Alberto Nolan Jesús antes del Cristianismo ¿Quién es este hombre?



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Alberto Nolan
Jesús antes del Cristianismo

¿Quién es este hombre?

Introducción

El principal objetivo de este libro no es la fe, ni tampoco la historia. Puede leerse (y con esta intención se ha escrito) sin fe. Acerca de Jesús no se puede presuponer nada. Se invita al lector a que adopte una perspectiva seria y honrada sobre un hombre que vivió en la Palestina del siglo I, y a que trate de verle con los ojos con que le vieron sus contemporáneos. Mi principal interés se concreta en aquel hombre, tal como fue antes de convertirse en objeto de la fe cristiana.


La fe en Jesús, por consiguiente, no constituye nuestro punto de partida; pero sí espero que sea la conclusión a la que lleguemos. Lo cual no significa, sin embargo, que el libro haya sido escrito con la finalidad apologética de defender la fe cristiana. En ningún momento se intenta salvar a Jesús o la fe cristiana. Jesús no tiene necesidad de mí, ni de nadie, para salvarle. El puede cuidar de sí mismo, porque la verdad puede cuidar de sí misma. Si nuestra búsqueda de la verdad nos lleva a la fe en Jesús, no será porque hayamos intentado salvar esta fe a toda costa, sino porque la hayamos redescubierto como la única forma en que nosotros podemos ser «salvados» o liberados. Sólo la verdad puede hacernos libres (Jn 8, 32).
Vamos, pues, a buscar la verdad histórica acerca de Jesús; pero ni siquiera es éste nuestro principal objetivo. El método es histórico, pero no así la finalidad. A pesar del oportuno uso de la estricta crítica histórica y de los rigurosos métodos de investigación, no nos mueve la obsesión académica de la historia por la historia.
Este libro tiene un objetivo urgente y práctico. Me preocupa extraordinariamente la gente, el sufrimiento diario de tantos millones de personas, y la perspectiva de un sufrimiento mucho mayor en un futuro próximo. Lo que pretendo es descubrir qué es lo que puede hacerse al respecto.


1

Una nueva perspectiva
A lo largo de los siglos, muchos millones de personas han venerado el nombre de Jesús; pero muy pocas le han comprendido, y menor aún ha sido el número de las que han intentado poner en práctica lo que él quiso que se hiciera. Sus palabras han sido tergiversadas hasta el punto de significar todo, algo o nada. Se ha hecho uso y abuso de su nombre para justificar crímenes, para asustar a los niños y para inspirar heroicas locuras a hombres y mujeres. A Jesús se le ha honrado y se le ha dado culto más frecuentemente por lo que no significaba que por lo que realmente significaba. La suprema ironía consiste en que algunas de las cosas a las que más enérgicamente se opuso en su tiempo han sido las más predicadas y difundidas a lo largo y ancho del mundo... ¡en su nombre!
A Jesús no se le puede identificar plenamente con ese gran fenómeno religioso del mundo occidental que llamamos cristianismo. Jesús fue mucho más que el fundador de una de las mayores religiones del mundo. Está por encima del cristianismo, en su condición de juez de todo lo que el cristianismo ha hecho en su nombre. Y no puede el cristianismo arrogarse su posesión exclusiva. Porque Jesús pertenece a toda la humanidad .
¿Significa esto que todo hombre (cristiano o no cristiano) es libre para interpretar a su modo a Jesús, para concebir a Jesús de acuerdo con sus propias ideas y preferencias? Es muy fácil usar a Jesús para los propios propósitos (buenos o malos). Pero Jesús fue una persona histórica que tuvo sus propias y profundísimas convicciones, por las que fue incluso capaz de morir. ¿No hay alguna forma de que todos nosotros (con fe o sin ella) podamos dar a Jesús nuevamente hoy la posibilidad de hablar por sí mismo?
Es evidente que deberíamos comenzar por dejar de lado todas nuestras ideas preconcebidas acerca de él. No podemos partir del supuesto de que es divino, o de que es el Mesías o Salvador del mundo. Ni siquiera podemos presuponer que fuera un hombre bueno y honrado. Tampoco podemos partir del supuesto de que, decididamente, no fuera ninguna de estas cosas. Hemos de dejar de lado todas nuestras imágenes de Jesús, conservadoras y progresistas, piadosas y académicas, para que podamos escucharle con una mente abierta.
Es posible acercarse a Jesús sin ningún tipo de presupuestos acerca de él, pero no es posible hacerlo sin ningún tipo de presupuestos en absoluto. Una mente totalmente abierta es una mente en blanco que no puede entender absolutamente nada. Necesitamos tener algún tipo de postura, algún tipo de punto de vista o perspectiva, si hemos de ver y entender una determinada cosa. Una obra de arte, por ejemplo, puede ser vista y apreciada sin ningún tipo de presupuestos acerca de lo que se supone que debería ser; pero no puede ser en absoluto contemplada si no es desde un punto de vista. Se la podrá ver desde tal o cual ángulo, pero no desde ningún ángulo. Lo mismo podemos decir de la historia. No podemos obtener una visión del pasado si no es desde el lugar concreto en el que nos encontramos. «La objetividad histórica no es una reconstrucción del pasado en su facticidad irrepetible, sino que es la verdad del pasado a la luz del presente» (1). El pensar que se puede tener objetividad histórica sin perspectiva, es una ilusión.
Sin embargo, una perspectiva puede ser mejor que otra. Las perspectivas de cada una de las sucesivas épocas no son igualmente válidas y verdaderas. Del mismo modo que la belleza de una obra de arte puede ser apreciada más clara y evidentemente desde un ángulo que desde otro, así también un acontecimiento del pasado puede ser visto con más claridad y evidencia desde la perspectiva de una época que desde la de otra. No es que podamos elegir en este terreno. La única perspectiva a nuestro alcance es la perspectiva que nos da la situación histórica concreta en que nos encontramos. Si no podemos obtener una visión de Jesús libre de obstáculos desde el punto de vista concreto de nuestras circunstancias reales, entonces no podremos obtener dicha visión en absoluto.
Una perspectiva moderna no es necesariamente mejor que una perspectiva más antigua. Sin embargo, sucede a veces que una determinada situación histórica posee obvias semejanzas con una situación del pasado. Entonces, a pesar del largo intervalo de tiempo, se siente uno de pronto capaz de ver esa situación pasada con mucha mayor claridad que cualquier generación anterior. Y precisamente esto es lo que yo creo que nos ha sucedido hoy con respecto a Jesús de Nazaret.
Naturalmente, esto no lo podemos dar por supuesto; tendremos que descubrirlo. Aún menos podemos suponer que Jesús tenga todas las respuestas a nuestros problemas. No tiene objeto tratar de hacer relevante a Jesús. Todo lo que podemos hacer es mirarle desde la perspectiva de nuestro tiempo con una mente abierta.
Nuestro punto de partida, por consiguiente, lo constituye la apremiante realidad de nuestra actual situación histórica.
Nuestra época se caracteriza por unos problemas que son cuestión de vida o muerte, no sólo para los individuos, ni sólo para naciones, razas y civilizaciones enteras, sino cuestión de vida o muerte para toda la raza humana. Somos conscientes de una serie de problemas que ponen en peligro la supervivencia de la humanidad sobre este planeta. Por otra parte, nuestra época se caracteriza por el temor a que estos problemas puedan ser actualmente insolubles y a que nadie sea capaz de detener nuestra temeraria carrera hacia la destrucción total de la especie humana.
La primera y auténtica conciencia de este hecho vino con la bomba atómica. De pronto descubrimos que nos hallábamos en un mundo capaz de destruirse a sí mismo con sólo apretar un botón. Y estábamos todos a merced de los hombres que se encuentran al otro lado de ese botón. ¿Podíamos confiar en ellos? La progresiva conciencia de lo que estaba en juego nos hacía sentirnos cada vez más incómodos e inseguros. La generación de los jóvenes de finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, que no habían conocido más que este mundo, se sentía profundamente desorientada. La contestación, las explosiones, las drogas, las melenas y los hippies no eran otra cosa sino síntomas del malestar engendrado por la bomba (2).
Actualmente, el temor a una guerra nuclear parece haberse disipado. En parte, debido a la tan cacareada detente entre las superpotencias; pero también es cierto que la gente, poco a poco, va adquiriendo una especie de inmunidad frente a tan aterradoras realidades. Sin embargo, no estábamos destinados a vivir en paz durante mucho tiempo. Hoy día nos hallamos enfrentados a unas nuevas amenazas que, según dicen, nos destruirán más cierta e inevitablemente que una guerra nuclear: la explosión demográfica, la disminución de los recursos naturales y las provisiones alimenticias, la polución del medio ambiente y la escalada de la violencia. Cualquiera de estos problemas, por sí solo, podía amenazar profundamente nuestro futuro; todos juntos, significan el desastre.
Hay diversas formas de tratar de ayudar a la gente a entender lo que realmente significa el crecimiento relativo de la población de la tierra. Mi escasa imaginación no me permite meterme en tan desmesuradas cifras, pero cuando oigo que actualmente la población mundial está creciendo a razón de 50 millones de personas por año, y recuerdo que, la última vez que consulté el dato, la población de Inglaterra era de unos 50 millones, empiezo a hacerme unas ideas de lo que está ocurriendo. Al mismo tiempo se oyen diversos cálculos acerca de lo que pueden durar los yacimientos de carbón, de petróleo, de gas natural y hasta de agua potable (3). Parece ser que muchos de nosotros asistiremos a la desaparición de algunos de esos recursos naturales. Mientras tanto, el desierto avanza inexorablemente hacia nosotros, a medida que aumenta la erosión del suelo y se destruye cada vez mayor número de bosques. Una sola edición dominical del New York Times consume literalmente 150 acres (unos 6.000 metros cuadrados) de bosque (4). Y no olvidemos que se emplea mucho más papel en usos higiénicos del que se emplea para escribir o imprimir.
Además, en los últimos años hemos tomado conciencia de los efectos acumulativos y de largo alcance de la contaminación de los ríos, de los mares y hasta del aire que respiramos. Yo he vivido en ciudades donde moría la gente por causa de la contaminación atmosférica. Los expertos en medio ambiente afirman que, si no se introducen pronto determinados cambios drásticos, seremos muertos. por los productos de desecho de nuestro propio progreso.
No es necesario exagerar estos problemas. Pueden hallarse soluciones. Pero toda solución habrá de pasar por unos cambios tan radicales y espectaculares en el terreno de los valores, los intereses, el modo de pensar y el nivel de vida de tanta gente, especialmente en los países más prósperos de los observadores los consideran virtualmente imposibles (5) Podría hacerse algo realmente drástico con respecto a la conservación de los recursos de la tierra y a la búsqueda de fuentes alternativas de energía. Pero ¿quién iba a estar dispuesto a tolerar la consiguiente pérdida de beneficios y toda la serie de gastos extra que habría que sufragar?. Podríamos ignorar el costo adicional que supondría la adopción de medios de transporte y de producción no contaminantes
Aquellos de nosotros que tuvieran un elevado nivel de vida podrían reducir voluntariamente dicho nivel renunciando a todo lo que no fuera absolutamente esencial, incluido nuestro uso excesivo de papel. Un nivel de vida mucho más bajo no significa necesariamente una menor calidad de vida; de hecho, podría incluso mejorar nuestra calidad de vida. Pero ¿dónde íbamos a encontrar los recursos humanos o morales capaces de motivar a tantos de nosotros para efectuar esos cambios tan fundamentales?
Parece bastante difícil persuadir a un hombre para que restrinja sus excesos con el objeto de asegurar su propio futuro; sería mucho más difícil pedirle que lo hiciera por el bien de sus semejantes; y sería poco menos que imposible convencerle de que hiciera todos los sacrificios necesarios por el bien de los miles de millones de seres que aún no han nacido.
Por otra parte es igualmente cierto que en el mundo abundan los hombres y mujeres de buena voluntad que se interesan profundamente, que querrían hacer algo por ayudar. Pero ¿que es lo que deben hacer? ¿Qué puede hacer en realidad un individuo, o una serie de individuos, al respecto? A lo que nos enfrentamos no es a personas sino a las fuerzas impersonales de un sistema que tiene su propio ímpetu y su propia dinámica (6). ¡Cuántas veces hemos oído el grito de desesperada resignación: «No se puede luchar contra el sistema»…!
En realidad, éste es el núcleo del problema. Hemos construido un sistema político y económico que lo abarca todo, que se basa en unos determinados supuestos y valores, y ahora estamos comenzando a constatar que ese sistema no sólo es contra-productivo (puesto que nos ha llevado al borde del desastre), sino que además se ha adueñado de nosotros. Nadie parece ser capaz de cambiarlo o de controlarlo. Y el descubrimiento más aterrador de todos es que no hay nadie al timón, y que esa máquina impersonal que con tanto cuidado hemos ideado nos va a arrastrar inexorablemente hacia nuestra propia destrucción (7).
El sistema no había sido ideado para afrontar una explosión demográfica. No hay, por ejemplo, ningún mecanismo político que permita el que la gente de una nación desmesuradamente superpoblada como Bangladesh se establezca en las inmensas áreas despobladas de otra nación como Australia. El sistema de política «nacionalizada» hace impensable cualquier solución de este tipo.
Desde un punto de vista económico, el sistema produce a un mismo tiempo riqueza y pobreza. Los ricos son cada vez más ricos, y los pobres cada vez más pobres. Cuanto más intentan las naciones pobres ajustarse a los niveles de desarrollo y crecimiento económico exigidos por el sistema, más pobres y más subdesarrolladas se hacen. El sistema es competitivo, pero en realidad no todo el mundo tiene las mismas posibilidades. Cuanto más tengas, más puedes hacer; y cuanto más puedas hacer, menos podrán hacer aquellos que no tienen lo suficiente como para competir contigo. Se trata de un círculo vicioso en el que los pobres resultan ser siempre los perdedores. Actualmente, unos 2.000 millones de personas (casi dos tercios de la raza humana) viven en condiciones infrahumanas, con insuficiencia de alimentación, de vestido y de vivienda (8). Centenares de millones de personas vienen a este mundo a experimentar poco más que el tormento del hambre y de los sufrimientos que resultan de la desnutrición y la pobreza. Sólo Dios sabe cuántos millones de seres humanos mueren de hambre. Si el contemplar nuestra situación actual resulta tan horrible, ¿qué decir del futuro que nos aguarda?
El sistema no había sido ideado para resolver estos problemas. Es un sistema capaz de producir cada vez mayor riqueza, pero incapaz de garantizar siquiera el que las necesidades vitales mínimas se vean igualitariamente atendidas. Y ello se debe a que su engranaje se fundamenta en el beneficio, más que en las personas. Las personas sólo pueden ser tomadas en cuenta en la medida en que su bienestar produzca mayores beneficios. El sistema es un monstruo que devora a las personas en favor del lucro.
Peor aún, parece que el sistema está arreciando actualmente en sus exigencias y se defiende cada vez con mayor violencia. Prescindiendo de la violencia institucional, de la injusticia, la opresión y la explotación, estamos asistiendo a la multiplicación de los gobiernos militares a lo largo y ancho del mundo. No hay que viajar mucho por el Tercer Mundo para entender por qué el sistema sólo puede ser mantenido mediante una dictadura militar. Muchos de los que intentan combatir al sistema han recurrido a la violencia o amenazan con hacerlo, la violencia institucional lleva a la violencia revolucionaria, la cual, a su vez, engendra una mayor violencia institucional en forma de policías antidisturbios, detenciones sin juicio, torturas, gobiernos militares y asesinatos políticos... Lo cual origina inmediatamente una mayor violencia revolucionaria... Si no es posible hacer algo realmente drástico con respecto a todos los demás problemas (población, pobreza, polución, consumo, inflación y disminución de los recursos), el sistema nos conducirá a una «espiral de violencia», como lo denomina Helder Cámara (9), que no tardará en sumirnos a todos en un acto de destrucción mutua.
No tiene objeto exagerar estos problemas por motivos ideológicos y, sin embargo, no podemos permitirnos, por otra parte, ignorarlos o tratar de quitarles hierro. Día a día se nos está suministrando una ración cotidiana de nuevas visiones acerca de la magnitud, la complejidad y la insolubilidad de nuestros problemas. Todo ello crea una imagen del futuro mucho más aterradora que todas las tradicionales imágenes del infierno. La realidad fundamental de la vida de hoy, indudablemente, es la perspectiva de un auténtico infierno en la tierra.
La religión organizada ha sido de muy poca utilidad en esta crisis. En realidad, a veces ha tendido a empeorar las cosas. El tipo de religión que insiste en un mundo sobrenatural, de tal forma que afirma la no necesidad de interesarse por el futuro de este mundo y de sus gentes, proporciona una forma de huida que hace sumamente difícil resolver nuestros problemas.
El único efecto saludable de este momento concreto de nuestra historia, su único rasgo redentor, es que puede obligarnos a ser sinceros. ¿Qué objeto tiene revocar la fachada o tratar de guardar las apariencias cuando, a nuestro alrededor, todo amenaza con hundirse? En este momento de la verdad ¿quién tiene interés en entregarse a las argucias eclesiásticas y académicas del pasado? El hombre que ha afrontado la actual crisis mundial se impacienta con quienes siguen empeñados en problemas triviales e irrelevantes, con quienes dan la impresión de estar tocando la lira mientras arde Roma. La perspectiva de una catástrofe sin precedentes puede producir en nosotros un efecto sumamente saludable y tranquilizador.
Ahora bien, resulta -según espero demostrar- que Jesús de Nazaret tuvo que afrontar fundamentalmente el mismo problema, si bien a una escala mucho menor. Jesús vivió en una época en la que parecía que el mundo estaba a punto de llegar a su fin. A pesar de las diferencias de opinión acerca del cómo, el porqué y el cuándo, eran muchísimos los judíos de aquella época que estaban convencidos de que el mundo estaba al borde de una catástrofe apocalíptica. Y, como veremos, fue en vistas a esta catástrofe y en función de la forma que él tenía de entenderla, como Jesús se manifestó en su misión. Este hombre, con lo que yo llamaría un salto sin igual de imaginación creadora, vio una salida, o mejor aún, vio la salida hacia la liberación y la realización total de la humanidad.
Nosotros nos hallamos ante la misma y terrorífica perspectiva. Lo cual no sólo nos permite valorar la preocupación de Jesús por el inminente desastre, sino que además hace excepcionalmente relevantes para nosotros las intuiciones que Jesús pudo tener acerca de lo que se podía hacer al respecto. Con todo, no nos atrevemos a presuponer que él tuviera todas las respuestas y que nosotros sepamos cuáles son. Ni podemos tampoco suponer que sus intuiciones vayan a ser irrelevantes para nosotros y que podamos ignorarlas tranquilamente. Nuestra situación es tan crítica que no nos atrevemos a dejar sin mover piedra alguna en nuestra búsqueda de una salida.
No deja de ser una ironía el que la preocupación de Jesús por «el fin del mundo», que, evidentemente, constituyó una piedra de escándalo para los expertos en Nuevo Testamento de anteriores generaciones, sea hoy precisamente lo que hace que Jesús tenga un especial interés para nosotros. Nuestras actuales circunstancias históricas nos han proporcionado, de un modo absolutamente inesperado, una nueva perspectiva sobre Jesús de Nazaret.


2

La profecía de Juan Bautista
Los cuatro pequeños libros que llamamos los Evangelios no son biografías, y nunca han pretendido serlo. Su finalidad no era otra que la de mostrar cómo podía Jesús tener relevancia para las gentes que vivían fuera de Palestina una generación o dos después de la muerte de Jesús. Aquella primera generación de cristianos no sentía, evidentemente, la necesidad de una biografía exacta de Jesús. Unicamente deseaban saber cómo podía Jesús ser relevante para ellos en su situación extra-palestinense.
Hoy, nosotros no tenemos mayor necesidad de una biografía que la primera generación o cualquier otra generación de cristianos. Al igual que ellos, lo que necesitamos es un libro sobre Jesús que nos muestre lo que él puede significar para nosotros en nuestra actual situación. Una crónica exacta de nombres, lugares y fechas, raramente permite el que una figura histórica cobre vida para una generación posterior.
Sin embargo, sólo podremos hacer que Jesús reviva para nosotros hoy si retornamos, más allá de los cuatro Evangelios, hasta descubrir por nosotros mismos qué era lo que Jesús tenía que ofrecer a las gentes de la Palestina de su tiempo. No tenemos necesidad de una biografía, pero sí necesitamos saber la verdad histórica acerca de Jesús.
Si leemos cuidadosamente entre líneas los cuatro Evangelios y hacemos uso de la información de que disponemos acerca de la situación de aquel tiempo, podremos descubrir mucha información histórica sobre Jesús (1). Y esto es posible porque, aunque los Evangelios fueron escritos para una generación ulterior, sin embargo hacen uso de unas fuentes que se remontan a la época de Jesús y de sus contemporáneos. En muchos pasajes es posible, incluso, captar las auténticas palabras pronunciadas por Jesús y reproducir exactamente lo que hizo (sus ipsissima vox et facta). Pero lo que es mucho más importante es descubrir las intenciones originales de Jesús (su ipsissima intentio) (2). Si nuestra finalidad consiste en descubrir lo que Jesús trató de llevar a cabo en su tiempo, entonces será de más valor, en ocasiones, saber cómo vivían y pensaban sus contemporáneos, y cuál debió ser su reacción ante él, mejor que saber exactamente cuáles fueron sus palabras y qué forma adoptaron sus hechos. El conocer esas palabras y esos hechos sólo tendría valor en la medida en que pudieran ayudarnos a descubrir las intenciones originales de Jesús.
¿Y qué es lo que Jesús intentó hacer? ¿Qué es lo que esperaba conseguir para la gente entre la que él vivió y trabajó en la Palestina del siglo I?
Una de las mejores maneras de descubrir las intenciones de Jesús sería buscar una prueba de sus decisiones y de sus opciones. Si pudiéramos dar con un hecho históricamente cierto en el que Jesús optara entre dos o más alternativas, habríamos hallado una importantísima pista para conocer el rumbo de su pensamiento. Y ese hecho lo tenemos al comienzo de los Evangelios: Jesús tomó la opción de ser bautizado por Juan.
Prescindiendo de cual pudiera haber sido el significado del bautismo de Jesús, lo cierto es que implicaba una decisión de alinearse junto a Juan el Bautista, y no junto a cualquier otro de los movimientos o las voces que se alzaban en aquellos días. Si pudiéramos entender en qué se diferenciaba Juan el Bautista de sus contemporáneos, tendríamos nuestra primera clave para conocer en qué dirección iba el pensamiento de Jesús. Y la verdad es que, para ello, sabemos bastantes cosas acerca de la historia de aquella época.
Los romanos habían colonizado Palestina el año 63 antes de Cristo. De acuerdo con su política de poner gobernantes nativos al frente de sus colonias. acabaron haciendo rey de los judíos a Herodes, el más poderoso de los pretendientes. Jesús nació durante el reinado de aquel Herodes, conocido como Herodes el Grande. El año 4 a.C. (según la moderna cronología) murió Herodes, y su reino se dividió entre sus tres hijos. Herodes Arquelao recibió Judea y Samaría; Herodes Antipas, Galilea y Perea; y Herodes Filipo recibió las regiones más septentrionales.
Sin embargo, Arquelao no fue capaz de acabar con el nerviosismo y el descontento del pueblo. Los romanos se preocuparon y acabaron deponiendo a Arquelao, enviando un procurador romano como gobernador de Judea y Samaría. Jesús tenía por entonces unos 12 años. Era el comienzo del dominio directo de Roma, el principio de la última y más turbulenta época de la historia de la nación judía, época que culminó con la destrucción casi total del templo, de la ciudad y de la nación el año 70 d.C., y con su destrucción definitiva y completa el año 135; fue la época en que vivió y murió Jesús y en la que habían de dar sus primeros pasos las primeras comunidades cristianas.
La época comenzó con una rebelión. La causa fue los impuestos. Los romanos habían comenzado a hacer un censo de la población y a redactar un inventario de los recursos del país, con el fin de poder recaudar impuestos. Los judíos se oponían por motivos religiosos y terminaron por rebelarse. El líder de esta rebelión fue un hombre llamado Judas Galileo, el cual fundó un movimiento de combatientes de la libertad, de inspiración religiosa (3).
Los romanos no tardaron en sofocar este primer levantamiento y, como escarmiento, crucificaron a no menos de dos mil rebeldes. Pero el movimiento no desapareció. Los judíos llamaban Zelotes a los rebeldes; los romanos les llamaban bandidos. Naturalmente, constituían un movimiento clandestino, sin duda poco organizado, que a veces estallaba en facciones y a veces se unía a grupos recién formados, como los Sicarios, especializados en el asesinato (4). Tal vez algunos se unieran al grupo porque les gustaba luchar, pero otros, evidentemente, lo tomaban con una seriedad implacablemente religiosa, con la constante amenaza de la tortura y la crucifixión pendiente sobre sus cabezas. Durante sesenta años no dejaron de hostigar al ejército romano de ocupación, mediante esporádicos levantamientos y frecuentes movimientos de guerrilla. Poco a poco pasaron de ser un grupo de rebeldes a convertirse en un ejército revolucionario. Por fin, el año 66, treinta años después de la muerte de Jesús, y gozando cada vez de mayor apoyo popular, vencieron a los romanos y asumieron el gobierno del país. Pero, cuatro años más tarde, Roma envió un poderosísimo ejército con el fin de aniquilarlos. Fue una masacre inmisericorde. El último grupo resistió a los romanos en su fortaleza rocosa de Masada hasta el año 73, en que cerca de un millar de ellos decidió suicidarse antes que someterse a Roma.
Hay que subrayar que el movimiento Zelote era esencialmente religioso, tanto en su inspiración como en sus objetivos. En aquella época, la mayoría de los judíos de Palestina creían que Israel era una teocracia, es decir, creían constituir la nación elegida de Dios. Creían que Dios era su Rey, su único amo y señor, y que su tierra y sus bienes le pertenecían sólo a El. El aceptar el dominio de los romanos habría sido un acto de infidelidad contra Dios. El pagar los impuestos al César habría significado dar al César lo que pertenecía a Dios. Los Zelotes eran fieles judíos, celosos de la ley y de la soberanía y realeza de Dios.
Los Fariseos no habrían tenido disputas con los Zelotes por este motivo (5). Sabemos que seis mil Fariseos se negaron a pronunciar el juramento de fidelidad al César, y que los romanos tuvieron que renunciar a esa exigencia con respecto a sus súbditos judíos (6). Pero la mayoría de los Fariseos no se sentían movidos a tomar las armas contra los romanos, probablemente porque la inferioridad con respecto a éstos era demasiado acusada. Su principal preocupación la constituía la reforma del propio Israel. Dios les había abandonado al yugo romano por causa de la infidelidad de Israel frente a la ley y las tradiciones de los antepasados.
Los Fariseos pagaban sus impuestos a Roma con protestas, pero después se apartaron de todo aquel que no fuera fiel a la ley y a las tradiciones, con objeto de formar comunidades cerradas, el resto fiel de Israel. Su nombre significa «los separados», es decir, los santos, la verdadera comunidad de Israel (7). Su moral era legalista y burguesa, basada en la recompensa y el castigo. Dios amaba y recompensaba a quienes guardaban la ley, mientras que odiaba y castigaba a quienes no lo hacían. Los Fariseos creían en una vida venidera, en la resurrección de los muertos y en un Mesías futuro que sería enviado por Dios para liberarles de los romanos.
Los Esenios llegaban mucho más lejos que los Fariseos en su esfuerzo por lograr la perfección. Muchos de ellos se separaban totalmente de la sociedad y se dedicaban a llevar una vida celibataria y ascética en el desierto. Les preocupaba aún más que a los Fariseos la impureza y la contaminación de los ritos por el mundo perverso e impuro. Observaban diaria y meticulosamente los ritos de purificación originariamente prescritos para los sacerdotes que se disponían a ofrecer sacrificios en el Templo.
Los Esenios rechazaban a todo aquel que no perteneciera a su «secta». Consideraban corrupto el régimen sacerdotal del Templo. Todos cuantos no fueran ellos debían ser odiados como hijos de la oscuridad. El amor y el respeto estaban reservados única y exclusivamente a los miembros de su grupo: los hijos de la luz. Sólo ellos constituían el resto fiel de Israel.
La estricta separación y la rigurosa disciplina que practicaban hay que entenderlas como respuesta a su creencia de que el fin del mundo estaba próximo. Se preparaban para la venida del Mesías (o, tal vez, dos Mesías) y para la gran guerra en la que ellos, los hijos de la luz, destruirían a los hijos de las tinieblas, los ejércitos de Satán. Y el primero de los hijos de las tinieblas en ser destruido habrían de ser los romanos (8).
Los Esenios, por lo tanto, eran tan amantes de la guerra como los Zelotes (9) aunque para ellos no había llegado aún el momento. Ellos aguardaban el día del Señor. En torno al año 66, cuando los Zelotes comenzaron a superar a los romanos, parece ser que los Esenios se les unieron, para acabar siendo destruidos junto con los Zelotes y todos los demás (10).
En medio de aquellas explosiones de excepcional fervor religioso, los Saduceos constituían el grupo de los conservadores. Estaban fuertemente adheridos a las más antiguas tradiciones hebreas y rechazaban todas las novedades en el terreno de las creencias y de los ritos (11). La vida venidera y la resurrección de los muertos eran de las cosas que ellos consideraban como «novedades». La recompensa y el castigo debían ser buscados en esta vida. Los Saduceos, por tanto, eran prudentes. Colaboraban con los romanos y se esforzaban por mantener el status quo.
En su inmensa mayoría, aunque no exclusivamente, los Saduceos pertenecían a la aristocracia acaudalada, a las familias de los sumos sacerdotes y los «ancianos» (12). Los sumos sacerdotes constituían una clase muy especial de sacerdotes. No sólo ofrecían sacrificios como los demás sacerdotes, sino que además eran responsables de la organización y administración del Templo. Naturalmente, este sacerdocio era hereditario.
Los «ancianos» constituían la nobleza laica, formada por las antiguas familias aristocráticas que poseían la mayor parte de las tierras (13).
Al partido de los Saduceos seguramente pertenecerían también algunos escribas o rabinos, aunque la mayoría de éstos eran Fariseos. Los escribas o rabinos eran los hombres de ciencia. Eran, al mismo tiempo, teólogos, juristas y maestros, pero no eran sacerdotes.
Así, vemos que los Evangelios se refieren frecuentemente a los Saduceos hablando de «los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas», o «los jefes del pueblo». Eran, indudablemente, la clase alta dirigente.
Habría que mencionar también a un pequeño grupo de escritores anónimos entregados a un tipo de literatura que hoy llamamos «apocalíptica». Se trataba de adivinos o visionarios que creían que los secretos del plan de Dios con respecto a la historia, y especialmente con respecto al fin del mundo, les habían sido indirectamente revelados a ellos. Según ellos, Dios había predeterminado todos los tiempos y todas las épocas y, desde el principio, había revelado sus secretos planes a hombres de la antigüedad tales como Henoc, Noé, Esdras, Abrahán y Moisés. Los escritores apocalípticos habían llegado ahora a conocer aquellos secretos y los registraban en nombre de los antepasados, para provecho de los hombres ilustrados de su propio tiempo (14).
Estos escritores eran posiblemente escribas, y puede que pertenecieran a los partidos Fariseo o Esenio, pero no podemos asegurarlo. En realidad eran anónimos, y siguen siéndolo hoy día.
En medio de todos aquellos movimientos y especulaciones religioso-políticos, hubo un hombre que surgió como signo de contradicción. Juan el Bautista era diferente, precisamente porque era un profeta, y un profeta, como muchos de sus predecesores, de ruina y de destrucción. Ciertas semejanzas superficiales con los Esenios, o con los escritores apocalípticos, o con cualesquiera otros, no deberían hacernos perder de vista el hecho de que Juan era tan diferente de sus contemporáneos como lo había sido cualquier otro profeta. Mientras los demás anhelaban la «era venidera» en la que los fieles de Israel triunfarían sobre sus enemigos, Juan profetizaba la ruina y la destrucción para Israel (15).
No había habido ningún profeta en Israel durante mucho tiempo. Todo el mundo era dolorosamente consciente de este hecho, como lo atestigua la literatura de la época (16). El espíritu de profecía se había apagado. Dios guardaba silencio. Todo lo que podía oírse era «el eco de su voz». Se tenía incluso la sensación de que ciertas decisiones habrían de ser pospuestas «hasta que surgiese un profeta fidedigno» (1 Mac 14, 41; cf. 45-46).
Este silencio se vio roto por la voz de Juan el Bautista en el desierto Su estilo de vida, su forma de hablar y su mensaje constituían un restablecimiento consciente de la tradición de los profetas. Los datos que poseemos sobre él, tanto dentro como fuera del Nuevo Testamento, son unánimes al respecto.
El mensaje profético de Juan era bien sencillo. Dios estaba airado con su pueblo y planeaba castigarle. Estaba a punto de intervenir en la historia para condenar y destruir a Israel. Juan describía esta destrucción como una gran hoguera ante la que huyen las víboras (Mt 3, 8, par.), en la que los árboles son cortados y quemados (Mt 3, 10, 12, par.), y en la que la gente será arrojada como en un bautismo de fuego (Mt 3, 11, par.). También hacía uso de las metáforas del hacha y del bieldo. Este es el tipo de metáforas que emplean los profetas y que no tienen nada que ver con las descabelladas imágenes de los escritores apocalípticos (17). No hay razón para creer que Juan se refiriera al infierno de la otra vida o a una conmoción cósmica. La hoguera es una imagen del infierno en la tierra.
El ardiente juicio de Dios sobre Israel será ejecutado, según Juan, por medio de un ser humano. Juan hablaba de él como «el que viene» (Mt 3, 11, par.; Mt 11, 4, par.). Incluso se encuentra ya dispuesto, con el hacha o el bieldo en la mano. «El os bautizará con... fuego» (Mt 3, 11, par.).
Una profecía no es una predicción, sino una advertencia o una promesa. El profeta advierte a Israel acerca del juicio de Dios y promete la salvación del mismo Dios... Tanto la advertencia como la promesa son condicionales. Dependen de la libre respuesta del pueblo de Israel. Si Israel no cambia, las consecuencias serán desastrosas; pero, si cambia, habrá abundancia de bendiciones. La finalidad práctica de una profecía consiste en persuadir al pueblo para que cambie o se arrepienta. Todo profeta llamaba a una conversión.
A diferencia de sus contemporáneos no-profetas, Juan dirige su advertencia y su llamada a todo Israel. No han de pensar que es a los «gentiles» a quienes está destinada la destrucción, mientras que los hijos de Abrahán se verán libres de ella a causa de su linaje y de su raza. «No os hagáis ilusiones pensando que Abrahán es vuestro padre, porque os digo que de estas piedras es capaz Dios de sacar hijos de Abrahán» (Mt 3, 9). Dios puede destruir a Israel y crear un nuevo pueblo para sí (unos nuevos hijos de Abrahán), y lo hará si Israel no se arrepiente.
Juan llamaba a los pecadores, a las prostitutas, a los recaudadores de impuestos y a los soldados, igual que a los escribas y a los Fariseos (Lc 3, 12, 14; Mt 21, 32). Incluso llegó a desafiar al rey o tetrarca judío, Herodes Antipas (Mc 6, 18, par.; Lc 3. 19). No se trataba de reunir un resto o fundar una «secta» (18). Era todo el mundo el que tenía que cambiar .
Los antiguos profetas habían esperado que el cambio de todo Israel se produjera en la persona del rey o de los dirigentes. Juan, al igual que los últimos profetas, esperaba que fuera cada individuo de Israel el que se arrepintiera y experimentara una transformación personal de corazón. Este es, seguramente, el sentido fundamental de la práctica del bautismo de Juan. No importan los precedentes que pudiera haber tenido el rito en cuanto tal. Lo que importa es el uso que de dicho rito hace Juan. El bautismo de Juan era un signo de arrepentimiento individual y personal: «Confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán» (Mc 1, 5, par.).
De este bautismo se dice que era para (eis) el perdón de los pecados (Mc 1, 4, par.). En el contexto, el perdón de los pecados significaba verse libre del castigo futuro (19). Si todo Israel, o tal vez la mayoría de los hijos de Abrahán, se arrepentía. Dios dejaría de estar airado y se aplacaría en sus propósitos, de modo que la catástrofe no se produjera en absoluto. No está claro si, en el caso de que la catástrofe se produjera, se librarían, o no, los individuos que hubieran sido bautizados. Todo depende de saber en qué clase de catástrofe pensaba Juan. ¿Se trataba, tal vez, de una guerra? Lo más frecuente es que el desastre en que pensaban los profetas fuera una guerra en la que Israel sería derrotada (20). Y en una guerra, raramente se libran los inocentes. Pero no tenemos los suficientes datos para determinar qué es lo que Juan tenía en mente, ni siquiera si pensaba en algo concreto.
También es significativo el hecho de que el tipo de cambio al que apelaba Juan no tenía nada que ver con la pureza ritual o los pequeños detalles de la observancia del sábado; como tampoco tenía nada que ver con el pagar o dejar de pagar impuestos a los «gentiles». Juan apelaba a lo que nosotros llamaríamos una moral social:
El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene, y el que tenga de comer, que haga lo mismo…
Y a los recaudadores les dijo: «No exijáis más de lo que tenéis establecido»...
Y a los soldados les dijo: «No hagáis violencia a nadie ni saquéis dinero; conformaos con vuestra paga» (Lc 3, 11-14).
A Herodes le criticó por haberse divorciado de su mujer para casarse con la mujer de su hermano (otro Herodes) y por todos sus demás crímenes (Lc 3, 19). Pero Josefo, el historiador judío de la época, afirma que Herodes mandó arrestar a Juan por motivos políticos (21). Tenía miedo de que Juan pusiera al pueblo en contra. Herodes no podía permitir la pérdida del apoyo de su pueblo, especialmente dadas las consecuencias políticas de su nuevo matrimonio. Para casarse con Herodías se había divorciado de la hija de Aretas II, el vecino rey de los nabateos, el cual lo habría considerado no sólo como un insulto personal, sino como una violación de una alianza política (22). Los nabateos, en consecuencia, se estaban preparando para la guerra. Por lo que se refiere a Herodes, pues, Juan no hacía sino empeorar las cosas al criticar su divorcio y su nuevo matrimonio y al profetizar el castigo divino. Algunos años más tarde los nabateos atacaron y derrotaron a Herodes, el cual tuvo que llamar a los romanos en su ayuda y en ayuda de su reino.
Juan fue arrestado y decapitado por haberse atrevido a hablar contra Herodes.
Juan el Bautista fue el único hombre de aquella sociedad que impresionó a Jesús. En él se hallaba la voz de Dios advirtiendo a su pueblo de un inminente desastre y exigiendo una transformación interior de todos y cada uno de los individuos. Jesús así lo creyó y se unió a quienes estaban decididos a hacer algo al respecto. Y fue bautizado por Juan.
Tal vez Jesús no estuviera de acuerdo con Juan en todos los detalles. Más tarde, como veremos, llegó ciertamente a diferir un tanto de Juan. Pero el mismo hecho de su bautismo por Juan es una prueba concluyente de que aceptaba básicamente la profecía fundamental de Juan: Israel se estaba encaminando a una catástrofe sin precedentes. Y al optar por creer esta profecía, inmediatamente demuestra Jesús estar fundamentalmente en desacuerdo con quienes rechazaban a Juan y su bautismo: los Zelotes, los Fariseos, los Esenios, los Saduceos, los escribas y los escritores apocalípticos. Ninguno de estos grupos habría estado dispuesto a creer a un profeta que, al igual que los profetas de antaño, profetizaba contra Israel.
El punto de partida de Jesús, por consiguiente, fue el inminente juicio de Israel: una catástrofe sin precedentes. Hay muchas pruebas de que Jesús repitió esta profecía una y otra vez a lo largo de su vida. De hecho, en varios de los textos que han llegado a nosotros Jesús es mucho más explícito que Juan acerca de lo que había de suponer ese inminente desastre. Citemos unos cuantos:
Va a llegar un día en que tus enemigos te rodeen de trincheras, te sitien, aprieten el cerco, te arrasen con tus hijos dentro y no dejen piedra sobre piedra, porque no reconociste la oportunidad que Dios te daba (Lc 19, 43-44).
Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su devastación. Entonces los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen... porque serán días de escarmiento . . . ¡ Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Porque habrá una necesidad tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo (Lc 21, 20-23).
Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad mejor por vosotras y por vuestros hijos» (Lc 23, 28).
Le contaron que Pilato había mezclado la sangre de unos galileos con la de las víctimas que ofrecían. Jesús les contestó «...si no os enmendáis, todos vosotros pereceréis también (Lc 13, 1, 3).
No pueden existir dudas acerca de lo que aquí se está dando a entender: la destrucción de Jerusalén en una guerra contra los romanos. Con verdadero estilo profético, Jesús profetiza una inusitada derrota militar para Israel. El juicio divino sería una terrible masacre, y los ejecutores de dicho juicio no serían sino los romanos. Sólo quienes tuvieran el buen sentido de huir se librarían (Mc 13, 14-20, par.). Y esto fue precisamente lo que ocurrió el año 70 después de Cristo.
La mayoría de los expertos no han prestado demasiada atención a estos y a otros textos semejantes (Mc 13, 2; Mt 23, 37-39; Lc 13, 34-35; Lc 11, 49-51; 17, 26-37). Suelen descartarlos, so pretexto de que se trata de predicciones insertas en el texto después de haberse producido el acontecimiento (vaticinia ex eventu). Pero las últimas investigaciones han demostrado concluyentemente que no es así.
Fue C. H. Dodd (23) el primero en mostrar que estos pasajes pudieron perfectamente no haber sido escritos después de producirse el acontecimiento, porque están redactados sobre la base de las referencias escriturísticas a la primera caída de Jerusalén, acaecida el año 586 antes de Cristo, y no hacen ninguna alusión a los rasgos distintivos de la caída del año 70 d.C. Lloyd Gaston llega a las mismas conclusiones después de haber empleado diez años en investigar este problema y haber publicado una voluminosa obra científica realmente convincente, aunque poco conocida y menos leída (24).
No hay ninguna duda de que Jesús profetizó la destrucción de Jerusalén por los romanos. Es posible que los primeros cristianos retocaran ligeramente sus palabras, pero incluso esto debió de producirse antes de los acontecimientos del año 70. Fue Juan el Bautista el primero en prever el desastre, aunque no sabemos exactamente cómo lo preveía. Jesús coincidía con Juan y, leyendo los signos de los tiempos, vio con toda evidencia que Israel se encaminaba a un choque frontal con Roma. Tanto Jesús como Juan, al igual que los profetas del Antiguo Testamento, expresaron este desastre inminente en términos de un juicio divino.
El mismo pensar en ello le hizo llorar a Jesús (Lc 19, 41), como le había hecho llorar a Jeremías siglos atrás. Pero, ¿qué podía hacer él al respecto?



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