Algunas observaciones sobre dona perfecta



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ALGUNAS OBSERVACIONES SOBRE DONA PERFECTA DE B. PÉREZ GALDOS Y LA CASA DE BERNARDA ALBA DE P. GARCÍA LORCA

J A R O S LA V R O S E N D O R F S K Ý

1.

Harto arbitrario y hasta estrafalario podría parecer, a primera vista, el pro­pósito de confrontar recíprocamente dos obras tan distintas y casi antagónicas por la personalidad de los autores, de su diferente formación y de los diferentes objetivos que persiguen. Por una parte el más insigne representante del rea­lismo nacional, comedido, imparcial, hasta aparentemente impasible en su agudo, penetrante análisis de la sociedad española contemporánea, a la cual tienta don Benito el pulso, como un médico muy concienzudo, en sus vastas compo­siciones narrativas, sobrio en la valoración de las pasiones humanas y falto casi absolutamente de emoción lírica, reemplazada por el elemento épico y una honda preocupación humana, mientras que, por otra parte, habremos de enfren­tar a un poeta de vitalidad espontánea y prodigiosa, en el que late con violenta palpitación y con un acento castizamente personal el ritmo febril y nervioso de la vida y se exterioriza en un potente dramatismo lleno de inquietante, ineluc­table fatalidad que caracteriza las tragedias de Lorca, en primer lugar su obra maestra La casa de Bernarda Alba. Pero hay, a pesar de esta evidente discon­formidad, algunos puntos positivos de contacto entre los dos escritores il que brotan de la misma realidad, del mismo ambiente en que está puesta la acción de las obras mencionadas en el título y que requería, por fuerza, una análoga expresión artística. Es, en primer lugar, el aspecto del paisaje, los vastos des­consolados horizontes de Castilla, „estos campos ardientes, escuetos y dilatados, sin fronda y sin arroyos, campos en que una lluvia torrencial de luz dibuja sombras espesas en deslumbrantes claros, ahogando los matices intermedios.“1 Una llanura interminable, las extensas dehesas pardas o amarillentas de trigo que se recortan violentamente sobre el fondo del cielo de un azul intenso y des­lumbrante, alternando, a veces, con robledos de un verde sombrío o con una fila larga y monótona de chopos flanqueando las riberas de un riachuelo que serpentea entre praderas o ariscos pedregales. Es la soledad infinita, grandiosa y melancólica de la tierra triste y noble, cantada por Machado,

1 Miguel Unamuno: En torno al casticismo. Buenos Aires 1943, p. 55.

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la de los altos llanos y yermos y roquedas, de campos sin arados, regatos y arboledas; decrépitas ciudades, caminos sin mesones y atónitos palurdos sin danzas ni canciones,

y a la vez la patria de „la raza de Caín“, del hombre

malo del campo y de la aldea capaz de insanos vicios y crímenes bestiales que bajó el pardo sayo esconde un alma fea, esclava de los siete pecados capitales2

que forma el marco exterior así de Doña Perfecta como de La casa de Bernarda Alba. Tal se presenta, en efecto, la Castilla que encontramos en ambas estas obras junto con sus moradores, rudos aldeanos curtidos por el sol y la intem­perie, astutos, desconfiados, en continua lucha con la inclemente naturaleza y la maldad del prójimo. Es este paisaje áspero, cerril e inhóspito, al que hay que arrancar penosamente el duro pan, el aislamiento secular de los centros de comunicación, la miseria, las creencias supersticiosas, manantes de antiquísimas reminiscencias, y ante todo la sistemática y despiadada opresión, los abusos de parte de los señores feudales — todo este conjunto de factores múltiples y no siempre fácilmente aprehensibles que habían contribuido a plasmar indu­dablemente el carácter de los campesinos, otorgándoles, en el decurso del tiempo, un cierto sello de suspicacia recelosa y poco amiga de1 novedades. Un análisis más detenido de las dos obras mencionadas nos dará, como esperamos, aquellos pun­tos de contacto a los que ya hemos hecho referencia.

Pertenece Doña Perfecta (1876), junto con la siguiente Gloria (1877) y La familia de León Roch (1879) a las llamadas novelas de tesis, donde se desarrolla con mayor vigor y mayor evidencia el aspecto de la sociedad española contemporánea puesto en relación con el problema religioso, tan actual y tan espinoso en tiempos del autor y que hasta hoy parece no haber perdido su interés palpitante. Fue él quien ha revelado, como dice acertadamente Azorín, „España a los ojos de los españoles que la desconocían, y ha hecho que la palabra España no sea una abstracción, algo seca y sin vida, sino una realidad.“3 Y como obra literaria, Doña Perfecta forma parte integrante de ese vasto y va­riado mosaico que sintetiza, a través de una amplia perspectiva de caracteres y acontecimientos, la vida pasada y contemporánea de España trazada por el autor, sea en sus Episodios nacionales, sea en las novelas de temas altamente actuales. Es esta obra una de las primeras en que logró afirmar el autor su indivi-

2 Antonio Machado: Obras. México 1940, p. 133.

3 Azorín: Obras completas. Madrid 1959, tomo II, pag. 633.

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dualidad artística y empezó a retratar el ambiente social de su época, visto desde el punto de vista del liberalismo progresista y anticlerical.

Vamos a apuntar en breve los rasgos más salientes de la trama. Juan liey, un abogado de renombre, establecido en Sevilla, tenía una hermana que vivía en Madrid con su marido, un calavera impenitente, mujeriego y derrochador, quien no habría titubeado en disipar toda su fortuna en el juego y con hembras de mala vida, si la muerte no se hubiera apiadado de la familia, llevándole prematuramente a la tumba. La situación pecuniaria de doña Perfecta, que se había quedado sola con su hijita Rosario, era bastante precaria y no lejos de parecer desesperada: enormes deudas, la finca de Orbajosa hipotecada o en peligro de ser vendida a vil precio a los usureros, la administración de los latifundios, que permanecían todavía en poder de la familia, en lamentable desarreglo. La ruina de ambas mujeres parecía inevitable. Mas he aquí que la intervención del hermano aparece como un improviso deus ex machina: éste con­venció ante todo a doña Perfecta de trasladarse a Orbajosa, donde conservaba to­davía vastas posesiones y una casa solariega, para administrar personalmente sus bienes, y emprendió una lucha encarnizada con los acreedores, tratando de satis­facer a unos y conseguir de otros el aplazamiento de las deudas más apremiantes, hasta que paso a paso logró salvar el conspicuo patrimonio de su querida her­mana. Se daba cuenta doña Perfecta de lo mucho que debía al ilustre juris­consulto y le mostraba en sus cartas el más vivo agradecimiento. Así pasaron los años sin que los hermanos se hubieran visto, limitándose sólo a relaciones por escrito. Pepe, el hijo único de don Juan, educado en un ambiente gene­re-so y desahogado, siguió entretanto la carrera de ingeniero de caminos y la posición acomodada de su progenitor le permitió viajar por algunos de los países europeos más adelantados, donde ejercieron sobre él una marcada in­fluencia las ideas liberales que allí conoció. Era el anhelo más fervoroso del anciano abogado que Pepe se casase con su prima Rosario y habiendo aprobado doña Perfecta, tras largas negociaciones epistolares, este proyecto, se pusieron ambos de acuerdo en que Pepe visitaría „la recóndita ciudad episcopal“, resi­dencia de doña Perfecta. Tampoco el joven y gallardo ingeniero, regresado a España del extranjero, se opuso a trabar conocimiento con estas dos parientes suyas, tan elogiadas por el padre, pensando, además, que tendría de tal manera ocasión de pasar algunos ratos agradables en aquella ciudad provincial, donde poseía fincas heredadas de su difunta madre, y salió de viaje, un poco movido por la curiosidad y otro poco para complacer a don Juan.

Grande es por eso su decepción, cuando ve por vez primera estas tierras que creía, siendo niño, nada menos que un paraíso: se figuraba „fruta, flores, caza mayor y menor, montes, lagos, ríos, poéticos arroyos pastoriles“, mientras ahora encuentra „desnudos cerros, llanos polvorientos y encharcados, vetustas casas de labor y norias desvencijadas, cuyos cangilones lagrimean lo bastante

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para regar media docena de coles“,4 en todas partes se presenta ante sus ojos el desesperante aspecto de una meseta árida y estéril, surcada de barrancos pedre­gosos y polvorientos, „donde ni los cardos encuentran jugo“, piedras, piedras, yerba seca, descolorida y a trechos un miserable villorío de adobe, expresión de la más lamentable pobreza — he aquí todo lo que abarca la vista del joven que se dirige a caballo, acompañado por el tío Licurgo, de la estación de Villa-horrenda a Orbajosa. Eran, sin duda alguna, las propias impresiones del autor, el fruto de sus extensos peregrinajes a través de la Península, que influyeron notablemente sobre esta visión hosca y desconsoladora del paisaje castellano trazado aquí en algunos rasgos someros y acertados, y nos gusta imaginarnos a don Benito con su gabán algo lustroso y su sombrero ajado, como le pinta con tanto amor Azorín. viajando en tercera, discurriendo con los pasajeros, „labriegos, tratantes en ganado, feriantes, cómicos pobres, menestrales, emplea­dos modestos, estudiantes“,5 o alojándose en las míseras posadas lugareñas, con­sideradas por él como una ..excelente posición para hablar directamente con la raza“ y para averiguar así, con la mayor intensidad posible, la vida del pueblo, penetrar en su esencia y familiarizarse con sus modales. He aquí la Castilla que él conoció en sus correrías por el país des­nudo, áspero, de un uniforme color pardusco, „roto acá y allá por las hazas hoscas, negras de los barbechos y eriazos, donde no se yerguen árboles, no corren arroyos ni manan hontanares. El pueblo reposa en un pro­fundo sueño . . .6 Un sueño que dormía el país entero; y precisamente fue (jaldos quien ya mucho antes que los noventayochistas trató de despertarlo de su modorra secular e indicarle el camino hacia un mejor, más claro porvenir. Pintando los pueblos de esta región, sombríos, adustos y preñados de remolas reminiscencias de las épocas pasadas, „los más vetustos y sepulcrales que he visto en mis correrías por España“, según dice él mismo, parece como si fuera Orbajosa, „urbs augusta y ciudad episcopal“, la quintaesencia de todas sus impresiones y experiencias que había atesorado en sus excursiones solitarias por la meseta central.

Los jinetes atraviesan, silenciosos, bajo la inmensa bóveda del cielo despe­jado y deslumbrante la yerma planicie ,.sin árboles, pajiza a trechos, a trechos de color gredoso, dividida toda en triángulos y cuadriláteros amarillos y ne­gruzcos, pardos o ligeramente verdegueados“, semejantes „-a la capa del hara­piento que se pone al sol“,7 y después de largo rato, no sin presenciar antes una atroz escena de justicia sumaria contra los bandoleros que infestaban

4 B. Pérez Gaklós: Doña Perfecta. Madrid 1922, p. 13.
5 Azorín: Obras completas, tomo III, p. 1243—1244.
6 B. Pérez Caldos: Doña Perfecta, p. 121.
7 Ibidem, p. 16. .

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toda la comarca, comienza a perfilarse, en el lejano horizonte, la nítida silueta de la ciudad apiñada en la loma de una desnuda colina y con la vista domi­nante de un alcázar ruinoso y semiderrocado. He aquí como se presenta al jinete la veneranda Orbajosa cuyo panorama se extiende ante sus ojos: „Un amasijo de paredes deformes, de casuchas de tierra pardas y polverosas como el suelo, formaba la base, con algunos fragmentos de almenadas murallas, a cuyo amparo mil chozas humildes alzaban sus miserables frontispicios de adobes, semejantes a caras anémicas y hambrientas que pedían una limosna al pasajero. Pobrísimo río. ceñía, como un cinturón de hojalata, el pueblo, refrescando al pasar algunas huertas, única frondosidad que alegraba la vista. Entraba y salía la gente en caballerías o a pie, y el movimiento humano, aunque escaso, daba cierta apa­riencia vital a aquella gran morada, cuyo aspecto arquitectónico era más bien de ruina y muerte que de prosperidad y vida. Los repugnantes mendigos que se arrastraban a un lado y otro del camino pidiendo el óbolo del pasajero, ofrecían lastimoso espectáculo. No podían verse existencias que mejor cuadraran ni que más apropiadas fueran a las grietas de aquel sepulcro donde una ciudad estaba no sólo enterrada, sino también podrida.“8 Poco importa si este pueblo o ciudad, para no vulnerar los sentimientos patrióticos de los orbajosenses, con poco más de siete mil habitantes. „ayuntamiento, sede episcopal, juzgado, Seminario, de­pósito de caballos sementales, Instituto de segunda enseñanza y otras prerroga­tivas oficiales“9 es un lugar ficticio, imaginario,10 ya que su presencia se mani­fiesta, con mayor o menor insistencia, en toda España, cobrando una importancia mucho más grave como arquetipo de una realidad fatídica y angustiosa que proyecta su enorme sombra sobre una gran parte del país. En tal sentido simbó­lico hay que interpretar esta visión galdosiana de Orbajosa y de sus moradores que cuadran a maravilla con el ambiente de la vetusta, decrépita villa.

¿Cómo se presentan pues los gallardos urbsaugustenses al ingeniero Pepe Rey en la luz de los más o menos superficiales contactos que traba con ellos? La armonía entre el medio y los componentes que lo forman resulta verdadera­mente asombrosa: lo mismo la ciudad que sus moradores parecen víctimas de una lenta, pero inexorable desintegración, de un continuo desmoronamiento, de un orín invisible y corrosivo que ataca no sólo a las casas, sino también a las mentes, corrompiéndolas y viciándolas bajo el ritmo pausado y monótono de años, decenios y siglos. Tienen estos pueblerinos, como advierte Galdós, „la imper­turbable serenidad del mendigo que nada apetece mientras no le falta un men­drugo para engañar el hambre, y buen sol para calentarse“.11 Esta falta de

8 lbidein, p. 2ü.

9 lbidem.

10 Hay algunos que identifican Orbajosa con Burgo de Osma en Castilla.

11 B. Pérez Galdós: Doña Perfecta, p. 115.

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iniciativa, de ambición y de afán de progreso, suplantado por una fatua, estéril satisfacción y unida a una hondamente arraigada desconfianza hacia todas las novedades — especialmente si llegan de la Capital — es uno de los rasgos más pronunciados de los habitantes de Orbajosa. He aquí el antagonismo más clamo­roso del que brota el conflicto entre los dos mundos opuestos y fieramente adver­sarios: por un lado la pequeña ciudad provincial de escaso vecindario y de no menos escasos recursos pecuniarios, atrasada en su desarrollo económico, sin industrias, sin agricultura notable (salvo el cultivo de ajos) y apegada tenaz­mente simplificadora que influye poderosamente en el modo de pensar de vicios, de lujuria y de abominación a los ojos de los probos orbajosenses, que abusa de su poderío para explotarlos, destruir la religión e imponer a su vez la impía ley de los ateos y protestantes. Esta opinión ingenua y grosera­mente simplificadora que influye poderosamente en el modo de pensar de Orbajosa desde las ínfimas capas sociales hasta lo más granado de la población, es fomentada naturalmente por el clero, deseoso de conservar sus prerrogativas seculares, gravemente comprometidas, como teme, por las tendencias liberales y centralistas, de Madrid. Tal insoluble conflicto tiene, por cierto, raíces mucho más profundas y repercusiones mucho más amplias, no se limita a una sola ciudad o provincia, sino abraza zonas más extensas y hasta se presenta, dentro de la más vasta perspectiva histórica, como un problema de trascendencia nacional, de lo que el autor no parece darse justa cuenta en esta novela. Estos contactos anta-gómeos entre la fuerza centrípeta y las tendencias centrífugas podemos seguirlos en el decurso de toda la historia española, a partir de las luchas de los Comu­neros con el poder imperial que había determinado por algunos siglos la ruina de la burguesía española, a través del movimiento separatista catalán durante el reinado de Felipe IV, de la primera y segunda guerra carlista, en las que halló su apogeo aquella fiera aversión al poder central, hasta la última guerra civil que hizo surgir, entre muchos otros problemas, el dilema del autonomismo o centralismo. Este problema de importancia capital, en cuya solución fracasó la primera y probablemente también la segunda República, no presenta un aspecto tan concluyente y homogéneo como nos lo hace ver Caldos en este libro suyo, sino ofrece perspectivas bastante más complicadas que radican en la estructura política, social y económica de España, en la marcada discrepancia entre las distintas regiones, en su desigual ritmo evolutivo y la diferente aptitud de acomodarse a las nuevas, más adelantadas condiciones de vida. Cualquier otra interpretación de este problema delicado y sujeto además a varios factores imprevisibles pecaría por fuerza de simplismo y de menosprecio a la realidad. En este sentido cabe considerar también el brusco, escasamente matizado con­traste de luces y sombras de que se sirve el autor al pintar estos dos mundos incompatibles, separándolos en dos sectores distintos y rigurosamente delimita­dos, sin saber observar la debida imparcialidad, indispensable en un asunto tan

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espinoso y trascendental. Un criterio más calmo y desapasionado habría podido ayudar a Galdós a evitar ciertos escollos de efectismo de no siempre buena ley, a penetrar con mayor perspicacia y mayor acierto en el recóndilo mundo psico­lógico de sus protagonistas. En ulterior análisis de Doña Perfecta tendremos más de una vez la ocasión hacer caso de esta circunstancia.

Vamos a fijarnos ahora en el desarrollo de la trama. Llegado Pepe a la resi­dencia de su tía, „la única vivienda que tenía aspecto de habitabilidad cómoda y alegre“,12 es recibido con júbilo efusivo y sincero por doña Perfecta, que ve en él el retrato fiel de su querido hermano, y tampoco el primer encuentro con Rosario sale mal: ambos jóvenes sienten a la primera vista una franca simpatía que va a transformarse muy pronto en amor. Pepe, olvidadas las anteriores fasti­diosas impresiones que le hizo la ciudad y sus alrededores, se siente a sus anchas en el nuevo ambiente donde se promete pasar ratos agradables, descansando de las fatigas de su profesión, y también con todos los que tratará durante su estancia en Orbajosa se propone hacer buenas migas, ya que el diablo, piensa, no es siempre tan negro corno suele pintarse. Pero esta atmósfera de paz y de amable cuidado de que se ve rodeado por la parte de su tía y prima dura desgraciadamente muy poco y pronto se disipa su ilusión de tranquilidad, de una vida calma, sosegada y sin disgustos en el seno de la familia. Ya el día de su llegada surge la primera desavenencia y asoma en el horizonte una ligera sombra de discordia que deberá de espesarse, dentro de pocos días, en un denso, negro nubarrón preñado de tempestad. Chocan aquí por la primera vez en una aparen­temente cordial y ligera escaramuza dos concepciones opuestas e irreconciliables: la del joven ingeniero que defiende con ahinco las posiciones del progreso, del desarrollo económico y técnico y del liberalismo en el campo político, soñando con la renovación de España, y por otro.lado la concepción obtusamente conser­vadora y medieval del canónigo don Inocencio, todo sumido en estériles remi­niscencias del glorioso pasado nacional que es, según él, la única fuerza válida y capaz de conducir ai país hacja sus futuros destinos. Por nada del mundo permitiría sacar a Orbajosa (que tiene, como ya hemos mencionado, un valor de símbolo) de su letargo abrumador, disipar la niebla secular de falsas creencias, de apego al hueco tradicionalismo, falto de sentido actual, y aflojar los vínculos de la fosilizada jerarquía social que rige desde tiempos inmemorables la vida del pueblo y condiciona su estructura clasista. Los intereses religiosos coinciden, naturalmente, en este caso, con otros intereses que, aunque menos idealistas y más apegados a las cosas de este mundo, aparecen revestidos de la misma importancia, y hasta son más transcendentales, nos atreveríamos de afirmar, de mayor peso a juicio de las veinte familias ricas que viven en Orbajosa, flor y nata de la sociedad local, encabezada por doña Perfecta. Bien sabe estimar

12 Ibidem, p. 27.

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la riqueza también don Inocencio el cual, nacido en una familia humilde, había probado hasta la saciedad la amargura de la pobreza y sólo gracias a sus estudios de teología ha logrado una desahogada posición social como profesor y miembro del cabildo de la Catedral orbajosense. La riqueza es la llave que abre todas las cerraduras, procura el acceso a todas las dignidades, impone respeto y hace olvidar todas las vilezas, todos los pecados y malhechos — he aquí el lema que parece regir la vida ciudadana y garantizar, con el precioso apoyo de la religión, el eterno e inmutable statuquo — es decir la felicidad en la tierra y la bienaven­turanza en los cielos. Los acomodados terratenientes orbajosinos (y la tierra laborable es aquí esencialmente la única fuente de sustento), privilegiados por Dios y por la suerte, se dan ,muy bien cuenta de su desahogada posición social, de la influencia y respeto que les debe la plebe, siendo estrechamente relacionados con la tradición secular, con la conservación del actual régimen económico y la subordinación de la clase del pueblo, resignada a su miseria y obtusa ignorancia. Y saben manejar con tanta habilidad las ignorantes y fanatizadas masas del proletariado campesino que encuentran en ellas fieles aliados en la sorda, encar­nizada lucha contra todo lo que impugna la tradición anquilosada, combate prejuicios y supersticiones, propala algunas, aunque muy modestas reformas. Podría surgir, sin embargo, a este propósito una duda muy legítima: ¿es ésta la verdadera vox populi, la auténtica opinión de los .,palurdos“, como se los llama en las páginas de esta novela? El autor no nos da sobre este punto una respuesta explícita. Estos „palurdos“, a saber, los verdaderos aldeanos, la masa anónima del campesinato sin tierra y a la merced de los latifundistas, no está aquí, en general, ni poco ni mucho representada; no hay que confundir con ellos ni al picaro tío Licurgo, tan campechano como pleitista, y propietario de trigales esmeradamente cultivados, ni tampoco al bruto y presumido Caballuco (que recuerda, en ciertos rasgos, al temible cacique Barbacana o Trampela de Los pazos de Ulloa), un producto típico del caciquismo provincial, quien habrá de intervenir tan funestamente en el desenlace de esta novela. Parece ignorar el autor (y con él, al fin y al cabo, casi toda la literatura nacional de entonces) la existencia del proletariado español que no existe para él ni en Doña Perfecta ni en otras obras suyas del ambiente provincial o madrileño; y si se ocupa, de vez en cuando, como sucede en Tormento, Lo prohibido y especialmente en Misericordia, de las capas más miserables de la población metropolitana, no elige por protagonistas ni a los obreros y ni mucho menos al proletariado del campo, sino más bien a un conglomerado pintoresco y abigarrado de vanos tipos anómalos o estrafalarios, retratados con rasgos certeros y atinados, pero en general escasamente típicos y faltos de conciencia de clase. Observa muy a propósito Gullón en su excelente monografía sobre Galdós que éste critica la sociedad, poro desde el punto de vista más bien moral que cívico. Se le escapa el hombre en su contextura social, colectiva, lo examina como a un

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individuo aislado, sin mirar suficientemente en las condiciones exteriores que le plasman y determinan, lo que le impide ver al pueblo como clase y tanto menos darse cuenta del proletariado emergente; encontramos, más bien, en estos sus personajes cierta analogía con los tipos desquiciados y extravagantes de Baroja. Desde este horizonte estrecho y unilateral está también captada la atmósfera de Orbajosa que parece absolutamente homogénea, sin la menor discrepancia, entre sus habitantes, sota ricos, sean indigentes, reina una armonía ideal, ostentando todos una convergencia ejemplar de opiniones y criterios.

Volveremos todavía a este punto neurálgico de la obra galdosiana;. lo que fue dicho por ahora a propósito basta para que nos formemos una idea aproxi­mada del ambiente con que vino a contacto Pepe en la casa de su tía. Conocemos ya el carácter franco y despabilado del joven ingeniero, amante del progreso técnico, fiero enemigo de la hipocresía y del oscurantismo, con que tropieza a cada paso, y deseoso de contribuir a la renovación del país. Se da cuenta en seguida de la lamentable situación económica de la comarca que ve sumida en una obtusa indolencia y piensa por eso „que no le vendrían nial a Orbajosa media docena de grandes capitales dispuestos a emplearse aquí, un par de cabezas inteligentes que dirigieran la renovación de este país, y algunos miles de manos activas. Desde la entrada del pueblo, hasta la puerta de esta casa he visto más de cien mendigos. La mayor parte son hombres sanos y aún robustos. Es un ejército lastimoso cuya vista oprime el corazón“.13 Se le responde que a los men­digos atiende la caridad y que Orbajosa no es un pueblo pobre; la producción de ajos es muy abundante y hay por lo menos veinte familias acomodadas que viven en la ciudad. Esta indefinida, penosa atmósfera de desasosiego y de ma­lestar con la cual tropieza Pepe durante la primera entrevista con el venerando canónigo, va creciendo, le enreda en su sutil, insidioso tejido de calumnias y de intrigas y el joven que no tiene, sea dicho entre paréntesis, pelos en la lengua, ve surgir delante un siempre más espeso muro de incomprensión, recelo y hasta odio, sin saber explicarse los motivos de esta sorda confabulación que se trama contra él. Cada vez más Je disgusta el lenguaje melifluo y acicalado del canónico que halla evidentemente un gran placer en provocarle a escapadas poco oportu­nas respecto a los conmensales presididos por doña Perfecta, pero muy a pro­pósito para ridicularizar, so capa de extremada modestia, las opiniones de Pepe y denigrarlo como un ateo empedernido en connivencia con los ambientes más pudridos e impíos de Madrid. El canónigo impulsado por el deseo que Rosario se case con su sobrino Jacintillo, un jovencito presumido y pedantesco, quiere poner a Pepe en descrédito ante su tía y consigue a maravilla su propósito; doña Perfecta, francamente inclinada al principio a su sobrino, comienza a probar una cada vez más viva aversión hacia el pariente recién llegado y hacia sus ideas

Ibidem, p. 49.

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subversivas. Avanza, de tal modo, en el primer plano de la acción, para enfren­tarse por fin con el intruso en una lid sin tregua y sin cuartel, aunque con­tinúa fingiendo el más entrañable cariño al sobrino y no se opone, aparente­mente, contra su unión con Rosario. En vista de la imposibilidad de este enlace que empieza a parecerle un desatino, hasta una monstruosidad, se vale de toda la influencia que posee para hacerle insoportable la estancia en Orbajosa, no permite a Rosario encontrarse con Pepe, aunque ésta le ama perdidamente, viendo en él a su legítimo novio; induce a los propietarios de las fincas colin­dantes a sus tierras a pleitear con él; disemina hábilmente varios rumores difa­matorios a su cargo; emplea todos los recursos de su no corta inteligencia; se sirve de las antiguas relaciones que sostiene con Madrid para despojarle de su cargo de ingeniero y hasta le hace arrojar por el obispo de la Catedral. Pepe, dis­gustado por estas muestras de sorda hostilidad, sm acertar todavía a averiguar su turbia fuente, toma la resolución de dejar la ingrata ciudad y regresar a Sevilla. Provocado, sin embargo, por los celos de Caballuco quien le amenaza con ven­garse, se siente herido en su amor propio y decide quedarse, aceptar el reto y alistarse para la batalla inminente. Se convence del inalterado cariño de Rosario que, a pesar de los insistentes rumores sobre su ateísmo, sigue adorándole y am­bos los jóvenes se juran eterno amor. Y la suerte parece secundarlos: al alba del mismo día entran en la ciudad las tropas gubernamentales para defenderla, en caso de necesidad, contra las partidas carlistas que infestan toda la comarca. Gran alboroto en la ciudad por este acontecimiento inesperado y juzgado por los orbajosinos muy poco oportuno: „Todo era saltar del lecho, vestirse a prisa, abrir las ventanas para ver el alborotador regimiento que entraba con las pri­meras luces del día. La ciudad era tristeza, silencio, vejez; el ejército alegría, estrépito, juventud. Entrando el uno en la otra, parecía que la momia recibía por arte maravillosa el don de la vida, y bulliciosa saltaba fuera del húmedo sarcófago para bailar en torno de él. ¡Qué movimiento, qué algazara, qué risas, qué jovialidad!“14 La repentina intervención del ejército en los sucesos ahora mencionados sirve para sostener y continuar la escueta línea narrativa con bruscos contrastes de luz y de sombra, proyectados sobre los protagonistas. No se ensancha, sin embargo, el cerrado ambiente local ni se trata de penetrar, en esta ocasión, los recónditos repliegues del alma de los provincianos, lo que sería tanto más oportuno, ya que el autor mismo no vacila en atribuir una significación simbólica a esta ciudad que „no está muy lejos ni tampoco muy cerca de Madrid, no debiendo tampoco asegurarse que enclave sus gloriosos cimientos ni al Norte ni al Sur, ni al Este ni al Oeste, sino que es posible esté en todas partes, y por doquiera que los españoles revuelvan sus ojos y sientan

14 Ibidem, p. 188. 190

el picor de sus ajos“.15 Que se nos permita aquí hacer a propósito algunas obser­vaciones marginales. Las raíces de la fiera parcialidad con que topamos tan a menudo en esta obra de Galdós, son sin duda remotísimas y de origen medieval; pero más bien que con las heroicas reminiscencias de la Reconquista como lo hace doña Perfecta (es cuestión de moros y cristianos, asevera, y hasta Galdós no parece ser del todo ajeno a esta idea) hay que identificar estas raíces con el impetuoso desarrollo de la burguesía nacional en los umbrales de la Edad moderna, cuando surgió, bajo la égida de los Habsburgos, la unificada Monar­quía española, quebrantó en su afán cenlralizador la autonomía y el bienestar de las ciudades y avasalló a los campesinos castellanos que disfrutaban, en la época de la Reconquista, de un relativamente alto grado de autonomía. Y estos „deplorables resabios de behetría“, como los califica algo ásperamente don Benito, habían perdurado en la memoria del pueblo a través de los siglos siguien­tes y eran acaso el motivo principal de la ..viva repulsión a someterse a la auto­ridad central“, de aquella repulsión que „recordando sus fueros de antaño y mascullándolos de nuevo, como rumia el camello la hierba que ha comido el día antes, alardeaba de cierta independencia levantisca“.16 Este centralismo que echó los cimientos del primer poderoso Estado en el continente europeo y aumentó desmesuradamente el prestigio de España fuera de sus fronteras, practicó en el país una política de rígido absolutismo, derogando a favor de la autoridad del Estado los, antiguos fueros que garantizaban un grado bastante elevado de autonomía a las provincias y ciudades como los componentes más adelantados de la economía nacional. Harto conocidas son las funestas conse­cuencias de esta ambición malsana y descomedida que había sacrificado los intereses nacionales a la quimera de la hegemonía europea: el país sumamente agotado, la economía arruinada, las ciudades decaídas y los campos sin cultivo. Orbajosa de Galdós da un testimonio bastante elocuente de la triste situación en que se encontraba, en aquellos tiempos, una gran parte de España. Esto constituye, sin duda, uno de los factores determinantes de la ulterior tensión entre el centro y la periferia, entre la Capital y las provincias, tensión simboli­zada aquí por la vetusta Orbajosa que „conservaba en su seno algunas fibras de aquéllas que en edad remota la impulsaron a inauditas acciones épicas; y aunque en decadencia, sentía de vez en cuando violento afán de hacer grandes cosas, aunque fueran barbaridades y desatinos“.17 La explicación más justa y acertada de las acciones facciosas que estallarán poco después de la entrada de las tropas gubernamentales en Orbajosa, hay que buscarla, más bien, en el abandono secular de la provincia española, en el feroz odio contra los opresores

15 Ibidcm, p. 192.
16 Ibidem, p. 190.
17 Ibidem, p. 190.

y varios parásitas, aun cuando el pueblo no los vea en su seno, entre los ricos ter­ratenientes y sus ¡secuaces serviles, sino en el lejano Madrid, „centro de corrup­ción“, como se le hace creer, „de escándalo, de irreligiosidad y descreimiento“.18 ¿Y por qué tomarles a mal, en resumidas cuentas, a los pueblerinos esta descon­fianza, sancionada por las experiencias de muchos siglos, frente al Gobierno central, expresión y símbolo de un sistema autocrático, abstracto y hostil, que exige los impuestos, manda expediciones represivas a cargo de los habitantes y se da cuenta de ellos sólo durante las elecciones para hacer recoger los votos por los caciques? La situación no parece haber cambiado mucho en el curso de la última centuria, así que tenemos por acertada la aserción de Max Aub de que no es lícito poner en duda la existencia de esta ciudad, „forjada en la imagina­ción de Galdós. Así sucedía antes y sucede hasta hoy; si las invenciones trans­formaron radicalmente los aspectos de las ciudades provinciales, la trayectoria espiritual es al contrario infinitamente más larga“.19

Sea como sea, los vecinos de Orbajosa no muestran ningún entusiasmo exce­sivo frente a la expedición militar alojada ..en Orbajosa, la episcopal ciudad, que si bien pobre, no carecía de tesoros en gallinas, frutas, dinero y doncellez, los cuales corrían gran riesgo desde que entraron los consabidos alumnos de Marte“20 fuera de los pocos conterráneos, tratados bien por los orbajosinos, los otros son considerados como enemigos o por lo menos como intrusos molestos. El único que tiene motivos suficientes para sentirse contento es Pepe, porque la imprevista llegada de los soldados ha cambiado radicalmente la situa­ción, siendo destituidas todas las autoridades locales que secundaban de tan buen grado a la piadosa señora en sus maquinaciones contra el sobrino.



Después de una escena violenta en que él no deja ver ningún exceso de tino y diplomacia, decide abandonar la casa de su tía, anunciándole de antemano su l'jrme decisión de casarse con Rosario. Eso es el colmo y excede la medida de lo que doña Perfecta está dispuesta a soportar; ayudada eficazmente por la autoridad de don Inocencio, reclama en una emocionante entrevista que tiene con sus subditos y en donde revela su habilidad y descomunales facultades mentales, el apoyo de Caballuco y de sus partidarios. Caballuco se muestra al principio renuente a la idea de meterse a la cabeza de una sublevación contra el Gobierno, pero herido por doña Perfecta en su amor propio e incitado por el canónigo quien promete a todos los rebeldes la palma de la victoria, laván­dose a la vez hipócritamente las manos, se decide juntar a sus hombres y formar una facción contra los soldados de Madrid.

Los acontecimientos se precipitan como una avalancha hacia el funesto desen-

18 Ibidem.

19 M. Aub en el prefacio a la edición francesa de Doña Perfecta. París 1963, p. 14.

20 B. Pérez Galdós: Doña Perfecta, p. 189.

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lace y el conflicto, limitado hasta ahora a una órbita individual, acaba por asumir una dimensión colectiva. Pepe toma la resolución de huir con Rosario que, puesta ante el tremendo dilema de decidirse entre la madre y el novio, se decide, con el alma partida, por el segundo; pero la fuga de los amantes es frustrada, en el último momento, por doña Remedios, sobrina del canónigo, que viendo contrariado su plan ambicioso de casar a Jacintillo con Rosario y empa­rentado de tal modo con la familia más principal de Orbajosa, delata por ven­ganza a doña Perfecta el proyecto de huida de los dos enamorados y ésta, en un paroxismo de ira, manda a Caballuco matar a Pepe. Con su muerte se interrumpe bruscamente la acción: en el epílogo puede enterarse el lector de que Rosario, ya antes muy delicada de salud, ha enloquecido, siendo así necesario internarla en un manicomio, mientras los dos autores principales de la tragedia, el canó­nigo y doña Perfecta, atormentados por los remordimientos, se han retirado del mundo, él renunciando a su cargo eclesiástico y ella buscando alivio en un aún más fervoroso ejercicio de prácticas religiosas.

Vamos a ocuparnos ahora de los dos protagonistas principales que son, por lo visto, el joven ingeniero y su tía, representantes de dos mundos antagonistas, inconciliables, y ya de antemano destinados a encontrarse en un choque que empujará la acción al trágico fin. La trama de esta novela se interpreta, por lo general, y tales eran, indudablemente, las intenciones del autor, como violenta polémica contra el atraso y ¡os contrastes ideológicos del país que el autor, de orientación decididamente liberal y republicana, sentía con mucho apremio y mu­cha insistencia. Hay que considerarlo, en este sentido, como al más competente precursor de los noventayochistas en su afán de regenerar a España que le dolía acaso igualmente que a don Miguel y a la cual „ha hecho vivir con sus ciudades, sus pueblos, sus monumentos, sus paisajes“.21 Coincide verdaderamente en muchos aspectos con la generación del 98, aunque no fue siempre justamente valorizado por ella, siéndole reprochada carencia de individualismo, monotonía en su mundo novelesco y cierto desaliño en el estilo, amoldado demasiado al len­guaje familiar. Estas reservas enunciadas en un momento de marcada exaltación individualista han perdido, en el decurso del tiempo, mucho de su valor y hoy se le reputa, más bien, por el mejor retratista de la clase media que produjo España en el siglo pasado. La atención principal deGaldós se dirige a la burguesía madrileña, cuya vida retrata soberbiamente y con una gran precisión en su vasta obra narrativa, con una honda experiencia del alma humana, de sus sen­timientos y pasiones.

También esta novela, una de las pocas cuya acción se desarrolla fuera de la Capital, y, a pesar de pertenecer a sus obras juveniles de menor empeño, demuestra un marcado talento de observador con aguda penetración psicológica,

21 Azorín: Obras completas, tomo II, p. 633.

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13 Etudes romanes

sin alcanzar, naturalmente, la amplitud de miras de las novelas posteriores ni Ja maestría en captar e interpretar varios ambientes sociales, sometiéndolos a un único plan arquitectónico. Carece, por consiguiente, Doña Perfecta de la calma, imparcial objetividad con que el autor sabrá considerar y juzgar ulterior­mente el teatrum mundi en el continuo vaivén de varias vicisitudes o contrastes de buena y mala suerte, del amor y odio, egoísmo y abnegación. Aquí no se trata, empero, de presentar un cuadro objetivo, imparcial y desapasionado de la sociedad española como sucede en las obras posteriores de Galdós, sino más bien de exponer a nuestra vista un determinado sector de la vida provinciana y pintarlo así como se le ofrecía al autor a base de sus impresiones personales o a través de sus peregrinajes por la Península. Fue comprobado ya anterior­mente que Galdós no comprende el problema social en la significación que se le da hoy día como repercusión de varios factores concebidos en una amplia estructura colectiva, sino que parte más bien del hombre como individuo, el que se mueve con gran soltura en el ámbito de la trama, la impulsa, determina y desenlaza sin tener gran cuenta de componentes aparentemente extraños a la acción. Considerada Doña Perfecta desde este punto de vista podemos con­statar que presenta un cuadro de perspectiva relativamente estrecha, unilateral, pero con todo eso bastante característico de la pequeña burguesía española y enfoca con gran atrevimiento el problema central en fuertes contrastes entre el progreso y la tradición, el racionalismo y Ja fe fanática embozada en estériles tradiciones y supervivencias medievales. He aquí porque vemos restringida la acción, en línea general, al conflicto entre dos fuerzas, dos sistemas contrarios e irreconciliables, entre la rígida, inamovible tradición cristalizada en las viejas enmohecidas formas de vida y entre el sincero anhelo de renovar el país bajo todos los aspectos, de europeizar a España según la divisa de los noventayochis-las. Y hay que adscribir al mérito del autor que supo enuclear este conflicto de su corteza estrechamente individual, otorgándole las dimensiones de una lucha ideológica que va ensanchándose cada vez más y acaba por arrastrar a los protagonistas a su vórtice fatal.

Son éstos dos los tipos principales que impulsan la acción, confiriéndole el sello de su marcada personalidad, y deben de destruirse reciprocamente en una violenta colisión de ideas y pasiones. En ellos depuso sin duda el autor muchas de sus esperanzas por el mejor porvenir de España y de preocupaciones por su futuro destino. Mientras Pepe, símbolo antes bien o personificación de algunas cualidades positivas o de una actitud determinada, que un hombre de carne y hue­sos, resulta algo vago y nebuloso, carece de rasgos de cumplida individualidad, de­jándose llevar por impulsos de su carácter honrado y rectilíneo, doña Perfecta no le cede nada en la terca tenacidad y firmeza de voluntad, pero sabe conseguir sus propósitos con mucho mayor encubrimiento y con perspicacia mucho más acertada, manejando hábilmente los hilos de la acción, imponiéndale su iniciativa

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y luchando hasta el último gesto desesperado, cuando arrebatada por un acceso de loca ira, se deja arrastrar hacia aquel paso fatal que cuesta la vida a uno y trastorna el juicio a otra. Confrontada con su sobrino, posee un mayor grado de intuición y de sagacidad, sabe disimular y sigue impertérrita en sus objetivos, mientras Pepe representa en la intención del autor la honesta inteligencia, el anhelo de sacar la comarca de su atraso, de ahuyentar los fantasmas seculares del fanatismo, superstición e indolencia que entorpecen la vida pública; posee todas las buenas cualidades imaginables, todas las facultades mentales que pode­mos presumir en un personaje de su índole e inteligencia, pero pierde algo en comparación con la tía Perfecta, porque resulta limitado, más o menos, a un símbolo de tendencia doctrinaria, más fraseada que viva y convincente, a un pálido emblema de impecable perfección y sin mínima tacha. Pertenece a aquellos tipos de Galdós que se muestran „listos, amables, locuaces, bien educados, finos en enamorar y duchos en fascinar, hasta guapos, para colmo de dichas“,22 su inteligencia parece un tanto árida, doctrinaria y de pronunciado tecnicismo racional, carente de aspecto afcclivo. No parece comportarse, además, con una habilidad singular en la lucha contra su tía que le gana mucho en la destreza de tratar con la gente y en el tino de servirse del prójimo para sus designios no siempre muy limpios, es verdad, pero que si no disculpables, pueden ser al menas comprendidos por el amor a su hija a la cual se empeña en preservar a toda costa del influjo de Pepe, a sus ojos pernicioso y extremamente nefasto. „No hay que olvidar“, dice R. Grebenícková a propósito de este personaje, „que doña Perfecta, resoluta en sus hechos y hábil en sus intrigas, justifica todas sus sabias maquinaciones contra el sobrino con el noble intento de proteger la hija contra el funesto ,ateista' y con el íntegro fanatismo que combate por una cosa sacrosanta. 0, mejor dicho, esta mujer de finos y nobles modales se yergue contra el protagonista quien llega para destruir las tradiciones arraigadas y refutar las supersticiones como representante de un sistema determinado, de una comunidad, por más corrompida que sea y muy poco basada en los valores humanos“.23 Con eso no pretendemos afirmar, naturalmente, que la protagonista se presente como un tipo positivo; son al contrario las cualidades negativas las que parecen prevalecer en su carácter y de que se ha servido el autor para po­nerla en un marcado contraste con Pepe, todo luz contra sombra, brío juvenil y nobleza de sentimientos. Y es acaso propio esta acumulación de rasgos positivos y simpáticos que en vez de procurarle el afecto del lector, acaba por perju­dicarle y hace aparecer a este tipo algo aburrido y desvaído, mientras que la

22 Citado según J. Cejador Frauca: Historia de la lengua y literatura castellana. Madrid
19:18, tomo VIII, p. 422.

23 R. Grebenícková en el prefacio a la traducción checa de Doña Perjecta, Praga 1959,
p. 251.

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madre de Rosario, lejos de ser un dechado cumplido de perfección, atrae por su intensidad emocional, por el vigor impetuoso de su carácter que no carece de rasgos imponentes y de cierta entereza moral, aunque no enderezada a obje­tivos justos y loables — por lo menos desde nuestro punto de vista — pero que infunde respeto por su férrea voluntad y por el infierno de pasiones desa­tadas en su alma que la empujan hasta al homicidio. Pulsa y vibra en ella una rica vida interior, una descomunal energía que no titubea en servirse“ de cualquier recurso al alcance de su influencia para asegurarse el cumplimiento de los planes cuya realización tanto le importa. No eaibe duda alguna que es este personaje una repercusión .,fiel del estado de espíritu de la sociedad teocrática y anquilo­sada que dio lugar a las guerras civiles“, como dice a propósito .1. Casalduero, pero creemos poder aducir algunas circunstancias para atenuar la responsabilidad suya, ya que no podemos absolverla enteramente de los errores que ha cometido y de los cuales parece arrepentirse después de la desgracia que ha asolado su hogar.

Vamos a examinar primeramente algunos aspectos de su fisionomía moral. Se presenta doña Perfecta al principio de la acción como una mujer afable y simpática, altamente estimada por todos los orbajosinos. Parece que los años no pasen por este ser bendecido, como afirma el tío Licurgo, ya que „bien dicen que al bueno Dios le da larga vida. Así viviera mil años ese ángel del Señor. Si las bendiciones que le echan en la tierra fueran plumas, la señora no necesi­taría más alas para subir al cielo“.24 Una aserción que nos parece harto atrevida, ya que sospechamos con alguna razón que la buena señora se haya cautivado la estima de los conciudadanos más bien por su conspicuo patrimonio que por sus modales que no debían de ser, después de todo, extremamente amables ni complacientes; es. en rigor, la riqueza deslumbrante de que doña Perfecta goza y que, en medio de la miseria más lamentable le da un respeto desmesurado y un prestigio casi mágico, sobrenatural. Supongamos que socorre a los meneste­rosos, profesando la caridad según los preceptos de la Iglesia, aunque con cierta cautela, porque no se excede probablemente en prodigar la caridad y si da limosnas, lo hace en espera de una recompensa, más bien de una doble recom­pensa: en la tierra, donde la acompaña, como le gusta de imaginarse, la bendición de los menesterosos, y en el cielo donde habrá de pagársele con la beatitud eterna su piedad y misericordia. En cuanto a la recompensa celestial no nos atrevemos a afirmar nada de seguro, pero respecto a la retribución terrestre es lícito pre­sumir que no haya perdido en este asunto. Basta tener presente a Caballuco o a cualquier otro partidario suyo, incondieionalmenle adicto a su ama; es acatada por ellos como un ser superior y obedecida ciegamente, sin la más mí-

la discusión, pareciendo circundada por un nimbo de santidad. Su relación con

mina

13. Pérez Galdós: Doña Perfecta, p. 10. 196

la Iglesia estriba en la base del provecho recíproco: do ut des. No hay que poner en duda su sincero apego a la religión, aun cuando su fe sea autoritaria como ella misma, más basada en las apariencias externas que en la fervorosa devoción y halle más bien complacencia en espléndidas funciones, en misas solemnes, pro­fesiones y novenas, que en el verdadero recogimiento espiritual. Resulta ser esta inclinación a las manifestaciones brillantes y pomposas un rasgo intrínseco, esen­cial de su ser, ya que tampoco el funesto fin de Rosario, que ha desgarrado cierta • mente su corazón materno, la induce a renunciar a tal actitud de beatería absurda y mojigata. Mas su devota sumisión ante la madre Iglesia y sus mi­nistros no queda sin premio, como ya hemos advertido; si se excede en la exhibición aparatosa de su religiosidad, recibe el equivalente en los servicios valiosos que esta misma Iglesia le presta, aumentando debidamente su prestigio frente al pueblo y corroborando su posición social en el marco del establecido orden político e ideológico. Debe ver, por consiguiente, en Pepe a un acérrimo, temible enemigo, aliado de las fuerzas satánicas que subvierten y socavan los fundamentos de las instituciones eclesiásticas. No podemos darnos por enten­didos, sin embargo, con la opinión de Camero, según el cual Doña Perfecta sería sólo un instrumento más o menos pasivo, impulsado por don Inocencio, quien le sugiere cuanto ha de hacer; su ascendiente sobre la beata señora es indiscutible, pero se trata más bien, a nuestra opinión, de una absoluta identidad de criterios y de intereses que determina las relaciones recíprocas entre estos dos enemigos jurados de Pepe y no cabe duda de que ella no vacilaría, si fuera necesario, en seguir sus propios caminos y sus propios intereses. En vista de la gran estima en que la tienen los pueblerinos, de los cuales no pocos dependen directamente de ella (,,esta pobre gente“, exclama, „que tan generosamente sabe sacrificarse por una buena idea, se contenta de tan poco“) no le resulta muy difícil el sublevar la opinión pública contra el sobrino, cuando se da cuenta de que éste no parece dispuesto a abandonar sin lucha el campo. Desata por eso contra él una sorda campaña difamatoria, secundada por el canónigo que igualmente sigue sus objetivos personales, o mejor dicho familiares, anhelando desembarazarse del rival de Jacintillo.. Suj; enemigos no han de esforzarse, por lo demás, mucho: „aseméjase“ Pepe, como advierte Camero, „al toro bravo y claro, que acude con ímpetu y valor al engaño que presentan ante sus ojos, sin tener en cuenta la fuerza que pierde en cada embestida“.20 La misma doña Perfecta no niega en la última entrevista con el sobrino estas maquinaciones, pero sí niega la vil intención que le imputa Pepe, justificándose con estas pa­labras: „¿Con qué derecho te metes a juzgar lo que no conoces sino por indicios y conjeturas? Tienes tú la suprema inteligencia que se necesita para juzgar de plano las acciones de los demás y dar sentencia sobre ellos? Eres Dios para

25 E. G. Camero: Caldas y su obra. Madrid 1934, p. 26.

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conoce)1 las intenciones?“'2'' Enfrentanse dos voluntades férreas, inflexibles: la de Pepe, abierta a nuevas ideas y partidaria del libre albedrío, y la de su tía. fanática, inflexible, cerrada herméticamente^ en su mundo interno, estrecho y de un horizonte muy limitado, pero no falto de vida autónoma y de un propio con­cepto ideológico, lis ella quien „tiene el feudalismo“, según dice Pepe, „en la medula de los huesos“ y defiende por eso con fanatismo tan tenaz como apasio­nado a la sociedad de la cual Forma parte y a la que se siente unida por todas las fibras de su ser. No sabríamos decir quién de los dos cede un palmo de terreno en el último encuentro que celebran, antes de sepai-arse como enemigos mor­tales; nuestras simpatías van dirigidas, naturalmente, a Pepe como exponente de las ideas progresistas, aunque lo vemos derrotado de antemano, mas por otra parte no podemos desconocer en doña Perfecta cierta elevación mental e inten­sidad dramática, parece una rígida estatua de bronce, una figura colosal cuya sombra aciaga se pone sobre la trama como la sombra de la Catedral sobre Orbajosa. Es una figura esencialmente trágica, a pesar de su discrepancia o acaso, mejor dicho, por su discrepancia con nuestro mundo, trágica por la fiera intran­sigencia ideológica y el apego a aquella España tradicional, estéril y agonizante que por fuerza debía ceder paso, como lo sentía el autor y como también no­sotros lo sentimos, a otra España más tolerante y orientada ya no hacia el pasado, sino hacia el porvenir. Sea como fuere, el autor ha creado en ella la más atrayenle y vigorosa figura de esta novela que pone en sombra a los demás protagonistas por la violencia de sus contrastes e intensa vida interior. Nos parece por eso harto injusta y parcial la opinión de C. Barja quien se indigna con la idea de „que un artista como Galdós teja una fábula tan burda como la de Doña Perfecta, con intervención de la tropa, revolución social, asesinato, etc. Esto es lamentable, y es imperdonable la trivialidad de las ideas puestas sobre el tapete“.27 Es verdad que la novela, escrita de un golpe y apenas esbo­zada en su imaginación28 parece en algunas partes un tanto improvisada y sin un plan fijo y premeditado, pero eso no autoriza a nadie a hablar de una „actitud equívoca y falsa“ como lo hace J. de Entrambasaguas.29 Seríamos más bien propensos con Gullón a ver en este personaje, a pesar de cierta escueta, infle­xible rigidez y monotonía, una figura no falta de monumentalidad que sabe amar, sufrir v hasta matar. Alcanza una gran intensidad emocional v si vive

'si ti. Pérez Caldos: Daña Perfecta, p. 206.

27 César Barja: Benito l'érez- Galdós. Madrid 1925. Cilado por .(. de Knlnimbasa“uas:
Las mejores novelas contemporáneas. Barcelona 1962, tonto I, p. 813.

28 Es el autor mismo quien nos cuenta que comenzó esla novela sin saber cómo había
de desarrollar el asunto: „1-a cc.ribí a empujones, quiero decir, a trozos, como iba saliendo;
pero sin dificultad, con cierta afluencia que ahora no tengo.“ J. Cejador y Frauca: Historia
de la lengua y literatura castellana. Madrid 1.918, lomo VIH, p. 437.

■^ J. de Entrambasaguas: Íms me\ores novelas contemporáneas: íbidem.

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hasta hoy en la memoria de los lectores, eso no sucede sólo por sus cualidades negativas, sino y sobre todo por ser un personaje que cumple su destino en la sombra de la fatalidad que gravita sobre ella, movida por auténticas, aunque malas y reprobables pasiones. En esta luz hemos tratado de verla y de inter­pretar el mundo de sus sentimientos e ideas.

Terminemos esta disquisición con una breve nota marginal sobre otro perso­naje que nos puede interesar respecto al tema de que nos ocupamos. Es la dulce, angelical Rosario, víctima del conflicto entre Pepe y su madre que carece, según una opinión (Gamero) en absoluto de voluntad y energía para hacer triunfar su amor, mientras según otra (Correa) parece nada menos que un ángel rebelde, cuya „eonciencia se sumerge en una atmósfera de satanismo al penetrar con valentía en el reino del pecado“.1“' Ambas aserciones tienen su parte de verdad y de error: Rosario, debido a su carácter tímido y reservado, a la educación recibida de su madre y a la vida retirada que lleva, es un dechado de modestia y amor filial, pero el cariño que profesa a Pepe produce una angustiosa disidencia en su alma y plantea ante ella el ineluctable problema de optar por la madre o por el primo. \a sabemos cómo ha resuelto este dilema después de convencerse de que su madre jamás le permitiría casarse con Pepe. Sigue entonces lo que califican algunos críticos galdosianos de rebelión, aunque más bien pudiera hablarse de un arrebato desesperado de precipitar los eventos, forzar­la solución, cueste que cueste. Precisamente como identifica doña Perfecta a Pepe con todo lo que aborrece y detesta (véase el diálogo clave con doña María Remedios), así coincide para la enamorada ({osario su novio con la más cumplida perfección y con la esperanza de suma felicidad a la cual no puede ni sabe renunciar. No se trata naturalmente de una pasión pecaminosa, extraconyugal y susceptible de condenar1 su alma, sino de un amor debidamente legalizado por el matrimonio con un esposo de cuya sincera fe religiosa no duda en mínimo, después de haberle hecho jurar ante el Cristo crucificado. No se trata pues de una revuelta contra el sistema social al que está incorporada, declarándose incon-forme con sus instituciones, sino de una lucha restringida a un ámbito estrecha­mente personal, sin atender a criterios de más vasto empeño. Su desobediencia a la madre es de alcance meramente personal, se desarrolla en la órbita de las tradicionales creencias religiosas y pierde, por consiguiente, mucho de la tensión dramática, característica para la actitud de su madre que obra en una bastante más vasta y comprometida esfera de ideas. Debe sucumbir en este conflicto desigual, triturada como un grano entre dos moles, pero su figura simpática aunque algo desvaída y poco vigorosamente modelada que sólo en el final de esta novela alcanza un relieve más plástico, se queda grabada en la memoria

30 G. Correa: El arquetipo de Orbajosa en Doña Perfecta de Pérez Galdós. „La Torre“, año VII, p. 135.

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del Jector como uno do los más luminosos personajes galdosianos. De este modo se nos presenta, según nuestro modesto parecer, la contextura ideológica y social de Doña Perfecta en atención especial a algunas figuras más salientes, cuya fisionomía puede interesarnos por cuanto tengan alguna relación con el ambiente y los personajes respectivos de La casa de Bernarda Alba.
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