A las personas consagradas a los esposos cristianos y a todos los fieles laicos



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« no es difícil constatar que se está difundiendo 
una mentalidad que reduce la generación de la 
vida a una variable de los proyectos individuales 
o de los cónyuges ».
90
 La enseñanza de la Iglesia 
« ayuda a vivir de manera armoniosa y consciente 
la comunión entre los cónyuges, en todas sus di-
mensiones, junto a la responsabilidad generativa. 
Es preciso redescubrir el mensaje de la Encícli-
ca 
Humanae vitae de Pablo VI, que hace hincapié 
en la necesidad de respetar la dignidad de la per-
sona en la valoración moral de los métodos de 
regulación de la natalidad […] La opción de la 
adopción y de la acogida expresa una fecundidad 
particular de la experiencia conyugal ».
91
 Con par-
ticular gratitud, la Iglesia « sostiene a las familias 
que acogen, educan y rodean con su afecto a los 
hijos diversamente hábiles ».
92
 
83.  En este contexto, no puedo dejar de decir 
que, si la familia es el santuario de la vida, el lugar 
donde la vida es engendrada y cuidada, constituye 
una contradicción lacerante que se convierta en 
89
 
Relación final 2015, 63.
90
 
Relatio Synodi 2014, 57.
91
 
Ibíd., 58.
92
 
Ibíd., 57.

69
el lugar donde la vida es negada y destrozada. Es 
tan grande el valor de una vida humana, y es tan 
inalienable el derecho a la vida del niño inocente 
que crece en el seno de su madre, que de nin-
gún modo se puede plantear como un derecho 
sobre el propio cuerpo la posibilidad de tomar 
decisiones con respecto a esa vida, que es un fin 
en sí misma y que nunca puede ser un objeto de 
dominio de otro ser humano. La familia protege 
la vida en todas sus etapas y también en su oca-
so. Por eso, « a quienes trabajan en las estructuras 
sanitarias se les recuerda la obligación moral de 
la objeción de conciencia. Del mismo modo, la 
Iglesia  no  sólo  siente  la  urgencia  de  afirmar  el 
derecho a la muerte natural, evitando el ensaña-
miento terapéutico y la eutanasia », sino también 
« rechaza con firmeza la pena de muerte ».
93
84.  Los Padres quisieron enfatizar también que 
« uno de los desafíos fundamentales frente al que 
se encuentran las familias de hoy es seguramente 
el desafío educativo, todavía más arduo y com-
plejo a causa de la realidad cultural actual y de 
la  gran  influencia  de  los  medios  de  comunica-
ción ».
94
 « La Iglesia desempeña un rol precioso 
de apoyo a las familias, partiendo de la iniciación 
cristiana, a través de comunidades acogedoras ».
95
 
Pero me parece muy importante recordar que 
la educación integral de los hijos es « obligación 
93
 
Relación final 2015, 64.
94
 
Relatio Synodi 2014, 60.
95
 
Ibíd., 61.

70
gravísima », a la vez que « derecho primario » de 
los padres.
96
 No es sólo una carga o un peso, sino 
también un derecho esencial e insustituible que 
están llamados a defender y que nadie debería 
pretender quitarles. El Estado ofrece un servicio 
educativo de manera subsidiaria, acompañando la 
función indelegable de los padres, que tienen de-
recho a poder elegir con libertad el tipo de educa-
ción —accesible y de calidad— que quieran dar 
a sus hijos según sus convicciones. La escuela no 
sustituye a los padres sino que los complementa. 
Este es un principio básico: « Cualquier otro co-
laborador en el proceso educativo debe actuar en 
nombre de los padres, con su consenso y, en cier-
ta medida, incluso por encargo suyo ».
97
 Pero « se 
ha abierto una brecha entre familia y sociedad, 
entre familia y escuela, el pacto educativo hoy se 
ha roto; y así, la alianza educativa de la sociedad 
con la familia ha entrado en crisis ».
98
 
85.  La Iglesia está llamada a colaborar, con una 
acción pastoral adecuada, para que los propios 
padres puedan cumplir con su misión educativa. 
Siempre debe hacerlo ayudándoles a valorar su 
propia función, y a reconocer que quienes han 
recibido el sacramento del matrimonio se con-
vierten en verdaderos ministros educativos, por-
96
 
Código de Derecho Canónico, c. 1136; cf. Código de los Cáno-
nes de las Iglesias Orientales, c. 627.
97
  p
ontificio
 c
onseJo
 
para
 
La
 f
amiLia

Sexualidad huma-
na: verdad y significado (8 diciembre 1995), 23.
98
 
Catequesis (20 mayo 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 22 de mayo de 2015, p. 16.

71
que cuando forman a sus hijos edifican la Igle-
sia,
99
 y al hacerlo aceptan una vocación que Dios 
les propone.
100
L
a
 
famiLia
 
y
 
La
 i
gLesia
86.  « Con íntimo gozo y profunda consolación, 
la Iglesia mira a las familias que permanecen fie-
les a las enseñanzas del Evangelio, agradeciéndo-
les el testimonio que dan y alentándolas. Gracias 
a ellas, en efecto, se hace creíble la belleza del 
matrimonio indisoluble y fiel para siempre. En la 
familia, “que se podría llamar iglesia doméstica” 
(
Lumen gentium, 11), madura la primera experien-
cia eclesial de la comunión entre personas, en la 
que se refleja, por gracia, el misterio de la Santa 
Trinidad. “Aquí se aprende la paciencia y el gozo 
del trabajo, el amor fraterno, el perdón genero-
so, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino 
por medio de la oración y la ofrenda de la propia 
vida” (
Catecismo de la Iglesia Católica, 1657) ».
101
 
87.  La Iglesia es familia de familias, constante-
mente enriquecida por la vida de todas las iglesias 
domésticas. Por lo tanto, « en virtud del sacra-
mento del matrimonio cada familia se convierte, 
a todos los efectos, en un bien para la Iglesia. 
99
 Cf. J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. 
Familiaris consortio (22 
noviembre 1981), 38: 
AAS 74 (1982), 129.
100
 Cf. 
Discurso a la Asamblea diocesana de Roma (14 junio 
2015): 
L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 19 
de junio de 2015, p. 6.
101
 
Relatio Synodi 2014, 23.

72
En esta perspectiva, ciertamente también será un 
don valioso, para el hoy de la Iglesia, considerar 
la reciprocidad entre familia e Iglesia: la Iglesia es 
un bien para la familia, la familia es un bien para 
la Iglesia. Custodiar este don sacramental del Se-
ñor corresponde no sólo a la familia individual-
mente sino a toda la comunidad cristiana ».
102
88.  El amor vivido en las familias es una fuerza 
constante para la vida de la Iglesia. « El fin uni-
tivo del matrimonio es una llamada constante a 
acrecentar y profundizar este amor. En su unión 
de amor los esposos experimentan la belleza de 
la paternidad y la maternidad; comparten proyec-
tos y fatigas, deseos y aficiones; aprenden a cui-
darse el uno al otro y a perdonarse mutuamente. 
En este amor celebran sus momentos felices y se 
apoyan en los episodios difíciles de su historia de 
vida […] La belleza del don recíproco y gratuito, 
la alegría por la vida que nace y el cuidado amo-
roso de todos sus miembros, desde los pequeños 
a los ancianos, son sólo algunos de los frutos que 
hacen única e insustituible la respuesta a la voca-
ción de la familia »,
103
 tanto para la Iglesia como 
para la sociedad entera.
102
 
Relación final 2015, 52.
103
 
Ibíd., 49-50.

73
CAPÍTULO
  
CUARTO
eL  amor  en  eL  matrimonio 
89.  Todo lo dicho no basta para manifestar el 
evangelio del matrimonio y de la familia si no 
nos detenemos especialmente a hablar de amor. 
Porque no podremos alentar un camino de fide-
lidad y de entrega recíproca si no estimulamos el 
crecimiento, la consolidación y la profundización 
del amor conyugal y familiar. En efecto, la gra-
cia del sacramento del matrimonio está destinada 
ante todo « a perfeccionar el amor de los cónyu-
ges ».
104
 También aquí se aplica que, « podría te-
ner fe como para mover montañas; si no tengo 
amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas 
todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si 
no tengo amor, de nada me sirve » (
1 Co 13,2-3). 
Pero la palabra « amor », una de las más utilizadas, 
aparece muchas veces desfigurada.
105
n
uestro
 
amor
 
cotidiano
90.  En el así llamado himno de la caridad es-
crito por san Pablo, vemos algunas características 
del amor verdadero: 
104
 
Catecismo de la Iglesia Católica, 1641.
105
 Cf. b
enedicto
 xVi, Carta enc. 
Deus caritas est (25 di-
ciembre 2005), 2: 
AAS 98 (2006), 218.

74
« 
El amor es paciente,
es servicial;
el amor no tiene envidia,
no hace alarde,
no es arrogante,
no obra con dureza,
no busca su propio interés,
no se irrita,
no lleva cuentas del mal,
no se alegra de la injusticia,
sino que goza con la verdad.
Todo lo disculpa,
todo lo cree,
todo lo espera,
todo lo soporta » (
1 Co 13,4-7).
Esto se vive y se cultiva en medio de la vida 
que comparten todos los días los esposos, entre 
sí y con sus hijos. Por eso es valioso detenerse 
a precisar el sentido de las expresiones de este 
texto, para intentar una aplicación a la existencia 
concreta de cada familia. 
Paciencia
91.  La primera expresión utilizada es
 makrothy-
mei. La traducción no es simplemente que « todo 
lo soporta », porque esa idea está expresada al fi-
nal del v. 7. El sentido se toma de la traducción 
griega del Antiguo Testamento, donde dice que 
Dios es « lento a la ira » (
Ex 34,6; Nm 14,18). Se 
muestra cuando la persona no se deja llevar por 
los impulsos y evita agredir. Es una cualidad del 

75
Dios de la Alianza que convoca a su imitación 
también dentro de la vida familiar. Los textos en 
los que Pablo usa este término
 se deben leer con 
el trasfondo del Libro de la Sabiduría (cf. 11,23; 
12,2.15-18); al mismo tiempo que se alaba la mo-
deración de Dios para dar espacio al arrepenti-
miento, se insiste en su poder que se manifiesta 
cuando actúa con misericordia. La paciencia de 
Dios es ejercicio de la misericordia con el peca-
dor y manifiesta el verdadero poder.
92.  Tener paciencia no es dejar que nos maltra-
ten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o 
permitir que nos traten como objetos. El proble-
ma es cuando exigimos que las relaciones sean 
celestiales o que las personas sean perfectas, o 
cuando nos colocamos en el centro y esperamos 
que sólo se cumpla la propia voluntad. Entonces 
todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar 
con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, 
siempre tendremos excusas para responder con 
ira, y finalmente nos convertiremos en personas 
que no saben convivir, antisociales, incapaces de 
postergar los impulsos, y la familia se volverá un 
campo de batalla. Por eso, la Palabra de Dios nos 
exhorta: « Desterrad de vosotros la amargura, la 
ira, los enfados e insultos y toda la maldad » (
Ef 
4,31). Esta paciencia se afianza cuando reconoz-
co que el otro también tiene derecho a vivir en 
esta tierra junto a mí, así como es. No importa 
si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si 
me molesta con su modo de ser o con sus ideas, 

76
si no es todo lo que yo esperaba. El amor tiene 
siempre un sentido de profunda compasión que 
lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, 
también cuando actúa de un modo diferente a lo 
que yo desearía.
Actitud de servicio
93.  Sigue la palabra
 jrestéuetai, que es única en 
toda
 la Biblia, derivada de jrestós (persona buena, 
que muestra su bondad en sus obras). Pero, por 
el lugar en que está, en estricto paralelismo con 
el verbo precedente, es un complemento suyo. 
Así, Pablo quiere aclarar que la « paciencia » nom-
brada en primer lugar no es una postura total-
mente pasiva, sino que está acompañada por una 
actividad, por una reacción dinámica y creativa 
ante  los  demás.  Indica  que  el  amor  beneficia y 
promueve a los demás. Por eso se traduce como 
« servicial ». 
94.  En todo el texto se ve que Pablo quiere in-
sistir en que el amor no es sólo un sentimiento, 
sino que se debe entender en el sentido que tiene 
el verbo « amar » en hebreo: es « hacer el bien ». 
Como decía san Ignacio de Loyola, « el amor 
se debe poner más en las obras que en las pala-
bras ».
106
 Así puede mostrar toda su fecundidad, 
y nos permite experimentar la felicidad de dar, 
la nobleza y la grandeza de donarse sobreabun-
106
 
Ejercicios Espirituales, Contemplación para alcanzar 
amor, 230.

77
dantemente, sin medir, sin reclamar pagos, por el 
solo gusto de dar y de servir.
Sanando la envidia
95.  Luego se rechaza como contraria al amor 
una actitud expresada como 
zeloi (celos, envidia). 
Significa que en el amor no hay lugar para sentir 
malestar por el bien de otro (cf. 
Hch 7,9; 17,5). 
La envidia es una tristeza por el bien ajeno, que 
muestra que no nos interesa la felicidad de los 
demás, ya que estamos exclusivamente concen-
trados en el propio bienestar. Mientras el amor 
nos hace salir de nosotros mismos, la envidia nos 
lleva a centrarnos en el propio yo. El verdade-
ro amor valora los logros ajenos, no los siente 
como una amenaza, y se libera del sabor amargo 
de la envidia. Acepta que cada uno tiene dones 
diferentes y distintos caminos en la vida. Enton-
ces, procura descubrir su propio camino para ser 
feliz, dejando que los demás encuentren el suyo. 
96.  En  definitiva,  se  trata  de  cumplir  aquello 
que pedían los dos últimos mandamientos de la 
Ley de Dios: « No codiciarás los bienes de tu pró-
jimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su 
esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni 
nada que sea de él » (
Ex 20,17). El amor nos lleva 
a una sentida valoración de cada ser humano, re-
conociendo su derecho a la felicidad. Amo a esa 
persona, la miro con la mirada de Dios Padre, 
que nos regala todo « para que lo disfrutemos » 
(
1 Tm 6,17), y entonces acepto en mi interior que 

78
pueda disfrutar de un buen momento. Esta mis-
ma raíz del amor, en todo caso, es lo que me lle-
va a rechazar la injusticia de que algunos tengan 
demasiado y otros no tengan nada, o lo que me 
mueve a buscar que también los descartables de 
la sociedad puedan vivir un poco de alegría. Pero 
eso no es envidia, sino deseos de equidad.
Sin hacer alarde ni agrandarse
97.  Sigue el término
 perpereuotai, que indica la 
vanagloria, el ansia de mostrarse como superior 
para impresionar a otros con una actitud pedante 
y algo agresiva. Quien ama, no sólo evita hablar 
demasiado de sí mismo, sino que además, porque 
está centrado en los demás, sabe ubicarse en su 
lugar sin pretender ser el centro. La palabra si-
guiente —
physioutai— es muy semejante, porque 
indica que el amor no es arrogante. Literalmente 
expresa que no se « agranda » ante los demás, e 
indica algo más sutil. No es sólo una obsesión 
por mostrar las propias cualidades, sino que ade-
más se pierde el sentido de la realidad. Se con-
sidera más grande de lo que es, porque se cree 
más « espiritual » o « sabio ». Pablo usa este verbo 
otras veces, por ejemplo para decir que « la cien-
cia hincha, el amor en cambio edifica » (
1 Co 8,1). 
Es decir, algunos se creen grandes porque saben 
más que los demás, y se dedican a exigirles y a 
controlarlos, cuando en realidad lo que nos hace 
grandes es el amor que comprende, cuida, pro-
tege al débil. En otro versículo también lo aplica 
para criticar a los que se « agrandan » (cf. 
1  Co 

79
4,18), pero en realidad tienen más palabrería que 
verdadero « poder » del Espíritu (cf. 
1 Co 4,19). 
98.  Es importante que los cristianos vivan esto 
en su modo de tratar a los familiares poco for-
mados en la fe, frágiles o menos firmes en sus 
convicciones. A veces ocurre lo contrario: los 
supuestamente más adelantados dentro de su fa-
milia, se vuelven arrogantes e insoportables. La 
actitud de humildad aparece aquí como algo que 
es parte del amor, porque para poder compren-
der, disculpar o servir a los demás de corazón, 
es indispensable sanar el orgullo y cultivar la hu-
mildad. Jesús recordaba a sus discípulos que en 
el mundo del poder cada uno trata de dominar a 
otro, y por eso les dice: « No ha de ser así entre 
vosotros »  (
Mt 20,26). La lógica del amor cris-
tiano no es la de quien se siente más que otros 
y necesita hacerles sentir su poder, sino que « el 
que quiera ser el primero entre vosotros, que sea 
vuestro servidor » (
Mt 20,27). En la vida familiar 
no puede reinar la lógica del dominio de unos so-
bre otros, o la competición para ver quién es más 
inteligente o poderoso, porque esa lógica acaba 
con el amor. También para la familia es este con-
sejo: « Tened sentimientos de humildad unos con 
otros, porque Dios resiste a los soberbios, pero 
da su gracia a los humildes » (
1 P 5,5).
Amabilidad
99.  Amar también es volverse amable, y allí 
toma sentido la palabra 
asjemonéi. Quiere indicar 

80
que el amor
  no obra con rudeza, no actúa de 
modo descortés, no es duro en el trato. Sus mo-
dos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no 
ásperos ni rígidos. Detesta hacer sufrir a los de-
más. La cortesía « es una escuela de sensibilidad 
y desinterés », que exige a la persona « cultivar su 
mente y sus sentidos, aprender a sentir, hablar y, 
en ciertos momentos, a callar ».
107
 Ser amable no 
es un estilo que un cristiano puede elegir o re-
chazar. Como parte de las exigencias irrenuncia-
bles del amor, « todo ser humano está obligado 
a ser afable con los que lo rodean ».
108
 Cada día, 
« entrar en la vida del otro, incluso cuando forma 
parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una 
actitud no invasora, que renueve la confianza y 
el respeto […] El amor, cuando es más íntimo y 
profundo, tanto más exige el respeto de la liber-
tad y la capacidad de esperar que el otro abra la 
puerta de su corazón ».
109
100.  Para disponerse a un verdadero encuen-
tro con el otro, se requiere una mirada amable 
puesta en él. Esto no es posible cuando reina un 
pesimismo que destaca defectos y errores ajenos, 
quizás para compensar los propios complejos. 
Una mirada amable permite que no nos detenga-
mos tanto en sus límites, y así podamos tolerarlo 
107
  o
ctaVio
 p
aZ

La llama doble, Barcelona 1993, 35.
108
  t
omás
 
de
  a
quino

Summa Theologiae II-II, q. 114, a. 
2, ad 1.
109
 
Catequesis (13 mayo 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 15 de mayo de 2015, p. 9.

81
y unirnos en un proyecto común, aunque seamos 
diferentes. El amor amable genera vínculos, cul-
tiva lazos, crea nuevas redes de integración, cons-
truye una trama social firme. Así se protege a sí 
mismo, ya que sin sentido de pertenencia no se 
puede sostener una entrega por los demás, cada 
uno termina buscando sólo su conveniencia y la 
convivencia se torna imposible. Una persona an-
tisocial cree que los demás existen para satisfa-
cer sus necesidades, y que cuando lo hacen sólo 
cumplen con su deber. Por lo tanto, no hay lugar 
para la amabilidad del amor y su lenguaje. El que 
ama es capaz de decir palabras de aliento, que re-
confortan, que fortalecen, que consuelan, que es-
timulan. Veamos, por ejemplo, algunas palabras 
que  decía  Jesús  a  las  personas:  « ¡Ánimo  hijo! » 
(
Mt 9,2). « ¡Qué grande es tu fe! » (Mt 15,28). 
« ¡Levántate! » (
Mc 5,41). « Vete en paz » (Lc 7,50). 
« No tengáis miedo » (
Mt 14,27). No son palabras 
que humillan, que entristecen, que irritan, que 
desprecian. En la familia hay que aprender este 
lenguaje amable de Jesús.
Desprendimiento 
101.  Hemos dicho muchas veces que para amar 
a los demás primero hay que amarse a sí mismo. 
Sin embargo, este himno al amor afirma que el 
amor « no busca su propio interés »
o « no  busca 
lo que es de él ». También se usa esta expresión 
en otro texto: « No os encerréis en vuestros inte-
reses, sino buscad todos el interés de los demás » 
(
Flp 2,4). Ante una afirmación tan clara de las Es-

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crituras, hay que evitar darle prioridad al amor a 
sí mismo como si fuera más noble que el don de 
sí a los demás. Una cierta prioridad del amor a sí 
mismo sólo puede entenderse como una condi-
ción psicológica, en cuanto quien es incapaz de 
amarse  a  sí  mismo  encuentra  dificultades  para 
amar a los demás: « El que es tacaño consigo mis-
mo, ¿con quién será generoso? […] Nadie peor 
que el avaro consigo mismo » (


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