A las personas consagradas a los esposos cristianos y a todos los fieles laicos



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Gn 3,16).
20.  Es un sendero de sufrimiento y de sangre 
que atraviesa muchas páginas de la Biblia, a par-

18
tir de la violencia fratricida de Caín sobre Abel 
y de los distintos litigios entre los hijos y entre 
las esposas de los patriarcas Abraham, Isaac y Ja-
cob, llegando luego a las tragedias que llenan de 
sangre a la familia de David, hasta las múltiples 
dificultades  familiares  que  surcan  la  narración 
de  Tobías  o  la  amarga  confesión  de  Job  aban-
donado: « Ha alejado de mí a mis parientes, mis 
conocidos me tienen por extraño […] Hasta mi 
vida repugna a mi esposa, doy asco a mis propios 
hermanos » (  
Jb 19,13.17).
21.  Jesús mismo nace en una familia modesta 
que pronto debe huir a una tierra extranjera. Él 
entra en la casa de Pedro donde su suegra está 
enferma (
Mc 1,30-31), se deja involucrar en el 
drama de la muerte en la casa de Jairo o en el 
hogar de Lázaro (cf. 
Mc 5,22-24.35-43); escucha 
el grito desesperado de la viuda de Naín ante su 
hijo muerto (cf. 
Lc 7,11-15), atiende el clamor del 
padre del epiléptico en un pequeño pueblo del 
campo (cf. 
Mt 9,9-13; Lc 19,1-10. Encuentra a 
publicanos como Mateo o Zaqueo en sus pro-
pias casas, y también a pecadoras, como la mujer 
que irrumpe en la casa del fariseo (cf. 
Lc 7,36-50). 
Conoce las ansias y las tensiones de las familias 
incorporándolas en sus parábolas: desde los hijos 
que dejan sus casas para intentar alguna aventu-
ra (cf. 
Lc 15,11-32) hasta los hijos difíciles con 
comportamientos inexplicables (cf. 
Mt 21,28-31) 
o víctimas de la violencia (cf. 
Mc 12,1-9). Y se in-
teresa incluso por las bodas que corren el riesgo 

19
de resultar bochornosas por la ausencia de vino 
(cf. 
Jn 2,1-10) o por falta de asistencia de los invi-
tados (cf. 
Mt 22,1-10), así como conoce la pesa-
dilla por la pérdida de una moneda en una familia 
pobre (cf. 
Lc 15,8-10).
22.  En este breve recorrido podemos compro-
bar que la Palabra de Dios no se muestra como 
una secuencia de tesis abstractas, sino como una 
compañera de viaje también para las familias que 
están en crisis o en medio de algún dolor, y les 
muestra la meta del camino, cuando Dios « enju-
gará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, 
ni luto, ni llanto, ni dolor » (
Ap 21,4).
L
a
 
fatiga
 
de
 
tus
 
manos
23.  Al comienzo del Salmo 128, el padre es 
presentado como un trabajador, quien con la 
obra de sus manos puede sostener el bienestar 
físico y la serenidad de su familia: « Comerás del 
trabajo de tus manos, serás dichoso, te irá bien » 
(v
. 2). Que el trabajo sea una parte fundamental 
de la dignidad de la vida humana se deduce de 
las primeras páginas de la Biblia, cuando se de-
clara que « Dios tomó al hombre y lo colocó en 
el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cul-
tivara »  (
Gn 2,15). Es la representación del tra-
bajador que transforma la materia y aprovecha 
las energías de lo creado, dando luz al « pan de 
vuestros sudores » (
Sal 127,2), además de culti-
varse a sí mismo.

20
24.  El trabajo hace posible al mismo tiempo el 
desarrollo de la sociedad, el sostenimiento de la 
familia y también su estabilidad y su fecundidad: 
« Que veas la prosperidad de Jerusalén todos los 
días de tu vida; que veas a los hijos de tus hi-
jos »  (
Sal 128,5-6). En el libro de los Proverbios 
también se hace presente la tarea de la madre de 
familia, cuyo trabajo se describe en todas sus par-
ticularidades cotidianas, atrayendo la alabanza del 
esposo y de los hijos (cf. 31,10-31). El mismo 
Apóstol Pablo se mostraba orgulloso de haber 
vivido sin ser un peso para los demás, porque 
trabajó con sus manos y así se aseguró el susten-
to (cf. 
Hch 18,3; 1 Co 4,12; 9,12). Tan convencido 
estaba de la necesidad del trabajo, que estableció 
una férrea norma para sus comunidades: « Si al-
guno no quiere trabajar, que no coma » (
2 Ts 3,10; 
cf. 
1 Ts 4,11). 
25.  Dicho esto, se comprende que la desocupa-
ción y la precariedad laboral se transformen en 
sufrimiento, como se hace notar en el librito de 
Rut y como recuerda Jesús en la parábola de los 
trabajadores sentados, en un ocio forzado, en la 
plaza del pueblo (cf. 
Mt 20,1-16), o cómo él lo 
experimenta en el mismo hecho de estar muchas 
veces rodeado de menesterosos y hambrientos. 
Es lo que la sociedad está viviendo trágicamente 
en muchos países, y esta ausencia de fuentes de 
trabajo afecta de diferentes maneras a la sereni-
dad de las familias.
26.  Tampoco podemos olvidar la degeneración 
que el pecado introduce en la sociedad cuando el 

21
ser humano se comporta como tirano ante la na-
turaleza, devastándola, usándola de modo egoísta 
y hasta brutal. Las consecuencias son al mismo 
tiempo la desertificación del suelo (cf. 
Gn 3,17-
19) y los desequilibrios económicos y sociales, 
contra los cuales se levanta con claridad la voz de 
los profetas, desde Elías (cf. 
1 R 21) hasta llegar a 
las palabras que el mismo Jesús pronuncia contra 
la injusticia (cf. 
Lc 12,13-21; 16,1-31). 
L
a
 
ternura
 
deL
 
abraZo
27.  Cristo ha introducido como emblema de 
sus discípulos sobre todo la ley del amor y del 
don de sí a los demás (cf. 
Mt 22,39; Jn 13,34), y lo 
hizo a través de un principio que un padre o una 
madre suelen testimoniar en su propia existencia: 
« Nadie tiene amor más grande que el que da la 
vida por sus amigos » (
  Jn 15,13). Fruto del amor 
son también la misericordia y el perdón. En esta 
línea, es muy emblemática la escena que muestra 
a una adúltera en la explanada del templo de Je-
rusalén, rodeada de sus acusadores, y luego sola 
con Jesús que no la condena y la invita a una vida 
más digna (cf. 
Jn 8,1-11).
28.  En el horizonte del amor, central en la ex-
periencia cristiana del matrimonio y de la familia, 
se destaca también otra virtud, algo ignorada en 
estos tiempos de relaciones frenéticas y superfi-
ciales: la ternura. Acudamos al dulce e intenso 
Salmo 131. Como se advierte también en otros 
textos (cf. 
Ex 4,22; Is 49,15; Sal 27,10), la unión 

22
entre el fiel y su Señor se expresa con rasgos del 
amor paterno o materno. Aquí aparece la delica-
da y tierna intimidad que existe entre la madre 
y su niño, un recién nacido que duerme en los 
brazos de su madre después de haber sido ama-
mantado. Se trata —como lo expresa la palabra 
hebrea 
gamul— de un niño ya destetado, que se 
aferra conscientemente a la madre que lo lleva en 
su pecho. Es entonces una intimidad consciente y 
no meramente biológica. Por eso el salmista can-
ta: « Tengo mi interior en paz y en silencio, como 
un niño destetado en el regazo de su madre » (
Sal 
131,2). De modo paralelo, podemos acudir a otra 
escena, donde el profeta Oseas coloca en boca de 
Dios como padre estas palabras conmovedoras: 
« Cuando Israel era joven, lo amé […] Yo enseñe 
a andar a Efraín, lo alzaba en brazos […] Con 
cuerdas humanas, con correas de amor lo atraía; 
era para ellos como el que levanta a un niño con-
tra su mejilla, me inclinaba y le daba de comer » 
(11,1.3-4). 
29.  Con esta mirada, hecha de fe y de amor, de 
gracia y de compromiso, de familia humana y de 
Trinidad divina, contemplamos la familia que la 
Palabra de Dios confía en las manos del varón, 
de la mujer y de los hijos para que conformen 
una comunión de personas que sea imagen de la 
unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. 
La actividad generativa y educativa es, a su vez, 
un reflejo de la obra creadora del Padre. La fami-
lia está llamada a compartir la oración cotidiana, 

23
la lectura de la Palabra de Dios y la comunión eu-
carística para hacer crecer el amor y convertirse 
cada vez más en templo donde habita el Espíritu. 
30.  Ante cada familia se presenta el icono de la 
familia de Nazaret, con su cotidianeidad hecha 
de cansancios y hasta de pesadillas, como cuan-
do tuvo que sufrir la incomprensible violencia de 
Herodes, experiencia que se repite trágicamente 
todavía hoy en tantas familias de prófugos dese- 
chados e inermes. Como los magos, las familias 
son invitadas a contemplar al Niño y a la Madre, 
a postrarse y a adorarlo (cf. 
Mt 2,11). Como Ma-
ría, son exhortadas a vivir con coraje y serenidad 
sus desafíos familiares, tristes y entusiasmantes, y 
a custodiar y meditar en el corazón las maravillas 
de Dios (cf. 
Lc 2,19.51). En el tesoro del corazón 
de María están también todos los acontecimien-
tos de cada una de nuestras familias, que ella con-
serva cuidadosamente. Por eso puede ayudarnos 
a interpretarlos para reconocer en la historia fa-
miliar el mensaje de Dios.

25
CAPÍTULO  SEGUNDO
reaLidad  y  desafíos  
de  Las  famiLias
31.  El bien de la familia es decisivo para el futu-
ro del mundo y de la Iglesia. Son incontables los 
análisis que se han hecho sobre el matrimonio y 
la familia, sobre sus dificultades y desafíos actua-
les. Es sano prestar atención a la realidad concre-
ta, porque « las exigencias y llamadas del Espíritu 
Santo resuenan también en los acontecimientos 
mismos de la historia », a través de los cuales « la 
Iglesia puede ser guiada a una comprensión más 
profunda del inagotable misterio del matrimonio 
y de la familia ».
8
 No pretendo presentar aquí todo 
lo que podría decirse sobre los diversos temas re-
lacionados con la familia en el contexto actual. 
Pero, dado que los Padres sinodales han dirigido 
una mirada a la realidad de las familias de todo el 
mundo, considero adecuado recoger algunos de 
sus aportes pastorales, agregando otras preocu-
paciones que provienen de mi propia mirada.
s
ituación
 
actuaL
 
de
 
La
 
famiLia
32.  « Fieles a las enseñanzas de Cristo miramos 
la realidad de la familia hoy en toda su comple-
8
  J
uan
  p
abLo
  ii,  Exhort.  ap. 
Familiaris consortio (22 no-
viembre 1981), 4: 
AAS 74 (1982), 84.

26
jidad, en sus luces y sombras […] El cambio an-
tropológico-cultural hoy influye en todos los as-
pectos de la vida y requiere un enfoque analítico y 
diversificado ».
9
 En el contexto de varias décadas 
atrás, los Obispos de España ya reconocían una 
realidad doméstica con más espacios de libertad, 
« con un reparto equitativo de cargas, responsa-
bilidades y tareas […] Al valorar más la comuni-
cación personal entre los esposos, se contribuye 
a humanizar toda la convivencia familiar […] Ni 
la sociedad en que vivimos ni aquella hacia la que 
caminamos permiten la pervivencia indiscrimi-
nada de formas y modelos del pasado ».
10
 Pero 
« somos conscientes de la dirección que están 
tomando los cambios antropológico-culturales, 
en razón de los cuales los individuos son menos 
apoyados que en el pasado por las estructuras so-
ciales en su vida afectiva y familiar ».
11
33.  Por otra parte, « hay que considerar el cre-
ciente peligro que representa un individualismo 
exasperado que desvirtúa los vínculos familiares 
y acaba por considerar a cada componente de la 
familia como una isla, haciendo que prevalez-
ca, en ciertos casos, la idea de un sujeto que se 
construye según sus propios deseos asumidos 
con carácter absoluto ».
12
 « Las tensiones induci-
9
 
Relatio Synodi 2014, 5.
10
  c
onferencia
 e
piscopaL
 e
spañoLa

Matrimonio y familia 
(6 julio 1979), 3.16.23.
11
 
Relación final 2015, 5.
12
 
Relatio Synodi 2014, 5.

27
das por una cultura individualista exagerada de la 
posesión y del disfrute generan dentro de las fa-
milias dinámicas de intolerancia y agresividad ».
13
 
Quisiera agregar el ritmo de vida actual, el estrés, 
la organización social y laboral, porque son fac-
tores culturales que ponen en riesgo la posibili-
dad de opciones permanentes. Al mismo tiempo, 
encontramos fenómenos ambiguos. Por ejemplo, 
se aprecia una personalización que apuesta por 
la autenticidad en lugar de reproducir comporta-
mientos pautados. Es un valor que puede promo-
ver las distintas capacidades y la espontaneidad, 
pero que, mal orientado, puede crear actitudes de 
permanente sospecha, de huida de los compro-
misos, de encierro en la comodidad, de arrogan-
cia. La libertad para elegir permite proyectar la 
propia vida y cultivar lo mejor de uno mismo, 
pero si no tiene objetivos nobles y disciplina per-
sonal, degenera en una incapacidad de donarse 
generosamente. De hecho, en muchos países 
donde disminuye el número de matrimonios, cre-
ce el número de personas que deciden vivir solas, 
o que conviven sin cohabitar. Podemos destacar 
también un loable sentido de justicia; pero, mal 
entendido, convierte a los ciudadanos en clientes 
que sólo exigen prestaciones de servicios. 
34.  Si estos riesgos se trasladan al modo de en-
tender la familia, esta puede convertirse en un 
lugar de paso, al que uno acude cuando le pare-
13
 
Relación final 2015, 8.

28
ce conveniente para sí mismo, o donde uno va a 
reclamar derechos, mientras los vínculos quedan 
abandonados a la precariedad voluble de los de-
seos y las circunstancias. En el fondo, hoy es fácil 
confundir la genuina libertad con la idea de que 
cada uno juzga como le parece, como si más allá 
de los individuos no hubiera verdades, valores, 
principios que nos orienten, como si todo fuera 
igual y cualquier cosa debiera permitirse. En ese 
contexto, el ideal matrimonial, con un compro-
miso  de  exclusividad  y  de  estabilidad,  termina 
siendo arrasado por las conveniencias circuns-
tanciales o por los caprichos de la sensibilidad. Se 
teme la soledad, se desea un espacio de protec-
ción y de fidelidad, pero al mismo tiempo crece el 
temor a ser atrapado por una relación que pueda 
postergar el logro de las aspiraciones personales.
35.  Los cristianos no podemos renunciar a 
proponer el matrimonio con el fin de no contra-
decir la sensibilidad actual, para estar a la moda, 
o por sentimientos de inferioridad frente al des-
calabro moral y humano. Estaríamos privando al 
mundo de los valores que podemos y debemos 
aportar. Es verdad que no tiene sentido quedar-
nos en una denuncia retórica de los males actua-
les, como si con eso pudiéramos cambiar algo. 
Tampoco sirve pretender imponer normas por 
la fuerza de la autoridad. Nos cabe un esfuerzo 
más responsable y generoso, que consiste en pre-
sentar las razones y las motivaciones para optar 
por el matrimonio y la familia, de manera que las 

29
personas estén mejor dispuestas a responder a la 
gracia que Dios les ofrece.
36.  Al mismo tiempo tenemos que ser humil-
des y realistas, para reconocer que a veces nuestro 
modo de presentar las convicciones cristianas, y 
la forma de tratar a las personas, han ayudado a 
provocar lo que hoy lamentamos, por lo cual nos 
corresponde una saludable reacción de autocrí-
tica. Por otra parte, con frecuencia presentamos 
el matrimonio de tal manera que su fin unitivo, 
el llamado a crecer en el amor y el ideal de ayu-
da mutua, quedó opacado por un acento casi ex-
cluyente en el deber de la procreación. Tampoco 
hemos hecho un buen acompañamiento de los 
nuevos matrimonios en sus primeros años, con 
propuestas que se adapten a sus horarios, a sus 
lenguajes, a sus inquietudes más concretas. Otras 
veces, hemos presentado un ideal teológico del 
matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosa-
mente construido, lejano de la situación concreta 
y de las posibilidades efectivas de las familias rea-
les. Esta idealización excesiva, sobre todo cuando 
no hemos despertado la confianza en la gracia, 
no ha hecho que el matrimonio sea más deseable 
y atractivo, sino todo lo contrario. 
37.  Durante mucho tiempo creímos que con 
sólo insistir en cuestiones doctrinales, bioéticas 
y morales, sin motivar la apertura a la gracia, ya 
sosteníamos suficientemente a las familias, con-
solidábamos el vínculo de los esposos y llená-
bamos de sentido sus vidas compartidas. Tene-

30
mos dificultad para presentar al matrimonio más 
como un camino dinámico de desarrollo y reali-
zación que como un peso a soportar toda la vida. 
También nos cuesta dejar espacio a la conciencia 
de los fieles, que muchas veces responden lo me-
jor posible al Evangelio en medio de sus límites 
y pueden desarrollar su propio discernimiento 
ante situaciones donde se rompen todos los es-
quemas. Estamos llamados a formar las concien-
cias, pero no a pretender sustituirlas.
38.  Debemos agradecer que la mayor parte de 
la gente valora las relaciones familiares que quie-
ren permanecer en el tiempo y que aseguran el 
respeto al otro. Por eso, se aprecia que la Iglesia 
ofrezca espacios de acompañamiento y asesora-
miento sobre cuestiones relacionadas con el cre-
cimiento del amor, la superación de los conflic-
tos o la educación de los hijos. Muchos estiman 
la fuerza de la gracia que experimentan en la Re-
conciliación sacramental y en la Eucaristía, que 
les permite sobrellevar los desafíos del matrimo-
nio y la familia. En algunos países, especialmente 
en distintas partes de África, el secularismo no ha 
logrado debilitar algunos valores tradicionales, y 
en cada matrimonio se produce una fuerte unión 
entre dos familias ampliadas, donde todavía se 
conserva un sistema bien definido de gestión de 
conflictos y dificultades. En el mundo actual tam-
bién se aprecia el testimonio de los matrimonios 
que no sólo han perdurado en el tiempo, sino que 
siguen sosteniendo un proyecto común y conser-

31
van el afecto. Esto abre la puerta a una pastoral 
positiva, acogedora, que posibilita una profundi-
zación  gradual  de  las  exigencias  del  Evangelio. 
Sin embargo, muchas veces hemos actuado a 
la defensiva, y gastamos las energías pastorales 
redoblando el ataque al mundo decadente, con 
poca capacidad proactiva para mostrar caminos 
de felicidad. Muchos no sienten que el mensaje 
de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia haya 
sido  un  claro  reflejo  de  la  predicación  y  de  las 
actitudes de Jesús que, al mismo tiempo que pro-
ponía un ideal exigente, nunca perdía la cercanía 
compasiva con los frágiles, como la samaritana o 
la mujer adúltera.
39.  Esto  no  significa  dejar  de  advertir  la  de-
cadencia cultural que no promueve el amor y la 
entrega. Las consultas previas a los dos últimos 
sínodos sacaron a la luz diversos síntomas de la 
« cultura de lo provisorio ». Me refiero, por ejem-
plo, a la velocidad con la que las personas pasan 
de una relación afectiva a otra. Creen que el amor, 
como en las redes sociales, se puede conectar o 
desconectar a gusto del consumidor e incluso 
bloquear rápidamente. Pienso también en el te-
mor que despierta la perspectiva de un compro-
miso permanente, en la obsesión por el tiempo 
libre, en las relaciones que miden costos y benefi-
cios y se mantienen únicamente si son un medio 
para remediar la soledad, para tener protección 
o para recibir algún servicio. Se traslada a las re-
laciones afectivas lo que sucede con los objetos 

32
y el medio ambiente: todo es descartable, cada 
uno usa y tira, gasta y rompe, aprovecha y estru-
ja mientras sirva. Después, ¡adiós! El narcisismo 
vuelve a las personas incapaces de mirar más allá 
de sí mismas, de sus deseos y necesidades. Pero 
quien utiliza a los demás tarde o temprano ter-
mina siendo utilizado, manipulado y abandonado 
con la misma lógica. Llama la atención que las 
rupturas se dan muchas veces en adultos mayo-
res que buscan una especie de « autonomía », y 
rechazan el ideal de envejecer juntos cuidándose 
y sosteniéndose.
40.  « Aun  a  riesgo  de  simplificar,  podríamos 
decir que existe una cultura tal que empuja a mu-
chos jóvenes a no poder formar una familia por-
que están privados de oportunidades de futuro. 
Sin embargo, esa misma cultura concede a mu-
chos otros, por el contrario, tantas oportunida-
des, que también ellos se ven disuadidos de for-
mar una familia ».
14
 En algunos países, muchos 
jóvenes « a menudo son llevados a posponer la 
boda por problemas de tipo económico, laboral 
o de estudio. A veces, por otras razones, como 
la  influencia  de  las  ideologías  que  desvalorizan 
el matrimonio y la familia, la experiencia del fra-
caso de otras parejas a la cual ellos no quieren 
exponerse,  el  miedo  hacia  algo  que  consideran 
demasiado grande y sagrado, las oportunidades 
14
 
Discurso al Congreso de los Estados Unidos de América (24 
septiembre 2015): 
L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua 
española, 25 de septiembre de 2015, p. 18.

33
sociales y las ventajas económicas derivadas de 
la convivencia, una concepción puramente emo-
cional y romántica del amor, el miedo de perder 
su libertad e independencia, el rechazo de todo lo 
que es concebido como institucional y burocrá-
tico ».
15
 Necesitamos encontrar las palabras, las 
motivaciones y los testimonios que nos ayuden 
a tocar las fibras más íntimas de los jóvenes, allí 
donde son más capaces de generosidad, de com-
promiso, de amor e incluso de heroísmo, para 
invitarles a aceptar con entusiasmo y valentía el 
desafío del matrimonio.
41.  Los Padres sinodales se refirieron a las ac-
tuales « tendencias culturales que parecen impo-
ner una efectividad sin límites, […] una afectivi-
dad narcisista, inestable y cambiante que no ayuda 
siempre a los sujetos a alcanzar una mayor madu-
rez ». Han dicho que están preocupados por « una 
cierta difusión de la pornografía y de la comer-
cialización del cuerpo, favorecida entre otras co-
sas por un uso desequilibrado de Internet », y por 
« la situación de las personas que se ven obligadas 
a practicar la prostitución. En este contexto, « los 
cónyuges se sienten a menudo inseguros, indeci-
sos y les cuesta encontrar los modos para crecer. 
Son muchos los que suelen quedarse en los esta-
dios primarios de la vida emocional y sexual. La 
crisis de los esposos desestabiliza la familia y, a 
través de las separaciones y los divorcios, puede 
15
 
Relación final 2015, 29.

34
llegar a tener serias consecuencias para los adul-
tos, los hijos y la sociedad, debilitando al indivi-
duo y los vínculos sociales ».
16
 Las crisis matrimo-
niales frecuentemente « se afrontan de un modo 
superficial  y  sin  la  valentía  de  la  paciencia,  del 
diálogo sincero, del perdón recíproco, de la re-
conciliación y también del sacrificio. Los fracasos 
dan origen a nuevas relaciones, nuevas parejas, 
nuevas uniones y nuevos matrimonios, creando 
situaciones familiares complejas y problemáticas 
para la opción cristiana ».
17
42.  « Asimismo,  el  descenso  demográfico,  de-
bido a una mentalidad antinatalista y promovido 
por las políticas mundiales de salud reproductiva, 
no sólo determina una situación en la que el su-
cederse de las generaciones ya no está asegurado, 
sino que se corre el riesgo de que con el tiempo 
lleve a un empobrecimiento económico y a una 
pérdida de esperanza en el futuro. El avance de 
las biotecnologías también ha tenido un fuerte 
impacto sobre la natalidad ».
18
 Pueden agregarse 
otros factores como « la industrialización, la re-
volución sexual, el miedo a la superpoblación, los 
problemas económicos. La sociedad de consumo 
también puede disuadir a las personas de tener 
hijos sólo para mantener su libertad y estilo de 
16
 
Relatio Synodi 2014, 10.
17
 III a
sambLea
  g
eneraL
  e
xtraordinaria
 
deL
  s
ínodo
 
de
 
Los
 o
bispos

Mensaje (18 octubre 2014).
18
 
Relatio Synodi 2014, 10.

35
vida ».
19
 Es verdad que la conciencia recta de los 
esposos, cuando han sido muy generosos en la 
comunicación de la vida, puede orientarlos a la 
decisión de limitar el número de hijos por mo-
tivos suficientemente serios, pero también, « por 
amor a esta dignidad de la conciencia, la Iglesia 
rechaza con todas sus fuerzas las intervenciones 
coercitivas del Estado en favor de la anticoncep-
ción, la esterilización e incluso del aborto ».
20
 Es-
tas medidas son inaceptables incluso en lugares 
con alta tasa de natalidad, pero llama la atención 
que los políticos las alienten también en algunos 
países que sufren el drama de una tasa de nata-
lidad muy baja. Como indicaron los Obispos de 
Corea, esto es « actuar de un modo contradicto-
rio y descuidando el propio deber ».
21
43.  El debilitamiento de la fe y de la práctica 
religiosa en algunas sociedades afecta a las fami-
lias y las deja más solas con sus dificultades. Los 
Padres afirmaron que « una de las mayores po-
brezas de la cultura actual es la soledad, fruto de 
la ausencia de Dios en la vida de las personas y 
de la fragilidad de las relaciones. Asimismo, hay 
una sensación general de impotencia frente a la 
realidad socioeconómica que a menudo acaba 
por aplastar a las familias […] Con frecuencia, 
las familias se sienten abandonadas por el desin-
19
 
Relación final 2015, 7.
20
 
Ibíd., 63.
21
  c
onferencia
 
de
 o
bispos
 
catóLicos
 
de
 c
orea

Towards 
a culture of  life! (15 marzo 2007).

36
terés y la poca atención de las instituciones. Las 
consecuencias negativas desde el punto de vista 
de la organización social son evidentes: de la cri-
sis demográfica a las dificultades educativas, de la 
fatiga a la hora de acoger la vida naciente a sentir 
la presencia de los ancianos como un peso, hasta 
el difundirse de un malestar afectivo que a veces 
llega a la violencia. El Estado tiene la responsa-
bilidad de crear las condiciones legislativas y la-
borales para garantizar el futuro de los jóvenes 
y ayudarlos a realizar su proyecto de formar una 
familia ».
22
 
44.  La falta de una vivienda digna o adecuada 
suele llevar a postergar la formalización de una 
relación. Hay que recordar que « la familia tie-
ne derecho a una vivienda decente, apta para la 
vida familiar y proporcionada al número de sus 
miembros, en un ambiente físicamente sano, que 
ofrezca los servicios básicos para la vida de la fa-
milia y de la comunidad ».
23
 Una familia y un ho-
gar son dos cosas que se reclaman mutuamente. 
Este ejemplo muestra que tenemos que insistir 
en los derechos de la familia, y no sólo en los de-
rechos individuales. La familia es un bien del cual 
la sociedad no puede prescindir, pero necesita ser 
protegida.
24
 La defensa de estos derechos es « una 
llamada profética en favor de la institución fa-
22
 
Relatio Synodi 2014, 6.
23
  p
ontificio
 c
onseJo
 
para
 
La
 f
amiLia

Carta de los dere-
chos de la familia (22 octubre 1983), art. 11.
24
 Cf. 
Relación final 2015, 11-12.

37
miliar que debe ser respetada y defendida contra 
toda  agresión »,
25
 sobre todo en el contexto ac-
tual donde suele ocupar poco espacio en los pro-
yectos políticos. Las familias tienen, entre otros 
derechos, el de « poder contar con una adecua-
da política familiar por parte de las autoridades 
públicas en el terreno jurídico, económico, social 
y fiscal ».
26
 A veces son dramáticas las angustias 
de las familias cuando, frente a la enfermedad de 
un ser querido, no tienen acceso a servicios ade-
cuados de salud, o cuando se prolonga el tiempo 
sin acceder a un empleo digno. « Las coerciones 
económicas excluyen el acceso de la familia a la 
educación, la vida cultural y la vida social activa. 
El actual sistema económico produce diversas 
formas  de  exclusión  social.  Las  familias  sufren 
en particular los problemas relativos al trabajo. 
Las posibilidades para los jóvenes son pocas y 
la oferta de trabajo es muy selectiva y precaria. 
Las jornadas de trabajo son largas y, a menudo, 
agravadas por largos tiempos de desplazamien-
to. Esto no ayuda a los miembros de la familia 
a encontrarse entre ellos y con los hijos, a fin de 
alimentar cotidianamente sus relaciones ».
27
45.  « Son muchos los niños que nacen fuera del 
matrimonio, especialmente en algunos países, y 
muchos los que después crecen con uno solo de 
25
  p
ontificio
 c
onseJo
 
para
 
La
 f
amiLia

Carta de los dere-
chos de la familia (22 octubre 1983), Intr.
26
 
Ibíd., 9.
27
 
Relación final 2015, 14.

38
los padres o en un contexto familiar ampliado o 
reconstituido […] Por otro lado, la explotación 
sexual de la infancia constituye una de las realida-
des más escandalosas y perversas de la sociedad 
actual. Asimismo, en las sociedades golpeadas 
por la violencia a causa de la guerra, del terro-
rismo o de la presencia del crimen organizado, 
se dan situaciones familiares deterioradas y, sobre 
todo en las grandes metrópolis y en sus perife-
rias, crece el llamado fenómeno de los niños de 
la  calle ».
28
 El abuso sexual de los niños se torna 
todavía más escandaloso cuando ocurre en los 
lugares donde deben ser protegidos, particular-
mente en las familias y en las escuelas y en las 
comunidades e instituciones cristianas.
29
46.  Las migraciones « representan otro signo 
de los tiempos que hay que afrontar y compren-
der con toda la carga de consecuencias sobre la 
vida  familiar ».
30
 El último Sínodo ha dado una 
gran importancia a esta problemática, al expresar 
que « atañe, en modalidades diversas, a poblacio-
nes enteras en varias partes del mundo. La Iglesia 
ha tenido en este ámbito un papel importante. La 
necesidad de mantener y desarrollar este testimo-
nio evangélico (cf.
 
Mt
 
25,35) aparece hoy más ur-
gente que nunca […] La movilidad humana, que 
corresponde al movimiento histórico natural de 
los pueblos, puede revelarse una auténtica rique-
28
 
Relatio Synodi 2014, 8.
29
 Cf. 
Relación final 2015, 78.
30
 
Relatio Synodi 2014, 8.

39
za, tanto para la familia que emigra como para el 
país que la acoge. Otra cosa es la migración for-
zada de las familias como consecuencia de situa-
ciones de guerra, persecuciones, pobreza, injusti-
cia, marcada por las vicisitudes de un viaje que a 
menudo pone en riesgo la vida, traumatiza a las 
personas y desestabiliza a las familias. El acompa-
ñamiento de los migrantes exige una pastoral es-
pecífica, dirigida tanto a las familias que emigran 
como a los miembros de los núcleos familiares 
que permanecen en los lugares de origen. Esto se 
debe llevar a cabo respetando sus culturas, la for-
mación religiosa y humana de la que provienen, 
así como la riqueza espiritual de sus ritos y tra-
diciones, también mediante un cuidado pastoral 
específico  […]  Las  experiencias  migratorias  re-
sultan especialmente dramáticas y devastadoras, 
tanto para las familias como para las personas, 
cuando tienen lugar fuera de la legalidad y son 
sostenidas por los circuitos internacionales de la 
trata de personas. También cuando conciernen a 
las mujeres o a los niños no acompañados, obli-
gados a permanencias prolongadas en lugares de 
pasaje entre un país y otro, en campos de refu-
giados, donde no es posible iniciar un camino de 
integración.  La  extrema  pobreza,  y  otras  situa-
ciones de desintegración, inducen a veces a las 
familias incluso a vender a sus propios hijos para 
la  prostitución  o  el  tráfico  de  órganos ».
31
  « Las 
31
 
Relación final 2015, 23; cf. Mensaje para la Jornada mundial 
del emigrante y del refugiado 2016 (12 septiembre 2015): L’Osserva-
tore Romano, ed. semanal en lengua española, 2 de octubre de 
2015, p. 22-23.

40
persecuciones de los cristianos, así como las de 
las minorías étnicas y religiosas, en muchas par-
tes del mundo, especialmente en Oriente Medio, 
son una gran prueba: no sólo para la Iglesia, sino 
también para toda la comunidad internacional. 
Todo esfuerzo debe ser apoyado para facilitar la 
permanencia de las familias y de las comunidades 
cristianas en sus países de origen ».
32
47.  Los Padres también dedicaron especial 
atención « a las familias de las personas con dis-
capacidad, en las cuales dicho hándicap, que 
irrumpe en la vida, genera un desafío, profun-
do e inesperado, y desbarata los equilibrios, los 
deseos y las expectativas […] Merecen una gran 
admiración las familias que aceptan con amor la 
difícil prueba de un niño discapacitado. Ellas dan 
a la Iglesia y a la sociedad un valioso testimonio 
de fidelidad al don de la vida. La familia podrá 
descubrir, junto con la comunidad cristiana, nue-
vos gestos y lenguajes, formas de comprensión 
y de identidad, en el camino de acogida y cui-
dado del misterio de la fragilidad. Las personas 
con discapacidad son para la familia un don y una 
oportunidad para crecer en el amor, en la ayuda 
recíproca y en la unidad […] La familia que acep-
ta con los ojos de la fe la presencia de personas 
con discapacidad podrá reconocer y garantizar la 
calidad y el valor de cada vida, con sus necesi-
dades, sus derechos y sus oportunidades. Dicha 
32
 
Ibíd., 24.

41
familia proveerá asistencia y cuidados, y promo-
verá compañía y afecto, en cada fase de la vida ».
33
 
Quiero subrayar que la atención dedicada tanto a 
los migrantes como a las personas con discapa-
cidades es un signo del Espíritu. Porque ambas 
situaciones son paradigmáticas: ponen especial-
mente en juego cómo se vive hoy la lógica de la 
acogida misericordiosa y de la integración de los 
más frágiles.
48.  « La mayoría de las familias respeta a los an-
cianos, los rodea de cariño y los considera una 
bendición. Un agradecimiento especial hay que 
dirigirlo a las asociaciones y movimientos fami-
liares que trabajan en favor de los ancianos, en 
lo espiritual y social […] En las sociedades alta-
mente industrializadas, donde su número va en 
aumento, mientras que la tasa de natalidad dis-
minuye, estos corren el riesgo de ser percibidos 
como un peso. Por otro lado, los cuidados que 
requieren a menudo ponen a dura prueba a sus 
seres  queridos ».
34
 « Valorar la fase conclusiva de 
la vida es todavía más necesario hoy, porque en 
la sociedad actual se trata de cancelar de todos 
los modos posibles el momento del tránsito. La 
fragilidad y la dependencia del anciano a veces 
son  injustamente  explotadas  para  sacar  venta-
ja económica. Numerosas familias nos enseñan 
que se pueden afrontar los últimos años de la 
vida valorizando el sentido del cumplimiento y 
33
 
Ibíd., 21.
34
 
Ibíd., 17.

42
la integración de toda la existencia en el misterio 
pascual. Un gran número de ancianos es acogido 
en estructuras eclesiales, donde pueden vivir en un 
ambiente sereno y familiar en el plano material y 
espiritual. La eutanasia y el suicidio asistido son 
graves amenazas para las familias de todo el mun-
do. Su práctica es legal en muchos países. La Igle-
sia, mientras se opone firmemente a estas prác-
ticas, siente el deber de ayudar a las familias que 
cuidan de sus miembros ancianos y enfermos ».
35
49.  Quiero destacar la situación de las familias 
sumidas en la miseria, castigadas de tantas mane-
ras, donde los límites de la vida se viven de forma 
lacerante. Si todos tienen dificultades, en un ho-
gar muy pobre se vuelven más duras.
36
 Por ejem-
plo, si una mujer debe criar sola a su hijo, por una 
separación o por otras causas, y debe trabajar sin 
la posibilidad de dejarlo con otra persona, el niño 
crece en un abandono que lo expone a todo tipo 
de riesgos, y su maduración personal queda com-
prometida. En las difíciles situaciones que viven 
las personas más necesitadas, la Iglesia debe te-
ner un especial cuidado para comprender, con-
solar, integrar, evitando imponerles una serie de 
normas como si fueran una roca, con lo cual se 
consigue el efecto de hacer que se sientan juzga-
das y abandonadas precisamente por esa Madre 
que está llamada a acercarles la misericordia de 
Dios. De ese modo, en lugar de ofrecer la fuerza 
35
 
Ibíd., 20.
36
 Cf. 
ibíd., 15.

43
sanadora de la gracia y la luz del Evangelio, algu-
nos quieren « adoctrinarlo », convertirlo en « pie-
dras muertas para lanzarlas contra los demás ».
37
a
Lgunos
 
desafíos
50.  Las respuestas recibidas a las dos consultas 
efectuadas durante el camino sinodal, mencio-
naron las más diversas situaciones que plantean 
nuevos desafíos. Además de las ya indicadas, mu-
chos se han referido a la función educativa, que 
se ve dificultada, entre otras causas, porque los 
padres llegan a su casa cansados y sin ganas de 
conversar, en muchas familias ya ni siquiera exis-
te el hábito de comer juntos, y crece una gran 
variedad de ofertas de distracción además de la 
adicción a la televisión. Esto dificulta la transmi-
sión de la fe de padres a hijos. Otros indicaron 
que las familias suelen estar enfermas por una 
enorme ansiedad. Parece haber más preocupa-
ción por prevenir problemas futuros que por 
compartir el presente. Esto, que es una cuestión 
cultural, se agrava debido a un futuro profesional 
incierto, a la inseguridad económica, o al temor 
por el porvenir de los hijos.
51.  También se mencionó la drogodependen-
cia como una de las plagas de nuestra época, que 
37
 
Discurso en la clausura de la XIV Asamblea General 
Ordinaria del Sínodo de los Obispos (24 octubre 2015): 
L’Os-
servatore Romano, ed. semanal en lengua española, 30 de octubre 
de 2015, p. 4.

44
hace sufrir a muchas familias, y no pocas veces 
termina destruyéndolas. Algo semejante ocurre 
con el alcoholismo, el juego y otras adicciones. La 
familia podría ser el lugar de la prevención y de la 
contención, pero la sociedad y la política no ter-
minan de percatarse de que una familia en riesgo 
« pierde la capacidad de reacción para ayudar a sus 
miembros […] Notamos las graves consecuencias 
de esta ruptura en familias destrozadas, hijos desa-
rraigados, ancianos abandonados, niños huérfanos 
de padres vivos, adolescentes y jóvenes desorien-
tados y sin reglas ».
38
 Como indicaron los Obispos 
de México, hay tristes situaciones de violencia fa-
miliar que son caldo de cultivo para nuevas for-
mas de agresividad social, porque « las relaciones 
familiares  también  explican  la  predisposición  a 
una personalidad violenta. Las familias que influ-
yen para ello son las que tienen una comunicación 
deficiente; en las que predominan actitudes defen-
sivas y sus miembros no se apoyan entre sí; en las 
que no hay actividades familiares que propicien 
la participación; en las que las relaciones de los 
padres suelen ser conflictivas y violentas, y en las 
que las relaciones paterno-filiales se caracterizan 
por actitudes hostiles. La violencia intrafamiliar es 
escuela de resentimiento y odio en las relaciones 
humanas básicas ».
39
 
38
  c
onferencia
 e
piscopaL
 a
rgentina

Navega mar adentro 
(31 mayo 2003), 42.
39
  c
onferencia
 
deL
 e
piscopado
 m
exicano

Que en Cristo 
nuestra paz México tenga vida digna (15 febrero 2009), 67.

45
52.  Nadie puede pensar que debilitar a la familia 
como sociedad natural fundada en el matrimonio 
es algo que favorece a la sociedad. Ocurre lo con-
trario: perjudica la maduración de las personas, el 
cultivo de los valores comunitarios y el desarrollo 
ético de las ciudades y de los pueblos. Ya no se 
advierte con claridad que sólo la unión exclusiva 
e indisoluble entre un varón y una mujer cumple 
una función social plena, por ser un compromiso 
estable y por hacer posible la fecundidad. Debe-
mos reconocer la gran variedad de situaciones 
familiares que pueden brindar cierta estabilidad, 
pero las uniones de hecho o entre personas del 
mismo sexo, por ejemplo, no pueden equipararse 
sin más al matrimonio. Ninguna unión precaria o 
cerrada a la comunicación de la vida nos asegura 
el futuro de la sociedad. Pero ¿quiénes se ocupan 
hoy de fortalecer los matrimonios, de ayudarles a 
superar los riesgos que los amenazan, de acom-
pañarlos en su rol educativo, de estimular la esta-
bilidad de la unión conyugal? 
53.  « En algunas sociedades todavía está en vi-
gor la práctica de la poligamia; en otros contextos 
permanece la práctica de los matrimonios com-
binados […] En numerosos contextos, y no sólo 
occidentales, se está ampliamente difundiendo la 
praxis de la convivencia que precede al matrimo-
nio, así como convivencias no orientadas a asu-
mir la forma de un vínculo institucional ».
40
 En 
40
 
Relación final 2015, 25.

46
varios países, la legislación facilita el avance de 
una multiplicidad de alternativas, de manera que 
un matrimonio con notas de exclusividad, indiso-
lubilidad y apertura a la vida termina apareciendo 
como una oferta anticuada entre muchas otras. 
Avanza en muchos países una deconstrucción ju-
rídica de la familia que tiende a adoptar formas 
basadas casi exclusivamente en el paradigma de 
la autonomía de la voluntad. Si bien es legítimo 
y justo que se rechacen viejas formas de familia 
« tradicional », caracterizadas por el autoritarismo 
e incluso por la violencia, esto no debería llevar 
al desprecio del matrimonio sino al redescubri-
miento de su verdadero sentido y a su renova-
ción. La fuerza de la familia « reside esencialmen-
te en su capacidad de amar y enseñar a amar. Por 
muy herida que pueda estar una familia, esta pue-
de crecer gracias al amor ».
41
54.  En esta breve mirada a la realidad, deseo 
resaltar que, aunque hubo notables mejoras en 
el reconocimiento de los derechos de la mujer y 
en su participación en el espacio público, todavía 
hay mucho que avanzar en algunos países. No se 
terminan de erradicar costumbres inaceptables. 
Destaco la vergonzosa violencia que a veces se 
ejerce sobre las mujeres, el maltrato familiar y 
distintas formas de esclavitud que no constitu-
yen una muestra de fuerza masculina sino una 
cobarde degradación. La violencia verbal, física 
41
 
Ibíd., 10.

47
y sexual que se ejerce contra las mujeres en algu-
nos matrimonios contradice la naturaleza misma 
de la unión conyugal. Pienso en la grave mutila-
ción genital de la mujer en algunas culturas, pero 
también en la desigualdad del acceso a puestos 
de trabajo dignos y a los lugares donde se to-
man las decisiones. La historia lleva las huellas 
de los excesos de las culturas patriarcales, donde 
la mujer era considerada de segunda clase, pero 
recordemos también el alquiler de vientres o « la 
instrumentalización y mercantilización del cuer-
po femenino en la actual cultura mediática ».
42
 
Hay quienes consideran que muchos problemas 
actuales han ocurrido a partir de la emancipación 
de la mujer. Pero este argumento no es válido, 
« es una falsedad, no es verdad. Es una forma de 
machismo ».
43
 La idéntica dignidad entre el va-
rón y la mujer nos mueve a alegrarnos de que 
se superen viejas formas de discriminación, y de 
que en el seno de las familias se desarrolle un 
ejercicio de reciprocidad. Si surgen formas de fe-
minismo que no podamos considerar adecuadas, 
igualmente admiramos una obra del Espíritu en 
el reconocimiento más claro de la dignidad de la 
mujer y de sus derechos.
55.  El varón « juega un papel igualmente deci-
sivo en la vida familiar, especialmente en la pro-
42
 
Catequesis (22 abril 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 24 de abril de 2015, p. 12.
43
 
Catequesis (29 abril 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 1 de mayo de 2015, p. 12.

48
tección y el sostenimiento de la esposa y los hi-
jos […] Muchos hombres son conscientes de la 
importancia de su papel en la familia y lo viven 
con el carácter propio de la naturaleza masculina. 
La ausencia del padre marca severamente la vida 
familiar, la educación de los hijos y su integración 
en la sociedad. Su ausencia puede ser física, afec-
tiva, cognitiva y espiritual. Esta carencia priva a 
los niños de un modelo apropiado de conducta 
paterna ».
44
56.  Otro desafío surge de diversas formas de 
una ideología, genéricamente llamada 
gender, que 
« niega la diferencia y la reciprocidad natural de 
hombre y de mujer. Esta presenta una sociedad 
sin  diferencias  de  sexo,  y  vacía  el  fundamento 
antropológico de la familia. Esta ideología lleva 
a proyectos educativos y directrices legislativas 
que promueven una identidad personal y una 
intimidad afectiva radicalmente desvinculadas 
de la diversidad biológica entre hombre y mujer. 
La identidad humana viene determinada por una 
opción individualista, que también cambia con el 
tiempo ».
45
 Es inquietante que algunas ideologías 
de este tipo, que pretenden responder a ciertas 
aspiraciones a veces comprensibles, procuren 
imponerse como un pensamiento único que de-
termine incluso la educación de los niños. No 
hay que ignorar que « el sexo biológico (
sex) y el 
papel  sociocultural  del  sexo  (
gender), se pueden 
44
 
Relación final 2015, 28.
45
 
Ibíd., 8.

49
distinguir pero no separar ».
46
 Por otra parte, « la 
revolución biotecnológica en el campo de la pro-
creación humana ha introducido la posibilidad de 
manipular el acto generativo, convirtiéndolo en 
independiente de la relación sexual entre hombre 
y mujer. De este modo, la vida humana, así como 
la paternidad y la maternidad, se han converti-
do en realidades componibles y descomponibles, 
sujetas principalmente a los deseos de los indivi-
duos o de las parejas ».
47
 Una cosa es comprender 
la fragilidad humana o la complejidad de la vida, 
y otra cosa es aceptar ideologías que pretenden 
partir en dos los aspectos inseparables de la rea-
lidad. No caigamos en el pecado de pretender 
sustituir al Creador. Somos creaturas, no somos 
omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser 
recibido como don. Al mismo tiempo, somos 
llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso 
significa ante todo aceptarla y respetarla como ha 
sido creada.
57.  Doy gracias a Dios porque muchas fami-
lias, que están lejos de considerarse perfectas, 
viven en el amor, realizan su vocación y siguen 
adelante, aunque caigan muchas veces a lo largo 
del camino. A partir de las reflexiones sinodales 
no queda un estereotipo de la familia ideal, sino 
un interpelante « 
collage » formado por tantas rea-
lidades diferentes, colmadas de gozos, dramas y 
sueños. Las realidades que nos preocupan son 
46
 
Ibíd., 58.
47
 
Ibíd., 33.

50
desafíos. No caigamos en la trampa de desgas-
tarnos en lamentos autodefensivos, en lugar de 
despertar una creatividad misionera. En todas 
las situaciones, « la Iglesia siente la necesidad de 
decir una palabra de verdad y de esperanza […] 
Los grandes valores del matrimonio y de la fa-
milia cristiana corresponden a la búsqueda que 
impregna  la  existencia  humana ».
48
 Si constata-
mos  muchas  dificultades,  ellas  son  —como  di-
jeron los Obispos de Colombia— un llamado a 
« liberar en nosotros las energías de la esperanza 
traduciéndolas en sueños proféticos, acciones 
transformadoras e imaginación de la caridad ».
49
48
 
Relatio Synodi 2014, 11.
49
  c
onferencia
 e
piscopaL
 
de
 c
oLombia

A tiempos difíci-
les, colombianos nuevos (13 febrero 2003), 3.

51
CAPÍTULO  TERCERO
La  mirada  puesta  en  Jesús:  
Vocación  de  La  famiLia
58.  Ante las familias, y en medio de ellas, debe 
volver a resonar siempre el primer anuncio, que 
es « lo más bello, lo más grande, lo más atractivo 
y al mismo tiempo lo más necesario »,
50
 y « debe 
ocupar el centro de la actividad evangelizado-
ra ».
51
 Es el anuncio principal, « ese que siempre 
hay que volver a escuchar de diversas maneras y 
ese que siempre hay que volver a anunciar de una 
forma o de otra ».
52
 Porque « nada hay más sólido, 
más profundo, más seguro, más denso y más sa-
bio que ese anuncio » y « toda formación cristiana 
es ante todo la profundización del 
kerygma ».
53
 
59.  Nuestra enseñanza sobre el matrimonio y 
la familia no puede dejar de inspirarse y de trans-
figurarse a la luz de este anuncio de amor y de 
ternura, para no convertirse en una mera defensa 
de una doctrina fría y sin vida. Porque tampoco el 
misterio de la familia cristiana puede entenderse 
plenamente si no es a la luz del infinito amor del 
50
  Exhort. ap. 
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 35: 
AAS 105 (2013), 1034.
51
 
Ibíd., 164: AAS 105 (2013), 1088.
52
 
Ibíd.
53
 
Ibíd., 165: AAS 105 (2013), 1089.

52
Padre, que se manifestó en Cristo, que se entregó 
hasta el fin y vive entre nosotros. Por eso, quie-
ro contemplar a Cristo vivo presente en tantas 
historias de amor, e invocar el fuego del Espíritu 
sobre todas las familias del mundo.
60.  Dentro de ese marco, este breve capítulo 
recoge una síntesis de la enseñanza de la Iglesia 
sobre el matrimonio y la familia. También aquí 
citaré varios aportes presentados por los Padres 
sinodales en sus consideraciones sobre la luz que 
nos ofrece la fe. Ellos partieron de la mirada de 
Jesús e indicaron que él « miró a las mujeres y a 
los hombres con los que se encontró con amor 
y ternura, acompañando sus pasos con verdad, 
paciencia y misericordia, al anunciar las exigen-
cias del Reino de Dios ».
54
 Así también, el Señor 
nos acompaña hoy en nuestro interés por vivir y 
transmitir el Evangelio de la familia.
J
esús
 
recupera
 
y
 
LLeVa
 
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pLenitud
  
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proyecto
 
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61.  Frente a quienes prohibían el matrimonio, 
el Nuevo Testamento enseña que « todo lo que 
Dios ha creado es bueno; no hay que desechar 
nada »  (
1 Tt 4,4). El matrimonio es un « don » del 
Señor (cf. 
1 Co 7,7). Al mismo tiempo, por esa 
valoración positiva, se pone un fuerte énfasis en 
cuidar este don divino: « Respeten el matrimo-
nio, el lecho nupcial » (
Hb 13,4). Ese regalo de 
54
 
Relatio Synodi 2014, 12.

53
Dios incluye la sexualidad: « No os privéis uno 
del otro » (
1 Co 7,5). 
62.  Los  Padres  sinodales  recordaron  que  Je-
sús « refiriéndose al designio primigenio sobre el 
hombre y la mujer, reafirma la unión indisoluble 
entre ellos, si bien diciendo que “por la dureza 
de vuestro corazón os permitió Moisés repu-
diar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era 
así” (
Mt 19,8). La indisolubilidad del matrimo-
nio —“lo que Dios ha unido, que no lo separe el 
hombre” (
Mt 19,6)— no hay que entenderla ante 
todo como un “yugo” impuesto a los hombres 
sino como un “don” hecho a las personas unidas 
en matrimonio […] La condescendencia divina 
acompaña siempre el camino humano, sana y 
transforma el corazón endurecido con su gracia, 
orientándolo hacia su principio, a través del ca-
mino de la cruz. De los Evangelios emerge cla-
ramente el ejemplo de Jesús, que […] anunció el 
mensaje concerniente al significado del matrimo-
nio como plenitud de la revelación que recupera 
el proyecto originario de Dios (cf. 
Mt 19,3) ».
55
63.  « Jesús, que reconcilió cada cosa en sí mis-
ma, volvió a llevar el matrimonio y la familia a 
su forma original (cf. 
Mc 10,1-12). La familia y 
el matrimonio fueron redimidos por Cristo (cf. 
Ef 5,21-32), restaurados a imagen de la Santísi-
ma Trinidad, misterio del que brota todo amor 
55
 
Ibíd., 14.

54
verdadero. La alianza esponsal, inaugurada en la 
creación y revelada en la historia de la salvación, 
recibe  la  plena  revelación  de  su  significado  en 
Cristo y en su Iglesia. De Cristo, mediante la Igle-
sia, el matrimonio y la familia reciben la gracia 
necesaria para testimoniar el amor de Dios y vivir 
la vida de comunión. El Evangelio de la familia 
atraviesa la historia del mundo, desde la creación 
del hombre a imagen y semejanza de Dios (cf. 
Gn 
1,26-27) hasta el cumplimiento del misterio de 
la Alianza en Cristo al final de los siglos con las 
bodas del Cordero (cf. 
Ap 19,9) ».
56
64.  « El ejemplo de Jesús es un paradigma para 
la Iglesia […] Él inició su vida pública con el mi-
lagro en la fiesta nupcial en Caná (cf. 
Jn 2,1-11) 
[…]
 Compartió momentos cotidianos de amis-
tad con la familia de Lázaro y sus hermanas (cf. 
Lc 10,38) y con la familia de Pedro (cf. Mt 8,14). 
Escuchó el llanto de los padres por sus hijos, de-
volviéndoles la vida (cf. 
Mc 5,41; Lc 7,14-15), y 
mostrando así el verdadero sentido de la mise-
ricordia, la cual implica el restablecimiento de la 
Alianza (cf. Juan Pablo II, 
Dives in misericordia, 4). 
Esto aparece claramente en los encuentros con 
la mujer samaritana (cf. 
Jn 4,1-30) y con la adúl-
tera (cf. 
Jn 8,1-11), en los que la percepción del 
pecado se despierta de frente al amor gratuito de 
Jesús ».
57
56
 
Ibíd., 16.
57
 
Relación final 2015, 41.

55
65.  La encarnación del Verbo en una familia 
humana, en Nazaret, conmueve con su novedad 
la historia del mundo. Necesitamos sumergirnos 
en el misterio del nacimiento de Jesús, en el sí de 
María al anuncio del ángel, cuando germinó la 
Palabra en su seno; también en el sí de José, que 
dio el nombre a Jesús y se hizo cargo de María; 
en la fiesta de los pastores junto al pesebre, en 
la adoración de los Magos; en fuga a Egipto, en 
la que Jesús participa en el dolor de su pueblo 
exiliado, perseguido y humillado; en la religiosa 
espera de Zacarías y en la alegría que acompaña 
el nacimiento de Juan el Bautista, en la promesa 
cumplida para Simeón y Ana en el templo, en la 
admiración de los doctores de la ley escuchando 
la  sabiduría  de  Jesús  adolescente.  Y  luego,  pe-
netrar en los treinta largos años donde Jesús se 
ganaba el pan trabajando con sus manos, susu-
rrando la oración y la tradición creyente de su 
pueblo y educándose en la fe de sus padres, hasta 
hacerla fructificar en el misterio del Reino. Este 
es el misterio de la Navidad y el secreto de Naza-
ret, lleno de perfume a familia. Es el misterio que 
tanto fascinó a Francisco de Asís, a Teresa del 
Niño Jesús y a Carlos de Foucauld, del cual be-
ben también las familias cristianas para renovar 
su esperanza y su alegría.
66.  « La alianza de amor y fidelidad, de la cual 
vive la Sagrada Familia de Nazaret, ilumina el 
principio que da forma a cada familia, y la hace 
capaz de afrontar mejor las vicisitudes de la vida 

56
y de la historia. Sobre esta base, cada familia, a 
pesar de su debilidad, puede llegar a ser una luz 
en la oscuridad del mundo. “Lección de vida do-
méstica. Enseñe Nazaret lo que es la familia, su 
comunión de amor, su sencilla y austera belleza, 
su carácter sagrado e inviolable; enseñe lo dulce e 
insustituible que es su pedagogía; enseñe lo fun-
damental e insuperable de su sociología” (Pablo 
VI, 
Discurso en Nazaret, 5 enero 1964) ».
58
L
a
 
famiLia
 
en
 
Los
 
documentos
 
de
 
La
 i
gLesia
67.  El Concilio Ecuménico Vaticano II, en la 
Constitución pastoral 
Gaudium et spes, se ocupó 
de « la promoción de la dignidad del matrimo-
nio y la familia » (cf. 47-52). Definió el matrimo-
nio como comunidad de vida y de amor (cf. 48), 
poniendo el amor en el centro de la familia […] 
El “verdadero amor entre marido y mujer” (49) 
implica la entrega mutua, incluye e integra la di-
mensión sexual y la afectividad, conformemente 
al designio divino (cf. 48-49). Además, subraya 
el arraigo en Cristo de los esposos: Cristo Señor 
“sale al encuentro de los esposos cristianos en el 
sacramento del matrimonio” (48), y permanece 
con ellos. En la encarnación, él asume el amor 
humano, lo purifica, lo lleva a plenitud, y dona a 
los esposos, con su Espíritu, la capacidad de vi-
virlo, impregnando toda su vida de fe, esperanza 
y caridad. De este modo, los esposos son consa-
58
 
Ibíd., 38.

57
grados y, mediante una gracia propia, edifican el 
Cuerpo de Cristo y constituyen una iglesia do-
méstica (cf. 
Lumen gentium, 11), de manera que la 
Iglesia, para comprender plenamente su misterio, 
mira a la familia cristiana, que lo manifiesta de 
modo genuino ».
59
68.  Luego, « siguiendo las huellas del Concilio 
Vaticano II, el beato Pablo VI profundizó la doc-
trina sobre el matrimonio y la familia. En par-
ticular, con la Encíclica 
Humanae vitae, puso de 
relieve el vínculo íntimo entre amor conyugal y 
procreación: “El amor conyugal exige a los es-
posos una conciencia de su misión de paternidad 
responsable sobre la que hoy tanto se insiste con 
razón  y  que  hay  que  comprender  exactamente 
[…] El ejercicio responsable de la paternidad exi-
ge, por tanto, que los cónyuges reconozcan ple-
namente sus propios deberes para con Dios, para 
consigo mismos, para con la familia y la sociedad, 
en una justa jerarquía de valores” (10). En la Ex-
hortación apostólica 
Evangelii nuntiandi, el beato 
Pablo VI evidenció la relación entre la familia y 
la Iglesia ».
60
69.  « San Juan Pablo II dedicó especial atención 
a la familia mediante sus catequesis sobre el amor 
humano, la Carta a las familias 
Gratissimam sane y 
sobre todo con la Exhortación apostólica 
Fami-
liaris consortio. En esos documentos, el Pontífice 
59
 
Relatio Synodi 2014, 17.
60
 
Relación final 2015, 43.

58
definió a la familia “vía de la Iglesia”; ofreció una 
visión de conjunto sobre la vocación al amor del 
hombre y la mujer; propuso las líneas fundamen-
tales para la pastoral de la familia y para la pre-
sencia de la familia en la sociedad. En particular, 
tratando de la caridad conyugal (cf. 
Familiaris con-
sortio, 13), describió el modo cómo los cónyuges, 
en su mutuo amor, reciben el don del Espíritu de 
Cristo y viven su llamada a la santidad ».
61
70.  « Benedicto XVI, en la Encíclica 
Deus caritas 
est, retomó el tema de la verdad del amor entre 
hombre y mujer, que se ilumina plenamente sólo 
a la luz del amor de Cristo crucificado (cf. n. 2). 
Él recalca que “el matrimonio basado en un amor 
exclusivo y definitivo se convierte en el icono de 
la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el 
modo de amar de Dios se convierte en la medida 
del amor humano” (11). Además, en la Encíclica 
Caritas in veritate, pone de relieve la importancia 
del amor como principio de vida en la sociedad 
(cf. n. 44), lugar en el que se aprende la experien-
cia del bien común ».
62
e
L
 
sacramento
 
deL
 
matrimonio
 
71.  « La Sagrada Escritura y la Tradición nos re-
velan la Trinidad con características familiares. La 
familia es imagen de Dios, que […] es comunión 
de personas. En el bautismo, la voz del Padre lla-
61
 
Relatio Synodi 2014, 18.
62
 
Ibíd., 19.

59
mó a Jesús Hijo amado, y en este amor podemos 
reconocer al Espíritu Santo (cf. 
Mc 1,10-11). Je-
sús, que reconcilió en sí cada cosa y ha redimido 
al hombre del pecado, no sólo volvió a llevar el 
matrimonio y la familia a su forma original, sino 
que también elevó el matrimonio a signo sacra-
mental de su amor por la Iglesia (cf. 
Mt 19,1-12; 
Mc 10,1-12; Ef  5,21-32). En la familia humana, 
reunida en Cristo, está restaurada la “imagen y 
semejanza” de la Santísima Trinidad (cf. 
Gn 1,26), 
misterio del que brota todo amor verdadero. De 
Cristo, mediante la Iglesia, el matrimonio y la fa-
milia reciben la gracia necesaria para testimoniar 
el Evangelio del amor de Dios ».
63
72.  El sacramento del matrimonio no es una 
convención social, un rito vacío o el mero sig-
no  externo  de  un  compromiso.  El  sacramento 
es un don para la santificación y la salvación de 
los esposos, porque « su recíproca pertenencia es 
representación real, mediante el signo sacramen-
tal, de la misma relación de Cristo con la Iglesia. 
Los esposos son por tanto el recuerdo perma-
nente para la Iglesia de lo que acaeció en la cruz; 
son el uno para el otro y para los hijos, testigos 
de la salvación, de la que el sacramento les hace 
partícipes ».
64
 El matrimonio es una vocación, en 
cuanto que es una respuesta al llamado específico 
a vivir el amor conyugal como signo imperfecto 
63
 
Relación final 2015, 38.
64
  J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. 
Familiaris consortio (22 no-
viembre 1981), 13: 
AAS 74 (1982), 94.

60
del amor entre Cristo y la Iglesia. Por lo tanto, la 
decisión de casarse y de crear una familia debe 
ser fruto de un discernimiento vocacional.
73.  « El don recíproco constitutivo del matri-
monio sacramental arraiga en la gracia del bautis-
mo, que establece la alianza fundamental de toda 
persona con Cristo en la Iglesia. En la acogida 
mutua, y con la gracia de Cristo, los novios se 
prometen entrega total, fidelidad y apertura a la 
vida, y además reconocen como elementos cons-
titutivos del matrimonio los dones que Dios les 
ofrece, tomando en serio su mutuo compromiso, 
en su nombre y frente a la Iglesia. Ahora bien, 
la fe permite asumir los bienes del matrimonio 
como compromisos que se pueden sostener me-
jor mediante la ayuda de la gracia del sacramento 
[…] Por lo tanto, la mirada de la Iglesia se dirige 
a los esposos como al corazón de toda la fami-
lia, que a su vez dirige su mirada hacia Jesús ».
65
 
El sacramento no es una « cosa » o una « fuerza », 
porque en realidad Cristo mismo « mediante el 
sacramento del matrimonio, sale al encuentro 
de los esposos cristianos (cf. 
Gaudium et spes, 48). 
Permanece con ellos, les da la fuerza de seguir-
le tomando su cruz, de levantarse después de 
sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar 
unos las cargas de los otros ».
66
 El matrimonio 
cristiano es un signo que no sólo indica cuánto 
amó Cristo a su Iglesia en la Alianza sellada en 
65
 
Relatio Synodi 2014, 21.
66
 
Catecismo de la Iglesia Católica, 1642.

61
la cruz, sino que hace presente ese amor en la 
comunión de los esposos. Al unirse ellos en una 
sola carne, representan el desposorio del Hijo de 
Dios con la naturaleza humana. Por eso « en las 
alegrías de su amor y de su vida familiar les da, 
ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las 
bodas del Cordero ».
67
 Aunque « la analogía entre 
la pareja marido-mujer y Cristo-Iglesia » es una 
« analogía imperfecta »,
68
 invita a invocar al Señor 
para que derrame su propio amor en los límites 
de las relaciones conyugales.
74.  La unión sexual, vivida de modo humano y 
santificada por el sacramento, es a su vez camino 
de crecimiento en la vida de la gracia para los 
esposos. Es el « misterio nupcial ».
69
 El valor de 
la unión de los cuerpos está expresado en las pa-
labras del consentimiento, donde se aceptaron y 
se entregaron el uno al otro para compartir toda 
la  vida.  Esas  palabras  otorgan  un  significado  a 
la sexualidad y la liberan de cualquier ambigüe-
dad. Pero, en realidad, toda la vida en común de 
los esposos, toda la red de relaciones que teje-
rán entre sí, con sus hijos y con el mundo, estará 
impregnada y fortalecida por la gracia del sacra-
mento que brota del misterio de la Encarnación 
y de la Pascua, donde Dios expresó todo su amor 
67
 
Ibíd.
68
 
Catequesis (6 mayo 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-
manal en lengua española, 8 de mayo de 2015, p. 16.
69
  L
eón
 m
agno

Epistula Rustico narbonensi episcopo, inquis. 
IV: 
PL 54, 1205A; cf. Incmaro de Reims, Epist. 22: PL 126, 142.

62
por la humanidad y se unió íntimamente a ella. 
Nunca estarán solos con sus propias fuerzas para 
enfrentar los desafíos que se presenten. Ellos es-
tán llamados a responder al don de Dios con su 
empeño, su creatividad, su resistencia y su lucha 
cotidiana, pero siempre podrán invocar al Espíri-
tu Santo que ha consagrado su unión, para que la 
gracia recibida se manifieste nuevamente en cada 
nueva situación.
75.  Según la tradición latina de la Iglesia, en el 
sacramento del matrimonio los ministros son el 
varón y la mujer que se casan,
70
 quienes, al ma-
nifestar  su  consentimiento  y  expresarlo  en  su 
entrega corpórea, reciben un gran don. Su con-
sentimiento y la unión de sus cuerpos son los 
instrumentos de la acción divina que los hace 
una sola carne. En el bautismo quedó consagra-
da su capacidad de unirse en matrimonio como 
ministros del Señor para responder al llamado de 
Dios. Por eso, cuando dos cónyuges no cristia-
nos se bautizan, no es necesario que renueven la 
promesa matrimonial, y basta que no la rechacen, 
ya que por el bautismo que reciben esa unión se 
vuelve automáticamente sacramental. El De-
recho canónico también reconoce la validez de 
algunos matrimonios que se celebran sin un mi-
nistro ordenado.
71
 En efecto, el orden natural ha 
70
 Cf. p
ío
 xii, Carta enc. 
Mystici Corporis Christi (29 junio 
1943): 
AAS 35 (1943), 202: « Matrimonio enim quo coniuges sibi in-
vicem sunt ministri gratiae… ».
71
 Cf
. Código de Derecho Canónico, cc. 1116. 1161-1165; Códi-
go de los Cánones de las Iglesias Orientales, cc. 832. 848-852.

63
sido asumido por la redención de Jesucristo, de 
tal manera que, « entre bautizados, no puede ha-
ber contrato matrimonial válido que no sea por 
eso mismo sacramento ».
72
 La Iglesia puede exigir 
la publicidad del acto, la presencia de testigos y 
otras condiciones que han ido variando a lo largo 
de la historia, pero eso no quita a los dos que se 
casan su carácter de ministros del sacramento ni 
debilita la centralidad del consentimiento del va-
rón y la mujer, que es lo que de por sí establece el 
vínculo sacramental. De todos modos, necesita-
mos reflexionar más acerca de la acción divina en 
el rito nupcial, que aparece muy destacada en las 
Iglesias orientales, al resaltar la importancia de la 
bendición sobre los contrayentes como signo del 
don del Espíritu.
s
emiLLas
 
deL
 V
erbo
 
y
 
situaciones
 
imperfectas
76.  « El Evangelio de la familia alimenta tam-
bién estas semillas que todavía esperan madurar, 
y tiene que hacerse cargo de los árboles que han 
perdido vitalidad y necesitan que no se les des-
cuide »,
73
 de manera que, partiendo del don de 
Cristo en el sacramento, « sean conducidos pa-
cientemente más allá hasta llegar a un conoci-
miento más rico y a una integración más plena 
de este misterio en su vida ».
74
72
 
Ibíd., c. 1055 § 2. 
73
 
Relatio Synodi 2014, 23.
74
  J
uan
 p
abLo
 ii, Exhort. ap. 
Familiaris consortio (22 no-
viembre 1981), 9: 
AAS 74 (1982), 90.

64
77.  Asumiendo la enseñanza bíblica, según la 
cual todo fue creado por Cristo y para Cristo (cf. 
Col 1,16), los Padres sinodales recordaron que 
« el orden de la redención ilumina y cumple el de 
la creación. El matrimonio natural, por lo tanto, 
se comprende plenamente a la luz de su cum-
plimiento sacramental: sólo fijando la mirada en 
Cristo se conoce profundamente la verdad de 
las relaciones humanas. “En realidad, el miste-
rio del hombre sólo se esclarece en el misterio 
del Verbo encarnado […] Cristo, el nuevo Adán, 
en la misma revelación del misterio del Padre y 
de  su  amor,  manifiesta  plenamente  el  hombre 
al propio hombre y le descubre la grandeza de 
su vocación” (
Gaudium et spes, 22). Resulta parti-
cularmente oportuno comprender en clave cris-
tocéntrica […] el bien de los cónyuges (
bonum 
coniugum) »,
75
 que incluye la unidad, la apertura a 
la vida, la fidelidad y la indisolubilidad, y dentro 
del matrimonio cristiano también la ayuda mu-
tua en el camino hacia la más plena amistad con 
el Señor. « El discernimiento de la presencia de 
los 
semina Verbi en las otras culturas (cf.
 
Ad gentes 
divinitus, 11) también se puede aplicar a la reali-
dad matrimonial y familiar. Fuera del verdadero 
matrimonio natural también hay elementos po-
sitivos en las formas matrimoniales de otras tra-
diciones  religiosas »,
76
 aunque tampoco falten las 
sombras. Podemos decir que « toda persona que 
75
 
Relación final 2015, 47.
76
 
Ibíd.

65
quiera traer a este mundo una familia, que enseñe 
a los niños a alegrarse por cada acción que tenga 
como propósito vencer el mal —una familia que 
muestra que el Espíritu está vivo y actuante— 
encontrará gratitud y estima, no importando el 
pueblo, o la religión o la región a la que perte-
nezca ».
77
78.  « La mirada de Cristo, cuya luz alumbra a 
todo hombre (cf.
 
Jn
 
1,9; 
Gaudium et spes, 22) inspi-
ra el cuidado pastoral de la Iglesia hacia los fieles 
que simplemente conviven, quienes han contraí-
do matrimonio sólo civil o los divorciados vueltos 
a casar. Con el enfoque de la pedagogía divina, la 
Iglesia mira con amor a quienes participan en su 
vida de modo imperfecto: pide para ellos la gra-
cia de la conversión; les infunde valor para hacer 
el bien, para hacerse cargo con amor el uno del 
otro y para estar al servicio de la comunidad en la 
que viven y trabajan […] Cuando la unión alcan-
za una estabilidad notable mediante un vínculo 
público —y está connotada de afecto profundo, 
de responsabilidad por la prole, de capacidad de 
superar las pruebas— puede ser vista como una 
oportunidad para acompañar hacia el sacramen-
to del matrimonio, allí donde sea posible ».
78
77
 Cf. 
Homilía en la Santa Misa de clausura del VIII Encuentro 
Mundial de las Familias en Filadelfia (27 septiembre 2015): L’Osser-
vatore Romano, ed. semanal en lengua española, 2 de octubre de 
2015, p. 20.
78
 
Relación final 2015, 53-54.

66
79.  « Frente a situaciones difíciles y familias 
heridas, siempre es necesario recordar un princi-
pio general: “Los pastores, por amor a la verdad, 
están obligados a discernir bien las situaciones” 
(
Familiaris consortio, 84). El grado de responsabili-
dad no es igual en todos los casos, y puede haber 
factores que limitan la capacidad de decisión. Por 
lo tanto, al mismo tiempo que la doctrina se ex-
presa con claridad, hay que evitar los juicios que 
no toman en cuenta la complejidad de las diver-
sas situaciones, y hay que estar atentos al modo 
en que las personas viven y sufren a causa de su 
condición ».
79
t
ransmisión
 
de
 
La
 
Vida
 
y
 
educación
 
de
 
Los
 
hiJos
80.  El matrimonio es en primer lugar una « ín-
tima comunidad conyugal de vida y amor »,
80
 que 
constituye un bien para los mismos esposos,
81
 y 
la  sexualidad  « está  ordenada  al  amor  conyugal 
del hombre y la mujer ».
82
 Por eso, también « los 
esposos a los que Dios no ha concedido tener 
hijos pueden llevar una vida conyugal plena de 
sentido, humana y cristianamente ».
83
 No obstan-
te, esta unión está ordenada a la generación « por 
79
 
Ibíd., 51.
80
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Const. past. 
Gaudium et spes, sobre 
la Iglesia en el mundo actual, 48.
81
 Cf
. Código de Derecho Canónico, c. 1055 § 1: « Ad bonum 
coniugum atque ad prolis generationem et educationem ordinatum ».
82
 
Catecismo de la Iglesia Católica, 2360.
83
 
Ibíd., 1654.

67
su propio carácter natural ».
84
 El niño que llega 
« no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de 
los esposos; brota del corazón mismo de ese don 
recíproco, del que es fruto y cumplimiento ».
85
 
No aparece como el final de un proceso, sino que 
está presente desde el inicio del amor como una 
característica esencial que no puede ser negada 
sin mutilar al mismo amor. Desde el comienzo, 
el amor rechaza todo impulso de cerrarse en sí 
mismo, y se abre a una fecundidad que lo pro-
longa más allá de su propia existencia. Entonces, 
ningún acto genital de los esposos puede negar 
este  significado,
86
 aunque por diversas razones 
no siempre pueda de hecho engendrar una nueva 
vida. 
81.  El hijo reclama nacer de ese amor, y no de 
cualquier manera, ya que él « no es un derecho 
sino un don »,
87
 que es « el fruto del acto especí-
fico del amor conyugal de sus padres ».
88
 Porque 
« según el orden de la creación, el amor conyugal 
entre un hombre y una mujer y la transmisión 
de la vida están ordenados recíprocamente (cf.
 
Gn
 
1,27-28). De esta manera, el Creador hizo al 
hombre y a la mujer partícipes de la obra de su 
84
  c
onc
. e
cum
. V
at
. ii, Const. past. 
Gaudium et spes, sobre 
la Iglesia en el mundo actual, 48.
85
 
Catecismo de la Iglesia Católica, 2366.
86
 Cf. p
abLo
 Vi, Carta enc. 
Humanae vitae (25 julio 1968), 
11-12: 
AAS 60 (1968), 488-489.
87
 
Catecismo de la Iglesia Católica, 2378.
88
  c
ongregación
 
para
 
La
 d
octrina
 
de
 
La
 f
e
, Instruc-
ción 
Donum vitae (22 febrero 1987), II, 8: AAS 80 (1988), 97.

68
creación y, al mismo tiempo, los hizo instrumen-
tos de su amor, confiando a su responsabilidad el 
futuro de la humanidad a través de la transmisión 
de la vida humana ».
89
82.  Los Padres sinodales han mencionado que


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