A las personas consagradas a los esposos cristianos y a todos los fieles laicos



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 la Iglesia 
debe renunciar a proponer el ideal pleno del ma-
trimonio, el proyecto de Dios en toda su grande-
za: « Es preciso alentar a los jóvenes bautizados 
a no dudar ante la riqueza que el sacramento del 
matrimonio procura a sus proyectos de amor, 
con la fuerza del sostén que reciben de la gracia 
de Cristo y de la posibilidad de participar plena-
353
 
De catechizandis rudibus, 1, 14, 22: PL 40, 327; cf. Ex-
hort. ap. 
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 193: AAS 105 
(2013), 1101.

245
mente en la vida de la Iglesia ».
354
 La tibieza, cual-
quier forma de relativismo, o un excesivo respeto 
a la hora de proponerlo, serían una falta de fideli-
dad al Evangelio y también una falta de amor de 
la Iglesia hacia los mismos jóvenes. Comprender 
las situaciones excepcionales nunca implica ocul-
tar la luz del ideal más pleno ni proponer menos 
que lo que Jesús ofrece al ser humano. Hoy, más 
importante que una pastoral de los fracasos es 
el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimo-
nios y así prevenir las rupturas. 
308.  Pero de nuestra conciencia del peso de 
las circunstancias atenuantes —psicológicas, his-
tóricas e incluso biológicas— se sigue que, « sin 
disminuir el valor del ideal evangélico, hay que 
acompañar con misericordia y paciencia las eta-
pas posibles de crecimiento de las personas que 
se van construyendo día a día », dando lugar a « la 
misericordia del Señor que nos estimula a hacer el 
bien  posible ».
355
 Comprendo a quienes prefieren 
una pastoral más rígida que no dé lugar a confu-
sión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucris-
to quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu 
derrama en medio de la fragilidad: una Madre 
que, al mismo tiempo que expresa claramente su 
enseñanza objetiva, « no renuncia al bien posible, 
aunque corra el riesgo de mancharse con el barro 
354
 
Relatio Synodi 2014, 26.
355
  Exhort. ap. 
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44: 
AAS 105 (2013), 1038.

246
del camino ».
356
 Los pastores, que proponen a los 
fieles el ideal pleno del Evangelio y la doctrina 
de la Iglesia, deben ayudarles también a asumir la 
lógica de la compasión con los frágiles y a evitar 
persecuciones o juicios demasiado duros o impa-
cientes. El mismo
 Evangelio nos reclama que no 
juzguemos ni condenemos (cf. 
Mt 7,1; Lc 6,37). 
Jesús  « espera  que  renunciemos  a  buscar  esos 
cobertizos personales o comunitarios que nos 
permiten mantenernos a distancia del nudo de 
la tormenta humana, para que aceptemos de ver-
dad entrar en contacto con la existencia concreta 
de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. 
Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos com-
plica maravillosamente ».
357
309.  Es  providencial  que  estas  reflexiones  se 
desarrollen en el contexto de un Año Jubilar de-
dicado a la misericordia, porque también frente a 
las más diversas situaciones que afectan a la fami-
lia, « la Iglesia tiene la misión de anunciar la mi-
sericordia de Dios, corazón palpitante del Evan-
gelio, que por su medio debe alcanzar la mente y 
el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo 
hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios 
que sale a encontrar a todos, sin excluir ningu-
no ».
358
  Sabe  bien  que  Jesús  mismo  se  presenta 
356
 
Ibíd., 45: AAS 105 (2013), 1039.
357
 
Ibíd., 270: AAS 105 (2013), 1128.
358
 Bula 
Misericordiae vultus (11 abril 2015), 12: AAS 107 
(2015), 407.

247
como Pastor de cien ovejas, no de noventa y nue-
ve. Las quiere todas. A partir de esta consciencia, 
se hará posible que « a todos, creyentes y lejanos, 
pueda llegar el bálsamo de la misericordia como 
signo del Reino de Dios que está ya presente en 
medio de nosotros ».
359
310.  No podemos olvidar que « la misericordia 
no es sólo el obrar del Padre, sino que ella se 
convierte en el criterio
  para saber quiénes son 
realmente sus verdaderos hijos. Así entonces, es-
tamos llamados a vivir de misericordia, porque 
a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado 
misericordia ».
360
 No es una propuesta romántica 
o una respuesta débil ante el amor de Dios, que 
siempre quiere promover a las personas, ya que 
« la misericordia es la viga maestra que sostiene 
la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral 
debería estar revestido por la ternura con la que 
se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y 
en su testimonio hacia el mundo puede carecer 
de  misericordia ».
361
 Es verdad que a veces « nos 
comportamos como controladores de la gracia y 
no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una 
aduana, es la casa paterna donde hay lugar para 
cada uno con su vida a cuestas ».
362
359
 
Ibíd., 5: 402.
360
 
Ibíd., 9: 405.
361
 
Ibíd., 10: 406.
362
  Exhort. ap. 
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 47: 
AAS 105 (2013), 1040.

248
311.  La enseñanza de la teología moral no debe-
ría dejar de incorporar estas consideraciones, por-
que, si bien es verdad que hay que cuidar la integri-
dad de la enseñanza moral de la Iglesia, siempre se 
debe poner especial cuidado en destacar y alentar 
los valores más altos y centrales del Evangelio,
363
 
particularmente el primado de la caridad como 
respuesta a la iniciativa gratuita del amor de Dios. 
A veces nos cuesta mucho dar lugar en la pastoral 
al amor incondicional de Dios.
364
 Ponemos tantas 
condiciones a la misericordia que la vaciamos de 
sentido concreto y de significación real, y esa es 
la peor manera de licuar el Evangelio. Es verdad, 
por ejemplo, que la misericordia no excluye la jus-
ticia y la verdad, pero ante todo tenemos que decir 
que la misericordia es la plenitud de la justicia y la 
manifestación más luminosa de la verdad de Dios. 
Por ello, siempre conviene considerar « inadecua-
da cualquier concepción teológica que en último 
término ponga en duda la omnipotencia de Dios 
y, en especial, su misericordia ».
365
363
 Cf. 
ibíd., 36-37: AAS 105 (2013), 1035.
364
  Quizás por escrúpulo, oculto detrás de un gran deseo 
de fidelidad a la verdad, algunos sacerdotes exigen a los peni-
tentes un propósito de enmienda sin sombra alguna, con lo cual 
la misericordia se esfuma debajo de la búsqueda de una justicia 
supuestamente pura. Por ello, vale la pena recordar la enseñanza 
de san Juan Pablo II, quien afirmaba que la previsibilidad de una 
nueva caída « no prejuzga la autenticidad del propósito »: 
Carta 
al Card. William W. Baum y a los participantes del curso anual sobre 
el fuero interno organizado por la Penitenciaría Apostólica (22 marzo 
1996), 5: 
L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 
5 de abril de 1996, p. 4
365
  c
omisión
 t
eoLógica
 i
nternacionaL

La esperanza de 
salvación para los niños que mueren sin bautismo (19 abril 2007), 2.

249
312.  Esto nos otorga un marco y un clima que 
nos impide desarrollar una fría moral de escri-
torio al hablar sobre los temas más delicados, y 
nos sitúa más bien en el contexto de un discerni-
miento pastoral cargado de amor misericordioso, 
que siempre se inclina a comprender, a perdonar, 
a acompañar, a esperar, y sobre todo a integrar. 
Esa es la lógica que debe predominar en la Iglesia, 
para « realizar la experiencia de abrir el corazón a 
cuantos viven en las más contradictorias perife-
rias existenciales ».
366
 Invito a los fieles que están 
viviendo situaciones complejas, a que se acer-
quen con confianza a conversar con sus pastores 
o con laicos que viven entregados al Señor. No 
siempre encontrarán en ellos una confirmación 
de sus propias ideas o deseos, pero seguramen-
te recibirán una luz que les permita comprender 
mejor lo que les sucede y podrán descubrir un 
camino de maduración personal. E invito a los 
pastores a escuchar con afecto y serenidad, con 
el deseo sincero de entrar en el corazón del dra-
ma de las personas y de comprender su punto de 
vista, para ayudarles a vivir mejor y a reconocer 
su propio lugar en la Iglesia.
366
 Bula 
Misericordiae vultus (11 abril 2015), 15: AAS 107 
(2015), 409.

251
CAPÍTULO
  
NOVENO
espirituaLidad  matrimoniaL  
y  famiLiar
313.  La caridad adquiere matices diferentes, se-
gún el estado de vida al cual cada uno haya sido 
llamado. Hace ya varias décadas, cuando el Con-
cilio Vaticano II se refería al apostolado de los 
laicos, destacaba la espiritualidad que brota de la 
vida familiar. Decía que la espiritualidad de los 
laicos « debe asumir características peculiares por 
razón del estado de matrimonio y de familia »
367
 
y que las preocupaciones familiares no deben ser 
algo ajeno « a su estilo de vida espiritual ».
368
 En-
tonces vale la pena que nos detengamos breve-
mente a describir algunas notas fundamentales 
de esta espiritualidad específica que se desarrolla 
en el dinamismo de las relaciones de la vida fa-
miliar. 
e
spirituaLidad
 
de
 
La
 
comunión
 
sobrenaturaL
314.  Siempre hemos hablado de la inhabitación 
divina en el corazón de la persona que vive en 
gracia. Hoy podemos decir también que la Tri-
367
  Decr. 
Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de 
los laicos, 4.
368
 
Ibíd.

252
nidad está presente en el templo de la comunión 
matrimonial. Así como habita en las alabanzas de 
su pueblo (cf. 
Sal 22,4), vive íntimamente en el 
amor conyugal que le da gloria. 
315.  La presencia del Señor habita en la fami-
lia real y concreta, con todos sus sufrimientos, 
luchas, alegrías e intentos cotidianos. Cuando se 
vive en familia, allí es difícil fingir y mentir, no 
podemos mostrar
 una máscara. Si el amor anima 
esa autenticidad, el Señor reina allí con su gozo 
y su paz. La espiritualidad del amor familiar está 
hecha de miles de gestos reales y concretos. En 
esa variedad de dones y de encuentros que madu-
ran la comunión, Dios tiene su morada. Esa en-
trega asocia « a la vez lo humano y lo divino »,
369
 
porque está llena del amor de Dios.
 En definitiva, 
la espiritualidad matrimonial es una espiritualidad 
del vínculo habitado por el amor divino.
316.  Una comunión familiar bien vivida es un 
verdadero camino de santificación en la vida or-
dinaria y de crecimiento místico, un medio para 
la unión íntima con Dios. Porque las exigencias 
fraternas y comunitarias de la vida en familia son 
una ocasión para abrir más y más el corazón, 
y eso hace posible un encuentro con el Señor 
cada vez más pleno. Dice la Palabra de Dios que 
« quien aborrece a su hermano está en las tinie-
blas » (
1 Jn 2,11), « permanece en la muerte » (1 Jn 
369
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Const. past. 
Gaudium et spes, so-
bre la Iglesia en el mundo actual, 49.

253
3,14) y « no ha conocido a Dios » (
1 Jn 4,8). Mi 
predecesor Benedicto XVI ha dicho que « cerrar 
los ojos ante el prójimo nos convierte también en 
ciegos ante Dios »,
370
 y que el amor es en el fondo 
la única luz que « ilumina constantemente a un 
mundo  oscuro ».
371
 Sólo « si nos amamos unos a 
otros, Dios permanece en nosotros, y su amor 
ha llegado en nosotros a su plenitud » (
1 Jn 4,12). 
Puesto que « la persona humana tiene una innata 
y estructural dimensión social »,
372
 y « la expresión 
primera y originaria de la dimensión social de la 
persona es el matrimonio y la familia »,
373
 la es-
piritualidad se encarna en la comunión familiar. 
Entonces, quienes tienen hondos deseos espiri-
tuales no deben sentir que la familia los aleja del 
crecimiento en la vida del Espíritu, sino que es 
un camino que el Señor utiliza para llevarles a las 
cumbres de la unión mística.
J
untos
 
en
 
oración
 
a
 
La
 
LuZ
 
de
 
La
 p
ascua
317.  Si la familia logra concentrarse en Cris-
to, él unifica e ilumina toda la vida familiar. Los 
dolores  y  las  angustias  se  experimentan  en  co-
munión con la cruz del Señor, y el abrazo con 
él permite sobrellevar los peores momentos. En 
los días amargos de la familia hay una unión con 
370
  Carta enc. 
Deus caritas est (25 diciembre 2005), 16: AAS 
98 (2006), 230.
371
 
Ibíd., 39: AAS 98 (2006), 250.
372
  J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. postsin.
 Christifideles laici (30 
diciembre 1988), 40: 
AAS 81 (1989), 468.
373
 
Ibíd.

254
Jesús abandonado que puede evitar una ruptura. 
Las familias alcanzan poco a poco, « con la gracia 
del Espíritu Santo, su santidad a través de la vida 
matrimonial, participando también en el misterio 
de la cruz de Cristo, que transforma las dificul-
tades y sufrimientos en una ofrenda de amor ».
374
 
Por otra parte, los momentos de gozo, el descan-
so o la fiesta, y aun la sexualidad, se experimen-
tan como una participación en la vida plena de 
su Resurrección. Los cónyuges conforman con 
diversos gestos cotidianos ese « espacio
 teologal 
en el que se puede experimentar la presencia mís-
tica del Señor resucitado ».
375
318.  La oración en familia es un medio privile-
giado para expresar y fortalecer esta fe pascual.
376
 
Se pueden encontrar unos minutos cada día 
para estar unidos ante el Señor vivo, decirle las 
cosas que preocupan, rogar por las necesidades 
familiares, orar por alguno que esté pasando un 
momento difícil, pedirle ayuda para amar, darle 
gracias por la vida y por las cosas buenas, pedirle 
a la Virgen que proteja con su manto de madre. 
Con palabras sencillas, ese momento de oración 
puede hacer muchísimo bien a la familia. Las di-
versas expresiones de la piedad popular son un 
tesoro de espiritualidad para muchas familias. El 
camino comunitario de oración alcanza su culmi-
374
 
Relación final 2015, 87.
375
  J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. Postsin. 
Vita consecrata (25 
marzo 1996), 42: 
AAS 88 (1996), 416.
376
 Cf. 
Relación final 2015, 87.

255
nación participando juntos de la Eucaristía, espe-
cialmente en medio del reposo dominical. Jesús 
llama a la puerta de la familia para compartir con 
ella la cena eucarística (cf. 
Ap 3,20). Allí, los es-
posos pueden volver siempre a sellar la alianza 
pascual que los ha unido y que refleja la Alianza 
que Dios selló con la humanidad en la Cruz.
377
 La 
Eucaristía es el sacramento de la nueva Alianza 
donde se actualiza la acción redentora de Cristo 
(cf. 
Lc 22,20). Así se advierten los lazos íntimos 
que existen entre la vida matrimonial y la Euca-
ristía.
378
 El alimento de la Eucaristía es fuerza y 
estímulo para vivir cada día la alianza matrimo-
nial como « iglesia doméstica ».
379
 
e
spirituaLidad
 
deL
 
amor
 
excLusiVo
 
y
 
Libre
319.  En el matrimonio se vive también el sen-
tido de pertenecer por completo sólo a una per-
sona. Los esposos asumen el desafío y el anhelo 
de envejecer y desgastarse juntos y así reflejan la 
fidelidad de Dios. Esta firme decisión, que marca 
un estilo de vida, es una « exigencia interior del 
pacto de amor conyugal »,
380
 porque « quien no se 
377
 Cf. J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. 
Familiaris consortio (22 
noviembre 1981), 57: 
AAS 74 (1982), 150.
378
  No olvidemos que la Alianza de Dios con su pueblo 
se expresa como un desposorio (cf. 
Ez 16,8.60; Is 62,5; Os 2,21-
22), y la nueva Alianza también se presenta como un matrimo-
nio (cf. 
Ap 19,7; 21,2; Ef 5,25).
379
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Const. dogm. 
Lumen gentium, so-
bre la Iglesia, 11.
380
  J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. 
Familiaris consortio (22 no-
viembre 1981), 11: 
AAS 74 (1982), 93.

256
decide a querer para siempre, es difícil que pueda 
amar de veras un solo día ».
381
 Pero esto no ten-
dría sentido espiritual si se tratara sólo de una ley 
vivida con resignación. Es una pertenencia del 
corazón, allí donde sólo Dios ve (cf. 
Mt 5,28). 
Cada mañana, al levantarse, se vuelve a tomar 
ante Dios esta decisión de fidelidad, pase lo que 
pase a lo largo de la jornada. Y cada uno, cuando 
va a dormir, espera levantarse para continuar esta 
aventura, confiando en la ayuda del Señor. Así, 
cada cónyuge es para el otro signo e instrumento 
de la cercanía del Señor, que no nos deja solos: 
« Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el 
fin del mundo » (
Mt 28,20).
320.  Hay un punto donde el amor de la pare-
ja alcanza su mayor liberación y se convierte en 
un espacio de sana autonomía: cuando cada uno 
descubre que el otro no es suyo, sino que tiene un 
dueño mucho más importante, su único Señor. 
Nadie más puede pretender tomar posesión de la 
intimidad más personal y secreta del ser amado 
y sólo él puede ocupar el centro de su vida. Al 
mismo tiempo, el principio de realismo espiritual 
hace que el cónyuge ya no pretenda que el otro 
sacie completamente sus necesidades. Es preci-
so que el camino espiritual de cada uno —como 
bien indicaba Dietrich Bonhoeffer— le ayude a 
381
  i
d
., 
Homilía en la Eucaristía celebrada para las familias en 
Córdoba, Argentina (8 abril 1987), 4: L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 26 de abril de 1987, p. 21.

257
« desilusionarse » del otro,
382
 a dejar de esperar de 
esa persona lo que sólo es propio del amor de 
Dios. Esto exige un despojo interior. El espacio 
exclusivo que cada uno de los cónyuges reserva a 
su trato solitario con Dios, no sólo permite sanar 
las heridas de la convivencia, sino que posibili-
ta encontrar en el amor de Dios el sentido de la 
propia existencia. Necesitamos invocar cada día 
la acción del Espíritu para que esta libertad inte-
rior sea posible. 
e
spirituaLidad
 
deL
 
cuidado

deL
 
consueLo
  
y
 
deL
 
estímuLo
321.  « Los esposos cristianos son mutuamente 
para sí, para sus hijos y para los restantes fami-
liares, cooperadores de la gracia y testigos de la 
fe ».
383
 Dios los llama a engendrar y a cuidar. Por 
eso mismo, la familia « ha sido siempre el “hospi-
tal” más cercano ».
384
 Curémonos, contengámo-
nos y estimulémonos unos a otros, y vivámoslo 
como parte de nuestra espiritualidad familiar. La 
vida en pareja es una participación en la obra fe-
cunda de Dios, y cada uno es para el otro una 
permanente provocación del Espíritu. El amor 
de Dios se expresa « a través de las palabras vi-
vas y concretas con que el hombre y la mujer se 
382
 Cf. 
Gemeinsames Leben, Múnich 1973
14
, 18.
383
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Decr. 
Apostolicam actuositatem, so-
bre el apostolado de los laicos, 11.
384
 
Catequesis (10 junio 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 12 de junio de 2015, p. 16.

258
declaran su amor conyugal ».
385
 Así, los dos son 
entre sí reflejos del amor divino que consuela con 
la palabra, la mirada, la ayuda, la caricia, el abrazo. 
Por eso, « querer formar una familia es animarse a 
ser parte del sueño de Dios, es animarse a soñar 
con él, es animarse a construir con él, es animar-
se a jugarse con él esta historia de construir un 
mundo donde nadie se sienta solo ».
386
322.  Toda la vida de la familia es un « pastoreo » 
misericordioso. Cada uno, con cuidado, pinta y 
escribe en la vida del otro: « Vosotros sois nuestra 
carta, escrita en nuestros corazones […] no con 
tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo » (
2 Co 
3,2-3). Cada uno es un « pescador de hombres » 
(
Lc 5,10) que, en el nombre de Jesús, « echa las 
redes »  (cf. 
Lc 5,5) en los demás, o un labrador 
que trabaja en esa tierra fresca que son sus se-
res amados, estimulando lo mejor de ellos. La fe-
cundidad matrimonial implica promover, porque 
« amar a un ser es esperar de él algo indefinible e 
imprevisible; y es, al mismo tiempo, proporcio-
narle de alguna manera el medio de responder a 
esta  espera ».
387
 Esto es un culto a Dios, porque 
es él quien sembró muchas cosas buenas en los 
demás esperando que las hagamos crecer. 
385
  J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. 


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