A 14 años de la insurrección (neo)zapatista: las seis declaraciones Fernando Matamoros



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Umbrales intersticiales
El umbral nace de la lucha contra la fragmentación. La metá­fora del huipil puede ser pensada como lugar de umbrales. Ima­gina un nosotros que es un proceso de la lucha par transformarla fragmentación en acción colectiva contra las formas de domi­nación sintetizadas en el capital. Un nosotros que está constitui­do por umbrales y es él mismo un umbral. De tal manera que la relación de los hilos del tejido es una relación de umbrales: exis­te el tejido que le da sentido a esta cuestión, el cual no es un cua­dro donde se muestre la fragmentación irreversible de la existencia, sino la lucha contra la fragmentación de esa existen­cia. Es una imaginación que expresa una experiencia cognitiva radicalmente diferente a la experiencia cognitiva a la que nosotros estamos acostumbrados, particularmente en las universidades. Por eso, la presencia zapatista en el ámbito académico, por lo menos en México, ha sido muy contradictoria: mueve un conjun­to de contradicciones que nosotros llevamos dentro.
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Como sabemos, Marcos y Manuel López Obra­dor son personajes carismáticos de gran importancia, sin los cua­les no podríamos entender la situación actual en México. De hecho, el movimiento ciudadano que encabeza López Obrador y la iniciativa de La Otra Campaña han tenido significativos ingre­dientes carismáticos. La forma carismática de la política es par-te de ellos. Y no se pueden entender por fuera de una "situación carismática". Pero existen importantes diferencias; diría, diferen­cias fundamentales. La que me interesa destacar es la siguiente: la forma carismática remite a tramas diferentes y tiene proyec­ciones distintas. En el caso de López Obrador es parte de la for-ma de lo nacional-popular, y de una interpelación ideológica ligada a la relación dirigente-pueblo. En ese tipo de interpelación la relación dirigente-dirigido es necesaria y constitutiva de la agre­gación política y simbólica. El líder carismático es la mediación entre pueblo y Estado, produce una síntesis entre el abigarra-miento fractional de lo social y la voluntad estatal. Entre otras cosas, implica la fetichización de la política porque la condición de tal unidad es la autonomía del líder y la subalternidad de las masas. En el caso de Marcos, el asunto es diferente. El carisma es parte del proceso de construcción de un nosotros, pero ese pro-ceso va a "contrapelo" del carisma y de la situación carismática. De tal manera, que el horizonte del nosotros implica la supera­ción de esa forma de política. Sin embargo, la cuestión es com­pleja. Me imagino que es muy difícil para un líder superar la situación carismática. Pero el propósito existe, y las formas se van encontrado en el preguntando caminarnos.

Desmitificar la guerra revolucionaria
El ELLN desmitifica la guerra revolucionaria al desmitificar­se a sí mismo. Parte de una premisa negativa de la guerra revo­lucionaria, y eso es algo extraordinario, nuevo. En su discurso no
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existe un cierre simbólico-heroico de la guerra revolucionaria, como existió y existe en otras organizaciones guerrilleras. Es como si dijeran: "Estamos aquí organizados de esta manera por una desgraciada necesidad, pero lo que queremos es crear con­diciones para que no existamos nosotros en esta forma". Es decir, que esa dimensión necesariamente instrumental-armada pueda ser eliminada, para dar lugar a una política de otro tipo. Y esta es una política de la desmitificación de la guerra revolucionaria. Se podría decir que los zapatistas expresan la emergencia de una nueva constelación de la lucha de clases, en la cual la concien­cia revolucionaria implica un proceso de desmitificación de las categorías revolucionarias. Esto es, en otro nivel, plantear que la revolución no se piensa en términos de categorías cerradas y sin­téticas. Lo cual no presupone decir que lo que se hizo anterior-mente estuvo mal. Eso sería pensar linealmente. Más bien, es hacerse cargo críticamente de la experiencia revolucionaria y sus expresiones más conspicuas, para superarlas. Es más: la crítica se hace cargo de las derrotas y fracasos de las experiencias revo­lucionarias. Sin eso no habría memoria revolucionaria.



La producción de memoria
En este tema no estaría mal anotar algunas cuestiones de otras experiencias revolucionarias. Por ejemplo, el caso guatemalteco. A muy grandes rasgos, se puede decir que a partir de los Acuerdos de Paz que pusieron fin a la guerra, se ha dado un proceso de inte­gración de los otrora militantes y guerrilleros al sistema. Esto, por supuesto, no es un fenómeno local. Pero lo que cabe destacar es la ausencia de crítica profunda y rigurosa de la experiencia revo­lucionaria. Esto ha dado ligar a que las luchas del pasado sean vis­tas como una suerte de infantilismo y de error que hay que superar. La democracia, entonces, se percibe como una etapa madura del país. El pasado ha quedado como un error que hay que olvidar,

siendo que esas luchas han sido momentos condensados de volun­tad de cambio y de libertad de acción para las clases explotadas. Con todos sus problemas, con todos sus errores particulares, es cierto. Pero no es ningún error el luchar contra la opresión y la emancipación social. Entonces, la cuestión sería rescatar esa his­toria del olvido en que está cayendo, pero no como nostalgia, sino como crítica, como parte del proceso actual de construcción de una subjetividad revolucionaria. La otra manera es producir una sub­jetividad que se identifica con lo existente: los revolucionarios se convierten en organizadores de la democracia representativa y se justifican diciendo: "aquello que hicimos fue un error", o, lo peor, se ha llegado a plantear que la democracia representativa es una suerte de fruto maduro de una guerra donde hubo unos doscien­tos mil muertos y que esa es la contribución de la izquierda. Es una monstruosidad, ciertamente. Pero es también la derrota de una izquierda armada que no ha podido apropiarse revolucionariamen­te de su derrota. Sin memoria revolucionaria, pues. Porque la memoria, en este caso, no es lo mismo que el recuerdo heroico o nostálgico.

Entonces, buscar las raíces de esas derrotas es buscarnos a nosotros mismos, como revolucionarios. ¿Por qué? Yo tengo que buscarme a mí mismo, pero no puedo partir del olvido de los grandes eventos colectivos. De alguna manera, es necesario cami­nar hacia atrás, como diría un poeta maya, porque caminar sólo hacia adelante lo que me puede decir es cómo es el olvido. Podría hablar de un libro que me parece extraordinario. Se llama Los Días de la Selva, de Mario Payeras. Lo escribió como diario de la montaña, cuando el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) se estaba estableciendo en la zona montañosa guatemalteca. Des­pués, Payeras escribió otro libro que se llama El trueno en la ciu­dad, donde relata las peripecias de la organización guerrillera en la capital guatemalteca y también pone a descubierto algunos de los errores que cometieron al no comprender en profundidad la especificidad de la lucha de clases en la ciudad. Son obras que

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condensan en imágenes aspectos de la constelación revoluciona­ria, que pueden iluminar lo extraordinario surgido de esa cons­telación. Obras-imágenes del tiempo de lo extraordinario de la revolución. Ahora bien, mi relación con esos textos es difícil. Los textos de Payeras son seductores, pero también generan un temor que, en mi caso, me paraliza. Quizás porque es ya un ícono de la lucha guerrillera y de las letras guatemaltecas. ¿Cómo lo actua­lizo? ¿Cómo traduzco sus imágenes en imágenes dialécticas? Para eso tengo que introducir mi tiempo en su tiempo sin que este últi­mo desaparezca, porque retener su tiempo en mi tiempo es lo que puede iluminar desde atrás el tiempo ahora. Él pensaba con cier­tas categorías, que se plasmaron en imágenes. Para actualizar a Payeras necesito transformar esas imágenes en imágenes dialéc­ticas; en otras palabras, pensarme en imágenes (dialécticas) que tienen las imágenes de Payeras como experiencia actualizada. Es como que estuviera pensando mi superación a partir de él (una aclaración: cuando hablo en primera persona me estoy refirien­do a un hecho colectivo). Hasta cierto punto, así veo el esfuerzo de producción de memoria, como una actualización. Esto no implica la lógica lineal de la producción de historia en el senti­do tradicional. Es producirnos a nosotros mismos a partir de la rebeldía de la insubordinación. Esto es fundamental.

Ahora bien, creo que el proceso llamado EZLN se mueve hasta cierto punto de esa manera. Abre la posibilidad de resignifi­car nuestras luchas como parte de una historia común de los de abajo. Dice algo así como que las luchas no son, sino que nosotros somos luchas. Discontinuas, puede ser, pero que en la colec­tivización de la memoria las hacemos presente condensado como ruptura. Sin ese tipo de memoria, no somos más que abstraccio­nes. Y este es un tema muy importante. La subjetividad dominan-te es abstracta y, por decirlo de alguna manera, "llena" el vacío de la abstracción con el fetiche y el mito. Por ejemplo, la pobre­za es una categoría abstracta si la separamos de las relaciones sociales que la producen y del sujeto que la encarna. Pero tam-bién la pobreza puede plantearse a partir del mito de la reden­ción en un más allá.

Pero además de estas consideraciones generales, está el asun­to de la estrategia revolucionaria. Para el EZ la estrategia no es una abstracción que hay que poner en la realidad y hacer que dicha realidad entre en aquella lógica. Por ejemplo, podemos decir que en un lugar existen campesinos o indígenas y que, por su condición de pobres y explotados, se puede deducir que son potencialmente revolucionarios que van a aceptar la interpela­ción revolucionaria que parte del foco guerrillero. Eso es relacio­narse mecánicamente y deductivamente con la realidad social, como un grupo que conoce la lógica de ésta y que puede prede­cir sus tendencias gracias al conocimiento de dicha lógica. Esto puede ser cierto, pero hasta cierto punto de abstracción. De algu­na manera, ese tipo de relación fue la que condicionó que la gue­rrilla del Che en Bolivia resultara exógena a la historia de ese país. De todos modos, el problema es que la estrategia revolucionaria es algo que no se puede resolver apelando a la abstracción teó­rica y a los modelos, haciendo a un lado la historia específica de las luchas y los modos concretos de la construcción del sujeto. Para el EZ, nos parece, la estrategia revolucionaria es historia, historia a "contrapelo", tomando el término de Benjamin. En otras palabras, es también memoria. No puedes hacer estrategia sin memoria. Por eso es que el zapatismo dice que no es ni siquie­ra un "modelo para armar". Eso significa que la estrategia no es tiempo homogéneo sino tiempo ahora, que se mueve creando umbrales, y desde esos umbrales se crean nuevas realidades que generan nuevas situaciones de umbral. En fin, estoy interpretan-do, y lo hago a partir de esa tesis que adelantamos que es la de la estrategia como despliegue horizontal del conflicto. Lo horizon-tal implica el umbral, y el umbral es la concentración crítica de la historia como lucha de clases. Es algo que surge cuando la cer­teza del Estado como sujeto y como mito revolucionario es cues­tionada. Tienes que moverte en otra temporalidad, que es la

temporalidad del sujeto revolucionario como sujeto autodeter­minante irreductible a una forma organizativa hegemónica y homogénea.



Desmitificar la nación

Hay otro aspecto que me gustaría señalar sobre el zapatismo, que tiene que ver con la lucha contra los mitos: no hay sujeto revolucionario puro. Ellos dicen, "nuestra lucha no sólo es con­tra algo que percibimos como externo, como cosa que se nos impone, sino contra nosotros mismos en la medida que nuestra subjetividad es una subjetividad dañada por estar atravesada y constituida por el poder; eso implica también hacernos cargo de nuestra subjetividad como subjetividad dañada. Entonces, es una doble lucha. Enfrentamos las condiciones generales que produ­cen ese daño, el capital, la dominación, la explotación, pero tam­bién hacemos frente a la interiorización de esas formas, porque no somos ajenos a ellas. Estamos atravesados y constituidos por ellas. No somos sujetos puros, pues". Y los zapatistas nos lo recuerdan permanentemente.

Por los reportes de prensa, se puede decir que en México exis­ten varias guerrillas. Obviamente, la que en los últimos años ha generado más expectativas a nivel nacional e internacional es el EZLN. Sin embargo, al parecer debido al clima derivado de las elecciones y fundamentalmente de la represión en Oaxaca, el Ejér­cito Popular Revolucionario (EPR) ha adquirido un importante protagonismo. Entre otras cosas, eso plantea también un reto para el zapatismo, un desafio a su estrategia. Lo del EPR es com­prensible, porque en momentos de cierre de importantes espa­cios democráticos construidos desde abajo, como es el caso de la represión a la APPO, la tentación de encontrar un cauce en la lucha armada inmediata se acrecienta, sobre todo en los secto­res populares más afectados por la violencia del sistema. En esa

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situación, las acciones del EPR aparecen como certidumbres ante las porosidades del movimiento de masas de López Obrador y la crisis de la iniciativa de La Otra Campaña expresada en el replie­gue del EZ en Chiapas. Por parte del EPR, es como si dijeran: "Aquí estamos. Como ven somos una organización con capaci­dad operativa militar. Para muestra, allí están los duetos de PEMEX incendiados". Y eso, en ciertas circunstancias, seduce. Sin embargo, me parece que la salida democrático-revoluciona­ria no se encuentra por ese camino ya transitado por otras expe­riencias. El EZ tiene todavía mucho que decir al respecto, si continúa desplegando el tipo novedoso de estrategia que ya hemos señalado.



Retomando un poco el tema del mito y la fetichización de lo colectivo, podemos decir que la mitificación histórica en Méxi­co es extraordinaria, es fetichistamente maravillosa. Ustedes pue­den ver esa cuestión en los grandes muralistas, en la narrativa que generó la Revolución Mexicana, en el rescate de lo indígena y la historia anterior a la conquista, en la centralidad de los trabaja-dores como cuerpo del nuevo Estado, etcétera. Un gran mito nacional escenificado en ese magnifico Museo de Antropología e Historia en Chapultepec. Uno entra a ese espacio que le dice a los mexicanos: "Esto somos, aquí podemos ver la grandeza de nuestra nación". Claro, como se sabe, eso no es ajeno a la nacio­nalización simbólica de la identidad colectiva de la forma moder­na del Estado. Y aquí entra otro aspecto subversivo del zapatismo: la desmitificación de la nación mexicana. Los indígenas zapatis­tas, y con ellos una enorme cantidad de grupos indígenas, recha­zaron ese mito. Como que hubieran dicho: "¡No, señores! Esa es su nación. La nación como expresión simbólica del poder. Nos-otros, los reales acá, somos los negados por esa nación. Estamos en ella en la forma de ser negados. Pero ahora estamos aquí, levantados. No para que la nación nos asuma como a hijos olvi­dados. Estamos aquí para luchar e invitar a los oprimidos y explo­tados a formar otra colectividad, una colectividad que no esté

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basada en la dominación, la explotación y la exclusión. A esto, inicialmente, le llamamos nosotros".



Como se puede entender, esa es una dimensión subversiva del zapatismo. Una particularidad que se rebela y que pone en cri­sis la totalidad del discurso del sistema. Ahora bien, como hemos expresado, la unificación simbólica que produce el discurso nacio­nalista en México es muy fuerte. Pero hay que tener cuidado en reducir la forma simbólica a una unilateral y lineal historia del poder. Porque en gran medida ese nacionalismo y la importan­cia de la forma de lo nacional-popular como agregación colec­tiva en México es también fruto de luchas sociales muy importantes, fruto de la lucha de clases en momentos de defini­ción de la soberanía nacional o de la configuración de la forma estatal como no subordinada directamente al poder imperial. Uno de esos momentos fundamentales fue el de la nacionalización petrolera en el gobierno de Cárdenas. Es en ese momento don-de la lucha de clases y la dimensión de lo nacional-popular se engarzan en una unidad entre pueblo y Estado nunca antes logra-da. O, en otras palabras, la lucha de clases se resuelve en ese momento en términos de la forma nacional-popular articulada e identificada con el Estado. Se podría decir que es durante ese proceso donde se produce una suerte de síntesis real y simbóli­ca entre la historia de la nación, como historia nacional-popu­lar, y el Estado mexicano. Ese es un verdadero corte de la historia mexicana. Es un error ver el período cardenista como una par-te de un continuum priista que tiene su inicio en la Revolución Mexicana. De hecho, después de Cardenas se produce un proce­so de estabilización conservadora y represiva del poder en Méxi­co. El ala de izquierda del PRI es relegada en la relación de fuerzas al interior del partido y debilitada por el proceso de cor­porativización vertical de la sociedad mexicana, que ya se inicia con Cárdenas. Ahora bien, hay formas de la lucha de clases que ponen en crisis lo nacional-popular, particularmente su vínculo estrecho con una particular forma del Estado burgués. Y creo que

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el zapatismo es la forma más conspicua de ellas. En ese sentido, el nosotros es un proceso de crisis y disolución de las formas míti­cas de agregación social fijas en el Estado. En este caso, en el Estado llamado keynesiano o populista-desarrollista en Améri­ca Latina. En ese sentido, se puede incorporar el análisis de lo nacional-popular en una doble dimensión. Por un lado, lo nacio­nal-popular permite ver el proceso de subsunción de las luchas desde abajo en un determinado tipo de Estado burgués. Por otro, nos da la posibilidad de percibir la potencia que existe en lo nacio­nal-popular para transformarse en un nosotros, es decir, para romper-superar esa forma simbólica de agregación social que ha sido parte de una hegemonía, hoy en crisis. Entonces la catego­ría de nosotros es un rebasamiento de la forma nacional-popu­lar, su apertura crítica, revolucionaria, frente a la forma ideológica cerrada e identificada con el Estado, y también frente a la diso­lución de lo nacional-popular desde el lado de la interpelación individualista neoliberal.



Lo dicho, como es normal, da lugar a la discusión, plantea un debate. Por ejemplo, en relación a la categoría de hegemonía. ¿Cómo pensar y actuar la política en contra-y-más-allá de la hege­monía? Es un problema. De alguna manera, el zapatismo es un movimiento que hace pensar en esa perspectiva. Sin embargo, el zapatismo también expresa una dimensión instrumental de la política, dimensión ligada a su forma organizativa (ejército revo­lucionario) y a cierta dimensión operativa de su estrategia. Es una cuestión que, me parece, hay que recalcar. Porque el EZ no es sim­plemente un membrete donde caben las luchas de los de abajo y un espacio de comunicación y construcción de una subjetivi­dad horizontal. Vamos, no es una ONG. Es una organización revolucionaria que quiere transformar el mundo, hacer-inven­tar la revolución en las nuevas condiciones históricas y asumien­do la crisis del canon clásico del sujeto revolucionario. En todo esto existe un grado de incertidumbre, como lo dijimos cuando hablamos del proceso como movimiento que crea umbrales, una

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temporalidad a la que no estamos acostumbrados. Implica una temporalidad no-lineal de la organización. Y la estrategia zapa­tista presupone dicha temporalidad. Por eso la estrategia de des-pliegue horizontal del antagonismo no persigue la hegemonía del EZ en el movimiento popular, sino la superación del EZ en el campo de luchas de un sujeto revolucionario horizontal y autó­nomo. La estrategia ve ese horizonte e implica esa perspectiva. Por eso no es una estrategia de hegemonía, de afirmación de la organización como finalidad del proceso, sino que privilegia la temporalidad autonómica que todavía no se ha desplegado y que hay que desplegar. Y si eso no ocurre..., si no se produce el des-pliegue... Bueno, entonces habría que pensar por qué no ocu­rrió, y volver a intentarlo.



Lo dicho, como cae de maduro, tiene que ver de manera direc­ta con el asunto militar de la organización en el EZ. A diferencia de la guerrilla clásica, aquí la cuestión militar no es el núcleo de la organización que subsume los demás aspectos en una estruc­tura rígida y vertical. Esto se puede percibir muy claramente en su discurso desmitificador de la guerra revolucionaria y del ejér­cito zapatista. No hay, pues, en ellos una fetichización del aspec­to militar. Respecto a esto, se podría decir que una nueva constelación de la lucha de clases tiene forzosamente que pro­ducir un lenguaje nuevo, una nueva conciencia de la lucha mis-ma. Y el lenguaje zapatista, me parece, expresa la conciencia de que la lucha político-militar es también una lucha contra las posi­bilidades de su propia reificación. La forma guerrilla no tiene por qué reificarse en categorías rígidas y formas míticas, como len-guaje de una nueva hegemonía. La dimensión instrumental de la organización es pensada como necesaria, pero dentro de una trama revolucionaria que apunta a la superación de la escisión entre dirigentes y dirigidos. La metáfora de la palabra y el fuego expresa la forma dialéctica de la relación entre el aspecto arma-do y el dialógico (entendido este último, como ya vimos, como forma comunicativa de los de abajo frente al monólogo del poder,

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como lucha contra la forma fetichizada del lenguaje y de la sub­jetividad). Es algo que no se puede ver en la perspectiva de un tiempo lineal, donde primero viene el fuego y después la palabra, en una suerte de etapas progresivas. El fuego no desaparece con la palabra, a lo sumo cambia en palabra. Pero la palabra se pue­de transformar en fuego, dependiendo de la lucha misma. Son tiempos de lucha. Y esos tiempos no los eligen los zapatistas, aun-que ellos sí crean condiciones o tratan de cambiar las condicio­nes de la lucha a partir de diversas formas del despliegue horizontal del antagonismo.



En cuanto a la cuestión del Estado, creo que se podría dis­cutir el tema haciéndonos la pregunta de si la noción de gobier­no es idéntica a la de Estado, o si todo gobierno necesariamente es parte de la forma Estado. Yo creo que no. Creo que hay for-mas de gobierno que no son estatales, es más, que hay formas de gobierno que son antiestatales. Entonces cuando los zapatistas le dicen no al poder y al Estado, plantean que hay que construir nuevas formas de organización expresadas en prácticas no-esta­tales de gobierno, las cuales van surgiendo en la lucha. Es un pro-ceso que tiene que ver con su noción de que desde arriba, en términos de la abstracción real que son las instituciones estata­les, no se puede llevar a cabo una revolución. La única garantía es la organización desde abajo, orientada a la creación de formas de gobierno no-hegemónicas. Y las formas de organización que se van produciendo desde abajo tienen que desafiar la separación sujeto-objeto que subyace y determina las formas de organiza­ción institucional del Estado. Así, se estarían construyendo for-mas de gobierno que tienen que ver con la superación de esa escisión sustancial que hace al Estado. No existe Estado sin la radical separación sujeto-objeto. Tampoco capital. En ese senti­do, la lucha no sólo es contra la forma Estado sino simultánea-mente contra la forma valor de las relaciones sociales; es decir, contra el trabajo abstracto como la forma fundamental enajena-da de reproducción de la vida social.

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ST: Clásicamente se pensó la historia de la lucha de clases a

partir de categorías sintéticas y homogéneas. Las cuales, hay que decirlo, son categorías de poder-dominio. El partido, el Estado, son categorías sintéticas y homogéneas, donde la unidad de lo nuevo, la particularidad de lo nuevo, estaba sometida a una tota­lidad. Con esto la categoría de totalidad se transformó en una categoría positiva y se fetichizó. Justamente, el zapatismo se ha planteado romper esa idea de sujeto homogéneo. Sostienen, entre otras cosas, que la organización revolucionaria no es el sujeto. Como vimos con anterioridad, para ellos el sujeto revoluciona­rio no es una estructura organizacional definida como revolucio­naria sino un proceso que no se puede definir desde las "alturas" de la teoría, del concepto. Se podría decir, entonces, que la orga­nización revolucionaria es una suerte de anticipación de formas que todavía-no-son. Pero sólo eso. Porque anticipación no es rea­lización, identidad, sino atisbo de lo nuevo. Lo nuevo, el proce­so de su creación, excede a cualquier anticipación. Por eso los zapatistas dicen que existen para dejar de existir. Son necesarios para dejar de ser necesarios. Eso implica una concepción del tiempo muy diferente a la noción vacía y abstracta que permite pensar el futuro como deducción de formas que ya están dadas y consolidadas. El proceso revolucionario no es lineal; más bien, es un rompimiento del tiempo lineal.




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