A las personas consagradas a los esposos cristianos y a todos los fieles laicos



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Si 14,5-6). 
102.  Pero el mismo santo Tomás de Aquino ha 
explicado que « pertenece más a la caridad querer 
amar que querer ser amado »
110
 y que, de hecho, 
« las madres, que son las que más aman, buscan 
más amar que ser amadas ».
111
 Por eso, el amor 
puede ir más allá de la justicia y desbordarse gra-
tis, « sin esperar nada a cambio » (
Lc 6,35), hasta 
llegar al amor más grande, que es « dar la vida » 
por los demás (
  Jn 15,13). ¿Todavía es posible 
este desprendimiento que permite dar gratis y 
dar hasta el fin? Seguramente es posible, porque 
es lo que pide el Evangelio: « Lo que habéis reci-
bido gratis, dadlo gratis » (
Mt 10,8).
Sin violencia interior
103.  Si la primera expresión del himno nos in-
vitaba a la paciencia que evita reaccionar brusca-
mente ante las debilidades o errores de los de-
más, ahora aparece otra palabra —
paroxýnetai—, 
que se refiere a una reacción interior de indigna-
110
 
Summa Theologiae II-II, q. 27, a. 1, ad 2.
111
 
Ibíd., II-II, q. 27, a. 1.

83
ción provocada por algo externo. Se trata de una 
violencia interna, de una irritación no manifies-
ta que nos coloca a la defensiva ante los otros, 
como si fueran enemigos molestos que hay que 
evitar. Alimentar esa agresividad íntima no sirve 
para nada. Sólo nos enferma y termina aislándo-
nos. La indignación es sana cuando nos lleva a 
reaccionar ante una grave injusticia, pero es da-
ñina cuando tiende a impregnar todas nuestras 
actitudes ante los otros. 
104.  El Evangelio invita más bien a mirar la 
viga en el propio ojo (cf. 
Mt 7,5), y los cristianos 
no podemos ignorar la constante invitación de 
la Palabra de Dios a no alimentar la ira: « No te 
dejes vencer por el mal » (
Rm 12,21). « No nos 
cansemos de hacer el bien » (
Ga 6,9). Una cosa 
es sentir la fuerza de la agresividad que brota y 
otra es consentirla, dejar que se convierta en una 
actitud permanente: « Si os indignáis, no llegareis 
a pecar; que la puesta del sol no os sorprenda en 
vuestro enojo » (
Ef 4,26). Por ello, nunca hay que 
terminar el día sin hacer las paces en la familia. Y, 
« ¿cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodi-
llas? ¡No! Sólo un pequeño gesto, algo pequeño, 
y vuelve la armonía familiar. Basta una caricia, sin 
palabras. Pero nunca terminar el día en familia 
sin hacer las paces ».
112
 La reacción interior ante 
una molestia que nos causen los demás debería 
ser ante todo bendecir en el corazón, desear el 
112
 
Catequesis (13 mayo 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 15 de mayo de 2015, p. 9.

84
bien del otro, pedir a Dios que lo libere y lo sane: 
« Responded con una bendición, porque para 
esto habéis sido llamados: para heredar una ben-
dición »  (
1 P 3,9). Si tenemos que luchar contra 
un mal, hagámoslo, pero siempre digamos « no » 
a la violencia interior.
Perdón
105.  Si permitimos que un mal sentimiento 
penetre en nuestras entrañas, dejamos lugar a 
ese rencor que se añeja en el corazón. La fra-
se
 logízetai to kakón significa « toma en cuenta el 
mal », « lo lleva anotado », es decir, es rencoro-
so. Lo contrario es el perdón, un perdón que se 
fundamenta en una actitud positiva, que intenta 
comprender la debilidad ajena y trata de buscarle 
excusas  a  la  otra  persona,  como  Jesús  cuando 
dijo: « Padre, perdónalos, porque no saben lo 
que hacen » (
Lc 23,34). Pero la tendencia suele 
ser la de buscar más y más culpas, la de imaginar 
más y más maldad, la de suponer todo tipo de 
malas intenciones, y así el rencor va creciendo y 
se arraiga. De ese modo, cualquier error o caída 
del cónyuge puede dañar el vínculo amoroso y la 
estabilidad familiar. El problema es que a veces 
se le da a todo la misma gravedad, con el riesgo 
de volverse crueles ante cualquier error ajeno. 
La justa reivindicación de los propios derechos, 
se convierte en una persistente y constante sed 
de venganza más que en una sana defensa de la 
propia dignidad.

85
106.  Cuando hemos sido ofendidos o desilu-
sionados, el perdón es posible y deseable, pero 
nadie dice que sea fácil. La verdad es que « la co-
munión familiar puede ser conservada y perfec-
cionada sólo con un gran espíritu de sacrificio. 
Exige, en efecto, una pronta y generosa disponi-
bilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la 
tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ningu-
na familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, 
las tensiones, los conflictos atacan con violencia 
y a veces hieren mortalmente la propia comu-
nión: de aquí las múltiples y variadas formas de 
división en la vida familiar ».
113
 
107.  Hoy sabemos que para poder perdonar 
necesitamos pasar por la experiencia liberadora 
de comprendernos y perdonarnos a nosotros 
mismos. Tantas veces nuestros errores, o la mi-
rada crítica de las personas que amamos, nos han 
llevado a perder el cariño hacia nosotros mis-
mos. Eso hace que terminemos guardándonos 
de los otros, escapando del afecto, llenándonos 
de temores en las relaciones interpersonales. En-
tonces, poder culpar a otros se convierte en un 
falso alivio. Hace falta orar con la propia histo-
ria, aceptarse a sí mismo, saber convivir con las 
propias limitaciones, e incluso perdonarse, para 
poder tener esa misma actitud con los demás.
108.  Pero esto supone la experiencia de ser per-
donados  por  Dios,  justificados  gratuitamente  y 
113
  J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. 
Familiaris consortio (22 no-
viembre 1981), 21: 
AAS 74 (1982), 106.

86
no por nuestros méritos. Fuimos alcanzados por 
un amor previo a toda obra nuestra, que siempre 
da una nueva oportunidad, promueve y estimula. 
Si aceptamos que el amor de Dios es incondicio-
nal, que el cariño del Padre no se debe comprar ni 
pagar, entonces podremos amar más allá de todo, 
perdonar a los demás aun cuando hayan sido in-
justos con nosotros. De otro modo, nuestra vida 
en familia dejará de ser un lugar de comprensión, 
acompañamiento y estímulo, y será un espacio de 
permanente tensión o de mutuo castigo.
Alegrarse con los demás
109.  La expresión
 jairei epi te adikía indica algo 
negativo afincado en el secreto del corazón de la 
persona. Es la actitud venenosa del que se ale-
gra cuando ve que se le hace injusticia a alguien. 
La frase se complementa con la siguiente, que lo 
dice de modo positivo: 
sygjairei te alétheia: se rego-
cija con la verdad. Es decir, se alegra con el bien 
del otro, cuando se reconoce su dignidad, cuando 
se valoran sus capacidades y sus buenas obras. 
Eso es imposible para quien necesita estar siem-
pre comparándose o compitiendo, incluso con el 
propio cónyuge, hasta el punto de alegrarse se-
cretamente por sus fracasos. 
110.  Cuando una persona que ama puede ha-
cer un bien a otro, o cuando ve que al otro le va 
bien en la vida, lo vive con alegría, y de ese modo 
da gloria a Dios, porque « Dios ama al que da 
con alegría » (
2 Co 9,7). Nuestro Señor aprecia de 

87
manera especial a quien se alegra con la felicidad 
del otro. Si no alimentamos nuestra capacidad 
de gozar con el bien del otro y, sobre todo, nos 
concentramos en nuestras propias necesidades, 
nos condenamos a vivir con poca alegría, ya que 
como ha dicho Jesús « hay más felicidad en dar 
que en recibir » (
Hch 20,35). La familia debe ser 
siempre el lugar donde alguien, que logra algo 
bueno en la vida, sabe que allí lo van a celebrar 
con él.
Disculpa todo
111.  El elenco se completa con cuatro expre-
siones que hablan de una totalidad: « todo ». Dis-
culpa todo, cree todo, espera todo, soporta todo. 
De este modo, se remarca con fuerza el dina-
mismo contracultural del amor, capaz de hacerle 
frente a cualquier cosa que pueda amenazarlo.
112.  En primer lugar se dice que todo lo dis-
culpa 
panta stegei. Se diferencia de « no tiene en 
cuenta el mal », porque este término tiene que ver 
con el uso de la lengua; puede significar « guar-
dar silencio » sobre lo malo que puede haber en 
otra persona. Implica limitar el juicio, contener 
la inclinación a lanzar una condena dura e impla-
cable: « No condenéis y no seréis condenados » 
(
Lc 6,37). Aunque vaya en contra de nuestro ha-
bitual uso de la lengua, la Palabra de Dios nos 
pide: « No habléis mal unos de otros, hermanos » 
(
St 4,11). Detenerse a dañar la imagen del otro es 
un modo de reforzar la propia, de descargar los 

88
rencores y envidias sin importar el daño que cau-
semos. Muchas veces se olvida de que la difama-
ción puede ser un gran pecado, una seria ofensa 
a Dios, cuando afecta gravemente la buena fama 
de los demás, ocasionándoles daños muy difíci-
les de reparar. Por eso, la Palabra de Dios es tan 
dura con la lengua, diciendo que « es un mundo 
de iniquidad » que « contamina a toda la persona »  
(
St 3,6), como un « mal incansable cargado de ve-
neno mortal » (
St 3,8). Si « con ella maldecimos a 
los hombres, creados a semejanza de Dios » (
St 3,9), 
el amor cuida la imagen de los demás, con una de-
licadeza que lleva a preservar incluso la buena fama 
de los enemigos. En la defensa de la ley divina 
nunca debemos olvidarnos de esta exigencia del 
amor.
113.  Los esposos que se aman y se pertenecen, 
hablan bien el uno del otro, intentan mostrar el 
lado bueno del cónyuge más allá de sus debilida-
des y errores. En todo caso, guardan silencio para 
no dañar su imagen. Pero no es sólo un gesto 
externo,  sino  que  brota  de  una  actitud  interna. 
Tampoco es la ingenuidad de quien pretende no 
ver las dificultades y los puntos débiles del otro, 
sino la amplitud de miras de quien coloca esas 
debilidades  y  errores  en  su  contexto.  Recuerda 
que esos defectos son sólo una parte, no son la 
totalidad del ser del otro. Un hecho desagradable 
en la relación no es la totalidad de esa relación. 
Entonces, se puede aceptar con sencillez que to-
dos somos una compleja combinación de luces 

89
y de sombras. El otro no es sólo eso que a mí 
me molesta. Es mucho más que eso. Por la mis-
ma razón, no le exijo que su amor sea perfecto 
para valorarlo. Me ama como es y como puede, 
con sus límites, pero que su amor sea imperfecto 
no significa que sea falso o que no sea real. Es 
real, pero limitado y terreno. Por eso, si le exijo 
demasiado, me lo hará saber de alguna manera, 
ya que no podrá ni aceptará jugar el papel de un 
ser divino ni estar al servicio de todas mis nece-
sidades. El amor convive con la imperfección, la 
disculpa, y sabe guardar silencio ante los límites 
del ser amado.
Confía
114.   
Panta pisteuei, « todo lo cree », por el con-
texto,  no  se  debe  entender  « fe »  en  el  sentido 
teológico, sino en el sentido corriente de « con-
fianza ». No se trata sólo de no sospechar que el 
otro esté mintiendo o engañando. Esa confianza 
básica reconoce la luz encendida por Dios, que 
se esconde detrás de la oscuridad, o la brasa que 
todavía arde debajo de las cenizas.
115.  Esta  misma  confianza  hace  posible  una 
relación de libertad. No es necesario controlar al 
otro, seguir minuciosamente sus pasos, para evi-
tar que escape de nuestros brazos. El amor con-
fía, deja en libertad, renuncia a controlarlo todo, 
a poseer, a dominar. Esa libertad, que hace po-
sible espacios de autonomía, apertura al mundo 
y nuevas experiencias, permite que la relación se 

90
enriquezca y no se convierta en un círculo ce-
rrado sin horizontes. Así, los cónyuges, al reen-
contrarse, pueden vivir la alegría de compartir lo 
que han recibido y aprendido fuera del círculo 
familiar. Al mismo tiempo, hace posible la since-
ridad y la transparencia, porque cuando uno sabe 
que los demás confían en él y valoran la bondad 
básica de su ser, entonces sí se muestra tal cual es
sin ocultamientos. Alguien que sabe que siempre 
sospechan de él, que lo juzgan sin compasión, 
que no lo aman de manera incondicional, prefe-
rirá guardar sus secretos, esconder sus caídas y 
debilidades, fingir lo que no es. En cambio, una 
familia donde reina una básica y cariñosa confian-
za, y donde siempre se vuelve a confiar a pesar 
de todo, permite que brote la verdadera identidad 
de sus miembros, y hace que espontáneamente se 
rechacen el engaño, la falsedad o la mentira.
Espera 
116.   
Panta elpízei: no desespera del futuro. Co-
nectado con la palabra anterior, indica la espera 
de quien sabe que el otro puede cambiar. Siem-
pre espera que sea posible una maduración, un 
sorpresivo brote de belleza, que las potencialida-
des más ocultas de su ser germinen algún día. No 
significa que todo vaya a cambiar en esta vida. 
Implica aceptar que algunas cosas no sucedan 
como uno desea, sino que quizás Dios escriba 
derecho con las líneas torcidas de una persona y 
saque algún bien de los males que ella no logre 
superar en esta tierra. 

91
117.  Aquí se hace presente la esperanza en 
todo su sentido, porque incluye la certeza de una 
vida más allá de la muerte. Esa persona, con to-
das sus debilidades, está llamada a la plenitud del 
cielo. Allí, completamente transformada por la 
resurrección de Cristo, ya no existirán sus fragi-
lidades, sus oscuridades ni sus patologías. Allí el 
verdadero ser de esa persona brillará con toda su 
potencia de bien y de hermosura. Eso también 
nos permite, en medio de las molestias de esta 
tierra, contemplar a esa persona con una mirada 
sobrenatural, a la luz de la esperanza, y esperar 
esa plenitud que un día recibirá en el Reino celes-
tial, aunque ahora no sea visible.
Soporta todo
118.   
Panta  hypoménei  significa  que  sobrelleva 
con espíritu positivo todas las contrariedades. Es 
mantenerse firme en medio de un ambiente hos-
til. No consiste sólo en tolerar algunas cosas mo-
lestas, sino en algo más amplio: una resistencia 
dinámica y constante, capaz de superar cualquier 
desafío. Es amor a pesar de todo, aun cuando 
todo el contexto invite a otra cosa. Manifiesta una 
cuota de heroísmo tozudo, de potencia en con-
tra de toda corriente negativa, una opción por el 
bien que nada puede derribar. Esto me recuerda 
aquellas palabras de Martin Luther King, cuando 
volvía a optar por el amor fraterno aun en medio 
de las peores persecuciones y humillaciones: « La 
persona que más te odia, tiene algo bueno en él; 
incluso la nación que más odia, tiene algo bue-

92
no en ella; incluso la raza que más odia, tiene algo 
bueno en ella. Y cuando llegas al punto en que 
miras el rostro de cada hombre y ves muy dentro 
de él lo que la religión llama la “imagen de Dios”, 
comienzas a amarlo “a pesar de”. No importa lo 
que haga, ves la imagen de Dios allí. Hay un ele-
mento de bondad del que nunca puedes desha-
certe […] Otra manera para amar a tu enemigo es 
esta: cuando se presenta la oportunidad para que 
derrotes a tu enemigo, ese es el momento en que 
debes decidir no hacerlo […] Cuando te elevas al 
nivel del amor, de su gran belleza y poder, lo único 
que buscas derrotar es los sistemas malignos. A las 
personas atrapadas en ese sistema, las amas, pero 
tratas de derrotar ese sistema […] Odio por odio 
sólo intensifica la existencia del odio y del mal en 
el universo. Si yo te golpeo y tú me golpeas, y te 
devuelvo el golpe y tú me lo devuelves, y así suce-
sivamente, es evidente que se llega hasta el infini-
to. Simplemente nunca termina. En algún lugar, 
alguien debe tener un poco de sentido, y esa es 
la persona fuerte. La persona fuerte es la persona 
que puede romper la cadena del odio, la cadena 
del mal […] Alguien debe tener suficiente religión 
y moral para cortarla e inyectar dentro de la propia 
estructura del universo ese elemento fuerte y po-
deroso del amor »
.
114
119.  En la vida familiar hace falta cultivar esa 
fuerza del amor, que permite luchar contra el mal 
114
 
Sermón en la iglesia Bautista de la Avenida Dexter, Montgo-
mery, Alabama, 17 de noviembre de 1957.

93
que la amenaza. El amor no se deja dominar por 
el rencor, el desprecio hacia las personas, el deseo 
de lastimar o de cobrarse algo. El ideal cristiano, 
y de modo particular en la familia, es amor a pe-
sar de todo. A veces me admira, por ejemplo, la 
actitud de personas que han debido separarse de 
su cónyuge para protegerse de la violencia física 
y, sin embargo, por la caridad conyugal que sabe 
ir más allá de los sentimientos, han sido capaces 
de procurar su bien, aunque sea a través de otros, 
en momentos de enfermedad, de sufrimiento o de 
dificultad. Eso también es amor a pesar de todo.
c
recer
 
en
 
La
 
caridad
 
conyugaL
120.  El himno de san Pablo, que hemos reco-
rrido, nos permite dar paso a la caridad conyu-
gal. Es el amor que une a los esposos,
115
 santi-
ficado,  enriquecido  e  iluminado  por  la  gracia 
del sacramento del matrimonio. Es una « unión 
afectiva »,
116
 espiritual y oblativa, pero que recoge 
en sí la ternura de la amistad y la pasión erótica, 
aunque es capaz de subsistir aun cuando los sen-
timientos y la pasión se debiliten. El Papa Pío XI 
enseñaba que ese amor permea todos los deberes 
de la vida conyugal y « tiene cierto principado de 
nobleza ».
117
 Porque ese amor fuerte, derrama-
115
  Santo Tomás de Aquino entiende el amor como « 
vis 
unitiva »  (Summa Theologiae I, a. 20, 1, ad 3), retomando una ex-
presión de Dionisio Ps. Areopagita (
De divinis nominibus, 4, 12: 
PG, 709).
116
  t
omás
 
de
 a
quino

Summa Theologiae II-II, q. 27, a. 2.
117
  Carta enc. 
Casti connubii (31 diciembre 1930): AAS 22 
(1930), 547-548.

94
do por el Espíritu Santo, es reflejo de la Alianza 
inquebrantable entre Cristo y la humanidad que 
culminó en la entrega hasta el fin, en la cruz: « El 
Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón 
y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse 
como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza 
de este modo la plenitud a la que está ordenado 
interiormente, la caridad conyugal ».
118
121.  El matrimonio es un signo precioso, por-
que « cuando un hombre y una mujer celebran 
el sacramento del matrimonio, Dios, por decirlo 
así, se “refleja” en ellos, imprime en ellos los pro-
pios rasgos y el carácter indeleble de su amor. El 
matrimonio es la imagen del amor de Dios por 
nosotros. También Dios, en efecto, es comunión: 
las tres Personas del Padre, Hijo y Espíritu Santo 
viven desde siempre y para siempre en unidad 
perfecta. Y es precisamente este el misterio del 
matrimonio: Dios hace de los dos esposos una 
sola existencia ».
119
 Esto tiene consecuencias muy 
concretas y cotidianas, porque los esposos, « en 
virtud del sacramento, son investidos de una au-
téntica misión, para que puedan hacer visible, a 
partir de las cosas sencillas, ordinarias, el amor 
con el que Cristo ama a su Iglesia, que sigue en-
tregando la vida por ella ».
120
 
118
  J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. 
Familiaris consortio (22 no-
viembre 1981), 13: 
AAS 74 (1982), 94.
119
 
Catequesis (2 abril 2014): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 4 de abril de 2014, p. 16.
120
 
Ibíd.

95
122.  Sin embargo, no conviene confundir pla-
nos diferentes: no hay que arrojar sobre dos per-
sonas limitadas el tremendo peso de tener que 
reproducir de manera perfecta la unión que exis-
te entre Cristo y su Iglesia, porque el matrimonio 
como signo implica « un proceso dinámico, que 
avanza gradualmente con la progresiva integra-
ción de los dones de Dios ».
121
Toda la vida, todo en común
123.  Después del amor que nos une a Dios, el 
amor conyugal es la « máxima amistad ».
122
 Es una 
unión que tiene todas las características de una 
buena amistad: búsqueda del bien del otro, re-
ciprocidad, intimidad, ternura, estabilidad, y una 
semejanza entre los amigos que se va constru-
yendo con la vida compartida. Pero el matrimo-
nio  agrega  a  todo  ello  una  exclusividad  indiso-
luble,  que  se  expresa  en  el  proyecto  estable  de 
compartir  y  construir  juntos  toda  la  existencia. 
Seamos sinceros y reconozcamos las señales de 
la realidad: quien está enamorado no se plantea 
que esa relación pueda ser sólo por un tiempo; 
quien vive intensamente la alegría de casarse no 
está pensando en algo pasajero; quienes acompa-
ñan la celebración de una unión llena de amor, 
121
  J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. 
Familiaris consortio (22 no-
viembre 1981), 9: 
AAS 74 (1982), 90.
122
  t
omás
 
de
 a
quino

Summa contra Gentiles, III, 123; cf. 
a
ristóteLes

Ética a Nicómaco, 8, 12 (ed. Bywater, Oxford 1984), 
174.

96
aunque frágil, esperan que pueda perdurar en el 
tiempo; los hijos no sólo quieren que sus padres 
se  amen,  sino  también  que  sean  fieles  y  sigan 
siempre juntos. Estos y otros signos muestran 
que en la naturaleza misma del amor conyugal 
está la apertura a lo definitivo. La unión que cris-
taliza en la promesa matrimonial para siempre, es 
más que una formalidad social o una tradición, 
porque arraiga en las inclinaciones espontáneas 
de la persona humana. Y, para los creyentes, es 
una alianza ante Dios que reclama fidelidad: « El 
Señor es testigo entre tú y la esposa de tu juven-
tud, a la que tú traicionaste, siendo que era tu 
compañera, la mujer de tu alianza […] No trai-
ciones a la esposa de tu juventud. Pues yo odio el 
repudio » (
Ml 2,14.15-16). 
124.  Un amor débil o enfermo, incapaz de 
aceptar el matrimonio como un desafío que re-
quiere luchar, renacer, reinventarse y empezar 
siempre de nuevo hasta la muerte, no puede 
sostener un nivel alto de compromiso. Cede a la 
cultura de lo provisorio, que impide un proce-
so constante de crecimiento. Pero « prometer un 
amor para siempre es posible cuando se descubre 
un plan que sobrepasa los propios proyectos, que 
nos sostiene y nos permite entregar totalmente 
nuestro futuro a la persona amada ».
123
 Que ese 
amor pueda atravesar todas las pruebas y man-
tenerse fiel en contra de todo, supone el don de 
123
  Carta enc. 
Lumen fidei (29 junio 2013), 52: AAS 105 
(2013), 590.

97
la gracia que lo fortalece y lo eleva. Como decía 
san Roberto Belarmino: « El hecho de que uno 
solo se una con una sola en un lazo indisoluble, 
de modo que no puedan separarse, cualesquiera 
sean las dificultades, y aun cuando se haya perdi-
do la esperanza de la prole, esto no puede ocurrir 
sin un gran misterio ».
124
125.  El matrimonio, además, es una amistad 
que incluye las notas propias de la pasión, pero 
orientada siempre a una unión cada vez más fir-
me e intensa. Porque « no ha sido instituido sola-
mente para la procreación » sino para que el amor 
mutuo « se manifieste, progrese y madure según 
un orden recto ».
125
 Esta amistad peculiar entre 
un hombre y una mujer adquiere un carácter 
totalizante que sólo se da en la unión conyugal. 
Precisamente por ser totalizante, esta unión tam-
bién es exclusiva, fiel y abierta a la generación. Se 
comparte  todo,  aun  la  sexualidad,  siempre  con 
el respeto recíproco. El Concilio Vaticano II lo 
expresó diciendo que « un tal amor, asociando a 
la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a 
un don libre y mutuo de sí mismos, comprobado 
por sentimientos y actos de ternura, e impregna 
toda su vida ».
126
124
 
De sacramento matrimonii, 1, 2: en i
d
., 
Disputationes, III, 5, 
3 (ed. Giuliano, Nápoles 1858), 778.
125
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Const. past. 
Gaudium et spes, so-
bre la Iglesia en el mundo actual, 50.
126
 
Ibíd., 49.

98
Alegría y belleza 
126.  En el matrimonio conviene cuidar la ale-
gría del amor. Cuando la búsqueda del placer es 
obsesiva, nos encierra en una sola cosa y nos in-
capacita para encontrar otro tipo de satisfaccio-
nes. La alegría, en cambio, amplía la capacidad de 
gozar y nos permite encontrar gusto en realida-
des variadas, aun en las etapas de la vida donde el 
placer se apaga. Por eso decía santo Tomás que 
se usa la palabra « alegría » para referirse a la di-
latación de la amplitud del corazón.
127
 La alegría 
matrimonial, que puede vivirse aun en medio del 
dolor, implica aceptar que el matrimonio es una 
necesaria combinación de gozos y de esfuerzos, 
de tensiones y de descanso, de sufrimientos y de 
liberaciones, de satisfacciones y de búsquedas, de 
molestias y de placeres, siempre en el camino de 
la amistad, que mueve a los esposos a cuidarse: 
« se prestan mutuamente ayuda y servicio ».
128
127.  El amor de amistad se llama « caridad » 
cuando se capta y aprecia el « alto valor » que 
tiene el otro.
129
 La belleza —el « alto valor » del 
otro, que no coincide con sus atractivos físicos o 
psicológicos— nos permite gustar lo sagrado de 
su persona, sin la imperiosa necesidad de poseer-
lo. En la sociedad de consumo el sentido estéti-
127
  Cf. 
Summa Theologiae I-II, q. 31, a. 3, ad 3.
128
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Const. past. 
Gaudium et spes, so-
bre la Iglesia en el mundo actual, 48.
129
  Cf. 
Summa Theologiae I-II, q. 26, a. 3.

99
co se empobrece, y así se apaga la alegría. Todo 
está para ser comprado, poseído o consumido; 
también las personas. La ternura, en cambio,
 es 
una manifestación de este amor que se libera del 
deseo de la posesión egoísta. Nos lleva a vibrar 
ante una persona con un inmenso respeto y con 
un cierto temor de hacerle daño o de quitarle 
su libertad. El amor al otro implica ese gusto de 
contemplar y valorar lo bello y sagrado de su ser 
personal, que existe más allá de mis necesidades. 
Esto me permite buscar su bien también cuando 
sé que no puede ser mío o cuando se ha vuelto fí-
sicamente desagradable, agresivo o molesto. Por 
eso, « del amor por el cual a uno le es grata otra 
persona depende que le dé algo gratis ».
130
 
128.  La experiencia estética del amor se expre-
sa en esa mirada que contempla al otro como 
un fin en sí mismo, aunque esté enfermo, viejo 
o privado de atractivos sensibles. La mirada que 
valora tiene una enorme importancia, y retacearla 
suele hacer daño. ¡Cuántas cosas hacen a veces 
los cónyuges y los hijos para ser mirados y teni-
dos en cuenta! Muchas heridas y crisis se origi-
nan cuando dejamos de contemplarnos. Eso es 
lo  que  expresan  algunas  quejas  y  reclamos  que 
se escuchan en las familias: « Mi esposo no me 
mira, para él parece que soy invisible ». « Por fa-
vor, mírame cuando te hablo ». « Mi esposa ya no 
me mira, ahora sólo tiene ojos para sus hijos ». 
130
 
Ibíd., q. 110, a. 1.

100
« En mi casa yo no le importo a nadie, y ni siquie-
ra me ven, como si no existiera »
El amor abre 
los ojos y permite ver, más allá de todo, cuánto 
vale un ser humano.
129.  La alegría de ese amor contemplativo tiene 
que ser cultivada. Puesto que estamos hechos para 
amar, sabemos que no hay mayor alegría que un 
bien compartido: « Da y recibe, disfruta de ello » 
(
Si 14,16). Las alegrías más intensas de la vida bro-
tan cuando se puede provocar la felicidad de los 
demás, en un anticipo del cielo. Cabe recordar la 
feliz escena del film 
La fiesta de Babette, donde la 
generosa cocinera recibe un abrazo agradecido y 
un elogio: « ¡Cómo deleitarás a los ángeles! »
. Es 
dulce y reconfortante la alegría de provocar deleite 
en los demás, de verlos disfrutar. Ese gozo, efecto 
del amor fraterno, no es el de la vanidad de quien 
se mira a sí mismo, sino el del amante que se com-
place en el bien del ser amado, que se derrama en 
el otro y se vuelve fecundo en él. 
130.  Por otra parte, la alegría se renueva en el 
dolor. Como decía san Agustín: « Cuanto mayor 
fue el peligro en la batalla, tanto mayor es el gozo 
en el triunfo ».
131
 Después de haber sufrido y lu-
chado juntos, los cónyuges pueden experimentar 
que valió la pena, porque consiguieron algo bue-
no, aprendieron algo juntos, o porque pueden va-
lorar más lo que tienen. Pocas alegrías humanas 
131
 
Confesiones, 8, 3, 7: PL 32, 752.

101
son tan hondas y festivas como cuando dos per-
sonas que se aman han conquistado juntos algo 
que les costó un gran esfuerzo compartido.
Casarse por amor
131.  Quiero decir a los jóvenes que nada de 
todo esto se ve perjudicado cuando el amor asu-
me el cauce de la institución matrimonial. La 
unión encuentra en esa institución el modo de 
encauzar su estabilidad y su crecimiento real y 
concreto. Es verdad que el amor es mucho más 
que  un  consentimiento  externo  o  que  una  es-
pecie de contrato matrimonial, pero también es 
cierto que la decisión de dar al matrimonio una 
configuración  visible  en  la  sociedad,  con  unos 
determinados compromisos, manifiesta su rele-
vancia:  muestra  la  seriedad  de  la  identificación 
con el otro, indica una superación del individua-
lismo adolescente, y expresa la firme opción de 
pertenecerse el uno al otro. Casarse es un modo 
de expresar que realmente se ha abandonado el 
nido materno para tejer otros lazos fuertes y asu-
mir una nueva responsabilidad ante otra persona. 
Esto vale mucho más que una mera asociación 
espontánea para la gratificación mutua, que sería 
una privatización del matrimonio. El matrimo-
nio como institución social es protección y cauce 
para el compromiso mutuo, para la maduración 
del amor, para que la opción por el otro crezca en 
solidez, concretización y profundidad, y a su vez 
para que pueda cumplir su misión en la sociedad. 
Por eso, el matrimonio va más allá de toda moda 

102
pasajera y persiste. Su esencia está arraigada en la 
naturaleza misma de la persona humana y de su 
carácter social. Implica una serie de obligaciones, 
pero que brotan del mismo amor, de un amor tan 
decidido y generoso que es capaz de arriesgar el 
futuro.
132.  Optar por el matrimonio de esta manera, 
expresa  la  decisión  real  y  efectiva  de  convertir 
dos caminos en un único camino, pase lo que 
pase y a pesar de cualquier desafío. Por la serie-
dad que tiene este compromiso público de amor, 
no puede ser una decisión apresurada, pero por 
esa misma razón tampoco se la puede postergar 
indefinidamente.  Comprometerse  con  otro  de 
un modo exclusivo y definitivo siempre tiene una 
cuota de riesgo y de osada apuesta. El rechazo de 
asumir este compromiso es egoísta, interesado, 
mezquino, no acaba de reconocer los derechos 
del otro y no termina de presentarlo a la sociedad 
como digno de ser amado incondicionalmente. 
Por otro lado, quienes están verdaderamente 
enamorados tienden a manifestar a los otros su 
amor. El amor concretizado en un matrimonio 
contraído ante los demás, con todos los compro-
misos que se derivan de esta institucionalización, 
es manifestación y resguardo de un « sí » que se 
da sin reservas y sin restricciones. Ese sí es de-
cirle al otro que siempre podrá confiar, que no 
será abandonado cuando pierda atractivo, cuan-
do haya dificultades o cuando se ofrezcan nuevas 
opciones de placer o de intereses egoístas.

103
Amor que se manifiesta y crece
133.  El amor de amistad unifica todos los as-
pectos de la vida matrimonial, y ayuda a los 
miembros de la familia a seguir adelante en todas 
las etapas. Por eso, los gestos que expresan ese 
amor deben ser constantemente cultivados, sin 
mezquindad, llenos de palabras generosas. En la 
familia « es necesario usar tres palabras. Quisiera 
repetirlo. Tres palabras: permiso, gracias, perdón. 
¡Tres palabras clave! ».
132
 « Cuando en una familia 
no se es entrometido y se pide “permiso”, cuan-
do en una familia no se es egoísta y se aprende a 
decir “gracias”, y cuando en una familia uno se 
da cuenta que hizo algo malo y sabe pedir “per-
dón”, en esa familia hay paz y hay alegría ».
133
 No 
seamos mezquinos en el uso de estas palabras, 
seamos generosos para repetirlas día a día, por-
que « algunos silencios pesan, a veces incluso en 
la familia, entre marido y mujer, entre padres e 
hijos, entre hermanos ».
134
 En cambio, las pala-
bras adecuadas, dichas en el momento justo, pro-
tegen y alimentan el amor día tras día.
134.  Todo esto se realiza en un camino de per-
manente crecimiento. Esta forma tan particular 
de amor que es el matrimonio, está llamada a una 
constante maduración, porque hay que aplicar-
132
 
Discurso a las Familias del mundo con ocasión de su peregrina-
ción a Roma en el Año de la Fe (26 octubre 2013): AAS (2013), 980.
133
 
Ángelus (29 diciembre 2013): L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 3 de enero de 2014, p. 2.
134
 
Discurso a las Familias del mundo con ocasión de su peregrina-
ción a Roma en el Año de la Fe (26 octubre 2013): AAS (2013), 978.

104
le siempre aquello que santo Tomás de Aquino 
decía de la caridad: « La caridad, en razón de su 
naturaleza, no tiene límite de aumento, ya que es 
una participación de la infinita caridad, que es el 
Espíritu Santo […] Tampoco por parte del sujeto 
se le puede prefijar un límite, porque al crecer la 
caridad, sobrecrece también la capacidad para un 
aumento  superior ».
135
 San Pablo exhortaba con 
fuerza: « Que el Señor os haga progresar y so-
breabundar en el amor de unos con otros » (
1 Ts 
3,12); y añade: « En cuanto al amor mutuo […] os 
exhortamos, hermanos, a que sigáis progresando 
más y más » (
1 Ts 4,9-10). Más y más. El amor 
matrimonial no se cuida ante todo hablando de 
la indisolubilidad como una obligación, o repi-
tiendo una doctrina, sino afianzándolo gracias a 
un crecimiento constante bajo el impulso de la 
gracia. El amor que no crece comienza a correr 
riesgos, y sólo podemos crecer respondiendo a la 
gracia divina con más actos de amor, con actos 
de cariño más frecuentes, más intensos, más ge-
nerosos, más tiernos, más alegres. El marido y la 
mujer « experimentando el sentido de su unidad 
y lográndola más plenamente cada día ».
136
 El don 
del amor divino que se derrama en los esposos 
es al mismo tiempo un llamado a un constante 
desarrollo de ese regalo de la gracia.
135.  No hacen bien algunas fantasías sobre un 
amor idílico y perfecto, privado así de todo es-
135
 
Summa Theologiae II-II, q. 24, a. 7.
136
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Const. past. 
Gaudium et spes, so-
bre la Iglesia en el mundo actual, 48.

105
tímulo para crecer. Una idea celestial del amor 
terreno olvida que lo mejor es lo que todavía no 
ha sido alcanzado, el vino madurado con el tiem-
po. Como recordaron los Obispos de Chile, « no 
existen las familias perfectas que nos propone la 
propaganda falaz y consumista. En ellas no pasan 
los años, no existe la enfermedad, el dolor ni la 
muerte […] La propaganda consumista muestra 
una fantasía que nada tiene que ver con la reali-
dad que deben afrontar, en el día a día, los jefes y 
jefas de hogar ».
137
 Es más sano aceptar con rea-
lismo los límites, los desafíos o la imperfección, 
y escuchar el llamado a crecer juntos, a madurar 
el amor y a cultivar la solidez de la unión, pase lo 
que pase.
Diálogo
136.  El diálogo es una forma privilegiada e in-
dispensable de vivir, expresar y madurar el amor 
en la vida matrimonial y familiar. Pero supone un 
largo y esforzado aprendizaje. Varones y mujeres, 
adultos y jóvenes, tienen maneras distintas de co-
municarse, usan un lenguaje diferente, se mueven 
con otros códigos. El modo de preguntar, la for-
ma de responder, el tono utilizado, el momento 
y muchos factores más, pueden condicionar la 
comunicación. Además, siempre es necesario de-
sarrollar algunas actitudes que son expresión de 
amor y hacen posible el diálogo auténtico.
137
  c
onferencia
 e
piscopaL
 
de
 c
hiLe

La vida y la familia: 
regalos de Dios para cada uno de nosotros (21 octubre 2014).

106
137.  Darse tiempo, tiempo de calidad, que con-
siste en escuchar con paciencia y atención, hasta 
que el otro haya expresado todo lo que necesi-
taba. Esto requiere la ascesis de no empezar a 
hablar antes del momento adecuado. En lugar de 
comenzar a dar opiniones o consejos, hay que 
asegurarse de haber escuchado todo lo que el 
otro necesita decir. Esto implica hacer un silen-
cio interior para escuchar sin ruidos en el cora-
zón o en la mente: despojarse de toda prisa, dejar 
a un lado las propias necesidades y urgencias, ha-
cer espacio. Muchas veces uno de los cónyuges 
no necesita una solución a sus problemas, sino 
ser escuchado. Tiene que sentir que se ha perci-
bido su pena, su desilusión, su miedo, su ira, su 
esperanza, su sueño. Pero son frecuentes lamen-
tos como estos: « No me escucha. Cuando parece 
que lo está haciendo, en realidad está pensando 
en otra cosa ». « Hablo y siento que está esperan-
do que termine de una vez ». « Cuando hablo in-
tenta cambiar de tema, o me da respuestas rápi-
das para cerrar la conversación »
.
138.  Desarrollar el hábito de dar importancia 
real al otro. Se trata de valorar su persona, de re-
conocer que tiene derecho a existir, a pensar de 
manera autónoma y a ser feliz. Nunca hay que 
restarle importancia a lo que diga o reclame, aun-
que  sea  necesario  expresar  el  propio  punto  de 
vista. Subyace aquí la convicción de que todos 
tienen algo que aportar, porque tienen otra expe-
riencia de la vida, porque miran desde otro punto 
de vista, porque han desarrollado otras preocu-

107
paciones y tienen otras habilidades e intuiciones. 
Es posible reconocer la verdad del otro, el valor 
de sus preocupaciones más hondas y el trasfondo 
de lo que dice, incluso detrás de palabras agre-
sivas. Para ello hay que tratar de ponerse en su 
lugar e interpretar el fondo de su corazón, detec-
tar lo que le apasiona, y tomar esa pasión como 
punto de partida para profundizar en el diálogo. 
139.  Amplitud mental, para no encerrarse con 
obsesión en unas pocas ideas, y flexibilidad para 
poder modificar o completar las propias opinio-
nes. Es posible que, de mi pensamiento y del 
pensamiento del otro pueda surgir una nueva 
síntesis que nos enriquezca a los dos. La unidad 
a la que hay que aspirar no es uniformidad, sino 
una « unidad en la diversidad », o una « diversidad 
reconciliada ». En ese estilo enriquecedor de co-
munión fraterna, los diferentes se encuentran, se 
respetan y se valoran, pero manteniendo diversos 
matices y acentos que enriquecen el bien común. 
Hace falta liberarse de la obligación de ser igua-
les. También se necesita astucia para advertir a 
tiempo las « interferencias » que puedan aparecer, 
de manera que no destruyan un proceso de diálo-
go. Por ejemplo, reconocer los malos sentimien-
tos que vayan surgiendo y relativizarlos para que 
no perjudiquen la comunicación. Es importante 
la  capacidad  de  expresar  lo  que  uno  siente  sin 
lastimar; utilizar un lenguaje y un modo de hablar 
que pueda ser más fácilmente aceptado o tolera-
do por el otro, aunque el contenido sea exigente; 
plantear los propios reclamos pero sin descargar 

108
la ira como forma de venganza, y evitar un len-
guaje moralizante que sólo busque agredir, ironi-
zar, culpar, herir. Muchas discusiones en la pareja 
no son por cuestiones muy graves. A veces se tra-
ta de cosas pequeñas, poco trascendentes, pero 
lo que altera los ánimos es el modo de decirlas o 
la actitud que se asume en el diálogo.
140.  Tener gestos de preocupación por el otro 
y demostraciones de afecto. El amor supera las 
peores barreras. Cuando se puede amar a alguien, 
o cuando nos sentimos amados por él, logramos 
entender mejor lo que quiere expresar y hacer-
nos entender. Superar la fragilidad que nos lleva 
a tenerle miedo al otro, como si fuera un « com-
petidor ». Es muy importante fundar la propia 
seguridad en opciones profundas, convicciones 
o valores, y no en ganar una discusión o en que 
nos den la razón.
141.  Finalmente, reconozcamos que para que 
el diálogo valga la pena hay que tener algo que 
decir, y eso requiere una riqueza interior que 
se  alimenta  en  la  lectura,  la  reflexión  personal, 
la oración y la apertura a la sociedad. De otro 
modo, las conversaciones se vuelven aburridas e 
inconsistentes. Cuando ninguno de los cónyuges 
se cultiva y no existe una variedad de relaciones 
con otras personas, la vida familiar se vuelve en-
dogámica y el diálogo se empobrece.
a
mor
 
apasionado
142.  El Concilio Vaticano II enseña que este 
amor conyugal « abarca el bien de toda la perso-

109
na, y, por tanto, puede enriquecer con una dig-
nidad peculiar las expresiones del cuerpo y del 
espíritu, y ennoblecerlas como signos especiales 
de la amistad conyugal ».
138
 Por algo será que un 
amor sin placer ni pasión no es suficiente para 
simbolizar la unión del corazón humano con 
Dios: « Todos los místicos han afirmado que el 
amor sobrenatural y el amor celeste encuentran 
los símbolos que buscan en el amor matrimonial, 
más que en la amistad, más que en el sentimiento 
filial o en la dedicación a una causa. Y el motivo 
está justamente en su totalidad ».
139
 ¿Por qué en-
tonces no detenernos a hablar de los sentimien-
tos y de la sexualidad en el matrimonio?
El mundo de las emociones
143.  Deseos, sentimientos, emociones, eso que 
los clásicos llamaban « pasiones », tienen un lu-
gar importante en el matrimonio. Se producen 
cuando « otro » se hace presente y se manifiesta 
en la propia vida. Es propio de todo ser vivien-
te tender hacia otra cosa, y esta tendencia tiene 
siempre señales afectivas básicas: el placer o el 
dolor, la alegría o la pena, la ternura o el temor. 
Son el presupuesto de la actividad psicológica 
más elemental. El ser humano es un viviente de 
esta tierra, y todo lo que hace y busca está carga-
do de pasiones. 
138
  Const. past. 
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mun-
do actual, 49.
139
  a. s
ertiLLanges

L’amour chrétien, París 1920, 174.

110
144.  Jesús, como verdadero hombre, vivía las 
cosas con una carga de emotividad. Por eso le 
dolía el rechazo de Jerusalén (cf. 
Mt 23,37), y esta 
situación le arrancaba lágrimas (cf. 
Lc 19,41). 
También se compadecía ante el sufrimiento de 
la gente (cf. 
Mc 6,34). Viendo llorar a los demás, 
se conmovía y se turbaba (cf. 
Jn 11,33), y él mis-
mo lloraba la muerte de un amigo (cf. 
Jn 11,35). 
Estas manifestaciones de su sensibilidad mostra-
ban hasta qué punto su corazón humano estaba 
abierto a los demás.
145.  Experimentar  una  emoción  no  es  algo 
moralmente bueno ni malo en sí mismo.
140
 Co-
menzar a sentir deseo o rechazo no es pecamino-
so ni reprochable. Lo que es bueno o malo es el 
acto que uno realice movido o acompañado por 
una pasión. Pero si los sentimientos son promo-
vidos, buscados y, a causa de ellos, cometemos 
malas acciones, el mal está en la decisión de ali-
mentarlos y en los actos malos que se sigan. En la 
misma línea, sentir gusto por alguien no significa 
de por sí que sea un bien. Si con ese gusto yo 
busco que esa persona se convierta en mi esclava, 
el sentimiento estará al servicio de mi egoísmo. 
Creer que somos buenos sólo porque « sentimos 
cosas » es un tremendo engaño. Hay personas 
que se sienten capaces de un gran amor sólo por-
que tienen una gran necesidad de afecto, pero no 
saben luchar por la felicidad de los demás y viven 
encerrados en sus propios deseos. En ese caso, 
140
  Cf. t
omás
 
de
 a
quino

Summa Theologiae I-II, q. 24, a. 1.

111
los sentimientos distraen de los grandes valores 
y ocultan un egocentrismo que no hace posible 
cultivar una vida sana y feliz en familia.
146.  Por otra parte, si una pasión acompaña al 
acto libre, puede manifestar la profundidad de 
esa opción. El amor matrimonial lleva a procu-
rar que toda la vida emotiva se convierta en un 
bien para la familia y esté al servicio de la vida en 
común. La madurez llega a una familia cuando la 
vida emotiva de sus miembros se transforma en 
una sensibilidad que no domina ni oscurece las 
grandes opciones y los valores sino que sigue
 
su libertad,
141
 brota de ella, la enriquece, la embe-
llece y la hace más armoniosa para bien de todos.
Dios ama el gozo de sus hijos
147.  Esto requiere un camino pedagógico, un 
proceso que incluye renuncias. Es una convicción 
de la Iglesia que muchas veces ha sido rechazada, 
como si fuera enemiga de la felicidad humana. 
Benedicto XVI recogía este cuestionamiento con 
gran claridad: « La Iglesia, con sus preceptos y 
prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo 
más hermoso de la vida? ¿No pone quizás car-
teles de prohibición precisamente allí donde la 
alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, 
nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar 
algo de lo divino? ».
142
 Pero él respondía que, si 
141
  Cf. 
ibíd., q. 59, a. 5.
142
  Carta enc. 
Deus caritas est (25 diciembre 2005), 3: AAS 
98 (2006), 219-220.

112
bien no han faltado exageraciones o ascetismos 
desviados en el cristianismo, la enseñanza oficial 
de la Iglesia, fiel a las Escrituras, no rechazó « el
 
eros
 
como tal, sino que declaró guerra a su desvia-
ción destructora, puesto que la falsa divinización 
del
 
eros
 
[…] lo priva de su dignidad divina y lo 
deshumaniza ».
143
148.  La educación de la emotividad y del instin-
to es necesaria, y para ello a veces es indispensa-
ble ponerse algún límite. El exceso, el descontrol, 
la obsesión por un solo tipo de placeres, termi-
nan por debilitar y enfermar al placer mismo,
144
 
y dañan la vida de la familia. De verdad se pue-
de hacer un hermoso camino con las pasiones, 
lo cual significa orientarlas cada vez más en un 
proyecto de autodonación y de plena realización 
de sí mismo, que enriquece las relaciones inter-
personales en el seno familiar. No implica renun-
ciar a instantes de intenso gozo,
145
 sino asumirlos 
como entretejidos con otros momentos de en-
trega generosa, de espera paciente, de cansancio 
inevitable, de esfuerzo por un ideal. La vida en 
familia es todo eso y merece ser vivida entera.
149.  Algunas corrientes espirituales insisten en 
eliminar el deseo para liberarse del dolor. Pero 
143
 
Ibíd., 4: AAS 98 (2006), 220.
144
 Cf. t
omás
 
de
 a
quino

Summa Theologiae I-II, q. 32, a. 7.
145
 Cf. 
ibíd., II-II, q. 153, a. 2, ad 2: « Abundantia delectationis 
quae  est  in  actu  venereo  secundum  rationem  ordinato,  non  contrariatur 
medio virtutis ».

113
nosotros creemos que Dios ama el gozo del ser 
humano, que él creó todo « para que lo disfrute-
mos » (
1 Tm 6,17). Dejemos brotar la alegría ante 
su ternura cuando nos propone: « Hijo, trátate 
bien […] No te prives de pasar un día feliz » (
Si 
14,11.14). Un matrimonio también responde a la 
voluntad de Dios siguiendo esta invitación bíbli-
ca: « Alégrate en el día feliz » (
Qo 7,14). La cues-
tión es tener la libertad para aceptar que el pla-
cer encuentre otras formas de expresión en los 
distintos momentos de la vida, de acuerdo con 
las necesidades del amor mutuo. En ese sentido, 
se puede acoger la propuesta de algunos maes-
tros orientales que insisten en ampliar la cons-
ciencia, para no quedar presos en una experiencia 
muy limitada que nos cierre las perspectivas. Esa 
ampliación de la consciencia no es la negación 
o destrucción del deseo sino su dilatación y su 
perfeccionamiento. 
Dimensión erótica del amor
150.  Todo esto nos lleva a hablar de la vida se-
xual del matrimonio. Dios mismo creó la sexuali-
dad, que es un regalo maravilloso para sus creatu-
ras. Cuando se la cultiva y se evita su descontrol, 
es para impedir que se produzca el « empobreci-
miento de un valor auténtico ».
146
 San Juan Pablo 
II rechazó que la enseñanza de la Iglesia lleve a 
146
  J
uan
 p
abLo
 ii, 
Catequesis (22 octubre 1980), 5: L’Os-
servatore Romano, ed. semanal en lengua española, 26 de octubre 
de 1980, p. 3.

114
« una negación del valor del sexo humano », o que 
simplemente lo tolere « por la necesidad misma 
de la procreación ».
147
 La necesidad sexual de los 
esposos no es objeto de menosprecio, y « no se 
trata en modo alguno de poner en cuestión esa 
necesidad ».
148
151.  A quienes temen que en la educación de 
las pasiones y de la sexualidad se perjudique la 
espontaneidad del amor sexuado, san Juan Pablo 
II les respondía que el ser humano « está
 
llamado 
a la plena y madura espontaneidad
 
de las relacio-
nes », que « es el fruto gradual del discernimiento 
de los impulsos del propio corazón ».
149
 Es algo 
que se conquista, ya que todo ser humano « debe
 
aprender
 
con perseverancia y coherencia
 
lo que
 
es  el  significado  del  cuerpo ».
150
  La  sexualidad 
no es un recurso para gratificar o entretener, ya 
que es un lenguaje interpersonal donde el otro 
es tomado en serio, con su sagrado e inviolable 
valor. Así, « el corazón humano se hace partíci-
pe, por decirlo así, de otra espontaneidad ».
151
 En 
este contexto, el erotismo aparece como mani-
festación  específicamente  humana  de  la  sexua-
147
 
Ibíd., 3.
148
  i
d
., 
Catequesis (24 septiembre 1980), 4: L’Osservatore 
Romano, ed. semanal en lengua española, 28 de septiembre de 
1980, p. 3.
149
 
Catequesis (12 noviembre 1980), 2: L’Osservatore Roma-
no, ed. semanal en lengua española, 16 de noviembre de 1980, 
p. 3.
150
 
Ibíd., 4.
151
 
Ibíd., 5.

115
lidad.  En  él  se  puede  encontrar  « el  significado 
esponsalicio del cuerpo y la auténtica dignidad 
del  don ».
152
 En sus catequesis sobre la teología 
del cuerpo humano, enseñó que la corporeidad 
sexuada « es no sólo fuente de fecundidad y pro-
creación », sino que posee « la capacidad de ex-
presar el amor: ese amor precisamente en el que 
el hombre-persona se convierte en don ».
153
 El 
más sano erotismo, si bien está unido a una bús-
queda de placer, supone la admiración, y por eso 
puede humanizar los impulsos.
152.  Entonces, de ninguna manera podemos 
entender la dimensión erótica del amor como un 
mal permitido o como un peso a tolerar por el 
bien de la familia, sino como don de Dios que 
embellece el encuentro de los esposos. Siendo 
una pasión sublimada por un amor que admira 
la dignidad del otro, llega a ser una « plena y lim-
písima afirmación amorosa », que nos muestra de 
qué maravillas es capaz el corazón humano y así, 
por un momento, « se siente que la existencia hu-
mana ha sido un éxito ».
 
154
Violencia y manipulación
153.  Dentro  del  contexto  de  esta  visión  po-
sitiva  de  la  sexualidad,  es  oportuno  plantear  el 
152
 
Ibíd., 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua es-
pañola, 16 de noviembre de 1980, p. 3.
153
  i
d
., 
Catequesis (16 enero 1980), 1: L’Osservatore Romano, 
ed. semanal en lengua española, 20 de enero de 1980, p. 3.
154
  J
osef
 p
ieper

Über die Liebe, Múnich 2014, 174-175.

116
tema en su integridad y con un sano realismo. 
Porque no podemos ignorar que muchas veces 
la sexualidad se despersonaliza y también se llena 
de patologías, de tal modo que « pasa a ser cada 
vez más ocasión e instrumento de afirmación del 
propio yo y de satisfacción egoísta de los propios 
deseos e instintos ».
155
 En esta época se vuelve 
muy riesgoso que la sexualidad también sea po-
seída por el espíritu venenoso del « usa y tira ». El 
cuerpo del otro es con frecuencia manipulado, 
como una cosa que se retiene mientras brinda sa-
tisfacción y se desprecia cuando pierde atractivo. 
¿Acaso se pueden ignorar o disimular las cons-
tantes formas de dominio, prepotencia, abuso, 
perversión y violencia sexual, que son producto 
de una desviación del significado de la sexualidad 
y que sepultan la dignidad de los demás y el lla-
mado al amor debajo de una oscura búsqueda de 
sí mismo? 
154.  No está de más recordar que, aun dentro 
del matrimonio, la sexualidad puede convertirse 
en fuente de sufrimiento y de manipulación. Por 
eso tenemos que reafirmar con claridad que « un 
acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar 
su situación actual y sus legítimos deseos, no es 
un verdadero acto de amor; y prescinde por tanto 
de una exigencia del recto orden moral en las re-
laciones entre los esposos ».
156
 Los actos propios 
155
  J
uan
 p
abLo
 ii, Carta enc. 
Evangelium vitae (25 marzo 
1995), 23: 
AAS 87 (1995), 427.
156
  p
abLo
 Vi, Carta enc. 
Humanae vitae (25 julio 1968), 13: 
AAS 60 (1968), 489.

117
de la unión sexual de los cónyuges responden a 
la naturaleza de la sexualidad querida por Dios 
si son vividos « de modo verdaderamente huma-
no ».
157
 Por eso, san Pablo exhortaba: « Que nadie 
falte a su hermano ni se aproveche de él » (
1 Ts 
4,6). Si bien él escribía en una época en que do-
minaba una cultura patriarcal, donde la mujer se 
consideraba un ser completamente subordinado 
al varón, sin embargo enseñó que la sexualidad 
debe ser una cuestión de conversación entre los 
cónyuges: planteó la posibilidad de postergar las 
relaciones sexuales por un tiempo, pero « de co-
mún acuerdo » (
1 Co 7,5).
155.  San  Juan  Pablo  II  hizo  una  advertencia 
muy sutil cuando dijo que el hombre y la mu-
jer están « amenazados por la insaciabilidad »
.
158
 
Es decir, están llamados a una unión cada vez 
más intensa, pero el riesgo está en pretender bo-
rrar las diferencias y esa distancia inevitable que 
hay entre los dos. Porque cada uno posee una 
dignidad propia e intransferible. Cuando la pre-
ciosa pertenencia recíproca se convierte en un 
dominio, « cambia esencialmente la estructura de 
comunión en la relación interpersonal ».
159
 En la 
lógica del dominio, el dominador también termi-
157
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Const. past. 
Gaudium et spes, so-
bre la Iglesia en el mundo actual, 49.
158
 
Catequesis (18 junio 1980), 5: L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 22 de junio de 1980, p. 3.
159
 
Ibíd., 6.

118
na negando su propia dignidad,
160
 y en definitiva 
deja « de identificarse subjetivamente con el pro-
pio  cuerpo »,
161
 ya que le quita todo significado. 
Vive el sexo como evasión de sí mismo y como 
renuncia a la belleza de la unión.
156.  Es importante ser claros en el rechazo 
de toda forma de sometimiento sexual. Por ello 
conviene evitar toda interpretación inadecua-
da del texto de la carta a los Efesios donde se 
pide que « las mujeres estén sujetas a sus mari-
dos »  (
Ef 5,22). San Pablo se expresa aquí en ca-
tegorías culturales propias de aquella época, pero 
nosotros no debemos asumir ese ropaje cultural, 
sino el mensaje revelado que subyace en el con-
junto de la perícopa. Retomemos la sabia expli-
cación de san Juan Pablo II: « El amor excluye 
todo género de sumisión, en virtud de la cual la 
mujer se convertiría en sierva o esclava del mari-
do […] La comunidad o unidad que deben for-
mar por el matrimonio se realiza a través de una 
recíproca donación, que es también una mutua 
sumisión ».
162
 Por eso se dice también que « los 
maridos deben amar a sus mujeres como a sus 
propios cuerpos » (
Ef 5,28). En realidad el texto 
bíblico invita a superar el cómodo individualismo 
para vivir referidos a los demás, « sujetos los unos 
160
 Cf. 
Catequesis (30 julio 1980), 1: L’Osservatore Romano, 
ed. semanal en lengua española, 3 de agosto de 1980, p. 3.
161
 
Catequesis (8 abril 1981), 3: L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 12 de abril de 1981, p. 3.
162
 
Catequesis (11 agosto 1982), 4: L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 15 de agosto de 1982, p. 3.

119
a los otros » (
Ef 5,21). En el matrimonio, esta re-
cíproca « sumisión » adquiere un significado espe-
cial, y se entiende como una pertenencia mutua 
libremente elegida, con un conjunto de notas de 
fidelidad, respeto y cuidado. La sexualidad está 
de modo inseparable al servicio de esa amistad 
conyugal, porque se orienta a procurar que el 
otro viva en plenitud.
157.  Sin embargo, el rechazo de las desviacio-
nes de la sexualidad y del erotismo nunca debe-
ría llevarnos a su desprecio ni a su descuido. El 
ideal del matrimonio no puede configurarse sólo 
como una donación generosa y sacrificada, don-
de cada uno renuncia a toda necesidad personal 
y sólo se preocupa por hacer el bien al otro sin 
satisfacción alguna. Recordemos que un verda-
dero amor sabe también recibir del otro, es capaz 
de aceptarse vulnerable y necesitado, no renuncia 
a acoger con sincera y feliz gratitud las expresio-
nes corpóreas del amor en la caricia, el abrazo, el 
beso y la unión sexual. Benedicto XVI era claro 
al respecto: « Si el hombre pretendiera ser sólo 
espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera 
una herencia meramente animal, espíritu y cuer-
po perderían su dignidad ».
163
 Por esta razón, « el 
hombre tampoco puede vivir exclusivamente del 
amor oblativo, descendente. No puede dar úni-
camente y siempre, también debe recibir. Quien 
quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como 
163
  Carta enc. 
Deus caritas est (25 diciembre 2005), 5: AAS 
98 (2006), 221.

120
don ».
164
 Esto supone, de todos modos, recordar 
que el equilibrio humano es frágil, que siempre 
permanece algo que se resiste a ser humanizado y 
que en cualquier momento puede desbocarse de 
nuevo, recuperando sus tendencias más primiti-
vas y egoístas.
Matrimonio y virginidad
158.  « Muchas personas que viven sin casarse, 
no sólo se dedican a su familia de origen, sino 
que a menudo cumplen grandes servicios en su 
círculo de amigos, en la comunidad eclesial y en 
la vida profesional […] Muchos, asimismo, po-
nen sus talentos al servicio de la comunidad cris-
tiana bajo la forma de la caridad y el voluntariado. 
Luego están los que no se casan porque consa-
gran su vida por amor a Cristo y a los hermanos. 
Su dedicación enriquece extraordinariamente a la 
familia, en la Iglesia y en la sociedad ».
165
159.  La virginidad es una forma de amar. Como 
signo, nos recuerda la premura del Reino, la ur-
gencia de entregarse al servicio evangelizador sin 
reservas (cf. 
1 Co 7,32), y es un reflejo de la pleni-
tud del cielo donde « ni los hombres se casarán ni 
las mujer tomarán esposo » (
Mt 22,30). San Pablo 
la recomendaba porque esperaba un pronto re-
greso de Jesucristo, y quería que todos se concen-
traran sólo en la evangelización: « El momento 
164
 
Ibíd., 7: AAS 98 (2006), 224.
165
 
Relación final 2015, 22.

121
es apremiante » (
1 Co 7,29). Sin embargo, dejaba 
claro que era una opinión personal o un deseo 
suyo (cf. 
1 Co 7,6-8) y no un pedido de Cristo: 
« No tengo precepto del Señor » (
1 Co 7,25). Al 
mismo tiempo, reconocía el valor de los diferen-
tes llamados: « cada cual tiene su propio don de 
Dios, unos de un modo y otros de otro » (
1 Co 
7,7). En este sentido, san Juan Pablo II dijo que 
los textos bíblicos « no dan fundamento ni para 
sostener la “inferioridad” del matrimonio, ni la 
“superioridad” de la virginidad o del celibato »
166
 
en razón de la abstención sexual. Más que hablar 
de la superioridad de la virginidad en todo sen-
tido, parece adecuado mostrar que los distintos 
estados de vida se complementan, de tal manera 
que uno puede ser más perfecto en algún senti-
do y otro puede serlo desde otro punto de vista. 
Alejandro de Hales, por ejemplo, expresaba que, 
en un sentido, el matrimonio puede considerarse 
superior a los demás sacramentos, porque sim-
boliza algo tan grande como « la unión de Cristo 
con la Iglesia o la unión de la naturaleza divina 
con la humana ».
167
160.  Por lo tanto, « no se trata de disminuir el 
valor  del  matrimonio  en  beneficio  de  la  conti-
nencia »,
168
 y « no hay base alguna para una su-
166
 
Catequesis (14 abril 1982), 1: L’Osservatore Romano, ed. 
semanal en lengua española, 18 de abril de 1982, p. 3.
167
 
Glossa in quatuor libros sententiarum Petri Lombardi, 4, 26, 
2 (Quaracchi 1957, 446).
168
  J
uan
 p
abLo
 ii, 
Catequesis (7 abril 1982), 2: L’Osservatore 
Romano, ed. semanal en lengua española, 11 de abril de 1982, p. 3.

122
puesta contraposición […] Si, de acuerdo con 
una cierta tradición teológica, se habla del estado 
de perfección (
status perfectionis), se hace no a cau-
sa de la continencia misma, sino con relación al 
conjunto de la vida fundada sobre los consejos 
evangélicos ».
169
 Pero una persona casada puede 
vivir la caridad en un altísimo grado. Entonces, 
« llega a esa perfección que brota de la caridad,
 
mediante la fidelidad al espíritu de esos consejos. 
Esta perfección es posible y accesible a cada uno 
de los hombres ».
170
161.  La virginidad tiene el valor simbólico del 
amor que no necesita poseer al otro, y refleja así la 
libertad del Reino de los Cielos. Es una invitación 
a los esposos para que vivan su amor conyugal en 
la perspectiva del amor definitivo a Cristo, como 
un camino común hacia la plenitud del Reino. A 
su vez, el amor de los esposos tiene otros valores 
simbólicos: por una parte, es un peculiar reflejo 
de la Trinidad. La Trinidad es unidad plena, pero 
en la cual existe también la distinción. Además, la 
familia es un signo cristológico, porque manifies-
ta la cercanía de Dios que comparte la vida del 
ser humano uniéndose a él en la Encarnación, 
en la Cruz y en la Resurrección: cada cónyuge se 
hace « una sola carne » con el otro y se ofrece a sí 
mismo para compartirlo todo con él hasta el fin. 
169
  i
d
., 
Catequesis (14 abril 1982), 3: L’Osservatore Romano, 
ed. semanal en lengua española, 18 de abril de 1982, p. 3.
170
 
Ibíd.

123
Mientras la virginidad es un signo « escatológico » 
de Cristo resucitado, el matrimonio es un signo 
« histórico » para los que caminamos en la tierra, 
un signo del Cristo terreno que aceptó unirse a 
nosotros y se entregó hasta darnos su sangre. La 
virginidad y el matrimonio son, y deben ser, for-
mas diferentes de amar, porque « el hombre no 
puede vivir sin amor. Él permanece para sí mis-
mo un ser incomprensible, su vida está privada 
de sentido si no se le revela el amor ».
171
162.  El celibato corre el peligro de ser una có-
moda soledad, que da libertad para moverse con 
autonomía, para cambiar de lugares, de tareas y de 
opciones, para disponer del propio dinero, para 
frecuentar personas diversas según la atracción 
del momento. En ese caso, resplandece el testi-
monio de las personas casadas. Quienes han sido 
llamados a la virginidad pueden encontrar en al-
gunos matrimonios un signo claro de la generosa 
e inquebrantable fidelidad de Dios a su Alianza, 
que estimule sus corazones a una disponibilidad 
más concreta y oblativa. Porque hay personas 
casadas  que  mantienen  su  fidelidad  cuando  su 
cónyuge se ha vuelto físicamente desagradable, 
o cuando no satisface las propias necesidades, a 
pesar de que muchas ofertas inviten a la infide-
lidad o al abandono. Una mujer puede cuidar a 
su esposo enfermo y allí, junto a la Cruz, vuelve 
171
  i
d
., Carta enc. 
Redemptor hominis (4 marzo 1979), 10: 
AAS 71 (1979), 274.

124
a dar el « sí » de su amor hasta la muerte. En ese 
amor se manifiesta de un modo deslumbrante la 
dignidad del amante, dignidad como reflejo de la 
caridad, puesto que es propio de la caridad amar, 
más que ser amado.
172


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