A las personas consagradas a los esposos cristianos y a todos los fieles laicos



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 28 de agosto de 2015, p. 12.

224
sus administradores cuidadosos. Pero nuestro 
empeño creativo es una ofrenda que nos permite 
colaborar con la iniciativa de Dios. Por ello, « han 
de ser valorados los cónyuges, madres y padres, 
como sujetos activos de la catequesis […] Es de 
gran ayuda la catequesis familiar, como método 
eficaz para formar a los jóvenes padres de familia 
y hacer que tomen conciencia de su misión de 
evangelizadores de su propia familia ».
309
288.  La educación en la fe sabe adaptarse a cada 
hijo, porque los recursos aprendidos o las recetas 
a veces no funcionan. Los niños necesitan sím-
bolos, gestos, narraciones. Los adolescentes sue-
len entrar en crisis con la autoridad y con las nor-
mas, por lo cual conviene estimular sus propias 
experiencias de fe y ofrecerles testimonios lumi-
nosos que se impongan por su sola belleza. Los 
padres que quieren acompañar la fe de sus hijos 
están atentos a sus cambios, porque saben que 
la experiencia espiritual no se impone sino que 
se propone a su libertad. Es fundamental que 
los hijos vean de una manera concreta que para 
sus padres la oración es realmente importante. 
Por eso los momentos de oración en familia y las 
expresiones  de  la  piedad  popular  pueden  tener 
mayor fuerza evangelizadora que todas las cate-
quesis y que todos los discursos. Quiero expresar 
especialmente mi gratitud a todas las madres que 
oran incesantemente, como lo hacía Santa Móni-
ca, por los hijos que se han alejado de Cristo.
309
 
Relación final 2015, 89.

225
289.  El ejercicio de transmitir a los hijos la fe, 
en  el  sentido  de  facilitar  su  expresión  y  creci-
miento, ayuda a que la familia se vuelva evange-
lizadora, y espontáneamente empiece a transmi-
tirla a todos los que se acercan a ella y aun fuera 
del propio ámbito familiar. Los hijos que crecen 
en familias misioneras a menudo se vuelven mi-
sioneros, si los padres saben vivir esta tarea de 
tal modo que los demás les sientan cercanos y 
amigables, de manera que los hijos crezcan en ese 
modo de relacionarse con el mundo, sin renun-
ciar a su fe y a sus convicciones. Recordemos que 
el mismo Jesús comía y bebía con los pecadores 
(cf. 
Mc 2,16; Mt 11,19), podía detenerse a conver-
sar con la samaritana (cf. 
Jn 4,7-26), y recibir de 
noche a Nicodemo (cf. 
Jn 3,1-21), se dejaba ungir 
sus pies por una mujer prostituta (cf. 
Lc 7,36-50), 
y se detenía a tocar a los enfermos (cf. 
Mc 1,40-
45; 7,33).
 Lo mismo hacían sus apóstoles, que no 
despreciaban a los demás, no estaban recluidos 
en pequeños grupos de selectos, aislados de la 
vida de su gente. Mientras las autoridades los 
acosaban, ellos gozaban de la simpatía « de todo 
el pueblo » (
Hch 2,47; cf. 4,21.33; 5,13). 
290.  « La familia se convierte en sujeto de la ac-
ción  pastoral  mediante  el  anuncio  explícito  del 
Evangelio y el legado de múltiples formas de tes-
timonio, entre las cuales: la solidaridad con los 
pobres, la apertura a la diversidad de las perso-
nas, la custodia de la creación, la solidaridad mo-
ral y material hacia las otras familias, sobre todo 
hacia las más necesitadas, el compromiso con la 

226
promoción del bien común, incluso mediante la 
transformación de las estructuras sociales injus-
tas, a partir del territorio en el cual la familia vive, 
practicando las obras de misericordia corporal y 
espiritual ».
310
 Esto debe situarse en el marco de 
la convicción más preciosa de los cristianos: el 
amor del Padre que nos sostiene y nos promueve, 
manifestado en la entrega total de Jesucristo, vivo 
entre nosotros, que nos hace capaces de afrontar 
juntos todas las tormentas y todas las etapas de la 
vida. También en el corazón de cada familia hay 
que hacer resonar el 
kerygma, a tiempo y a des-
tiempo, para que ilumine el camino. Todos debe-
ríamos ser capaces de decir, a partir de lo vivido 
en nuestras familias: « Hemos conocido el amor 
que Dios nos tiene » (
1 Jn 4,16). Sólo a partir de 
esta experiencia, la pastoral familiar podrá lograr 
que las familias sean a la vez iglesias domésticas y 
fermento evangelizador en la sociedad.
310
 
Ibíd., 93.

227
CAPÍTULO
  
OCTAVO
acompañar,  discernir  
e  integrar  La  fragiLidad 
291.  Los Padres sinodales han expresado que, 
aunque la Iglesia entiende que toda ruptura del 
vínculo matrimonial « va contra la voluntad de 
Dios, también es consciente de la fragilidad de 
muchos de sus hijos ».
311
 Iluminada por la mirada 
de Jesucristo, « mira con amor a quienes partici-
pan en su vida de modo incompleto, reconocien-
do que la gracia de Dios también obra en sus vi-
das, dándoles la valentía para hacer el bien, para 
hacerse cargo con amor el uno del otro y estar al 
servicio de la comunidad en la que viven y traba-
jan ».
312
 Por otra parte, esta actitud se ve fortale-
cida en el contexto de un Año Jubilar dedicado a 
la misericordia. Aunque siempre propone la per-
fección e invita a una respuesta más plena a Dios, 
« la Iglesia debe acompañar con atención y cuida-
do a sus hijos más frágiles, marcados por el amor 
herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza 
y esperanza, como la luz del faro de un puerto 
o de una antorcha llevada en medio de la gente 
para iluminar a quienes han perdido el rumbo o 
311
 
Relatio Synodi 2014, 24.
312
 
Ibíd., 25.

228
se encuentran en medio de la tempestad ».
313
 No 
olvidemos que, a menudo, la tarea de la Iglesia se 
asemeja a la de un hospital de campaña. 
292.  El  matrimonio  cristiano,  reflejo  de  la 
unión entre Cristo y su Iglesia, se realiza plena-
mente en la unión entre un varón y una mujer, 
que se donan recíprocamente en un amor exclu-
sivo y en libre fidelidad, se pertenecen hasta la 
muerte y se abren a la comunicación de la vida, 
consagrados por el sacramento que les confiere 
la gracia para constituirse en iglesia doméstica 
y en fermento de vida nueva para la sociedad. 
Otras formas de unión contradicen radicalmente 
este ideal, pero algunas lo realizan al menos de 
modo parcial y análogo. Los Padres sinodales ex-
presaron que la Iglesia no deja de valorar los ele-
mentos constructivos en aquellas situaciones que 
todavía no corresponden o ya no corresponden 
a su enseñanza sobre el matrimonio.
314
g
raduaLidad
 
en
 
La
 
pastoraL
293.  Los Padres también han puesto la mirada 
en la situación particular de un matrimonio sólo 
civil o, salvadas las distancias, aun de una mera 
convivencia en la que, « cuando la unión alcan-
za una estabilidad notable mediante un vínculo 
público, está connotada de afecto profundo, de 
responsabilidad por la prole, de capacidad de su-
313
 
Ibíd., 28.
314
 Cf. 
ibíd., 41.43; Relación final 2015, 70.

229
perar las pruebas, puede ser vista como una oca-
sión de acompañamiento en la evolución hacia el 
sacramento del matrimonio ».
315
 Por otra parte, 
es preocupante que muchos jóvenes hoy des-
confíen del matrimonio y convivan, postergando 
indefinidamente el compromiso conyugal, mien-
tras otros ponen fin al compromiso asumido y 
de inmediato instauran uno nuevo. Ellos, « que 
forman parte de la Iglesia, necesitan una atención 
pastoral misericordiosa y alentadora ».
316
 Porque 
a los pastores compete no sólo la promoción del 
matrimonio cristiano, sino también « el discerni-
miento pastoral de las situaciones de tantas per-
sonas que ya no viven esta realidad », para « entrar 
en diálogo pastoral con ellas a fin de poner de re-
lieve los elementos de su vida que puedan llevar a 
una mayor apertura al Evangelio del matrimonio 
en su plenitud ».
317
 En el discernimiento pastoral 
conviene « identificar elementos que favorezcan 
la evangelización y el crecimiento humano y es-
piritual ».
318
 
294.  « La elección del matrimonio civil o, en 
otros casos, de la simple convivencia, frecuente-
mente no está motivada por prejuicios o resisten-
cias a la unión sacramental, sino por situaciones 
culturales o contingentes ».
319
 En estas situacio-
315
 
Relatio Synodi 2014, 27.
316
 
Ibíd., 26.
317
 
Ibíd., 41.
318
 
Ibíd.
319
 
Relación final 2015, 71.

230
nes podrán ser valorados aquellos signos de amor 
que  de  algún  modo  reflejan  el  amor  de  Dios.
320
 
Sabemos que « crece continuamente el número de 
quienes después de haber vivido juntos durante 
largo tiempo piden la celebración del matrimonio 
en la Iglesia. La simple convivencia a menudo se 
elige a causa de la mentalidad general contraria a 
las instituciones y a los compromisos definitivos, 
pero también porque se espera adquirir una ma-
yor seguridad existencial (trabajo y salario fijo). En 
otros países, por último, las uniones de hecho son 
muy numerosas, no sólo por el rechazo de los valo-
res de la familia y del matrimonio, sino sobre todo 
por el hecho de que casarse se considera un lujo, 
por las condiciones sociales, de modo que la mise-
ria material impulsa a vivir uniones de hecho ».
321
 
Pero « es preciso afrontar todas estas situaciones 
de manera constructiva, tratando de transformar-
las en oportunidad de camino hacia la plenitud del 
matrimonio y de la familia a la luz del Evangelio. 
Se trata de acogerlas y acompañarlas con paciencia 
y delicadeza ».
322
 Es lo que hizo Jesús con la sama-
ritana (cf. 
Jn 4,1-26): dirigió una palabra a su deseo 
de amor verdadero, para liberarla de todo lo que 
oscurecía su vida y conducirla a la alegría plena del 
Evangelio.
295.  En esta línea, san Juan Pablo II proponía 
la llamada « ley de gradualidad » con la conciencia 
320
 Cf. 
ibíd.
321
 
Relatio Synodi 2014, 42.
322
 
Ibíd., 43.

231
de que el ser humano « conoce, ama y realiza el 
bien moral según diversas etapas de crecimien-
to ».
323
 No es una « gradualidad de la ley », sino 
una gradualidad en el ejercicio prudencial de los 
actos libres en sujetos que no están en condicio-
nes sea de comprender, de valorar o de practi-
car plenamente las exigencias objetivas de la ley. 
Porque la ley es también don de Dios que indi-
ca el camino, don para todos sin excepción que 
se puede vivir con la fuerza de la gracia, aunque 
cada ser humano « avanza gradualmente con la 
progresiva integración de los dones de Dios y de 
las exigencias de su amor definitivo y absoluto en 
toda la vida personal y social ».
324
d
iscernimiento
 
de
 
Las
 
situaciones
 
LLamadas
 
« 
irreguLares
 » 
325
296.  El Sínodo se ha referido a distintas situa-
ciones de fragilidad o imperfección. Al respecto, 
quiero recordar aquí algo que he querido plantear 
con claridad a toda la Iglesia para que no equivo-
quemos el camino: « Dos lógicas recorren toda la 
historia de la Iglesia: marginar y reintegrar […] 
El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jeru-
salén en adelante, es siempre el camino de Jesús, 
el de la misericordia y de la integración […] El 
camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie 
323
  Exhort. ap. 
Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 34: 
AAS 74 (1982), 123.
324
 
Ibíd., 9: AAS 74 (1982), 90.
325
 Cf. 
Catequesis (24 junio 2015): L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 26 de junio de 2015, p. 16.

232
para siempre y difundir la misericordia de Dios a 
todas las personas que la piden con corazón sin-
cero […] Porque la caridad verdadera siempre es 
inmerecida, incondicional y gratuita ».
326
 Enton-
ces, « hay que evitar los juicios que no toman en 
cuenta la complejidad de las diversas situaciones, 
y hay que estar atentos al modo en que las per-
sonas viven y sufren a causa de su condición ».
327
297.  Se trata de integrar a todos, se debe ayu-
dar a cada uno a encontrar su propia manera de 
participar en la comunidad eclesial, para que se 
sienta objeto de una misericordia « inmerecida, 
incondicional y gratuita ». Nadie puede ser con-
denado para siempre, porque esa no es la lógica 
del Evangelio. No me refiero sólo a los divorcia-
dos en nueva unión sino a todos, en cualquier 
situación en que se encuentren. Obviamente, si 
alguien ostenta un pecado objetivo como si fuese 
parte del ideal cristiano, o quiere imponer algo 
diferente a lo que enseña la Iglesia, no puede pre-
tender dar catequesis o predicar, y en ese sentido 
hay algo que lo separa de la comunidad (cf. 
Mt 
18,17). Necesita volver a escuchar el anuncio del 
Evangelio y la invitación a la conversión. Pero 
aun para él puede haber alguna manera de par-
ticipar en la vida de la comunidad, sea en tareas 
sociales, en reuniones de oración o de la manera 
que sugiera su propia iniciativa, junto con el dis-
326
 
Homilía en la Eucaristía celebrada con los nuevos cardenales 
(15 febrero 2015): 
AAS 107 (215), 257.
327
 
Relación final 2015, 51.

233
cernimiento del pastor. Acerca del modo de tra-
tar las diversas situaciones llamadas « irregulares », 
los Padres sinodales alcanzaron un consenso ge-
neral, que sostengo: « Respecto a un enfoque pas-
toral dirigido a las personas que han contraído 
matrimonio civil, que son divorciados y vueltos a 
casar, o que simplemente conviven, compete a la 
Iglesia revelarles la divina pedagogía de la gracia 
en sus vidas y ayudarles a alcanzar la plenitud del 
designio que Dios tiene para ellos »,
328
 siempre 
posible con la fuerza del Espíritu Santo.
298.  Los divorciados en nueva unión, por 
ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy 
diferentes, que no han de ser catalogadas o en-
cerradas  en  afirmaciones  demasiado  rígidas  sin 
dejar lugar a un adecuado discernimiento per-
sonal  y  pastoral.  Existe  el  caso  de  una  segun-
da unión consolidada en el tiempo, con nuevos 
hijos,  con  probada  fidelidad,  entrega  generosa, 
compromiso cristiano, conocimiento de la irre-
gularidad de su situación y gran dificultad para 
volver atrás sin sentir en conciencia que se cae 
en nuevas culpas. La Iglesia reconoce situaciones 
en que « cuando el hombre y la mujer, por mo-
tivos serios, —como, por ejemplo, la educación 
de los hijos— no pueden cumplir la obligación 
de la separación ».
329
 También está el caso de los 
328
 
Relatio Synodi 2014, 25.
329
  J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. 
Familiaris consortio (22 no-
viembre 1981), 84: 
AAS 74 (1982), 186. En estas situaciones, 
muchos, conociendo y aceptando la posibilidad de convivir 

234
que han hecho grandes esfuerzos para salvar el 
primer matrimonio y sufrieron un abandono in-
justo, o el de « los que han contraído una segun-
da unión en vista a la educación de los hijos, y a 
veces están subjetivamente seguros en concien-
cia de que el precedente matrimonio, irreparable-
mente destruido, no había sido nunca válido ».
330
 
Pero otra cosa es una nueva unión que viene de un 
reciente divorcio, con todas las consecuencias de 
sufrimiento y de confusión que afectan a los hijos 
y a familias enteras, o la situación de alguien que 
reiteradamente ha fallado a sus compromisos fa-
miliares. Debe quedar claro que este no es el ideal 
que el Evangelio propone para el matrimonio y la 
familia. Los Padres sinodales han expresado que el 
discernimiento de los pastores siempre debe ha-
cerse  « distinguiendo  adecuadamente »,
331
 con una 
mirada que « discierna bien las situaciones ».
332
 Sa-
bemos que no existen « recetas sencillas ».
333
 
299.  Acojo las consideraciones de muchos Pa-
dres  sinodales,  quienes  quisieron  expresar  que 
« los bautizados que se han divorciado y se han 
« como hermanos » que la Iglesia les ofrece, destacan que si fal-
tan algunas expresiones de intimidad « puede poner en peligro 
no raras veces el bien de la fidelidad y el bien de la prole » (c
onc

e
cum
. V
at
. ii, Const. past. 
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el 
mundo actual, 51).
330
 
Ibíd.
331
 
Relatio Synodi 2014, 26.
332
 
Ibíd., 45.
333
  b
enedicto
 xVi, 
Diálogo con el Papa en la fiesta de los tes-
timoniosVII Encuentro Mundial de las Familias en Milán (2 junio 
2012): 
L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 10 
de junio de
 2012, p. 12.

235
vuelto a casar civilmente deben ser más integra-
dos en la comunidad cristiana en las diversas for-
mas posibles, evitando cualquier ocasión de es-
cándalo. La lógica de la integración es la clave de 
su acompañamiento pastoral, para que no sólo 
sepan que pertenecen al Cuerpo de Cristo que es 
la Iglesia, sino que puedan tener una experiencia 
feliz y fecunda. Son bautizados, son hermanos 
y hermanas, el Espíritu Santo derrama en ellos 
dones y carismas para el bien de todos. Su parti-
cipación puede expresarse en diferentes servicios 
eclesiales: es necesario, por ello, discernir cuáles 
de las diversas formas de exclusión actualmente 
practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, edu-
cativo e institucional pueden ser superadas. Ellos 
no  sólo  no  tienen  que  sentirse  excomulgados, 
sino que pueden vivir y madurar como miembros 
vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre 
que les acoge siempre, los cuida con afecto y los 
anima en el camino de la vida y del Evangelio. 
Esta integración es también necesaria para el cui-
dado y la educación cristiana de sus hijos, que 
deben ser considerados los más importantes ».
334
300.  Si se tiene en cuenta la innumerable di-
versidad de situaciones concretas, como las que 
mencionamos antes, puede comprenderse que no 
debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación 
una nueva normativa general de tipo canónica, 
aplicable a todos los casos. Sólo cabe un nuevo 
aliento a un responsable discernimiento personal 
334
 
Relación final 2015, 84.

236
y pastoral de los casos particulares, que debería 
reconocer que, puesto que « el grado de respon-
sabilidad no es igual en todos los casos »,
335
 las 
consecuencias o efectos de una norma no nece-
sariamente deben ser siempre las mismas.
336
 Los 
presbíteros tienen la tarea de « acompañar a las 
personas interesadas en el camino del discerni-
miento de acuerdo a la enseñanza de la Iglesia 
y las orientaciones del Obispo. En este proceso 
será útil hacer un examen de conciencia, a tra-
vés de momentos de reflexión y arrepentimien-
to. Los divorciados vueltos a casar deberían pre-
guntarse cómo se han comportado con sus hijos 
cuando la unión conyugal entró en crisis; si hubo 
intentos de reconciliación; cómo es la situación 
del cónyuge abandonado; qué consecuencias tie-
ne la nueva relación sobre el resto de la familia 
y la comunidad de los fieles; qué ejemplo ofrece 
esa relación a los jóvenes que deben prepararse 
al matrimonio. Una reflexión sincera puede for-
talecer la confianza en la misericordia de Dios, 
que no es negada a nadie ».
337
 Se trata de un iti-
nerario de acompañamiento y de discernimiento 
que « orienta a estos fieles a la toma de conciencia 
de su situación ante Dios. La conversación con 
el sacerdote, en el fuero interno, contribuye a la 
formación de un juicio correcto sobre aquello 
335
 
Ibíd., 51.
336
  Tampoco en lo referente a la disciplina sacramental, 
puesto que el discernimiento puede reconocer que en una situa-
ción particular no hay culpa grave. Allí se aplica lo que afirmé en 
otro documento: cf. Exhort. ap. 
Evangelii gaudium (24 noviembre 
2013), 44.47: 
AAS 105 (2013), 1038.1040.
337
 
Relación final 2015, 85.

237
que obstaculiza la posibilidad de una participa-
ción más plena en la vida de la Iglesia y sobre los 
pasos que pueden favorecerla y hacerla crecer. 
Dado que en la misma ley no hay gradualidad (cf.
 
Familiaris consortio,
 
34), este discernimiento no po-
drá jamás prescindir de las exigencias de verdad y 
de caridad del Evangelio propuesto por la Iglesia. 
Para que esto suceda, deben garantizarse las con-
diciones necesarias de humildad, reserva, amor a 
la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda sincera 
de la voluntad de Dios y con el deseo de alcan-
zar una respuesta a ella más perfecta ».
338
 Estas 
actitudes son fundamentales para evitar el grave 
riesgo de mensajes equivocados, como la idea de 
que algún sacerdote puede conceder rápidamen-
te « excepciones », o de que existen personas que 
pueden obtener privilegios sacramentales a cam-
bio de favores. Cuando se encuentra una persona 
responsable y discreta, que no pretende poner 
sus deseos por encima del bien común de la Igle-
sia, con un pastor que sabe reconocer la seriedad 
del asunto que tiene entre manos, se evita el ries-
go de que un determinado discernimiento lleve 
a pensar que la Iglesia sostiene una doble moral.
c
ircunstancias
 
atenuantes
 
en
  
eL
 
discernimiento
 
pastoraL
301.  Para entender de manera adecuada por 
qué es posible y necesario un discernimiento es-
pecial en algunas situaciones llamadas « irregu-
338
 
Ibíd., 86.

238
lares », hay una cuestión que debe ser tenida en 
cuenta siempre, de manera que nunca se pien-
se que se pretenden disminuir las exigencias del 
Evangelio. La Iglesia posee una sólida reflexión 
acerca de los condicionamientos y circunstancias 
atenuantes. Por eso, ya no es posible decir que 
todos los que se encuentran en alguna situación 
así llamada « irregular » viven en una situación de 
pecado mortal, privados de la gracia santificante. 
Los límites no tienen que ver solamente con un 
eventual desconocimiento de la norma. Un suje-
to, aun conociendo bien la norma, puede tener 
una gran dificultad para comprender « los valo-
res inherentes a la norma »
339
 o puede estar en 
condiciones concretas que no le permiten obrar 
de manera diferente y tomar otras decisiones sin 
una nueva culpa. Como bien expresaron los Pa-
dres sinodales, « puede haber factores que limitan 
la capacidad de decisión ».
340
 Ya santo Tomás de 
Aquino reconocía que alguien puede tener la gra-
cia y la caridad, pero no poder ejercitar bien algu-
na de las virtudes,
341
 de manera que aunque posea 
todas las virtudes morales infusas, no manifiesta 
con claridad la existencia de alguna de ellas, por-
que el obrar exterior de esa virtud está dificulta-
do: « Se dice que algunos santos no tienen algu-
nas virtudes, en cuanto experimentan dificultad 
339
  J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. 
Familiaris consortio (22 no-
viembre 1981), 33: 
AAS 74 (1982), 121.
340
 
Relación final 2015, 51.
341
 Cf. 
Summa Theologiae I-II, q. 65, a. 3, ad 2; De Malo, q. 
2, a. 2.

239
en sus actos, aunque tengan los hábitos de todas 
las virtudes ».
342
302.  Con respecto a estos condicionamientos, 
el 
Catecismo de la Iglesia Católica se expresa de una 
manera contundente: « La imputabilidad y la res-
ponsabilidad de una acción pueden quedar dis-
minuidas e incluso suprimidas a causa de la ig-
norancia, la inadvertencia, la violencia, el temor
los hábitos, los afectos desordenados y otros fac-
tores psíquicos o sociales ».
343
 En otro párrafo se 
refiere nuevamente a circunstancias que atenúan 
la responsabilidad moral, y menciona, con gran 
amplitud, « la inmadurez afectiva, la fuerza de los 
hábitos contraídos, el estado de angustia u otros 
factores psíquicos o sociales ».
344
 Por esta razón, 
un juicio negativo sobre una situación objetiva 
no implica un juicio sobre la imputabilidad o la 
culpabilidad de la persona involucrada.
345
 En el 
contexto  de  estas  convicciones,  considero  muy 
adecuado lo que quisieron sostener muchos Pa-
342
 
Ibíd., ad 3.
343
  N. 1735.
344
 
Ibíd., 2352; cf. c
ongregación
 
para
 
La
 d
octrina
 
de
 
La
 
f
e
, Declaración 
Iura et bona, sobre la eutanasia (5 mayo 1980), 
II: 
AAS 72 (1980), 546. Juan Pablo II, criticando la categoría de 
« opción fundamental », reconocía que « sin duda pueden darse 
situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicoló-
gico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del pecador »: 
Exhort. ap. 
Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 17: AAS 
77 (1985), 223.
345
 Cf. p
ontificio
 c
onseJo
 
para
 
Los
 t
extos
 L
egisLati
-
Vos

Declaración sobre la admisibilidad a la sagrada comunión de los 
divorciados que se han vuelto a casar (24 junio 2000), 2.

240
dres sinodales: « En determinadas circunstancias, 
las  personas  encuentran  grandes  dificultades 
para actuar en modo diverso […] El discerni-
miento pastoral, aun teniendo en cuenta la con-
ciencia rectamente formada de las personas, debe 
hacerse cargo de estas situaciones. Tampoco las 
consecuencias de los actos realizados son necesa-
riamente las mismas en todos los casos ».
346
303.  A partir del reconocimiento del peso de 
los condicionamientos concretos, podemos agre-
gar que la conciencia de las personas debe ser 
mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en al-
gunas situaciones que no realizan objetivamente 
nuestra concepción del matrimonio. Ciertamen-
te, que hay que alentar la maduración de una con-
ciencia iluminada, formada y acompañada por el 
discernimiento responsable y serio del pastor, y 
proponer una confianza cada vez mayor en la gra-
cia. Pero esa conciencia puede reconocer no sólo 
que una situación no responde objetivamente a la 
propuesta general del Evangelio. También puede 
reconocer con sinceridad y honestidad aquello 
que, por ahora, es la respuesta generosa que se 
puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta se-
guridad moral que esa es la entrega que Dios mis-
mo está reclamando en medio de la complejidad 
concreta de los límites, aunque todavía no sea 
plenamente el ideal objetivo. De todos modos, 
recordemos que este discernimiento es dinámi-
346
 
Relación final 2015, 85.

241
co y debe permanecer siempre abierto a nuevas 
etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que 
permitan realizar el ideal de manera más plena. 
n
ormas
 
y
 
discernimiento
304.  Es mezquino detenerse sólo a considerar 
si el obrar de una persona responde o no a una 
ley o norma general, porque eso no basta para 
discernir  y  asegurar  una  plena  fidelidad  a  Dios 
en la existencia concreta de un ser humano. Rue-
go encarecidamente que recordemos siempre 
algo que enseña santo Tomás de Aquino, y que 
aprendamos a incorporarlo en el discernimien-
to pastoral: « Aunque en los principios generales 
haya necesidad, cuanto más se afrontan las cosas 
particulares, tanta más indeterminación hay […] 
En el ámbito de la acción, la verdad o la rectitud 
práctica no son lo mismo en todas las aplicacio-
nes particulares, sino solamente en los principios 
generales; y en aquellos para los cuales la recti-
tud es idéntica en las propias acciones, esta no es 
igualmente conocida por todos […] Cuanto más 
se desciende a lo particular, tanto más aumenta 
la indeterminación ».
347
 Es verdad que las normas 
generales presentan un bien que nunca se debe 
desatender ni descuidar, pero en su formulación 
no pueden abarcar absolutamente todas las situa-
ciones particulares. Al mismo tiempo, hay que 
decir que, precisamente por esa razón, aquello 
347
 
Summa Theologiae I-II, q. 94, a. 4.

242
que forma parte de un discernimiento práctico 
ante una situación particular no puede ser ele-
vado a la categoría de una norma. Ello no sólo 
daría lugar a una casuística insoportable, sino que 
pondría en riesgo los valores que se deben pre-
servar con especial cuidado.
348
 
305.  Por ello, un pastor no puede sentirse satis-
fecho sólo aplicando leyes morales a quienes vi-
ven en situaciones « irregulares », como si fueran 
rocas que se lanzan sobre la vida de las personas. 
Es el caso de los corazones cerrados, que sue-
len esconderse aun detrás de las enseñanzas de 
la Iglesia « para sentarse en la cátedra de Moisés 
y juzgar, a veces con superioridad y superficiali-
dad, los casos difíciles y las familias heridas ».
349
 
En esta misma línea se expresó la Comisión Teo-
lógica Internacional: « La ley natural no debería 
ser presentada como un conjunto ya constituido 
de reglas que se imponen 
a priori al sujeto moral, 
sino que es más bien una fuente de inspiración 
objetiva para su proceso, eminentemente per-
sonal, de toma de decisión ».
350
 A causa de los 
348
  En otro texto, refiriéndose al conocimiento general de 
la norma y al conocimiento particular del discernimiento prác-
tico, santo Tomás llega a decir que « si no hay más que uno solo 
de los dos conocimientos, es preferible que este sea el cono-
cimiento de la realidad particular que se acerca más al obrar »: 
t
omás
 
de
 a
quino

Sententia libri Ethicorum, VI, 6 (ed. Leonina, 
t. XLVII, 354).
349
 
Discurso en la clausura de la XIV Asamblea General Ordina-
ria del Sínodo de los Obispos (24 octubre 2015): L’Osservatore Roma-
no, ed. semanal en lengua española, 30 de octubre de 2015, p. 4.
350
 
En  busca  de  una  ética  universal:  nueva  mirada  sobre  la  ley 
natural (2009)59.

243
condicionamientos o factores atenuantes, es po-
sible que, en medio de una situación objetiva de 
pecado —que no sea subjetivamente culpable o 
que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir 
en gracia de Dios, se pueda amar, y también se 
pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, 
recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia.
351
 El 
discernimiento debe ayudar a encontrar los posi-
bles
 caminos de respuesta a Dios y de crecimien-
to en medio de los límites. Por creer que todo 
es blanco o negro a veces cerramos el camino 
de la gracia y del crecimiento, y desalentamos 
caminos de santificación que dan gloria a Dios. 
Recordemos que « un pequeño paso, en medio 
de grandes límites humanos, puede ser más agra-
dable a Dios que la vida exteriormente correcta 
de quien transcurre sus días sin enfrentar impor-
tantes dificultades ».
352
 La pastoral concreta de los 
ministros y de las comunidades no puede dejar 
de incorporar esta realidad.
306.  En cualquier circunstancia, ante quienes 
tengan  dificultades  para  vivir  plenamente  la  ley 
divina, debe resonar la invitación a recorrer la 
via 
351
  En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los 
sacramentos. Por eso, « a los sacerdotes les recuerdo que el con-
fesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la mi-
sericordia del Señor »: Exhort. ap. 
Evangelii gaudium (24 noviem-
bre 2013), 44: 
AAS 105 (2013), 1038. Igualmente destaco que la 
Eucaristía « no es un premio para los perfectos sino un generoso 
remedio y un alimento para los débiles » (
ibíd, 47: 1039).
352
  Exhort. ap. 
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44: 
AAS 105 (2013), 1038-1039.

244
caritatis. La caridad fraterna es la primera ley de los 
cristianos (cf. 
Jn 15,12; Ga 5,14). No olvidemos 
la promesa de las Escrituras: « Mantened un amor 
intenso entre vosotros, porque el amor tapa multi-
tud de pecados » (
1 P 4,8); « expía tus pecados con 
limosnas, y tus delitos socorriendo los pobres » 
(
Dn 4,24). « El agua apaga el fuego ardiente y la li-
mosna perdona los pecados » (
Si 3,30). Es también 
lo que enseña san Agustín: « Así como, en peligro 
de incendio, correríamos a buscar agua para apa-
garlo […] del mismo modo, si de nuestra paja sur-
giera la llama del pecado, y por eso nos turbamos, 
cuando se nos ofrezca la ocasión de una obra llena 
de misericordia, alegrémonos de ella como si fuera 
una fuente que se nos ofrezca en la que podamos 
sofocar el incendio ».
353
 
L
a
 
Lógica
 
de
 
La
 
misericordia
 
pastoraL
307.  Para evitar cualquier interpretación des-
viada, recuerdo que de ninguna manera

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