André coindre escritos y documentos 1 Cartas 1821-1826 andré coindre escritos y documentos



Descargar 0,68 Mb.
Página1/10
Fecha de conversión16.08.2017
Tamaño0,68 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10


ANDRÉ COINDRE

Escritos y documentos

1

Cartas

1821-1826

ANDRÉ COINDRE

Escritos y documentos

1
Cartas

1821-1826

Edición crítica por



Jean-Pierre Ribaut y Guy Dussault

Traducción del francés por Jesús Ortigosa

Hermanos del Sagrado Corazón

Casa general, Roma, Italia

Cubierta:

Facsímil de la carta número 8

del Padre André Coindre al Hermano Borgia,

fechada en Monistrol, el 9 de junio de 1823.

Archivos generales, Roma, A01.018

Prólogo
En el transcurso de los treinta años que separan la aparición de los decretos del Concilio Vaticano II sobre la renovación de la vida religiosa y los del Sínodo sobre la vida consagrada, la Iglesia no ha cesado de repetirnos como un estribillo: “Invitamos a los Institutos a recuperar con valentía el espíritu emprendedor, la creatividad y la santidad de los Fundadores, en respuesta a los ‘signos de los tiempos’ que aparecen en el mundo actual” (Vita Consecrata, 37).

Durante este mismo período de treinta años, nuestros Superiores generales han propuesto una amplia serie de trabajos centrados en nuestro Fundador para acomodarse a este deseo de la Iglesia. Tuvimos, en primer lugar, una serie de cuadernos de trabajo iniciada por el Hermano Maurice Ratté en 1981. El Hermano Jean-Charles Dai­gneault continuó esta serie y publicó el texto del Hermano René Sanctorum, André Coindre, Misionero y Fundador, en el momento del bicentenario en 1987. El Hermano Jesús Marín inauguraba el Centro internacional André Coindre de Lyon en 1993 como “un lugar que invita a los Hermanos a avanzar sin descanso por el camino de la revitalización”.



Todos han reconocido que necesitamos, además de estas preciosas fuentes para la animación, un conjunto de trabajos críticos que establezcan sobre unas bases sólidas las circunstancias de nuestra fundación, con vistas a una investigación y a un estudio más profundos. La publicación del Hermano Jean Roure, André Coindre, Cronología e icono­grafía, contribuye a este banco de documentos, así como las Memorias del Hermano Xavier, editadas por el Hermano Jean-Pierre Ribaut.

Este volumen se sitúa en la línea de esos trabajos. Es el primero de una abierta serie de ediciones críticas que pretenden establecer los escritos de nuestro Fundador a partir de los manuscritos. El Hermano Ribaut presenta y aclara con una serie de notas las cartas de André Coindre, los documentos más preciosos que tenemos de su puño y letra, ya que guían a los pioneros del Instituto que él fundó y les confortan en los momentos de crisis, grandes o pequeñas. Estos textos nos proporcionan un juicio objetivo sobre su personalidad dinámica en la puesta en práctica de su visión fundadora.

Un segundo volumen, ya en preparación, presentará textos de Reglas y Reglamentos que él escribió. La eventual publicación de una edición crítica de sus notas de sermones y de los textos que se refieren a la Piadosa Unión o a los “Cartujos” dependerá de la disponibilidad de un autor.

Es una gran alegría para mí ver que un espíritu de equipo fraternal ha permitido la realización de esta obra. Agradezco al Hermano Jean-Pierre Ribaut (fra) su excelente trabajo de investigación, pues ha puesto su doble competencia de investigador y de Doctor en Letras al servicio del patrimonio espiritual del Instituto. Y agradezco al Hermano Guy Dussault (art) que, gracias a su talento como editor, nos ofrece un volumen de lectura agradable y muy práctico. Proporcionan conjuntamente, a los que quieren profundizar su estudio de las cartas de nuestro Fundador, un instrumento de trabajo muy documentado.

Hermano Bernard Couvillion, S.C.

Superior general

Misionero de la Cruz de Jesús, Fundador de la Providencia Saint-Bruno y del Pieux-Secours, el Padre André Coindre se manifiesta ante todo como un apóstol y un predicador infatigable. Después de haber puesto las bases del Instituto de los Hermanos del Sagrado Corazón, el 30 de septiembre de 1821, en el santuario de Fourvière, se queda algún tiempo con los primeros miembros de la Congregación para formarles en la vida religiosa. Pero esta estancia será de corta duración. Los Hermanos se distribuyen entre los establecimientos de Lyon y de Valbenoîte; por su parte, el Padre Fundador se va a los confines del departamento de Loire a continuar la obra de las Misiones parroquiales. Separado de sus Religiosos, la corresponden­cia le permite permanecer en relación continua con ellos. Así será durante todos los períodos en los que tendrá que ausentarse durante varias semanas, antes de volver a reunirse con ellos algunos días para continuar su formación e incorporarse a un nuevo campo de apostolado.

Conservamos veinticuatro de sus cartas escritas entre el 3 de noviembre de 1821 y el 3 de mayo de 1826, unas semanas antes de su muerte accidental el 30 de mayo en Blois. Veinte están dirigidas al Hermano Borgia, Director general de los Hermanos, dos al Hermano Bernard a título de Procurador de la joven Congregación; la destinada al Hermano Louis, de un carácter muy particular, está claramente definida por el título que le da el firmante: “Carta de nuestro Padre a un Hermano inducido a abandonar su vocación”; la última, sin fecha concreta, pero que la tradición coloca a comienzos del año 1826, la envía desde Blois a las Hermanas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Estas dos cartas, de carácter más doctrinal, incluso teológico o ascético, están en conexión con el género de la exhortación espiritual. Las enviadas al Hermano Bernard son una muestra de la correspondencia administrativa. Una carta a Monseñor de Pins, sin fecha y de la que nuestros archivos no conservan más que una copia sin que se conozca el original, se colocará en la categoría de “Reglas y Reglamentos”; esta carta describe detalladamente el proyecto de creación de una Sociedad de Misioneros que el prelado deseaba establecer en Lyon y para el que había solicitado la cooperación del Padre Coindre.

Varias razones explican el número relativamente limitado de las cartas que conservamos. Muchas cartas se perdieron; todas las escritas a Claudine Thévenet, devota­mente conservadas en la casa de Fourvière, desaparecieron en 1848, durante el saqueo de este establecimiento. Los Hermanos no han conservado tampoco todas las cartas pues, según el deseo del Fundador, esta correspondencia fue probablemente mucho mayor.

El Hermano Xavier dice en sus Memorias:



El buen padre quería estar siempre al corriente de todo; exigía que el Director general le escribiera dos veces por semana y que le contase hasta los más mínimos detalles; le respondía puntualmente dándole todos los consejos que él creía necesarios; incluso, entraba en los más pequeños detalles; para ello, no le preocupaba robar horas al sueño ya que, de día, no tenía tiempo: la predicación y las confesiones acaparaban ordinariamente todo su tiempo. (op. cit., Roma, 1996, p. 46).

El ritmo intermitente de esta correspondencia limita cier­tamente el interés a causa del carácter parcial de la información. No puede dar cuenta de la riqueza de los contactos directos del Fundador y de sus Hermanos. Además, sólo se han conservado las cartas del Padre Coindre; parece ser que de Blois, después de su fallecimiento, enviaron a Lyon solamente sus documentos personales autó­grafos.

Las cartas del Hermano Borgia, Director del Pieux-Secours y Director general de la Congregación después del Capítulo del 14 de octubre de 1824, desaparecieron. Quizás el destinatario no las había conservado. Para nosotros, esta pérdida es muy penosa, pues, la mayoría de las veces, el Fundador da una respuesta concreta a las preguntas de la persona con la que se cartea, tratando detalladamente cada uno de los puntos que se someten a su juicio; no disponemos pues de los elementos que nos permitirían aclarar ciertas alusiones que quedan oscuras.

Esta correspondencia muestra claramente la solicitud paternal del Fundador por sus diferentes obras, así como por todos los que trabajan en ellas; manifiesta la gran atención que presta a la buena marcha de los establecimientos. Anima al Hermano Borgia a vencer sus reticencias para informarle con todo detalle del desarrollo de los acontecimientos:

Cuénteme sus penas. Yo le escribiría para disiparlas y darle mis consejos. La Madre [Marie de] Saint-Ignace llama a mi puerta más a menudo que usted. Ella encuentra siempre algo que preguntar y yo algo para responderle. Haré lo mismo con usted cuando me abra su corazón y el de nuestros Hermanos. Cuando no recibo noticias suyas pienso que todo va bien, pero algunas veces me engaño; me gustaría mejor seguir día a día sus problemas.

Ciertamente, la tarea del Hermano Borgia no es fácil, sus anteriores trabajos de empleado de un comerciante de cintas y de pasante de notario no le prepararon a la dirección de una comunidad religiosa ni a la dirección de una Providencia para jóvenes delincuentes. Habiendo entrado a los 40 años en comunidad, su edad y sus cualidades le designaron sin duda en un primer momento para estos cargos; no obstante, en el Capítulo de 1824, los Hermanos le manifiestan su confianza y le eligen Director general de la Congregación. Siendo exigente para con los demás, lo es igualmente para consigo mismo. El Hermano Xavier deplora “la dureza con la que gobernaba” (op. cit., p. 57) y se puede encontrar una especie de confirmación a esta opinión en los consejos de moderación y de paciencia que prodiga el Padre Coindre, a lo largo de sus cartas, a un hombre que parece a veces agobiado por el peso de su cargo y que sufre cruelmente por sus incompetencias.



Por su tono familiar, así como por su referencia a la vida diaria, estas cartas son una preciosa fuente de información para el conocimiento de los comienzos del Instituto. Nos proporcionan muchas informaciones de tipo histórico que confirman o completan el relato del Hermano Xavier. Por otra parte, por haber hecho una copia de su puño y letra, el primer Hermano conoce el contenido; ciertas páginas de su relato son una transcripción casi literal de extractos de esta correspondencia. Pero, más aún que sobre la historia, estas cartas nos informan sobre la organización de las primeras comunidades y sobre el tipo de vida religiosa que el Padre Coindre propone a sus discípulos. A pesar de su carácter fragmentario y de su dimensión limitada, esta correspondencia pone de manifiesto algunos rasgos esenciales de la personalidad de André Coindre.

En las cartas del Padre Coindre encontramos una documentación de capital importancia para los comienzos del Instituto tanto en lo que se refiere a la Casa Madre como a la fundación de los demás establecimientos, el conocimiento de las personas o de las dificultades que surgen en los cinco primeros años de su existencia.

El Pieux-Secours ocupa una importancia primordial en esta correspondencia. Es el origen de la Congregación y la única casa a comienzos de 1822 cuando el párroco Rouchon toma por su cuenta el establecimiento de Valbenoîte. Constituye el primer campo de acción de la comunidad ya que el Padre Coindre reúne a los primeros Hermanos del Sagrado Corazón para asegurar la perennidad de la obra. El Hermano Borgia, venido de Valbenoîte en el otoño de 1821, se apega al establecimiento del que el Padre Coin­dre le confía la dirección hasta tal punto que, de Monistrol donde fija su residencia en 1823, el Fundador le invita a ensanchar sus horizontes: “No lo vea todo bajo el limi­tado prisma de las cuatro paredes de su casa de Lyon.”

Sin embargo, al mismo tiempo que el Misionero implanta su joven Congregación en diferentes diócesis del Massif central a donde le lleva su apostolado, se interesa por la vida diaria de la Providencia de la Butte hasta en sus menores detalles. Se alegra al enterarse de la admisión de todos los chicos presentados por el Hermano Borgia para la primera comunión; se preocupa de que los administradores de la Institución, y especialmente el notario Casati, alma del Consejo de los suscriptores, estén al corriente de los aspectos más positivos de la vida de la Providencia; pone en guardia contra los peligros de incendio y recomienda que se preste la máxima atención a los bienes y a las personas.

El interés que manifiesta por el Pieux-Secours está en consonancia con los sacrificios que hace en su favor. Al mismo tiempo que recomienda la más rigurosa gestión, recuerda que, de momento, la responsabilidad financiera de la obra es sólo suya, que los Hermanos no deben tener ninguna inquietud al respecto, sino todo lo contrario; una vez saldadas las deudas, les entregará el establecimiento. En enero y marzo de 1822, para hacer frente a las dificultades financieras, indica el procedimiento a seguir con vistas a encontrar recursos, acudiendo a sus cohermanos Misioneros y a los conocidos. Incluso proyecta con optimismo posibles ampliaciones.

Cuando el Instituto comienza a desarrollarse, procura que la casa de Lyon no sea la única que soporte los gastos de la administración comunitaria y especifica la naturaleza y el importe de las cargas a repartir. Hace lo mismo para los gastos de Noviciado o para las estancias de verano que ciertos Hermanos hacen en el Pieux-Secours para recibir clases de escritura o de gramática.

Si deja efectivamente la administración de esta Providencia al Hermano Borgia, el Padre Coindre le ofrece sus consejos para asegurarle lo mejor posible la dirección. Nada le es indiferente: se interesa por los locales, el material, los suministros… Sin embargo, sus principales preocupaciones se centran en la instrucción y la educación de los muchachos; ciertos párrafos de sus cartas son verdaderas lecciones de pedagogía: prefiere animar y premiar más que castigar; cuando es preciso hacerlo, pide que el castigo sea moderado, razonable, se nota bien que cuenta más con la emulación que con el temor.

Como funda su pedagogía sobre la confianza, se presta a una sesión de distribución de premios, lo que no resulta tan evidente en una casa que pasaba por ser una “casa peni­ten­ciaria” como lo indica el Hermano Xavier (op. cit., p. 77).

Más que con los lugares y con las obras, André Coindre se encariña con las personas. Su correspondencia está llena de nombres; conoce personalmente a cada uno de los alumnos del Pieux-Secours, se preocupa de su conducta y de su trabajo, se alegra de los éxitos obtenidos e invita a espolear a los negligentes. La solicitud que manifiesta por los Hermanos se extiende a los Novicios y a los Aspirantes, de quienes recuerda los principales rasgos de su carácter. Suscriptores, proveedores, vecinos y allegados a la Institución aparecen a lo largo de sus cartas, y es realmente concreto el recuerdo que conserva de cada una de las personas con las que se ha encontrado.

Mientras que los primeros Registros del Instituto no se constituirán sino hacia 1840, las cartas del Padre Coindre nos proporcionan muchas informaciones sobre nuestros primeros establecimientos, incluso sobre las condiciones de su fundación. Esta información, fragmentaria pero concreta, constituye una fuente determinante para la historia de nuestros orígenes. Ciertamente, el Pieux-Secours y los establecimientos de Monistrol, lugares de residencia de las dos personas que se cartean, se llevan la mejor parte. Sin embargo, no se silencia ninguna de las escuelas en funcionamiento en vida del Fundador.

Le Monastier, donde el Padre Coindre predica una Misión en la primavera de 1824, goza de un tratamiento de favor, con su castillo, su numerosa burguesía, sus Caballeros de Saint-Louis… Pradelles no le va a la zaga en nada, incluso si los comienzos son más difíciles pues la mala forma de expresarse del Hermano Bernard facilita a Monseñor de Bonald la oportunidad de hacer desagradables observaciones. El legado del párroco de Blesle permite la apertura de la escuela y la llegada de los Hermanos a este municipio. En Fontaines-Notre-Dame, el contrato prevé que los domingos los Hermanos aseguran el catecismo en la aldea vecina. Los establecimientos de Neulise o de Murat no son objeto más que de breves alusiones, pero prueban la rápida expansión de la Congregación durante el año 1825. La composición detallada de ciertas comunidades, como las de Saint-Symphorien o de Montfaucon, aparece en las cartas dirigidas al Hermano Borgia o al Hermano Bernard. Encuentran igualmente su puesto en este conjunto ­de las fundaciones previstas y no realizadas: Yssingeaux y Gap.

La escisión de Valbenoîte se explica a posteriori, cuando el Padre Coindre se pregunta si debe responder favorable­mente a la propuesta del Padre Animé, párroco de Saint-Martin-en-Haut, de quien teme la influencia directa sobre el establecimiento, a la manera del párroco Rouchon.

El Fundador tiene al Hermano Borgia al corriente de las dificultades surgidas con las autoridades eclesiásticas, conflicto recurrente entre los Seculares y los Regulares. Al igual que los Hermanos Maristas, los Hermanos del Sagrado Corazón chocan con los proyectos de reagrupación de los Vicarios generales Bochard o Cattet, de Lyon. La Congregación de los Misioneros de los Sagrados Corazones de Monistrol corre el peligro de desaparecer por los planes de Monseñor de Bonald, lo que dispone al Padre Coindre a abandonar la diócesis de Le Puy para tomar la dirección del Seminario mayor de Blois.



En el plano histórico, las cartas del Padre Coindre cons­tituyen, con las Memorias del Hermano Xavier, la fuente principal para el conocimiento de los cinco primeros años de la Congregación. Sin embargo el interés de esta corres­pondencia no se limita a esta simple aportación; es más valiosa todavía en lo que se refiere a la intuición apostólica del Fundador; encontramos aquí las líneas de fuerza de su carisma en cuanto a la organización de la Congregación de los Hermanos y a su concepción de la vida religiosa.

Frente a un Hermano Borgia poco habituado a dirigir a los hombres, el Padre Coindre da pruebas de realismo, de prudencia y de sabiduría. Su actividad como Misionero le ha hecho descubrir todas las dimensiones de la naturaleza humana. Mientras su interlocutor se desanima por la lentitud de los progresos de sus Hermanos, él le recuerda “que Dios empleó seis días para crear el mundo y desembrollar el caos” a fin de “enseñarnos que se necesita tiempo para todo y que las cosas no marchan nunca tan bien en sus comienzos como cuando están en su plena y total madurez”. Le invita pues a la paciencia en la lenta y difícil puesta en marcha de la nueva Fundación.

Las cartas del Padre André Coindre nos informan con precisión sobre la organización de la comunidad. En primer lugar, no deja de ser una sorpresa, desde el comienzo de la primera carta, encontrar de la pluma del Fundador la expresión “su asunto” a propósito de la obra de la que le ha confiado la dirección. Preocupándose por él, le escribe: “Le veo metido en mil aprietos y no sé sobre cuáles debo hablarle para ayudarle a superarlos y a dirigir perfectamente su asunto”.

Lejos de manifestar desinterés, esta elección del adjetivo posesivo, que encontraremos frecuentemente a lo largo de esta correspondencia, unido a la Providencia del Pieux-Secours o a la Congregación de los Hermanos, manifiesta más bien lo que los sociólogos llaman “principio de delegación”: aunque sigue siendo el Superior, el Padre Coindre concede al Hermano Borgia un real poder de decisión y una autoridad efectiva. Poco preocupado por conservar celosamente una influencia exclusiva sobre todas las decisiones, reconoce gustosamente que los que están en el lugar, director o párroco, están a veces en mejores condiciones que él para decidir las medidas que hay que tomar.

Por motivo de sus frecuentes ausencias, tiene que delimitar de manera concreta las competencias correspondientes al Superior y al Director de los Hermanos, como lo recuerda en el otoño de 1825:

Es necesario que se dirijan siempre a usted para que esté enterado de todo y pueda res­ponder y animar a los débiles. Habiéndome reservado el personal, o sea, la colocación y el traslado de las personas, la aceptación de los nuevos establecimien­tos y el cierre de los antiguos, lo que atañe a la dispensa o a la interpretación de los votos de pobreza y de obediencia, es absolutamente necesario que se recurra a mí para todas estas cosas, pero avisándole siempre a usted.

Por otra parte, si las circunstancias le llevan a intervenir directamente, no deja de informar en seguida al Hermano Borgia, como en el caso particular de las fechas de vacaciones en Saint-Symphorien (carta 16). Una vez establecido en Monistrol, a partir del verano de 1822, le tiene al corriente de la marcha del establecimiento y le informa detalladamente de la vida y de la salud de los Hermanos.

De esta manera, prepara también el porvenir; considera la autonomía de la Congregación como un objetivo a alcanzar a medio plazo, según el tipo de organización de los Hermanos de las Escuelas Cristianas que sigue siendo para él una referencia. Por eso, con paciencia, carta tras carta, guía al Hermano Borgia y le prepara para futuras responsabilidades. Infundiéndole mucho ánimo, no trata de ocultarle las dificultades de la tarea, sino que las evoca de manera serena:

No se atormente. Los Superiores siempre tienen preocupaciones; es un peso, una carga que hay que llevar. No es un puesto para sentarse. La Cruz del Salvador era más pesada; es preciso sufrir con Él para entrar en la gloria; y usted no ha sido todavía vendido, ni traicionado, ni abandonado, ni crucificado por sus Hermanos como lo fue Él por sus discípulos y sus criaturas.

No duda en comunicarle sus propias inquietudes con respecto a los Misioneros de Monistrol. Porque no olvida el cuidado de los que están a su cargo, le recomienda, en caso de duda, pedir consejo a su hermano, el Padre François Coindre, o al Hermano Xavier, elegido primer asistente en el Capítulo de 1824. Incluso hace de ello una regla general:

Cuando el Hermano Director de una casa vea un abuso, puede tomar provisionalmente una decisión para atajarlo y someter después esta decisión a la aproba­ción de los Su­pe­­riores. En el momento que sea posible, y que los miem­bros del Consejo de su establecimiento compar­tan su pare­cer, aplica la decisión hasta que se prescriba de otro modo.

En la misma carta concede al Hermano Augustin, Maestro de Novicios, a quien por otra parte no duda de calificar de “grosero” por su actitud descortés, un margen de iniciativas frente a sus subordinados: “Se le deja la libertad de determinar provisionalmente lo que crea necesario. ¿Qué más quiere? Él ve los abusos mejor que yo que estoy lejos”.

Por la misma razón, cuando no tiene todos lo fundamentos para apreciar una situación, el Padre Coindre se remite gustosamente al parecer de los párrocos; con humildad, reconoce de buen grado que están en mejores condiciones que él, por su conocimiento de los lugares y de las personas, para tomar las medidas más apropiadas.

Da al Hermano Borgia consejos pedagógicos para facilitarle el ejercicio de la autoridad, consejos que puede, si llega el caso, hacer que les sirvan a sus Hermanos en las relaciones con sus alumnos; le da igualmente lecciones tácticas: con respecto a esto, la carta en la que le indica el procedimiento a seguir a propósito del incidente de Pradelles, es un modelo de este género; evitando todo ataque directo, le aconseja que envíe “una carta muy respetuosa”, muy argumentada, en la que se exponen los fundamentos de la obediencia religiosa y las bases de la colaboración entre la Congregación y las autoridades locales.

Por otra parte, en las relaciones con el exterior, el Padre Coindre recomienda la modestia y la discreción; en primer lugar, porque a los Religiosos no les conviene manifestarse al exterior, luego, porque sus primeros Hermanos no dominan todavía todas las reglas de la cortesía. No en vano recomienda la limpieza y un lenguaje correcto, y manda que reciban durante el verano clases de ortografía y de gramática.

No esperemos encontrar en las cartas del Padre Coindre al Hermano Borgia grandes tratados dogmáticos sobre la vida religiosa. Las cartas familiares no se acomodan a tales consideraciones. Ciertamente, como ya lo hemos señalado, la carta 24 a las Hermanas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María constituye una amplia variación sobre el tema: “Estáis muertas y vuestra vida está escondida en Dios”; igualmente, la carta 21 al Hermano Louis presenta, según la opinión misma de su autor, “toda la doctrina de la salvación”. Pero, a parte de estas dos exposiciones muy teóricas, encontramos en la correspondencia del Padre Coindre numerosas alusiones dispersas que, sin constituir un tratado, nos informan sobre la vida religiosa tal como él la concibe para sus discípulos.

Circunstancialmente, no deja de recordar los compromisos que se derivan de los tres votos religiosos; indica que los Hermanos no deben guardar dinero, ni hacer compras sin la autorización de su Superior; pero al mismo tiempo, desea que se tomen todas las precauciones antes de que el Hermano Marcellin ceda sus bienes personales. Las circunstancias no le dan la ocasión de hacer tratados sobre la castidad, pero recomienda la más atenta vigilancia de los internos del Pieux-Secours y apoya al Hermano Borgia cuando intenta cambiar al Hermano Louis cuya ligereza podría causar escándalo. Las bases de la obediencia las recuerda en esta misma ocasión. Lo que le permite precisar de paso que no hay que “considerar como un acto de desobe­diencia formal el que se hayan permitido hacerle algunas observaciones sobre los prejuicios que tenían contra el Hermano Pierre”.

Más que sobre los votos, que no parecen haber dado lugar a abusos reprensibles, el Padre Coindre insiste, en sus consejos al Hermano Borgia, sobre la práctica de las virtudes que debe favorecer en sus Hermanos el progreso en la vida espiritual. Vuelve a menudo, especialmente cuando habla de la formación de los Novicios, sobre la importancia de la humildad, de la confianza, de la apertura de corazón: “Incúlqueles el desprendimiento, la obediencia y la humildad.” Estas virtudes vuelven a aparecer bajo su pluma como un leitmotiv, por ejemplo en el otoño de 1825: “Cuando escriba, recomiende el celo por la salvación de las almas, la obediencia y la humildad.”

Las privaciones, la penitencia, la desconfianza de sí mismo valen para todos, tanto Profesos como Novicios, a quienes recomienda, igualmente, que sean desprendidos y se mantengan en la dependencia absoluta de Dios. Abraham les muestra el camino en la fe y la esperanza; el amor a los Sagrados Corazones de Jesús y de María les debe servir de distintivo. El amor a su vocación les permitirá progresar en la serenidad, la paz, la confianza.

En diferentes ocasiones, el Padre Coindre invita al Hermano Borgia a infundir en los Hermanos la estima de su vocación, fuente de la fidelidad:

Infunda en los Hermanos la estima de su vocación; recalque el más mínimo bien que puedan hacer para que lo aprecien y lo amen. El honor, la lealtad y el agrade­cimiento les deben encariñar con usted y conmigo. El amor de Dios y la Provi­dencia les unirán, ante todo, a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Es su bandera, no deben abandonarla jamás.

Cuando ve al Hermano Augustin titubeando, tan sólo unos meses después de su compromiso, le recuerda con firmeza sus promesas y le presenta, así como a los demás los Hermanos, el ejemplo de los Apóstoles. Envía al Hermano Louis, incitado a abandonar su vocación, una larga carta para recordarle sus obligaciones.

Al igual que los primeros discípulos de Jesús, los pioneros del Instituto aparecen como hombres sencillos; necesitan guía y apoyo para sus primeros pasos en la vida religiosa. El examen del primer Registro del personal nos informa sobre el oficio y, a través de él, el grado de instrucción de los primeros Hermanos; de 1821 a 1826, entre aquellos cuya profesión se indica, hay tres maestros, dos pasantes de notario, dos estudiantes, un antiguo militar, cinco labradores, tres tejedores, tres carpinteros, dos sastres y un zapatero. Durante muchos años, los labradores constituirán una proporción importante de los que ingresan en la Congregación.

El Fundador da una gran importancia a la admisión y a la formación de los Novicios. En el transcurso de las Misiones que predica, se percata de las personas aptas para la vida religiosa y las orienta gustosamente hacia sus Congregaciones. Así invitó a Claude Mélinond, maestro en Belleville, a unirse al grupo de los fundadores en septiembre de 1821. Manda al Hermano Borgia muchos aspirantes y se sorprende él mismo de la abundancia de vocaciones en Haute-Loire:

Le mando, a mi parecer, dos buenos jóvenes, que no saben ni una palabra de francés, pero que tienen buena voluntad. Creo que serán todavía capaces de aprender un oficio […]. No les he pintado el asunto de color de rosa, pero nada les ha desanimado […]. Estas tierras están llenas de jóvenes que quieren ser Religiosos. Póngalos a prueba, pero siempre con prudencia.

Procura que el número de las admisiones no perjudique a la calidad de la formación y desea que el Formador, en un clima de comprensión, de sosiego y de caridad, se asegure de las intenciones de los postulantes y compruebe la solidez de su vocación; recomienda un cierto aislamiento, la práctica de las virtudes y la apertura de corazón con frecuentes entrevistas que permitan reconfortar y animar a los Novicios.

Al principio, están previstos dos años de Noviciado. Establecido en primer lugar en Lyon donde los aspirantes se encuentran en contacto frecuente con los internos del Pieux-Secours, el Noviciado se traslada en 1823 a Monistrol; el Hermano Augustin toma entonces la dirección. Para el Hermano Borgia el hábito religioso constituye un signo visible de la pertenencia a una Congregación religiosa. Parece concederle una gran importancia y vuelve fre­cuen­te­ment­e sobre este tema; como se preocupa de ello demasiado, el Padre Fundador debe recordarle que esto no es lo esencial: “Cuando haya comprobado que la obediencia y la piedad de los demás Hermanos son verdaderamente religiosas, hará que se vistan como conviene”.

Es a partir de 1825, al parecer, cuando los Novicios llevan una vestimenta distintiva. El Padre Coindre, por su parte, se preocupa más de los progresos en la virtud o de la regularidad; su correspondencia nos muestra la existencia de ciertas debilidades: “los rezos, el levantarse por la mañana, el silencio y la placidez de los recreos le importunan”, dice a propósito del Hermano Niel.

La dificultades con el arzobispado de Lyon, poco propenso a autorizar las numerosas Congregaciones de Hermanos, habían ocasionado, al menos en parte, el des­plazamiento del Noviciado a Monistrol. Para responder a los temores del Hermano Borgia, el Padre Coindre le da una amplia lección de derecho canónico, en lo relativo a la toma de hábito y a la Profesión, que debería apaciguar sus inquietudes sobre eventuales ceremonias que podrían celebrarse en Lyon:

Es completamente inútil ir a Monistrol para la toma de hábito, ya que puede hacerse en Lyon, sin ceremonia si es preciso. Además, nos habían concedido esta autorización de una manera general y no nos han notificado que no lo hagamos; por otra parte, saben que los Hermanos lo llevan, que no está prohibido […]. Además, si hubiera dificultades para que un sacerdote presidiera, no las habría para ustedes, pues los Hermanos de las Escuelas Cristianas lo hacen sin que ningún sacerdote presida, sin avisar al Ordinario del lugar. No veo la necesi­dad de pedir esta autorización cada vez; con la primera me parece que es sufi­ciente hasta que lo prohiban.

En cuanto a los votos, podría haber dificultades […]. Por eso conviene que se hagan en un territorio en el que se tiene la autorización y todo estará en regla. Pero la toma de hábito, como no requiere más que una ceremonia sin otra obligación que la de ser fiel mientras se lleve, no presenta las mismas dificultades.

La carta 20 nos informa con precisión sobre la formación dada en el Noviciado. El Hermano Augustin, “siempre dispuesto a ahogarse en un vaso de agua”, deseaba obtener del Hermano Borgia consignas precisas sobre este punto. El Padre Coindre, consultado, enuncia a vuela pluma, como una evidencia, el cometido del Maestro de Novicios, lo que nos pone al corriente de la formación que se daba entonces:

Su deber como Maestro de Novicios es, en primer lugar, presidir todos los actos, conceder los permisos, dar las órdenes, hacerlas cumplir, por él mismo o por su ayudante, estar con ellos en la meditación, en el come­dor, en el examen particular, en la lectura espiritual. Durante el tiempo de la meditación les enseñará a meditar por medio de las reflexiones y los actos que él mismo hará. Durante la lectura espiritual puede hacer las advertencias, mandar hacer alguna reflexión sobre lo leído, preguntar si lo han entendido, pedir cuentas una vez por semana de su comportamiento en clase a través de las notas del maestro de gramática o de escritura. Después, en otros momentos, entrevistarse con ellos, cuando pueda, al menos una vez cada quince días.

Como se ve, el Noviciado no es exclusivamente una iniciación a la vida religiosa; se lleva a cabo paralelamente una preparación para la enseñanza en las escuelas primarias, por eso se dan estas clases de gramática y de escritura que pueden sorprender hoy día, pero que se seguirán dando por mucho tiempo todavía, al menos en Francia, incluso después de la promulgación del Código de Derecho canónico de 1917. Además, como el Noviciado constituye una carga financiera importante para la joven Congregación, la duración de dos años es abreviada frecuentemente. El prospecto de 1824, reproducido en el anexo I, página 158, especifica que “los que, al decimosexto mes de prueba, son considerados aptos para desempeñar las funciones de maestro, obtienen la anulación del pago de la pensión de los ocho últimos meses”.

Los gastos del Noviciado corren en principio a cargo de los Hermanos, de su familia o de un protector. Se elevan a veinticinco francos al mes. La correspondencia del Fundador y el primer Registro del personal nos muestran que esta regla tiene numerosas excepciones. El Padre André Coindre se hace cargo de ciertos aspirantes como lo confirma la carta 6; esta carta evoca igualmente con todo detalle el contenido de la enseñanza profana dada en el Noviciado, al mismo tiempo que ofrece indicaciones sobre la gestión material de los establecimientos:

Dije [...] que había que apresurar la formación de los que se van a dedicar a la enseñanza; que no podía dar al establecimiento de la Butte, para los que no le son necesarios, más que una determinada cantidad de dinero, 200 ó 300 francos, para un año de Noviciado; que cuando se gastasen esos 200 ó 300 francos, al no poder entregar nada más al establecimiento de la Butte para ellos, tendría que retirarlos de allí y colocarlos en un establecimiento donde sería preciso que su habilidad les sirviera para salir adelante; que si no aprendían a escribir muy bien, ni a hacer leer a compás, ni a enseñar adecuadamente el catecismo, no los encontrarían buenos para nada, y que nuestros primeros establecimientos no tendrían aceptación y quedarían a mi cargo; que en consecuencia, era muy urgente [que los] que debían comenzar a enseñar por Todos los Santos no perdieran el tiempo.

Para paliar la escasez de recursos, el Padre Coindre intenta obtener de Monseñor de Bonald becas para los Novicios, a cambio sin duda de un compromiso para con la diócesis; el proyecto fracasará. La necesidad le lleva pues a tener que adaptarse a las circunstancias:

Pienso que se debe cumplir todo el tiempo del Noviciado siempre que se pueda; pero la falta de dinero nos obliga a colocar a las personas. Si no lo hiciéramos, no podríamos alimentar a los que ingresan con verdadera vocación y no pueden pagar. Es esencial tener estable­cimientos que, cada año, además de cubrir sus gastos, aporten algo para el Noviciado.

Así, en 1826, la situación material de las diferentes casas permite pensar en una contribución desinteresada a los gastos del Noviciado. En vida del Fundador, parece ser que cada establecimiento dispone de la independencia financiera, aunque debe asumir una parte proporcional de los gastos generales y contribuir a los desembolsos de la casa del Noviciado para la formación de los aspirantes. En cuanto a esto, el Padre Coindre se toma la molestia de determinar detalladamente las disposiciones que aseguran un justo reparto de las cargas según un principio claro que debe evitar toda dificultad posterior:

Distribuya los gastos hechos por los Novicios en maestros, papel, a prorrateo entre el número de ellos. Cuando salgan destinados, haga un ajuste con cada uno que ha producido unos gastos y con el Hermano Director que lo tendrá bajo su obediencia para que paguen a plazo fijo. Distribuya estas cantidades en pagarés que usted cobrará de los establecimientos el día de su vencimiento; no habrá nada que objetar, puesto que todo estará determinado de antemano. Si el Hermano que debe algo cambiase de estableci­miento, el establecimiento conti­nuaría obliga­do al pago correspondiente con tal que se le enviara un sustituto que no tuviera deudas. Tome buena nota de eso como una orden mía, así ya no tendrá que andar con regateos. En esto, debe proceder con los establecimientos como con las personas.

Desde Blois, se preocupa de la organización material de las comunidades; se esfuerza en apoyar y aconsejar al Hermano Borgia con respecto a la administración del Pieux-Secours, así como a la de la comunidad de los Hermanos. Su última carta, una de las más largas, incluye con respecto a esto numerosas y valiosas directrices:

Sus establecimientos de los pueblos tendrán siempre muy pocos alumnos durante el verano. No obstante, el beneficio de sus ingresos debería bastar para sus gastos de alimentación de todo el año. Por consiguiente, se podría mandar lo sobrante a la Casa Madre o al Noviciado para que se reforzaran; pero todos pagarían la pensión con respecto a los beneficios del establecimiento; esto es lo que conviene hacer.

En esta última carta, llena de preocupaciones y de sabios consejos, recomienda “estar sobre aviso para no endeu­darse”; la inquietud está presente; pero el orden de prio­ridades, pronto restablecido, invita al optimismo: “Temo que tengamos que cerrar algunos de nuestros establecimientos por falta de dinero. Pero habrá que impedir sobre todo que desaparezcan por falta de virtud y de ciencia, y todo nos irá bien.”



No es de extrañar la importancia concedida por el Padre Coindre a la Regla; bajo diversas formas, la palabra aparece unas veinticinco veces en sus cartas; o sea, que habla de ellas casi en cada ocasión; es significativo que trata de ellas tanto en la primera como en la última de las cartas que envía al Hermano Borgia.

La primera mención no es la menos interesante puesto que atestigua que, desde los orígenes, el Fundador redactó una versión breve a la que hace gustosamente referencia, insistiendo sobre la fidelidad “en el cumplimiento de las Reglas que les dimos, aunque son todavía limitadas y no pueden resolver todos lo problemas”. En su última carta, justifica sus reticencias a la apertura de una escuela en Saint-Martin-en-Haut por la cercanía con los seminaristas y sus profesores de latín que pueden ridiculizar a los Hermanos, hacerles faltar a su Regla y crear obstáculos a su vida de comunidad.

La sabiduría del Fundador le impide legislar a cada paso incluso cuando se le solicita. Al Hermano Augustin, que desearía una Regla particular para el Noviciado, le dice que se atenga a las normas comunes adaptándolas a su situación: Una Regla particular “podría complicarle todavía más”. Pone el acento más sobre el espíritu que sobre la letra: “Las Reglas no especifican nunca todo; debemos conocer su espíritu y actuar en consecuencia.”

Sin embargo, lo mismo que los Hermanos, siente la necesidad de una legislación adaptada y, para solucionar lo más urgente, les remite a las disposiciones en vigor entre las Hermanas de los Sagrados Corazones de Fourvière. La penúltima carta enviada de Blois unos meses antes de su fallecimiento se hace eco de esta preocupación: “Me ocuparé de las Reglas cuando tenga un momento de respiro. No paro en todo el día, como un desdichado”. Su muerte prematura, cinco años después de la fundación del Instituto, le impedirá realizar esta tarea cuya urgencia sentía.

Solicitado por todas partes para la apertura de nuevas escuelas en su diócesis de origen, en Haute-Loire o en Can­tal, el Padre Coindre fija un cierto número de normas concretas para la fundación de nuevos establecimientos. En primer lugar, enuncia como una regla absoluta que no en­viará “a ningún Hermano destinado solo, sino al menos a dos o tres formando comuni­dad”. Lo vuelve a decir de ma­nera categórica con respecto a la petición del párroco de Collonges. El prospecto de 1824 admite sin embargo que “pueden ir en número de dos a los municipios que lo pidan”.

Sin embargo, las escuelas rurales, cuya responsabilidad acepta, se componen habitualmente, según la descripción de los cargos de la Congregación establecida por el Capítulo de 1824, de cuatro Hermanos: un Director, un maestro de la clase de los mayores, encargado de la escritura, del cálculo y de la gramática, un maestro de la clase de los pequeños, encargado de enseñar a leer, y un Hermano auxiliar o cocinero. La casa de Lyon o el Noviciado de Monistrol tienen un personal más numeroso.

Las condiciones generales fijadas en el prospecto estipulan que los Hermanos, además del alojamiento y el mobiliario, reciben por cada alumno externo gratuito la suma de 20 francos al año. Reciben igualmente alumnos de pago, internos a los que se les concede sólo alojamiento, e internos que aportan recursos suplementarios.

Puede sorprendernos no encontrar en las cartas del Padre Coindre sino pocas referencias con respecto a la vida comunitaria. Sólo encontramos una exhortación a la unidad: “Que los Hermanos estén muy unidos entre sí”, seguida al punto, es verdad, de una invitación a la perfección: “que sean santos”, que resume por sí sola el elevado ideal al que les invita. Pero es que esta correspondencia incompleta no tiene otro objetivo que el de paliar las numerosas ausencias del Fundador. No pretende suplir una instrucción oral y un acompañamiento personalizado a lo largo de los encuentros habituales en el Pieux-Secours o en Monistrol.

Así como no constituyen por sí solas un tratado de formación o de gobierno, estas cartas no bastan para trazar una semblanza completa de André Coindre. La tradición oral, el curriculum de sus estudios, el entorno en el que trabaja y sus sermones nos proporcionan otras muchas informaciones sobre su personalidad. Sin embargo, sus cartas dejan entrever rasgos importantes de su alma de apóstol y, sin reducir su semblanza a estos elementos, muestran sus cualidades de organizador, de pedagogo y de orador.

En primer lugar, la correspondencia con el Hermano Borgia nos muestra a un padre cariñoso y solícito. Da él mismo el ejemplo de lo que aconseja a los Hermanos: “Que pongan tanto interés en su trabajo como el que ponen los padres de familia en el suyo cuando están ya situados”.

La frecuencia y la intensidad de las palabras de afecto empleadas por el Padre Coindre en sus cartas al Hermano Borgia pueden sorprendernos; utiliza a menudo la fórmula habitual “mi muy querido Hermano Director” y habla de “nuestros queridos Hermanos” cuando menciona a los miembros de la Congregación. Mientras las dos cartas enviadas al Hermano Bernard parecen bastante neutras: “muy querido Hermano”, “su Padre en Jesucristo”, las enviadas al Hermano Borgia están llenas de muestras de una ternura que podría sorprendernos a primera vista: “Adiós mi muy entrañable amigo. Le abrazo de todo corazón lo mismo que a mis muy queridos amigos y Hermanos”. Estamos, es verdad, en pleno período romántico y el afecto sentimental aparece más fácilmente que en otras épocas; pero esta situación no explica todo.

El Fundador tiene conciencia de dejar sobre los hombros del Hermano Borgia una pesada carga confiándole la administración corriente de la joven Congregación de los Hermanos. El argumento espiritual: “Duplicará mis fuerzas para trabajar por la salvación de las almas y compartirá conmigo el mérito ya que aligerará mis preocupaciones”, queda muy abstracto a los ojos de un hombre sensible y preocupado, que se siente poco capacitado para la tarea que se le encomienda.

El Padre Coindre no sólo no pierde ninguna ocasión de realzar todo lo que se hace de positivo en el Pieux-Secours o en los demás establecimientos, sino que se muestra muy atento a las preocupaciones que la administración causa a la persona con quien se cartea. “Tuve el presentimiento de que estaba apenado, le dice en el otoño de 1825

  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal