Afectividad rasgo/estado en mujeres gestantes: un análisis descriptivo1



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AFECTIVIDAD RASGO/ESTADO EN MUJERES GESTANTES: UN ANÁLISIS DESCRIPTIVO1

Hernán Darío Lotero Osorio2

Isabel Cristina Villa González3

Luz Estella Torres Trujillo4



Resumen: El propósito de esta investigación es identificar las manifestaciones afectivas en mujeres gestantes en la ciudad de Medellín en sus dimensiones positivas y negativas a modo de rasgo y de estado. Se utilizaron los cuestionarios PANAS (Robles y Páez, 2003), el APGAR (Smilkstein, 1978) y una encuesta de variables sociodemográficas. Se describen los resultados obtenidos y se compara la afectividad con algunas variables ginecobstétricas y de funcionamiento familiar. Se encontró relación entre el rasgo afectivo positivo y la ausencia de riego obstétrico, y el rasgo afectivo negativo con la falta de planeación del embarazo, y la percepción de disfunción familiar. Se concluye que el optimismo, el apoyo familiar y los rasgos emocionales positivos son componentes que favorecen la salud gestacional, mientras que el pesimismo y el afecto negativo son un obstáculo para la adaptación a la maternidad y las relaciones familiares percibidas como apoyo para la vivencia del embarazo.

Palabras clave: embarazo, riesgo obstétrico, salud gestacional, optimismo, pesimismo, apoyo familiar.

Abstract: The purpose of this research is to identify the emotional expressions in pregnant women in the city of Medellin in their positive and negative as a trait and state dimensions. Panas questionnaire (Robles and Paez, 2003), the APGAR (Smilkstein, 1978) and a survey of sociodemographic variables were used. The results obtained are described and some ginecobst affective and family functioning variables compared. Positive emotional relationship between the trait and the absence of obstetric risk, and negative emotional trait with the lack of planning of pregnancy, and the perception of family dysfunction was found. It is concluded that optimism, family support and positive emotional traits are components favoring gestational health, while pessimism and negative affect are an obstacle for adaptation to motherhood and family relations perceived as support for the experience of pregnancy.

Key Words: pregnancy, obstetric risk, gestational health, optimism, pessimism, family support.

Introducción

El propósito de esta investigación es identificar cuáles son las manifestaciones afectivas que priman en las gestantes en la ciudad de Medellín en sus dimensiones positivas y negativas a modo de rasgo y de estado, para luego compararlas con algunas variables ginecobtétricas y de funcionamiento familiar, como aporte a la comprensión de las variables psicoafectivas que contribuyen a la salud gestacional.

El embarazo cómo evento vital genera un amplio impacto en la afectividad de las personas casi de manera general en la población, ya sea de modo positivo o de forma negativa. Maldonado, Sauceda y Lartigue (2008) refirieron que “la vida emocional de la mujer cambia durante el embarazo” (p. 7), y además “sus emociones son más intensas y necesita de mayor apoyo emocional de quienes la rodean” (p. 9). El estado afectivo que presenta la madre durante el embarazo ha sido objeto de múltiples investigaciones para indagar las consecuencias del afecto (positivo y negativo) sostenido durante la etapa de la gestación para ellas mismas y para el neonato. Gaviria (2006) lo refirió así “existen suficientes hallazgos respecto a que muchos de los trastornos neurológicos y del comportamiento, que se expresaban después del nacimiento, tienen sus orígenes durante la vida fetal” (p. 212).

La percepción de las emociones y la manifestación de estados afectivos son experiencias habituales en todos los seres humanos, y estas comúnmente se presentan en diferentes formas e intensidades ante los eventos que diariamente cada persona se ve expuesta. Esa capacidad de sentir y de discernir lo que se siente, ha sido objeto de estudio con el fin de nombrar, definir y comprender estas experiencias intersubjetivas, su función adaptativa en la vida psíquica, interpersonal y social, y realizar una distinción conceptual entre las unidades más básicas, es decir, las emociones y el afecto.

Las emociones son manifestaciones psicofisiológicas, que se generan como una respuesta inmediata ante los estímulos externos y activan una serie de conductas ante la situación que se vivencia, esto lo realiza el sujeto para buscar la adaptación al ambiente. Para Choliz (2005) la emoción es una experiencia afectiva en cierta medida agradable o desagradable, que supone una cualidad fenomenológica característica y que compromete tres sistemas de respuesta: cognitivo-subjetivo, conductual-expresivo y fisiológico-adaptativo. De igual manera, Reeve (1995) señala que las emociones son fenómenos individuales con múltiples dimensiones, los cuales generan experiencias biológicas, expresiones faciales y reacciones fisiológicas que preparan al cuerpo para la acción adaptativa. En la misma línea, Plutchik (1980) propone la existencia de 8 emociones básicas que facilitan el proceso de adaptación al medio, estas son: alegría, confianza, miedo, sorpresa, tristeza, aversión, ira y anticipación. Aquí la adaptación es entendida como aquellos comportamientos que son adecuados a los requerimientos de las distintas circunstancias en que tienen que vivir los individuos (Hernández y Jiménez, 1983). De esta manera cada una de las emociones básicas cumplen una función adaptativa frente al medio, por ejemplo, la felicidad permite establecer nexos y favorecer las relaciones interpersonales (Izard, 1991). La confianza facilita los sentimientos de afiliación ante otras personas (Plutchik, 1980). El miedo se relaciona con el cuidado propio, además de facilitar respuestas de escape o evitación de una situación peligrosa (Pierce y Epling, 1995). La sorpresa da dirección a los procesos cognitivos para la reacción emocional y conductual apropiada ante situaciones novedosas (Reeve, 1994). La tristeza permite la transmisión de estados de malestar interno para generar en los demás empatía o comportamientos altruistas, además de favorecer la solución de problemas ante los cambios situacionales, especialmente debidos a experiencias de pérdida significativas (Huebner e Izard, 1988). La aversión genera respuestas de escape o evitación ante situaciones desagradables o potencialmente dañinas para la salud (Choliz, 2005). La ira se relaciona con la autodefensa y permite actuar de forma intensa e inmediata (física o verbalmente) para solucionar de forma activa la situación problemática (Choliz, 2005) y la anticipación favorece conductas de exploración ante situaciones que son llamativas o que de alguna manera captan nuestra atención (Plutchik, 1980).

Por su parte, los estados afectivos, se definen como “diferencias individuales estables en lo que se refiere a la tendencia para experimentar el estado de ánimo correspondiente” (Reidl, 2005, p. 78-79). Frijda (1994) postula que los estados afectivos son situaciones globales, duraderas, difusas y no intencionales, cuya naturaleza pertenece a todo el mundo del sujeto en su totalidad y orientación y no está fijada en un objeto específico. Es decir, la afectividad la constituyen percepciones del sentir más estables y duraderas en el tiempo (que las emociones) y tienen relación con los factores de personalidad y aspectos biológicos individuales (temperamento) de cada sujeto. El concepto de afectividad también fue trabajado por Pauchard-Hafemann (1993) quien refiere que los estados afectivos contienen emociones positivas y negativas, las cuales cambian de acuerdo a los eventos que ocurren en la vida de las personas. En este sentido Watson y Tellegan (1984) afirman que el ser humano está expuesto a dos tipos de experiencias, aquellas que vienen del afecto positivo y las que provienen del afecto negativo. Ahora bien, la afectividad positiva ha sido entendida como “la dimensión de emocionalidad placentera, manifestada a través de motivación, energía, deseo de afiliación y sentimientos de dominio, logro o éxito” (Moral, 2011, p. 117). Mientras que la afectividad negativa representa “la dimensión de emocionalidad displacentera y el malestar, manifestada por miedos, inhibiciones, inseguridades, frustración y fracaso” (Moral, 2011, p. 117). Según Robles y Páez (2003), las personas con manifestaciones de afecto positivo suelen experimentar con mayor facilidad sentimientos de satisfacción, gusto, entusiasmo, energía, amistad, unión, afirmación y confianza; mientras que los individuos con afectividad negativa presentan en mayor medida miedo o ansiedad, tristeza o depresión, culpa, hostilidad e insatisfacción, actitudes negativas y pesimismo.

Las reacciones afectivas negativas y positivas pueden ser más predominantes en unas personas que en otras, esta diferencia en la reactividad emocional se debe a “la influencia hereditaria, a factores ambientales o a una combinación de ambos” (Reidl, 2005, p. 79). Cantazaro (2001) define los estados afectivos como respuestas individuales y naturales que se presentan ante ganancias o pérdidas durante la vida, las cuales están determinadas por la personalidad del individuo y la estructura genética del mismo. Según Lazarus (1994) la afectividad puede categorizarse en forma de estado y de rasgo. Este autor propone que la afectividad estado hace referencia a una reacción transitoria frente a tipos específicos de encuentros adaptativos mientras que la afectividad rasgo es una disposición o tendencia a reaccionar en una forma emocional en particular ante los eventos. Es decir cuando se menciona la afectividad como rasgo, se hace referencia a la forma en que han sido las emociones de un sujeto de forma global y estable; a la predominancia, intensidad y frecuencia en que las experimenta. Mientras que la afectividad como estado, hace referencia a la expresión emocional en un periodo de tiempo en específico. Dicho momento puede ser la misma expresión emocional que habitualmente siente una persona, y que se denomina rasgo, o puede ser diferente y debida a factores situacionales que está atravesando el individuo.

La perspectiva de la psicología de la salud, cuyo propósito es identificar los factores de riesgo, promover los estilos de vida saludables y la predicción de las conductas protectoras o de riesgo para la salud, la comprensión del papel de los factores psicosociales en la experiencia de la enfermedad y en el tratamiento y rehabilitación de la misma (León, Medina, Barriga, Ballesteros y Herrera, 2004), se ha estudiado ampliamente la relación entre los estados afectivos y la salud física, encontrando que los trastorno denominados como físicos suelen implicar también alteraciones psicológicas, y viceversa (Oblitas & Becoña, 2000). Desde esta perspectiva, se ha investigado como la influencia de estados emocionales positivos y negativos pueden impactar en la salud física de las personas y se han obtenido resultados que permiten afirmar que las emociones negativas tienen un efecto adverso sobre la salud (Kiecolt-Glaser, 2009; Sandín, 2002). Es decir, las emociones positivas potencian la salud (Morales, Luque y Barroso, 2002; Schwartzmann, 2003 y Guarino y Borrás, 2012), mientras que las emociones negativas tienden a disminuirla (Fernández-Abascal & Palmero, 1999). La influencia de los estados o rasgos afectivos impactan la salud de manera directa e indirecta, en este sentido Barra (2003) afirma que las experiencias emocionales pueden influir en la salud física “mediante efectos directos en el funcionamiento fisiológico, en el reconocimiento de síntomas y búsqueda de atención médica, en la involucración en conductas saludables y no saludables como estrategias de regulación emocional, y en la compleja relación entre apoyo social y salud” (p. 55). En lo relacionado con gestantes el afecto negativo puede favorecer la aparición de mayores complicaciones de salud durante el embarazo (Fernández y Edo, 1994; Vinaccia, Sánchez, Bustamante, Cano y Tobón, 2005; Guarino, 2010).

Por otro lado, la afectividad positiva y negativa ha sido ampliamente relacionada con el concepto de salud mental y de psicopatología. Por ejemplo, los estudios de Fredrickson (2000; 2001) evidencia que las emociones positivas pueden optimizar la salud, el bienestar subjetivo y la resiliencia psicológica. Por su parte, los manuales y guías clínicas en salud mental resaltan la importancia de las categorías afectivas en la mayoría de los trastornos mentales que aparecen descritos; es decir, que las emociones negativas como rasgos o estados prolongados pueden “transformarse en patológicas en algunos individuos, en ciertas situaciones, debido a un desajuste en la frecuencia, intensidad, adecuación al contexto, etc” (Piqueras, Ramos, Martínez, y Oblitas 2009, p, 96), por ende, cuando se producen reacciones emocionales de ansiedad, en las categorías de frecuencia, intensidad o duración “puede dar lugar a la aparición de afectaciones a la calidad de vida y en estos casos hablamos de ansiedad patológica o de un trastorno de ansiedad” (Piqueras et al, 2009, p. 97). En lo referente a las reacciones emocionales hipotímicas, la “depresión está presente en la mayor parte de los cuadros psicopatológicos” (Vázquez, 1990, p. 902). La ira es otra emoción negativa que presenta repercusiones para la salud a nivel general, la manifestación de esta emoción de forma sostenida, es un problema clínico importante, debido a que “la ira persistente causa malestar emocional, se confunde con la ansiedad y la depresión, puede conducir a la violencia y es un factor de riesgo para diversos trastornos médicos” (Piqueras et al, 2009, p. 98). En lo relacionado con la emoción del asco, se ha encontrado vinculada con la psicopatología en general, especialmente con los trastornos de ansiedad (Cisler, Olatunji y Lohr, 2009), como lo concluyeron Haidt, Mc-Cauley & Rozin, (1994) el asco está positivamente correlacionada con la personalidad obsesivo compulsiva y con la personalidad de tipo dependiente.

En sentido opuesto, los estados emocionales positivos geenran protección ante las psicopatologías, dado que proveen un sentimiento positivo de uno mismo, sentimientos de control personal y una visión optimista del futuro, permitiendo con esto que las personas afronten las dificultades diarias, las estresantes e incluso amenazantes de la propia existencia de una manera más adecuada (Taylor et al.1992). Además las emociones positivas generan el “aumento de las conductas saludables o de buen afrontamiento de los problemas de salud, así como por su capacidad amortiguadora del estrés” (Vázquez, Hervás, Rahona y Gómez, 2009, p. 23).



Afectividad y embarazo

En cuanto a la afectividad negativa cómo estado, se encuentran evidencias relevantes asociadas a eventos adversos en madres y bebés en gestación, ya sea por la presencia de un embarazo no planeado (Bolzán, Kunzi, Cellerino, Franzini y Mendieta, 2010; Lara et al, 2012; Caballero, Toro, Sánchez y Carrera, 2009), o por el proceso de adaptación que exige esta etapa vital para las madres (Fernández y Ramos, 1999; Fernández, Ramos y Orozco, 2000).

“La depresión en el embarazo incrementa el riesgo a la analgesia epidural durante el parto, los nacimientos por cesárea y el ingreso del recién nacido a la unidad de cuidados neonatales" (Pacora et al, 2005, p. 286). Otra condición ampliamente reportada es la correlación entre la afectividad negativa y el bajo peso al nacer, descrita en los trabajos de Núñez, Monge, Gríos, Elizondo y Rojas (2003) y en el de Pacora et al. (2005) quienes obtuvieron estas conclusiones en muestras de mujeres con antecedentes de maltrato físico durante el embarazo. También la depresión materna prenatal se ha asociado con las alteraciones en el eje hipotálamo-hipófisisadrenal (HHA), el mecanismo explicativo de esta variación es la metilación del gen NR3C1 (receptor de glucocorticoides) ya que este gen es sensible al estado anímico materno (Oberlander et al. 2008). De igual modo, en un estudio llevado a cabo por Hay et al. (2001) se encontró que los hijos de las mujeres con depresión postparto (DPP) presentan puntajes menores de coeficiente intelectual, problemas de atención y dificultades en el razonamiento matemático y mayor probabilidad de necesitar educación especial a la edad de 11 años que otros niños. Por su parte, la ansiedad y la exposición materna frente a condiciones y eventos estresantes durante el proceso de la gestación pueden generar cambios funcionales en el hipocampo y en la densidad de la espina dendrítica del córtex prefrontal, estas alteraciones están vinculadas a diversos desórdenes psicológicos y comportamentales (Weinstock, 2007).

Asimismo Herrera et al. (2006), midieron el riesgo psicosocial (a modo de ansiedad severa y apoyo familiar) y encontraron relación entre este y las complicaciones obstétricas, parto prematuro y bajo peso al nacer. Se han indicado también otras condiciones relacionadas con la afectividad negativa, (exactamente la ansiedad) y las condiciones físicas del feto, “mayor número de complicaciones obstétricas y condiciones que comprometieron el desarrollo fetal, tales como; mayor número de anormalidades y altas tasas de latidos cardiacos en los fetos” (Leonetti y Martins, 2007, p. 4).

Respecto a la afectividad positiva como estado emocional durante el embarazo, la aceptación de la condición de gestación y el optimismo tiene efectos benéficos para el bebé, así lo sugiere Aguilar et al. (2012) quienes hallaron que la estimulación mediante emociones positivas propicia “una adecuada oxigenación y una mejora de la nutrición fetal; estas condiciones favorecen el peso fetal” (p. 2107). Estos mismos autores también postulan que la estimulación positiva del feto:

Favorece las situaciones que propician la tranquilidad, la alegría, el entusiasmo y la estimulación del ego, lo que influye favorablemente en el estado nutricional de la gestante. De esta forma, la embarazada logra una adecuada ganancia de peso, por lo que se obtendrán recién nacidos con buen peso al nacimiento (p. 2106).

Como consecuencia del estado afectivo positivo, Terré (2005), los procesos nutricionales generan un efecto que potencia el desarrollo cerebral en el neonato, debido a que esto permite que exista un mejor desarrollo de las células cerebrales. Por su parte Nereu, Neves y Casado (2013), resaltan la importancia de privilegiar periodos de relajación para evitar el estrés durante el embarazo y con esto reducir “la posibilidad de un bebé con alto nivel de activación, irritable, con patrones irregulares de sueño y de alimentación, con movimientos excesivos en los intestinos, bajo peso al nacer o llanto persistente" (p. 81). Finalmente, Rodríguez y Vélez (2003) refieren que las emociones positivas durante el parto favorecen la producción de endorfinas en la madre compartidas con el bebé, contribuyendo a que experimente sensaciones de placer y bienestar.

Respecto a otras variables relacionadas con los estados afectivos se ha encontrado que, por ejemplo, el estrés sostenido durante cada trimestre de gestación tiene implicaciones en el recién nacido. Aguilar et al. (2012) sugiere que está relacionado “aumento de la dependencia, la pasividad y la introversión” (p. 2103). De igual manera Leonetti y Martins (2007) señalan consecuencias a largo plazo dada la asociación entre altos niveles de ansiedad materna con problemas emocionales y de comportamiento, “tanto en niños de cuatro años de edad como en adolescentes” (p.4), además de alteraciones en la conducta tras el nacimiento como lo afirman Lara, Rodríguez y Ávila (2012).

Desde la neuropsicología hay evidencia que los niños cuyas madres presentaron afecto negativo durante la gestación demuestran un mayor compromiso en las funciones cognitivas, de hecho se evidenció que presentan dificultades en la memoria de trabajo, la atención, en la velocidad de procesamiento y en las funciones ejecutivas (Pinto, Aguilar, Gómez, 2010), lo cual concuerda con Laplante et al. (2004) pues sus hallazgos apuntan a que las disfunciones cerebrales mínimas representadas en dificultades en la escritura, la lectura y problemas cognitivos, a menudo se asocia con retardo en el crecimiento intrauterino. Además, los estados anímicos durante el embarazo y el puerperio afectan el cuidado materno. A este respecto Bedregal, Shand, Santos y Ventura (2010) encontraron que:

Variaciones en el cuidado materno se asocian con diferencias en el desarrollo sináptico en el hipocampo incluyendo sistemas neurales que median el aprendizaje y la memoria. Hasta ahora el mecanismo explicativo es la metilación del DNA y cambios en la estructura de la cromatina. Evidenciando que el cuidado y el afecto materno generan implicaciones cognitivas en el niño (p. 370).

En lo referente al tema de las enfermedades físicas y psiquiátricas, se ha encontrado que las condiciones de afectividad negativa en la relación madre-hijo que se presentan durante el periodo de vida uterina, están asociadas en la etapa de la adultez, con condiciones como: obesidad visceral, hipertensión arterial, intolerancia a la glucosa, depresión, trastornos ansiosos, adicciones y enfermedad coronaria (Oberlander et al. 2008). Otro artículo escrito por Seckl & Meaney (2006) ha sugerido que un ambiente fetal adverso incrementa el riesgo de desórdenes cardiovasculares, metabólicos, neuroendocrinos y psiquiátricos en la adultez. Además de esto, como consecuencia del desarrollo de la afectividad negativa se espera que en la edad adulta sea mucho más frecuente la presencia de enfermedades mentales como “depresión prolongada y enfermedades psicosomáticas” (Torres, 2004, p. 289). También la presencia de trastorno de estrés postraumático en las madres es un factor de riesgo para que los hijos desarrollen estrés postraumático (Seckl & Meaney, 2006).

En cuanto a la afectividad rasgo relacionada con el embarazo, Lobel, Yali, Zhu, DeVincent y Meyer (2002) en un estudio con mujeres en gestación, encontraron que características de personalidad como el optimismo permite emplear estrategias de afrontamiento centradas en los problemas, favoreciendo con esto a la percepción de control de su propio embarazo por la reducción del malestar emocional en esta etapa. Igualmente se refirió a que la interpretación de forma positiva como estrategia de afrontamiento en embarazadas correlaciona con “una menor manifestación de angustia y ansiedad, disfunción social y depresión y una mejor salud global” (Guarino, 2010, p. 184). De la misma forma, la afectividad negativa como rasgo ha sido estudiada en esta etapa vital de las mujeres. Lobel et al. (2002) encontró que las embarazadas que emplean estrategias de afrontamiento del tipo evitativo suelen presentar mayores niveles de estrés y pesimismo. Guarino (2010) afirma que “la sensibilidad egocéntrica negativa correlacionó significativamente con todos los indicadores de salud, es decir, con mayor reporte de síntomas, así como con una mayor manifestación de somatización, angustia y ansiedad, depresión y, en menor magnitud, disfunción social” (p. 184). Se ha descrito una relación entre afecto negativo con mayor probabilidad de aparición de estados de ansiedad durante el embarazo (Canals, Esparó y Fernández, 2002). Facchinetti y Ottolini (2004) describieron que a mayores niveles de depresión y estrés durante el embarazo se presenta mayor riesgo de nacimientos pretérmino y a deterioros en el proceso madurativo del feto. En resumen, en la afectividad como rasgo tanto positiva como negativa durante el embarazo, se puede referir que:

Una mayor sensibilidad emocional negativa compromete la calidad de vida percibida de la mujer embarazada en múltiples dimensiones, como la salud, estado de ánimo, trabajo, estudio, tiempo libre, relaciones sociales y satisfacción general. Igualmente muestra un impacto negativo sobre la calidad de vida, el uso de la evitación como forma de afrontamiento durante el embarazo, mientras que la interpretación positiva de las experiencias asociadas a él parecen proteger a la mujer, dada la asociación positiva con una percepción de mayor salud, mejor estado de ánimo, mayor satisfacción con el trabajo y con las relaciones sociales (Guarino, 2010, p. 184).

Cómo ha logrado soportarse la afectividad materna tanto cómo estado emocional experimentado durante el embarazo, así como la afectividad rasgo como característica de personalidad, tiene múltiples influencias en la manera cómo las gestantes vivencian de manera subjetiva su gestación, las condiciones de salud, el desarrollo fetal y el bienestar de ellas mismas y sus bebes en gestación, además de influir en la calidad de los cuidados en salud materna y la protección a los riesgos inherentes a dicho estado, así como el impacto en el cuidado fetal y del recién nacido y la relación que la madre establece con su hijo en las semanas y meses posteriores al nacimiento.



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