Altruismo, reciprocidad y deporte de montaña. El equipamiento de escalada deportiva como provisión de un recurso de uso común



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Altruismo, reciprocidad y deporte de montaña. El equipamiento de escalada deportiva como provisión de un recurso de uso común

César Rendueles



Universidad Complutense de Madrid

Introducción
Hay bastantes prácticas deportivas en las que se produce alguna clase de colaboración social espontánea. Los montañeros marcan con hitos sus rutas. Los ciclistas publican itinerarios en Internet. Los corredores de fondo dan a conocer planes de entrenamiento… Pero el equipamiento de escalada supone un caso prácticamente único. La escalada deportiva es una modalidad deportiva materialmente posible gracias a la actividad cooperativa de unos pocos individuos, los equipadores, que se encargan de instalar en la roca sistemas de seguros que permiten a los deportistas realizar su actividad con seguridad.
El equipamiento es una tarea técnicamente compleja y costosa. Sin embargo, la mayor parte de los equipadores realizan su labor de forma altruista e independiente, sin incentivos monetarios ni respaldo institucional, con poco o ningún reconocimiento público. Además, asumen una gran responsabilidad con respecto a la seguridad de los escaladores
Este trabajo presenta una aproximación sociológica al equipamiento de vías de escalada entendido como un proceso de provisión de bienes de uso común. En concreto, analiza las limitaciones y dilemas a los que se enfrentan los equipadores al tratar de mantener un sistema de bienes comunes en un entorno comunitario muy tenue.
Se ha entrevistado a siete equipadores españoles de distintas edades con una trayectoria de al menos trescientos equipamientos y aperturas de vías de escalada, aunque algunos de ellos tienen cerca de dos mil vías equipadas durante más de tres décadas. Los entrevistados proceden de distintas zonas de montaña de la mitad norte peninsular: Pirineos (Luis Alfonso Sanz, “Luichy”, 49 años), Rioja Alavesa (Juan Manuel Hernández, “Kroma”, 44 años), Navarra (Koldo Bayona, 53 años), Asturias (Eduardo Rodríguez de Deus, 38 años) y zona centro (Ignacio Luján, 42 años; Juan Manuel León, 31 años, y Juan Luis Salcedo, 64 años). Las entrevistas se realizaron entre mayo de 2012 y febrero de 2013.
Los equipadores son un colectivo muy reducido, poco articulado y con escasa visibilidad pública. Una de las principales dificultades del estudio fue localizar a escaladores que hubieran equipado vías regularmente durante un tiempo prolongado y aceptaran ser entrevistados. Se contactó con personas procedentes de distintos lugares de la península porque la situación de los equipadores y los problemas técnicos, deportivos y sociales a los que se enfrentan varían significativamente de una zona a otra.

Modalidades de escalada
Existen distintos tipos de escalada muy diferentes entre sí, tanto en sus aspectos técnicos, deportivos y sociales como por lo que toca al riesgo que entrañan. En España son muy populares la escalada deportiva, el bouldering y la escalada clásica, pero existen otras modalidades, como la escalada artificial, la escalada en hielo o, más recientemente, el psicobloc que también cuentan con un buen número de aficionados.
En la escalada clásica los deportistas progresan por terrenos de montaña utilizando seguros de distinto tipo que suelen ser flotantes, es decir, se van retirando a medida que se asciende. Aunque el grado de exposición varía mucho, se trata de un deporte de riesgo. Los escaladores siguen rutas que otros, los aperturistas, han realizado con anterioridad y que, por lo general, han sido repetidas en numerosas ocasiones. Pero siempre tienen que tomar decisiones complejas respecto a la seguridad y la orientación en condiciones de incertidumbre. Muchos escaladores consideran esta práctica como una extensión expuesta y técnicamente compleja del montañismo tradicional.
En el bouldering, búlder o bloque se escala sin ninguna clase de seguro pequeñas rocas cuya altura, por lo general, oscila entre los tres y los ocho metros. El objetivo es resolver problemas de escalada de dificultad extrema que se presentan muy concentrados. Los accidentes se previenen con pequeñas colchonetas portátiles (crasspads) y la ayuda de compañeros (“porteadores”) que, desde el suelo, tratan de dirigir la caída de los escaladores para que sea controlada. Es común que los “bloqueros” describan esta modalidad de escalada como una actividad deportiva con un fuerte componente social y escasa relación con el montañismo convencional.
En la escalada deportiva, los deportistas ascienden por itinerarios (“vías”) de uno o más tramos (“largos”) que, por lo general, no exceden los treinta metros. Los escaladores progresan a través de anclajes fijos (“chapas”) instalados en la roca de forma permanente. De este modo, el escalador minimiza la posibilidad de accidente grave y puede concentrarse al máximo en superar dificultades exclusivamente técnicas que, para la inmensa mayoría, sería impensable trasladar a la escalada clásica. Las caídas son muy habituales, pero los escaladores experimentados saben gestionarlas para correr un riesgo controlado. Aunque las lesiones menores son relativamente frecuentes, los accidentes graves lo son mucho menos.
España cuenta con una enorme cantidad de zonas de escalada deportiva accesibles, bien equipadas y de gran calidad que han convertido nuestro país en uno de los centros mundiales de esta práctica. Hay diferentes escaladas para graduar la dificultad de las vías de escalada deportiva. En España se suele usar una mezcla del sistema de graduación de la Union Internationale des Associations d'Alpinisme (UIAA) y la escala francesa. Para las vías de menor dificultad se usan los números romanos, así, cuarto (IV) y quinto (V), son niveles típicos de iniciación. Por encima de ese grado se usa numeración cardinal (6, 7, 8 y 9) seguida de los subíndices (a, b y c) para ajustar más.

La eclosión de la escalada deportiva
La práctica de la escalada deportiva en España ha experimentado un importante auge en la última década a raíz de la aparición de un gran número de rocódromos urbanos y de una amplia oferta de cursos de iniciación (CSD 2007, Llopis 2010). Es, con mucho, la modalidad de escalada más popular. Esta normalización ha producido un cierto alejamiento del montañismo tradicional que, a su vez, también ha vivido un proceso de popularización (Moscoso 2004). Según Juan Manuel León: “Antes empezabas a escalar de una manera más pausada, el proceso de socialización de un escalador era mucho más lento. Se hacían cosas muy peligrosas, pero también estaba todo más controlado, en el sentido de que éramos un grupo pequeño. Ahora llegan hordas de gente que han dado un curso de un fin de semana y ves a muchos improvisar… Cada vez es más fácil que pase algo”
En efecto, muchos de los consensos y pautas de interacción de la escalada deportiva en sus primeros años en España procedían de la escalada clásica y el montañismo. Por ejemplo, el contacto cara a cara entre los escaladores tenía una gran importancia como vía de transmisión de la información especializada. En palabras de Juan Luis Salcedo: “En los años setenta nos encontrábamos en el club de montaña, pero no era el club como institución el que hacía circular la información que necesitábamos, sino el contacto personal entre los escaladores. Te fiabas de aquellos escaladores que escalaban como tú o mejor que tú”.
Desde entonces la escalada deportiva se ha individualizado mucho. Hoy es un círculo lo suficientemente cerrado como para que muchos escaladores asiduos de algunas zonas se conozcan. Pero no lo suficiente como para generar sistemáticamente cauces de socialización y compromisos colectivos. Ignacio Luján señala algunas ambivalencias de esta transición:
La idea de que hace años los escaladores se portaban mejor y tenían más respeto al medio ambiente es falsa. Cuando empecé a escalar te enseñaban que la basura se metía en una bolsa, se quemaba y se enterraba. Gente yéndose de pedo a La Pedriza ha existido toda la vida. El Tolmo estaba lleno de pintadas... La escalada en los ochenta era una historia muy de barrio, a veces directamente cutre y marginal. A mí, por ejemplo, me ha pasado llegar a un refugio y encontrarme a un tío metiéndose heroína. Pero es verdad que, con independencia de todo eso, tú eras un montañero que un buen día descubrías la escalada. Ahora hay escaladores de rocódromo y algunos descubren la montaña.
La reflexión de Lujan es significativa porque incide en una segunda transformación de la escalada deportiva contemporánea. “La escalada se está normalizando y ha perdido el carácter bohemio y contracultural que tenía en mis inicios”, explica Koldo Bayona. En los años ochenta la escalada deportiva estuvo, al menos en parte, vinculada a la cultura juvenil urbana de las clases populares.

El equipamiento en la escalada deportiva
La práctica de la escalada deportiva depende enteramente de la existencia de vías equipadas, es decir, itinerarios verticales en los que alguien se ha ocupado de instalar anclajes fijos en la roca que permitan al escalador ascender con seguridad.
El auge de la escalada deportiva en España está unido precisamente a un cambio tecnológico: la popularización en los años ochenta de un tipo de anclaje llamado spit que ya se usaba habitualmente en espeleología. Se trata de un taco de expansión autoperforante que se introduce manualmente en la roca con un burilador. Los spits son relativamente sencillos de instalar y mucho más fiables que los anclajes que se utilizaban hasta entonces. Sin embargo, en la actualidad los spits prácticamente han dejado de usarse en el equipamiento de escalada deportiva. Generalmente se emplean otro tipo de anclaje mucho más fiable –parabolts y anclajes químicos– que se instalan con la ayuda de un taladro de gran potencia (Ponce et al. 1997, Guinda 2000).
Los equipadores buscan paredes aptas para la escalada en terrenos accesibles y que no tengan restricciones legales. Identifican las líneas de ascensión más naturales, colocan los anclajes, limpian las vías de maleza y rocas peligrosas e incluso pulen algunos agarres. Los anclajes tienen que estar ubicados en los lugares adecuados para garantizar que la resistencia de la roca es suficiente, que las caídas serán limpias –lejos, por tanto, de repisas o aristas– y que será factible para el usuario de la vía asegurarse en ellos (“chapar”). Además la distancia entre los anclajes sucesivos determinará la longitud potencial de las caídas. “Equipar es un proceso complejo que implica muchos factores: la elección de los anclajes idóneos para cada tipo de roca, la ubicación de los anclajes en líneas lógicas y en lugares desde los que resulta cómodo chapar, tener en cuenta la altura de los distintos posibles escaladores, el saneamiento de la pared…”, explica Eduardo Rodríguez. La mayor parte de los equipadores ha adquirido estos conocimientos a través de una mezcla de aprendizaje autodidacta, experimentación y transmisión informal:
“Aprendí a equipar jugándome la vida de la gente. Fui muy autodidacta. Cuando empecé no existía la escalada deportiva como concepto. Surgían problemas que había que ir solucionando. Te vendían las chapas sin tornillo, así que cuando fui a abrir mi primera vía con spits, volví loco al ferretero de mi barrio para que me buscara tornillos que sirvieran para eso. A base de buscar en los catálogos vimos qué dureza era necesaria y qué tipo de aleación era preferible. Otro problema fueron los descuelgues [el anclaje desde el que el escalador desciende]: experimentamos con cadenas, con acero trenzado… Hasta que las marcas comerciales empezaron a fabricar anclajes”. (Igancio Luján)
“Al principio no equipaba pero ayudaba a un equipador muy experimentado que me formó en vías alpinas y en escalada artificial. En artificial no metes expansiones pero escuchas como suena un clavo en la roca cuando está colocado correctamente… Él equipaba en La Pedriza y yo le ayudaba. No lo sentía como algo mío pero aprendía y me sirvió cuando, años después, empecé a equipar de una forma muy intensiva. En general me gusta y se me da bien el trabajo manual, como a otros muchos equipadores” (Juan Manuel León)
“Empecé a equipar de forma completamente autodidacta a los catorce años. No tenía ni idea y encima no había material, equipaba con un descensor ocho y un nudo prusit. Equipar una vía era un odisea, se tardaba varios días. Intentabas asimilar las innovaciones técnicas, pero no era fácil, la principal fuente eran los pocos artículos que se publicaban en la revista Desnivel”. (Juan Manuel Hernández)
Aunque a veces hay vías de escalada aisladas, generalmente suelen estar agrupadas en zonas que se conocen como “escuelas de escalada”, a su vez divididas en “sectores”. Son lugares, a menudo de fácil acceso, donde se han abierto y equipado vías de distinta dificultad, desde unas pocas a varios cientos. Las escuelas de escalada se dan a conocer a través de distintos medios. El más formal son las guías publicadas por las editoriales especializadas, que recopilan croquis, fotografías e información detallada sobre cada zona de escalada. En otras ocasiones los equipadores hacen autoediciones caseras que se venden a bajo coste en clubes de montaña, refugios o en bares cercanos a las zonas de escalada. También hay croquis que se difunden por Internet. Por último, en ocasiones los equipadores prefieren no dar a conocer la información sobre las zonas que equipan, ya sea para evitar la masificación o por problemas legales dando lugar a lo que se denomina un “secretivo”.

Los equipadores
En España, a diferencia de otros países, el equipamiento de vías de escalada deportiva es una actividad eminentemente individual que, por lo general, no está ni organizada ni regulada. Hay equipamientos encargados y financiados por las federaciones o por clubes de montaña, que en ocasiones también se ocupan de promover la sustitución de los anclajes deteriorados a causa del uso o del paso del tiempo. Pero la mayor parte de los equipamientos han sido instalados de motu propio por equipadores que realizan esta labor de forma desinteresada, en ocasiones incluso anónimamente.
El número de equipadores es sumamente pequeño en comparación con el de losescaladores. No existe ningún registro oficial, pero los equipadores regulares activos con muchas vías equipadas forman un colectivo muy reducido, tal vez cien o doscientas personas en España. Se trata de personas que se dedican a esta actividad muy intensamente y durante mucho tiempo. Esto ha supuesto un cambio respecto a los primeros años de la escalada deportiva, cuando el equipamiento era una actividad colectiva y generalizada. Según Luis Alfonso Sanz, “antes equipar o abrir vías iba ligado a la escalada, formaba parte de ella y casi todo el mundo lo hacía en mayor o menor medida. Ahora es muy específico de pocas personas. Es una pena”.
El equipamiento, como la propia escalada, ha experimentado un proceso de individualización. Y la aparición de la figura del equipador es un subproducto de esta dinámica. Ignacio Luján explica:
“Antes se equipaba a mano y era un proceso lento y laborioso. Abrir una vía en La Pedriza picando a mano en el granito me llevaba dos fines de semana. Un escalador abría una vía, luego llegaba otro y abría otra… Así que un sector se abría entre mucha gente y a lo largo de mucho tiempo. Eso incrementaba la diversidad. Unos pensaban que las vías tenían que estar más protegidas, otro que menos, otros dejaban una fisura sin proteger para emplear friends… Los sectores eran muy heterogéneos. Ahora no. Con el taladro un tío descubre un risco y equipa el risco. Antes había escaladores que de vez en cuando equipaban. Ahora existe la figura del equipador. Descubre una zona y la hace como él cree que la tiene que hacer. Son sectores de autor”.
Juan Manuel León subraya esta idea: “Más que equipar vías sueltas, me interesa crear escuelas. Zonas amplias donde la gente pueda escalar. Me siento vinculado a ese espacio que he abierto, siento la responsabilidad de cuidarlo”.
En general, el mundo de la escalada deportiva se ha ido profesionalizando y tecnificando. Distintas marcas deportivas han comercializado toda clase de material específico para la escalada, desde pies de gato a cuerdas, mosquetones, cascos, frenos o magnesio… Han proliferado los cursos de iniciación a la escalada y las compañías de guías. Existe, de hecho, una creciente conciencia del potencial turístico de la escalada en algunos municipios en los que están ubicadas zonas de escalada deportiva conocidas en todo el mundo, como Siurana, en Tarragona, o Rodellar, en Huesca (Price y Hanemann 2000).
Los equipadores no han sido ajenos a este proceso, en el sentido de que sus instalaciones hoy son más homogéneas, fiables y seguras que hace algunos años. Eduardo Rodríguez: “Hoy tenemos información suficiente sobre los distintos materiales que usamos en el equipamiento y cómo deben emplearse, o sobre el impacto medioambiental de nuestras intervenciones. Hay equipamientos que dañan el entorno y ponen en peligro a personas que no tienen los conocimientos para darse cuenta del riesgo al que se exponen. La gente que se pone a meter anclajes debería tener alguna clase de formación”.
Esta tecnificación no ha sido automática. Se trata del resultado de una evolución compleja y polémica. Según Ignacio Luján:
“Ha cambiado la mentalidad. Antes había mucho miedo a parecer un moñas. Tradicionalmente se abrían vías como cuando se hace cumbre en alpinismo, se iba asegurando la línea a medida que se ascendía y el aperturista se las apañaba como podía. Muy a menudo la manera de pasar un tramo difícil era no pararse a poner seguros, por eso las vías eran más expuestas. Con la escalada libre la gente empezó a proteger las vías desde arriba, colocando cuerdas fijas desde las que descolgarse para instalar los anclajes. Pero tenían miedo de que sus vías perdieran prestigio por estar demasiado protegidas. Además, en esa época no todo el mundo tenía claro que al escalar no te puedes agarrar de las chapas. Así que el equipador no ponía los seguros en los pasos duros porque sino la gente se agarraba a las chapas y decía que la vía no era tan difícil. Por eso las vías de entonces eran más exigentes, porque todos los pasos duros eran obligados. Hoy cada equipador tiene su sello y a algunos les gusta que en sus vías haya unos talegazos de espanto, pero nadie está dispuesto a que alguien se mate en sus vías. Prima la seguridad. Y antes no, primaba el qué dirán”.
A pesar de este proceso de especialización, los equipadores siguen siendo el único sector amateur del mundo de la escalada. Su trabajo ha sido la base sobre la que se ha desarrollado el negocio de la escalada deportiva: los arneses y los frenos se venden porque hay vías seguras y accesibles en abundancia. Los equipadores no cobran, pero invierten su tiempo y su dinero y asumen un gran compromiso con la seguridad de los escaladores, hasta el punto de que, en caso de accidente, pueden llegar a enfrentarse a responsabilidades legales.
“Equipar es cuestión de tiempo, dinero e ilusión. Una vía que no tenga grandes complicaciones se tarda en equipar entre seis y ocho horas. Pero para llegar a ese punto tienes que haber ido a visitar el lugar, encontrar un camino practicable… Una chapa y un parabolt cuesta un euro y una reunión 20 euros, o sea que una vía normal de Cuenca sale a treinta o cuarenta euros. Con los anclajes químicos se tarda mucho más en equipar y el coste se multiplica: las chapas valen 6 euros y las reuniones unos 40, así que te pones fácilmente en 80 euros por vía. Y eso sin contar la gasolina, el taladro y otros materiales. Ni el trabajo, claro. Piensa, por ejemplo, en lo que cobra una empresa de trabajos verticales por cambiar un canalón a una comunidad de vecinos”. (Juan Manuel Hernández)
“He equipado unas 1.700 vías sobre todo por Catalunya y mayormente en la zona del Pirineo Central y Pre-Pirineo. Aunque también en Huesca, Tarragona, Girona, Alicante, Castelló y Teruel; y en Francia, Marruecos, Argelia, Madagascar, Noruega y Namibia. Aproximadamente dedico al equipamiento una media de cinco días al mes. Una muy pequeña parte del material me lo proporciona el club; otra, ínfima, procede de donaciones de compañeros; ocasionalmente intercambio material con algunos fabricantes a cambio de publicidad en las guías de escalada que escribo. Pero la mayor parte del material que uso sale de mi bolsillo”. (Luis Alfonso Sanz)
“Me dedico a esto desde hace veintisiete años y no sé cuantas vías he equipado. Antes llevaba una lista, pero dejé de hacerlo en 1996, cuando llevaba más de doscientas. El dinero es casi lo de menos. Es más importante el tiempo que dedicas. Todos los fines de semana que pierdes buscando zonas que muchas veces no sirven, instalar cuerdas, descuelgues…” (Ignacio Luján)

Conflictos
Seguramente no existe ningún deporte donde las cuestiones relacionadas con la ética estén tan presentes como en las distintas modalidades de escalada (Perkins 2005). En los foros y publicaciones especializadas las acusaciones cruzadas de falta de respeto a la ética de la escalada son permanentes. Desde el uso de magnesio al empleo de buriles en escalada clásica pasando por la distancia mínima que debe haber entre las vías de una escuela o incluso si es legítimo ayudarse de la vegetación para ascender en escalada libre, los debates han sido recurrentes.
El conflicto más conocido y recurrente es el que se ha dado históricamente entre la

escalada clásica y la escalada deportiva (Bogardus 2012). Se trata de una dinámica similar a la de otros deportes en los que surgen conflictos entre modalidades cercanas, como el esquí y el snowboard, el surf y bodyboard o el skateboard y el patinaje en línea. Muchas de estas disputas tienen que ver con la competencia por recursos escasos, como las olas, las pistas de esquí o los lugares idóneos para el patinaje. Lo distintivo de la escalada es que la polémica afecta de lleno a un colectivo, los equipadores, que son proveedores netos de bienes comunes y amplían las posibilidades deportivas.


Es un debate que se remonta a los orígenes mismos de la escalada deportiva y que ha tenido una enorme cantidad de matices. Básicamente, algunos partidarios de la escalada clásica consideran que la ética de este deporte es indisociable del riesgo y que la instalación sistemática de anclajes fijos cuestiona esos fundamentos normativos (UIAA 2000, 2012). En España, las principales polémicas se han planteado cuando los equipamientos de escalada deportiva han penetrado en zonas de alta montaña generalmente reservadas para la escalada clásica. En ocasiones, los escaladores contrarios a los equipamientos destruyen los anclajes que han colocado los deportivistas.
Otro tipo de conflictos son, por así decirlo, internos a la propia escalada deportiva. Ignacio Luján explica: “El equipador tiene derechos de autor, pero eso provoca problemas. En principio se supone que cualquier modificación de un equipamiento debe contar con la aprobación del equipador original. Pero, ¿hasta qué punto duran esos derechos de autor? ¿Es razonable que no podamos modificar vías que se equiparon hace treinta años? ¿Y si resulta imposible localizar al equipador original? Aún más, esa restricción afecta al propio equipador. Si modificas una vía que has equipado previamente pierdes credibilidad”.
Otro tanto ocurre con la difusión de la información sobre las vías por medio de guías y croquis. La norma aceptada es que cuando una escuela de escalada ha sido equipada total o mayoritariamente por un equipador él tiene derecho a decidir si se difunde esa información y en qué condiciones. Así, la escuela de Torrelodones, cerca de Madrid, que cuenta con varios cientos de vías de escalada, nunca ha aparecido en ninguna guía porque su equipador principal así lo ha preferido. Este fue el mensaje que dejó en un foro de escalada en 2007 para criticar la publicación en Internet de algunos esquemas de sus vías:
“Las guías de una zona creo que las debe publicar preferentemente alguien que haya abierto allí una buena cantidad de vías (en Torre yo he abierto el 99 por ciento). En los 26 años que llevamos escalando en Torre la ayuda de otros escaladores ha sido nula, ni para equipar ni para limpiar ni para reequipar... Se ha robado bastante, destrozado los pies de vías, tallado en rutas ya encadenadas antes; (…) hay escaladores que han cortado una encina de 30 años, pegado un montón de piedras, pintado nombres falsos de vías... Y después de hablar con mucha gente que aparece por allí, de pedir colaboración y ayuda, de vernos cargar con indiferencia cientos de bolsas de basura lo único que le ha interesado a todo el mundo es: ‘Oye, me dices los grados y los nombres de estas vías’ (…). Además, prácticamente todo está en terrenos privados y la conservación de un sitio tan frágil, ya lo suficientemente zarandeado por las malditas urbanizaciones, está por encima de la escalada y de que alguien que no controla ni los nombres auténticos de los pedruscos haga de buen rollito una guía poco fiable y desleal”1.
Las guías comerciales que se editan sin contar con los equipadores suelen ser duramente criticadas. Juan Manuel Hernández: “No me importa que se publiquen los croquis de mis vías en Internet, tampoco me reservo el derecho de ser el primero en encadenarlas. Pero, ¿qué derecho tienes a sacar una guía sin pedir permiso a los equipadores? Es lo único de lo que los equipadores podríamos sacar algo de dinero. Y llega alguien que controla mucho de Photoshop y se apropia de ese trabajo”.

Motivación
La mayor parte de los equipadores entrevistados rechazan interpretar su actividad en términos de altruismo. Más bien abundan las visiones estéticas, como un trabajo creativo donde demostrar la excelencia personal:
“Abrir una vía tiene un componente creativo. Hay que encontrar una pared, comprobar que es adecuada para la escalada, encontrar vías lógicas… Uno siempre saca algo: la satisfacción de hacer algo bien, cierto reconocimiento de los otros equipadores… En mi caso, me motiva la satisfacción de crear algo.” (Juan Manuel León).
“Me gusta escalar y me gusta repetir vías que considero que están bien hechas, trabajadas con buen gusto; en las que ves que la gente que las abrió o equipó tuvieron buenas ideas, tanto en el diseño de la vía como en el aspecto ético, que supieron interpretar la morfología de la roca, integrarlas en el entorno... No es sólo taladrar”. (Eduardo Rodríguez)
“Empecé a equipar por necesidad y después por el gusto de la creación. Ahora sólo por lo segundo”. (Koldo Bayona)
“Siempre digo que el que equipa tiene que tener el gen. Hay gente que tiene esa inquietud. Cuando necesito ayuda llamo a algún amigo y enseguida ves quien va a seguir equipando y quien lo hace sólo porque les has dado la tabarra. Los escaladores ven una pared y miran a ver si hay suerte y alguien a puesto chapas. A los equipadores nos pasa al revés. Ves una línea que te gusta en una pared y de repente te encuentras con una chapa y piensas: ‘Qué cabrones, ya me la han quitado...’”. (Ignacio Luján)
A pesar de esta autocomprensión estética, la preocupación por la seguridad de los demás escaladores y, en especial por los que empiezan, es constante en los equipadores. Por ejemplo, muchos coinciden en criticar a los escaladores expertos que cuando equipan vías con un bajo grado de dificultad no tienen en cuenta las limitaciones de las personas que se están iniciando en la escalada.
“Mi criterio a la hora de equipar es que cada vía pide su público. Si la vía sale 6a creo que estás obligado moralmente a equipar para la gente que hace ese grado. En cambio, si abres una vía de alta dificultad y tiene un tramo mucho más fácil, en esa zona puedes alejar los seguros. No se trata de dejarlo peligroso, pero sabes que puede haber más aire porque quien se meta en esa vía no se va a inmutar en los tramos sencillos. Cuanto más fáciles son las vías, más seguridad necesitan. Y eso la gente muchas veces no lo entiende”. (Ignacio Luján)
“Hay gente que no piensa en los demás. Se rigen por una filosofía de ‘el que no tenga nivel que no escale’. Por eso a menudo te encuentras vías fáciles muy mal equipadas”. (Juan Luis Salcedo)
“Lo más importante para un equipador debería ser la seguridad. Equipar implica una gran responsabilidad. Si imaginas que tu hijo o tu hermano podrían estar escalando esa vía, no vas a ratear diez euros a costa de bajar el nivel de seguridad”. (Juan Manuel Hernández)
“En escalada deportiva si tienes un accidente debería ser por un fallo tuyo, no del equipamiento. Y las zonas de aprendizaje deberían estar especialmente bien equipadas. No tiene sentido que una persona que acaba de hacer un curso de iniciación se caiga sobre una repisa y se rompa los tobillos.” (Juan Manuel León)
También es significativo que muchos equipadores no sólo crean vías de escalada de su nivel técnico, sino también otras muchas que están por encima y, sobre todo, muy por debajo de su grado de escalada y que, por tanto, no tienen ningún interés deportivo para ellos. ¿Por qué dedican tiempo, dinero y esfuerzo a equipar vías fáciles que reportan poco prestigio y resultan poco relevantes en términos creativos? Es una cuestión que hace salir a la luz dudas y contradicciones, porque es difícil justificar esta práctica sin apelar al altruismo.
“Sigo equipando vías relativamente fáciles por un tema práctico. Te interesa que haya vías de todos los grados porque tienes más posibilidades de ir con gente a esas zonas. A veces voy con mi novia o con mis padres a escalar y me gusta ir a sitios donde ellos puedan disfrutar también. Mi madre ha empezado a escalar hace un par de años y, claro, no pasa de quinto, que es un grado que no abunda. Así que en alguna zona he equipado un sector entero de quinto para que pueda escalar. Y, con la excusa de mi madre, luego te das cuenta de que lo aprovecha mucha más gente de la que te piensas”. (Juan Manuel León)
“Equipo vías que nunca voy a poder encadenar [completar] y también vías muy fáciles. Me parecería muy egoísta equipar sólo vías de mi nivel. La gente que empieza tiene que disponer de sitios donde escalar con seguridad. A todos nos gusta que reconozcan nuestro trabajo, saber que lo estás haciendo bien y que la gente lo disfruta. Pero yo no equipo para que me den palmaditas en la espalda. Lo hago porque a mí me gusta, porque me motiva y me gusta interpretar la roca”. (Eduardo Rodríguez)
“No creo que equipar sea una actividad particularmente altruista. Equipo para mí, es algo que hago porque a mí me da la gana y no espero que nadie me lo agradezca. Evidentemente, te gusta que la gente repita las vías que abres. Haces algo que crees que te sale bien y te gusta que los demás lo valoren. Pero los que equipan para que los demás les aplaudan… esos duran poco en esto. Lo que pasa es que esas vías las va a usar gente y no la puedes dejar de cualquier manera. Eso hay que tenerlo en cuenta y si no, no lo hagas”. (Ignacio Luján)
El único entrevistado que entiende su actividad de equipador como una devolución al colectivo de montañeros es Juan Luis Salcedo que, significativamente, es un alpinista veterano que se ha dedicado principalmente a la apertura de vías de escalada clásica: “Siempre me ha interesado saber quién había abierto las vías que escalaba. Me parecía un acto de generosidad que alguien dedicase tiempo y dinero para que tu disfrutases. Me sentía agradecido y por eso empecé a equipar. No puedes estar sirviéndote de lo que hacen los demás si no eres capaz de aportar absolutamente nada”.
La renuencia de los equipadores a aceptar su propia generosidad se puede interpretar como una forma de disonancia cognitiva. Los escaladores realizan una actividad colaborativa en un entorno muy individualizado que no les proporciona ni remuneración económica, ni recursos materiales, ni reconocimiento público. La inmensa mayoría de los escaladores no saben quién ha equipado las vías que usan ni colaboran materialmente con los equipadores. Al interpretar estéticamente su actividad, los equipadores evitan que su actividad dependa de su propia consideración del colectivo de escaladores que parasita su trabajo o del reconocimiento que obtienen. Koldo Bayona lo expresa con claridad: “A estas alturas de la película yo no quiero ni reconocimiento mediático ni agradecimiento social ni cariños o amistades personales, a mí sólo me podrían compensar con dinero. La inmensa mayoría de los escaladores son, en este tema, unos parásitos y creo que todos los equipadores habituales tenemos el síndrome del equipador quemado”.

Recursos de uso común
El equipamiento de escalada puede ser caracterizado como lo que los economistas institucionalistas denominan un “recurso de uso común”, es decir un conjunto de bienes o servicios cuya provisión no competitiva está regulada por un entramado de reglas colectivas. Según la definición que estableció Elinor Ostrom, las normas de los recursos de uso común establecen, entre otras cosas, “quién tiene derecho a tomar decisiones en cierto ámbito, qué acciones están permitidas o prohibidas, qué reglas de afiliación se usarán, que procedimientos deben seguirse, qué información debe o no facilitarse y qué retribuciones se asignarán o no a los individuos según sus acciones”. (Ostrom 2011: 109)
Adicionalmente, Ostrom propone algunos “principios de diseño” característicos de instituciones de larga duración de los recursos de uso común. Básicamente, los individuos o colectivos a los que afecta el sistema de reglas deben estar claramente definidos; las reglas de apropiación y provisión tienen que ser coherentes con el contexto local; los participante deben estar en condiciones de modificar los arreglos de elección colectiva; tienen que existir formas de vigilancia, sanciones graduadas y mecanismos para la resolución de conflictos; por último, es necesario un reconocimiento mínimo de derechos de organización (Ostrom 2011: 165).
El equipamiento de escalada deportiva respeta, al menos tendencialmente, algunos de estos principios. Existen reglas que establecen los derechos que tiene el equipador sobre sus vías. Por ejemplo, el derecho a que el equipamiento o el trazado de la vía no sea alterado sin su permiso o a decidir qué difusión quiere que tenga la información sobre esa vía. Existen normas locales que establecen el tipo de equipamiento que se puede instalar en cada zona. Un caso extremo es Elbsandsteingebirge, una famosa zona de escalada checa en la que ni siquiera se aceptan los seguros flotantes metálicos y los escaladores se protegen empotrando nudos. Las normas y consensos han cambiado a lo largo del tiempo. A veces, por ejemplo, se reequipan vías de escalada deportiva manteniendo el trazado original pero con anclajes más modernos y fiables. En otros casos, se altera la situación de los anclajes para hacer la vía más segura, generalmente con el permiso del equipador original.
En cambio, la escalada se aleja del modelo de recursos de uso común por lo que toca a sus aspectos institucionales o, mejor dicho, a la ausencia de estructuras institucionales. En la escalada no hay mecanismos de resolución de conflictos ni sanciones graduadas, así que cuando estallan polémicas pueden llegar a ser bastante virulentas. Los derechos de organización existen tendencialmente pero, hasta el momento, son poco eficaces. En España los consensos que regulan la escalada no han cristalizado en actores colectivos poderosos, como sí ha ocurrido en otros países. Algunas federaciones se implican más que otras en el equipamiento y han ensayado modelos de financiación y remuneración parcial. Pero, en general, las federaciones y clubes españoles de montaña y escalada carecen de la autoridad que tiene, por ejemplo, el COSIROC (Comité de Défense des Sites et Rochers d'Escalade) francés.
De modo análogo, muchos equipadores se muestran escépticos respecto a las intervenciones burocráticas por parte de organismos públicos. Algunos las aceptan, pero más con resignación o escepticismo que como una salida óptima:
“Cuando hablan de regular la montaña me echo a temblar. Siempre que se regula es para prohibir, no he conocido otra cosa. Y la montaña es el único reducto de libertad que nos queda. En todo caso creo que debería estar regulada la ética de la apertura y la conservación de las vías que están abiertas”. (Juan Luis Salcedo)
“La regulación llegará a medida que la gente se de cuenta del potencial turístico de la escalada y, además, se produzcan accidentes mortales. Cuando algunos ayuntamientos entiendan que la escalada es un motor económico de sus municipios no estarán dispuestos a que haya accidentes en esas zonas y exigirán que los equipamientos sean profesionales y que cumplan normas estrictas”. (Juan Manuel Hernández)
Los sistemas de provisión de recursos de uso común no son una forma de organizar la generosidad, sino un conjunto de arreglos colectivos complejos en los que concurren motivaciones diversas. En ese sentido, la resistencia de los equipadores a interpretar su actividad en términos de altruismo es bastante lúcida. El equipamiento de escalada contemporáneo es una extensión del tipo de relación social que nació y se desarrolló en el contexto del montañismo tradicional donde, más que altruismo, lo que existía era un sistema de reciprocidad generalizada.
El altruismo es una motivación que consiste en anteponer la preocupación por los demás al interés por uno mismo. La reciprocidad es una forma de organizar el suministro de bienes y servicios –en este caso, el equipamiento y mantenimiento de las vías de escalada– sin el concurso de un agente distribuidor ni del mercado. En un sistema de reciprocidad generalizada no es muy importante si la motivación de los individuos que participan en él es altruista o egoísta, de hecho, suele ser una combinación de ambas. Así, cuando la mayor parte de los escaladores se preocupaban del equipamiento, era trivial si lo hacían buscando prestigio y autoridad o porque disfrutaban dedicando su tiempo a los demás. Se trataba de una tarea que se elaboraba colectivamente a través de un sistema de reglas y compromisos estables aunque muy frágiles, ya que no existían mecanismos de sanción o supervisión.
Una vez que el sistema de reciprocidad generalizada desapareció a causa de la popularización de la escalada y los cambios en sus procesos de socialización, los equipadores se han convertido en suministradores netos que carecen de contraparte. Se conservan las normas individualizables –por ejemplo, aquellas relacionadas con los “derechos de autoría”– pero no las de reciprocidad. Koldo Bayona resume el problema con precisión: “La gente no equipa porque las vías ya están montadas por otros. El no equipador tiene la sartén por el mango: el equipador no retira los anclajes cuando él ya no las escala y no les puede cobrar a los demás por su trabajo”. Eso significa, en lenguaje económico, que las vías de escalada han dejado de ser bienes de uso común y se han convertido en bienes públicos o semipúblicos. Los equipadores actuales se enfrentan a un dilema. Han quedado atrapados en la transición desde un sistema de recursos de uso común a otro individualista en el que son proveedores de bienes no excluyentes en cuya provisión sus usuarios no están comprometidos.
La abundancia de discursos éticos guarda relación con este proceso. Como no existen compromisos comúnmente aceptados que regulen el suministro y el consumo de bienes, cuando surgen polémicas se apela a principios abstractos de índole moral. Es una estrategia poco prometedora. Los conflictos enfrentan a modalidades deportivas con intereses antagónicos (el riesgo y la seguridad, por ejemplo), así que es difícil llegar a consensos acerca de un suelo moral compartido. Los recursos de uso común, precisamente, son sistemas de normas que no dependen –al menos no exclusivamente–, del deber ético sino de acuerdos pragmáticos que resulta poco interesante defraudar.
Las tres soluciones habituales para reemplazar un sistema de recursos de uso común son el mercado, la organización burocrática y el altruismo individual. La mercantilización ha afectado de momento exclusivamente a la escalada urbana en rocódromo y a algunas vías ferratas. La regulación burocrática de la escalada, ya sea por parte de organizaciones gubernamentales o de entidades privadas sin ánimo de lucro, es ya una realidad en muchos lugares del mundo. Por último, el equipamiento podría ser sostenido económicamente por una práctica altruista atomizada, por ejemplo, por medio de un sistema de microdonaciones voluntarias de una gran cantidad de escaladores.
Muchos equipadores ven inconvenientes a estas tres posibilidades. Se mueven en un contexto individualista donde ha desaparecido la norma de reciprocidad, que no ha sido reemplazada por motivaciones altruistas o por la regulación pública. Es un entorno, no obstante, que preserva su autonomía, que valoran por encima de los inconvenientes que conlleva.

Conclusiones
El equipamiento de escalada deportiva muestra concentrados algunos de los dilemas a los que se enfrenta la supervivencia de los sistema de recursos de uso común tradicionales en una sociedad compleja.
En la escalada y el montañismo tradicionales existía una delicada combinación de, por un lado, valores centrados en la autonomía personal y, por otro, sistemas de reciprocidad generalizada mínimos pero importantes. Los montañeros entienden su actividad como un reducto de libertad personal pero, al mismo tiempo, disponen de un sistema de normas compartidas y cierto número de reglas de reciprocidad que salen a la luz, por ejemplo, cuando se producen accidentes y se organizaban equipos de rescate de alta montaña.
El equipamiento de escalada surgió como una extensión de ese ecosistema social. Inicialmente era una labor individual pero generalizada. La popularización de la escalada deportiva y su transformación social, la multiplicación de vías y la tecnificación del equipamiento cambiaron rápidamente las tornas. Un conjunto de equipadores muy activos se han convertido en proveedores de bienes públicos sin ninguna clase de contrapartida en términos económicos o de estatus y sin un marco normativo que proporcione sentido colectivo a esa actividad. Pero, por otro lado, la ética individualista de la montaña les hace renuentes a aceptar soluciones burocráticas o mercantiles que den salida a ese dilema.

Referencias
Bogardus, Lisa M. 2012. “The Bolt Wars: A Social Worlds Perspective on Rock Climbing and Intragroup Conflict”, Journal of Contemporary Ethnography 41: 283
Consejo Superior de Deportes. 2007. Censo Nacional de Instalaciones Deportivas, 2005, Madrid, CSD.
Guinda, Felipe, 2000. Manual de equipamiento de vías de escalada, Madrid, Desnivel

Llopis, Ramón. 2010. Encuesta sobre los hábitos deportivos en España, Madrid, CSD y CIS


Moscoso Sánchez, David. 2004. “El proceso de institucionalización del montañismo en España”, Acciones e Investigaciones Sociales, 19.
Ostrom, Elinor. 2011. El gobierno de los bienes comunes, México, FCE, p. 109 y 165 y ss
Perkins, Matthew. 2005. “Rock climbing ethics: A historical perspective”. Northwest Mountaineering Journal, Summer.
Ponce, Josep V. et al. 1997. Técnicas de equipamiento para la escalada en roca y en zonas-escuela, Benasque, Escuela Española de Alta Montaña
Price, M. F. y Hanemann, B. 2000. Cooperation in European Mountains: The sustainable management of climbing areas in Europe, Cambridge, IUCN
UIAA, 2000, “To bolt or no to be”. Documento de la Union Internationale des Associations d'Alpinisme, Berna,
UIAA, 2012. “Preservación de la Roca Natural para la Escalada de Aventura”. Documento de la Union Internationale des Associations d'Alpinisme, Berna (traducción disponible en Desnivel.com)



1 Accesible en http://www.viaclasica.com/foro/viewtopic.php?t=218


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