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Spanish

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EAHS

2011 – 2012

Mr. Pedroni

INDICE

PÁGINA

La luz es como el agua Gabriel García Márquez 3

No oyes ladrar los perros Juan Rulfo 9

El sur Jorge Luis Borges 18

Continuidad de los parques Julio Cortazar 26

Mi caballo mago Sabine Ulibarri 30

Chac Mool Carlos Fuentes 39

La camisa de Margarita Ricardo Palma 52

Cajas de cartón Francisco Jiménez 56






Gabriel García Márquez
(Aracata, Colombia 1928—)



La luz es como el agua

         En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.


         —De acuerdo —dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
         Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
         —No —dijeron a coro—. Nos hace falta ahora y aquí.
         —Para empezar —dijo la madre—, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
         Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
         —EI bote está en el garaje —reveló el papá en el almuerzo—. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
         Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
         —Felicitaciones —les dijo el papá ¿ahora qué?
         —Ahora nada —dijeron los niños—. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.
         La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
         Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

         —La luz es como el agua —le contesté: uno abre el grifo, y sale.


         De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
         —Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada —dijo el padre—. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
         —¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? —dijo Joel.
         —No —dijo la madre, asustada—. Ya no más.

         El padre le reprochó su intransigencia.


         —Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber —dijo ella—, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

         Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.


         En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

         El papá a solas con su mujer, estaba radiante.
         —Es una prueba de madurez —dijo.
         —Dios te oiga —dijo la madre.
         El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salí por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
         Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
         Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

Diciembre, 1978.



Light is Like Water”
On Christmas the children asked for a rowboat again.

“Okay,” said the dad, “we’ll buy it when we get back to Cartagena.”

Totó, nine years old, and Joel, seven, were more determined than their parents believed.

“No,” they said as one. “We need it here and now.”

“To begin with” said the mom, “here there aren’t any more navigable waters than those that come from the shower.”

Both she and her husband were right. At the house in Cartagena there was a deck with a dock on the bay, and a boathouse for two large yachts. On the other hand, here in Madrid, they lived cramped together on the fifth floor of 47 Castellana Road. But in the end neither he nor she could deny them, because they had promised them a rowboat with sextant and compass if they got perfect grades for the school term, and they had been gotten. And so it was that the dad bought it all without saying anything to his wife, who was the most resistant to making debts for pleasure. It was a beautiful boat of aluminum, with a golden line painted around the draft line.

“The boat is in the garage,” the dad revealed during lunch. “The problem is that there’s no way to get it up the stairs, and there’s no more space available in the garage.”
However, the following Saturday afternoon the children invited their classmates to help them bring the boat up and they managed to get it as far as the service room.

“Congratulations,” the dad told them. “And now what?”

“Now nothing,” said the children. “We just wanted to have a rowboat in the room, and now there is.”

On Wednesday night, as on every Wednesday, the parents went to the movies. The children, masters and lords of the house, closed the doors and windows, and broke the light bulb burning in one of the lamps in the living room. A jet of golden light, as cool as water, began to flow from the broken bulb, and they let it run until it reached a depth of four hand spans. Then they turned off the current, got the boat out, and sailed at their pleasure around the islands of the house.

This fabulous adventure was the result of an offhand comment of mine when I was participating in a seminar on the poetry of domestic appliances. Totó asked me how come the light turned on by just pressing a button, and I wasn’t brave enough to think twice about it.
“Light is like water,” I answered him. “You open the tap, and out it comes.”

So they kept on sailing Wednesday nights, learning to master the sextant and the compass until the parents came home to find them asleep like angels on dry land. Months later, eager to go even further, they asked for submarine fishing equipment. With everything: masks, fins, tanks and compressed-air shotguns.

“It’s bad enough that they have a rowboat in the service room that they can’t use,” said the dad. “But it’s even worse that they want scuba diving equipment on top of it.”

“And if we get gold stars for the first semester?” asked Joel.

“No,” said their mom, frightened. “No more.”
The dad reproached her inflexibility.

“It’s just that these kids don’t get anything for doing what they’re supposed to,” she said, “but for a whim they could earn a teaching position.”


In the end the parents didn’t say either yes or no. But Totó and Joel won the gold stars in July, and were publicly recognized by the principal. That same afternoon, without their having asked again, they found the scuba equipment in their room in the original packing. So the following Wednesday, while the parents were watching The Last Tango in Paris, they filled the apartment to the depth of two arm lengths, and they scuba'd around like tame sharks under the furniture and the beds, and they rescued from the depths of the light the things that had been lost in the darkness.

At the award ceremony at the end of the year, the brothers were acclaimed as examples for the school and they were given certificates of excellence. This time they didn’t have to ask for anything because the parents asked them what they wanted. They were so reasonable that they only wanted a party at home to reward their friends from school.
The dad, alone with his wife, was radiant.

“It’s proof of their maturity,” he said.

“From your lips to God’s ears,” said the mom.

The following Wednesday, while the parents were watching The Battle of Argel, the people who were walking along Castellana Road saw a cascade of light falling from an old building hidden among the trees. It was coming out of the balconies; it fell in torrents from the facade, and it channeled down the great avenue in a golden rapid that illuminated the city, to the Guadarrama River.

Responding to the alarm call, the firemen forced open the door to the fifth-floor apartment, and found the whole place filled with light, up to the ceiling. The sofa and the leopard-skin armchairs were floating at different levels in the living room, between the bottles from the bar and the grand piano and its Manila shawl which fluttered along midwater like a golden manta ray. The domestic appliances, at the zenith of their poetry, were flying with their own wings around the skies of the kitchen. The instruments from the marching band, that the children used to dance, floated among the colored tropical fish liberated from the mom’s fishbowl, and which were the only living and happy floating things in the vast illuminated swamp. In the bathroom the toothbrushes floated along with dad’s condoms, mom’s jars of cold cream and her retainer, and the television in the master bedroom floated sideways, still on, showing the last scene of the late-night adult movie.
At the end of the hall, floating between two waters, Totó was seated at the stern of the rowboat, glued to the oars, with his scuba mask on, searching for the lighthouse of the port until his tanks ran out of air, Joel floated in the prow, still trying to measure the height of the north star with his sextant, and floating throughout the house were his thirty-six classmates, eternally preserved in the instant of peeing in the pot of geraniums, of singing the school song with the verses changed to mock the principal, of sneaking a glass of the dad’s brandy. They had opened so many lights at the same time that the house had overflowed, and the whole fourth grade of Saint Julian the Hospitalier had drowned in the fifth-floor apartment of 47 Castallana Road, Madrid, Spain, a remote city of burning summers and frozen winds, without sea or river, and whose original landlubber inhabitants had never mastered the science of sailing on light.

December 1978





Contesta las siguientes preguntas sobre el cuento
¿Quiénes son los personajes de este cuento?

¿Dónde viven en el momento que empieza el cuento?

¿Dónde vivían antes de llegar a esa ciudad?

¿Dónde comienza la acción físicamente?

¿Qué insisten los chicos en que se les compre?

¿Qué hacen los padres al principio sobre las demandas de los hijos?

¿Qué logran ganar los chicos en la escuela?

Al pasar los días ¿Por qué los padres se preocupan de las intenciones de los hijos?


¿Qué hicieron cierto día los padres fueron invitados a una fiesta y los dos niños se quedaron solos en su casa?


¿Qué encontraron los padres al regresar en la noche?


¿Quiénes murieron ahogados junto con los chicos?


¿Cómo subieron el bote al apartamento?

¿Cómo inundaron el apartamento?

¿Cuándo nadaban que vieron?



¿Cuál es el argumento del cuento?
En la obra titulada "LA LUZ ES COMO EL AGUA" ¿porque los niños pensaron que podían llenar de agua su casa para poder navegar?

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