Alicia Romero, Marcelo Giménez



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¿Qué es un Autor?

Alicia Romero, Marcelo Giménez


(sel., trad., notas)

BARTHES, Roland [1968]. “La Muerte del Autor”, en BARTHES, Roland [1984]. El Susurro del Lenguaje. Más Allá de la Palabra y de la Escritura. Trad.: C. Fernández Medrano. 1ª ed. Barcelona; Buenos Aires: Paidós, 1987. Tit. or.: Le Bruissement de la Langue. Paris: du Seuil, 1984.
“Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado disfrazado de mujer, escribe lo siguiente: ‘Era la mujer con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos.’ ¿Quién está hablando así? ¿El héroe de la novela, interesado en ignorar al castrado que se esconde bajo la mujer? ¿El individuo Balzac, al que la experiencia personal ha provisto de una filosofía sobre la mujer? ¿El autor Balzac, haciendo profesión de ciertas ideas ‘literarias’ sobre la feminidad? ¿La sabiduría universal? ¿La psicología romántica? Nunca jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco y el negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe” (p. 65)
“... en cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura. No obstante, el sentimiento sobre este fenómeno ha sido variable: [En sociedades etnográficas: el relato está a cargo de un mediador, chamán o recitador, del que se puede admirar la performance (el dominio del código narrativo) pero nunca el ‘genio’ (el relato no pertenece a persona alguna). Al salir de la Edad Media y por los [posteriores] aportes del empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal de la Reforma, nuestra sociedad descubre la importancia del individuo, de la ‘persona humana’ y produce por fin al autor. En literatura fue lógicamente el positivismo, como resumen y resultado de la ideología capitalista, el que concedió la máxima importancia a la ‘persona’ del autor. Aún impera el autor en historias literarias, biografías de escritores, entrevistas y en la conciencia de los literatos que reúnen su persona y su obra a través de un diario íntimo]; la imagen de la literatura que es posible encontrar en la cultura común tiene su centro tiránicamente en el autor, en su persona, su historia, sus gustos, sus pasiones]...” (p. 65-66)
“...[algunos escritores hace ya algún tiempo [...] se han sentido tentados por el derrumbamiento del autor. En Francia ha sido Mallarmé el primero en prever la necesidad de sustituir por el propio lenguaje al que hasta entonces se suponía que era su propietario]: es el lenguaje, y no el autor, el que habla; escribir consiste en alcanzar, a través de una previa impersonalidad –que no se debería confundir en ningún momento con la objetividad castradora del novelista realista- ese punto en el cual sólo el lenguaje [y no ‘yo’], actúa, ‘performa’. [Valery al remitir a las lecciones de la retórica, no dejó de someter al Autor a la duda y la irrisión, acentuó la naturaleza lingüística y ‘azarosa’ de su actividad. Proust se impuso borronear la relación entre el escritor y sus personajes: convirtió al narrador, no en aquel que ya ha visto y sentido, sino en el que va a escribir. El Surrealismo, no podía atribuir al lenguaje una posición soberana, en la medida en que el lenguaje es un sistema y lo que este movimiento postulaba era una subversión de los códigos; así al recomendar sin cesar que se frustraran bruscamente los sentidos esperados (el famoso ‘sobresalto’ surrealista), al confiar a la mano la tarea de escribir lo más aprisa posible lo que la misma mente ignoraba (escritura automática), al aceptar el principio y la experiencia de una escritura colectiva, contribuyó a desacralizar la imagen del Autor. Por último, la lingüística acaba de proporcionar a la destrucción del Autor un instrumento analítico precioso, al mostrar que la enunciación en su totalidad es un proceso vacío que funciona a la perfección sin que sea necesario rellenarlo con las personas de sus interlocutores: lingüísticamente el autor nunca es nada más que el que escribe, del mismo modo que yo no es otra cosa sino el que dice yo: el lenguaje conoce un ‘sujeto’, no una ‘persona’, y ese sujeto, vacío excepto en la primera enunciación, que es la que lo define, es suficiente para conseguir que el lenguaje se ‘mantenga en pie’, para llegar a agotarlo por completo]” (p. 66/68)
“[Este ‘distanciamiento’ (Brecht) del Autor no es tan sólo un hecho histórico o un acto de escritura: transforma totalmente el texto moderno, que a partir de entonces se produce y se lee de tal modo que el autor se ausenta en todos los niveles]. Para empezar el tiempo ya no es el mismo. Cuando se cree en el Autor, éste se concibe siempre como el pasado de su propio libro: el libro y el autor se sitúan por sí mismos en una misma línea, distribuida en un antes y un después; se supone que el Autor es el que nutre el libro, es decir que existe antes que él, que piensa, sufre y vive para él; mantiene con su obra la misma relación de antecedente que un padre con su hijo. Por el contrario, el escritor moderno nace a la vez que su texto; no es en absoluto el sujeto cuyo predicado sería el libro; no existe otro tiempo que el de la enunciación, y todo texto está eternamente escrito aquí y ahora. Es que (o se sigue que) escribir ya no puede seguir designando una operación de registro, de constatación, de representación, de ‘pintura’ (como decían los Clásicos), sino que más bien es lo que los lingüistas, siguiendo a la filosofía oxfordiana, llaman un performativo, forma verbal extraña (que se da exclusivamente en primera persona y en presente) en que la enunciación no tiene más contenido (más enunciado) que el acto por el cual ella misma se profiere: algo así como Yo declaro de los reyes o el Yo canto de los más antiguos poetas: el moderno, después de enterrar al Autor, [... cree que] la mano, alejada de toda voz, arrastrada por un mero gesto de inscripción (y no de expresión) traza un campo sin origen, o que, al menos, no tiene más origen que el mismo lenguaje, es decir, exactamente eso que no cesa de poner en cuestión todos los orígenes” (68/69)

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