Amar, pensar y actuar desde América Latina



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Hart Dávalos, Armando. Amar, pensar y actuar desde América Latina. En libro: Nueva Hegemonía Mundial. Alternativas de cambio y movimientos sociales. Atilio A. Boron (compilador). CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, Argentina. 2004. p. 208.

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Amar, pensar y actuar desde América Latina

Armando Hart Dávalos*

Para un cubano que trata de ser consecuente con la historia de Cuba y de América constituye un inmenso honor que se le haya concedido el privilegio de trasmitir un mensaje a los aquí presentes. Implica, también, una gran responsabilidad porque debo hacerlo en nombre de la cultura que José Martí representa. El Apóstol y Simón Bolívar son los símbolos más altos de la historia de América, representan una cultura que desde su gestación ha estado vinculada a los problemas inmediatos de nuestro desarrollo histórico y, por tanto, hoy puede dar respuesta y signar posibles caminos para enfrentar los desafíos del mundo actual.


Como señalaba el Presidente Fidel Castro en la clausura de la Conferencia Internacional por el Equilibrio del Mundo, celebrada en homenaje al 150 aniversario del natalicio de José Martí, nuestro Apóstol identificaba a Dios con la idea del bien. En nombre de la acepción martiana de Dios, es decir, del bien, traigo la palabra nacida de nuestras más profundas convicciones que brotan de amores y pensamientos enraizados en nuestro espíritu. Amar, pensar y actuar, he ahí el mensaje martiano que modestamente quiero exponerles.
Las ciencias naturales han creado símbolos para adentrarse en el conocimiento de una realidad que abarca tanto los espacios infinitos del Universo como el inagotable micromundo. Sin ellos no se hubieran alcanzado las cumbres del saber que el hombre ha conquistado. Las de carácter social necesitan también sus propios símbolos. Ellos están presentes en los grandes procesos sociales, económicos, culturales y políticos. También en los pueblos y los hombres que los representan y promueven.
Los mitos y símbolos son indispensables para relacionar en la conciencia humana planos de la realidad que se presentan como contradictorios y muy distantes en el espacio y en el tiempo. En un mundo cargado de feroz y vulgar materialismo y que expresa una muy peligrosa fragmentación de la realidad, ellos son más necesarios que nunca antes en la historia. Nos deben permitir encontrar y extraer conclusiones acerca del hilo invisible que –según Martí– une a los hombres en la historia. Así podremos comprender el drama que viene del pasado y tratar de visualizar un futuro que sólo se alcanza con la acción de millones de hombres y de muchas generaciones. Rechacen otros la necesidad de mitos y símbolos. Los pueblos –como dijo Mariátegui– necesitan de mitos multitudinarios. El apostolado de Martí es por eso más actual y necesario que nunca.
Hace ya más de cien años, el pensamiento conservador europeo llegó a la conclusión de que a fines del siglo XX se produciría la decadencia de Occidente. De igual manera, el ilustre patricio cubano Salvador Cisneros Betancourt señaló a principios del siglo XX que el camino que entonces recorría Estados Unidos conduciría a la decadencia de su inmenso poder y advirtió, pensando en Cuba, que recordaran siempre los gobernantes norteamericanos que no había enemigo pequeño.
Ya en 1887, al analizar con visión premonitoria los peligros que se gestaban desde Estados Unidos, nuestro Héroe Nacional señaló: “Se van levantando en el espacio, como inmensos y lentos fantasmas, los problemas vitales de América: piden los tiempos algo más que fábricas de la imaginación y urdimbre de belleza. Se puede ver en todos los rostros y en todos los países, como símbolos de la época, la vacilación y la angustia. El mundo entero es hoy una inmensa pregunta”.
¿Cómo responder a este interrogante en el siglo XXI cuando el desafío se presenta de una manera más dramática y universal?
Como lo muestra esta misma conferencia, América Latina y el Caribe es la única región del mundo con posibilidades de elaborar una tesis coherente en relación con los grandes retos que nos presenta el siglo XXI, y lo podemos hacer con la participación de ilustres representantes del pueblo norteamericano como los aquí asistentes.
Es en América Latina y el Caribe donde se encuentran las reservas culturales indispensables para enfrentar la grave crisis que tenemos ante nosotros. Nuestra América, por factores económico-sociales vinculados a su inmensa tradición espiritual, puede presentar fórmulas para un diálogo con el mundo, incluso con el propio pueblo y la sociedad norteamericanos con relación al futuro de la humanidad. Por estas razones, les invito a estudiar el pensamiento latinoamericano y específicamente el de Martí quien llegó a un ideario universal no sólo con formulaciones abstractas, sino también con señalamientos muy concretos. Él, genio de la palabra, dijo que hacer es la mejor manera de decir. Lo expuso de manera brillante en la prosa y en la poesía. También lo confirmó en su acción, ideas y principios que sirven para conocer y comprender la realidad a la que muchas veces no se llega con el pensamiento racional.
Su verso centelleante penetró en aspectos sustantivos de la sensibilidad humana y logró revelar verdades y sentimientos que estaban ocultos en la madeja de un racionalismo que por exagerado e inconsecuente se ha vuelto irracional y nos ha llevado al primitivismo más atroz, porque cuando la inteligencia no va acompañada del amor deviene en torpeza, maldad e irracionalidad que alientan el instinto criminal. Tal como he dicho, en estos análisis está la clave del genio del Apóstol: amor, razón y vocación hacia la acción, he ahí lo que nos enseñó.
Como esta síntesis sólo es posible alcanzarla a escala social e histórica con una cultura volcada hacia la acción, el Apóstol la llevó al terreno de los hechos y a sus ideas pedagógicas y de política culta. Se comprenden así las posibilidades y necesidades de un esclarecimiento filosófico orientado a la elaboración de programas como los que necesita el mundo de hoy.
Hagamos una reflexión a partir de lo que la Europa culta llamó Nuevo Mundo, es decir, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, y del papel que éste debe desempeñar en este nuevo siglo.
En el Manifiesto de Montecristi que firmara Martí junto al General Máximo Gómez en marzo de 1895, mediante el cual explicaban a Cuba, América y el mundo los fundamentos de la gesta de independencia de Cuba, se señalaron ideas esenciales cuya vigencia es impresionante. Por ejemplo: “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”.
En carta a su entrañable amigo mexicano Manuel Mercado de 18 de mayo de 1895, inconclusa porque al día siguiente lo sorprendió la muerte, señala que todo lo que ha hecho y haría sería para “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas, Estados Unidos, y caiga, con esa fuerza aún más sobre nuestras tierras de América”. El Apóstol no olvidó un aspecto sustancial, envió un mensaje al pueblo norteamericano cuando afirmó, en otra ocasión, que la guerra de independencia de Cuba también se hacía para salvar el honor de la gran república del norte que en el desarrollo de su territorio –por desdicha feudal ya y repartido en secciones hostiles– hallaría más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores y en la guerra que el mundo coaligado tendría que librar contra su ambición. Es la visión martiana que deseamos llegue a todos los pueblos del mundo y en especial al norteamericano.
Cuando escuchaba las interesantísimas conferencias del primer día1, me preguntaba: ¿y cuál será la reacción de la sociedad norteamericana frente al drama universal que está desencadenando con fuerza la oligarquía de ese país? Tengo fe en las potencialidades, en la mejor tradición democrática de Estados Unidos, y tengo confianza en que en el liderazgo de esa nación aparezcan personas sensatas que comprendan que no tienen posibilidad de relacionarse con el mundo si no es a partir de un crisol de ideas como el de A. Lincoln, R. W. Emerson –a quienes tanto admiró José Martí– y de Martin Luther King, cuyo símbolo irá creciendo cada vez más en el seno del pueblo estadounidense.
Es muy importante tomar en cuenta que Martí concibió estas ideas en el seno de Estados Unidos –lugar donde residió más de la tercera parte de su vida– cuando precisamente se gestaba el imperialismo. Fue allí donde coronó su pensamiento y se convirtió en el analista más profundo sobre la realidad norteamericana de la última mitad del siglo XIX. Por esto, sus ideas sobre el equilibrio permiten un esclarecimiento filosófico que sirve para elaborar los programas políticos y educativos que necesitamos en la actualidad.
Hay dos ideas claves en Martí que nos pueden ayudar a encontrar, sobre el fundamento filosófico, los caminos políticos, educativos y culturales para enfrentar estos procesos. Estas son, de un lado, las ideas sobre el equilibrio del mundo a que hemos hecho referencia anteriormente, y del otro, la utilidad de la virtud y las posibilidades del mejoramiento humano. La idea del equilibrio del mundo, como toda su cosmovisión, se fundamenta en la integridad de los diversos órdenes de la realidad en cuanto ley matriz esencial que rige para la naturaleza, el arte, la ciencia, la economía y las relaciones sociales. Y como esta síntesis sólo es posible alcanzarla a escala social e histórica orientada hacia la acción, el Apóstol la llevó al terreno de la educación, la cultura y la política práctica.
A partir de estas conclusiones, invitamos a estudiar sus concepciones acerca de lo que llamó la ciencia del espíritu, sus planteamientos acerca de la relación entre la maldad y la estupidez y entre la bondad y la inteligencia, su afirmación de que el sentido de lo humano está en la facultad de asociarse, su criterio acerca de la importancia de la educación y de la cultura en la liberación humana y sus ideas éticas. Estúdiese también la afirmación de Martí con relación a que todo hombre es una fiera dormida. “Es necesario poner riendas a la fiera. Y el hombre es una fiera admirable: le es dado llevar las riendas de sí mismo”. Las riendas son la cultura.
Todos estos aspectos constituyen claves esenciales para llegar a una concepción del mundo sobre el fundamento de la justicia y la solidaridad entre los hombres. Este crisol de ideas analizado en relación con el mejor pensamiento filosófico universal pone de manifiesto una carga de ciencia y utopía, de realidad y sueño como la requerida para alcanzar un mundo mejor.
Es que en Martí hacen síntesis el inmenso saber de la modernidad europea; la más pura tradición ética de raíces cristianas que desde sus orígenes en Cuba no se situó en antagonismo con las ciencias; la influencia desprejuiciada de las ideas de la masonería en su sentido más universal y de solidaridad humana; la tradición bolivariana y latinoamericana que enriqueció con su vida en México, Centroamérica y Venezuela, y las ideas y sentimientos anti-imperialistas surgidos desde las entrañas mismas del imperio yanqui donde vivió durante más de quince años, y completó su pensamiento político, social y filosófico desde la óptica de los intereses latinoamericanos. Fue, sin duda, el analista mas profundo sobre la realidad norteamericana de la última mitad del siglo XIX.
En 1892, José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano y tres años más tarde, después de intensa labor política y organizativa, convocó a la guerra necesaria contra el imperio español que resultó ser la antesala del combate al naciente imperio yanqui. En la década del ‘20 del siglo pasado esa tradición patriótica y anti-imperialista se ensambla con el ideal socialista y profundiza su contenido popular y de justicia social.
De esta forma, la cultura cubana arribó al nuevo milenio con la síntesis más elevada entre el pensamiento europeo y el del Nuevo Mundo, y al hacerlo, asumió la articulación euro-americana sobre el fundamento de medio siglo de experiencia práctica en el enfrentamiento a la política imperialista y por tanto al poder tecnológico y económico más grande que ha existido jamás en la humanidad y situado, además, a 90 millas de nuestras costas.
Una nación que ha tenido esta capacidad de combate y resistencia para enfrentar tan graves obstáculos durante cerca de ciento cincuenta años, está preparada para dar respuesta a los problemas esenciales que se plantean a la Cuba de hoy y de mañana pero, desde luego –sépase con claridad–, conciernen no sólo a nuestro país, sino que involucran a toda la humanidad.
Si en el siglo XX se exaltó el pensamiento anti-imperialista y su radical humanismo universal, en el siglo XXI es necesario estudiar las ideas filosóficas de Martí que son indispensables no sólo para nuestro país, sino para América y la humanidad en su conjunto. No hay más alternativa que plantearse problemas de carácter filosófico, dejando atrás terminologías de factura europea que establecen un valladar con las masas y retomando el pensamiento de los más grandes filósofos de todos los tiempos.
Antonio Gramsci afirmó que toda gran filosofía comenzaba por el análisis crítico de las formulaciones del sentido común. Veamos la primera: todo hombre necesita comer, vestirse, tener un techo, antes de hacer filosofía, religión y cultura. Derivemos de ella la segunda: no hay hombre, en el sentido universal que todos conocemos, sin la cultura.
¿Qué enseñanza extraemos los cubanos hoy, de estas ideas y sus consecuencias ulteriores? La primera y más importante lección está en que el déficit principal de lo que se llamó izquierda en la centuria concluida fue haber divorciado las luchas sociales y de clases de la mejor tradición cultural latinoamericana. Esto no sucedió así en Cuba. Entre nosotros, durante el siglo XX se articularon, como ya señalé, las ideas políticas, económicas, sociales y culturales procedentes de dos grandes vertientes: el materialismo histórico de Marx y Engels, que es la escala superior que hasta hoy ha alcanzado la filosofía europea, y la cultura de fundamentos latinoamericanos y caribeños cuya más alta escala está en José Martí.
A escala universal, en el siglo XX no pudieron relacionarse los grandes descubrimientos del materialismo histórico con el peso de la subjetividad en la propia historia. Faltó cultura para ello.
Esto nos incita a estudiar en el XXI, a la luz de las ciencias humanas y sus grandes descubrimientos, la importancia del factor subjetivo para comprender los acontecimientos que tenemos delante.
De ahí el valor de las palabras de Fidel Castro cuando insiste en que la cultura es el elemento esencial para la política nacional e internacional en estos tiempos de encrucijada.
Los fundamentos materiales de la civilización requieren, como necesidad, de la cultura; sin ella no tendrían la inmensa riqueza acumulada, sin ella no habría propiamente economía altamente desarrollada.
Cuando las nobles aspiraciones de libertad, igualdad y fraternidad han sido lanzadas por la borda por el materialismo vulgar que se ha impuesto en el mundo que llaman unipolar, los latinoamericanos y caribeños nos presentamos con la riqueza cultural universal de más alto valor humanista. Es difícil encontrar una región del mundo que posea por su historia y tradiciones la vocación de universalidad solidaria que tiene América Latina. Entre nosotros no existen nacionalismos estrechos y fanáticos que dolorosamente están presentes en otras regiones. En el nacionalismo latinoamericano y caribeño está inserto el ideal de integración multinacional y una disposición generosa de abrazarnos con el mundo.
Partimos de una tradición de espiritualidad y eticidad que se manifiesta en la búsqueda de un mañana mejor para todo el mundo. Ella está presente, de manera inequívoca, en los importantes movimientos de ideas que han tenido lugar en los últimos cincuenta años en nuestra patria grande. Estos son: la renovación del pensamiento socialista que generó la Revolución Cubana y que representamos en Fidel Castro y Ernesto Guevara; la explosión artística y literaria, y el pensamiento estético que se relaciona y tiene su fuerte en Alejo Carpentier y lo real maravilloso; el pensamiento social y filosófico, y la dimensión ética que observamos en la teología de la liberación cuando la analizamos en función del reino de este mundo; el movimiento de educación popular.
Estos procesos de ideas tienen un común denominador: toman muy en cuenta la realidad y se plantean, asimismo, una visión utópica, es decir, un proyecto, una aspiración, un ideal de mejoramiento humano hacia el futuro. Precisamente la crisis del pensamiento occidental radica, como ya señalamos, en que divorció estas dos categorías: utopía y ciencia. América Latina, a partir de su historia y sus tradiciones, puede presentar una solución que hermane la inteligencia y el amor como proyecto de liberación.
El egoísmo no necesita ser alentado, existe con fuerza espontánea muchas veces avasalladora y destructiva. El amor y la solidaridad son los rasgos superiores de la inteligencia humana que requieren estímulo. Un empeño destinado a promover ideas y sentimientos solidarios está en la esencia del postulado de José Martí requerido para el equilibrio social e histórico, de los individuos, las colectividades, las naciones y la humanidad en su conjunto.
Los agentes sociales del cambio planteados por Marx y Engels resultan insuficientes. Fueron presentados para la Europa del siglo XIX y estamos en el hemisferio occidental del siglo XXI.
Es imprescindible encontrar nuevas categorías para concebir las formas de cambiar el mundo.
Hay que materializar el empeño de transformación tomando como punto de partida el hecho bien objetivo de que los acontecimientos de la actualidad se relacionan con las necesidades materiales y espirituales derivadas de la identidad de colectividades, naciones y grupos de naciones por área geográfica, por las aspiraciones de ellos a una civilización superior y por la existencia de la universalidad que hoy llaman globalización. Estudiemos los desafíos postmodernos a partir de estas tres categorías: identidad, civilización y universalidad. Las mismas tienen raíces económicas y por ellas pasa el vértice del ciclón postmoderno. Esta es la nueva dimensión que ha alcanzado el drama social, histórico y cultural en los años posteriores a la caída del muro de Berlín. Al término de la Segunda Guerra Mundial ya se avizoraban y producían estos enfrentamientos, pero la existencia de un equilibrio bipolar contuvo, o al menos amortiguó, una ruptura radical de relaciones tan conflictivas.
América Latina y el Caribe están en condiciones de presentar como respuesta a la fragmentación y decadencia evidentes del pensamiento occidental la solidez de nuestra tradición cultural y su valor utópico encaminado al propósito de la integración.
¿A qué nos obliga en el orden práctico esta aspiración de universalidad?
En primer lugar, no debemos caer en la trampa de analizar nuestras relaciones con Estados Unidos enfocando la cuestión política exclusivamente en el marco de los intereses y criterios que se mueven en el seno de la élite gubernamental de ese país. Hay que hacerlo desde un plano más amplio, debe ajustarse y tomarse en cuenta la posible influencia a ejercer en la opinión pública y el pueblo norteamericano. Es necesario, a la vez, movilizar internacionalmente a los más amplios sectores sociales a favor de los objetivos que perseguimos.
En segundo lugar, no debemos tener la más mínima debilidad o flojedad frente a la política arrogante de los gobiernos norteamericanos. Como señalaba el Che, a los imperialistas no podemos hacerles la más mínima concesión. Esta formulación tiene hoy mayores razones para ser efectiva que cuando Ernesto Guevara la formuló.
En tercer término, hay que asegurar la unidad del pueblo, la división es uno de los factores que más debilita la capacidad de lucha, de avance y de resistencia del pueblo; por eso, los cubanos cuidamos de la unidad como de la niña de nuestros ojos.
En cuarto término, la unidad y la firmeza frente al poder hegemónico y unipolar reclama la defensa de los intereses de la inmensa mayoría de la población y el respeto a la tradición de nuestros pueblos, que se expresa en la cultura y, dentro de ella, el papel que desempeñan los intelectuales es de enorme importancia.
Todo esto nos lleva a exaltar el papel de la práctica pedagógica y de la política práctica que constituyen la contribución más singular que el Apóstol hizo a la historia de las ideas políticas y educacionales. Se enlazan, también con la inmensa cultura jurídica que tiene una amplia tradición en nuestro pueblo. De esta forma, pedagogía, política y derecho deben articularse para formar un poderoso frente de conceptos y principios éticos que es un tema esencial de la política de nuestros días.
Se habla de gobernabilidad. No hay, sin embargo, posibilidad de ella sin el derecho y la ética. En el mundo actual, para que sea factible, debe reconocerse la justicia en su sentido más abarcador y universal. Dígase hombre y se han dicho todos los derechos –dijo el Apóstol. También expresó: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”, y para que esto se haga efectivo y pueda promover una estabilidad en el presente y hacia el futuro, hacen falta una ética y un derecho que garanticen la justicia universal. Para tan altos propósitos es indispensable una democracia de plena participación popular y que incorpore a ella a todos los sectores sociales sin discriminación de tipo alguno. Ello requiere nuevas formas de gobierno muy distintas a las del pasado.
No hay que buscar fuera de nuestras patrias un pensamiento que pueda servir de tronco a nuestras ideas, hay que buscarlo en la historia de nuestros países. Partiendo de lo nuestro, podemos encontrar en esa historia lo esencial latinoamericano como fuente creadora para enfrentar los desafíos que tiene ante sí el mundo de hoy. A propósito de este principio, José Martí afirmó: “La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta. Con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india (...). El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”.
Para todo esto es necesaria la acción política y es indispensable, a la vez, profundizar en las mejores ideas políticas. He sostenido que la singularidad de la política de José Martí, y la de su discípulo Fidel Castro, está en haber superado la vieja consigna de tradición reaccionaria de divide y vencerás y establecer el principio de unir para vencer.
Por muchos análisis que hagamos en el infinito laberinto de cifras y datos económicos, la vía de solución de estos problemas sólo puede llegar con ideas y consignas políticas. Es la única manera de salir del horrendo círculo vicioso en que cayó la política en el siglo XX, y es lo que nos conducirá a la práctica.
Desde los finales de la década del ‘40 y principios de los ‘50 las fuerzas más progresistas de nuestro país exaltaron las consignas de libertad política, independencia económica, justicia social, y el combate a la corrupción y a la inmoralidad.
Las tres primeras eran el reflejo de las luchas sociales y económicas que emprendía nuestro pueblo por su liberación. La cuarta expresa la necesidad de combatir la corrupción y la violación de los principios éticos y jurídicos. Esta última es cuestión clave para cualquier revolucionario.
Quienes aspiren en América a la liberación de sus pueblos deben empezar denunciando las violaciones de la ley y las inmoralidades, el vicio, el latrocinio y el robo de los políticos tradicionales. Por ahí empezó Cuba el camino hacia el socialismo. Es una reflexión que considero perfectamente válida en las circunstancias actuales para cualquier proceso de cambio que se lleve a cabo en nuestros pueblos de América.
Superemos definitivamente los ismos que dividen, procuremos con métodos electivos, tal como postulaba la filosofía cubana de principios del XIX, el camino de la verdad y hallaremos con esta selección el pensamiento social y filosófico que necesita América. No lo hallaremos jamás con debates bizantinos acerca de la diversidad de sistemas filosóficos y políticos que nos llegaron de fuera, cualesquiera que sean, de lo que se llamó izquierda o lo que se llamó derecha.
Basta ya de hablar de la cultura sin entender que su valor primero es la justicia. Hace falta ser instruido, pero hay que aspirar a la cultura en su acepción más plena, hay que exaltar la justicia al más alto plano, válido para defender los intereses de todos los hombres, ya sean neoyorkinos, afganos, iraquíes, cubanos, argentinos, franceses, chinos o vietnamitas. En fin, todos sin excepción. Para sintetizar voy a citar dos ideas del Presidente Fidel Castro que pueden ilustrar lo que afirmamos: “Las grandes crisis conducen a grandes soluciones”. Y esta otra: “El gran caudal hacia el futuro de la mente humana consiste en el enorme potencial de inteligencia genéticamente recibido que no somos capaces de utilizar. Ahí está lo que disponemos, ahí está el porvenir (...)”.
Para hallar tal fórmula relacionemos, como lo hacía el Apóstol, la bondad con la inteligencia y la felicidad de cada hombre, de un lado, y la maldad con la estupidez y la infelicidad del otro. Esto se puede estudiar a escala individual y también social. Los modernos avances de la psicología confirman esta tesis martiana de que los sentimientos, las emociones y la capacidad intelectual del hombre tienen una relación muy directa y son los que permiten el equilibrio individual en cada persona en particular, y también tiene su confirmación en descripciones hechas en el campo fisiológico del funcionamiento de la mente humana. Esto, desde luego, tiene validez a escala social e histórica, se puede comprobar con el examen minucioso de la historia universal.
Los sistemas políticos y sociales perecen no sólo por la maldad, sino porque son guiados por la torpeza, lo demuestra la historia de Cuba en su relación con el colonialismo español primero y, más tarde, con el neocolonialismo norteamericano. Es una verdad histórica a tener muy en cuenta cuando se viene produciendo el ocaso, cargado de peligros para la humanidad, del sistema de dominación capitalista. Pero como ha dicho Fidel Castro, ésta es una época que además ofrece posibilidades para generar riquezas y mayor felicidad para los hombres. Sí, estamos en una época posterior a la edad moderna, es decir, postmoderna, caracterizada por la más grande y profunda crisis de instituciones y valores políticos, jurídicos, éticos y culturales de la llamada civilización occidental. Las que mantienen su vigencia formal son ya impotentes para enfrentar el drama de la humanidad en el siglo recién comenzado; por tal razón, resulta necesario crear un espacio de estudio, investigación y promoción de ideas sobre la necesidad del equilibrio del mundo que esté conducido por el diálogo ajeno o distante de las enormes limitaciones impuestas por los conflictos de carácter práctico inmediatos del mundo.
Para este propósito, la Conferencia Internacional por el Equilibrio del Mundo acordó organizar el Proyecto de Solidaridad Mundial José Martí destinado a crear a escala internacional un espacio de reflexión, estudio, investigación y promoción de ideas sobre la necesidad del equilibrio del mundo que esté orientado hacia el diálogo sereno, ajeno a las enormes limitaciones que imponen los conflictos de carácter político inmediato del mundo actual. Aspiramos a propiciar la más amplia representación de civilizaciones y pueblos del mundo, de los organismos internacionales, más vitalmente interesados en esos objetivos, y –a partir del consenso universal expresado en la creación de las Naciones Unidas tras la Guerra Mundial– promover la actualización de los ideales multilaterales que garanticen el derecho de las naciones, los pueblos, las identidades culturales y la persona humana a favor de la paz, la cultura y el desarrollo económico-social. Llamamos a todos los presentes a brindar su respaldo a esta iniciativa que ya cuenta con el patrocinio de la UNESCO.
Somos depositarios de una hermosa tradición intelectual que nos permite hoy más que nunca pensar con propia cabeza y hacer –como indica Martí– que las formas de gobierno surjan del propio país.
Estamos en un momento crucial en la historia del mundo y de nuestra América. Lo nuevo que se presenta es que mientras la llamada civilización occidental se encuentra en una encrucijada pesimista y derechista, en nuestra América se encuentran hoy las simientes, al menos iniciales, de un mundo de esperanza.
Cuando a Martí le dijeron que no había atmósfera para la guerra de independencia, contestó que no hablaba de atmósfera, sino de subsuelo. En Latinoamérica hay un mundo de esperanzas que además está emergiendo ya hacia la superficie en todo el hemisferio. Compárese la situación política del mundo actual con el hecho de que existen cinco estados latinoamericanos gestando cambios importantes, me refiero a Argentina, Brasil, Venezuela, Paraguay y Bolivia. Los recientes sucesos en Bolivia confirman la bancarrota de la política neoliberal y la toma de conciencia de las masas acerca de las verdaderas causas de los problemas que agobian a nuestros países. No olvidemos esto porque del subsuelo de América está emergiendo la mayor esperanza del mundo de hoy. No soy triunfalista, conozco bien las dificultades y sé también que el cambio es muy difícil, pero las semillas están sembradas, los gérmenes están ahí, aprovechémoslos y busquemos por todos los medios la forma de darles ideología, filosofía, teoría al nuevo proceso que se gesta y que aparece, con fuerza, en la idea de los Foros Sociales de São Paulo: otro mundo mejor es posible. América Latina está en la vanguardia para encontrar ese mundo mejor.
Cumplamos el compromiso que tenemos como pequeño género humano.
Martí decía con relación a los cubanos que se negaban a luchar por la independencia que parecía mentira que con tan glorioso porvenir hubiera hombres nacidos en nuestra tierra que ataran sus vidas a la monarquía aldeana y podrida de España. Parafraseando estas ideas del Apóstol, podemos decir que es increíble que haya latinoamericanos que renuncien, en el siglo XXI, al empeño de ayudar al mundo con las ideas de nuestros próceres y pensadores y aten sus vidas al imperialismo decadente y corrupto.
Unamos nuestras inteligencias y nuestros corazones para decir a nuestros pueblos y a la humanidad entera: un mundo mejor es posible. Es la república moral de América, la fórmula del amor triunfante que profetizó Martí.

Notas
*Ministro de Educación desde el triunfo de la Revolución Cubana hasta 1965. Director de la Oficina del Programa Martiano, adscripta al Consejo de Estado. Preside la Sociedad Cultural José Martí.
1 Ver en este mismo libro los artículos de Francisco de Oliveira y Samir Amin.


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