A las personas consagradas a los esposos cristianos y a todos los fieles laicos



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Relación final 2015, 28.
197
 
Catequesis (4 febrero 2015): L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 6 de febrero de 2015, p. 16.
198
 
Ibíd.

138
f
ecundidad
 
ampLiada
178.  Muchas parejas de esposos no pueden te-
ner hijos. Sabemos lo mucho que se sufre por 
ello. Por otro lado, sabemos también que « el ma-
trimonio no ha sido instituido solamente para la 
procreación […] Por ello, aunque la prole, tan de-
seada, muchas veces falte, el matrimonio, como 
amistad y comunión de la vida toda, sigue exis-
tiendo y conserva su valor e indisolubilidad ».
199
 
Además, « la maternidad no es una realidad ex-
clusivamente  biológica,  sino  que  se  expresa  de 
diversas maneras ».
200
179.  La adopción es un camino para realizar la 
maternidad y la paternidad de una manera muy 
generosa, y quiero alentar a quienes no pueden 
tener hijos a que sean magnánimos y abran su 
amor matrimonial para recibir a quienes es-
tán privados de un adecuado contexto familiar. 
Nunca se arrepentirán de haber sido generosos. 
Adoptar es el acto de amor de regalar una familia 
a quien no la tiene. Es importante insistir en que 
la legislación pueda facilitar los trámites de adop-
ción, sobre todo en los casos de hijos no desea-
dos, en orden a prevenir el aborto o el abandono. 
Los que asumen el desafío de adoptar y acogen 
a una persona de manera incondicional y gratui-
199
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Const. past. 
Gaudium et spes, so-
bre la Iglesia en el mundo actual, 50.
200
  V  c
onferencia
  g
eneraL
 
deL
  e
piscopado
  L
atino

americano
 
y
 
deL
 c
aribe

Documento de Aparecida (29 junio 2007), 
457.

139
ta, se convierten en mediaciones de ese amor de 
Dios que dice: « Aunque tu madre te olvidase, yo 
jamás te olvidaría » (
Is 49,15).
180.  « La opción de la adopción y de la acogida 
expresa una fecundidad particular de la experien-
cia conyugal, no sólo en los casos de esposos con 
problemas de fertilidad […] Frente a situaciones 
en las que el hijo es querido a cualquier precio, 
como un derecho a la propia autoafirmación, la 
adopción y la acogida, entendidas correctamente, 
muestran un aspecto importante del ser padres y 
del ser hijos, en cuanto ayudan a reconocer que 
los hijos, tanto naturales como adoptados o aco-
gidos, son otros sujetos en sí mismos y que hace 
falta recibirlos, amarlos, hacerse cargo de ellos y 
no sólo traerlos al mundo. El interés superior del 
niño debe primar en los procesos de adopción 
y  acogida ».
201
 Por otra parte, « se debe frenar el 
tráfico de niños entre países y continentes me-
diante oportunas medidas legislativas y el control 
estatal ».
202
181.  Conviene también recordar que la pro-
creación o la adopción no son las únicas maneras 
de vivir la fecundidad del amor. Aun la familia 
con muchos hijos está llamada a dejar su huella 
en la sociedad donde está inserta, para desarrollar 
otras formas de fecundidad que son como la pro-
longación del amor que la sustenta. No olviden 
201
 
Relación final 2015, 65.
202
 
Ibíd.

140
las familias cristianas que « la fe no nos aleja del 
mundo, sino que nos introduce más profunda-
mente en él […] Cada uno de nosotros tiene un 
papel especial que desempeñar en la preparación 
de la venida del Reino de Dios ».
203
 La familia no 
debe pensar a sí misma como un recinto llamado 
a protegerse de la sociedad. No se queda a la es-
pera, sino que sale de sí en la búsqueda solidaria. 
Así se convierte en un nexo de integración de la 
persona con la sociedad y en un punto de unión 
entre lo público y lo privado. Los matrimonios 
necesitan adquirir una clara y convencida con-
ciencia sobre sus deberes sociales. Cuando esto 
sucede, el afecto que los une no disminuye, sino 
que se llena de nueva luz, como lo expresan los 
siguientes versos:
« 
Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia.
Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos ».
204
182.  Ninguna familia puede ser fecunda si se 
concibe como demasiado diferente o « separa-
203
 
Discurso en el Encuentro con las Familias en Manila (16 ene-
ro 2015): 
AAS 107 (2015), 178.
204
  m
ario
  b
enedetti
, « Te quiero », en 
Poemas de otros, 
Buenos Aires 1993, 316.

141
da ». Para evitar este riesgo, recordemos que la 
familia de Jesús, llena de gracia y de sabiduría, no 
era vista como una familia « rara », como un ho-
gar extraño y alejado del pueblo. Por eso mismo a 
la gente le costaba reconocer la sabiduría de Jesús 
y decía: « ¿De dónde saca todo eso? […] ¿No es 
este el carpintero, el hijo de María? » (
Mc 6,2-3). 
« ¿No es el hijo del carpintero? » (
Mc 6,2-3). « ¿No 
es este el hijo del carpintero? » (
Mt 13,55). Esto 
confirma que era una familia sencilla, cercana a 
todos, integrada con normalidad en el pueblo. Je-
sús tampoco creció en una relación cerrada y ab-
sorbente con María y con José, sino que se movía 
gustosamente en la familia ampliada, que incluía 
a los parientes y amigos. Eso explica que, cuando 
volvían de Jerusalén, sus padres aceptaban que el 
niño de doce años se perdiera en la caravana un 
día entero, escuchando las narraciones y compar-
tiendo las preocupaciones de todos: « Creyendo 
que estaba en la caravana, anduvieron el camino 
de un día » (
Lc 2,44). Sin embargo a veces suce-
de que algunas familias cristianas, por el lenguaje 
que usan, por el modo de decir las cosas, por el 
estilo de su trato, por la repetición constante de 
dos o tres temas, son vistas como lejanas, como 
separadas de la sociedad, y hasta sus propios pa-
rientes se sienten despreciados o juzgados por 
ellas.
183.  Un matrimonio que experimente la fuer-
za del amor, sabe que ese amor está llamado a 
sanar las heridas de los abandonados, a instau-

142
rar la cultura del encuentro, a luchar por la jus-
ticia.  Dios  ha  confiado  a  la  familia  el  proyecto 
de hacer « doméstico » el mundo,
205
 para que to-
dos lleguen a sentir a cada ser humano como un 
hermano: « Una mirada atenta a la vida cotidiana 
de los hombres y mujeres de hoy muestra inme-
diatamente la necesidad que hay por todos lados 
de una robusta inyección de espíritu familiar […] 
No sólo la organización de la vida común se 
topa cada vez más con una burocracia del todo 
extraña  a  las  uniones  humanas  fundamentales, 
sino, incluso, las costumbres sociales y políticas 
muestran a menudo signos de degradación ».
206
 
En cambio, las familias abiertas y solidarias ha-
cen espacio a los pobres, son capaces de tejer una 
amistad con quienes lo están pasando peor que 
ellas. Si realmente les importa el Evangelio, no 
pueden olvidar lo que dice Jesús: « Que cada vez 
que lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos 
más pequeños, conmigo lo hicisteis » (
Mt 25,40). 
En definitiva, viven lo que se nos pide con tanta 
elocuencia en este texto: « Cuando des una co-
mida o una cena, no llames a tus amigos, ni a 
tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos 
ricos. Porque si luego ellos te invitan a ti, esa será 
tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a 
los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos, 
205
 Cf. 
Catequesis (16 septiembre 2015): L’Osservatore Roma-
no, ed. semanal en lengua española, 18 de septiembre de 2015, 
p. 6.
206
 
Catequesis (7 octubre 2015): L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 9 de octubre de 2015, p. 2.

143
y serás dichoso » (
Lc 14,12-14). ¡Serás dichoso! 
He aquí el secreto de una familia feliz.
184.  Con el testimonio, y también con la pa-
labra,  las  familias  hablan  de  Jesús  a  los  demás, 
transmiten la fe, despiertan el deseo de Dios, y 
muestran la belleza del Evangelio y del estilo de 
vida que nos propone. Así, los matrimonios cris-
tianos pintan el gris del espacio público llenán-
dolo del color de la fraternidad, de la sensibilidad 
social, de la defensa de los frágiles, de la fe lu-
minosa, de la esperanza activa. Su fecundidad se 
amplía y se traduce en miles de maneras de hacer 
presente el amor de Dios en la sociedad.
Discernir el cuerpo
185.  En esta línea es conveniente tomar muy 
en serio un texto bíblico que suele ser interpre-
tado fuera de su contexto, o de una manera muy 
general, con lo cual se puede descuidar su sentido 
más inmediato y directo, que es marcadamente 
social. Se trata de 
1 Co 11,17-34, donde san Pablo 
enfrenta una situación vergonzosa de la comuni-
dad. Allí, algunas personas acomodadas tendían a 
discriminar a los pobres, y esto se producía inclu-
so en el ágape que acompañaba a la celebración 
de la Eucaristía. Mientras los ricos gustaban sus 
manjares, los pobres se quedaban mirando y sin 
tener qué comer: Así, « uno pasa hambre, el otro 
está borracho. ¿No tenéis casas donde comer y 
beber? ¿O tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios 
que humilláis a los pobres? » (vv.
 21-22). 

144
186.  La Eucaristía reclama la integración en un 
único cuerpo eclesial. Quien se acerca al Cuer-
po y a la Sangre de Cristo no puede al mismo 
tiempo ofender este mismo Cuerpo provocando 
escandalosas divisiones y discriminaciones entre 
sus miembros. Se trata, pues, de « discernir » el 
Cuerpo del Señor, de reconocerlo con fe y cari-
dad, tanto en los signos sacramentales como en 
la comunidad, de otro modo, se come y se bebe 
la propia condenación (cf. v.
 11, 29). Este texto 
bíblico es una seria advertencia para las familias 
que se encierran en su propia comodidad y se 
aíslan, pero más particularmente para las familias 
que permanecen indiferentes ante el sufrimiento 
de las familias pobres y más necesitadas. La ce-
lebración eucarística se convierte así en un cons-
tante llamado para « que cada cual se examine » 
(v.
 28) en orden a abrir las puertas de la propia 
familia a una mayor comunión con los descarta-
bles de la sociedad, y, entonces sí, recibir el Sacra-
mento del amor eucarístico que nos hace un sólo 
cuerpo. No hay que olvidar que « la “mística” del 
Sacramento tiene un carácter social ».
207
 Cuando 
quienes comulgan se resisten a dejarse impulsar 
en un compromiso con los pobres y sufrientes, o 
consienten distintas formas de división, de des-
precio y de inequidad, la Eucaristía es recibida 
indignamente. En cambio, las familias que se 
alimentan de la Eucaristía con adecuada disposi-
207
  b
enedicto
 xVi, Carta enc. 
Deus caritas est (25 diciem-
bre 2005), 14: 
AAS 98 (2006), 228.

145
ción refuerzan su deseo de fraternidad, su senti-
do social y su compromiso con los necesitados.
L
a
 
Vida
 
en
 
La
 
famiLia
 
grande
187.  El pequeño núcleo familiar no debería 
aislarse de la familia ampliada, donde están los 
padres, los tíos, los primos, e incluso los vecinos. 
En esa familia grande puede haber algunos ne-
cesitados de ayuda, o al menos de compañía y 
de gestos de afecto, o puede haber grandes sufri-
mientos que necesitan un consuelo.
208
 El indivi-
dualismo de estos tiempos a veces lleva a ence-
rrarse en un pequeño nido de seguridad y a sentir 
a los otros como un peligro molesto. Sin embar-
go, ese aislamiento no brinda más paz y felicidad, 
sino que cierra el corazón de la familia y la priva 
de la amplitud de la existencia.
Ser hijos
188.  En primer lugar, hablemos de los pro-
pios  padres.  Jesús  recordaba  a  los  fariseos  que 
el abandono de los padres está en contra de la 
Ley de Dios (cf. 
Mc 7,8-13). A nadie le hace bien 
perder la conciencia de ser hijo. En cada perso-
na, « incluso cuando se llega a la edad de adulto 
o anciano, también si se convierte en padre, si 
ocupa un sitio de responsabilidad, por debajo de 
todo esto permanece la identidad de hijo. Todos 
somos hijos. Y esto nos reconduce siempre al he-
208
 Cf. 
Relación final 2015, 11.

146
cho de que la vida no nos la hemos dado noso-
tros mismos sino que la hemos recibido. El gran 
don de la vida es el primer regalo que nos ha sido 
dado ».
209
 
189.  Por eso, « el cuarto mandamiento pide a 
los hijos […] que honren al padre y a la madre 
(cf.
 
Ex
 
20,12). Este mandamiento viene inmedia-
tamente  después  de  los  que  se  refieren  a  Dios 
mismo. En efecto, encierra algo sagrado, algo di-
vino, algo que está en la raíz de cualquier otro 
tipo de respeto entre los hombres. Y en la formu-
lación bíblica del cuarto mandamiento se añade: 
“para que se prolonguen tus días en la tierra que 
el Señor, tu Dios, te va a dar”. El vínculo virtuo-
so entre las generaciones es garantía de futuro, y 
es garantía de una historia verdaderamente hu-
mana. Una sociedad de hijos que no honran a 
sus padres es una sociedad sin honor […] Es una 
sociedad destinada a poblarse de jóvenes desapa-
cibles y ávidos ».
210
190.  Pero la moneda tiene otra cara: « Abando-
nará el hombre a su padre y a su madre » (
Gn 
2,24), dice la Palabra de Dios. Esto a veces no 
se cumple, y el matrimonio no termina de asu-
mirse porque no se ha hecho esa renuncia y esa 
entrega. Los padres no deben ser abandonados 
209
 
Catequesis (18 marzo 2015): L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 20 de marzo de 2015, p. 12.
210
 
Catequesis (11 febrero 2015): L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 13 de febrero de 2015, p. 12.

147
ni descuidados, pero para unirse en matrimonio 
hay que dejarlos, de manera que el nuevo hogar 
sea la morada, la protección, la plataforma y el 
proyecto, y sea posible convertirse de verdad en 
« una sola carne » (
ibíd.). En algunos matrimonios 
ocurre que se ocultan muchas cosas al propio 
cónyuge que, en cambio se hablan con los pro-
pios padres, hasta el punto que importan más las 
opiniones de los padres que los sentimientos y 
las opiniones del cónyuge. No es fácil sostener 
esta situación por mucho tiempo, y sólo cabe de 
manera provisoria, mientras se crean las condi-
ciones para crecer en la confianza y en la comu-
nicación. El matrimonio desafía a encontrar una 
nueva manera de ser hijos.
Los ancianos
191.  « No me rechaces ahora en la vejez, me 
van faltando las fuerzas, no me abandones » (
Sal 
71,9). Es el clamor del anciano, que teme el ol-
vido y el desprecio. Así como Dios nos invita a 
ser sus instrumentos para escuchar la súplica de 
los pobres, también espera que escuchemos el 
grito de los ancianos.
211
 Esto interpela a las fa-
milias y a las comunidades, porque « la Iglesia no 
puede y no quiere conformarse a una mentalidad 
de intolerancia, y mucho menos de indiferencia 
y desprecio, respecto a la vejez. Debemos des-
pertar el sentido colectivo de gratitud, de apre-
211
 Cf. 
Relación final 2015, 17-18.

148
cio, de hospitalidad, que hagan sentir al anciano 
parte viva de su comunidad. Los ancianos son 
hombres y mujeres, padres y madres que estuvie-
ron antes que nosotros en el mismo camino, en 
nuestra misma casa, en nuestra diaria batalla por 
una vida digna ».
212
 Por eso, « ¡cuánto quisiera una 
Iglesia que desafía la cultura del descarte con la 
alegría desbordante de un nuevo abrazo entre los 
jóvenes y los ancianos! ».
213
192.  San  Juan  Pablo  II  nos  invitó  a  prestar 
atención al lugar del anciano en la familia, porque 
hay culturas que, « como consecuencia de un des-
ordenado desarrollo industrial y urbanístico, han 
llevado y siguen llevando a los ancianos a formas 
inaceptables de marginación ».
214
 Los ancianos 
ayudan a percibir « la continuidad de las genera-
ciones », con « el carisma de servir de puente ».
215
 
Muchas veces son los abuelos quienes aseguran 
la transmisión de los grandes valores a sus nie-
tos, y « muchas personas pueden reconocer que 
deben precisamente a sus abuelos la iniciación a 
la vida cristiana ».
216
 Sus palabras, sus caricias o 
212
 
Catequesis (4 marzo 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 6 de marzo de 2015, p. 12.
213
 
Catequesis (11 marzo 2015): L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 13 de marzo de 2015, p.16.
214
  Exhort. ap. 
Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 27: 
AAS 74 (1982), 113.
215
  J
uan
 p
abLo
 ii, 
Discurso a los participantes en el « Foro in-
ternacional sobre la Tercera Edad » (5 septiembre 1980), 5: L’Osser-
vatore Romano, ed. semanal en lengua española, 19 de octubre de 
1980, p. 16.
216
 
Relación final 2015, 18.

149
su sola presencia, ayudan a los niños a reconocer 
que la historia no comienza con ellos, que son 
herederos de un viejo camino y que es necesario 
respetar el trasfondo que nos antecede. Quienes 
rompen lazos con la historia tendrán dificultades 
para tejer relaciones estables y para reconocer 
que no son los dueños de la realidad. Entonces, 
« la atención a los ancianos habla de la calidad de 
una civilización. ¿Se presta atención al anciano 
en una civilización? ¿Hay sitio para el anciano? 
Esta civilización seguirá adelante si sabe respetar 
la sabiduría, la sabiduría de los ancianos ».
217
193.  La ausencia de memoria histórica es un 
serio defecto de nuestra sociedad. Es la mentali-
dad inmadura del « ya fue ». Conocer y poder to-
mar posición frente a los acontecimientos pasa-
dos es la única posibilidad de construir un futuro 
con sentido. No se puede educar sin memoria: 
« Recordad aquellos días primeros » (
Hb 10,32). 
Las narraciones de los ancianos hacen mucho 
bien a los niños y jóvenes, ya que los conectan 
con la historia vivida tanto de la familia como 
del barrio y del país. Una familia que no respe-
ta y atiende a sus abuelos, que son su memoria 
viva, es una familia desintegrada; pero una fami-
lia que recuerda es una familia con porvenir. Por 
lo tanto, « en una civilización en la que no hay 
sitio para los ancianos o se los descarta porque 
crean problemas, esta sociedad lleva consigo el 
217
 
Catequesis (4 marzo 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 6 de marzo de 2015, p. 12.

150
virus de la muerte »,
218
 ya que « se arranca de sus 
propias  raíces ».
219
 El fenómeno de la orfandad 
contemporánea, en términos de discontinuidad, 
desarraigo y caída de las certezas que dan forma 
a la vida, nos desafía a hacer de nuestras familias 
un lugar donde los niños puedan arraigarse en el 
suelo de una historia colectiva.
Ser hermanos
194.  La relación entre los hermanos se profun-
diza con el paso del tiempo, y « el vínculo de
 
fra-
ternidad que
 
se forma en la familia
 
entre los hijos, 
si se da en un clima de educación abierto a los 
demás, es una gran escuela de libertad y de paz. 
En la familia, entre hermanos, se aprende la con-
vivencia humana […] Tal vez no siempre somos 
conscientes de ello, pero es precisamente la fami-
lia la que introduce la fraternidad en el mundo. A 
partir de esta primera experiencia de hermandad, 
nutrida por los afectos y por la educación fami-
liar, el estilo de la fraternidad se irradia como una 
promesa sobre toda la sociedad ».
220
195.  Crecer entre hermanos brinda la hermo-
sa experiencia de cuidarnos, de ayudar y de ser 
ayudados. Por eso, « la fraternidad en la familia 
218
 
Ibíd.
219
 
Discurso en el Encuentro con los Ancianos (28 septiembre 
2014): 
L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 3 
de octubre de 2014, p. 6.
220
 
Catequesis (18 febrero 2015): L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 20 de febrero de 2015, p. 2.

151
resplandece de modo especial cuando vemos el 
cuidado, la paciencia, el afecto con los cuales se 
rodea al hermanito o a la hermanita más débiles, 
enfermos, o con discapacidad ».
221
 Hay que reco-
nocer que « tener un hermano, una hermana que 
te  quiere,  es  una  experiencia  fuerte,  impagable, 
insustituible »,
222
 pero hay que enseñar con pa-
ciencia a los hijos a tratarse como hermanos. Ese 
aprendizaje, a veces costoso, es una verdadera 
escuela de sociabilidad. En algunos países existe 
una fuerte tendencia a tener un solo hijo, con lo 
cual la experiencia de ser hermano comienza a 
ser poco común. En los casos en que no se haya 
podido tener más de un hijo, habrá que encon-
trar las maneras de que el niño no crezca solo o 
aislado.
Un corazón grande
196.  Además del círculo pequeño que confor-
man los cónyuges y sus hijos, está la familia gran-
de que no puede ser ignorada. Porque « el amor 
entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de 
forma derivada y más amplia, el amor entre los 
miembros de la misma familia —entre padres e 
hijos, entre hermanos y hermanas, entre parien-
tes y familiares— está animado e impulsado por 
un dinamismo interior e incesante que conduce 
la familia a una comunión cada vez más profunda 
e intensa, fundamento y alma de la comunidad 
221
 
Ibíd.
222
 
Ibíd.

152
conyugal y familiar ».
223
 Allí también se integran 
los amigos y las familias amigas, e incluso las co-
munidades de familias que se apoyan mutuamen-
te en sus dificultades, en su compromiso social y 
en su fe.
197.  Esta familia grande debería integrar con 
mucho amor a las madres adolescentes, a los ni-
ños sin padres, a las mujeres solas que deben llevar 
adelante la educación de sus hijos, a las personas 
con alguna discapacidad que requieren mucho 
afecto y cercanía, a los jóvenes que luchan contra 
una adicción, a los solteros, separados o viudos 
que sufren la soledad, a los ancianos y enfermos 
que no reciben el apoyo de sus hijos, y en su seno 
tienen cabida « incluso los más desastrosos en las 
conductas de su vida ».
224
 También puede ayudar 
a compensar las fragilidades de los padres, o de-
tectar y denunciar a tiempo posibles situaciones 
de violencia o incluso de abuso sufridas por los 
niños, dándoles un amor sano y una tutela fami-
liar cuando sus padres no pueden asegurarla.
198.  Finalmente, no se puede olvidar que en 
esta familia grande están también el suegro, la 
suegra y todos los parientes del cónyuge. Una 
delicadeza propia del amor consiste en evitar 
verlos como competidores, como seres peligro-
223
  J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. 
Familiaris consortio (22 no-
viembre 1981), 18: 
AAS 74 (1982), 101.
224
 
Catequesis (7 octubre 2015): L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 9 de octubre de 2015, p. 2. 

153
sos, como invasores. La unión conyugal reclama 
respetar sus tradiciones y costumbres, tratar de 
comprender su lenguaje, contener las críticas, 
cuidarlos e integrarlos de alguna manera en el 
propio corazón, aun cuando haya que preservar 
la legítima autonomía y la intimidad de la pareja. 
Estas actitudes son también un modo exquisito 
de expresar la generosidad de la entrega amorosa 
al propio cónyuge.

155
CAPÍTULO  SEXTO
aLgunas  perspectiVas  pastoraLes
199.  El diálogo del camino sinodal llevaron a 
plantear la necesidad de desarrollar nuevos cami-
nos pastorales, que procuraré recoger ahora de 
manera general. Serán las distintas comunidades 
quienes deberán elaborar propuestas más prácti-
cas y eficaces, que tengan en cuenta tanto las en-
señanzas de la Iglesia como las necesidades y los 
desafíos locales. Sin pretender presentar aquí una 
pastoral de la familia, quiero detenerme sólo a re-
coger algunos de los grandes desafíos pastorales. 
a
nunciar
 
eL
 e
VangeLio
 
de
 
La
 
famiLia
 
hoy
200.  Los Padres sinodales insistieron en que las 
familias cristianas, por la gracia del sacramento 
nupcial, son los principales sujetos de la pasto-
ral familiar, sobre todo aportando « el testimonio 
gozoso de los cónyuges y de las familias, iglesias 
domésticas ».
225
 Por ello, remarcaron que « se tra-
ta de hacer experimentar que el Evangelio de la 
familia es alegría que “llena el corazón y la vida 
entera”, porque en Cristo somos “liberados del 
pecado, de la tristeza, del vacío interior, del ais-
lamiento” (
Evangelii gaudium, 1). A la luz de la 
225
 
Relatio Synodi 2014, 30.

156
parábola del sembrador (cf. 
Mt 13,3-9), nuestra 
tarea es cooperar en la siembra: lo demás es obra 
de Dios. Tampoco hay que olvidar que la Iglesia 
que predica sobre la familia es signo de contra-
dicción »,
226
 pero los matrimonios agradecen que 
los pastores les ofrezcan motivaciones para una 
valiente apuesta por un amor fuerte, sólido, du-
radero, capaz de hacer frente a todo lo que se le 
cruce por delante. La Iglesia quiere llegar a las 
familias con humilde comprensión, y su deseo 
« es acompañar a cada una y a todas las familias 
para que puedan descubrir la mejor manera de 
superar las dificultades que se encuentran en su 
camino ».
227
 No basta incorporar una genérica 
preocupación por la familia en los grandes pro-
yectos pastorales. Para que las familias puedan 
ser cada vez más sujetos activos de la pastoral fa-
miliar, se requiere « un esfuerzo evangelizador y 
catequístico dirigido a la familia »,
228
 que la orien-
te en este sentido.
201.  « Esto exige a toda la Iglesia una conver-
sión misionera: es necesario no quedarse en un 
anuncio meramente teórico y desvinculado de los 
problemas reales de las personas ».
229
 La pastoral 
familiar « debe hacer experimentar que el Evan-
gelio de la familia responde a las expectativas más 
profundas de la persona humana: a su dignidad y 
226
 
Ibíd., 31.
227
 
Relación final 2015, 56.
228
 
Ibíd., 89.
229
 
Relatio Synodi 2014, 32.

157
a la realización plena en la reciprocidad, en la co-
munión y en la fecundidad. No se trata solamen-
te de presentar una normativa, sino de proponer 
valores, respondiendo a la necesidad que se cons-
tata hoy, incluso en los países más secularizados, 
de tales valores ».
230
 También « se ha subrayado 
la necesidad de una evangelización que denuncie 
con franqueza los condicionamientos culturales, 
sociales, políticos y económicos, como el espa-
cio excesivo concedido a la lógica de mercado, 
que impiden una auténtica vida familiar, determi-
nando  discriminaciones,  pobreza,  exclusiones  y 
violencia. Para ello, hay que entablar un diálogo y 
una cooperación con las estructuras sociales, así 
como alentar y sostener a los laicos que se com-
prometen, como cristianos, en el ámbito cultural 
y sociopolítico ».
231
202.  « La principal contribución a la pastoral 
familiar la ofrece la parroquia, que es una familia 
de familias, donde se armonizan los aportes de 
las pequeñas comunidades, movimientos y aso-
ciaciones  eclesiales ».
232
  Junto  con  una  pastoral 
específicamente  orientada  a  las  familias,  se  nos 
plantea la necesidad de « una formación más ade-
cuada de los presbíteros, los diáconos, los religio-
sos y las religiosas, los catequistas y otros agentes 
pastorales ».
233
 En las respuestas a las consultas 
230
 
Ibíd., 33.
231
 
Ibíd., 38.
232
 
Relación final 2015, 77.
233
 
Ibíd., 61.

158
enviadas a todo el mundo, se ha destacado que 
a los ministros ordenados les suele faltar for-
mación adecuada para tratar los complejos pro-
blemas actuales de las familias. En este sentido, 
también puede ser útil la experiencia de la larga 
tradición oriental de los sacerdotes casados.
203.  Los seminaristas deberían acceder a una 
formación interdisciplinaria más amplia sobre 
noviazgo y matrimonio, y no sólo en cuanto a la 
doctrina. Además, la formación no siempre les 
permite desplegar su mundo psicoafectivo. Algu-
nos  llevan  sobre  sus  vidas  la  experiencia  de  su 
propia familia herida, con ausencia de padres y 
con inestabilidad emocional. Habrá que garanti-
zar durante la formación una maduración para 
que los futuros ministros posean el equilibrio psí-
quico que su tarea les exige. Los vínculos fami-
liares son fundamentales para fortalecer la sana 
autoestima de los seminaristas. Por ello es impor-
tante que las familias acompañen todo el proceso 
del seminario y del sacerdocio, ya que ayudan a 
fortalecerlo de un modo realista. En ese sentido, 
es saludable la combinación de algún tiempo de 
vida en el seminario con otro de vida en parro-
quias, que permita tomar mayor contacto con la 
realidad concreta de las familias. En efecto, a lo 
largo de su vida pastoral el sacerdote se encuen-
tra sobre todo con familias. « La presencia de los 
laicos y de las familias, en particular la presencia 
femenina, en la formación sacerdotal, favorece el 

159
aprecio por la variedad y complementariedad de 
las diversas vocaciones en la Iglesia ».
234
204.  Las respuestas a las consultas también 
expresan con insistencia la necesidad de la for-
mación de agentes laicos de pastoral familiar con 
ayuda de psicopedagogos, médicos de familia, 
médicos comunitarios, asistentes sociales, aboga-
dos de minoridad y familia, con apertura a recibir 
los aportes de la psicología, la sociología, la sexo-
logía, e incluso el 
counseling. Los profesionales, en 
especial quienes tienen experiencia de acompa-
ñamiento, ayudan a encarnar las propuestas pas-
torales en las situaciones reales y en las inquie-
tudes concretas de las familias. « Los caminos y 
cursos de formación destinados específicamente 
a los agentes de pastoral podrán hacerles idóneos 
para inserir el mismo camino de preparación 
al matrimonio en la dinámica más amplia de la 
vida  eclesial ».
235
 Una buena capacitación pasto-
ral es importante « sobre todo a la vista de las 
situaciones particulares de emergencia derivadas 
de los casos de violencia doméstica y el abuso 
sexual ».
236
 Todo esto de ninguna manera dismi-
nuye, sino que complementa, el valor fundamen-
tal de la dirección espiritual, de los inestimables 
recursos espirituales de la Iglesia y de la Reconci-
liación sacramental.
234
 
Ibíd.
235
 
Ibíd.
236
 
Ibíd.

160
g
uiar
 
a
 
Los
 
prometidos
 
en
 
eL
 
camino
  
de
 
preparación
 
aL
 
matrimonio
205.  Los Padres sinodales han dicho de diver-
sas maneras que necesitamos ayudar a los jóve-
nes a descubrir el valor y la riqueza del matrimo-
nio.
237
 Deben poder percibir el atractivo de una 
unión plena que eleva y perfecciona la dimensión 
social de la existencia, otorga a la sexualidad su 
mayor sentido, a la vez que promueve el bien de 
los hijos y les ofrece el mejor contexto para su 
maduración y educación. 
206.  « La compleja realidad social y los desafíos 
que la familia está llamada a afrontar hoy requie-
ren un compromiso mayor de toda la comunidad 
cristiana en la preparación de los prometidos al 
matrimonio. Es preciso recordar la importancia 
de las virtudes. Entre estas, la castidad resulta 
condición preciosa para el crecimiento genuino 
del amor interpersonal. Respecto a esta necesi-
dad, los Padres sinodales eran concordes en sub-
rayar la exigencia de una mayor implicación de 
toda la comunidad, privilegiando el testimonio 
de las familias, además de un arraigo de la prepa-
ración al matrimonio en el camino de iniciación 
cristiana, haciendo hincapié en el nexo del matri-
monio con el bautismo y los otros sacramentos. 
Del mismo modo, se puso de relieve la necesi-
dad de programas específicos para la preparación 
próxima  al  matrimonio  que  sean  una  auténtica 
237
  Cf. 
Relatio Synodi 2014, 26.

161
experiencia de participación en la vida eclesial y 
profundicen en los diversos aspectos de la vida 
familiar ».
238
 
207.  Invito a las comunidades cristianas a reco-
nocer que acompañar el camino de amor de los 
novios es un bien para ellas mismas. Como bien 
dijeron los Obispos de Italia, los que se casan son 
para su comunidad cristiana « un precioso recur-
so, porque, empeñándose con sinceridad para 
crecer en el amor y en el don recíproco, pueden 
contribuir a renovar el tejido mismo de todo el 
cuerpo eclesial: la particular forma de amistad 
que ellos viven puede volverse contagiosa, y ha-
cer crecer en la amistad y en la fraternidad a la 
comunidad cristiana de la cual forman parte ».
239
 
Hay diversas maneras legítimas de organizar la 
preparación próxima al matrimonio, y cada Igle-
sia local discernirá lo que sea mejor, procurando 
una formación adecuada que al mismo tiempo 
no aleje a los jóvenes del sacramento. No se trata 
de darles todo el Catecismo ni de saturarlos con 
demasiados temas. Porque aquí también vale que 
« no el mucho saber harta y satisface al alma, sino 
el sentir y gustar de las cosas interiormente ».
240
 
Interesa más la calidad que la cantidad, y hay que 
dar prioridad —junto con un renovado anuncio 
del 
kerygma— a aquellos contenidos que, comu-
238
 
Ibíd., 39.
239
  c
onferencia
 e
piscopaL
 i
taLiana

Orientaciones pastorales 
sobre la preparación al matrimonio y a la familia (22 octubre 2012), 1.
240
  i
gnacio
 
de
 L
oyoLa

Ejercicios Espirituales, anotación 2.

162
nicados de manera atractiva y cordial, les ayuden 
a comprometerse en un camino de toda la vida 
« con gran ánimo y liberalidad ».
241
 Se trata de una 
suerte de « iniciación » al sacramento del matri-
monio que les aporte los elementos necesarios 
para poder recibirlo con las mejores disposicio-
nes y comenzar con cierta solidez la vida familiar.
208.  Conviene encontrar además las maneras, 
a través de las familias misioneras, de las pro-
pias familias de los novios y de diversos recursos 
pastorales, de ofrecer una preparación remota 
que haga madurar el amor que se tienen, con un 
acompañamiento cercano y testimonial. Suelen 
ser muy útiles los grupos de novios y las ofer-
tas de charlas opcionales sobre una variedad de 
temas que interesan realmente a los jóvenes. No 
obstante, son indispensables algunos momentos 
personalizados, porque el principal objetivo es 
ayudar a cada uno para que aprenda a amar a esta 
persona concreta con la que pretende compartir 
toda la vida. Aprender a amar a alguien no es algo 
que se improvisa ni puede ser el objetivo de un 
breve curso previo a la celebración del matrimo-
nio. En realidad, cada persona se prepara para el 
matrimonio desde su nacimiento. Todo lo que su 
familia le aportó debería permitirle aprender de la 
propia historia y capacitarle para un compromiso 
pleno y definitivo. Probablemente quienes llegan 
mejor preparados al casamiento son quienes han 
241
 
Ibíd., anotación 5.

163
aprendido de sus propios padres lo que es un ma-
trimonio cristiano, donde ambos se han elegido 
sin condiciones, y siguen renovando esa decisión. 
En ese sentido, todas las acciones pastorales ten-
dientes a ayudar a los matrimonios a crecer en el 
amor y a vivir el Evangelio en la familia, son una 
ayuda inestimable para que sus hijos se preparen 
para su futura vida matrimonial. Tampoco hay 
que olvidar los valiosos recursos de la pastoral 
popular. Para dar un sencillo ejemplo, recuerdo 
el día de san Valentín, que en algunos países es 
mejor aprovechado por los comerciantes que por 
la creatividad de los pastores.
209.  La preparación de los que ya formalizaron 
un noviazgo, cuando la comunidad parroquial 
logra acompañarlos con un buen tiempo de an-
ticipación, también debe darles la posibilidad de 
reconocer incompatibilidades o riesgos. De este 
modo se puede llegar a advertir que no es razo-
nable apostar por esa relación, para no exponerse 
a un fracaso previsible que tendrá consecuencias 
muy dolorosas. El problema es que el deslum-
bramiento inicial lleva a tratar de ocultar o de 
relativizar muchas cosas, se evita discrepar, y así 
sólo se patean las dificultades para adelante. Los 
novios deberían ser estimulados y ayudados para 
que puedan hablar de lo que cada uno espera de 
un eventual matrimonio, de su modo de entender 
lo que es el amor y el compromiso, de lo que se 
desea del otro, del tipo de vida en común que se 
quisiera proyectar. Estas conversaciones pueden 

164
ayudar a ver que en realidad los puntos de con-
tacto son escasos, y que la mera atracción mutua 
no será suficiente para sostener la unión. Nada es 
más volátil, precario e imprevisible que el deseo, 
y nunca hay que alentar una decisión de contraer 
matrimonio si no se han ahondado otras motiva-
ciones que otorguen a ese compromiso posibili-
dades reales de estabilidad. 
210.  En todo caso, si se reconocen con claridad 
los puntos débiles del otro, es necesario que haya 
una confianza realista en la posibilidad de ayu-
darle a desarrollar lo mejor de su persona para 
contrarrestar el peso de sus fragilidades, con un 
firme interés en promoverlo como ser humano. 
Esto implica aceptar con sólida voluntad la posi-
bilidad de afrontar algunas renuncias, momentos 
difíciles  y  situaciones  conflictivas,  y  la  decisión 
firme de prepararse para ello. Se deben detectar 
las señales de peligro que podría tener la relación, 
para encontrar antes del casamiento recursos que 
permitan afrontarlas con éxito. Lamentablemen-
te, muchos llegan a las nupcias sin conocerse. 
Sólo se han distraído juntos, han hecho experien-
cias juntos, pero no han enfrentado el desafío de 
mostrarse a sí mismos y de aprender quién es en 
realidad el otro.
211.  Tanto  la  preparación  próxima  como  el 
acompañamiento más prolongado, deben asegu-
rar que los novios no vean el casamiento como el 
final del camino, sino que asuman el matrimonio 
como una vocación que los lanza hacia adelante, 

165
con la firme y realista decisión de atravesar juntos 
todas las pruebas y momentos difíciles. La pasto-
ral prematrimonial y la pastoral matrimonial de-
ben ser ante todo una pastoral del vínculo, donde 
se aporten elementos que ayuden tanto a madu-
rar el amor como a superar los momentos duros. 
Estos aportes no son únicamente convicciones 
doctrinales, ni siquiera pueden reducirse a los 
preciosos recursos espirituales que siempre ofre-
ce la Iglesia, sino que también deben ser caminos 
prácticos, consejos bien encarnados, tácticas to-
madas de la experiencia, orientaciones psicológi-
cas. Todo esto configura una pedagogía del amor 
que no puede ignorar la sensibilidad actual de los 
jóvenes, en orden a movilizarlos interiormente. 
A su vez, en la preparación de los novios, debe 
ser posible indicarles lugares y personas, consul-
torías o familias disponibles, donde puedan acu-
dir en busca de ayuda cuando surjan dificultades. 
Pero nunca hay que olvidar la propuesta de la 
Reconciliación sacramental, que permite colocar 
los pecados y los errores de la vida pasada, y de la 
misma relación, bajo el influjo del perdón miseri-
cordioso de Dios y de su fuerza sanadora.
Preparación de la celebración
212.  La  preparación  próxima  al  matrimonio 
tiende a concentrarse en las invitaciones, la ves-
timenta, la fiesta y los innumerables detalles que 
consumen tanto el presupuesto como las ener-
gías y la alegría. Los novios llegan agobiados y 
agotados al casamiento, en lugar de dedicar las 

166
mejores fuerzas a prepararse como pareja para el 
gran paso que van a dar juntos. Esta mentalidad 
se refleja también en algunas uniones de hecho 
que nunca llegan al casamiento porque piensan 
en festejos demasiado costosos, en lugar de dar 
prioridad al amor mutuo y a su formalización 
ante los demás. Queridos novios: « Tened la va-
lentía de ser diferentes, no os dejéis devorar por 
la sociedad del consumo y de la apariencia. Lo 
que importa es el amor que os une, fortalecido y 
santificado por la gracia. Vosotros sois capaces de 
optar por un festejo austero y sencillo, para colo-
car el amor por encima de todo ». Los agentes de 
pastoral y la comunidad entera pueden ayudar a 
que esta prioridad se convierta en lo normal y no 
en la excepción.
213.  En la preparación más inmediata es im-
portante iluminar a los novios para vivir con mu-
cha hondura la celebración litúrgica, ayudándoles 
a percibir y vivir el sentido de cada gesto. Recor-
demos que un compromiso tan grande como el 
que expresa el consentimiento matrimonial, y la 
unión de los cuerpos que consuma el matrimo-
nio, cuando se trata de dos bautizados, sólo pue-
den interpretarse como signos del amor del Hijo 
de Dios hecho carne y unido con su Iglesia en 
alianza de amor. En los bautizados, las palabras y 
los gestos se convierten en un lenguaje elocuente 
de la fe. El cuerpo, con los significados que Dios 
ha querido infundirle al crearlo « se convierte en 
el lenguaje de los ministros del sacramento, cons-

167
cientes de que en el pacto conyugal se manifiesta 
y se realiza el misterio ».
242
 
214.  A veces, los novios no perciben el peso 
teológico y espiritual del consentimiento, que 
ilumina  el  significado  de  todos  los  gestos  pos-
teriores. Hace falta destacar que esas palabras 
no pueden ser reducidas al presente; implican 
una totalidad que incluye el futuro: « hasta que 
la muerte los separe ». El sentido del consenti-
miento muestra que « libertad y fidelidad no se 
oponen, más bien se sostienen mutuamente, tan-
to en las relaciones interpersonales, como en las 
sociales. Efectivamente, pensemos en los daños 
que producen, en la civilización de la comunica-
ción global, la inflación de promesas incumplidas 
[…] El honor de la palabra dada, la fidelidad a la 
promesa, no se pueden comprar ni vender. No 
se pueden imponer con la fuerza, pero tampoco 
custodiar sin sacrificio ».
243
215.  Los obispos de Kenia advirtieron que, 
« demasiado centrados en el día de la boda, los 
futuros esposos se olvidan de que están prepa-
rándose para un compromiso que dura toda la 
vida ».
244
 Hay que ayudar a advertir que el sacra-
242
  J
uan
 p
abLo
 ii, 
Catequesis (27 junio 1984), 4: L’Osserva-
tore Romano, ed. semanal en lengua española, 1 de julio de 1984, 
p. 3.
243
 
Catequesis (21 octubre 2015): L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 23 de octubre de 2015, p. 16.
244
  c
onferencia
 e
piscopaL
 
de
 K
enia

Mensaje de Cuares-
ma, 18 febrero 2015.

168
mento no es sólo un momento que luego pasa a 
formar parte del pasado y de los recuerdos, por-
que ejerce su influencia sobre toda la vida matri-
monial, de manera permanente.
245
 El significado 
procreativo de la sexualidad, el lenguaje del cuer-
po, y los gestos de amor vividos en la historia 
de un matrimonio, se convierten en una « inin-
terrumpida continuidad del lenguaje litúrgico » y 
« la vida conyugal viene a ser, en algún sentido, 
liturgia ».
246
216.  También se puede meditar con las lecturas 
bíblicas y enriquecer la comprensión de los ani-
llos que se intercambian, o de otros signos que 
formen parte del rito. Pero no sería bueno que 
se llegue al casamiento sin haber orado juntos, 
el uno por el otro, pidiendo ayuda a Dios para 
ser  fieles  y  generosos,  preguntándole  juntos  a 
Dios qué es lo que él espera de ellos, e incluso 
consagrando su amor ante una imagen de Ma-
ría. Quienes los acompañen en la preparación 
del matrimonio deberían orientarlos para que se-
pan vivir esos momentos de oración que pueden 
hacerles mucho bien. « La liturgia nupcial es un 
evento único, que se vive en el contexto familiar 
y social de una fiesta. Jesús inició sus milagros en 
el banquete de bodas de Caná: el vino bueno del 
245
 Cf. p
ío
  xi, Carta enc. 
Casti  connubii (31 diciembre 
1930): 
AAS 22 (1930), 583.
246
  J
uan
 p
abLo
 ii, 
Catequesis (4 julio 1984), 3.6: L’Osserva-
tore Romano, ed. semanal en lengua española, 8 de julio de 1984, 
p. 3. 

169
milagro del Señor, que anima el nacimiento de 
una nueva familia, es el vino nuevo de la Alianza 
de Cristo con los hombres y mujeres de todos 
los tiempos […] Generalmente, el celebrante 
tiene la oportunidad de dirigirse a una asamblea 
compuesta de personas que participan poco en 
la vida eclesial o que pertenecen a otra confesión 
cristiana o comunidad religiosa. Por lo tanto, se 
trata de una ocasión imperdible para anunciar el 
Evangelio de Cristo ».
247
a
compañar
 
en
 
Los
 
primeros
 
años
  
de
 
La
 
Vida
 
matrimoniaL
217.  Tenemos que reconocer como un gran va-
lor que se comprenda que el matrimonio es una 
cuestión de amor, que sólo pueden casarse los 
que se eligen libremente y se aman. No obstante, 
cuando el amor se convierte en una mera atrac-
ción o en una afectividad difusa, esto hace que 
los cónyuges sufran una extraordinaria fragilidad 
cuando la afectividad entra en crisis o cuando 
la atracción física decae. Dado que estas confu-
siones son frecuentes, se vuelve imprescindible 
acompañar en los primeros años de la vida matri-
monial para enriquecer y profundizar la decisión 
consciente y libre de pertenecerse y de amarse 
hasta el fin. Muchas veces, el tiempo de noviazgo 
no es suficiente, la decisión de casarse se precipi-
ta por diversas razones y, como si no bastara, la 
247
 
Relación final 2015, 59.

170
maduración de los jóvenes se ha retrasado. En-
tonces, los recién casados tienen que completar 
ese proceso que debería haberse realizado duran-
te el noviazgo. 
218.  Por otra parte, quiero insistir en que un 
desafío de la pastoral matrimonial es ayudar a 
descubrir que el matrimonio no puede entender-
se como algo acabado. La unión es real, es irre-
vocable, y ha sido confirmada y consagrada por 
el sacramento del matrimonio. Pero al unirse, los 
esposos se convierten en protagonistas, dueños 
de su historia y creadores de un proyecto que hay 
que llevar adelante juntos. La mirada se dirige 
al futuro que hay que construir día a día con la 
gracia de Dios y, por eso mismo, al cónyuge no 
se le exige que sea perfecto. Hay que dejar a un 
lado las ilusiones y aceptarlo como es: inacaba-
do, llamado a crecer, en proceso. Cuando la mi-
rada hacia el cónyuge es constantemente crítica, 
eso indica que no se ha asumido el matrimonio 
también como un proyecto de construir juntos, 
con paciencia, comprensión, tolerancia y gene-
rosidad. Esto lleva a que el amor sea sustituido 
poco a poco por una mirada inquisidora e impla-
cable, por el control de los méritos y derechos de 
cada uno, por los reclamos, la competencia y la 
autodefensa. Así se vuelven incapaces de hacer-
se cargo el uno del otro para la maduración de 
los dos y para el crecimiento de la unión. A los 
nuevos matrimonios hay que mostrarles esto con 
claridad realista desde el inicio, de manera que 

171
tomen conciencia de que « están comenzando ». 
El sí que se dieron es el inicio de un itinerario, 
con un objetivo capaz de superar lo que planteen 
las circunstancias y los obstáculos que se inter-
pongan. La bendición recibida es una gracia y un 
impulso para ese camino siempre abierto. Suele 
ayudar el que se sienten a dialogar para elaborar 
su proyecto concreto en sus objetivos, sus instru-
mentos, sus detalles.
219.  Recuerdo un refrán que decía que el agua 
estancada se corrompe, se echa a perder. Es lo 
que pasa cuando esa vida del amor en los prime-
ros años del matrimonio se estanca, deja de estar 
en movimiento, deja de tener esa inquietud que 
la empuja hacia delante. La danza hacia adelante 
con ese amor joven, la danza con esos ojos asom-
brados hacia la esperanza, no debe detenerse. En 
el noviazgo y en los primeros años del matrimo-
nio la esperanza es la que lleva la fuerza de la 
levadura, la que hace mirar más allá de las con-
tradicciones, de los conflictos, de las coyunturas, 
la que siempre hace ver más allá. Es la que pone 
en marcha toda inquietud para mantenerse en un 
camino de crecimiento. La misma esperanza nos 
invita a vivir a pleno el presente, poniendo el co-
razón en la vida familiar, porque la mejor forma 
de preparar y consolidar el futuro es vivir bien el 
presente.
220.  El camino implica pasar por distintas eta-
pas que convocan a donarse con generosidad: del 
impacto inicial, caracterizado por una atracción 

172
marcadamente sensible, se pasa a la necesidad 
del otro percibido como parte de la propia vida. 
De allí se pasa al gusto de la pertenencia mutua, 
luego a la comprensión de la vida entera como 
un proyecto de los dos, a la capacidad de poner 
la felicidad del otro por encima de las propias 
necesidades, y al gozo de ver el propio matrimo-
nio como un bien para la sociedad. La madura-
ción del amor implica también aprender a « ne-
gociar ». No es una actitud interesada o un juego 
de tipo comercial, sino en definitiva un ejercicio 
del amor mutuo, porque esta negociación es un 
entrelazado de recíprocas ofrendas y renuncias 
para el bien de la familia. En cada nueva etapa 
de la vida matrimonial hay que sentarse a volver 
a negociar los acuerdos, de manera que no haya 
ganadores y perdedores sino que los dos ganen. 
En el hogar las decisiones no se toman unilate-
ralmente, y los dos comparten la responsabilidad 
por la familia, pero cada hogar es único y cada 
síntesis matrimonial es diferente. 
221.  Una de las causas que llevan a rupturas 
matrimoniales  es  tener  expectativas  demasiado 
altas sobre la vida conyugal. Cuando se descubre 
la realidad, más limitada y desafiante que lo que 
se había soñado, la solución no es pensar rápida e 
irresponsablemente en la separación, sino asumir 
el matrimonio como un camino de maduración, 
donde cada uno de los cónyuges es un instru-
mento de Dios para hacer crecer al otro. Es posi-
ble el cambio, el crecimiento, el desarrollo de las 

173
potencialidades buenas que cada uno lleva en sí. 
Cada matrimonio es una « historia de salvación », 
y esto supone que se parte de una fragilidad que, 
gracias al don de Dios y a una respuesta creativa y 
generosa, va dando paso a una realidad cada vez 
más sólida y preciosa. Quizás la misión más gran-
de de un hombre y una mujer en el amor sea esa, 
la de hacerse el uno al otro más hombre o más 
mujer. Hacer crecer es ayudar al otro a moldearse 
en su propia identidad. Por eso el amor es artesa-
nal. Cuando uno lee el pasaje de la Biblia sobre la 
creación del hombre y de la mujer, ve que Dios 
primero plasma al hombre (cf. 
Gn 2,7), después 
se da cuenta de que falta algo esencial y plasma 
a la mujer, y entonces escucha la sorpresa del va-
rón: « ¡Ah, ahora sí, esta sí! ». Y luego, uno parece 
escuchar ese hermoso diálogo donde el varón y 
la mujer se van descubriendo. Porque aun en los 
momentos difíciles el otro vuelve a sorprender 
y se abren nuevas puertas para el reencuentro, 
como si fuera la primera vez; y en cada nueva 
etapa se vuelven a “plasmarse” el uno al otro. El 
amor hace que uno espere al otro y ejercite esa 
paciencia propia del artesano que se heredó de 
Dios.
222.  El acompañamiento debe alentar a los 
esposos a ser generosos en la comunicación de 
la vida. « De acuerdo con el carácter personal y 
humanamente completo del amor conyugal, el 
camino  adecuado  para  la  planificación  familiar 
presupone un diálogo consensual entre los espo-

174
sos, el respeto de los tiempos y la consideración 
de la dignidad de cada uno de los miembros de la 
pareja. En este sentido, es preciso redescubrir el 
mensaje de la Encíclica 
Humanae vitae
 
(cf. 10-14) 
y la Exhortación apostólica 
Familiaris consortio
 
(cf. 
14; 28-35) para contrarrestar una mentalidad a 
menudo hostil a la vida […] La elección respon-
sable de la paternidad presupone la formación de 
la conciencia que es “el núcleo más secreto y el 
sagrario del hombre, en el que este se siente a so-
las con Dios, cuya voz resuena en el recinto más 
íntimo de aquella” (
Gaudium et spes,
 
16). En la me-
dida en que los esposos traten de escuchar más 
en su conciencia a Dios y sus mandamientos (cf.
 
Rm 2,15), y se hagan acompañar espiritualmen-
te, tanto más su decisión será íntimamente libre 
de un arbitrio subjetivo y del acomodamiento a 
los modos de comportarse en su ambiente ».
248
 
Sigue en pie lo dicho con claridad en el Concilio 
Vaticano II: « Cumplirán su tarea […] de común 
acuerdo y con un esfuerzo común, se formarán 
un recto juicio, atendiendo no sólo a su propio 
bien, sino también al bien de los hijos, ya naci-
dos o futuros, discerniendo las condiciones de 
los tiempos y del estado de vida, tanto materia-
les como espirituales, y, finalmente, teniendo en 
cuenta el bien de la comunidad familiar, de la so-
ciedad temporal y de la propia Iglesia. En último 
término, son los mismos esposos los que deben 
248
  
Ibíd., 63.

175
formarse este juicio ante Dios ».
249
 Por otra par-
te, « se ha de promover el uso de los métodos 
basados en los “ritmos naturales de fecundidad” 
(
Humanae vitae, 11). También se debe hacer ver 
que “estos métodos respetan el cuerpo de los es-
posos, fomentan el afecto entre ellos y favorecen 
la educación de una libertad auténtica” (
Catecismo 
de la Iglesia Católica,
 
2370), insistiendo siempre en 
que los hijos son un maravilloso don de Dios, 
una alegría para los padres y para la Iglesia. A 
través de ellos el Señor renueva el mundo ».
250
Algunos recursos
223.  Los Padres sinodales han indicado que 
« los primeros años de matrimonio son un pe-
ríodo vital y delicado durante el cual los cónyu-
ges crecen en la conciencia de los desafíos y del 
significado del matrimonio. De aquí la exigencia 
de un acompañamiento pastoral que continúe 
después de la celebración del sacramento (cf. 
Familiaris consortio, 3ª parte). Resulta de gran im-
portancia en esta pastoral la presencia de esposos 
con experiencia. La parroquia se considera el lu-
gar donde los cónyuges expertos pueden ofrecer 
su disponibilidad a ayudar a los más jóvenes, con 
el eventual apoyo de asociaciones, movimientos 
eclesiales y nuevas comunidades. Hay que alentar 
a los esposos a una actitud fundamental de aco-
249
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Const. past. 
Gaudium et spes, so-
bre la Iglesia en el mundo actual, 50.
250
 
Relación final 2015, 63.

176
gida del gran don de los hijos. Es preciso resal-
tar la importancia de la espiritualidad familiar, de 
la oración y de la participación en la Eucaristía 
dominical, y alentar a los cónyuges a reunirse re-
gularmente para que crezca la vida espiritual y la 
solidaridad en las exigencias concretas de la vida. 
Liturgias, prácticas de devoción y Eucaristías ce-
lebradas para las familias, sobre todo en el aniver-
sario del matrimonio, se citaron como ocasiones 
vitales para favorecer la evangelización mediante 
la familia ».
251
224.  Este camino es una cuestión de tiempo. El 
amor necesita tiempo disponible y gratuito, que 
coloque otras cosas en un segundo lugar. Hace 
falta tiempo para dialogar, para abrazarse sin pri-
sa, para compartir proyectos, para escucharse, 
para mirarse, para valorarse, para fortalecer la re-
lación. A veces, el problema es el ritmo frenético 
de la sociedad, o los tiempos que imponen los 
compromisos laborales. Otras veces, el problema 
es que el tiempo que se pasa juntos no tiene ca-
lidad. Sólo compartimos un espacio físico pero 
sin prestarnos atención el uno al otro. Los agen-
tes pastorales y los grupos matrimoniales debe-
rían ayudar a los matrimonios jóvenes o frágiles 
a aprender a encontrarse en esos momentos, a 
detenerse el uno frente al otro, e incluso a com-
partir momentos de silencio que los obliguen a 
experimentar la presencia del cónyuge. 
251
 
Relatio Synodi 2014, 40.

177
225.  Los matrimonios que tienen una buena 
experiencia de aprendizaje en este sentido pue-
den aportar los recursos prácticos que les han 
sido de utilidad: la programación de los momen-
tos para estar juntos gratuitamente, los tiempos 
de recreación con los hijos, las diversas maneras 
de celebrar cosas importantes, los espacios de 
espiritualidad compartida. Pero también pueden 
enseñar recursos que ayudan a llenar de conteni-
do y de sentido esos momentos, para aprender a 
comunicarse mejor. Esto es de suma importan-
cia cuando se ha apagado la novedad del noviaz-
go. Porque, cuando no se sabe qué hacer con el 
tiempo compartido, uno u otro de los cónyuges 
terminará refugiándose en la tecnología, inven-
tará otros compromisos, buscará otros brazos, o 
escapará de una intimidad incómoda.
226.  A los matrimonios jóvenes también hay 
que estimularlos a crear una rutina propia, que 
brinda una sana sensación de estabilidad y de 
seguridad, y que se construye con una serie de 
rituales cotidianos compartidos
Es bueno darse 
siempre un beso por la mañana, bendecirse to-
das las noches, esperar al otro y recibirlo cuando 
llega, tener alguna salida juntos, compartir tareas 
domésticas. Pero al mismo tiempo es bueno cor-
tar la rutina con la fiesta, no perder la capacidad 
de celebrar en familia, de alegrarse y de festejar 
las  experiencias  lindas.  Necesitan  sorprenderse 
juntos por los dones de Dios y alimentar juntos 
el entusiasmo por vivir. Cuando se sabe celebrar, 
esta capacidad renueva la energía del amor, lo li-

178
bera de la monotonía, y llena de color y de espe-
ranza la rutina diaria.
227.  Los pastores debemos alentar a las fami-
lias a crecer en la fe. Para ello es bueno animar a 
la confesión frecuente, la dirección espiritual, la 
asistencia a retiros. Pero no hay que dejar de in-
vitar a crear espacios semanales de oración fami-
liar, porque « la familia que reza unida permanece 
unida ». A su vez, cuando visitemos los hogares, 
deberíamos convocar a todos los miembros de la 
familia a un momento para orar unos por otros 
y para poner la familia en las manos del Señor. 
Al mismo tiempo, conviene alentar a cada uno 
de los cónyuges a tener momentos de oración 
en soledad ante Dios, porque cada uno tiene sus 
cruces secretas. ¿Por qué no contarle a Dios lo 
que perturba al corazón, o pedirle la fuerza para 
sanar las propias heridas, e implorar las luces que 
se necesitan para poder mantener el propio com-
promiso? Los Padres sinodales también remar-
caron que « la Palabra de Dios es fuente de vida 
y espiritualidad para la familia. Toda la pastoral 
familiar deberá dejarse modelar interiormente y 
formar a los miembros de la iglesia doméstica 
mediante la lectura orante y eclesial de la Sagra-
da Escritura. La Palabra de Dios no sólo es una 
buena nueva para la vida privada de las personas, 
sino también un criterio de juicio y una luz para 
el discernimiento de los diversos desafíos que de-
ben afrontar los cónyuges y las familias ».
252
252
 
Ibíd., 34.

179
228.  Es posible que uno de los dos cónyuges 
no sea bautizado, o que no quiera vivir los com-
promisos de la fe. En ese caso, el deseo del otro 
de vivir y crecer como cristiano hace que la indi-
ferencia de ese cónyuge sea vivida con dolor. No 
obstante, es posible encontrar algunos valores 
comunes que se puedan compartir y cultivar con 
entusiasmo. De todos modos, amar al cónyuge 
incrédulo, darle felicidad, aliviar sus sufrimientos 
y compartir la vida con él es un verdadero cami-
no de santificación. Por otra parte, el amor es un 
don de Dios, y allí donde se derrama hace sen-
tir su fuerza transformadora, de maneras a ve-
ces misteriosas, hasta el punto de que « el marido 
no creyente queda santificado por la mujer, y la 
mujer no creyente queda santifica por el marido 
creyente » (
1 Co 7,14). 
229.  Las parroquias, los movimientos, las es-
cuelas y otras instituciones de la Iglesia pueden 
desplegar diversas mediaciones para cuidar y rea-
vivar a las familias. Por ejemplo, a través de recur-
sos como: reuniones de matrimonios vecinos o 
amigos, retiros breves para matrimonios, charlas 
de especialistas sobre problemáticas muy concre-
tas de la vida familiar, centros de asesoramien-
to matrimonial, agentes misioneros orientados 
a conversar con los matrimonios sobre sus di-
ficultades y anhelos, consultorías sobre diferen-
tes situaciones familiares (adicciones, infidelidad, 
violencia familiar), espacios de espiritualidad, ta-
lleres de formación para padres con hijos pro-

180
blemáticos, asambleas familiares. La secretaría 
parroquial debería contar con la posibilidad de 
acoger con cordialidad y de atender las urgencias 
familiares, o de derivar fácilmente hacia quienes 
puedan ayudarles. También hay un apoyo pasto-
ral que se da en los grupos de matrimonios, tanto 
de servicio o de misión, de oración, de forma-
ción, o de apoyo mutuo. Estos grupos brindan la 
ocasión de dar, de vivir la apertura de la familia 
a los demás, de compartir la fe, pero al mismo 
tiempo son un medio para fortalecer al matrimo-
nio y hacerlo crecer.
230.  Es verdad que muchos matrimonios des-
aparecen de la comunidad cristiana después del 
casamiento, pero muchas veces desperdiciamos 
algunas ocasiones en que vuelven a hacerse pre-
sentes, donde podríamos reproponerles de ma-
nera atractiva el ideal del matrimonio cristiano 
y acercarlos a espacios de acompañamiento: me 
refiero, por ejemplo, al bautismo de un hijo, a la 
primera comunión, o cuando participan de un 
funeral o del casamiento de un pariente o amigo. 
Casi todos los matrimonios reaparecen en esas 
ocasiones, que podrían ser mejor aprovechadas. 
Otro camino de acercamiento es la bendición 
de los hogares o la visita de una imagen de la 
Virgen, que dan la ocasión para desarrollar un 
diálogo pastoral acerca de la situación de la fami-
lia. También puede ser útil asignar a matrimonios 
más crecidos la tarea de acompañar a matrimo-
nios más recientes de su propio vecindario, para 

181
visitarlos, acompañarlos en sus comienzos y pro-
ponerles un camino de crecimiento. Con el ritmo 
de vida actual, la mayoría de los matrimonios no 
estarán dispuestos a reuniones frecuentes, y no 
podemos reducirnos a una pastoral de pequeñas 
élites. Hoy, la pastoral familiar debe ser funda-
mentalmente misionera, en salida, en cercanía, en 
lugar de reducirse a ser una fábrica de cursos a 
los que pocos asisten.
i
Luminar
 
crisis

angustias
 
y
 
dificuLtades
231.  Vaya una palabra a los que en el amor ya 
han añejado el vino nuevo del noviazgo. Cuando 
el vino se añeja con esta experiencia del camino, 
allí aparece, florece en toda su plenitud, la fideli-
dad de los pequeños momentos de la vida. Es la 
fidelidad de la espera y de la paciencia. Esa fideli-
dad llena de sacrificios y de gozos va como flore-
ciendo en la edad en que todo se pone añejo y los 
ojos se ponen brillantes al contemplar los hijos 
de sus hijos. Así era desde el principio, pero eso 
ya se hizo consciente, asentado, madurado en la 
sorpresa cotidiana del redescubrimiento día tras 
día, año tras año. Como enseñaba san Juan de la 
Cruz, « los viejos amadores son los ya ejercitados 
y probados ». Ellos « ya no tienen aquellos hervo-
res sensitivos ni aquellas furias y fuegos hervo-
rosos por fuera, sino que gustan la suavidad del 
vino de amor ya bien cocido en su sustancia […] 

182
asentado allá dentro en el alma ».
253
 Esto supone 
haber sido capaces de superar juntos las crisis y 
los tiempos de angustia, sin escapar de los desa-
fíos ni esconder las dificultades.
El desafío de las crisis
232.  La historia de una familia está surcada por 
crisis de todo tipo, que también son parte de su 
dramática belleza. Hay que ayudar a descubrir 
que una crisis superada no lleva a una relación 
con menor intensidad sino a mejorar, asentar y 
madurar el vino de la unión. No se convive para 
ser cada vez menos felices, sino para aprender a 
ser felices de un modo nuevo, a partir de las po-
sibilidades que abre una nueva etapa. Cada crisis 
implica un aprendizaje que permite incrementar 
la intensidad de la vida compartida, o al menos 
encontrar un nuevo sentido a la experiencia ma-
trimonial. De ningún modo hay que resignarse 
a una curva descendente, a un deterioro inevita-
ble, a una soportable mediocridad. Al contrario, 
cuando el matrimonio se asume como una tarea, 
que implica también superar obstáculos, cada cri-
sis se percibe como la ocasión para llegar a beber 
juntos el mejor vino. Es bueno acompañar a los 
cónyuges para que puedan aceptar las crisis que 
lleguen, tomar el guante y hacerles un lugar en la 
vida familiar. Los matrimonios experimentados y 
formados deben estar dispuestos a acompañar a 
253
 
Cántico Espiritual, B, 25, 11.

183
otros en este descubrimiento, de manera que las 
crisis no los asusten ni los lleven a tomar decisio-
nes apresuradas. Cada crisis esconde una buena 
noticia que hay que saber escuchar afinando el 
oído del corazón. 
233.  La reacción inmediata es resistirse ante el 
desafío de una crisis, ponerse a la defensiva por 
sentir que escapa al propio control, porque mues-
tra la insuficiencia de la propia manera de vivir, y 
eso incomoda. Entonces se usa el recurso de ne-
gar los problemas, esconderlos, relativizar su im-
portancia, apostar sólo al paso del tiempo. Pero 
eso retarda la solución y lleva a consumir mucha 
energía en un ocultamiento inútil que complicará 
todavía más las cosas. Los vínculos se van dete-
riorando y se va consolidando un aislamiento que 
daña la intimidad. En una crisis no asumida, lo 
que más se perjudica es la comunicación. De ese 
modo, poco a poco, alguien que era « la persona 
que amo » pasa a ser « quien me acompaña siem-
pre en la vida », luego sólo « el padre o la madre 
de mis hijos », y, al final, « un extraño ». 
234.  Para enfrentar una crisis se necesita estar 
presentes. Es difícil, porque a veces las personas 
se aíslan para no manifestar lo que sienten, se 
arrinconan en el silencio mezquino y tramposo. 
En estos momentos es necesario crear espacios 
para comunicarse de corazón a corazón. El pro-
blema es que se vuelve más difícil comunicarse 
así en un momento de crisis si nunca se apren-
dió a hacerlo. Es todo un arte que se aprende 

184
en tiempos de calma, para ponerlo en práctica 
en los tiempos duros. Hay que ayudar a descu-
brir las causas más ocultas en los corazones de 
los cónyuges, y a enfrentarlas como un parto que 
pasará y dejará un nuevo tesoro. Pero las res-
puestas a las consultas realizadas remarcan que 
en situaciones difíciles o críticas la mayoría no 
acude al acompañamiento pastoral, ya que no lo 
siente comprensivo, cercano, realista, encarnado. 
Por eso, tratemos ahora de acercarnos a las crisis 
matrimoniales con una mirada que no ignore su 
carga de dolor y de angustia.
235.  Hay crisis comunes que suelen ocurrir en 
todos los matrimonios, como la crisis de los co-
mienzos, cuando hay que aprender a compatibi-
lizar las diferencias y desprenderse de los padres; 
o la crisis de la llegada del hijo, con sus nuevos 
desafíos emocionales; la crisis de la crianza, que 
cambia los hábitos del matrimonio; la crisis de la 
adolescencia del hijo, que exige muchas energías, 
desestabiliza a los padres y a veces los enfrenta 
entre sí; la crisis del « nido vacío », que obliga a la 
pareja a mirarse nuevamente a sí misma; la crisis 
que se origina en la vejez de los padres de los 
cónyuges, que reclaman más presencia, cuidados 
y decisiones difíciles. Son situaciones exigentes, 
que provocan miedos, sentimientos de culpa, de-
presiones o cansancios que pueden afectar grave-
mente a la unión. 
236.  A estas se suman las crisis personales que 
inciden en la pareja, relacionadas con dificultades 
económicas, laborales, afectivas, sociales, espiri-

185
tuales. Y se agregan circunstancias inesperadas 
que pueden alterar la vida familiar, y que exigen 
un camino de perdón y reconciliación. Al mismo 
tiempo que intenta dar el paso del perdón, cada 
uno tiene que preguntarse con serena humildad 
si no ha creado las condiciones para exponer al 
otro a cometer ciertos errores. Algunas familias 
sucumben cuando los cónyuges se culpan mu-
tuamente, pero « la experiencia muestra que, con 
una ayuda adecuada y con la acción de reconci-
liación de la gracia, un gran porcentaje de crisis 
matrimoniales se superan de manera satisfacto-
ria. Saber perdonar y sentirse perdonados es una 
experiencia  fundamental  en  la  vida  familiar ».
254
 
« El difícil arte de la reconciliación, que requiere 
del sostén de la gracia, necesita la generosa cola-
boración de familiares y amigos, y a veces incluso 
de ayuda externa y profesional ».
255
237.  Se ha vuelto frecuente que, cuando uno 
siente que no recibe lo que desea, o que no se 
cumple  lo  que  soñaba,  eso  parece  ser  suficien-
te  para  dar  fin  a  un  matrimonio.  Así  no  habrá 
matrimonio que dure. A veces, para decidir que 
todo acabó basta una insatisfacción, una ausencia 
en un momento en que se necesitaba al otro, un 
orgullo herido o un temor difuso. Hay situacio-
nes propias de la inevitable fragilidad humana, a 
las cuales se otorga una carga emotiva demasiado 
grande. Por ejemplo, la sensación de no ser com-
254
 
Relatio Synodi 2014, 44.
255
 
Relación final 2015, 81.

186
pletamente correspondido, los celos, las diferen-
cias que surjan entre los dos, el atractivo que des-
piertan otras personas, los nuevos intereses que 
tienden a apoderarse del corazón, los cambios 
físicos del cónyuge, y tantas otras cosas que, más 
que atentados contra el amor, son oportunidades 
que invitan a recrearlo una vez más. 
238.  En esas circunstancias, algunos tienen la 
madurez necesaria para volver a elegir al otro 
como compañero de camino, más allá de los lí-
mites de la relación, y aceptan con realismo que 
no pueda satisfacer todos los sueños acariciados. 
Evitan considerarse los únicos mártires, valoran 
las pequeñas o limitadas posibilidades que les da 
la vida en familia y apuestan por fortalecer el vín-
culo en una construcción que llevará tiempo y 
esfuerzo. Porque en el fondo reconocen que cada 
crisis es como un nuevo « sí » que hace posible 
que  el  amor  renazca  fortalecido,  transfigurado, 
madurado, iluminado. A partir de una crisis se 
tiene la valentía de buscar las raíces profundas 
de lo que está ocurriendo, de volver a negociar 
los acuerdos básicos, de encontrar un nuevo 
equilibrio y de caminar juntos una etapa nueva. 
Con esta actitud de constante apertura se pue-
den afrontar muchas situciones difíciles. De to-
dos modos, reconociendo que la reconciliación 
es posible, hoy descubrimos que « un ministerio 
dedicado a aquellos cuya relación matrimonial se 
ha roto parece particularmente urgente ».
256
256
 
Ibíd., 78.

187
Viejas heridas
239.  Es comprensible que en las familias haya 
muchas crisis cuando alguno de sus miembros no 
ha madurado su manera de relacionarse, porque 
no ha sanado heridas de alguna etapa de su vida. 
La propia infancia o la propia adolescencia mal 
vividas son caldo de cultivo para crisis personales 
que terminan afectando al matrimonio. Si todos 
fueran personas que han madurado normalmen-
te, las crisis serían menos frecuentes o menos do-
lorosas. Pero el hecho es que a veces las personas 
necesitan realizar a los cuarenta años una madu-
ración atrasada que debería haberse logrado al 
final de la adolescencia. A veces se ama con un 
amor egocéntrico propio del niño, fijado en una 
etapa donde la realidad se distorsiona y se vive el 
capricho de que todo gire en torno al propio yo. 
Es un amor insaciable, que grita o llora cuando 
no tiene lo que desea. Otras veces se ama con un 
amor fijado en una etapa adolescente, marcado 
por la confrontación, la crítica ácida, el hábito de 
culpar a los otros, la lógica del sentimiento y de 
la fantasía, donde los demás deben llenar los pro-
pios vacíos o seguir los propios caprichos. 
240.  Muchos terminan su niñez sin haber sen-
tido jamás que son amados incondicionalmente, 
y eso lastima su capacidad de confiar y de entre-
garse. Una relación mal vivida con los propios 
padres y hermanos, que nunca ha sido sanada, 
reaparece y daña la vida conyugal. Entonces hay 
que hacer un proceso de liberación que jamás se 

188
enfrentó. Cuando la relación entre los cónyuges 
no funciona bien, antes de tomar decisiones im-
portantes conviene asegurarse de que cada uno 
haya hecho ese camino de curación de la propia 
historia. Eso exige reconocer la necesidad de sa-
nar, pedir con insistencia la gracia de perdonar y 
de perdonarse, aceptar ayuda, buscar motivacio-
nes positivas y volver a intentarlo una y otra vez. 
Cada uno tiene que ser muy sincero consigo mis-
mo para reconocer que su modo de vivir el amor 
tiene estas inmadureces. Por más que parezca 
evidente que toda la culpa es del otro, nunca es 
posible superar una crisis esperando que sólo 
cambie el otro. También hay que preguntarse por 
las cosas que uno mismo podría madurar o sanar 
para favorecer la superación del conflicto. 
Acompañar después de rupturas y divorcios
241.  En algunos casos, la valoración de la dig-
nidad propia y del bien de los hijos exige poner 
un límite firme a las pretensiones excesivas del 
otro, a una gran injusticia, a la violencia o a una 
falta de respeto que se ha vuelto crónica. Hay que 
reconocer que « hay casos donde la separación es 
inevitable. A veces puede llegar a ser incluso mo-
ralmente necesaria, cuando precisamente se trata 
de sustraer al cónyuge más débil, o a los hijos 
pequeños, de las heridas más graves causadas por 
la prepotencia y la violencia, el desaliento y la ex-

189
plotación, la ajenidad y la indiferencia ».
257
 Pero 
« debe considerarse como un remedio extremo, 
después de que cualquier intento razonable haya 
sido inútil ».
258
 
242.  Los Padres indicaron que « un discerni-
miento particular es indispensable para acompa-
ñar pastoralmente a los separados, los divorcia-
dos, los abandonados. Hay que acoger y valorar 
especialmente el dolor de quienes han sufrido 
injustamente la separación, el divorcio o el aban-
dono, o bien, se han visto obligados a romper 
la convivencia por los maltratos del cónyuge. El 
perdón por la injusticia sufrida no es fácil, pero 
es un camino que la gracia hace posible. De aquí 
la necesidad de una pastoral de la reconciliación 
y de la mediación, a través de centros de escucha 
especializados que habría que establecer en las 
diócesis ».
259


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