A las personas consagradas a los esposos cristianos y a todos los fieles laicos



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 Al mismo tiempo, « hay que alentar 
a las personas divorciadas que no se han vuelto 
a casar —que a menudo son testigos de la fide-
lidad matrimonial— a encontrar en la Eucaristía 
el alimento que las sostenga en su estado. La co-
munidad local y los pastores deben acompañar a 
estas personas con solicitud, sobre todo cuando 
hay hijos o su situación de pobreza es grave ».
260
 
257
 
Catequesis (24 junio 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 26 de junio de 2015, p. 16.
258
  J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. 
Familiaris Consortio (22 no-
viembre 1981), 83: 
AAS 74 (1982), 184.
259
 
Relatio Synodi 2014, 47.
260
 
Ibíd., 50.

190
Un fracaso familiar se vuelve mucho más trau-
mático y doloroso cuando hay pobreza, porque 
hay muchos menos recursos para reorientar la 
existencia. Una persona pobre que pierde el ám-
bito de la tutela de la familia queda doblemente 
expuesta  al  abandono  y  a  todo  tipo  de  riesgos 
para su integridad. 
243.  A las personas divorciadas que viven en 
nueva unión, es importante hacerles sentir que 
son parte de la Iglesia, que « no están excomul-
gadas » y no son tratadas como tales, porque 
siempre integran la comunión eclesial.
261
 Estas 
situaciones  « exigen  un  atento  discernimiento  y 
un acompañamiento con gran respeto, evitando 
todo lenguaje y actitud que las haga sentir dis-
criminadas, y promoviendo su participación en 
la vida de la comunidad. Para la comunidad cris-
tiana, hacerse cargo de ellos no implica un de-
bilitamiento de su fe y de su testimonio acerca 
de la indisolubilidad matrimonial, es más, en ese 
cuidado expresa precisamente su caridad ».
262
 
244.  Por otra parte, un gran número de Padres 
« subrayó la necesidad de hacer más accesibles y 
ágiles, posiblemente totalmente gratuitos, los pro-
cedimientos para el reconocimiento de los casos 
de  nulidad ».
263
 La lentitud de los procesos irrita 
y cansa a la gente. Mis dos recientes documentos 
261
 Cf. 
Catequesis (5 agosto 2015): L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 7-14 de agosto de 2015, p. 2.
262
 
Relatio Synodi 2014, 51; cf. Relación final 2015, 84.
263
 
Ibíd., 48.

191
sobre esta materia
264
 han llevado a una simplifi-
cación de los procedimientos para una eventual 
declaración de nulidad matrimonial. A través de 
ellos también he querido « hacer evidente que el 
mismo Obispo en su Iglesia, de la que es consti-
tuido pastor y cabeza, es por eso mismo juez en-
tre los fieles que se le han confiado ».
265
 Por ello, 
« la aplicación de estos documentos es una gran 
responsabilidad para los Ordinarios diocesanos, 
llamados a juzgar ellos mismos algunas causas y 
a garantizar, en todos los modos, un acceso más 
fácil de los fieles a la justicia. Esto implica la pre-
paración de un
 
número  suficiente  de  personal, 
integrado por clérigos y laicos, que se dedique 
de modo prioritario a este servicio eclesial. Por 
lo tanto, será, necesario poner a disposición de 
las personas separadas o de las parejas en crisis 
un servicio de información, consejo y mediación, 
vinculado a la pastoral familiar, que también po-
drá acoger a las personas en vista de la investi-
gación preliminar del proceso matrimonial (cf. 
Mitis Iudex Dominus Iesus, art. 2-3) ».
266
245.  Los Padres sinodales también han desta-
cado « las consecuencias de la separación o del 
divorcio sobre los hijos, en cualquier caso víc-
264
  Cf. Motu proprio 
Mitis Iudex Dominus Iesus (15 agosto 
2015): 
L’Osservatore Romano, 9
 de septiembre de 2015, pp. 3-4; 
Motu proprio 
Mitis et Misericors Iesus (15 agosto 2015), preámbu-
lo, 3, 1: 
ibíd., pp. 5-6.
265
 Motu proprio 
Mitis Iudex Dominus Iesus (15 agosto 
2015), preámbulo, 3: 
L’Osservatore Romano, 9 de
 septiembre de 
2015, p. 3.
 
266
 
Relación final 2015, 82.

192
timas inocentes de la situación ».
267
 Por encima 
de todas las consideraciones que quieran hacerse, 
ellos son la primera preocupación, que no debe 
ser opacada por cualquier otro interés u objetivo. 
A los padres separados les ruego: « Jamás, jamás, 
jamás tomar el hijo como rehén. Os habéis sepa-
rado por muchas dificultades y motivos, la vida 
os ha dado esta prueba, pero que no sean los hi-
jos quienes carguen el peso de esta separación, 
que no sean usados como rehenes contra el otro 
cónyuge. Que crezcan escuchando que la mamá 
habla bien del papá, aunque no estén juntos, y 
que el papá habla bien de la mamá ».
268
 Es una 
irresponsabilidad dañar la imagen del padre o de 
la madre con el objeto de acaparar el afecto del 
hijo, para vengarse o para defenderse, porque eso 
afectará a la vida interior de ese niño y provocará 
heridas difíciles de sanar. 
246.  La Iglesia, aunque comprende las situa-
ciones conflictivas que deben atravesar los ma-
trimonios, no puede dejar de ser voz de los más 
frágiles, que son los hijos que sufren, muchas ve-
ces en silencio. Hoy, « a pesar de nuestra sensibi-
lidad aparentemente evolucionada, y todos nues-
tros refinados análisis psicológicos, me pregunto 
si no nos hemos anestesiado también respecto 
a las heridas del alma de los niños […] ¿Senti-
mos el peso de la montaña que aplasta el alma 
267
 
Relatio Synodi 2014, 47.
268
 
Catequesis (20 mayo 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 22 de mayo de 2015, p. 16.

193
de un niño, en las familias donde se trata mal y 
se hace el mal, hasta romper el vínculo de la fide-
lidad  conyugal? ».
269
 Estas malas experiencias no 
ayudan a que esos niños maduren para ser capa-
ces de compromisos definitivos. Por esto, las co-
munidades cristianas no deben dejar solos a los 
padres divorciados en nueva unión. Al contrario, 
deben incluirlos y acompañarlos en su función 
educativa. Porque, « ¿cómo podremos recomen-
dar a estos padres que hagan todo lo posible para 
educar a sus hijos en la vida cristiana, dándoles 
el ejemplo de una fe convencida y practicada, si 
los tuviésemos alejados de la vida en comunidad, 
como si estuviesen excomulgados? Se debe obrar 
de tal forma que no se sumen otros pesos ade-
más de los que los hijos, en estas situaciones, ya 
tienen que cargar ».
270
 Ayudar a sanar las heridas 
de los padres y ayudarlos espiritualmente, es un 
bien también para los hijos, quienes necesitan el 
rostro familiar de la Iglesia que los apoye en esta 
experiencia traumática. El divorcio es un mal, y 
es muy preocupante el crecimiento del número 
de divorcios. Por eso, sin duda, nuestra tarea pas-
toral más importante con respecto a las familias, 
es fortalecer el amor y ayudar a sanar las heridas, 
de manera que podamos prevenir el avance de 
este drama de nuestra época.
269
 
Catequesis (24 junio 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 26 de junio de 2015, p. 16.
270
 
Catequesis (5 agosto 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 7-14 de agosto de 2015, p. 2.

194
Algunas situaciones complejas
247.  « Las problemáticas relacionadas con los 
matrimonios mixtos requieren una atención es-
pecífica. Los matrimonios entre católicos y otros 
bautizados “presentan, aun en su particular fiso-
nomía, numerosos elementos que es necesario 
valorar y desarrollar, tanto por su valor intrínse-
co, como por la aportación que pueden dar al 
movimiento ecuménico”. A tal fin, “se debe bus-
car […] una colaboración cordial entre el minis-
tro católico y el no católico, desde el tiempo de la 
preparación al matrimonio y a la boda” (
Familiaris 
consortio, 78). Acerca de la participación eucarísti-
ca, se recuerda que “la decisión de permitir o no 
al contrayente no católico la comunión eucarís-
tica debe ser tomada de acuerdo con las normas 
vigentes en la materia, tanto para los cristianos 
de Oriente como para los otros cristianos, y te-
niendo en cuenta esta situación especial, es decir, 
que reciben el sacramento del matrimonio dos 
cristianos bautizados. Aunque los cónyuges de 
un  matrimonio  mixto  tienen  en  común  los  sa-
cramentos del bautismo y el matrimonio, com-
partir la Eucaristía sólo puede ser excepcional y, 
en todo caso, deben observarse las disposiciones 
establecidas” (Consejo Pontificio para la Promo-
ción de la Unidad de los Cristianos, 
Directorio para 
la aplicación de los principios y normas sobre el ecumenis-
mo, 25 marzo 1993, 159-160) ».
271
271
 
Relación final 2015, 72.

195
248.  « Los matrimonios con disparidad de culto 
constituyen un lugar privilegiado de diálogo in- 
terreligioso […] Comportan algunas dificultades 
especiales, sea en lo relativo a la identidad cristia-
na de la familia, como a la educación religiosa de 
los hijos […] El número de familias compuestas 
por uniones conyugales con disparidad de culto, 
en aumento en los territorios de misión, e inclu-
so en países de larga tradición cristiana, requiere 
urgentemente una atención pastoral diferenciada 
en función de los diversos contextos sociales y 
culturales. En algunos países, donde no existe la 
libertad de religión, el cónyuge cristiano es obli-
gado a cambiar de religión para poder casarse, y 
no puede celebrar el matrimonio canónico con 
disparidad de culto ni bautizar a los hijos. Por 
lo tanto, debemos reafirmar la necesidad de que 
la libertad religiosa sea respetada para todos ».
272
 
« Se debe prestar especial atención a las personas 
que se unen en este tipo de matrimonios, no sólo 
en el período previo a la boda. Desafíos pecu-
liares enfrentan las parejas y las familias en las 
que uno de los cónyuges es católico y el otro un 
no-creyente. En estos casos es necesario testimo-
niar la capacidad del Evangelio de sumergirse en 
estas situaciones para hacer posible la educación 
en la fe cristiana de los hijos ».
273
249.  « Las situaciones referidas al acceso al bau-
tismo de personas que están en una condición 
272
 
Ibíd., 73.
273
 
Ibíd., 74.

196
matrimonial  compleja  presentan  dificultades 
particulares. Se trata de personas que contrajeron 
una unión matrimonial estable en un momento 
en que al menos uno de ellos aún no conocía la 
fe cristiana. Los obispos están llamados a ejercer, 
en estos casos, un discernimiento pastoral acorde 
con el bien espiritual de ellos ».
274
250.  La Iglesia hace suyo el comportamiento del 
Señor Jesús que en un amor ilimitado se ofrece a 
todas las personas sin excepción.
275
 Con los Padres 
sinodales, he tomado en consideración la situación 
de las familias que viven la experiencia de tener 
en su seno a personas con tendencias homosexua-
les, una experiencia nada fácil ni para los padres ni 
para sus hijos. Por eso, deseamos ante todo reiterar 
que toda persona, independientemente de su ten-
dencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y 
acogida con respeto, procurando evitar « todo sig-
no de discriminación injusta »,
276
 y particularmente 
cualquier forma de agresión y violencia. Por lo que 
se refiere a las familias, se trata por su parte de 
asegurar un respetuoso acompañamiento, con el 
fin de que aquellos que manifiestan una tendencia 
homosexual puedan contar con la ayuda necesaria 
para comprender y realizar plenamente la volun-
tad de Dios en su vida.
277
 
274
 
Ibíd., 75.
275
 Cf. Bula 
Misericordiae vultus (11 abril 2015), 12: AAS 
107 (2015), 407.
276
 
Catecismo  de  la  Iglesia  Católica, 2358; cf. Relación  final 
2015, 76.
277
 Cf. 
Catecismo de la Iglesia Católica, 2358.

197
251.  En el curso del debate sobre la dignidad y 
la misión de la familia, los Padres sinodales han 
hecho notar que los proyectos de equiparación 
de las uniones entre personas homosexuales con 
el  matrimonio,  « no  existe  ningún  fundamento 
para asimilar o establecer analogías, ni siquiera 
remotas, entre las uniones homosexuales y el de-
signio de Dios sobre el matrimonio y la familia 
[…] Es inaceptable que las iglesias locales sufran 
presiones en esta materia y que los organismos 
internacionales condicionen la ayuda financiera a 
los países pobres a la introducción de leyes que 
instituyan el “matrimonio” entre personas del 
mismo sexo ».
278
252.  Las familias monoparentales tienen con 
frecuencia origen a partir de « madres o padres 
biológicos que nunca han querido integrarse en 
la vida familiar, las situaciones de violencia en las 
cuales uno de los progenitores se ve obligado a 
huir con sus hijos, la muerte o el abandono de la 
familia por uno de los padres, y otras situaciones. 
Cualquiera que sea la causa, el progenitor que 
vive con el niño debe encontrar apoyo y consue-
lo entre las familias que conforman la comunidad 
cristiana, así como en los órganos pastorales de 
las parroquias. Además, estas familias soportan 
a menudo otras problemáticas, como las dificul-
tades económicas, la incertidumbre del trabajo 
278
 
Relación final 2015, 76; cf. c
ongregación
 
para
 
La
 d
oc
-
trina
 
de
 
La
 f
e

Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento 
legal de las uniones entre personas homosexuales (3 junio 2003), 4.

198
precario, la dificultad para la manutención de los 
hijos, la falta de una vivienda ».
279
c
uando
 
La
 
muerte
 
cLaVa
 
su
 
aguiJón
253.  A veces la vida familiar se ve desafiada por 
la muerte de un ser querido. No podemos dejar 
de ofrecer la luz de la fe para acompañar a las 
familias que sufren en esos momentos.
280
 Aban-
donar a una familia cuando la lastima una muerte 
sería una falta de misericordia, perder una opor-
tunidad pastoral, y esa actitud puede cerrarnos 
las puertas para cualquier otra acción evangeli-
zadora.
254.  Comprendo la angustia de quien ha per-
dido una persona muy amada, un cónyuge con 
quien ha compartido tantas cosas. Jesús mismo 
se conmovió y se echó a llorar en el velatorio de 
un amigo (cf. 
Jn 11,33.35). ¿Y cómo no com-
prender el lamento de quien ha perdido un hijo? 
Porque « es como si se detuviese el tiempo: se 
abre un abismo que traga el pasado y también el 
futuro […] Y a veces se llega incluso a culpar a 
Dios. Cuánta gente —los comprendo— se enfa-
da con Dios ».
281
 « La viudez es una experiencia 
particularmente difícil […] Algunos, cuando les 
toca vivir esta experiencia, muestran que saben 
279
 
Relación final 2015, 80.
280
 Cf. 
ibíd., 20.
281
 
Catequesis (17 junio 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 19 de junio de 2015, p. 16.

199
volcar sus energías todavía con más entrega en 
los hijos y los nietos, y encuentran en esta expe-
riencia de amor una nueva misión educativa […] 
A quienes no cuentan con la presencia de fami-
liares a los que dedicarse y de los cuales recibir 
afecto y cercanía, la comunidad cristiana debe 
sostenerlos con particular atención y disponibili-
dad, sobre todo si se encuentran en condiciones 
de indigencia ».
282
255.  En general, el duelo por los difuntos pue-
de llevar bastante tiempo, y cuando un pastor 
quiere acompañar ese proceso, tiene que adap-
tarse a las necesidades de cada una de sus etapas. 
Todo el proceso está surcado por preguntas, so-
bre las causas de la muerte, sobre lo que se podría 
haber hecho, sobre lo que vive una persona en 
el momento previo a la muerte. Con un camino 
sincero y paciente de oración y de liberación inte-
rior, vuelve la paz. En algún momento del duelo 
hay que ayudar a descubrir que quienes hemos 
perdido un ser querido todavía tenemos una mi-
sión que cumplir, y que no nos hace bien querer 
prolongar el sufrimiento, como si eso fuera un 
homenaje. La persona amada no necesita nuestro 
sufrimiento ni le resulta halagador que arruine-
mos nuestras vidas. Tampoco es la mejor expre-
sión de amor recordarla y nombrarla a cada rato, 
porque es estar pendientes de un pasado que ya 
no existe, en lugar de amar a ese ser real que aho-
282
 
Relación final 2015, 19.

200
ra está en el más allá. Su presencia física ya no 
es posible, pero si la muerte es algo potente, « es 
fuerte el amor como la muerte » (
Ct 8,6). El amor 
tiene una intuición que le permite escuchar sin 
sonidos y ver en lo invisible. Eso no es imaginar 
al ser querido tal como era, sino poder aceptarlo 
transformado, como es ahora. Jesús resucitado, 
cuando su amiga María quiso abrazarlo con fuer-
za, le pidió que no lo tocara (cf. 
Jn 20,17), para 
llevarla a un encuentro diferente. 
256.  Nos consuela saber que no existe la des-
trucción completa de los que mueren, y la fe nos 
asegura que el Resucitado nunca nos abandona-
rá. Así podemos impedir que la muerte « envene-
ne nuestra vida, que haga vanos nuestros afectos, 
que nos haga caer en el vacío más oscuro ».
283
 La 
Biblia habla de un Dios que nos creó por amor, 
y que nos ha hecho de tal manera que nuestra 
vida no termina con la muerte (cf. 
Sb 3,2-3). San 
Pablo se refiere a un encuentro con Cristo inme-
diatamente después de la muerte: « Deseo partir 
para estar con Cristo » (
Flp 1,23). Con él, después 
de la muerte nos espera « lo que Dios ha prepara-
do para los que lo aman » (
1 Co 2,9). El prefacio 
de la Liturgia de los difuntos expresa bellamente:
 
« Aunque la certeza de morir nos entristece, nos 
consuela la promesa de la futura inmortali dad. 
Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no 
termina, se transforma »
Porque « nuestros seres 
283
 
Catequesis (17 junio 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 19 de junio de 2015, p. 16.

201
queridos no han desaparecido en la oscuridad de 
la nada: la esperanza nos asegura que ellos están 
en las manos buenas y fuertes de Dios ».
284
 
257.  Una manera de comunicarnos con los se-
res queridos que murieron es orar por ellos.
285
 
Dice la Biblia que « rogar por los difuntos » es 
« santo y piadoso » (
2 M 12,44-45). Orar por ellos 
« puede no solamente ayudarles, sino también ha-
cer eficaz su intercesión en nuestro favor ».
286
 El 
Apocalipsis presenta a los mártires intercedien-
do por los que sufren la injusticia en la tierra (cf. 
Ap 6,9-11), solidarios con este mundo en cami-
no. Algunos santos, antes de morir, consolaban 
a sus seres queridos prometiéndoles que estarían 
cerca ayudándoles. Santa Teresa de Lisieux sen-
tía el deseo de seguir haciendo el bien desde el 
cielo.
287
 Santo Domingo afirmaba que « sería más 
útil después de muerto […] Más poderoso en ob-
tener  gracias ».
288
 Son lazos de amor,
289
 porque « la 
unión de los miembros de la Iglesia peregrina con 
284
 
Ibíd.
285
 Cf. 
Catecismo de la Iglesia Católica, 958.
286
 
Ibíd.
287
 Cf. 
Últimas Conversaciones: El « Cuaderno Amarillo » de 
la Madre Inés (17 julio 1897): 
Obras Completas, Burgos 1996, 826. 
A este respecto, es significativo el testimonio de las Hermanas 
del convento sobre la promesa de santa Teresa de que su salida 
de este mundo sería « como una lluvia de rosas » (
ibíd., 9 junio, 
991).
288
  J
ordán
 
de
 s
aJonia

Libellus de principiis Ordinis predica-
torum, 93: Monumenta Historica Sancti Patris Nostri Dominici, XVI, 
Roma 1935, p. 69.
289
 Cf. 
Catecismo de la Iglesia Católica, 957.

202
los hermanos que durmieron en la paz de Cristo 
de ninguna manera se interrumpe […] Se refuerza 
con la comunicación de los bienes espirituales ».
290
 
258.  Si aceptamos la muerte podemos prepa-
rarnos para ella. El camino es crecer en el amor 
hacia los que caminan con nosotros, hasta el día 
en que « ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto 
ni dolor » (
Ap 21,4). De ese modo, también nos 
prepararemos para reencontrar a los seres queri-
dos que murieron. Así como Jesús entregó el hijo 
que había muerto a su madre (cf. 
Lc 7,15), lo mis-
mo hará con nosotros. No desgastemos energías 
quedándonos años y años en el pasado. Mientras 
mejor vivamos en esta tierra, más felicidad po-
dremos compartir con los seres queridos en el 
cielo. Mientras más logremos madurar y crecer, 
más cosas lindas podremos llevarles para el ban-
quete celestial.
290
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Const. dogm. 
Lumen gentium, so-
bre la Iglesia, 49.

203
CAPÍTULO
  
SÉPTIMO
fortaLecer  La  educación  
de  Los  hiJos
259.  Los padres siempre inciden en el desarro-
llo moral de sus hijos, para bien o para mal. Por 
consiguiente, lo más adecuado es que acepten 
esta función inevitable y la realicen de un modo 
consciente, entusiasta, razonable y apropiado. Ya 
que esta función educativa de las familias es tan 
importante y se ha vuelto muy compleja, quiero 
detenerme especialmente en este punto.
¿d
ónde
 
están
 
Los
 
hiJos
?
260.  La familia no puede renunciar a ser lugar 
de sostén, de acompañamiento, de guía, aunque 
deba reinventar sus métodos y encontrar nuevos 
recursos. Necesita plantearse a qué quiere expo-
ner a sus hijos. Para ello, no se debe dejar de pre-
guntarse quiénes se ocupan de darles diversión y 
entretenimiento, quiénes entran en sus habitacio-
nes a través de las pantallas, a quiénes los entre-
gan para que los guíen en su tiempo libre. Sólo 
los momentos que pasamos con ellos, hablando 
con sencillez y cariño de las cosas importantes, 
y las posibilidades sanas que creamos para que 
ellos ocupen su tiempo, permitirán evitar una no-
civa invasión. Siempre hace falta una vigilancia. 

204
El abandono nunca es sano. Los padres deben 
orientar y prevenir a los niños y adolescentes 
para que sepan enfrentar situaciones donde pue-
da haber riesgos, por ejemplo, de agresiones, de 
abuso o de drogadicción. 
261.  Pero la obsesión no es educativa, y no se 
puede tener un control de todas las situaciones 
por las que podría llegar a pasar un hijo. Aquí 
vale el principio de que « el tiempo es superior al 
espacio ».
291
 Es decir, se trata de generar procesos 
más que de dominar espacios. Si un padre está 
obsesionado por saber dónde está su hijo y por 
controlar todos sus movimientos, sólo buscará 
dominar su espacio. De ese modo no lo educará, 
no lo fortalecerá, no lo preparará para enfrentar 
los desafíos. Lo que interesa sobre todo es ge-
nerar en el hijo, con mucho amor, procesos de 
maduración de su libertad, de capacitación, de 
crecimiento integral, de cultivo de la auténtica 
autonomía. Sólo así ese hijo tendrá en sí mismo 
los elementos que necesita para saber defenderse 
y para actuar con inteligencia y astucia en circuns-
tancias difíciles. Entonces la gran cuestión no es 
dónde está el hijo físicamente, con quién está en 
este momento, sino dónde está en un sentido 
existencial, dónde está posicionado desde el pun-
to de vista de sus convicciones, de sus objetivos, 
de sus deseos, de su proyecto de vida. Por eso, 
las preguntas que hago a los padres son: « ¿In-
291
  Exhort.  ap. 
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 
222: 
AAS 105 (2013), 1111.

205
tentamos comprender “dónde” están los hijos 
realmente en su camino? ¿Dónde está realmente 
su alma, lo sabemos? Y, sobre todo, ¿queremos 
saberlo? ».
292
 
262.  Si la madurez fuera sólo el desarrollo de 
algo ya contenido en el código genético, no ha-
bría mucho que hacer. La prudencia, el buen jui-
cio y la sensatez no dependen de factores mera-
mente cuantitativos de crecimiento, sino de toda 
una cadena de elementos que se sintetizan en el 
interior de la persona; para ser más exactos, en el 
centro de su libertad. Es inevitable que cada hijo 
nos sorprenda con los proyectos que broten de 
esa libertad, que nos rompa los esquemas, y es 
bueno que eso suceda. La educación entraña la 
tarea de promover libertades responsables, que 
opten en las encrucijadas con sentido e inteligen-
cia; personas que comprendan sin recortes que 
su vida y la de su comunidad está en sus manos y 
que esa libertad es un don inmenso.
f
ormación
 
ética
 
de
 
Los
 
hiJos
263.  Aunque los padres necesitan de la escuela 
para asegurar una instrucción básica de sus hijos, 
nunca pueden delegar completamente su forma-
ción moral. El desarrollo afectivo y ético de una 
persona requiere de una experiencia fundamen-
tal: creer que los propios padres son dignos de 
292
 
Catequesis (20 mayo 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 22 de mayo de 2015, p. 16.

206
confianza.  Esto  constituye una responsabilidad 
educativa: generar confianza en los hijos con el 
afecto y el testimonio, inspirar en ellos un amo-
roso respeto. Cuando un hijo ya no siente que es 
valioso para sus padres, aunque sea imperfecto, 
o no percibe que ellos tienen una preocupación 
sincera por él, eso crea heridas profundas que 
originan muchas dificultades en su maduración. 
Esa ausencia, ese abandono afectivo, provoca un 
dolor más íntimo que una eventual corrección 
que reciba por una mala acción. 
264.  La tarea de los padres incluye una educa-
ción de la voluntad y un desarrollo de hábitos 
buenos e inclinaciones afectivas a favor del bien. 
Esto implica que se presenten como deseables 
comportamientos a aprender e inclinaciones a 
desarrollar. Pero siempre se trata de un proceso 
que va de lo imperfecto a lo más pleno. El deseo 
de adaptarse a la sociedad, o el hábito de renun-
ciar a una satisfacción inmediata para adaptarse 
a una norma y asegurarse una buena conviven-
cia, es ya en sí mismo un valor inicial que crea 
disposiciones para trascender luego hacia valores 
más altos. La formación moral debería realizarse 
siempre con métodos activos y con un diálogo 
educativo que incorpore la sensibilidad y el len-
guaje propio de los hijos. Además, esta forma-
ción debe realizarse de modo inductivo, de tal 
manera que el hijo pueda llegar a descubrir por sí 
mismo la importancia de determinados valores, 
principios y normas, en lugar de imponérselos 
como verdades irrefutables. 

207
265.  Para obrar bien no basta « juzgar adecua-
damente » o saber con claridad qué se debe hacer 
—aunque esto sea prioritario—. Muchas veces 
somos incoherentes con nuestras propias con-
vicciones, aun cuando sean sólidas. Por más que 
la conciencia nos dicte determinado juicio moral, 
en ocasiones tienen más poder otras cosas que 
nos atraen, si no hemos logrado que el bien cap-
tado por la mente se arraigue en nosotros como 
profunda inclinación afectiva, como un gusto por 
el bien que pese más que otros atractivos, y que 
nos lleve a percibir que eso que captamos como 
bueno lo es también « para nosotros » aquí y aho-
ra. Una formación ética eficaz implica mostrarle 
a la persona hasta qué punto le conviene a ella 
misma obrar bien. Hoy suele ser ineficaz pedir 
algo que exige esfuerzo y renuncias, sin mostrar 
claramente el bien que se puede alcanzar con eso. 
266.  Es necesario desarrollar hábitos. También 
las costumbres adquiridas desde niños tienen 
una función positiva, ayudando a que los gran-
des valores interiorizados se traduzcan en com-
portamientos externos
 sanos y estables. Alguien 
puede tener sentimientos sociables y una buena 
disposición hacia los demás, pero si durante mu-
cho tiempo no se ha habituado por la insistencia 
de los mayores a decir « por favor », « permiso », 
« gracias », su buena disposición interior no se 
traducirá fácilmente en estas expresiones. El for-
talecimiento de la voluntad y la repetición de de-
terminadas acciones construyen la conducta mo-

208
ral, y sin la repetición consciente, libre y valorada 
de determinados comportamientos buenos no se 
termina de educar dicha conducta. Las motiva-
ciones, o el atractivo que sentimos hacia deter-
minado valor, no se convierten en una virtud sin 
esos actos adecuadamente motivados. 
267.  La libertad es algo grandioso, pero pode-
mos echarla a perder. La educación moral es un 
cultivo de la libertad a través de propuestas, mo-
tivaciones, aplicaciones prácticas, estímulos, pre-
mios, ejemplos, modelos, símbolos, reflexiones, 
exhortaciones, revisiones del modo de actuar y 
diálogos que ayuden a las personas a desarrollar 
esos principios interiores estables que mueven a 
obrar espontáneamente el bien. La virtud es una 
convicción que se ha trasformado en un princi-
pio interno y estable del obrar. La vida virtuosa, 
por lo tanto, construye la libertad, la fortalece y la 
educa, evitando que la persona se vuelva esclava 
de inclinaciones compulsivas deshumanizantes y 
antisociales. Porque la misma dignidad humana 
exige  que  cada  uno  « actúe  según  una  elección 
consciente y libre, es decir, movido e inducido 
personalmente desde dentro ».
293
V
aLor
 
de
 
La
 
sanción
 
como
 
estímuLo
268.  Asimismo, es indispensable sensibilizar al 
niño o al adolescente para que advierta que las 
293
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Const. past. 
Gaudium et spes, so-
bre la Iglesia en el mundo actual, 17.

209
malas acciones tienen consecuencias. Hay que 
despertar la capacidad de ponerse en el lugar del 
otro y de dolerse por su sufrimiento cuando se le 
ha hecho daño. Algunas sanciones —a las con-
ductas antisociales agresivas— pueden cumplir 
en parte esta finalidad. Es importante orientar al 
niño con firmeza a que pida perdón y repare el 
daño realizado a los demás. Cuando el camino 
educativo muestra sus frutos en una maduración 
de la libertad personal, el propio hijo en algún 
momento comenzará a reconocer con gratitud 
que ha sido bueno para él crecer en una familia 
e incluso sufrir las exigencias que plantea todo 
proceso formativo. 
269.  La corrección es un estímulo cuando tam-
bién se valoran y se reconocen los esfuerzos y 
cuando el hijo descubre que sus padres mantie-
nen viva una paciente confianza. Un niño corre-
gido con amor se siente tenido en cuenta, percibe 
que es alguien, advierte que sus padres recono-
cen sus posibilidades. Esto no requiere que los 
padres sean inmaculados, sino que sepan reco-
nocer con humildad sus límites y muestren sus 
propios esfuerzos para ser mejores. Pero uno de 
los testimonios que los hijos necesitan de los pa-
dres es que no se dejen llevar por la ira. El hijo 
que comete una mala acción debe ser corregido, 
pero nunca como un enemigo o como aquel con 
quien se descarga la propia agresividad. Además, 
un adulto debe reconocer que algunas malas ac-
ciones tienen que ver con la fragilidad y los lí-

210
mites propios de la edad. Por eso sería nociva 
una actitud constantemente sancionatoria, que 
no ayudaría a advertir la diferente gravedad de 
las acciones y provocaría desánimo e irritación: 
« Padres, no exasperéis a vuestros hijos » (
Ef 6,4; 
cf. 
Col 3,21).
270.  Lo fundamental es que la disciplina no se 
convierta en una mutilación del deseo, sino en 
un estímulo para ir siempre más allá. ¿Cómo in-
tegrar disciplina con inquietud interior? ¿Cómo 
hacer para que la disciplina sea límite constructi-
vo del camino que tiene que emprender un niño 
y no un muro que lo anule o una dimensión de la 
educación que lo acompleje? Hay que saber en-
contrar un equilibrio entre dos extremos igual-
mente nocivos: uno sería pretender construir un 
mundo a medida de los deseos del hijo, que crece 
sintiéndose sujeto de derechos pero no de res-
ponsabilidades. El otro extremo sería llevarlo a 
vivir sin conciencia de su dignidad, de su iden-
tidad única y de sus derechos, torturado por los 
deberes y pendiente de realizar los deseos ajenos. 
p
aciente
 
reaLismo
271.  La educación moral implica pedir a un niño 
o a un joven sólo aquellas cosas que no le signifi-
quen un sacrificio desproporcionado, reclamarle 
sólo una cuota de esfuerzo que no provoque re-
sentimiento o acciones puramente forzadas. El 
camino ordinario es proponer pequeños pasos 
que puedan ser comprendidos, aceptados y valo-

211
rados, e impliquen una renuncia proporcionada. 
De otro modo, por pedir demasiado, no logra-
mos nada. La persona, apenas pueda librarse de 
la autoridad, posiblemente dejará de obrar bien. 
272.  La formación ética despierta a veces des-
precio  debido  a  experiencias  de  abandono,  de 
desilusión, de carencia afectiva, o por una mala 
imagen de los padres. Se proyectan sobre los va-
lores éticos las imágenes torcidas de la figura del 
padre y de la madre, o las debilidades de los adul-
tos. Por eso, hay que ayudar a los adolescentes a 
practicar la analogía: los valores están realizados 
especialmente en algunas personas muy ejempla-
res, pero también se realizan imperfectamente y 
en diversos grados. A la vez, puesto que las resis-
tencias de los jóvenes están muy ligadas a malas 
experiencias,  es  necesario  ayudarles  a  hacer  un 
camino de curación de ese mundo interior heri-
do, de manera que puedan dar un paso para com-
prender y reconciliarse con los seres humanos y 
con la sociedad. 
273.  Cuando se proponen valores, hay que ir 
a poco, avanzar de diversas maneras de acuerdo 
con la edad y con las posibilidades concretas de 
las personas, sin pretender aplicar metodolo-
gías rígidas e inmutables. Los aportes valiosos 
de la psicología y de las ciencias de la educación 
muestran la necesidad de un proceso gradual en 
la consecución de cambios de comportamiento, 
pero también la libertad requiere cauces y estí-
mulos, porque abandonarla a sí misma no garan-

212
tiza la maduración. La libertad concreta, real, es 
limitada y condicionada. No es una pura capaci-
dad de elegir el bien con total espontaneidad. No 
siempre se distingue adecuadamente entre acto 
« voluntario » y acto « libre ». Alguien puede que-
rer algo malo con una gran fuerza de voluntad, 
pero a causa de una pasión irresistible o de una 
mala educación. En ese caso, su decisión es muy 
voluntaria, no contradice la inclinación de su que-
rer, pero no es libre, porque se le ha vuelto casi 
imposible no optar por ese mal. Es lo que sucede 
con un adicto compulsivo a la droga. Cuando la 
quiere lo hace con todas sus ganas, pero está tan 
condicionado que por el momento no es capaz 
de tomar otra decisión. Por lo tanto, su decisión 
es voluntaria, pero no es libre. No tiene sentido 
« dejar que elija con libertad », ya que de hecho no 
puede elegir, y exponerlo a la droga sólo aumenta 
la dependencia. Necesita la ayuda de los demás y 
un camino educativo. 
L
a
 
Vida
 
famiLiar
 
como
 
contexto
 
educatiVo
274.  La familia es la primera escuela de los valo-
res humanos, en la que se aprende el buen uso de 
la libertad. Hay inclinaciones desarrolladas en la 
niñez, que impregnan la intimidad de una perso-
na y permanecen toda la vida como una emotivi-
dad favorable hacia un valor o como un rechazo 
espontáneo de determinados comportamientos. 
Muchas personas actúan toda la vida de una de-
terminada manera porque consideran valioso ese 
modo de actuar que se incorporó en ellos desde 

213
la infancia, como por ósmosis: « A mí me ense-
ñaron así »; « eso es lo que me inculcaron ». En 
el ámbito familiar también se puede aprender a 
discernir de manera crítica los mensajes de los 
diversos medios de comunicación. Lamentable-
mente, muchas veces algunos programas televisi-
vos o ciertas formas de publicidad inciden nega-
tivamente y debilitan valores recibidos en la vida 
familiar.
275.  En este tiempo, en el que reinan la ansie-
dad y la prisa tecnológica, una tarea importantí-
sima de las familias es educar para la capacidad 
de esperar. No se trata de prohibir a los chicos 
que jueguen con los dispositivos electrónicos, 
sino de encontrar la forma de generar en ellos 
la capacidad de diferenciar las diversas lógicas 
y de no aplicar la velocidad digital a todos los 
ámbitos de la vida. La postergación no es negar 
el deseo sino diferir su satisfacción. Cuando los 
niños o los adolescentes no son educados para 
aceptar que algunas cosas deben esperar, se con-
vierten en atropelladores, que someten todo a la 
satisfacción de sus necesidades inmediatas y cre-
cen con el vicio del « quiero y tengo ». Este es 
un gran engaño que no favorece la libertad, sino 
que la enferma. En cambio, cuando se educa para 
aprender a posponer algunas cosas y para esperar 
el momento adecuado, se enseña lo que es ser 
dueño de sí mismo, autónomo ante sus propios 
impulsos. Así, cuando el niño experimenta que 
puede hacerse cargo de sí mismo, se enriquece 

214
su autoestima. A su vez, esto le enseña a respe-
tar la libertad de los demás. Por supuesto que 
esto no implica exigirles a los niños que actúen 
como adultos, pero tampoco cabe menospreciar 
su capacidad de crecer en la maduración de una 
libertad responsable. En una familia sana, este 
aprendizaje se produce de manera ordinaria por 
las exigencias de la convivencia.
276.  La familia es el ámbito de la socializa-
ción primaria, porque es el primer lugar donde 
se aprende a colocarse frente al otro, a escuchar, 
a compartir, a soportar, a respetar, a ayudar, a 
convivir. La tarea educativa tiene que despertar 
el sentimiento del mundo y de la sociedad como 
hogar, es una educación para saber « habitar », 
más allá de los límites de la propia casa. En el 
contexto familiar se enseña a recuperar la vecin-
dad, el cuidado, el saludo. Allí se rompe el primer 
cerco del mortal egoísmo para reconocer que vi-
vimos junto a otros, con otros, que son dignos de 
nuestra atención, de nuestra amabilidad, de nues-
tro afecto. No hay lazo social sin esta primera 
dimensión cotidiana, casi microscópica: el estar 
juntos en la vecindad, cruzándonos en distintos 
momentos del día, preocupándonos por lo que 
a todos nos afecta, socorriéndonos mutuamente 
en las pequeñas cosas cotidianas. La familia tie-
ne que inventar todos los días nuevas formas de 
promover el reconocimiento mutuo. 
277.  En el hogar también se pueden replan-
tear los hábitos de consumo para cuidar juntos 

215
la casa común: « La familia es el sujeto protago-
nista de una ecología integral, porque es el sujeto 
social primario, que contiene en su seno los dos 
principios-base de la civilización humana sobre 
la tierra: el principio de comunión y el principio 
de fecundidad ».
294
 Igualmente, los momentos di-
fíciles y duros de la vida familiar pueden ser muy 
educativos. Es lo que sucede, por ejemplo, cuan-
do llega una enfermedad, porque « ante la enfer-
medad, incluso en la familia surgen dificultades, a 
causa de la debilidad humana. Pero, en general, el 
tiempo de la enfermedad hace crecer la fuerza de 
los vínculos familiares […] Una educación que 
deja de lado la sensibilidad por la enfermedad 
humana, aridece el corazón; y hace que los jóve-
nes estén “anestesiados” respecto al sufrimiento 
de los demás, incapaces de confrontarse con el 
sufrimiento y vivir la experiencia del límite ».
295
278.  El encuentro educativo entre padres e 
hijos puede ser facilitado o perjudicado por las 
tecnologías de la comunicación y la distracción, 
cada  vez  más  sofisticadas.  Cuando  son  bien 
utilizadas pueden ser útiles para conectar a los 
miembros de la familia a pesar de la distancia. 
Los contactos pueden ser frecuentes y ayudar a 
resolver  dificultades.
296
 Pero debe quedar claro 
294
 
Catequesis (30 septiembre 2015): L’Osservatore Romano, 
ed. semanal en lengua española, 2 de octubre de 2015, p. 2.
295
 
Catequesis (10 junio 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 12 de junio de 2015, p. 16.
296
 Cf. 
Relación final 2015, 67.

216
que no sustituyen ni reemplazan la necesidad del 
diálogo más personal y profundo que requiere 
del contacto físico, o al menos de la voz de la 
otra persona. Sabemos que a veces estos recur-
sos alejan en lugar de acercar, como cuando en 
la hora de la comida cada uno está concentrado 
en su teléfono móvil, o como cuando uno de los 
cónyuges se queda dormido esperando al otro, 
que pasa horas entretenido con algún dispositivo 
electrónico. En la familia, también esto debe ser 
motivo de diálogo y de acuerdos, que permitan 
dar prioridad al encuentro de sus miembros sin 
caer en prohibiciones irracionales. De cualquier 
modo, no se pueden ignorar los riesgos de las 
nuevas formas de comunicación para los niños y 
adolescentes, que a veces los convierten en abú-
licos, desconectados del mundo real. Este « autis-
mo tecnológico » los expone más fácilmente a los 
manejos de quienes buscan entrar en su intimi-
dad con intereses egoístas.
279.  Tampoco es bueno que los padres se con-
viertan en seres omnipotentes para sus hijos, que 
sólo puedan confiar en ellos, porque así impiden 
un adecuado proceso de socialización y de ma-
duración afectiva. Para hacer efectiva esa prolon-
gación de la paternidad en una realidad más am-
plia, « las comunidades cristianas están llamadas 
a ofrecer su apoyo a la misión educativa de las 
familias »,
297
 de manera particular a través de la 
297
 
Catequesis (20 mayo 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 22 de mayo de 2015, p. 16.

217
catequesis de iniciación. Para favorecer una edu-
cación integral necesitamos « reavivar la alianza 
entre la familia y la comunidad cristiana ».
298
 El 
Sínodo ha querido resaltar la importancia de la 
escuela católica, que « desarrolla una función vi-
tal de ayuda a los padres en su deber de educar a 
los hijos […] Las escuelas católicas deberían ser 
alentadas en su misión de ayudar a los alumnos 
a crecer como adultos maduros que pueden ver 
el mundo a través de la mirada de amor de Je-
sús y comprender la vida como una llamada a 
servir a Dios ».
299
 Para ello « hay que afirmar de-
cididamente la libertad de la Iglesia de enseñar 
la propia doctrina y el derecho a la objeción de 
conciencia por parte de los educadores ».
300
s
í
 
a
 
La
 
educación
 
sexuaL
280.  El Concilio Vaticano II planteaba la ne-
cesidad de « una positiva y prudente educación 
sexual »  que  llegue  a  los  niños  y  adolescentes 
« conforme avanza su edad » y « teniendo en 
cuenta el progreso de la psicología, la pedago-
gía y la didáctica ».
301
 Deberíamos preguntarnos 
si nuestras instituciones educativas han asumido 
este desafío. Es difícil pensar la educación sexual 
298
 
Catequesis (9 septiembre 2015): L’Osservatore Romano, 
ed. semanal en lengua española, 11 de septiembre de 2015, p. 
14.
299
 
Relación final 2015, 68.
300
 
Ibíd., 58.
301
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Declaración 
Gravissimum educatio-
nis, sobre la educación cristiana de la juventud, 1.

218
en una época en que la sexualidad tiende a bana-
lizarse y a empobrecerse. Sólo podría entenderse 
en el marco de una educación para el amor, para 
la donación mutua. De esa manera, el lenguaje de 
la sexualidad no se ve tristemente empobrecido, 
sino iluminado. El impulso sexual puede ser cul-
tivado en un camino de autoconocimiento y en 
el desarrollo de una capacidad de autodominio, 
que pueden ayudar a sacar a la luz capacidades 
preciosas de gozo y de encuentro amoroso. 
281.  La educación sexual brinda información, 
pero sin olvidar que los niños y los jóvenes no 
han alcanzado una madurez plena. La informa-
ción debe llegar en el momento apropiado y de 
una manera adecuada a la etapa que viven. No sir-
ve saturarlos de datos sin el desarrollo de un sen-
tido crítico ante una invasión de propuestas, ante 
la pornografía descontrolada y la sobrecarga de 
estímulos que pueden mutilar la sexualidad. Los 
jóvenes deben poder advertir que están bombar-
deados por mensajes que no buscan su bien y su 
maduración. Hace falta ayudarles a reconocer y a 
buscar las influencias positivas, al mismo tiempo 
que toman distancia de todo lo que desfigura su 
capacidad de amar. Igualmente, debemos aceptar 
que « la necesidad de un lenguaje nuevo y más 
adecuado se presenta especialmente en el tiempo 
de presentar a los niños y adolescentes el tema de 
la sexualidad ».
302
302
 
Relación final 2015, 56.

219
282.  Una educación sexual que cuide un sano 
pudor tiene un valor inmenso, aunque hoy al-
gunos consideren que es una cuestión de otras 
épocas. Es una defensa natural de la persona que 
resguarda su interioridad y evita ser convertida 
en un puro objeto. Sin el pudor, podemos redu-
cir el afecto y la sexualidad a obsesiones que nos 
concentran sólo en la genitalidad, en morbosida-
des que desfiguran nuestra capacidad de amar y 
en diversas formas de violencia sexual que nos 
llevan a ser tratados de modo inhumano o a da-
ñar a otros. 
283.  Con frecuencia la educación sexual se con-
centra en la invitación a « cuidarse », procurando 
un « sexo seguro ». Esta expresión transmite una 
actitud negativa hacia la finalidad procreativa na-
tural  de  la  sexualidad,  como  si  un  posible  hijo 
fuera un enemigo del cual hay que protegerse. 
Así se promueve la agresividad narcisista en lugar 
de la acogida. Es irresponsable toda invitación a 
los adolescentes a que jueguen con sus cuerpos y 
deseos, como si tuvieran la madurez, los valores, 
el compromiso mutuo y los objetivos propios 
del matrimonio. De ese modo se los alienta ale-
gremente a utilizar a otra persona como objeto 
de búsquedas compensatorias de carencias o de 
grandes límites. Es importante más bien enseñar-
les un camino en torno a las diversas expresiones 
del amor, al cuidado mutuo, a la ternura respe-
tuosa, a la comunicación rica de sentido. Porque 
todo eso prepara para un don de sí íntegro y ge-

220
neroso que se expresará, luego de un compromi-
so público, en la entrega de los cuerpos. La unión 
sexual en el matrimonio aparecerá así como sig-
no de un compromiso totalizante, enriquecido 
por todo el camino previo. 
284.  No hay que engañar a los jóvenes lleván-
doles a confundir los planos: la atracción « crea, 
por un momento, la ilusión de la “unión”, pero, 
sin amor, tal unión deja a los desconocidos tan 
separados como antes ».
303
 El lenguaje del cuer-
po requiere el paciente aprendizaje que permi-
te interpretar y educar los propios deseos para 
entregarse de verdad. Cuando se pretende entre-
gar todo de golpe es posible que no se entregue 
nada. Una cosa es comprender las fragilidades 
de la edad o sus confusiones, y otra es alentar a 
los adolescentes a prolongar la inmadurez de su 
forma de amar. Pero ¿quién habla hoy de estas 
cosas? ¿Quién es capaz de tomarse en serio a los 
jóvenes? ¿Quién les ayuda a prepararse en serio 
para un amor grande y generoso? Se toma dema-
siado a la ligera la educación sexual.
285.  La educación sexual debería incluir tam-
bién el respeto y la valoración de la diferencia, 
que muestra a cada uno la posibilidad de superar 
el encierro en los propios límites para abrirse a 
la aceptación del otro. Más allá de las compren-
sibles dificultades que cada uno pueda vivir, hay 
303
  e
rich
 f
romm

The art of  LovingNew York 1956, 54.

221
que ayudar a aceptar el propio cuerpo tal como 
ha sido creado, porque « una lógica de dominio 
sobre el propio cuerpo se transforma en una ló-
gica a veces sutil de dominio sobre la creación 
[…] También la valoración del propio cuerpo en 
su femineidad o masculinidad es necesaria para 
reconocerse a sí mismo en el encuentro con el 
diferente. De este modo es posible aceptar gozo-
samente el don específico del otro o de la otra, 
obra del Dios creador, y enriquecerse recípro-
camente ».
304
 Sólo perdiéndole el miedo a la di-
ferencia, uno puede terminar de liberarse de la 
inmanencia del propio ser y del embeleso por sí 
mismo. La educación sexual debe ayudar a acep-
tar el propio cuerpo, de manera que la persona 
no pretenda « cancelar la diferencia sexual porque 
ya no sabe confrontarse con la misma ».
305
286.  Tampoco se puede ignorar que en la con-
figuración del propio modo de ser, femenino o 
masculino, no confluyen sólo factores biológicos 
o genéticos, sino múltiples elementos que tienen 
que ver con el temperamento, la historia familiar, 
la cultura, las experiencias vividas, la formación 
recibida,  las  influencias  de  amigos,  familiares  y 
personas admiradas, y otras circunstancias con-
cretas que exigen un esfuerzo de adaptación. Es 
verdad que no podemos separar lo que es mascu-
lino y femenino de la obra creada por Dios, que 
304
  Carta enc. 
Laudato si ’ (24 mayo 2015), 155.
305
 
Catequesis (15 abril 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 17 de abril de 2015, p. 2.

222
es  anterior  a  todas  nuestras  decisiones  y  expe-
riencias, donde hay elementos biológicos que es 
imposible ignorar. Pero también es verdad que lo 
masculino y lo femenino no son algo rígido. Por 
eso es posible, por ejemplo, que el modo de ser 
masculino del esposo pueda adaptarse de manera 
flexible a la situación laboral de la esposa. Asumir 
tareas domésticas o algunos aspectos de la crian-
za de los hijos no lo vuelven menos masculino 
ni significan un fracaso, una claudicación o una 
vergüenza. Hay que ayudar a los niños a aceptar 
con normalidad estos sanos « intercambios », que 
no quitan dignidad alguna a la figura paterna. La 
rigidez se convierte en una sobreactuación de lo 
masculino o femenino, y no educa a los niños 
y jóvenes para la reciprocidad encarnada en las 
condiciones reales del matrimonio. Esa rigidez, 
a su vez, puede impedir el desarrollo de las ca-
pacidades de cada uno, hasta el punto de llevar 
a considerar como poco masculino dedicarse al 
arte o a la danza y poco femenino desarrollar al-
guna tarea de conducción. Esto gracias a Dios ha 
cambiado, pero en algunos lugares ciertas con-
cepciones inadecuadas siguen condicionando la 
legítima libertad y mutilando el auténtico desa-
rrollo de la identidad concreta de los hijos o de 
sus potencialidades. 
t
ransmitir
 
La
 
fe
287.  La educación de los hijos debe estar mar-
cada por un camino de transmisión de la fe, que 
se dificulta por el estilo de vida actual, por los 
horarios de trabajo, por la complejidad del mun-

223
do de hoy donde muchos llevan un ritmo fre-
nético para poder sobrevivir.
306
 Sin embargo, el 
hogar debe seguir siendo el lugar donde se en-
señe a percibir las razones y la hermosura de la 
fe, a rezar y a servir al prójimo. Esto comienza 
en el bautismo, donde, como decía san Agustín, 
las madres que llevan a sus hijos « cooperan con 
el parto santo ».
307
 Después comienza el camino 
del crecimiento de esa vida nueva. La fe es don 
de Dios, recibido en el bautismo, y no es el re-
sultado de una acción humana, pero los padres 
son instrumentos de Dios para su maduración 
y desarrollo. Entonces « es hermoso cuando las 
mamás enseñan a los hijos pequeños a mandar 
un beso a Jesús o a la Virgen. ¡Cuánta ternura hay 
en ello! En ese momento el corazón de los niños 
se convierte en espacio de oración ».
308
 La trans-
misión de la fe supone que los padres vivan la 
experiencia real de confiar en Dios, de buscarlo, 
de necesitarlo, porque sólo de ese modo « una ge-
neración pondera tus obras a la otra, y le cuenta 
tus hazañas » (
Sal 144,4) y « el padre enseña a sus 
hijos tu fidelidad » (
Is 38,19). Esto requiere que 
imploremos la acción de Dios en los corazones, 
allí donde no podemos llegar. El grano de mos-
taza, tan pequeña semilla, se convierte en un gran 
arbusto (cf. 
Mt 13,31-32), y así reconocemos la 
desproporción entre la acción y su efecto. Enton-
ces sabemos que no somos dueños del don sino 
306
 Cf.
 Relación final 2015, 13-14.
307
 
De sancta virginitate, 7, 7: PL 40, 400.
308
 
Catequesis (26 agosto 2015): L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española,

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