirma aquí algo que nos parece especialmente importante:

(...) las experiencias repetidas crean capacidades físicas, presumiblemente realizadas en sendas neuronales, que simplemente hacen irrelevantes a las reglas. “La práctica hace la perfección” no porque la práctica resulte en una memorización perfecta de las reglas, sino porque la práctica repetida permite que el cuerpo se haga cargo y las reglas retrocedan hacia el trasfondo.

La aportación más inmediata que hace este tipo de casos a nuestra argumentación está en el hecho de que, incluso en aquellas acciones en que el componente intencional ha funcionado causalmente en la producción de la conducta (esquiar por la colina, meter la canasta), necesitamos ir más allá de esa intencionalidad si queremos dar una descripción que sea ajustada. Esto es, debemos seguir el camino hasta el trasfondo de capacidades, habilidades, asunciones preintencionales, actitudes no representacionales, etc., que posibilitan y permean toda la red de estados intencionales en que se sostienen aquellas acciones.
19.2.2. Aproximación a algunos rasgos del trasfondo

Son bastantes las investigadoras que han llegado a conclusiones y propuestas semejantes, aunque haya sido por caminos muy diferentes. Rememorar brevemente alguno de ellos nos permitirá recoger ciertos rasgos relevantes del trasfondo. También nos servirá para ir apuntando que el trasfondo de la intencionalidad ha de confluir con el trasfondo de la estructuración, y que por ello quizá fuera mejor hablar de trasfondo de sentido en general (véase el capítulo Teoría de la observación respecto a la vinculación del trasfondo con el nivel virtual de existencia semiótica).

Uno de esos caminos es el abierto por buena parte de la psicología cognitiva cuando resalta la estructuración narrativa de aquello que hace posible la comprensión de los significados. Ello la lleva a afirmar que los marcos socialmente construidos y narrativamente estructurados hacen posible la memoria colectiva y la individual, y a defender que la comprensión de los significados exige especificar la estructura y coherencia de los marcos que hacen posible la producción de significados concretos (Brunner, 1991: cap. 2).

Siguiendo un camino no muy alejado del anterior M. Foucault ha pretendido mostrar el hecho discursivo global o puesta en discurso de la sexualidad, esto es, el funcionamiento del aparato o dispositivo de poder-saber-placer que sostiene en nosotros el discurso sobre la sexualidad. Persiguiendo tal objetivo ha terminado mostrando, entre otras cosas, la existencia de un marco compuesto por elementos heterogéneos (narraciones, prácticas, instituciones, leyes, normas morales, formas arquitectónicas, etc.) que, impulsado por el objetivo de autoconservación, se (re)produce merced a una sobredeterminación funcional, por la que la aparición de uno cualquiera de sus elementos trae resonancias de los otros (la red), y merced a una elaboración estratégica que trae efectos previstos y no previstos. De esta manea Foucault nos ayuda a recalcar el carácter histórico del marco de discurso o sentido, pero sobre todo nos ayuda a alejar el fantasma de que el trasfondo es algo que está por debajo, como la base, como un fondo, pues es también lo más evidente, lo más superficial (que las mesas ofrecen resistencia al tacto, p, ej.): el trasfondo de la intencionalidad o marco de sentido, en general, permea todos los ámbitos de nuestra vida.

Tomaremos como último caso el de la semiología o semiótica. Nos fijarnos en concreto en la bifurcación de caminos a que habría llegado tras desechar la trascendentalidad estructuralista y verse enfrentada a un sujeto dividido entre lo consciente y lo inconsciente, entre los determinantes socio-culturales y los impulsos pre-simbólicos. Es el punto en que unas optan por centrarse en los segundos polos (J. Kristeva, p, ej.), mientras otros (U. Eco, p. ej.)

se reducirán a los primeros, quedando en cada caso prácticamente excluido el otro polo de la dicotomía. Ahora bien, como señala T. de Laurentis (1984: 169-171), esa bifurcación de caminos es producto en última instancia de una ontología obsoleta, pre-freudiana incluso, que separa cuerpo y mente, símbolo y estímulo, materia e intelecto, de tal forma que p. ej. U. Eco pretende poder analizar semióticamente los grandes universales de la cultura humana (parentescos, tecnología e intercambio económico), pero relega toda un área fundamental de la vida humana como es el cuerpo, los instintos, los impulsos y sus representaciones. De ahí que T. de Laurentis defienda que para analizar la carga simbólica de los productos y acciones humanas hay que recuperar la raíz pragmatista de la semiótica, que invita a ver la base de los significados en la creencia práctica y en los hábitos o disposiciones para la acción. Es en este reino mediacional, entre los falsos extremos de lo cultural y lo natural, y como rechazo de su separación, donde veríamos localizado el trasfondo o marco de sentido.

Es la sedimentación de la vida, de la vida que nos antecede y nos rodea y de la vida vivida, lo que alimenta y conforma el trasfondo de la intencionalidad, sin el que no podría haber actos intencionales definidos y, por ello, comprensibles. Es la sedimentación de la vida lo que hace posible el espacio social de una interacción regulada (simbólicamente, en nuestro caso), de un agente capaz y con las disposiciones apropiadas, y de un capital (simbólico) intercambiable. Es la sedimentación de la vida humana lo que hace posible, como un marco o un trasfondo, la (re)producción y comprensión de los sentidos de las acciones.




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