Acerca del concepto de estrategias


¿ESTRATEGIA DE QUIÉN Y CONTRA QUIÉN?



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¿ESTRATEGIA DE QUIÉN Y CONTRA QUIÉN?

Se parte simplemente, para tener términos de referencia comunes en la discusión, de que el objetivo global es el desarrollo social de las regiones periféricas, o el de romper con el progresivo desarrollo social desigual, expresado también territorialmente en nuestras sociedades. Este enfoque indica que tal objetivo no puede lograrse con cambios marginales en las situaciones actuales, manteniendo las estructuras vigentes intocadas y sin afectar los intereses de nadie. También indica que “desarrollo” puede significar varios modelos alternativos de cambio, que afectan de manera diferencial a las diversas clases, fracciones y capas sociales del sistema. Que, por lo tanto, la elaboración e implementación de un proyecto de desarrollo regional efectivo debe ser, por naturaleza, de carácter contradictorio, y que cualquier variante provocará conflictos, algunos de tipo secundario, otros, antagónico. En cualquier caso, ciertas fuerzas sociales deberán apoyar el proyecto, otras se le opondrán. El desarrollo regional es, pues, una cuestión política.

Se propone que el objetivo global asumido es contribuir a un desarrollo globalmente racional de las fuerzas productivas de un país, en un intento de reducir su dependencia, minimizando los efectos de marginación de amplios sectores de la población respecto de los procesos de producción, distribución y consumo, evitando la alienación y super-explotación de los sectores populares integrados a dichos procesos, y desarrollando la participación organizada y autónoma de tales sectores en la gestión social del sistema. Si se propone diseñar una estrategia para lograr este objetivo desde la posición de planificadores, ¿qué posibilidades se tienen de lograrlo? Salvo que se siga pensando en intervenciones para-métricas externas a los procesos sociales, se advierte que, dada la naturaleza conflictiva de tal objetivo, la estrategia deberá ser una anticipación de vías de acción fundamentalmente políticas dentro del sistema social. Así, el objetivo asumido implica que se intentará producir cambios sustanciales en las condiciones de vida social de amplias masas postergadas de la población, en contraposición con los intereses de diversos grupos de las clases dominantes que detentan un gran poder político y económico y el control de los principales aparatos del Estado. Por lo tanto, para el diseño de cualquier estrategia será necesario hacer un diagnóstico de las contradicciones en la estructura económica y en el sistema del poder político, de las fuerzas sociales existentes y posibles de ser organizadas, de las instituciones y formas de organización social existentes, de las formas de lucha social actuales o posibles, históricamente determinadas. Todo esto es indispensable pues, a menos que se trate de otro plan más de biblioteca, sin fuerzas sociales organizadas apoyando el proyecto, sería impensable su implementación, pues la vía de la razón pura no parece haber funcionado como “estrategia” en el pasado. Será necesario crear condiciones favorables para la puesta en marcha o aceleración de procesos sociales conducentes a los objetivos mencionados, estimulando y apoyando la organización de fuerzas que involucren a los beneficiarios del proyecto, a fin de imponer en el campo de batalla social, las propuestas efectuadas. Habrá que establecer un sistema de alianzas, aprovechando las contradicciones que preñan el sistema, sumando fuerzas en pos de los objetivos fundamentales. Deberá pensarse políticamente desde el principio al fin. Como toda estrategia real, deberá dejar en claro quién es el sujeto de la misma, quiénes son los enemigos y quiénes los aliados. No habrá chance de pensar que el enemigo es la naturaleza, o que el sujeto es la sociedad en general. Serán sectores económicos, formas del capital, otros Estados, organizaciones de fuerzas sociales adversas, todos con nombre y apellido. Desmitificar, romper velos ideológicos que bloquean la acción social, será parte relevante de las consideraciones estratégicas.



Pensar políticamente no equivale a “cambiar de disciplina”, o de profesión. Implica actuar científicamente, en primer lugar porque no se puede pensar políticamente en el vacío so pena de generar un discurso puramente ideológico. Será a partir del análisis científico de las bases materiales y de la coyuntura política alrededor de la problemática regional, como se podrá reconstruir la trama de contradicciones específicas sobre cuya base puede diseñarse una estrategia como tal. Pero, ¿podrá pensarse políticamente desde la posición del planificador neutral?, ¿se podrá efectivamente asumir un objetivo dado y proceder a implementarlo sea cual fuere su signo, sólo que esta vez haciéndolo bien al no negar la verdadera naturaleza de lo social? O, por otro lado, ¿será que lo que estamos propugnando es válido para una planificación de cualquier signo? Las políticas más reaccionarias pueden también quedar en los papeles si se diseñan estrategias ficticias contra la naturaleza, en lugar de hacerlo como corresponde, contra los sectores populares que se oponen a las mismas. Esto es cierto, y no podemos evitar este subproducto de nuestros razonamientos, pues está allí, lo explicitemos o no. Pero el producto principal es otro. Existen hoy en América Latina, en diversas instituciones, sujetos sociales que se plantean esta cuestión del desarrollo regional a partir de una definición implícita o explícita de objetivos “progresistas”. Su accionar está obstaculizado, entre otras cosas, por la mistificación teórica que ha predominado en el campo y por la concepción del planificador como “marginal” de los procesos políticos, como técnico asesor o como simple instrumento de las clases dominantes. Una conclusión obvia de esta discusión es que no se trata de resolver esta contradicción existencial elaborando seudo-estrategias progresistas y esperando que alguien “con poder” las haga suyas.

El academicista, nacional o importado, podrá discordar o concordar con nuestras proposiciones respecto a la necesidad de revolucionar las bases teóricas de la planificación regional en América Latina, pero la discusión pierde sentido si no concordamos en el punto crucial de definir lo estratégico como referido a un modo de organizar la lucha social y, por lo tanto, como determinado políticamente. Y esto implica la necesidad de insertarse efectivamente en los procesos políticos, no como mentor o estrategia, sino como parte de una fuerza social para la cual, la resolución de lo que en tantos seminarios hemos visualizado como “problemas regionales”, no es cuestión de coeficientes sino de sobrevivencia cotidiana o desaparición. Hay muchas maneras de hacerlo, y ese no es nuestro tema aquí, pero no es despreciable un primer paso consistente en tomar conciencia de las dimensiones olvidadas de la cuestión regional. Creemos que, hacia esa conciencia, por diversos caminos –partiendo de marcos abiertamente contestatarios del sistema social vigente, o llevando al límite la problemática dominante a partir de un esfuerzo por enfrentar la realidad y no mistificarla-, están convergiendo los intelectuales críticos en este campo.

V. LAS ESTRATEGIAS ALTERNATIVAS EN EL CONTEXTO SOCIAL LATINOAMERICANO

¿Cuáles son las condiciones más simples y abstractas de una estrategia efectiva?

Toda estrategia de desarrollo regional que se proponga como objetivo la transformación de situaciones sociales estará sujeta, en lo que hace a su eficacia, al grado de cumplimiento de dos condiciones. En primer lugar, que su diseño responda a una concepción adecuada a la verdadera naturaleza de los fenómenos territoriales sobre los cuales pretende intervenir. En este sentido, es invaluable la contribución de un análisis objetivo y científico de la realidad social en la cual se producen los problemas regionales que se pretenden afrontar. En segundo lugar, que su implementación sea apoyada por fuerzas sociales organizadas que la hagan viable políticamente.

Una estrategia de desarrollo regional demarca un conjunto de vías de acción alternativas para un largo plazo, con lo cual deberá estar basada en consideraciones sobre las condiciones actuales y las tendencias estructurales de la sociedad. Sin embargo, durante ese largo plazo, la coyuntura podrá cambiar en términos de algunas condiciones materiales básicas o de la composición y del balance de las fuerzas sociales, de sus formas de organización y de su expresión política. Por lo tanto, una estrategia de desarrollo regional debe ser internamente flexible, distinguiendo entre los objetivos de largo plazo y los objetivos y formas de acción posibles en cada coyuntura particular.

Desde este punto de vista, condiciones materiales y estructurales objetivamente distintas o caracterizaciones subjetivas diversas de una misma realidad, pueden sugerir líneas estratégicas también distintas, y aún una misma línea estratégica puede implicar formas de acción social muy diversas en distintas situaciones nacionales o en distintos momentos del desarrollo social de un mismo país.

Esta es una primera fuente de diferenciación entre estrategias alternativas.

¿Son las estrategias de desarrollo regional atribución exclusiva de los Estados? Si es así, ¿bajo qué condiciones se desarrollan?

Los “problemas regionales” aparecen bajo muy diversas formas, pero básicamente hay cuatro tipos de situaciones en las que, por lo general, esta problemática toma cuerpo en un sistema capitalista:


  1. Cuando la organización territorial resultante de los procesos históricos genera dificultades crecientes al proceso de acumulación nacional o internacional.

  2. Cuando dicha organización territorial produce situaciones graves de privación de las condiciones mínimas de subsistencia de importantes sectores sociales, localizados en regiones periféricas o en el interior de las grandes metrópolis, ya sea por su marginación de los medios para una producción independiente, o del mercado de trabajo, o por estar afectados por una distribución del ingreso que les impide obtener un nivel considerado socialmente como mínimo.

  3. Cuando por razones geopolíticas, la cuestión de la integración del estado se manifiesta como una cuestión de más firme integración de poblaciones periféricas al sistema nacional de control político.

  4. Cuando el proceso de acumulación requiere el aprovechamiento de recursos naturales ubicados en regiones periféricas, o la integración de un mercado nacional ampliado, o ambas cosas.

Salvo en situaciones excepcionales de anticipación de estas condiciones, la problemática regional se asume como una cuestión de Estado, cuando las mismas ya se han producido y desarrollado hasta el punto de manifestarse como situaciones conflictivas y como posible base de confrontaciones políticas, o cuando provocan crisis sectoriales o generales al proceso de acumulación.

Tales situaciones conflictivas surgen de que los denominados problemas regionales en general, no afectan de manera uniforme a los diversos sectores sociales, y a que generalmente lo que es problema para ciertos sectores constituye una ventaja para otros.



Sobre esta trama social contradictoria se hace imposible hablar de estrategias nacionales para el desarrollo regional sin especificar quién es el sujeto de tales estrategias.

Surge entonces una segunda fuente de diferenciación de las estrategias alternativas para el desarrollo regional. Con distintos objetivos de largo plazo, con distintos medios de acción, con distintas fuerzas sociales respaldándolos, diversos grupos económicos o diversos sectores sociales plantearán cursos de acción también diversos en grado variable. Así por ejemplo, el curso de acción propugnado por las compañías transnacionales de la agroindustria, difícilmente coincidirá con el que corresponde al campesinado, a cuya modificación y articulación especializada al mercado aspiran las primeras. Así también, la “cuestión regional” será visualizada de muy distinta manera por las empresas industriales orientadas al mercado interno, que por el capital comercializador de productos agrarios para la exportación. Y así siguiendo.



Por lo tanto, no existe una única estrategia óptima de desarrollo regional planteada para una sociedad abstracta sino que habrá predominancia de unas u otras estrategias en los planes del Estado en función de las condiciones estructurales y coyunturales sociopolíticas. Sin embargo, dentro de esta diversidad se pueden caracterizar las estrategias de desarrollo regional adoptadas en los regímenes capitalistas de América Latina, por ser en su gran mayoría, estrategias que responden a los intereses directos de los grupos económicos dominantes o a las necesidades de legitimación de su posición en la estructura del poder político o a ambas cosas. Dado que es característica de todo Estado la de presentarse como representante de toda la sociedad, no debe extrañar que en las declaraciones de objetivos de las políticas regionales aparezcan expresadas también las reivindicaciones de intereses de los sectores populares, como ingrediente para el mantenimiento de un cierto nivel de consenso. Estos mecanismos ideológicos son también parte funcional de las estrategias para la dominación.

Por otra parte, las políticas del Estado no pueden verse como un sistema monolítico y predeterminado que responde punto por punto a un curso de acción preestablecido por un sector social. Más bien son el resultado de la confrontación de fuerzas sociales con diversas estrategias más o menos formalizadas, donde las políticas formuladas van respondiendo al juego de fuerzas coyunturalmente definido. En tal sentido, es posible encontrar situaciones en las cuales se implementan políticas parciales que responden a los objetivos de sectores sociales no dominantes. Así, la evolución de las políticas territoriales debe verse como resultante no sólo de un avance en el conocimiento, o de cambios en las condiciones materiales internas o externas, sino también como resultado de la cambiante correlación de fuerzas de las clases sociales, de los diversos grupos económicos nacionales entre sí, y de éstos con los intereses del capital internacional y de otros estados nacionales.

Tanto para fines interpretativos como de la práctica misma de la planificación, se requiere una concepción teórica que integre estas relaciones. Un sistema teórico metodológico que deje fuera del análisis estas relaciones entre “lo político” y “las políticas”, no sólo no podrá identificar y caracterizar las estrategias de desarrollo regional, sino que impedirá una acción social eficazmente orientada. Por ello se hace necesario superar los paradigmas que han dominado este campo durante las últimas décadas.

En cuanto a las posibilidades para la acción dentro del Estado, que se derivan de esta visión de la problemática de la planificación regional en América Latina, pueden resumirse como sigue: si los objetivos declarados por los organismos encargados de la planificación regional apuntan en general a mejorar las condiciones de vida de las grandes mayorías sociales, una estrategia eficaz para su implementación sólo será viable sobre la base del apoyo de tales mayorías, organizadas como fuerza política autónoma (el paternalismo no es sustituto), habida cuenta de que ésta es una condición necesaria pero no suficiente. A partir de la base de que tales objetivos pueden ser contradictorios con las estrategias del capital internacional o de otros Estados, una adecuada correlación de fuerzas alrededor de un proyecto nacional es otra condición necesaria en las actuales condiciones de dependencia de nuestros países. Esta condición no es contradictoria con la anterior sino que la implica.



Por lo tanto, las condiciones de viabilidad de estrategias con tal tipo de objetivos requieren hoy de cambios sustantivos en las condiciones político-sociales de la mayoría de los países latinoamericanos para una completa implementación. Sin embargo, ante cambios coyunturales significativos, pueden esperarse avances parciales dentro de una línea estratégica orientada a lograr un verdadero desarrollo social; línea que, en cualquier caso, requiere de una organización popular consciente que la impulse, aprovechando las contradicciones del sistema imperante, en la certeza de que tal impulso sólo puede contribuir al desarrollo de las mismas contradicciones pero nunca a su superación dentro del mismo sistema.


1 Versión revisada y parcialmente ampliada de la ponencia presentada al Seminario Internacional sobre Estrategias Nacionales de Desarrollo Regional en América Latina (Bogotá, 17-22 de septiembre de 1979) organizado por el ILPES, el ISS (La Haya), el ILDIS y UNIADES.

2 Véase por ejemplo: Karl von Clausewitz: De la Guerra, México, Ed. Diógenes, 1973.

3 En este texto se utilizan los términos referidos a las formas espaciales de la siguiente manera: a) Configuración espacial: distribución de objetos físicos localizados o de sus movimientos sobre una superficie geométrica, estando los parámetros de tal distribución determinados en términos de la geometría adoptada (superficie plana euclidiana, superficie esférica, red, etc.); b) Configuración territorial: distribución de objetos físicos localizados o de sus movimientos sobre una superficie concreta (definida en el sentido geográfico del término). Al desaparecer aquí los supuestos propios de un sistema geométrico axiomático, surge el problema de la transformación de los parámetros definidos en términos de un espacio ideal a las condiciones reales de la superficie de referencia, donde la geometría pierde sus posibilidades de constituirse en una seudo-teoría del espacio concreto para ocupar su lugar de recurso formal abstracto, indispensable para incorporar las determinaciones cuantitativas al discurso teórico; c) Organización espacial: configuración espacial resultante de un “proceso”, sea éste “con sujeto” (como en el caso de la localización de medios de producción y del sistema de flujos resultante de acuerdo a un plan diseñado por un agente del proceso económico) o “sin sujeto” (haciendo con esta expresión referencia a los procesos no planificados como tales, resultado de redes de relaciones en cuyo interior pueden estar operando planes parciales, pero que en conjunto no pueden ser visualizados como planificados, como por ejemplo el caótico proceso de urbanización capitalista; a pesar de lo cual pueden establecerse leyes que regulan el desarrollo de estos procesos y su vinculación con las formas espaciales); d) Organización territorial: similar al concepto anterior, pero referido al territorio. Mientras que los conceptos a) y c) son pertinentes para un discurso teórico que hace abstracción de las determinaciones territoriales, los conceptos b) y d) se refieren a situaciones reales concretas que, aunque puedan ser encaradas teóricamente no se someten a la abstracción de sus determinaciones geográficas, las que, aunque reestructuradas por procesos sociales, no pueden ser reducidas a “lo social”.,

4 Para más detalles sobre las características de este espacio, véase J.L. Coraggio: “Posibilidades y dificultades de un análisis espacial contestatario”, DEMOGRAFÍA Y ECONOMÍA, Vol. XI, No. 2, 1977.

5 Véase, William Bunge, Theoretical Geography, Lund Studies, 1966.

6 Véase, Ervin Lazlo, The Systems View of the World, Braziller, 1972.

7 Sobre la cuestión véase, Karel Kosik, “Dialéctica de lo Concreto”, Grijalbo, 1976.

8 Véase Sylos Labini, Oligopolio y Progreso Técnico, Ed. Oikos.

9 Véase, James O’Connor, “Scientific and Ideological Elements in the Economic Theory of Government Policy”, en Science and Society, Vol. XX, No. 4, 1969.

10 Los puntos c) y d) se basan en parte en acápites de dos trabajos anteriores: J.L. Coraggio, “Las teorías de la organización espacial, la problemática de las desigualdades interregionales y los métodos de planificación regional”, ponencia presentada al Seminario sobre la Cuestión Regional en América Latina, México, abril de 1978; y J.L. Coraggio: “Sobre la problemática de la planificación regional en América Latina”, ponencia presentada a la Reunión de Expertos sobre los Problemas Urbanos y la Formación de Urbanistas en América Latina, organizada por la UNESCO en Cuzco, octubre de 1978, publicada en la revista de la Sociedad Interamericana de Planificación, Vol. 23, No. 52, diciembre 1979.

11 Sobre este tema véase, J.L. Coraggio: “Hacia una revisión de la teoría de los polos de desarrollo “. EURE, Vol. I, No.4, agosto 1972; y “Polarización, desarrollo e integración”, Revista de la Integración, No. 13, 1973.

12 Véase J.G. Williamson, “Regional Inequality and the Process of National Development: A description of the Patterns”, Economic Development and Cultural Change, Vol. 13, 1965.

13 Véase por ejemplo, Sergio Boisier, “Industrialización, urbanización, polarización: Hacia un enfoque unificado”, EURE, Vol. 11, No. 5, 1972; y R. Lausen, “On Growth Poles”, Urban Studies, Vol.6, No. 2, junio 1969.

14 Sobre éste tema, véase el segundo trabajo citado en nota 9.

15 ¡Cuántos listados de “factores de localización” obtenidos por vía de encuestas a los tomadores de decisión reflejan esta tendencia que intenta, por el camino incorrecto, superar las falencias de las teorías dominantes!

16 Aún así, este tipo de estudios supera en parte la cosificación que suele hacerse del problema regional, a la que haremos referencia más adelante, pues al menos intenta modificar la organización especifica de ciertas relaciones, aunque sean meramente las de mercado.

17 Para un ejemplo del apabullante ejercicio de organizar la información “necesaria” para el “control del desarrollo regional”, véase Tormod Hermansen, “Sistemas de información para el control del desarrollo regional”, Biblioteca de Capacitación y Documentación, No. 23, Santiago, 1971. Sin embargo, el mismo Hermansen da una clave para entender esta proliferación de “sistemas de información” (a la cual él contribuye en buena medida) cuando dice: “A fin de controlar un sistema del mundo real para el cual existe un cuerpo establecido de teorías y modelos, se necesita solamente una cantidad limitada de información sobre ese mundo real, mientras que se necesita mucha más para un sistema que está pobremente comprendido teóricamente…”

18 No está de más hacer observar que, aún en condiciones de información perfecta, si ésta fuera recabada al “estilo Manual de Samuelson”, de cualquier forma sería difícil anticipar el movimiento real del capital, pues se ignoran, en la misma teoría, determinaciones esenciales de tal movimiento.

19 Si se piensa que se exagera en nuestra caracterización del modo de pensamiento propio de las teorías dominantes, se sugiere la lectura de un clarísimo y no vergonzante exponente de estas concepciones: Robert Kuenne, Microeconomic Theory of the Market Mechanism, 1964.

20 Seminario sobre La Cuestión Regional en América Latina, Conclusiones Generales, SIAP-CLACSO, México, DF, abril de 1978.

21 Existen opiniones distintas, con las cuales no coincidimos, en el sentido de que, sin la incorporación del espacio como categoría, lo social no puede ser efectivamente comprendido teóricamente. En esta concepción se alinean corrientes tan dispares como la representada por Walter Isard, y la que expresan Henri Lefevre (La production de l’espace, Anthropos, 1974), y Ed. Soja (“Topian Marxism and Spatial Praxis: A Reconsideration of the Political Economy of Space”, ponencia presentada en la reunión de la AAG, Nueva Orleans, abril de 1 976).

22 Véase, Lizbeth Thismon Mañé, La teoría de los polos de desarrollo y su relación con las políticas de desarrollo regional en Venezuela. El caso de Ciudad Guayana, CEUR, Programa de Formación de Investigadores, Informe de Tesis, 1975.

23 Marco Negrón, “El desarrollo y las políticas regionales en Venezuela”, en J.L. Coraggio et al. (Comp.), La cuestión Regional en América Latina, (en prensa).

24 Alberto M. Federico, “Notas sobre la cuestión regional en Bolivia”, en J.L. Coraggio et al. (Comp.), op.cit.

25 Véase, Wilson Cano, “Questao regional e concentraçao industrial no Brasil 1930/ 1970”, Campinas (Mimeo), 1978. Véase también: “La cuestión regional en el Brasil (1860/1970)”, en J.L. Coraggio et al. (Comp.), op.cit.




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