A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y luego toda nuestra vida se concentra en un instante



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Entropía


A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto,



y luego toda nuestra vida se concentra en un instante.”

Oscar Wilde



Está raro. No ha querido ducharse conmigo. Eso ciertamente es intrigante. Ahora él se baña solo. Jajaja, de repente se queda sin agua caliente. Aunque no creo, sigue saliendo humo. Le he preguntado qué le pasa pero no me ha dicho. Ya me lo dirá después, siempre me dice todo. Es una de las cosas que más me encanta de él: que sea transparente, auténtico. Me has abierto tu corazoncito, y yo te he abierto mi corazoncito y... ¡ay! ¡pero qué cursi soy! Ya no importa. Te amo, te amo, ¡te amo! grito, pero él no me escucha, o peor aún: no me quiere contestar. ¿Qué tienes mi amor? ¿Por qué estás todo raro? ¿Qué no ves que me muero por ti? Estos días han sido increíbles contigo. Me estiro sobre el colchón, me froto los ojos porque a pesar de sentirme limpiecita y fresca todavía tengo sueño. Recostada, ladeo la cabeza y noto que su celular también está tirado en la cama. Lo agarro, veo una foto mía en el fondo de pantalla. Qué bonita salgo. Qué suerte tienes, le digo a esa chica chaposa y sonriente que sostiene una bola de básquet bajo el brazo en la canchita de la uni y que mira al amor de su vida tomarle una foto con su nokia. Jajaja, siempre perdías tontito. He dejado de oír el chorro de agua. No va a tardar en vestirse y entonces vamos a salir al minimarket porque ya no hay huevos en la refri. La casa es un desastre afuera de este cuarto. ¡Rayos! ¡Me había olvidado! De un brinco me pongo de pie, dejo el nokia en la cama, camino de puntitas hasta el escritorio y saco la carta del cajón. Sobre la silla está su jean limpio. Casi no lo ha usado; ahora que lo pienso, yo tampoco he usado mucho la ropa; ay mi amor, tu y tus ideas locas de subir la... ¡Rayos! ¡Tengo que apurarme! El jean limpio, tiento un bolsillo, meto la cartita antes de que se abra la puerta del baño y me descubra.
Hacemos cola en la caja 5 de Plaza Vea no porque Sofía esté embarazada o seamos discapacitados como lee el cartel, sino porque es la que tiene la fila más corta del supermercado. Al lado están los carriles que permiten la entrada de los carritos de compras, con los sensores de luz que abren los topes metálicos. Tres carriles permiten entrar, uno salir, y si intentas ir en la dirección contraria el sensor no te detecta, y bueno, te chocas contra el tope metálico. Pero nadie es tan estúpido como para ir en la dirección contraria. Ese niñito que está jugando a que los topes metálicos lo detecten y se abran, por ejemplo, no es estúpido; dudo mucho, eso sí, que entienda las implicaciones de que los topes estén marcados de verde por un lado y de rojo al reverso. Hasta el momento, en todas la vueltas que ha dado ha entrado siempre por los que efectivamente permiten entrar, y ha salido por el único que permite salir. Míralo le digo a Sofía, ojalá se equivoque. Qué malo eres me reprime, toda tierna e inocente como le encanta mostrarse, como me encanta que se muestre, como le encanta que me encante que sea. Entonces el niño, debe tener unos cuatro años, comete el delicioso error de salir por uno de los carriles de entrada. Observo la escena maravillado, saboreando lo que está a punto de ocurrir. Avanza, avanza, corre con todas sus fuerzas para que el mágico tope de metal brillante se abra una vez más antes que él lo alcance y... se estrella. El sonido que produce es más fuerte de lo que yo esperaba, y el niño cae atontado, los brazos abiertos. Me estoy muriendo de risa. La linda de Sofía también se ríe; se agarra el estómago, respira agitada, intenta no reírse pero sé que no puede evitarlo. Una mujer se acerca a auxiliar al accidentado y nos lanza una mirada severa. Un poco avergonzados, porque el niño ha empezado a llorar y nos da pena, pero todavía animados, pagamos la boleta en la caja 5 cuando nos llega el turno y nos vamos. Camino a la esquina de la de Lima, abrazados, en esa clase de tarde en la que soplas y puedes ver tu aliento convertido en vapor unos segundos, Sofía me confiesa que quiere vivir mil años. ¿Tan poquito?, le pregunto. Tienes razón. Quiero vivir para siempre. Su cachete se siente tibio cuando le doy un beso; está usando la casaca verde que le regalé, esa que abriga bastante. ¿Conmigo?, le sigo el juego. Luego de una pausa ella contesta, dudando: ¿quién sabe? Tal vez me aburro de ti. Seguimos caminando, bajamos por las escaleras eléctricas frente al bowling. Sí, tal vez me aburro, repite y me palpa los bíceps con cariño, además siempre me prometes que vas a ir al gimnasio y nunca lo haces. Flojo. Yo sonrío y contesto mujer de poca fe, ya verás cuando esté todo inflado y musculoso. Salimos del Jockey, cruzamos la pista y nos detenemos frente a una señora que vende dulces y cigarros sentada en el piso. Cerca, dos niños igual de harapientos juegan embobados en su mundito de sueños imposibles; pienso que son imposibles porque estoy seguro que nunca se van a cumplir. Tome señora, está llena de panes, le dice Sofía, que se ha agachado y le está regalando una de las bolsas que acabamos de comprar. El pan caramanduca de Plaza Vea es realmente bueno. Le hubieras pasado el francés, le digo bromeando cuando ha terminado la transacción y cruzamos la pista de vuelta, pero es una broma tonta porque sé que antes de entrar al Jockey va a deshacerse también de la segunda bolsa.

Entonces... ¿la libertad es una ilusión? Eso creo, respondo. Ella sonríe, levanta las cejas: ¿adiós voluntad, adiós libre albedrío? Silencio. Saca otro milkyway de su cómoda. El universo es un sistema lleno de elementos que interactúan entre sí. La ciencia pretende medirlos. El koala que lanzaste antes describió una curva hasta la alfombra. Por la física sabemos que la gravedad, que su masa, que la resistencia del aire, que el vector de la fuerza con que lo lanzaste, etecé... que todos estos factores influían en su movimiento. El determinismo no solo se extiende a la cultura, a los movimientos e impulsos sociales, creo que también abarca a cada individuo: somos la suma de vivencias. Es como en los deportes: un jugador de básquet, un tensita, un futbolista, ellos manejan montones de variables, incluso no podrían decirte cuáles exactamente, pero logran predecir a dónde va a ir la bola, logran armonizar con el entorno, con la física. Nuestros pensamientos, nuestros deseos y sueños, ¿son algo más que impulsos eléctricos? ¿algo más que reacciones químicas? Ochalá, ¿ño mi villa? Se supone que me voy a ir acostumbrando a verla desnuda. Pero ahora no puedo dejar de maravillarme con su piel, con la forma de su cuerpo, con su ombliguito, con sus respuestas tiernas... el chocolate que estás comiendo, por ejemplo, siempre he oído que tiene alguno de los químicos que producimos cuando estamos enamorados. Sus cachetes se inflan con su lengua que recorre el interior, entrecierra los párpados. Todo lo que va a pasar va a pasar, concluyo, y wow, suena tan poco profundo; Sofía, sin embargo, entiende a qué me refiero y me complementa: pello chomo nallie shabe llo ke va a pasharñ, traga la masa de chocolate y miel, nos parece que elegimos entre uno u otro futuro, que tenemos esa capacidad de elección. Veo la hora en el reloj de pared: 6 y 24 pm.
Todo me da vueltas, enfoco su rostro, es bello, es varonil, me abre la blusa crema presionándome contra el colchón, nos tocamos y siento su cuerpo musculoso, me gusta frotarlo y todo me da vueltas, es chistosa la clase de cosas que una piensa en momentos así, ideas locas que se te vienen un día y que parecen explicarlo todo, cuál es el significado de la vida a qué venimos al mundo qué hago aquí respirando frotándome con él en la casa de playa procesando aire del que obtengo el oxígeno que hace combustión en mis entrañas y mueve mi brazo que le arranca el polo, que a la vez mueve su cuerpo sobre el mío mueve su mano allá abajo y me estremezco y sudo y todo me da vueltas, los átomos chocan y estallan y conforman el universo propulsando los soles que propulsan las plantas que propulsan a los animales que corren y comen y mueren y se convierten en hamburguesas Bembos con queso extra o pizzas familiares knock knock alguien está tocando la puerta de la habitación, pizzas familiares o empanadas me encantan las empanadas Nicola siempre me invita sus empanadas creo que le molesta que le pida pero igual me sonríe y me deja morderlas, todo gira y yo enfoco su rostro nos frotamos y es riquísimo, knock knock a él no le importa que toquen la puerta y a mí tampoco me interesa, te amo Nicola te amo tanto me arranca el sostén enfoco las maderas del techo, se retuercen en tonalidades azules y amarillas me reflejan, me gusta sentirlo entre mis piernas me gusta me gusta y voy a explotar, se abren las maderas del techo se desintegran en verdes y en café y en morado, veo una cruz en un monte rosa veo un árbol gris, veo un bosque ardiendo y a Pinocho tomando un milshake de berenjena knock knock knock knock veo una guitarra hecha de zanahorias y Nicola aprende con ella, no aguanto la risa deseo partirme y perderme y expandirme como un gran gas, knock knock knock knock knock knock, el gran gas Sofía un conglomerado de partículas que crecen e invaden el cuarto, veo un tronco viviente con rostro humano en un río te amo Nicola un bosque inundado y una cruz en un monte de canela y veo las maderas del techo en azul y amarillo, todo me da vueltas y él sonríe y me gusta sentirlo el gas Sofía Pinocho toma su milshake me expando y me expando el tronco continúa hasta la cascada de leche e invado la habitación voy a explotar el bosque arde de nuevo nos tocamos y me gusta la guitarra naranja recibe un mordisco me baja el calzón.
Nicola despertó a un pie que sobresalía de la sábana. Al otro extremo de la cama, ese pie le sirvió de ancla existencial. Lentamente, aquel ancla fue extrayendo un universo de sombras, colores tenues y sensaciones aletargadas. El pie, origen indiscutible de este pequeño cosmos, introdujo una pierna, y la pierna trajo consigo un torso que formó parte del cuerpo de Sofía. En unas horas ella va a despertar diciéndole algo hermoso, algo como te amo, anda tráeme leche y unas tostadas con mermelada, un cierra los ojitos otra vez que me encanta verte todo tierno dormido aunque jajaja siempre la tienes parada a esta hora, o un sabes, este es el momento más feliz de mi vida y te lo debo a ti, ahora puedes pedirme lo que quieras, soy tu esclava incondicional por 15 minutos y él no sabe qué le va a contestar porque está demasiado confundido desde lo que pasó anteayer afuera del minimarket. Durante meses había andado tras Sofía, fascinado por el ir y venir de su cabello rojizo con el viento de los pasillos de la universidad, su caminar pausado y angelical, y por la manera que tenía de morderse el labio inferior en las clases de lengua y mate básica siempre que el monólogo de los profesores se volvía demasiado abstracto. Recuerda la vez almorzando en la cafetería en que le dijo lo sexy que se veía al hacerlo y ella le respondió moviendo una mano y doblando los dedos como una gatita, entornando sus ojos almendrados y haciendo un miau miau antes de romper a carcajadas. Esta madrugada Nicola es dueño de esos ojos almendrados, de esos labios gorditos que se mecen sobre su hombro con la respiración de Sofía que sueña, y del sentido del humor bizarro y quizá perfecto de esta joven tan guapa que está perdidamente enamorada de él. Es dueño de todas esas cosas que fue ganando a base de tardes de invierno en las que fue feliz e hizo feliz a Sofía; le arrancaba sonrisas diciéndole cosas lindas e ingeniosas con la promesa de despertar cada mañana sabiendo que su estrella polar, dos pupilas verdes y una naricita que termina como en punta, le iluminaría dejando que la orbite a su gusto. En retrospectiva, ahora vivía en ese trocito de cielo con el que tanto había fantaseado. Solo tiene que extender la mano y palparlo, arrimar las sábanas y deleitarse con las suaves curvas de Sofía, con su piel cálida y con la ternura con que lo abraza y le confía su sueño. Algo tan fácil, tan lógico y hermoso, y sin embargo imposible en las presentes circunstancias, en este despertar a una madrugada que en verdad no es un despertar sino una continuación de la pesadilla que ha vivido los últimos días, donde todo rastro de la magia que solía envolver su trocito de cielo amenaza con desaparecer.

Como de costumbre la parrillada de su papá estuvo sabrosa. También como de costumbre le dio sueño luego de almorzar, pero hizo el esfuerzo de caminar quince minutos de la mano de Sofía hasta un lugar en el bosque donde pudiera besarle el cuello. Y le está besando el cuello y pensando cómo va a pedirle que también se lo bese de vez en cuando a él porque parece que se siente demasiado chévere, sobretodo cuando ella empieza a respirar más agitadamente y a suspirar y él frena y ella ¿por qué paras? y él ¿tanto te gusta? y ella si, no pares; y está haciendo eso cuando sin pensarlo, de genuina casualidad, frota el trasero de Sofía con la mano. Ella no se queja, así que él se anima y lo vuelve a frotar, ahora con determinación, usando ambas manos, apretando ligeramente. Deja en paz mi trasero le ordena ella. Él se detiene un momento, la mira a los ojos, comprueba que también sonríe y contesta pero está rico y le sigue besando el cuello, ahora con más intensidad para hacerla ceder. Hey, saca las manos de mi trasero y lo aparta tranquila y pudorosa y Nicola piensa que ha desperdiciado diecisiete años de su vida porque nunca antes tuvo un trasero que apretar. Pone cara de niño que quiere su chupetín de vuelta y dime la verdad, ¿en serio te molesta? Ella se queda en silencio y él insiste porque en verdad me gusta mucho, y si te da igual... Entonces Nicola hace un puchero y Sofía se ríe y le dice eres un mañoso y él mira lo lindo que es, todo redondito, debes estar feliz con tu trasero y así arrodillados empieza a girar y a mirárselo con detenimiento y ella ríe más aunque está tratando con todas sus fuerzas de ponerse seria. Pero es mío, ¡mío! dice con voz de niñita y Nicola la besa en el cuello y en los labios y en el cuello y en los labios y ella se relaja y Nicola es feliz con sus manos en el trasero de Sofía.



Déjame ver, déjame ver resuenan las palabras en la cabeza de Nicola, en el recuerdo de la gran esfera de plástico, del liquid-paper, del beso. Ahora deja la cama, se abriga con la bata y sale al balcón, a los vientos fríos y salados de las playas del sur de Lima en madrugada. Tengo que recuperar la magia de esa tarde en el juego infantil, piensa. Sabe que su estrella polar de ojos verdes se está apagando a pocos metros, que con ella fue feliz como nunca antes había sido en su vida, y le duele ver morir ese fulgor que emana entre las sábanas porque es un canalla y un miserable.

Defíneme el amor, Nicola. Siempre hace sol en Chosica, sobretodo cuando es invierno y el cielo de Lima está nublado. El amor es, comienza y en verdad no cree poder resumirlo en una frase pero está seguro que es algo que siente por esta joven que saca buenas notas en matemáticas, en redacción y en verdad en todos los cursos, y que entiende sus bromas un poco extrañas y que tiene un lado puro e infantil pero también un lado de adolescente arrecha que comparte con él los domingos como este y los martes que el cine es dos por uno y nadie los puede ver porque las luces están apagadas. No sabes cuánto me fascina tu cabello rojo, piensa, y le dice no sabes cuánto me fascina tu cabello rojo y la forma en que me estás mirando ahora. Te amo, susurra ella y se abrazan entre los árboles alejados de los restaurantes, las piscinas, las canchas de tenis y los puestos de helados, y él se da cuenta que... desde que te conozco no ha habido un momento en que no me parezcas hermosa. Ella sonríe, dice cosas tan lindas este chico, y en voz alta: Okey Nicola, te voy a besar el cuello todo lo que quieras. Él está inspirado y sigue ahí tienes tu respuesta: estar enamorado de alguien es sentirte fascinado por esa persona todo el tiempo, incluso cuando se ve mal o actúa de formas estúpidas o le pasan cosas vergonzosas, como esa vez en que comiste frambuesas y te salió esta alergia en... hey, shh ...y no parabas de rascarte, o la vez en que tomaste un montón de gaseosa y estuviste eructando toda la noche hasta que fui a dejarte a casa y nos despedimos y entonces también eructaste en medio del beso de despe... ¡cállate Nicola! ...o ahora mismo que estás toda despeinada y llena de pasto, voy a tener que sacarte hojas de la cabeza y de la ropa cuando nos paremos; nada de esto importa, igual te ves hermosa, igual siento cosquillas acá en la barriga cuando estoy contigo y no puedo pensar bien y hablo todas estas bobadas sin parar y me vuelves loco, completamente loco... Solo lo dices porque quieres apretarme las nalgas. No... bueno sí, pero no, tu sabes que es en serio, y ve unas hojas en la cabeza de Sofía, se las saca y le sonríe: muy en serio.

Rompen las olas distantes y el sonido invade a la noche, al balcón y a Nicola que sufre a causa del remordimiento y la hipocresía. Desea con todas sus fuerzas volver a la habitación y enterrarse en el amor de esa joven que lo quiere tanto, darle un beso en el cachete, en las manos de dedos largos, en la espalda. Antes, sin embargo, tendría que acabar con esta mentira que le está matando, que está devorando las sonrisas y los momentos felices; el problema es que no sabe si luego de la verdad va a quedar Sofía para que la bese en la mejilla, en las manos de dedos largos o en la espalda. Eso, precisamente eso, le aterra: la inexorable proximidad del adiós.



Todo tiende al caos, así que no te sientas tan culpable por mirarlo como el pervertido que eres, se dice y dobla en la esquina inclinando la bicicleta. Está acompañando al minimarket a Daniela y, mientras la sigue porque no sabe dónde queda la tienda pero sobretodo porque le gusta verla montando la Bianchi roja de 21 velocidades y asiento deliciosamente alto, recuerda cómo en el desayuno se le derramó la leche chocolateada al momento de servirla cuando su virginal guía cruzó la sala en ropa interior y camisón semitransparente; todo tiende al caos, estamos inevitablemente jodidos, no te sientas tan culpable, se repite. Mi primo me ha contado que no tomas, le comenta Daniela en la sección de trago. Efectivamente, no me gusta el alcohol, pero me encanta la crema chantillí y la mermelada, sobretodo si las uso para embadurnar a una chica linda y encima la salpico con chips de chocolate, ¿te animas?, piensa pero ahoga su fantasía y contesta no, siempre pido agua sin gas y sin helar, es más, ahorita me vas a ayudar a encontrar las botellas San Antonio para el fin de semana. Ella termina de llenar las bolsas con vodka y ron, y lo mira con los ojos bien abiertos y le dice no puedo creer que seas amigo de Esteban, eres abstemio, y prolonga ese aaabsteeemiooo; debe pensar además y si eres abstemio entonces tampoco debes consumir drogas, esas que van a llenar la casa el fin de semana, solo tu agua mineral de chico sano, ¿cómo puedes llevarte con mi primo?, y Nicola mentalmente tal vez porque a mí sí me importa cuando me habla de sus problemas, de cómo le duele que su papá lo dejara a él y a su madre cuando era pequeño, y que tiene miedo como cualquiera de no llegar a ser alguien en la vida; creo que por eso tu primo se emborracha y empezó a fumar marihuana. Para su sorpresa, porque las ideas han surcado su mente en silencio, los ojos bien abiertos de Daniela empiezan a llenarse de lágrimas, y de pronto lo abraza y lo aprieta fuerte y le dice en verdad yo sé por qué se lleva tan bien contigo y siempre me habla de ti, es porque te admira, y por eso no lo puedes dejar ¿ya?, porque de repente con el tiempo aprende a ser tranquilo como tú con tus botellas de agua San Antonio, y él está bien, tranquila, Esteban es mi amigo y nada va a cambiar eso. A la salida del minimarket, cargando además de su mochila la de Daniela llena de alcohol, se ha puesto a calcular que entre lo que costó el Absolut y la tequila había suficiente dinero como para alimentar por un mes a unos cinco niños pobres, de esos que piden limosna en el puente de la Universidad de Lima donde los líderes del mañana reciben su educación todos los días y todos los días se tiran la mesada en los bares disfrazados de cevichería que están en la esquina. Todo tiende al caos, estamos jodidos y es inevitable, carga con el mes de alimentos que los niños pobres nunca van a recibir y que no les va a durar a tus patas ni dos noches. Se siente gris como el atardecer, y en las calles de casas blancas, bonitas y vacías se percata de que los postes aún siguen apagados; pero Sofía le viene a la mente, la ve tomando una siesta en el cuarto y la imagina soñando con él; está abrazando la almohada, inocente, tranquila, y la tibieza de esa imagen hace que su mundo recobre un poco de sentido. Coge la bicicleta y Daniela se apresura y se monta en la Bianchi roja al lado, y Nicola nota que lo mira con dulzura. Él le devuelve la mirada y piensa un poco preocupado que no importa cuánto ame a Sofía, le es imposible no mirar con deseo a la prima de Esteban con sus cejas pobladas y su boca coqueta aunque de labios finos, no gruesos y carnosos como los de tu enamorada, se dice, tu enamorada que te quiere y que este fin de semana se va a acostar contigo, y va a ser una primera vez perfecta para los dos así que ni se te ocurra hacer una tontería con la linda de Daniela, y ahora de regreso tú vas primero para que no sucumbas a la tentación, que tampoco estás hecho de piedra. Toma el manubrio y está a punto de subir a la bicicleta y volver al cuarto, a Sofía y al paraíso que pasó meses construyendo, pero vacila un instante y la chica de la Bianchi suelta tres palabras que anuncian la destrucción de su mundo: Nicola, me encantas. Y tras decirlo Daniela le ha tomado la mano del timón y, con la otra, le ha volteado el rostro y le ha acercado los labios y le ha metido la lengua. Mientras responde al frotamiento circular con la suya, piensa ¿qué coño le has hablado de mí a tu prima, Esteban?, pero no sabe si está molesto o divertido, porque tiene que admitir que sentirse deseado por una chica como Daniela es reconfortante y que el contacto con su lengua es placentero; no, no está molesto ni divertido, más bien término medio y honestamente curioso. Sin embargo, al cabo de unos segundos, cuando el beso termina y pedalean de vuelta, empieza su infierno. Eres una mierda, se dice, te ha gustado y por eso eres una mierda. Sabías que esto la haría sufrir y aún así lo has hecho. Sofía te adora, eres una basura. Se hace la dormida. Nicola considera casi un arte el distinguir entre la inconsciencia fingida y la real de Sofía. Atribuye su éxito a todas las siestas que han compartido los últimos meses; los ositos y patitos de Sofía eran desplazados de la colcha para hacerle espacio a Nicola, cabeceaban bastante en los cubículos de la UPC, y él siempre lograba soñar junto a ella entre los bosques crepusculares de Chosica. Ten más cuidado cuando uses mi bata, la has dejado en el suelo. Sofía abre los ojos, sonríe y se incorpora en la cama. Está usando el bikini azul que se ha vuelto su pijama oficial; es oficial porque cuando llegaron Nicola puso la calefacción al máximo y negoció los desayunos y los lonches a cambio de que ella lo usara cuando estuvieran solos; el bikini rojo, naturalmente, también vale. ¡Me trajiste el lonchecito! exclama. En el azafate está la leche fresca y las tostadas con mermelada, todo comprado hace media hora en el minimarket en frente del cual le acaba de ser infiel. Ella mira el vasito de leche y el contenido del plato, frunce los labios, los relaja y lo mira con ternura. Ven mi amor, come conmigo. Nicola recoge la bata, la pone en la silla: ya, pero primero tengo que ir al baño, cierra la puerta nervioso y se mira en el espejo. ¿Son tiempos difíciles para los soñadores? Son tiempos difíciles y listo, no todo se resuelve como en las pelas francesas, como en Amélie, eres una mierda.

Se ha quedado masticando esa proximidad inexorable del adiós y ha decidido que tiene mucho mejor sabor que el seguir mintiéndole a su chica de ojos verdes. No se soporta a sí mismo y al menos luego de decirle la verdad va a tener paz; ¿quién sabe?, incluso puede que me perdone con el tiempo, aunque es poco probable porque demasiados chicos en la universidad andan detrás de ella, de su mirada inteligente y su cabello rojo. Cree ver que la madrugada está terminando; sí, definitivamente amanece. Mete las manos en los bolsillos de la bata y decide quedarse unos minutos más a ver a los pocos que salen de las casas a hacer jogging.



No te olvides de hablar con Esteban se dice mientras corre a toda velocidad por la calle C donde le ha dejado el micro y se acuerda de los veranos que pasó haciendo atletismo y haciendo también ojitos a las chicas del Villa María con sus shorts verdes. Soy un desastre, otra vez voy a llegar tardísimo a mate y el profe me va a mirar mal. Por primera vez ha perdido contra el chino jugando al bowling. Encima su amigo ha marcado un record y le han tomado una foto que van a poner en la pantalla sobre la pista, con un cartel y su nombre. Y ahora vas a llegar sudado a la clase, que además vas a interrumpir y Sofía ni te va a mirar pero si lo hace no le va a gustar tu pelo desarreglado, tu rostro compungido y tu respiración acelerada, porque no es una ninfómana como tanto querrías que fuera, no es como tú que sí te gustaba ver a las chicas de shortcito verde en ese estado, agitadas, exhaustas, estirándose en poses excitantes y divertidas que te daban ganas de... Su carné, le ha interrumpido el guardia en la entrada. Lo muestra, sonríe, balbucea un gracias pero piensa que sería capaz de comprarle un almuerzo en la pollería de enfrente cualquier día de estos con tal de que se acuerde de su rostro y no tener que detenerse nunca más a mostrarle su estúpido carné que tiene que cuidar como oro, o mejor dicho como los veintitantos soles que la rentabilísima UPC le va a cobrar si lo pierde. Continúa apurado, dobla, sube las escaleras, decide pasar por el baño del edificio B para enjuagarse y secarse lo posible, pero se arrepiente una vez abre la puerta, hubiera ido a los de la cafetería: por alguna razón que no ha alcanzado a descifrar aún los servicios higiénicos del B son los más apestosos de la universidad. Al salir, aliviado por el aire fresco, comprueba con el nokia que solo queda media hora de clase y que ya no tiene sentido asistir, solo al final para recoger tu examen y hacer lo otro, y empieza a caminar sin rumbo por los pabellones, que en verdad son pocos y son cortos porque la uni es chiquita. Sigue con el nokia en la mano y ahora dedica unos segundos a mirar la foto de Avril Lavigne que ha puesto como fondo de pantalla. Lo siento Avril, pero si todo sale bien te voy a cambiar por Sofía muy pronto. Lo ha dicho en voz baja, para sus adentros pero también como una declaración al mundo, como una prueba de su coraje y su valía que en realidad deben ser nulas porque sabe que la razón de su derrota contra el chino esa tarde se debió más que nada a que está que se muere de los nervios y la inseguridad: se ha trazado el objetivo de pedirle el teléfono a Sofía y de invitarla al cine a la salida de la clase. ¿Tranquilo, Nico?, es Esteban que se ha cruzado bajando las escaleras, y que lo saluda con una palmada en la espalda y un apretón de manos. Todo bien, le contesta, más nervioso que la conch, pero todo bien, y ha olvidado lo que tenía que hablar con él porque tiene la cabeza ocupada en su encuentro cercano del tipo me gustas, dame bola. Hoy es el gran día, continúa Esteban, pero abandona rápido el tema porque ve la ansiedad en el rostro de su amigo. Van a parar a la cafetería, Nicola se compra unas galletas ritz con queso y se sientan en una de las mesas de plástico todavía sucia con restos de algún menú. ¿Cuánto sacaste en la prueba de mate básica? Me la entregan en veinte minutos, responde Nicola pensando en que ojalá le haya ido bien a Sofía porque sino no va a querer volver a estudiar con él. Pero le va a ir mal, se dice, no le fuiste de mucha ayuda porque te quedaste mirando sus dedos y oliendo su perfume mientras trataba de armar las ecuaciones a partir de las gráficas parabólicas. ¿Cómo te fue a ti?, le pregunta a Esteban. Saqué 16, lo cual no es tan malo si te cuento que solo pasamos tres. Asu, la uni se está maleando, ¿no?, dice Nicola, simulando algo de preocupación, mientras piensa que los exámenes no son difíciles sino que la gente no estaba preparada para tantos temas nuevos y que la uni tiene la culpa de no obligarlos a llevar nivelación en el verano; pero si le dijera a alguien lo que piensa tal vez tendría menos amigos. Sí huevón, se burla Esteban con sarcasmo, faltas a las clases, cuando sí vienes no traes mochila ni cuadernos, Nicola palpa inconscientemente su bolsillo, encuentra su lapicero de tinta líquida con el que escribe en hojas que pide prestadas en situaciones extremas, te sacas mejores notas que yo, y encima me dices asustado “la uni se está maleando, ¿no?”, y ambos ríen como el par de amigos de toda la vida que son, al menos hasta que Nicola se acuerda de lo que tenía que conversar con él. Sabe que las ojeras que hace poco han comenzado a insinuársele a Esteban no van a impedir que las chicas lo sigan acosando, que su buen humor y su nobleza van a tardar mucho en morir, ¿qué pasa, Nico? ¿por qué pones esa cara?, y que es casi seguro que termine la carrera con honores y en tiempo record como habían planeado hacer juntos, ¿pero y después?, se cuestiona, ¿qué va a ser después de ti, Esteban?, ¿vas a poder mantener un trabajo, una esposa, una familia? La respuesta es obvia y no le divierte en absoluto. En ese momento se acerca uno de los trabajadores del concesionario, quita los restos de pollo y salsa desperdigados y se retira para repetir el proceso en la mesa de al lado. Deja de fumar marihuana, por favor, le pide a Esteban. Ah, por eso la cara, contesta él apenado y a Nicola se le vienen a la mente imágenes de cuando iban los dos a la academia de tae kwon do después del colegio y peleaban sonriendo y sintiéndose como esos ninjas de las películas del sábado al mediodía; o las carreras de natación que nunca ganaba hasta que Esteban empezó a fumar sus Marlboro’s venezolanos. Te estás fregando la vida brother y no me gusta, y a ti tampoco te va a gustar cuando un día te quedes sin plata y sin amigos, y con el sistema nervioso hecho mierda. No sabes de lo que estás hablando, se defiende Esteban, pero su voz traiciona algo de la desesperación y el miedo que Nicola sabe le atormentan. Ahora me vas a venir con que esos retrasados mentales del caribe fuman todo el día y no les pasa nada, ¿no? Le descuadra cómo alguien tan inteligente como Esteban puede verse cegado. No es por las drogas, reflexiona, son sus problemas familiares, son las desilusiones de su niñez, son los desencantos de la vida que todos hemos atravesado pero que nunca son iguales y que nos definen y que nos condicionan y que nos hacen ser lo que somos. No estás solo, le dice y guarda la esperanza de aún poder hacer algo por su compañero de tae kwon do, clases de natación y muchos otros recuerdos de su infancia y juventud, yo estoy contigo, no seas un drogadicto Esteban, no jodas tu vida cuando apenas está comenzando. Esas palabras surcan el aire con pesadez, y en la cafetería un viernes de mitad de ciclo a las 4:56 de la tarde Nicola tiene su primer encuentro con la impotencia. Escucha, no es para tanto, yo no soy un drogadicto ni pienso serlo, no te gastes dándome sermones, yo sé que me quieres y créeme que te considero el mejor amigo que tengo y no te imaginas cuánto te valoro, pero estás exagerando, además... y hecha un vistazo a su reloj, además creo que vas a llegar tarde a tu cita con la pelirroja que tanto te afana. Es cierto, fumón infeliz, pero yo no estoy exagerando, te estás echando a la basura, piensa Nicola y dice, esto no ha terminado Esteban, en serio te estás cagando la vida y yo te quiero ayudar. Se pone de pie ya no nervioso por la chica de la que se está enamorando sino lleno de tristeza; a su espalda oye, por mí no te preocupes Nico, más bien acuérdate que si las cosas no van bien con tu pelirroja, mira, yo tengo una prima lindísima a la que le he hablado de ti, te quiere conocer. Camino al salón del tercer piso del C todos con los que se cruza han jalado, excepto Enrique que tiene 14 y está bastante afectado, pero que es un gran tipo e igual le desea lo mejor. Él y Enrique siempre sacan notazas y ahora sí está seguro que Sofía no va a querer verlo más, porque a ella siempre le va bien pero justo este último tema de parábolas le dijo que no lo entendía y que necesitaba su ayuda, ¡ya Nicola?, todos los días a la hora de almorzar, y también el sábado en la mañana antes del examen, ¿sí, porfis?, y él está al tanto de que no ha sabido ayudarla; casi no hablaron en esas largas sesiones de la semana pasada en que él fantaseaba con estar besando sus labios rosados y gorditos. Ha llegado al C-32 y ahí la tiene, entre el montón que imploran medios puntos al profesor que se escuda entre el mueble de cómputo y el podio, no, no, mira cómo te equivocaste, ni modo, ya dejen de reclamar que no les voy a subir nada, ¿qué?, oye no me vengas con tonterías, ese es un 5, en serio, mira no creo que un 5 se parezca a un 2, ¡ya dejen de reclamar! Compadezco a ese tipo, se dice y sonríe porque recién ha empezado a intuir las implicaciones de que fuera Sofía quien le buscó para estudiar toda la semana pasada, tal vez por eso ha estado cabizbaja estos días, ya no hemos parado tanto tiempo juntos, me ha extrañado, yo también le gusto, me quiere, me adora, también piensa en mis labios. Se anima y le hace un hola desde la puerta, pero ella desvía seria la mirada. Entra, se acerca donde el profe, que le mira mal y es Sofía la que le entrega el examen. No me importa el mío, muéstrame el tuyo piensa, pero le alegra ver que se ha sacado dieciocho, que sus papás van a estar orgullosos, que todas las salidas al bowling, al cine y los partidos de winning eleven en el vicio cerca de la pollería en lugar de asistir a las clases donde sus compañeros hacían una y otra vez la misma pregunta han seguido sin tener repercusiones. Hola Sofía, ¿qué tal te fue? Mal, contesta. ¿Mal? Ella le da su prueba y Nicola ve un 17.5 en la esquina superior derecha. Mentira tontito, y el tontito recibe un abrazo y un tierno beso en el cachete y Sofía agarra el examen y se despide, gracias por todo, en verdad. Me tengo que ir y sale de la clase.

La gente trota al amanecer. A Nicola también le gusta hacer jogging. En este momento haría jogging hasta el malecón, y luego de playa en playa hasta las nuevas, y de ahí continuaría aunque se acabe el malecón y las playas bonitas de Asia, y Asía en sí. Seguiría trotando hasta Lima, y luego no sabe a dónde más pero no pararía de hacer jogging con tal de huir de esos ojos verdes que está a punto de decepcionar, cuando por fin entre a la habitación y le diga a Sofía que desde que llegaron a la casa de su pata ha deseado a Daniela con sus labios delgados, mirada café y trasero firme, firme sobretodo cuando está sentada en esa Bianchi roja de 21 velocidades pedaleando y pedaleando y pedaleando; que el viernes afuera de la tienda le respondió el beso y le encantó, es más, le pareció alucinante; pero que a pesar de todo me aterra la idea de perderte, Sofía, porque no por gusto es su estrella polar, esa que ilumina mi camino, mi destino... Nicola, ya deja de pensar cojudeces, nicagando le vas a decir esas huevadas de poeta frustrado, y deja el balcón definitivamente, deja de esconderse de su amor, abre la puerta y encuentra la cama vacía, las sábanas en el suelo y el maletín de Sofía si no lo encuentra.

Sale al pasillo y ella está bajando la escalera, está poniendo un pie en el siguiente escalón, está inclinando el cuerpo ligeramente y Nicola lo ve todo en cámara lenta, la ve alejarse y desaparecer. La alcanza apresurado y siente que le falta el aire cuando la llama: espera Sofía. Y dentro de él una vocecita empieza: ya, ahora no te quedes callado, te está mirando, di algo, di algo maldita sea, -me muero por tu cabello rojo...– no le digas eso idiota, no le metas un floro barato y cursi, todo menos un floro barato y cursi, pero la vocecita en la cabeza de Nicola ya nada puede hacer. Las palabras continúan saliendo del muchacho al pie de la escalera del tercer piso del C hasta la chica que sostiene la pila de libros y que carga una mochilita naranja: Sofía, me gustan tus ojos, me gusta tu piel, me gusta la expresión que pones cuando me preguntas sobre las ecuaciones de segundo grado y el desplazamiento exponencial, cuando caminas con tu mochilita color naranja y cuando comes frutas, ha bajado un par de escalones hasta ella, le sostiene la mirada, todo le sale pausado, se siente curiosamente tranquilo, y también cuando te embutes esas empanadas o bueno, te embutes la mía, porque siempre me estás quitando mis empanadas, hasta comienza a sentirse divertido, seguro, me gustaría que me des tu teléfono para que te pueda llamar y decirte todos los días cuánto es que me fascinas, se siente extrañamente en su derecho de decirle todas estas cosas, y te confieso que a veces sueño despierto que tú también me extrañas los fines de semana como yo te extraño, de ser directo y auténtico, de no guardarse nada, quiero que sepas que la otra semana fue la mejor semana desde que entré a la uni, de hacerla saber exactamente cómo se siente, cuáles son sus anhelos, porque siempre estaba contigo, y que si no supe ayudarte era porque no podía dejar de maravillarme con la curvatura de tu cuello con tu mentón...

Todavía siente el olor de Sofía en las sábanas que recoge del piso, defíneme el amor, en las almohadas que están regadas sobre el colchón, el amor es... y se recuesta boca arriba, te amo, Nicola, pensando en ella. Si desde el viernes le abrumó la posibilidad de perderla, solo ahora es capaz de entender el vacío que significa no tener al alcance de la mano su cuerpo; siente por primera vez la miseria de verse arrancado completamente de su trocito de cielo. Acongojado y en silencio pregunta, como si de tanto mirar el techo pudiera descifrarlo entre sus tablas de madera: ¿dónde estás, mi vida?



...no dejaba de maravillarme con la fragancia de tu colonia, que además debe ser de una marca muy buena porque la otra vez que me quedé con tu chalina olió a ti toda la noche y seguía oliendo a ti cuando te la traje en la... Detente, le interrumpe ella, pero Nicola se siente demasiado bien, se siente libre y por eso no para, ¿me darías tu teléfono? Me gustas mucho en verdad. Así yo te llamo y nos vamos conociendo y quizá con el tiempo yo también llego, Sofía ha empezado a morderse el labio inferior, con el tiempo yo también, a Nicola le encanta cómo aprieta su labio grueso y rosado con sus dientecitos, con el tiempo yo... tu también me gustas, completa ella sin desviar la mirada. No se mueven; en medio de la escalera la gente les pasa por los lados: suben, bajan, suben, conversan, bajan... y una sonrisa cómplice va naciendo en ambos. En silencio, tomados de la mano, salen del edificio C, salen de la universidad, y solo entonces Nicola quiebra ese silencio y le pregunta: ¿qué vas a hacer más tarde?, y ella, con una timidez que lo derrite, acompañando las palabras con un tierno apretón de dedos, estar contigo.

Escudriña inútilmente las tablas de madera. De pronto suena un chorro de agua que proviene de la ducha. ¿Sofía? grita; más fuerte: ¡¿Sofía?! Una voz alegre responde ay amor, ya volviste, y Nicola recién nota, por la puerta entreabierta, que la luz del cuarto de baño está encendida y que un leve vapor empieza a salir. Voy a tomar una ducha, informa ella desde adentro, y tras una pausa, coqueta, ¿me acompañas?



¿Te acuerdas que nunca te llevaba porque cobran 20 soles por invitado?, le dice caminando hacia la puerta principal del Club Árabe Palestino que queda a una cuadra, al final de la Primavera. Ella asiente y él repara en los libros que carga y en su pesada mochila naranja, estúpido Nicola, estúpido y descortés Nicola, y le desliza las manos sobre los hombros, levantándole y poniéndose la mochila, coge luego los libros y sigue: pues hoy entramos. Es mi hermana, le informa al portero, y el tipo ¿tu apellido? Farach, contestan los dos y los deja pasar. Yendo hacia los juegos infantiles, todavía cerca del portero, Sofía, en voz baja: no creo que se la haya creído; soy pelirroja. Nicola no es pelirrojo ni tiene los ojos verdes. Fácil se imaginó que eras adoptada susurra y otra vez recibe un apretón en los dedos. Deciden entrar a la casa de las pelotas que tiene cuatro pisos de altura, y van subiendo como si fueran niñitos en una fiesta de cumpleaños, de esas que aparecieron junto con los primeros Burger Kings y Mc Donald’s. En la parte más alta está el tobogán verde, y previo al tobogán hay un ambiente que es una gran esfera de plástico. En el interior se acurrucan echados, primero uno al lado del otro, y luego abrazados mirando cómo llega temprano la noche de invierno, oscureciendo los columpios allá abajo, la cancha de fútbol, la rotonda, el juego infantil mismo y la gran burbuja de plástico en la que se quieren mucho. Nicola siente el cuerpo tibio de Sofía, siente también su respiración un poco apurada, y durante un largo rato no hablan, solo se frotan los dedos con ternura, cruzan miradas fugaces. Préstame tu liquid. Está en mi mochila, le informa ella, en el cierre chiquito. Nicola se sienta, busca el liquid y empieza a escribir algo en la parte de arriba de la esfera. Déjame ver, déjame ver, le pide ella. Un momento, y continua escribiendo, pone las comillas al comienzo y al final, y luego se echa otra vez al lado de su musa. Sofía lee del techo en voz alta: A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y luego toda nuestra vida se concentra en un instante.

Abre la puerta y recibe el calor del ambiente, ve los espejos empañados, ve el maletín de Sofía en el piso, ahí estaba, y ve también su silueta desnuda. La miríada de gotas de la ducha rebotan y resbalan en su piel, su cabello rojo cae desordenado en su espalda; ella se agacha, coge un jabón y empieza a recorrerse. Hola mi amor, le dice con cariño.



Se besan. Nicola encuentra los labios de ella deliciosos; los aprieta y saborea lentamente, los abre y pasea su lengua por el interior de Sofía, tentando la humedad, avanzando, girando, retrocediendo. Los postes de luz están lejos, más allá de la entrada al club, por la avenida Primavera y la universidad. Y a Nicola le envuelve una quietud que no se deja atravesar por sonidos ni problemas ni colores. Durante unos instantes, solo él y Sofía parecen ocupar ese universo; no son sus cuerpos, voces, respiraciones: únicamente lo ocupan sus labios y la tibieza que estos emanan. El resto vuelve poco a poco a colarse: brazos, manos, la colonia de Sofía, el roce de su aliento. Se detienen y ella pregunta ¿por qué te gusto, en verdad por qué? Su rostro es verdaderamente hermoso. Porque eres bonita contesta. ¿Solamente por eso? Nicola tiene una teoría muy clara sobre la importancia de la belleza física: tengo una teoría muy clara sobre la importancia de la belleza física. En el fondo todas las personas son maravillosas, frunce el ceño, bueno, quizá no todas, debe haber un pequeño porcentaje de completos inadaptados sociales. Pero el punto es que la mayoría de la gente, incluso los malcriados y gritones como Luis, que siempre está molestando a toda la clase, o los más callados e introvertidos, todos son en esencia interesantes y únicos. Si te detuvieras a conversar con alguien, conversar en serio, encontrarías cualquier cantidad de virtudes en él, aprenderías un montón de cosas nuevas, y verías que esa persona también es digna de tu confianza, verías a alguien que, como tú, sólo busca ser feliz y amar y ser... ¿Pero solo me quieres porque soy bonita?, le interrumpe. Debes pensar que soy superficial, continúa Nicola. Pero no, mira, yo sé que hay tanto en cada persona que enamorarme de alguien acaba por reducirse a lo que en verdad hace la diferencia, se reduce a lo exterior, a un par de ojitos verdes como los tuyos, a tu naricita, a tus mejillas rosadas ahora que me quieres tanto, a tus labios. No sé Nicola, haces que todo esto se sienta tan vacío. Yo también tengo ganas de seguir agarrando. Es rico. Es decir, casi me hago pipí cuando me frenaste en la escalera y me dijiste todas esas cosas lindas. Nicola se ríe. ¿Por qué te ríes? ¿Casi te haces pipí?, se burla él. No, en serio, me estaba muriendo y tu seguías y yo sentía que quería explotar y abrazarte y decirte cuánto me encantaba estar contigo, cómo me fascinan tus ideas locas, y cómo admiro que seas tan inteligente y te saques todas esas notas chéveres incluso cuando llegas tarde y siempre estás yendo al bowling y al cine... En adelante te voy a corromper y te voy a llevar conmigo todos los martes. Okey, pero escucha Nicola, ¿te das cuenta de todas las cosas que me atraen de ti? No se trata solo de tu cara, me gusta tu forma de ser, tu cerebro y tus locuras; si solo me importara tu físico me llegaría que fueras tan delgado... Podría hacer pesas, hubo un verano en que hice pesas y me inflé y las chicas me miraban en Ancón; es más, voy a volver a hacer pesas por ti y voy a quedar así todo grande para que te den ganas de tocarme... ¡Deja de burlarte! Aunque, ¿harías pesas por mí? Ya, olvídalo, lo que quiero decir es que no puedes enamorarte de alguien en serio solamente porque te sientas atraído físicamente, tiene que haber más Nicola, mucho más... En el fondo todos son lo máximo, es así de simple, repone él. Ponte a conversar con la gente, siempre hay algo extraordinario, algo que no hay en nadie más, algo que hace a esa persona única, maravillosa. Tu, al ser bonita, divertida e inteligente, eres como el combo seis del Bembos: lo tienes todo. Le hubiera gustado recibir una respuesta más poética. Pero en realidad está de acuerdo con Nicola: la atracción debe ser tanto física como emocional. Después de todo, la gente es parte cuerpo y parte alma, y no tendría sentido pensar que Nicola es superficial, porque al haberse enamorado de él, eso querría decir que ella también es superficial. Nunca he conocido a alguien superficial; no existe la gente superficial; las personas con baja autoestima inventan la superficialidad para no ser aplastadas por la envidia que sienten hacia el resto, concluye Sofía en su mente. Nicola se ha ovillado buscando engreimiento. Y ella se muere de ganas de dárselo. Tienes razón, le dice abrazándolo. Y para que sepas, tu también eres un poquito como el combo seis. Solo no te olvides de hacer pesas.

¿Me pasas el shampoo? Ve el envase cerca del lavatorio y se lo alcanza, toma. Ella se hecha la crema, se frota la cabeza, empieza a salir la espuma. ¿No me vas a dar una mano? Tratando de sentirse menos miserable, porque sabe que muy pronto se va a quedar sin su ninfa espumada: acá estoy bien, yo te miro, estás preciosa. Caen las gotas, rebotan, fluyen, sube el vapor. Todo tiende al caos, se dice. Los últimos tres días le regresan como un gran vacío en el que ha fingido que no pasa nada: la gente borracha en la sala, o drogada haciendo bromas y vomitando en los baños, Sofía yendo a la cocina y preparándole unos huevos fritos porque él solo sabe hacer las tostadas con mermelada; ambos refugiándose en su cuarto del segundo piso, luego comiéndose esos huevos fritos recostados en el colchón; saliendo a caminar por las tardes, viendo tele, viendo cualquier cosa en la tele mientras él se moría por dentro pensando que nunca más volvería a sentir a Sofía a su lado. Las gotas rebotan, se evaporan, el chorro de la ducha suena al caer contra el suelo y resbalar por Sofía. La espuma se va diluyendo, ella otra vez se pasa el jabón, incitándolo a unírsele, a dejar de mirarla desde el lavatorio como si no fuera suya. Las gotas caen, se evaporan. La suma de momentos que construyeron esas tardes mirando tele en el cuarto comiendo huevos fritos le vienen a la cabeza: los días en Chosica jurándose amor, las tardes en la cafeta de la universidad y las clases tratando de impresionar a Sofía haciendo intervenciones inteligentes con el profesor, o acompañándola al Centro de Información a que busque sus libros para el trabajo de seminario; los juegos de básquet en la canchita de la uni donde ella siempre metía más canastas en la quinela con su sweater de los Pistons y sus medias y zapatillas blancas ahorita vengo, me voy a cambiar que se ponía especialmente para jugar con él antes de clases, luego de rendir parciales, luego de rendir finales, siempre que le pidiera. Todo tiende al caos, y vuelve al viernes al beso furtivo con Daniela, a sus cejas marrones y a la camiseta semitransparente del desayuno, a la leche derramada... qué tal cliché leche derramada; las gotas caen al caos cada instante pasa el chorro más disperso, cada segundo la entropía del universo aumenta irreversible incontenible caótica vapor el orden transforma en desorden las gotas siguen trillones de caminos distintos por la piel de Sofía chorreando por cuerpo recorriéndola y bifurcándose devora el orden la espuma llega al suelo de la bañera se está yendo por el desagüe aumenta la entropía ella se soba con el jabón aumenta el desorden las gotas resbalan caen tienden al caos se bifurcan, las lunas se empañan.

Ella se queda mirando la boca de Nicola y dice en verdad sí sería rico y se le acerca, permanece a centímetros de besarlo, se divierte viendo cómo él cierra los ojos, a la espera. Te quiero, piensa, te quiero desde ese día en la clase en que me saludaste y me preguntaste mi nombre, y estaba distraída y me dijiste que tenía que abrir el libro en la página cuarenta y siete, te quiero tanto, y recién en voz alta, con toda la dulzura que le puede dar a sus palabras te quiero mucho, pero ya es tarde y me están esperando. Nicola abre los ojos y ve perplejo cómo Sofía coge su mochila y sus libros y los lanza por el tobogán y desaparecen en la oscuridad, y luego ella se da la vuelta doblándose, rozándole la cara con una rodilla, y se deja caer también, primero los pies. Él se apresura y en un brusco movimiento logra alcanzarla, sosteniéndola de las manos. La va jalando hacia su rostro, levantándola de los brazos, trayendo sus facciones desde la oscuridad, desde las profundidades del tobogán hasta la burbuja de plástico; Sofía le celebra qué fuerte Nicola, qué fuerte y él no le hace caso, la sigue acercando, tiembla del esfuerzo pero Nicola, ya me tengo que ir, en serio solo falta un poco los labios ya casi. Un segundo antes del encuentro se detienen la distancia es mínima y Sofía susurra como colgando palabra por palabra en el aire que los separa me tengo que ir. Nicola detecta la complicidad en el tono y en el rostro de ella, y al envolver su lengua con la de Sofía un instante después no puede decidir qué es más alucinante: el beso, o todo el anhelo y el deseo que Sofía fue capaz de transmitir en ese lento susurro.


Estás diferente, le grito con el viento en la cara. Él pedalea y yo le sigo: no sé cómo llegar al minimarket. ¿A qué te refieres?, me pregunta, y se frena un poco y yo lo alcanzo. Esto es todo lo que soy: soy este momento, soy una bicicleta y dos manos sueltas y abiertas haciendo equilibrio, y soy el amor que le tengo a Nicola, y soy un estómago hambriento a toda velocidad en el malecón de Asia una mañana fría con el viento en la cara. Soy feliz. Él me mira con sus ojitos café, y yo sé que también le fascino. Qué sensación más increíble. Olvídalo, y le sonrío y él ¿que olvide qué? y yo con toda mi voz, sintiendo que voy a reventar ¡te amo! ¡te amo! sus besos en mi cuello bajo los árboles ¡te adoro! ¡te amo! grito como loca... sus palabras tiernas una tarde en el edificio C ¡te adoro! ¿me entiendes? ¡te adoro! el otro día trayéndome el lonche con el azafate, las tostadas ¡eres lo máximo!

Más rápido, Nicola pedalea cada vez más rápido; huye. Ella, detrás, se queda sin aliento entre sus promesas de amor y el esfuerzo por alcanzarlo.

Entonces me detengo completamente, dejo la bicicleta tirada en el malecón y me meto en la arena en dirección al oleaje espumoso, a la brisa salada. No soporto sus sueños, la felicidad que estoy a punto de destruir, esa rara belleza que encuentro en sus gritos y que sé que no volveré a escuchar.

El sonido de los frenos, del metal de la bicicleta contra la vereda. Nicola se ha vuelto loco. No ha volteado a mirarme, se ha lanzado de frente a la playa. Yo también dejo mi bicicleta. ¿Qué tienes mi vida? ¿Mi vida, estás bien?, digo en voz baja y no me oye, claro que no me oye; ha corrido a toda velocidad y ya casi no lo puedo ver, está lejos.

La arena se mete en las zapatillas azules de Sofía. Confundida, se aprieta la casaca sobre la blusa crema y empieza a caminar hasta Nicola.

El agua ha comenzado a mojarme los pies. Ella viene hacia mí, se acerca lentamente y en silencio. De pronto he dejado de sentir miedo. No sé muy bien cómo ha pasado. Recuerdo que siempre me gustaba poner las cosas en perspectiva como herramienta para tomar menos en serio los supuestos problemas que azotaban mi existencia. Que tal examen no me fue bien, que decepcioné a tal persona, que tal chica no quiso ir al cine conmigo; todo perdía importancia frente al tipo que atropelló a tres niñas por estar borracho, o frente al rostro suplicante y desnutrido de africanos en un mundo que permitía que los mismos periodistas que captaban esas imágenes comieran bistec y papas fritas antes de dormir. Tal vez eso acaba de pasar, de forma subconsciente o algo. La perspectiva ayuda a relajarse, a no hacerse rollos, a sobrellevar la pesadilla. Sofía camina hacia mí, le voy a romper el corazón en el transcurso del próximo minuto. Mi corazón, supongo, también se va a romper: ella me va a mirar con sus ojitos llenos de amor y odio y decepción y yo no voy a poder seguir aguantando mi propio peso, voy a terminar con el rostro y el cuerpo en la arena, solo; o, peor aún, no me va a mirar, va a mirar el océano, las olas espumosas, le va a llorar a la brisa y nunca pero nunca más va a volver a dedicarme sus pupilas.



¿Estás bien, mi vida?, pregunta Sofía con ternura una vez están juntos. Nicola confiesa mecánicamente: el viernes al salir del minimarket besé a Daniela.
El restaurante está prácticamente vacío. Son las once de la mañana y como ceviche. Mientras entraba he ido dejando leves huellas de arena. Sofía debe haber regresado a la casa de playa. Su mirada no encerró odio. Creo que más bien se sentía miserable. Yo me hubiera sentido miserable. Va, igual me sentí y me siento miserable. Me meto otro trozo de pescado a la boca y mastico pensando en el trasero de Sofía. Con los patas siempre hablamos de traseros y de sexo, pero todos me miran raro cuando les explico mis ideas sobre la entrega. Para mí, lo más fascinante del asunto no es tanto el cuerpo divino de una chica, o su flexibilidad, o su apertura a juguetes y a experimentar, aunque todo eso es en definitiva saludable y bienvenido; no, lo más fascinante es el hecho de que ella elija compartir su intimidad. Sofía no va a querer que la bañe de nuevo, que duerma a su lado y me quede mirándola mientras sueña, o le traiga el desayuno y la vea toda despeinada y le diga otras miles de veces que entonces es cuando me parece más hermosa. Tenedor a ceviche a camote a boca, mastico, tenedor a pescado a boca. Venimos al mundo a ser felices. Cada acción que realizamos va encaminada a alcanzar la felicidad. Los actos egoístas, los actos piadosos: el hacer trampa en un examen, el ayudar a Esteban con su problema de las drogas, el no ayudarlo; el odiar a los negros y chinos, el ser odiado, el no odiar; el estudiar todo el día y no tener amigos, el tener amigos y no estudiar nunca, el tener las dos cosas; el ir a una discoteca el sábado y emborracharte, el leer novelas y poemas, poner una bomba en un centro comercial, poner un sol en la latita para ayudar contra el cáncer en la caja del supermercado, poner veinte centavos, no poner nada; el regalar panes en la esquina de la de Lima, o el desviar la mirada al cruzarte con un pordiosero, aún si es una niña de cuatro años y levanta las manitas pidiéndote algo de comer o quizá pidiéndote algo que nunca tuvo: una razón para vivir; no, ellos también deben tener algo por qué vivir, la esperanza es lo último que se pierde, la felicidad nos mueve a todos de formas múltiples, con designios intrincados; exterminar a los judíos, exterminar a los exterminadores, matar decenas de miles de japoneses en un instante con bombas atómicas suéltala, si señor; algo muy malo anda con el mundo para que un piloto acepte soltar el fin de vidas humanas porque otro hombre se lo pide, así sin pensarlo. No, él también busca la felicidad, todos la buscamos pero nadie o casi nadie entiende cómo llegar a ella; nos movemos entre las pocas variables que reunimos como migajas universales de verdad, pero, en el fondo, en algún lugar de nosotros tenemos que saber que nunca son suficientes; hace falta algo más una vez las hemos reunido, hace falta voluntad y a todos nos sobra flojera. Determinismo: si cuantificara la realidad, si juntara todo lo que necesito saber, si supiera todo lo que mueve al mundo en este instante, predeciría el siguiente. Hay un trozo de camote en mi tenedor. Voy a voltear el tenedor y el camote va a caer sobre el plato. Entonces volteo el tenedor y el camote cae sobre el plato. Ojalá el mundo fuera tan sencillo. No me bastó con saber lo que hacía, con las consecuencias; seguí besándola, frotándome en su interior. En el big picture todos los momentos estaban entrelazados, como esa idea de que Dios percibe el tiempo como un único instante. Si Dios existe eso tendría mucho sentido: la realidad sería el plato de ceviche, el tenedor, el camote; y él podría rastrear la caída del camote desde el big bang, pasando por la primera reacción química en la Tierra, por las primeras células, por el primer hombre, por el tipo que miró a las estrellas y quiso alcanzarlas y por Armstrong caminando en la Luna; atravesando el beso que me di con Sofía en el Club Árabe y pasando por el beso que me di con Daniela anteayer, hasta este momento en que trato de descifrar la esencia del universo; y más allá de mi, que probablemente muera en unos ochenta años, hasta los billones de mis que existirán; guerras futuras, muertes y enfermedades y sufrimientos tremendos: Dios observando de inicio a fin la realidad, llegando al big crunch; un gran hilo, una sucesión de caos que desde el momento inicial, a partir del ángulo con que se pateó el balón cósmico de fútbol cósmico ya se sabía dónde caería, qué trayectoria tendría. Big crunch, balón, grand finale… he terminado mi ceviche.
Esteban es guapo. Me daban ganas de apretar sus pectorales. Jeje, casi le pido que los mueva como esos patas en las películas. Creo que voy a chantajear a Nicola. Va a tener que hacer pesas, siempre me lo promete y nunca se anima. Que le aburriría estar en el gimnasio, se excusa de vez en cuando. Nada, de hecho se divierte mirando a las jovencitas como yo doblarse, gemir y sudar. Junto la puerta y saco de nuevo la hoja. Si el amor que te tengo... leo y no sé cómo continuar la carta. Si el amor que te tengo, si el amor que te tengo, si el... Ya sé: Si el amor que te tengo fuera de azúcar, estaría todo el día chupa que te chupa. Bravo a mí misma. Qué ingeniosa eres Sofía. Aunque, humm, suena raro. Volteo el lápiz y borro esa última parte. Sí, mejor no le doy ideas, todavía no estoy lista para esas cosas. Escucho un ruido afuera. Guardo otra vez la hoja y me acerco a la ventana. Me sobo un poco con la bata de Nicola y busco en ella su aroma cuando lo veo llegando en las Bianchi con Daniela. Mi lonche debe estar dentro de su mochila. Dejo la bata en la silla, pero esta se cae cuando me tiro en la cama. No importa. Me tapo con las sábanas.
Ha ido oscureciendo mientras intentaba resolver el sinsentido cósmico a partir de los restos de lechugas con limón en mi plato. Veo la hora: son las seis y media cuando salgo a las veredas tristes. Al pagar encontré un papel en mi bolsillo. Lo voy desdoblando; por fuera estaba escrito TE AMO en letras gruesas: me va a doler leerlo.

Si el amor que te tengo fuera de azúcar, estaría todo el día chupa que te chupa. Más temprano cuando escribía esa primera línea la borré porque sabía que se te iban a ocurrir cosas. Ya no me importa. Tu igual tienes una mente tan... ¿cómo la llamas? Creativa, eso. Bueno amor, el punto es que ya no me importa. En este momento estoy desnuda sentada en el escritorio y te miro. Miro también las estrellas por la ventana, aprovechando que no estamos en la ciudad y que el smog no las tapa. Las luces están apagadas, pero ellas alumbran esta hojita en la que te voy decir cuánto te amo. Todo está en silencio. De vez en cuando me parece escuchar el oleaje, pero por lo demás: silencio. No roncas. Me alegra que no ronques. No lo sé con seguridad, pero en este momento quiero pasar el resto de mis noches a tu lado. Por eso está muy bien que no ronques. Te miro y sé que uno no siempre es tan feliz como yo soy ahora. Trato de concentrarme y no perderme nada, enmarcar este instante –el subibaja de tu espalda cuando respiras, por ejemplo; o los dobleces de las sábanas que hemos compartido los últimos dos días, ¡sí! ¡hasta los dobleces! ¡así de afanada estoy!- y guardarlo junto a los otros momentos Kodak que me has dado. De pronto pensar en esto hace que me den ganas de apretarme contigo. Humm, sigo escribiendo pero, sabes, me está empezando a volver loca el verte desde acá. Quiero sentir tus brazos –sin punche, pero igual ricos, no puedo negarlo. Quiero olerte y quiero que me beses, que me beses acá y aquí y por todas partes. Pero, pero: . Estás fucking asleep. Y osea, no te voy a despertar, sería incapaz de algo semejante, no podría... Bueno, a ver, te voy a escribir un poema. En inglés, porque se supone que hay que practicarlo. Ya no tenemos al Bachillerato Internacional para escribir ensayos y cosas. Vamos Sofía, esfuérzate, impresiona a tu amor con un poema lindo.
I’m naked on the desk

writing you this letter and this poem driven

insane

by the little cosmic

space between us
you look so

funny

your hair tangled up

your body cuddled in

the bed and sheets

missing my skin, isn't it?
isn't it just pointless for me to watch you from here?
pointless
so I’ll

slip quietly back into your arms

back into your

warmth

soothed by your breathing whispering repeatedly

your name
it’s ridiculous how much

¡how much!
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