Acerca del concepto de estrategias


LAS CONDICIONES DE UNA TEORÍA CIENTÍFICA DE LOS PROCESOS RELATIVOS A LA ORGANIZACIÓN TERRITORIAL



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LAS CONDICIONES DE UNA TEORÍA CIENTÍFICA DE LOS PROCESOS RELATIVOS A LA ORGANIZACIÓN TERRITORIAL

Creemos que en el momento actual, el sistema neoclásico-keynesiano de pensamiento, está siendo cuestionado por los mismos planificadores como paradigma teórico válido para encarar la problemática regional. Este cuestionamiento puede resultar directamente de la constatación de su inutilidad cada vez que se lo aplica para intentar enfrentar cuestiones regionales y fundar, sobre esa base, diagnósticos, políticas, estrategias. El peligro que esta manera pragmática de rechazar el mencionado sistema conlleva, es que se rehace junto con él, el rol de la teoría en general, sobre todo cuando durante muchos años tal sistema ha sido presentado como “la” respuesta teórica a los problemas regionales. Por otra parte, si bien la práctica técnica puede permitir apreciar descarnadamente la ineficacia de tales esquemas, es difícil construir sobre la misma, un sistema alternativo de organización misma. Es preciso pues, realizar la crítica del sistema dominante desde un sistema teórico alternativo. De hecho, al intentar destacar algunos de los principales problemas de estas teorías, está implícito un punto de vista alternativo que queremos ahora comenzar a explicitar. En lo que hace a la cuestión de la concepción del espacio, problema de dimensiones ontológicas pero que tiene repercusiones sobre la manera de elaborar las teorías, creemos que una teoría que no caiga ni en el formalismo geométrico ni en la cosificación del espacio (prácticamente igualándolo a la materia), debería apoyarse en la siguiente concepción: El espacio no es cosa, ni forma, sino categoría (condición de existencia) de lo físico. No existe fuera de las cosas y procesos naturales de los cuales es dimensión. Es constitutivo de las cosas pero no receptáculo, continente vacio de las mismas. La espacialidad de los objetos y los procesos físicos y biológicos sólo puede aprehenderse a partir del conocimiento de las leyes que los regulan. A su vez, estas leyes no pueden expresarse (esto es sobre todo claro en el campo de la física) sin hacer explícita referencia a los momentos de la espacialidad, por el carácter constitutivo del espacio respecto a los mencionados objetos. En cambio, en lo que hace a los procesos y objetos sociales, el espacio no es categoría en el mismo sentido, y su relación con lo social se plantea como indirecta, en tanto los procesos y relaciones sociales sólo se efectivizan sobre la base de soportes materiales de existencia física (los individuos o los elementos naturales involucrados). El hecho de que puedan aprehenderse las leyes fundamentales que rigen un sistema social, sin incorporar el espacio como categoría, es una muestra de esta caracterización21. Sin embargo, en tanto nos interesan no sólo los aspectos esenciales de las relaciones y las leyes más generales, sino también (y principalmente) las relaciones particulares establecidas entre sujetos y objetos concretos, de existencia no sólo social sino también física, la cuestión de la espacialidad (indirecta) de lo social cobra vigencia. El tratamiento de la espacialidad de los procesos sociales no se resuelve creando múltiples términos como “espacio económico”, “espacio político”, “distancia social”, “espacio simbólico”, etc., etc. La cuestión se nos antoja mucho más simple. Se trata de establecer, partiendo de una teoría adecuada de los procesos sociales y de su legalidad específica, cuál es la relación que se da entre dichos procesos y las formas espaciales discernibles que resultan de la localización, o del movimiento relativo, de sus soportes físicos. El análisis permitirá establecer si existen principios generales que vinculan ciertas relaciones sociales con ciertas formas espaciales, a partir de criterios de eficacia, de necesidad o de posibilidad. La racionalidad, funcionalidad o necesidad de determinadas configuraciones espaciales, será establecida a partir de una teoría de los procesos sociales de cuyos soportes son forma. Por supuesto que, si partimos de una concepción no armonicista de los sistemas sociales, podremos también encontrar contradicciones entre determinadas configuraciones territoriales, producto de procesos históricos, y las estructuras sociales vigentes, o inclusive entre las formas espaciales que una estructura actual está generando y sus mismos requerimientos objetivos, pero esto mismo será materia de explicación. Las configuraciones territoriales concretas de objetos de significación social serán analizadas a partir de las diversas espacialidades involucradas. La organización territorial de la producción, circulación material y consumo de una determinada cosa-mercancía por ejemplo, no deja de estar sujeta a su espacialidad física, en el sentido de que, como objeto físico, su localización y sus desplazamientos están sujetos a leyes físicas –por ejemplo, su desplazamiento territorial exige un gasto de energía, está limitado por la configuración territorial de otros objetos físicos que actúan obstaculizando (topografía) o facilitando (canales de transporte), su desplazamiento. Sin embargo, no le atañe la espacialidad física en el sentido de que, su posición relativa y sus desplazamientos respecto de otras mercancías u objetos físicos en general, esté regulada por los principios de la gravitación universal, como algunos modelistas han llegado a suponer absurdamente. Dentro de los límites a la localización, a la posición relativa, al desplazamiento, todo ello impuesto por su naturaleza física, actúa otro tipo de espacialidad, en tanto la mercancía es objeto social, regulado por leyes de la producción capitalista. Aunque físicamente podría desplazarse en un radio prácticamente ilimitado sobre la superficie terrestre (salvo limitaciones naturales como su perecibilidad, etc.), en cuanto objeto económico sus posibilidades de desplazamiento están limitadas adicionalmente por otro tipo de leyes. Así, podemos comenzar a encontrar una relación entre las leyes que regulan la producción y circulación de mercancías, y las configuraciones espaciales de los lugares de producción, de los ámbitos de circulación material (relación entre los lugares de producción y los de consumo), etc. De la misma manera, como objeto de propiedad jurídica, la mercancía puede estar limitada en su desplazamiento y localización por las leyes de tipo jurídico, que limitan el radio de acción de sus poseedores. Por ejemplo, la prohibición de exportar o de importar determinadas mercancías establecida por el poder estatal, puede limitar adicionalmente la espacialidad global de la mercancía. ¿Será necesario seguir ilustrando con otros ejemplos –para incorporar otras dimensiones, como la política o la cultural, u otros objetos, como los mismos individuos insertos en las relaciones sociales-, para demostrar que la espacialidad de las relaciones sociales es indirecta, a través de la espacialidad de los sujetos y objetos-soporte de dichas relaciones, y que esta capacidad sólo puede descifrarse a partir de un conocimiento científico de las leyes sociales mismas? (Decimos “a partir de” para expresar que el análisis de las formas espaciales no se halla siempre-ya-contenido en las teorías sociales, sino que debe incorporarse como objeto específico de análisis a la problemática social). Esta concepción implica asimismo que la concretización de las estructuras sociales, la particularización de las relaciones entre agentes, y entre éstos y los elementos naturales (mediados socialmente), está en parte condicionada por las configuraciones espaciales preexistentes de tales elementos, así como provoca modificaciones en las mismas. Si bien se pueden comprender las leyes del intercambio en un sistema capitalista sin ningún análisis espacial, para comprender cómos se estructuran los sistemas concretos de relaciones de intercambio, puede ser indispensable incorporar al análisis las determinaciones territoriales.

En cualquier caso, la espacialidad aparece como resultante de las formas sociales más que como algo asocial, a-histórico, natural, neutral y previo a lo social. La expresión, crecientemente utilizada, “producción del espacio”, apela a este sentido (aunque desde el punto de vista terminológico tal vez no sea la forma adecuada, en cuanto una lectura superficial permitiría recaer en una substancialización del espacio).

En lo que hace a la posibilidad de considerar a la geometría como “ciencia del espacio”, obviamente queda descartada en esta concepción, y sin embargo la geometría pasa a ocupar un lugar, como recurso formal-abstracto instrumental, para incorporar las determinaciones cuantitativas específicas de la espacialidad al discurso teórico o a las prácticas vinculadas a la problemática territorial.

Pero si existen efectivamente diferencias en cuanto a la concepción del espacio respecto a las teorías dominantes, éstas resultan cuestiones derivadas de las diferencias más fundamentales respecto a la concepción de los procesos sociales, de la totalidad social.

Algunas de estas diferencias son también de tipo ontológico. Así, pensamos que no puede ya aceptarse una equiparación del estatuto de las categorías propias del ser social con el de las categorías de lo natural. Mientras que éstas son concebidas como universales, a-históricas, las primeras deben ser consideradas como históricamente determinadas. No se puede ya pensar (o implícitamente suponer) que las categorías de ganancia, precio, salario, o el comportamiento maximizador, sean características inmanentes a lo humano y por tanto adecuadas para cualquier forma social. Las teorías neoclásicas eternizan las categorías propias de un sistema mercantil capitalista, no sólo al pretender extenderlas a cualquier situación social –e incluso a nuestro viejo amigo Robinson Crusoe-, sino también al no considerar como objeto de estudio los fundamentos mismos del capitalismo, su génesis y sus perspectivas históricamente acotadas en la historia de la humanidad. Por otra parte, no es que efectivamente realicen una elaborada teoría del régimen capitalista y simplemente ignoren otras formas de organización social, no solo del pasado sino actualmente existentes, sino que, al realizar una abstracción de los “elementos institucionales” y concentrarse en generalidades pretendidamente comunes a cualquier sistema (la asignación óptima de recursos limitados a fines múltiples, etc., etc.), no pueden determinar las leyes del propio sistema capitalista, ni siquiera captar las determinaciones esenciales del comportamiento de sus agentes.

En el mismo orden de cosas, tales teorías están impregnadas de una hipótesis también ontológica: la armonía, el equilibrio, es la norma. La pugna, el desequilibrio, son situaciones patológicas, externamente determinadas y siempre transitorias. Por tanto, no pueden apreciar a esta sociedad como una sociedad donde las contradicciones no sólo existen, sino que además su continua resolución produce el movimiento mismo del sistema, en un proceso que efectivamente puede visualizarse como de desarrollo de dichas contradicciones. Aceptar la contradicción como característica estructural, ya sería un punto de partida importante. Pero, adicionalmente, el análisis de las contradicciones del sistema capitalista implica admitir que hay distintos tipos de contradicciones, algunas de las cuales son antagónicas, y que no pueden resolverse dentro del mismo sistema del cual son constitutivas. El análisis objetivo de la expresión de estas contradicciones: conflictos, pugnas entre sectores sociales –definidos justamente a partir de su posición en la trama de contradicciones-, es requisito indispensable para no recaer en una visión apologética del sistema imperante.

El proceso de producción deja de aparecer como un intercambio natural y adquiere su verdadera condición social al centrarse el análisis en las formas de socialización del trabajo humano y, en particular, en la forma capitalista. Las relaciones sociales establecidas en el proceso de producción ocupan un lugar central. Asimismo, su naturaleza expoliadora, la relación de explotación (no en el sentido moralista sino como término científico que hace referencia a la apropiación de un valor no producido por los mecanismos propios de la relación capitalista con el trabajo asalariado), deja de estar oculta en la aparente igualación del estatuto de los “n-factores” de la producción. La naturaleza antagónica de esta relación se convierte en una de las bases de la explicación de las leyes específicas que regulan el sistema capitalista, su desarrollo y sus posibilidades de perduración. Otras contradicciones, entre fracciones del capital, ocupan también un lugar importante en el nuevo discurso teórico y son componente relevante de cualquier intento de comprender la problemática regional en una sociedad dominada por el modo capitalista de producción.

En lo que precede nos concentramos sobre relaciones de determinación predominantemente económica para facilitar la comparación con las teorías dominantes, pero sin duda, una teoría social que pretenda ser base para la explicación y para guiar la acción respecto a situaciones concretas y, por lo tanto complejas, no puede reducirse a lo económico. Así, las relaciones de poder, los procesos políticos, las instituciones y organizaciones cuya especificidad es predominantemente política, no pueden quedar afuera del análisis. Pero tampoco se trata de desarrollar una teoría independiente de lo político y luego adosarla a la correspondiente teoría económica. Lo político debe verse como presente en las prácticas concretas de los agentes sociales, en el seno de las instituciones aparentemente diversas. Así, en la fábrica, el despotismo del capitalista y sus representantes, al imponer las condiciones del proceso de trabajo, implica una relación de poder, una fuerza a la cual sólo puede oponerse otra fuerza de sentido contrario para frenar o moderar el impulso de la valorización del capital.

Entonces, las formas que adopte el proceso de producción capitalista, sus articulaciones, no serán vistas meramente como el resultado de los procesos de decisión de los agentes del capital, sino que deberán entenderse como resultado también de una lucha social, donde los trabajadores se van dando organizaciones y formas de contestación que también forman parte constitutiva pero contradictoria del capitalismo y de sus leyes de desarrollo. Por supuesto que, además de este tipo de consideraciones, el análisis de los aparatos del Estado capitalista, su conformación sobre la trama de intereses contradictorios de las diversas fracciones de las clases dominantes y de la necesidad de lograr consensos y alianzas –cuya dinámica no puede deducirse de la mera coyuntura económica y menos de la estructura correspondiente-, son objeto obligado de estudio para esta concepción que no reduce lo social a lo económico. Los sistemas ideológicos, las diversas maneras en que se da una ideología reactiva que contribuye a mantener el status quo, así como las ideologías activas que impulsan el desarrollo social, deben asimismo ser incluidas en el análisis y en la consideración de las alternativas estratégicas.

En resumen, dada la imposibilidad de agotar aquí, o de meramente enunciar todos los componentes de una teoría científica de la sociedad para la cual estamos intentando discutir la viabilidad de una estrategia para el desarrollo regional, cabe señalar lo siguiente: no puede plantearse una estrategia eficaz para transformar aspectos regionales de una sociedad, sin desprenderse de los sistemas ideológicos reactivos –ocultadores del movimiento real de estas estructuras sociales y de sus verdaderas posibilidades, que nos aparecen por detrás de las teorías específicas dedicadas a lo territorial o regional (neoclásicas, keynesianas, funcionalistas, etc.). Por lo tanto, quede esto claro, no estamos haciendo una denuncia ideológica o moralista de un sistema social que consideramos injusto, sino afirmando que estas características expresadas y muchas otras, no pueden ignorarse en aras de un pretendido apoliticismo o de una neutralidad de la “asesoría racional” a los agentes involucrados en las relaciones sociales. Si nuestra postura puede interpretarse como “ideológica” o “política”, será porque se la visualiza así desde otra posición ideológica o política. La estamos proponiendo simplemente como posición científica. En nada ayuda ocultar la existencia de piezas de la máquina que estamos estudiando porque están pintadas de amarillo o rojo indicando “peligro”. Si sobre esa concepción negadora de la realidad pretendemos manejar efectivamente la máquina, las probabilidades de que nos trituremos la mano son muy altas.



Las “bases teóricas de la planificación regional en América Latina” han sido inadecuadas para captar la verdadera naturaleza de los procesos sobre los cuales se pretende intervenir. Y esto debe ser revisado, no cambiando este o aquel supuesto en el modelo de localización, o sofisticando aún más la misma línea de pensamiento, o agregándole un capítulo político forjado en la misma filosofía, sino partiendo de su crítica, no para conservarla a ultranza, sino para refundar teóricamente este campo, aunque en el proceso quede poco del instrumental analítico y de las proposiciones concretas que han producido y, sin duda, nada del espíritu mistificador que infunden.

¿Qué decir ahora de la capacidad analítica del sistema alternativo y de sus posibilidades como guía para la acción?



Nuestras sociedades, donde se dan los “problemas regionales”, no son “economías de mercado”. Son sociedades complejas dominadas por el modo capitalista de producción, donde se dan otras formas articuladas de organización social, donde se estructuran procesos capitalistas de dominación que recurren a la figura de la democracia de tanto en tanto, pero que simultáneamente se apoyan en mecanismos que se basan en las relaciones personales, en el cacicazgo, en el compadrazgo, en las diferencias étnicas, en cuanta condición pueda ser favorable a tal estructura de dominación. Son sociedades doblemente contradictorias por esta naturaleza combinada de relaciones sociales diversas. Por otra parte, su posición en el sistema capitalista mundial no es cuestión marginal. Una teoría que se concentre en el análisis de las leyes del capital en general, mal podría avanzar algún conocimiento eficaz sobre las situaciones particulares de nuestros diversos países, sin incorporar las determinaciones derivadas de las relaciones internacionales o inter-capitalistas a escala mundial.

Una teoría no es un cúmulo de conocimiento que contiene en sí mismo todas las explicaciones, todas las respuestas a las más diversas cuestiones prácticas. Si fuera así, sólo nos restaría desarrollarla deductivamente, exprimiéndole sus contenidos siempre-ya-dados. Una teoría (como el mismísimo Milton Friedman admite en su Teoría de los Precios), es un sistema de categorías y conceptos que nos organizan el pensamiento respecto a los procesos reales, a las situaciones que debemos encarar en nuestras prácticas. Por lo tanto, lo que estamos proponiendo no es adoptar de una vez un conjunto dado de respuestas olvidadas o negadas por la ideología dominante, sino un procedimiento de ruptura y de recomienzo. Hay mucho por hacer. No se trata de cambiar de sistema teórico y, por mera deducción, ir produciendo proposiciones específicas relativas a nuestra cuestión regional. Por lo pronto, el cambio de sistema teórico implica reformular la problemática misma. Pero no de manera estática, definitiva, normativa, sino abriendo un nuevo juego de preguntas que el sistema dominante nos negaba el derecho a plantear o pensar siquiera. Comenzar así un proceso continuo que debe, apoyándose en las nuevas hipótesis, dedicarse fundamentalmente a la realización de investigaciones sobre situaciones particulares del pasado o del presente, sometiendo continuamente a contrastación aquellas hipótesis y las que de ellas puedan derivarse. No es cierto, como suele afirmarse, que el pensamiento neoclásico-keynesiano-funcionalista tenga “por lo menos” la virtud de tener sus manuales de técnicas de análisis, de métodos, y que la alternativa se limite a la denuncia, a la especulación y a la relectura de los grandes libros. Ser crítico implica serlo de la realidad, de las teorías dominantes, pero también de la propia teoría. El método no es algo desgajado y separable de la teoría. Un sistema categorial y conceptual es también un método. La manera en que se interpretan incluso los mismos datos, cambia con el enfoque teórico, y eso es método. El tipo de datos que se requieren para producir conocimiento sobre situaciones concretas y, eventualmente ascender a proposiciones más generales, depende del mismo sistema de conceptos que organiza la investigación. Nos han querido hacer creer que los métodos pueden tener un desarrollo independiente y neutral, y que simplemente los sistemas de pensamiento dominantes han ido acumulando un arsenal que es hoy el único disponible y el único apropiado para leer los datos también disponibles. Así, si nos plantean que hagamos un diagnóstico de la estructura industrial de un país, nos parece que inevitablemente tendremos que implementar la técnica del análisis de insumo-producto, ya sea mediante la ingente aplicación de recursos a calcular los “verdaderos” coeficientes, o mediante la cansadora elaboración de supuesto tras supuesto para inventarlos. Sin duda que tal análisis puede dar luz sobre algunos aspectos de la estructura industrial, pero desde el tipo de sectorización que se utiliza (basado en valores de uso o en tipo de procesos técnicos) hasta el tipo de relaciones que se consideran (compra-venta entre sectores), este recurso queda corto para aprehender los aspectos fundamentales del proceso de desarrollo (o no desarrollo) industrial de un país. No vale la pena entrar a discutir los supuestos de linealidad, etc., pues ello implica haber aceptado la problemática. Se trata, por ejemplo, de pensar si no sería mejor sectorizar (al menos adicionalmente) de otra manera: industria artesanal/industria fabril; capital nacional/capital extranjero; agricultura campesina/agricultura capitalista, etc.; o de investigar los mecanismos de apropiación de excedentes intra e intersectoriales. Nos preguntamos si no es fundamental identificar a los principales grupos de capital financiero que controlan las industrias y analizar el peso y el sentido de la intervención del sector púbico, todo esto para analizar la compleja malla de relaciones económico-ideológico-políticas entre estos sectores. Se trata de establecer las contradicciones de intereses entre diversas fracciones del capital y con respecto a otras formas de producción. Analizar los conflictos entre la clase obrera y quienes controlan los medios de producción. Analizar la conformación interna de esa clase obrera y asociar los procesos de reorganización de la industria con los de reorganización de la fuerza de trabajo. ¿Será que no tenemos instrumental técnico para encarar este tipo de cuestiones? Si estamos dispuestos a admitir la aplicación de los burdos coeficientes de localización o de los más burdos coeficientes de abastecimiento sobre bases informativas que además son no confiables, ¿por qué no podemos admitir la posibilidad de determinar grupos financieros a partir del análisis de los entrecruzamientos de los directorios de las principales sociedades anónimas? Si estamos dispuestos a trabajar con los datos censales, resultado de declaraciones que sabemos engañosas de los empresarios, ¿por qué no realizar un análisis de los documentos y declaraciones de las diversas corporaciones empresarias y sindicales para intentar establecer algunas de las contradicciones que los mismos agentes perciben como tales? La lista sería inagotable. Los instrumentos existen: se trata de plantearse las preguntas relevantes. Y ese es el rol de la teoría.

Se trata, básicamente, de no negar la naturaleza capitalista de estas sociedades. Pero esto no nos reduce a especular sobre las especificaciones espaciales de las leyes de la acumulación en el modo capitalista de producción, de la misma manera que la teoría económica espacial nos propone poner sub-índices y súper-índices a las variables neoclásicas puntuales, denotando ahora la posición espacial o el origen y destino de un flujo. La cuestión no es mecánica. Se trata de replantear la problemática regional a partir de una nueva tópica filosófica y teórica general.

Por lo pronto, partiendo del núcleo teórico conformado por una teoría de la reproducción del capital social –entendiendo como capital no una cosa sino una relación social y, por tanto, entendiendo por reproducción no solamente la de las condiciones materiales de la producción capitalista en el sentido usual, sino también la de las relaciones sociales capitalistas-, se nos organiza un marco teórico-metodológico en el interior del cual, nuevas cuestiones se incorporan como “temas pertinentes” y no son ya vistas como “cuestiones políticas ajenas al trabajo científico”. Entre otras: el desarrollo regional desigual; la división territorial del trabajo; las transferencias intersectoriales-interregionales de excedentes; las tendencias de movilidad territorial-sectorial de la fuerza de trabajo y de la población en general; las contradicciones de intereses entre fracciones de las clases dominantes con base regional; las contradicciones entre oligarquías regionales y el desarrollo-integración del mercado y del sistema político nacional promovido por el gran capital; las contradicciones y formas de articulación entre las comunidades de producción campesina y la producción capitalista; los procesos de mercantilización del campesinado y de su incorporación al mercado de trabajo asalariado; las formas de intervención del Estado para asegurar las condiciones de la producción capitalista que el mismo capital no puede resolver, tanto en lo que a medios de producción y circulación material se refiere, como en lo atinente a la reproducción de la fuerza de trabajo urbana y rural; la cuestión de las alianzas de clases alrededor de reivindicaciones de consumo colectivo; la cuestión del regionalismo como ideología para el consenso; la relación entre las formas que adoptan las luchas sociales y las tendencias de localización del capital fijo; el rol de la represión como “factor de localización”; la cuestión misma de por qué en determinadas coyunturas el Estado Nacional asume la problemática regional como una cuestión prioritaria: la percepción de que la cuestión regional no es meramente reductible a los términos de la configuración territorial de la producción, la circulación y el consumo, sino que incluye la cuestión de la apropiación del territorio como condición no reproducible de la producción, y a la generación de la renta como categoría (fundamental en algunos países) para comprender la evolución del proceso capitalista de acumulación nacional; las tendencias reales de localización por las necesidades de una lucha oligopólica en el seno de una crisis generalizada, y otras muchas.

1. Algunos ejemplos



Ante la misma situación real, dos teorías pueden producir interpretaciones muy distintas y sugerir vías de acción también diferentes.

En el documento presentado por Sergio Boisier a este seminario, se transcriben algunos análisis efectuados para el ILPES (en: Desarrollo regional y Desarrollo económico en América Latina, Documento CPRD-B/19,1977). Tomemos un caso: el de Ciudad Guayana. Allí se expresa enfáticamente que su desarrollo fue “determinado esencialmente, no por problemas de la región misma, sino por las necesidades de la economía venezolana como un todo”. Sería pues, un proyecto nacional, cuando en realidad se lo suele presentar como un proyecto regional. Esto no es así. Ha podido demostrarse fehacientemente22 que, si bien en su primera versión e intento de implementación fue un proyecto nacional destinado a sustituir las importaciones de tubos de acero para los ductos que requería el sector petrolero, posteriormente y a partir de un cambio de coyuntura política, se convirtió en un proyecto de ciertas fracciones del capital mundial (grupo Morgan, entre otros) y así fue implementado con la aquiescencia del Estado Nacional. Cuando por excepción se produce un caso en que la aparente decisión de un Estado Nacional de desarrollar zonas periféricas se cristaliza en impresionantes saltos en todos los indicadores –como es el caso de Ciudad Guayana en Venezuela-, un análisis objetivo muestra, sin lugar a dudas, que una cosa es la apariencia y el discurso ideológico, y otra los procesos de organización territorial de las fuerzas productivas, comandado por el capital a escala mundial. No es sólo cuestión de ver que muchos indicadores sociales muestran que Ciudad Guayana es una de las ciudades peor colocadas en lo que a condiciones de vida de la población trabajadora se refiere; que no se ha generado la ocupación esperada; que la integración de la región está más orientada al mercado mundial que al nacional, etc., sino de destacar cómo puede interpretarse falsamente el fenómeno del crecimiento en Ciudad Guayana si no se lo ve desde la perspectiva del proceso de acumulación a escala mundial. Ciudad Guayana surge de los requerimientos de materias primas allí localizadas por parte de ciertas fracciones del capital más concentrado a nivel mundial. El proyecto es comandado desde tales necesidades, incluso abiertamente a través del diseño inicial, por organismos de crédito internacional. La necesidad mencionada es tan grande y la preponderancia de los intereses de las multinacionales sobre el interés nacional tan clara, que se establecen mecanismos ad hoc por los cuales el proyecto puede ser manejado sin pasar por el control parlamentario (esto es visto por algunos planificadores, “frustrados” por la inacción de los políticos, como una virtud, pretendiendo extender este sistema de corporaciones regionales autónomas a otras regiones y países). De paso sea dicho, este caso ilustra sobre el error de extrapolar tendencias (a veces ni siquiera bien estudiadas), y afirmar por ejemplo, que el capital internacional propenderá crecientemente a la concentración de actividades en las principales ciudades a América Latina, mientras que, supuestamente, las burguesías nacionales tendrían intereses contrapuestos, dado que el desarrollo del mercado nacional es de su interés. Es tan falso asociar desarrollo del mercado nacional con desarrollo de las regiones periféricas, como suponer que el proceso de acumulación de capitales internacionales no puede interesarse en regiones agrícolas o en depósitos de minerales localizados excéntricamente. En una coyuntura mundial en que los mercados de materias primas están revolucionándose, seguir trabajando sobre esos supuestos es inaceptable. Como bien dice Marco Negrón:

“No debe sorprender el que la organización del espacio venezolano siga insistiendo, en las vísperas del siglo XXI, en el patrón conformado ya a fines del siglo XVIII con, en el mejor de los casos, modificaciones de carácter más bien marginal, motivadas por la eventual conveniencia de explorar recursos de localización periférica como es, justamente, el caso de Guayana.” Y prosigue: “Nuestro planteamiento, sin embargo, es que ello no es de ninguna manera suficiente para conformar un modelo de desarrollo substancialmente diferente al actual; por el contrario, si las transformaciones se limitan a los simples cambios en la ocupación del territorio en función de las necesidades de la acumulación capitalista, difícilmente ocurrirá otra cosa que la extensión hacia nuevas áreas de los mismos fenómenos de marginación social y económica, caos urbano, deterioro ambiental y depredación de los recursos naturales que hasta hoy han venido caracterizando a la sociedad venezolana en su actual conformación espacial23”.

Volviendo al documento citado más arriba, en el análisis del caso de Bolivia, se avanza respecto a lo que suele ser el “diagnóstico regional o espacial tipo”, pues se hace referencia a condiciones sociales, de tipo étnico, etc. También hay referencias al proyecto económico global, cuando se dice:

“La estrategia de desarrollo espacial y regional planteada en 1971 para el largo plazo, estaba enmarcada en la decisión global de superar rápidamente la fase de desarrollo hacia afuera y entrar en un proceso hacia adentro aprovechando el mercado potencial interno, que alcanza el 85 por ciento de la población… desarrollo industrial… capaz… de posibilitar una más amplia distribución del ingreso”.

Pero finalmente se queda en proposiciones acerca de:

“…la necesidad estratégica de lograr la integración de los subsistemas regionales en un todo nacional, eliminando las barreras sociales o culturales que la dificultan”.

¿Qué entenderá el analista de los planes regionales comentados, bajo “eliminación de las barreras sociales o culturales”?, ¿qué estrategia político-social tendrá en mente? Nada se dice. Por último, se termina refiriendo a los objetivos en términos espaciales prioritarios, es decir, ya no en términos de polos, sino de “ejes”; se plantean imágenes-objetivo espaciales, concluyéndose de manera optimista que “en el largo plazo, (las) zonas periféricas terminarán integrándose también al STF (Subsistema Territorial Fundamental)”. Veamos por otro lado, qué nos dice Alberto Federico sobre el caso boliviano, al referirse al “enfoque espacial como ideología”24.

“Para las clases dominantes que apostaron al desarrollo capitalista del oriente, desde 1969 se abrió otra oportunidad. Se trata del Acuerdo de Cartagena que les permitiría ‘completar’ los objetivos nunca plenamente alcanzados de promover una relativa industrialización, sin enfrentar grandes modificaciones estructurales en la economía interna. No se afirma su realidad y que sea viable concretarla, pero sí que a nivel ideológico ejerzan efectos como para cementar el bloque de poder para el actual período histórico y ayudar a subsumir los ‘conflictos’ de intereses regionales-locales.

La forma ideológica que adquiere, en las etapas actuales, combina el desarrollismo con la vieja estrategia de la ‘marcha hacia el oriente’ y una cierta concepción superficial de adopción del ‘modelo brasileño’. Consiste en asociarse para el ‘despegue’ con el capital monopólico extranjero, que ahora tendrá interés industrial en Bolivia, es decir, inducirlo a localizar algún aparato productivo en el territorio, ofreciéndole a cambio una puerta de entrada a mercados de los países andinos signatarios del acuerdo.

Como era de prever, la noción desarrollista se complementa con la del desarrollo polarizado, o mejor, de los polos de desarrollo. Esto ofrece la imagen de un ‘regionalismo desarrollista’ del cual, salvo excepciones, son simples variantes las estrategias de desarrollo regional, producto de la administración iniciada en 1971.

El carácter tardío de este desarrollismo implica la producción de bienes sofisticados, la introducción de tecnologías muy avanzadas y la localización de nuevos enclaves (que son los denominados polos) en gran parte de los centros urbanos importantes que están dotados para ello, cuando no crear ciudades nuevas para alojar los enclaves que puedan apetecer los recursos no ubicuos. El resultado de un proceso de este corte con orientación hacia las exportaciones y empresas mixtas, no puede ser otra cosa que una mayor concentración del ingreso (y no sólo ‘regional como dicen algunos documentos oficiales), incremento de la deuda externa hasta niveles asfixiantes (pues sólo siete de los proyectos y programas previstos superan en conjunto los 2100 millones de dólares de inversión en pocos años, sin contar con los apoyos de infraestructura económica y social requeridos), y de los saldos negativos de la balanza comercial como consecuencia de las importaciones de maquinarias y equipos, insumos y materias complementarias, así como de otros bienes, inducidos por la estructura de la demanda de consumo personal actual y sus proyecciones.

El ‘regionalismo desarrollista’ es una fantasía completa en los sectores dominantes pues parecen estar creyendo en la extensión de los efectos multiplicadores de la industrialización y de los polos, los que mágicamente empujarán transformaciones en el sector rural de la economía tradicional. Entienden que las relaciones sociales modernas de los enclaves, homogenizarán el resto del espacio más o menos rápidamente. Esta nueva experiencia puede ser viable, según la misma imagen, en las nuevas condiciones externas del mercado andino y el control que actualmente se ejerce sobre los sectores populares, esto es, ilusión ideológica sobre los campesinos y represión directa sobre los mineros y fabriles.

La eficacia de esta ideología es que se presenta como beneficiosa para todos. Los miembros de las fuerzas armadas, por su fuerte vocación industrialista, y los grupos y fracciones regionales de la burguesía y capas medias, pues esperan lograr dividendos del impacto localizado de nuevas inversiones. Respecto de los productores agrarios y campesinos, por el carácter no ‘disfuncional’ que todavía registran sus relaciones en las formas pre-capitalistas con el resto de la sociedad. Ello implica la hipótesis ya enunciada de que el campesino se comporta en forma política no diferenciada y culturalmente ello es posible por la persistencia de formas ideológicas del pasado entre los quechuas, aymaras y cholos, que ahora son reinscritas a través de instituciones más modernas. Sin embargo, se han limitado pero no superado los conflictos. De ellos son testimonio las movilizaciones y levantamientos campesinos, como el de Cochabamba en 1974”.

Se abusa del lector con esta larga transcripción para ilustrar la riqueza de un análisis basado en un sistema de pensamiento no apologético, y posibilitar una comparación con lo expuesto sobre Bolivia en el documento citado.

Dentro de la misma concepción de que la tópica correcta para interpretar los términos objetivos de la cuestión regional en América Latina, es la del proceso de acumulación de capital, Wilson Cano concluye, con referencia al fenómeno observado en Brasil –de que mientras efectivamente Sao Paulo ha incrementado su participación en el total de la industria nacional de un 41% en 1939, a un 58% en 1970; por su parte, la periferia ha ido incrementando su tasa de crecimiento industrial, de un 5.1% (1919-1939), pasando por un 6.2 (1939-1949), hasta un 7.2% (1949-1970)-:

“A partir de la institución de una política de incentivos fiscales para una gran parte de la periferia nacional, se pasa de una etapa más avanzada de la integración nacional, o sea del capital: se regionaliza la articulación del capital al polo. Visto desde otro ángulo, se concilian los intereses del gran capital del polo con los intereses capitalistas regionales. La cuestión crucial, por lo tanto, es explicar las distintas intensidades y ritmos de desenvolvimiento capitalista regional, o sea, la desigualdad espacial del desenvolvimiento capitalista en el Brasil. Esto, en síntesis, significa demostrar que el liderazgo del desarrollo capitalista, una vez obtenido (antes de 1930) tendió a acentuarse por razones referidas, antes que nada, a la dinámica del propio polo. En otros términos: ese liderazgo puede ser entendido por la creciente capacidad de acumulación del capital del polo, con una marcada introducción de progreso técnico y diversificación de su estructura productiva. Aún más: ese proceso de concentración industrial obedeció –según la buena doctrina- a la fría lógica capitalista de la localización industrial. Con la creciente expansión industrial del polo –que pasa a dirigir la acumulación a escala nacional- se fijan, en última instancia, los límites de la expansión del desarrollo periférico. Es decir: se bloquea la expansión industrial de otras regiones, en el sentido de que ‘veda caminos ya recorridos’. O sea, la periferia no puede ‘repetir’ el proceso histórico de desarrollo de San Pablo. Al mismo tiempo, entretanto, no suprime la expansión industrial periférica, por el contrario, la estimula fuertemente a través de la complementariedad polo-periferia, antes apenas en el ámbito de la agricultura periférica, hoy en la agricultura y también en el de la industria de las demás regiones.

Y prosigue:

“No se puede decir, por lo tanto, que no haya habido desarrollo capitalista en la periferia. Éste se ha dado y continúa expandiéndose…, tanto es así que subsiste hasta hoy en la periferia, la doble subordinación del capital industrial y del comercial, éste concurriendo acentuadamente para la perpetuación de la estructura política, social y económica, destacándose perversamente la estructura fundiaria. Por otro lado, este desarrollo capitalista periférico acentúa aún más el carácter ‘salvaje’ del desarrollo del capitalismo brasileño: la desigualdad social aparece aún más cruda, justamente en la periferia. Conducir la lucha política contra un supuesto ‘imperialismo paulista chupasangre’ es, como mínimo, oscurecer el carácter de las desigualdades regionales y principalmente sociales, determinadas por el desarrollo del capitalismo brasileño. Crea, por otra parte, la falsa y equivocada impresión de que el problema consiste en un ‘conflicto entre estados de la federación’, posible de solucionarse sin que sea necesario cambiar el carácter de la política económica y social global. Significa, más precisamente, no tener en cuenta el problema de la pobreza y de la miseria. Repito, no hay porqué blandir el arma contra la supuesta ‘explotación’ de Sao Pablo sobre la periferia; por el contrario, hacerlo contribuye solamente a la defensa de los intereses de las burguesías nacionales. Es necesario que se estudie lo obvio: los intereses de los asalariados de todo el Brasil deben ser solidarios, juntamente con los de los trabajadores rurales. En caso contrario, estaríamos aplicando, regionalmente, equivocadas tesis sobre el imperialismo mundial y acabaríamos diciendo el absurdo de que los obreros paulistas explotan a sus hermanos de la periferia…25”.

Los ejemplos podrían multiplicarse. Sólo se quiere dejar claro: primero, que se está proponiendo refundar teóricamente la problemática regional en América Latina con base en los lineamientos indicados en este artículo; segundo, que seguir este camino no sólo no deja huérfanos de sistemas analíticos y metodológicos, sino que proporciona una sólida alternativa sobre la cual ya se está avanzando con la ayuda –o a pesar- de los planificadores. Lo apuntado hasta aquí se refiere de manera fundamental a las condiciones de un conocimiento adecuado, de base científica, y a su necesidad para posibilitar cualquier intervención social eficaz en las cuestiones regionales. Pero esta redefinición no puede efectuarse sin modificar de manera sustancial el concepto de estrategia, a esto queremos referirnos ahora.

IV.




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