2- el educador lasallista



Descargar 182,56 Kb.
Fecha de conversión08.05.2017
Tamaño182,56 Kb.

2- El educador lasallista



Hno. Lorenzo Tébar


¿Qué objetivos nos proponemos?


  • Ofrecer unas pistas del perfil del educador según la inspiración lasallista y eclesial




  • Situar su papel imprescindible dentro de la misión eclesial que le corresponde como bautizado



Esquema general

Introducción:


1- Desafíos del educador cristiano de hoy
1.1- Desafío social

1.2- Desafío educativo


2- Identidad del educador cristiano
2.1- Raíces de la identidad cristiana

2.2- Vocación, más que simple profesión

2.3- Sentido ministerial de la educación cristiana
3- Actitudes del educador lasallista
3.1- Unidad de vida

3.2- Autenticidad-coherencia

3.3- Testimonio de vida

3.4- Vive su fe y misión en comunidad

3.5- Comprometido en una nueva evangelización

3.6- Solidario y responsable en una misión eclesial compartida


4- Perfil del educador lasallista
4.1- Preparación y competencia profesional

4.2- Vivencia cristiana y dedicación plena

4.3- Asociado a otros educadores para un proyecto educativo cristiano

4.4- Dispuesto a una actualización y formación permanente

4.5- Vivencia ministerial del educador cristiano
Para la reflexión y el diálogo

Lecturas complementarias

Bibliografía





Libros utilizados:


  • Christifideles Laici”, Juan Pablo II, Roma 1988.

  • Declaración sobre el H.E.C. en el mundo actual”, Roma 1967.

  • Dimensión religiosa de la educación en la escula católica”, Roma 1988.

  • La Escuela Católica”, Roma 1977.

  • Gaudium et Spes (Vaticano II).

  • El laico católico, testigo de fe en la escuela”, Roma 1982.

  • Meditaciones de San Juan Bautista de La Salle. BAC 478, Madrid 1986.

  • Temas Lasalianos 1 y 2, H. E. C. Roma 1993-1994.



Introducción:

Nos proponemos en esta reflexión dar unas pinceladas del perfil del educador, según la inspiración lasallista y situar su papel imprescindible dentro de la sociedad y de la misión eclesial que le corresponde como bautizado.


A partir del Concilio Vaticano II nos hemos visto involucrados en un amplio proceso renovador. La misma Iglesia debe actualizarse en todas sus instituciones.
Las nuevas antropologías miran, también, a la escuela cristiana: todo hombre tiene derecho a una dignidad, a una formación, a recibir los medios para su plena realización. La escuela sigue siendo un medio privilegiado de presencia de Iglesia y se reconoce a los educadores como mediadores imprescindibles de cultura cristiana.
La constante llamada de la Iglesia y de la sociedad a la renovación y a la calidad de la escuela cristiana interpela y urge a todos los educadores lasallistas a dar las respuestas adecuadas a las necesidades de la niñez y de la juventud de hoy.
Todas las instituicones educativas lasallistas, como el mismo instituto de los hermanos “fiel a las llamadas que el Espíritu de Dios les dirige, está en la obligación de volverse hacia los manantiales que le dan vida. Primeramente, el manantial del Evangelio... La autenticidad de esta urgencia de fidelidad debe cimentarse en el empleo de métodos científicos. Ha de proseguirse el esfuerzo por estudiar objetivamente la vida, las actividades y el pensamiento de San Juan Bautista De La Salle1. Pero es el educador lasallista (hermano, Laico o Sacerdote) el primer llamado a crecer y actualizarse, porque de él dependen las respuestas y las transformaciones de las Instituciones para la misión educativa.
Sin embargo, la realidad presente nos obliga a destacar al educador laico lasallista, que, por su elevada presencia, por la cantidad y calidad de sus funciones y por las responsabilidades que en el presente y en el futuro está llamado a desempeñar, ocupa el centro de mira de todo proceso de formación e implicación en la misión eclesial de las instituciones educativas lasallistas.
Debemos afianzarnos en la convicción de que el laico debe tener las mismas posibilidades y responsabilidades que los demás miembros en la Iglesia: “la doctrina conciliar sobre los laicos, tal vez, sea el elemento más relevante de la herencia del Vaticano II. Se trata de redescubrir el puesto eclesiológico de los laicos en la vida y en la misión de la Iglesia2.
Debe sentarse en la misma mesa de decisiones para elaborar proyectos y asumir res­ponsabilidades. Debe tener acceso a todas las riquezas intelectuales y espirituales. Su formación profesional y espiritual debe impulsarse, convencidos de que su presencia aporta calidad y riqueza irremplazables, gracias a sus peculiares carismas.
Las llamadas de la Iglesia y del Instituto marcan un camino de plena incorporación de todos los educadores a compartir la misión que la Iglesia confía a las institucones educativas Lasallistas. Estas interpelaciones nos invitan a reflexionar sobre la identidad, formación, actitudes nuevas y tareas a compartir en una comunidad educativa cada vez más plural.
Mantenemos la certeza que esta “mutua asociación de hermanos y educadores laicos” para la misión, aportará un gran enriquecimiento y sanos desafíos.
1- Desafíos del educador crisitano de hoy
Sabemos con certeza que ningún proceso llegará a buen fin sino en la medida en que cimentemos nuestra propia identidad como educadores laicos o hermanos en las raíces del carisma de Juan Bautista De La Salle.
Todo educador debe vivir atento a la realidad que le rodea. La escuela cristiana y el mismo educador se sienten interpelados por la sociedad actual secularizada. Son muchos los desafíos y dificultades que los educadores deben superar día tras día para responder con calidad a las expectativas y exigencias del presente. Por lo general, el educador cristiano se mueve en un medio social indiferente a los criterios claramente evangélicos.
1.1- Desafío social
“Lo típico del laico no es su renuncia al mundo, sino su aceptación y transformación cristiana”3. El educador cristiano debe mirar la existencia desde la óptica creyente. El documento “El laico católico, testigo de la fe en la escuela”, al que nos referiremos frecuentemente, puntualiza los aspectos prácticos que permiten descubrir un reconocimiento social y estima a los educadores:
“Fundamentales para vivir conjuntamente unos mismos ideales por parte de la entidad promotora y los laicos que trabajan en la escuela católica, son dos logros. Primero, una adecuada retribución económica –garantizada por contratos bien definidos– del trabajo realizado en la escuela, que permita a los laicos una vida digna, sin necesidad de pluriempleo ni sobrecargas que entorpezcan su tarea educativa. Segundo, una auténtica participación de los laicos en las responsabilidades de la escuela, según su capacidad en todos los órdenes y su sincera identificación con los fines educativos que caracterizan a la escuela católica.” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 78).
No menos dificultades plantean los desafíos de una sociedad secularizada, postmoderna, en la que vive. De La Salle justifica la presencia de educadores cristianos, “ilustrados y celosos”, que suplan a los padres, muchos de ellos
“y como unos están ocupados en sus negocios temporales y en el cuidado de la familia, y otros viven en constante preocupación por ganar para sí mismos y para sus hijos lo necesario para la vida, no pueden dedicarse a enseñarles lo concerniente a los deberes del cristiano.” (Meditaciones para los días de retiro 193,2,1).
La tarea de complementariedad de los educadores nunca debe suplir ni eliminar la de los padres, sino atraerlos y comprometerlos en una educación integral, de la que los padres son los primeros responsables.
1.2- Desafío educativo
Pocas tareas resultan tan complejas hoy, necesitándose el compromiso de toda la comunidad educativa, especialmente el apoyo e interés de la familia por la educación de los hijos. En muchos casos resulta una verdadera utopía lograr la presencia de los padres en reuniones y entrevistas.
Los cambios en educación plantean nuevos retos a nivel relacional, metodológico, interdisciplinar, etc., en una red de exigencias, a veces agobiantes para muchos educadores. La sociedad tiene, en este ámbito, una gran responsabilidad para ayudar a poner los medios necesarios para lograr una educa­ción de calidad. Padres y educadores son la voz de los “sin voz”, para lograr los medios necesarios que les desarrollen y potencien plenamente.
En otros casos hallamos la infranqueable laguna de la falta de formación de los educadores que, sometidos a una intensa labor, descuidan su formación permanente, no fácil de programar por las obligaciones que les condicionan.
“Saben los educadores que la mala calidad de la enseñanza originada por la insuficiente preparación de las clases o el estancamiento en los métodos pedagógicos, redunda necesariamente en merma de esa formación integral del educando, a la que están llamados a colaborar, y del testimonio de vida que están obligados a ofrecer.” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 27).
“Dios no sólo quiere que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad; sino que quiere que todos se salven...”4. No menos importante resulta la carencia de una profunda formación cristiana y una ausencia de síntesis religiosa y escala de valores que oriente la vida del educador cristiano. Las consecuencias que de ello se derivan son determinantes:


  • la falta de discernimiento y orientación en tantos temas de sentido ético y moral de la existencia;




  • las dicotomías y contradicción en las formas de pensar y vivir a que someten los medios de comunicación, en especial la televisión; y




  • la carencia de modelos referenciales cercanos que inviten a una superación en el propio trabajo y en la vivencia del compromiso cristiano.

“La identidad del educador laico católico reviste necesariamente los caracteres de un ideal ante cuya consecución se interponen innumerables obstáculos. Estos provienen de las propias circunstancias personales y de las deficiencias de la escuela y de la sociedad, que repercuten de manera especial en la niñez y en la juventud.” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 26).


Es posible que muchos educadores se encuentren en el “mundo de la educación” por diversas circunstancias sociolaborales. Se comprende en muchos de los educadores la falta de entusiasmo y escasa visión de la trascendencia de la tarea educativa. El desconocer el valor de la educación acarrea una baja estima, falta de entrega y de superación. Estas lagunas desembocan en el mar confuso de una identidad sin base, sobre la que se construye el quehacer diario de muchos educadores. A esta realidad hay que añadir el desconocimiento del ideario de la institución educativa, de los elementos esenciales del carisma institucional o la carencia de una formación cristiana que permita hacer una lectura creyente de la realidad; el desconocimiento de una dimensión eclesial –ministerial– y pastoral de la labor educativa:
“Lo que falta muchas veces a los católicos que trabajan en la escuela, en el fondo, es quizá una clara conciencia de la ‘identidad’ de la escuela católica misma y la audacia para asumir todas las consecuencias que se derivan de su ‘diferencia’ respecto de otras escuelas Por tanto, se debe reconocer que su tarea se presenta como más ardua y compleja, sobre todo hoy, cuando el cristianismo debe ser encarnado en formas nuevas de vida por las transformaciones que tienen lugar en la Iglesia y en la sociedad, particularmente a causa del pluralismo y de la tendencia creciente a marginar el mensaje cristiano.” (La Escuela Católica 66)

Desafío social




Desafío educativo

 
Sociedad

secularizada y

postmoedrna






Cambios

en la educación



 

como creyenete




como educador laico

 

No renunciar al mundo,

Sino


aceptarlo y transformalo




- Síntesis personal: escala de valores y opción de fe

- Formación permanente



- Compromiso con el Ideario


2- Identidad del educador cristiano
No analizamos en este tema la identidad del educador cristiano en su triple dimensión: laboral, profesional y vocacional. Nos situaremos en esta última perspectiva, aunque sin olvidar que, entre esos tres niveles, existe una interacción y complementariedad.
El educador cristiano debe ahondar en el estudio de su propia identidad. No puede reducir su quehacer a exclusiva profesionalidad, sino que debe enmarcarla y asumirla en su “vocación cristiana, que le permite orientar con sentido su existencia y su compromiso educativo, dándole, al mismo tiempo, amplias perspectivas para ser vivida con alegre entusiasmo”5. Es urgente plantear las raíces teológicas de la participación en una misión eclesial, y no quedarnos solamente en lo pedagógico, sociológico e histórico.
La tarea del educador laico en la escuela cristiana se convierte en más “ardua y compleja”, debido, en muchos casos, a su escasa conciencia de la identidad de la misma escuela (La Escuela Católica 66)
2.1- Raíces de la identidad cristiana
Debemos remitirnos, al hacer esta reflexión, a la Christifideles Laici (ChL), para ahondar en los fundamentos de la vocación cristiana. Hemos dicho que es imprescindible que el Educador conozca y sepa dar razón de su fe y de su “seguimiento del Maestro”, de Jesús. Los documentos del Vaticano II centran la “la radical novedad cristiana” en el Bautismo, sacramento de la fe, pues:
“El Bautismo nos regenera a la vida de los hijos de Dios; nos une a Jesucristo y a su Cuerpo que es la Iglesia; nos unge en el Espíritu Santo constituyéndonos en templos espirituales.” (Christifideles Laici 10).
El cristiano es el bautizado que cree y opta por Jesús de Nazaret como modelo de persona y toma el Evangelio como su norma de vida. Creer no es aceptar, “decir que sí”, a un cierto número de dogmas. Creer es fiarse de alguien. Y este “alguien” es Jesús, a quien tomamos por guía de nuestra existencia humana:
“La misteriosa unidad de sus discípulos con Él y entre sí... Es la misma unidad de la que habla Jesús con la imagen de la vid y los sarmientos: ‘Yo soy la vid y ustedes los sarmientos’Juan 15,5, imagen que da luz no sólo para comprender la profunda intimidad de los discípulos con Jesús sino también la comunión vital de los discípulos entre sí: todos son sar­mientos de la única Vid” (Christifideles Laici 12).
2.2- Vocación, más que simple profesión
La Salle sitúa toda la obra de la educación cristiana dentro del Plan salvífico de Dios. Esta acción providente de Dios que vela por sus hijos es una acción que se prolonga en el tiempo. Así lo entiende La Salle:
“Dios es tan bueno que, una vez creados por Él los hombres, quiere que lleguen al conocimiento de la verdad... Dios, que difunde a través del ministerio de los hombres el olor de su doctrina por todo el mundo... ha iluminado Él mismo los corazones de aquellos a quienes ha destinado a anunciar su palabra a los niños, para que puedan iluminarlos descubriéndoles la gloria de Dios.” (Meditaciones para los días de retiro 193,1,1).
El documento eclesial, Christifideles Laici (ChL), fruto del Sínodo de los Laicos de 1987, hace una profunda reflexión en torno a tres elementos clave: vocación, misión y comunión. Se desvela una eclesiología que hace de la “comunión” la fuente y el fruto de la misión de Iglesia: la evangelización. La dignidad del cristiano, que se deriva del Bautismo6 y de la comunión eclesial, debe ser vivida y actuada en la comunión y para acrecentar la comunión. Se halla expresada sin paliativos:
“He aquí un nuevo aspecto de la gracia y de la dignidad bautismal: los fieles laicos participan, según el modo que les es propio, en el triple oficio -sacerdotal, profético y real- de Jesucristo...” (Christifideles Laici 14).
Pero no deberíamos obviar aspectos esenciales a la identidad cristiana, reflejados en los modelos de los Hechos de los Apóstoles, referidos a la primera comunidad cristiana Hechos 2,41-47. El ser laico no añade nada dogmático o sacramental al ser cristiano7. Todo consagrado o ministro es, ante todo, un bautizado. Y no se rebaja la llamada a la santidad cuando se trata de los laicos:
La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: la vocación a la santidad, o sea, a la perfección de la caridad...” (Christifideles Laici 16).
El cristiano acompaña a Jesús en su “itinerario” de servidor de la vida, en medio del mundo:
“Desde la perspectiva de la misión hay que mantener la ‘laicidad’ de la Iglesia: hay que respetar la consistencia y autonomía del mundo... Los laicos tienen una responsabilidad especial en este ámbito porque viven plenamente inmersos en las realidades seculares”8.
2.3- Sentido ministerial de la educación cristiana
“Son ustedes los embajadores y los ministros de Jesucristo en el empleo que ejercen.”9 Sólo cuando el educador cristiano toma conciencia de su propia identidad ministerial, adquiere el profundo sentido de su persona y de su misión.
El mismo documento (LC) nos apercibe de las dificultades que implica hoy vivir en cristiano y de la necesidad de impregnarnos de las enseñanzas de la Iglesia sobre esta opción por Cristo:
“El primero e indispensable fundamento para intentar vivir la identidad del educador laico católico es condividir plenamente y hacer propias las enseñanzas que sobre tal identidad la Iglesia, iluminada por la Revelación divina, ha expresado y procurar adquirir la necesaria fortaleza en la personal identificación con Cristo.” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 26).
Hay una única misión en la Iglesia y diversidad de ministerios, como nos recuerdan diversos documentos conciliares (AA, 2; LC, 23). Sólo viviendo en actitud ministerial se percibe la educación como el lugar teológico donde Dios se nos manifiesta y donde quiere ser servido. Esta actitud de “servicio” –ministerial– permite descubrir y dejarse herir por las necesidades de los educandos. La educación se convierte así en el campo de experiencia de Dios, al servir a Dios en los otros y reconocer en sus necesidades la llamada del mismo Dios. El educador que busca a Dios es aquel que vive abierto a las necesidades de los niños y los jóvenes.
La misión del laico dentro de la Iglesia constituye un compromiso que concierne a toda la persona del educador cristiano. El que actúa como ministro de la Iglesia no educa ni anuncia el Reino de Dios a título personal, sino enviado y solidario con la comunidad eclesial, de la que debe sentirse enviado. Casi en el epílogo de la Christefideles Laici se insiste en la importancia de arraigar en el senti­miento de “conciencia eclesial”.

Raíz



Bautismo



Creer



Fiarse de “Alguien”



Vocación



Ministerio:

llamada a la santidad





Educación



Lugar de encuentro

con Dios




Educador



Enviado y solidario

con la comunidad




3- Actitudes del educador lasallista
La intuición lasallista sobre el maestro resulta iluminadora en muchos ámbitos. Juan Bautista De La Salle desea que sus maestros se dejen guiar “por espíritu de fe”, por el espíritu del cristianismo. Quiere instaurar una educación basada en el respeto a la persona, a través de la “educación por el amor”, por eso mismo exige a sus maestros “bondad y ternura”10 en el trato diario con sus alumnos.
Sólo mediante una relación cordial y cercana, el educador podrá obrar el “milagro” de “mover el corazón de sus alumnos” 11. El trato bondadoso y atento será, en los orígenes de la escuela lasallista el antídoto contra el ausentismo escolar y el mejor medio para poseer los corazones y llevarlos a Dios12.
Las actitudes definen la raíz del ser de los educadores cristianos por lo que expresan de conocimiento, afecto y dedicación a la tarea educativa. Nos situamos en un nivel superior sobre las funciones del educador como mero organizador del aprendizaje en el aula, y aun como tutor y orientador del proceso educativo de los alumnos. Cultivar y alimentar las actitudes cristianas en los educadores se convierte en tarea prioritaria e incesante de formación.
El educador cristiano no debe presentar los valores en abstracto, sino a partir de su misma vivencia y testimonio, capaz de generar imitación en sus educandos. En su obra: “Reglas de cortesía y urbanidad cristiana”, De La Salle subraya una serie de actitudes que podemos integrar en el “respeto”, la “modestia-humildad” y el “afecto”13.
Pero vamos a fijarnos en actitudes que expresan más la totalidad del ser y que configuran un perfil del educador cristiano. Estas actitudes podríamos referirlas a dos ámbitos esenciales: en relación a su identidad y referidas a la profesionalidad y la misión educativa. Destacamos éstas:
3.1- Unidad de vida
“Pedagogía, apostolado y santidad, para De La Salle, son inseparables”14. El educador se deja impregnar por el sentido de la fe en la totalidad de su persona, hasta tal punto de no diferenciar entre los deberes de su “empleo y los de su propia santificación”, en afirmación de La Salle.
Sabe leer la existencia, los acontecimientos, con los ojos de la fe. Su lectura creyente le permite hacer un diálogo de profundas relaciones entre la fe y la cultura que iluminan su sentido de la vida y dan unidad a su obrar. El educador no podrá propiciar ese nivel de síntesis interior en los educandos, si previamente no lo ha conseguido realizar para sí mismo15. Lo personal, lo familiar, lo profesional, lo social, lo religioso son ámbitos relacionados, inseparables en la persona.
Hemos hecho referencia a las “dicotomías” –la doble vida– que se imponen en nuestra sociedad, como una forma de hablar de moral de conveniencia. La fe genera un modo de ser, de sentir y contemplar la existencia. La fe y la vida no pueden estar divorciadas esto, para la constitución conciliar16 debe ser considerado como “uno de los más graves errores de nuestra época”. Toda la vida, sin excepciones, hace de espejo de las vivencias cristianas del educador:
“Por su seriedad profesional, por su apoyo a la verdad, a la justicia y a la libertad, por la apertura de miras y su habitual actitud de servicio, por su entrega personal a los alumnos y su fraterna solidaridad con todos, por su íntegra vida moral en todos los aspectos, el laico católico tiene que ser en esta clase de escuela el espejo viviente en donde todos y cada uno de los miembros de la comunidad educativa puedan ver reflejada la imagen del hombre evangélico.” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 52).
3.2- Autenticidad‑coherencia
El comportamiento debe ser consecuente con la palabra. No se le escapa al educador que, fundamentalmente, educa con su testimonio, con su obrar. Las actitudes y comportamientos del educador cristiano deben estar inspirados y motivados por la fe:
“La plena coherencia de saberes, valores, actitudes y comportamientos con la fe desembocarán en la síntesis personal entre la vida y la fe del educando. Por ello, pocos católicos tan calificados como el educador, para conseguir el fin de la evangelización, que es la encarnación del mensaje cristiano en la vida del hombre.” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 31).
Pablo VI, en la Evangelii Nuntiandi, nos enfrenta, a educadores y evangelizadores, con nosotros mismos, ante el testimonio profundo de nuestra conciencia, al preguntarnos:
‑ “¿Creen ustedes verdaderamente en lo que anuncian?

- ¿Viven lo que creen?



- ¿Predican verdaderamente lo que viven?”17.
Por esta misma visión creyente, el educador cristiano debe manifestar una visión realista, pero esperanzada, de la vida (El laico católico, testigo de fe en la escuela 26).
3.3- Testimonio de vida
Para De La Salle, el ejemplo es una de las cualidades imprescindibles del educador cristiano. Lo justifica así:
“Pues el ejemplo produce mucha mayor impresión que las palabras en las mentes y en el corazones; principalmente en los niños, quienes, por carecer aún su mente de suficiente capacidad de reflexión, se forman ordinariamente imitando el ejemplo de sus maestros; y se inclinan más a hacer lo que ven en ellos que lo que les oyen decir, sobre todo cuando sus palabras no concuerdan con sus obras.” (Meditaciones para los días de retiro 202,3,2).
El educador se ve, permanentemente, asaeteado por la mirada escrutadora de sus alumnos. El educador debe sentirse el “buen pastor”, el “buen samaritano”, cercano, abordable, conocedor de cada uno de sus discípulos -y de su entorno-18, dispuesto en todo momento a la acogida. Él se convierte para muchos niños y jóvenes en un modelo referencial trascendente, por esto mismo, su responsabilidad le obliga a no traicionar a esas miradas receptivas e inocentes. La cercanía y persistencia de su testimonio le hace todavía más responsable.
Si la escuela católica puede constituir un modelo referencial para la sociedad por los valores que impulsa, son los educadores quienes encarnan dichos valores y de ellos depende la supervivencia de una institución y de la fuerza de su proyecto; por eso:
“Los profesores, con la acción y el testimonio, están entre los protagonistas más importantes que han de mantener el carácter específico de la escuela católica.” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 76)
3.4- Vive su fe y misión en comunidad
“La concepción de la escuela como comunidad, aunque no se agote en ella, y la conciencia generalizada de esta realidad, es uno de los avances más enriquecedores de la institución escolar de nuestro tiempo” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 22).
Ninguna dimensión de la persona del educador cristiano se subraya tanto en los últimos documentos eclesiales como el aspecto comunitario, derivado de una eclesiología de comunión –idea central en los documentos del Concilio–19. El educador cristiano “se asocia” en una “comunidad intencional” para llevar a cabo una misión eclesial. “La escuela católica”20 justifica que esta dimensión viene exigida por “la naturaleza del hombre, el mismo proceso educativo y la naturaleza misma de la fe”21; se habla de “La escuela católica”, lugar de encuentro de la comunidad educativa cristiana:
“Las escuelas deben convertirse en ‘lugares de encuentro de aquellos que quieren testimoniar los valores cristianos en toda la educación’. Como toda otra escuela, y más que ninguna otra, la escuela católica debe constituirse en comunidad que tienda a la transmisión de valores de vida... La fe cristiana nace y crece en el seno de una comunidad.” (La Escuela Católica 29).
La comunidad creyente se convierte en punto de referencia de todo el proceso pastoral y de maduración de la fe, -que la misma comunidad apadrina-, de “signo” para cuantos quieren ver encarnados los valores evangélicos y el punto de convergencia de toda la vida cristiana de un grupo. La educación de la fe incumbe a toda la comunidad.
En el caso especial en el que la Iglesia, al crear escuelas que confía a los laicos, o que los mismos laicos establecen, les pide especialmente que “su principal preocupación sea la de crear un ambiente comunitario penetrado por el espíritu de caridad y libertad, atestiguado por su misma vida”22. El educador debe ser una persona “solidaria” por naturaleza23. El proceso formador de los niños, necesitados de un clima “íntimo y acogedor” que les recuerde el hogar familiar24. Éste es el proceso real de evolución de la formación hasta llegar a la comunidad cristiana: “se comenzó por la escuela, para construir después el edificio sagrado y promover una comunidad cristiana25. Los educadores cristianos debemos plante­arnos superar el concepto de comunidad escolar para llegar al de comunidad cristiana.
“La comunidad educativa debe aspirar a constituirse en la escuela católi­ca, en comunidad cristiana, es decir, en verdadera comunidad de fe... Es sumamente deseable que el laico católico y, muy especialmente, el educador esté dispuesto a participar activamente en grupos de animación pastoral o cualesquiera núcleos válidos de fermento evangélico” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 41).
3.5- Comprometido en una nueva evangelización
El “celo” y “la entrega” a los alumnos distinguen al auténtico educador cristiano. El “vayan también ustedes a mi viña” Matero, 20,3 sirve al documento papal26 para recordar a todos los cristianos su responsabilidad bautismal. Al optar por Jesús, el cristiano se asocia a su misión salvadora. Cada cristiano debe sentirse llamado y enviado, personalmente, por el Señor a proclamar la Buena Noticia Isaías 61,1‑3; Lucas, 10,1.
La nueva forma de evangelización que ha proclamado el Papa implica un “nuevo estilo de colaboración entre sacerdotes, religiosos y fieles laicos”27, que hace de la presencia de los laicos un “desafío eclesial”28 por su papel en la comunión y en la misión de la Iglesia. No basta con tener fe, con hablar de Dios: “el Dios del que sólo se habla, ya es un ídolo. Cuando sólo nosotros hablamos de Dios y no le dejamos hablar a Él, cuando lo suplantamos, aunque sea para defenderlo estamos en la idolatría” observa R. Paniker.
Ha llegado la hora de emprender una nueva evangelización”, es la respuesta a una sociedad que no sacia al hombre ni responde a sus llamadas más profundas. Pero esta evangelización quiere tener un nuevo rostro: “Nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones” para toda la Iglesia y, en particular, para el laico católico
“que desempeña una función evangelizadora en las diversas escuelas, y no sólo en la escuela católica, dentro de las posibilidades que los diversos contextos sociopolíticos existentes en el mundo actual le permiten” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 14).
El educador cristiano se ve urgido a dar respuestas con su vida, desde su tarea en el centro educativo, a formar la sensibilidad para la educación en la justicia, la solidaridad, el respeto a la vida, a la libertad, a anunciar el Evangelio y construir el Reino de Dios29. Debe sentirse implicado en una “pastoral misionera”, que entiende la educación de la fe como un proceso continuado en el que van convergiendo la gracia de Dios y la voluntad libre del hombre.
En este proceso, la escuela da especial importancia a los momentos de “pre-evangelización”, donde se intenta fomentar el interés y preparar al hombre a abrirse a la oferta de la fe. Del educador cristiano esperan los jóvenes recibir “razones para vivir y razones para esperar.” (Gaudium et Spes 32).
3.6- Solidario y responsable en una misión eclesial compartida
“La vocación del laico cobra su plena significación a la luz de la misión de la Iglesia”30. El educador cristiano no puede llegar a la auténtica participación y compromiso de elaborar un proyecto educativo cristiano con otros educadores, sino estimando su propia tarea como vocación y apreciando la misión educativa en su sentido más trascendente31. “En el proyecto educativo se funden armónicamente fe, cultura y vida32; la escuela se constituye en un “centro de vida, y la vida es síntesis”33, promoviendo al “hombre integral, según Cristo”34; los alumnos se sienten “respetados y queridos”35. Y también como educador y como cristiano acepta sin paliativos la exigencia de formar un equipo, una comunidad de trabajo, movida por unos criterios y valores fundados en su fe, y, por esto mismo, reconoce que:
“Es del contacto con Cristo de donde la escuela católica obtiene la fuerza necesaria para la realización de su propio proyecto educativo y crea para la comunidad escolar una atmósfera animada de un espíritu evangé­lico de libertad y caridad”36.
La corresponsabilidad eclesial y ministerial plantea sus exigencias. Habría que hablar menos de corresponsabilidad y actuar todos más corresponsablemente. Como afirma D. Borobio: “Sólo puede hablarse, verdaderamente, de corresponsabilidad, cuando se está dispuesto a capacitar a los demás para la misma y crear espacios necesarios para ejercerla”.
Sintetizamos los criterios que “deben inspirar y hacer homogéneo todo proyecto:


  1. Fidelidad al Evangelio anunciado por la Iglesia. La acción de la escuela católica se sitúa, ante todo, dentro de la misión evangelizadora de la Iglesia.




  1. Rigor en la investigación cultural y del fundamento crítico.




  1. Avance gradual y adaptación de la propuesta educativa a las diversas situaciones de cada persona y de las familias.




  1. Corresponsabilidad eclesial.” (Dimensión religiosa de la educación en la escula católica 101).

El educador cristiano sabe que sólo Dios inspira palabras de vida eterna; ora con fe y se pone en manos de Dios; presenta diariamente sus dificultades y las de sus educandos37; confía plenamente en la acción callada y profunda del Espíritu; acude frecuentemente a la mediación amorosa de María; y sin abandonar su permanente intercesión por sus discípulos, para que la siembra dé sus frutos, tiene la certeza de que el Reino de Dios sigue creciendo sin depender de sus esfuerzos, e incluso mientras duerme Mateo 4,27.




Compromisos

del educador lasallista





equilibrio



autenticidad



tesitmonio



comunidad



nueva evangelización



compartir la misión


4- Perfil del educador lasallista
Juan Bautista De La Salle, sacerdote, a partir de una profunda conversión personal, convivió y se hizo uno más dentro de la comunidad de sus primeros maestros, siendo semejante a ellos en todo38. La formación de los primeros maestros marcó un proceso de identidad del maestro que requería la escuela cristiana de su tiempo. Hoy, en una sociedad más compleja y plural, debemos aceptar la realidad y diversidad humana y religiosa de los educadores laicos, sin olvidar algunos rasgos que marcan el perfil del educador lasallista39, indispensables para una mutua complementariedad.
La primera “Guía de las Escuelas” (3.ª parte) asigna una labor imprescin­dible al director o inspector de las escuelas, para atender a la formación y al seguimiento de los maestros noveles. Debemos reconocer hoy una mayor facilidad de acceder a los medios formativos y de perfeccionamiento, pero con más amplitud y exigencia profesional. La completa formación hoy apunta al conocimiento y vivencia del carisma y la pedagogía lasallista. No obstante, el “perfil” siempre se proyecta a una constante búsqueda de estos rasgos:
4.1- Preparación y competencia profesional
El educador lasallista se dedica plenamente con profesionalidad a la educación de los niños y jóvenes. Su competencia no se ciñe al ámbito intelectual, sino que abarca los aspectos pedagógicos más exigentes y cuanto le cualifica para la formación integral cristiana de los educandos40, así como para estar a la altura de su fe adulta.
La plena profesionalidad tiene hoy una diversidad de exigencias y contenidos. Por eso, la formación psicopedagógica, formación espiritual, catequética, animadora, etc., exigen hoy una preparación más científica e interdisciplinar, que evite lagunas y tienda a una apuesta de formación humana integral, al mismo tiempo que explícitamente cristiana.
4.2- Vivencia cristiana y dedicación plena
El educador lasallista se siente vocacionado a vivir la educación como una misión de especial trascendencia. Es consciente de la importancia del ejemplo de su vida para sus alumnos. Vive su opción cristiana en sintonía eclesial. Contempla su propia elección al ministerio educativo como un don de Dios y un privilegio para poder servir mejor a los más necesitados. Por ello, el amor al educando se muestra en la entrega total –“de la mañana a la noche”-, el conocimiento personal de cada discípulo, su disponibilidad, la gratuidad, la corrección al alumno, son frutos de esa convicción y formación cristianas. Está atento a los alumnos más necesitados, ora por ellos y los acompaña en un proceso de crecimiento humano, social, intelectual y cristiano. El educador lasallista no puede, por tanto, ser ajeno al proyecto pastoral de la institución, a una acción explícita de evangelización, catequesis, animación del proceso formativo cristiano y al testimonio de la comunidad cristiana colegial41. Pero el testimonio más imprescindible es el de su actitud y síntesis creyente, expresado en la vida diaria del aula.
4.3- Asociado a otros educadores para un proyecto educativo cristiano
De La Salle no concibe a su maestro si no es comunitario, que garantiza un proceso educativo y un método de calidad. El educador lasallista tiene conciencia de participar en un complejo proceso educativo que le implica totalmente. Asume con plena disponibilidad las responsabilidades que se le exijan y que le permitan sus capacidades, en aras de una mayor calidad en la obra edu­cativa (El laico católico, testigo de fe en la escuela 38, 45, 78).
El educador lasallista construye equipo y comunidad educativa, pone en común todas sus cualidades y se integra con otros educadores en grupos y asociaciones que le permiten crecer en su identidad y en el servicio cualificado de la misión educativa (El laico católico, testigo de fe en la escuela 48).
No se le escapan al educador las múltiples dimensiones de su acción educativa: como mediador de aprendizajes significativos para sus alumnos, educador de valores, tutor, orientador y guía en el proceso de maduración de cada alumno.
4.4- Dispuesto a una actualización y formación permanente
Los avances técnicos y los cambios constantes en los saberes exigen del educador lasallista una actitud abierta para llevar a cabo su constante actualización profesional42. Uno de los aspectos más exigentes del educador es su autosuperación personal para ser capaz de responder, en cada época, a las necesidades educativas de la juventud.
De La Salle enumera las 12 virtudes del buen maestro, que es un camino de perfeccionamiento para todo educador.
El hno. Agatón, superior general, comentó estas 12 virtudes-actitudes que marcan un camino de crecimiento para el maestro lasallista: “gravedad, silencio, humildad, prudencia, sabiduría, paciencia, mesura, mansedumbre, celo, vigilancia, piedad y generosidad”.
4.5- Vivencia ministerial del educador cristiano
El ministerio de la educación cristiana exige una dimensión creyente en el educador. Debe superar la simple relación laboral y adoptar la pers­pectiva vocacional e inspirarse en criterios evangélicos43. Esta nueva visión y conciencia de identidad rompen las barreras de su individualismo y le permiten considerarse un enviado de toda la comunidad cristiana y contemplar su misión en una dimensión eclesial. Así pues, la tarea educativa sólo alcanza esta dimensión ministerial cuando se integra en una acción comunitaria y eclesial, que da sentido estable a la misión evangelizadora.
Esta perspectiva en el educador exige una mayor formación teológica y mayor vivencia cristiana, para impregnar su tarea educativa de una dimensión y de un valor trascendente y comunitario. Ninguna tarea se puede reconocer ministerial sino en razón de la importancia de esa función para la proclamación de la Palabra de Dios y del servicio a los hermanos (Declaración 38)
Para De La Salle, el educador cristiano es el “mediador querido por Dios”44. De la misma manera que De La Salle recuerda su dedicación y responsabilidad en realizar con éxito su misión, le anticipa la visión escatológica de su obra salvadora y el galardón eterno prometido por Dios, que empieza a recibir ya en esta vida terrena (Meditaciones para los días de retiro 207-208).


Dedicación plena




Competencia profesional

 

Educador lasallista

  

Formación permanente




Ministerio educativo




Asociado




Para la reflexión y el diálogo


  1. ¿Qué elementos peculiares de la sociedad actual te suponen una mayor dificultad y más desafían tu tarea de educador?




  1. ¿Qué exigencias conlleva tu condición de educador cristiano, en relación con tu formación, testimonio e identidad personal?




  1. ¿Qué aspectos lasallistas valoras como más peculiares, y constituyen para ti la mayor fuente de motivación, en una tarea de educador cristiano?




  1. ¿Tiene el proyecto educativo de tu institución educativa lasallista auténtica dimensión evangelizadora?

¿Cómo se manifiesta en el clima colegial?

¿Cómo puedes enriquecerse en el proceso de educación de la fe de los alumnos?




  1. ¿Qué supondría para tu compromiso personal y cristiano, llegar a integrarte en un grupo o en una comunidad de fe?

¿Qué proceso se puede seguir a este fin, en la formación permanente y de animadores entre los educadores de tu comunidad educativa o en tu entorno?


  1. ¿Qué pasos se pueden dar en la formación, en el conocimiento del carisma lasallista y del ideario de las Instituciones educativas lasallistas, en la misión compartida a todos los niveles, etc., para instaurar la auténtica corrresponsabilidad en tu Institución?

¿Qué dificultades hay que salvar?


  1. ¿Qué caminos sugieres para profundizar, como cristianos lasallistas, en el conocimiento y vivencia comprometida de la espiritualidad de San Juan Bautista De La Salle?


Lecturas complementarias

Dificultades estructurales

“El profesor está sobrecargado de trabajo, obligándosele a realizar una actividad fragmentaria, en la que, simultáneamente, debe batirse en distintos frentes: ha de mantener la disciplina suficiente, pero ser simpático y afectuoso; ha de atender individualizadamente a los niños sobresalientes que querrían ir más deprisa, pero también a los más torpes que tienen que ir más despacio; han de cuidar del ambiente de la clase, programar, evaluar, orientar, recibir a los padres, tenerlos al corriente de los progresos de sus hijos, organizar diversas actividades para el centro, atender frecuentemente problemas burocráticos... Ia lista de exigencias parece no tener fin. Las investigaciones sobre el ‘agotamiento’ del profesor nos lo muestran como un profesional sobrepasado, al que, por la acumulación de responsabilidades y expectativas, desproporcionadas para el tiempo y los medios de que dispone, se le obliga a hacer mal su propio trabajo”45.


“Sería vivir de espaldas a la realidad ignorar las grandes dificultades que esto implica (falta de competencia cultural, psicopedagógica...) que, con frecuencia no adecuadamente retribuido, tiene que ejercer a voces un pluriempleo casi incompatible con ese trabajo de perfeccionamiento profesional, tanto por el tiempo que demanda como por el cansancio que genera...” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 27)
“Su tarea de educador rebasa ampliamente la del simple docente, pero no la excluye... Pero la profesionalidad de todo educador tiene una característica específica que adquiere su significación más pro­funda en el caso del educador católico: la comunicación de la verdad. En efecto, para el educador católico, la verdad será siempre una participación de la verdad, y la comunicación de la verdad, como realización de su vida profesional, se convierte en un rasgo fundamental de su participación peculiar en el oficio profético de Cristo, que prolonga con su magisterio.” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 16).
La vocación e identidad del educador cristiano
“Los fieles laicos están llamados, a pleno título, a esta común vocación, sin ninguna diferencia respecto de los demás miembros de la Iglesia. Todos los fieles de cualquier estado y condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad... La vocación a la santidad hunde sus raíces en el Bautismo. La vida según el Espíritu suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en el hambre y la sed de justicia, en el llevar a la práctica el man­damiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de los que sufren” (Christifideles Laici 16).
“Los padres sinodales (del ‘Sínodo de Roma sobre los laicos’) han puesto de relieve la urgente necesidad de que los fieles laicos maestros y profesores en las diversas escuelas, católicas o no, sean verdaderos testigos del Evangelio, mediante el ejemplo de vida, la competencia y rectitud profesional, la inspiración cristiana de la enseñanza, salvando siempre –como es evidente– la autonomía de las diversas ciencias y disciplinas. Es de particular importancia que la investigación científica y técnica llevada a cabo por los fieles laicos esté regida por el criterio del servicio al hombre en la totalidad de sus valores y de sus exigencias. A estos fieles laicos, la Iglesia les confía la tarea de hacer más comprensible a todos el íntimo vínculo que existe entre la fe y la ciencia, entre el Evangelio y la cultura humana” (Christifideles Laici 62)
“Los exhorto vivamente a todos y a cada uno, pastores y fieles, a no cansarse nunca de mantener vigilante, más aún, de arraigar cada vez más -en la mente, en el corazón y en la vida‑ la conciencia eclesial; es decir, la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo, partícipes de su misterio de comunión y de su energía apostólica y misionera... La conciencia eclesial comporta, junto con el sentido de la común dignidad cristiana, el sentido de pertenecer al misterio de la Iglesia-Comunión.” Christifideles Laici 64.
“Como expresión de una sociedad nueva en la que la escuela cristiana ha de vivir y expresarse, y como el desafío de una opción ideológica y política que pretende erigirse en modelo educativo válido y único, proyectando y consagrando un serio reduccionismo antropológico y una grave insuficiencia educativa”46.
Vivir la corrresponsabilidad, la solidaridad y la asociación
“La corresponsabilidad es la actitud que lleva a la búsqueda para responder juntos a los desafíos y exigencias de la misión común, en interdependencia de unos con otros o, incluso mejor, en solidaridad.
Para todos los educadores lasallistas, esta manera de vivir según el espíritu de asociación significa, al nivel local, sentirse corresponsables de su puesta en práctica y ser colaboradores constantes y firmes en su realización. De hecho, se trata de estar convencidos de que el mantenimiento de un centro lasallista es, ante todo, una preocupación que concierne a todos, y luego actuar en consecuencia. A nivel de Distrito, también supone el reconocerse como miembro de una red de educadores y de instituciones que comparten el mismo espíritu y proyecto educativo.
El espíritu de asociación vivido de esta manera genera cercanía entre los hombres y mujeres de diferentes creencias religiosas, que trabajan juntos en el servicio educativo común de los pobres para construir una humanidad más fraterna. Para los cristianos otorga a su acción una dimensión eclesial por medio del ejercicio de la corresponsabilidad entre los bautizados del Pueblo de Dios”47.

Conciencia ministerial del educador cristiano

“Puede decirse que el educador laico católico es aquel que ejercita su ministerio en la Iglesia viviendo desde la fe su vocación secular en la estructura comunitaria de la escuela, con la mayor calidad profesional posible y con una proyección apostólica de esa fe en la formación integral del hombre, en la comunicación de la cultura, en la práctica de una pedagogía de contacto directo y personal con el alumno y en la animación espiritual de la comunidad educativa a la que pertenece... El educador laico debe estar profundamente convencido de que entra a participar en la misión santificadora y educadora de la Iglesia, y, por lo mismo, no puede considerarse al margen del conjunto eclesial.” El laico católico, testigo de fe en la escuela 24).48


“La participación tiene una base sacramental, dice Mons. A. García Gasco, y es expresión de la docilidad al Espíritu de Dios que actúa en la comunidad cristiana y en cada uno de sus miembros Yo creo que, si no se da esta fundamentación en el compromiso vocacional del laico, podíamos caer, efectivamente, en buscarlo como ‘suplente’, como colaborador, pero nunca ayudándole a descubrir la identidad específica que tiene dentro de la comunidad y la responsabilidad que tiene por sí mismo, porque no viene a colaborar, sino a realizar la parte que le corresponde en la tarea que tiene que hacer la Iglesia en el mundo y dentro de sí misma”49.

Otras actitudes del educador cristiano

“La libertad respetuosa con los demás, la responsabilidad consciente, la sincera y permanente búsqueda de la verdad, la crítica equilibrada y serena, la solidaridad y el servicio hacia todos los hombres, la sensibilidad hacia la justicia, la especial conciencia de ser llamados a ser agentes positivos de cambio en una sociedad en continua transformación... abrir la conciencia de sus alumnos a la trascendencia y disponerlos así a acoger la verdad revelada” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 30)50



Unidad de vida

Testificar cómo la fe cristiana constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud”51. “Los fieles laicos han de testificar valores humanos y evangélicos, como son la libertad y la justicia, la solidaridad, la dedicación leal y desinteresada al bien de todos, el sencillo estilo de vida, el amor preferencial por los pobres y los últimos.” (Christifideles Laici 44).



Testimonio de vida

“Ante el alumno en formación cobra relieve especial la preeminencia que la conducta tiene siempre sobre la palabra. Cuanto más viva el educador el modelo de hombre que presenta como ideal, tanto más será éste creíble y asequible Porque el alumno puede, entonces, contemplarlo no sólo como razonable, sino como vivido, cercano y realizado. Especialísima importancia alcanza aquí el testimonio de fe del educador laico... el factor más importante de la tarea educativa es ‘siempre el hombre y su dignidad moral que procede de la ver­dad de sus principios y la conformidad de sus acciones con estos principios’” (El laico católico, testigo de fe en la escuela 32, 40, 55)




Bibliografía recomendada:
  • Agatón, hno., Las doce virtudes del buen maestro. Madrid, 1952.

  • Alcalde, C., El maestro en la Pedagogía de San Juan Bautista De La Salle. Sínite, 3. Madrid. 1961.

  • Gallego, S., Teología de la Educación en San Juan Bautista De La Salle. Madrid. Bruño. 1952.

  • Alphonse, Fr. À l’école de SJBLS. Liegel, París, 1952.

  • Estrada, J. A., La identidad de los laicos. Paulinas. Madrid. 1990.


1 Declaración 5-6.

2 Estrada, pág. 7‑9.

3 Estrada, pág. 182.

4 Meditaciones para los días de retiro 193,3,1.

5 El laico católico, testigo de fe en la escuela 37.

6 Christifideles Laici 20.

7 El laico católico, testigo de fe en la escuela 37.

8 Estrada, pág. 196.

9 Meditaciones para los días de retiro 195.2,1.

10 Temas lasalianos 1,7

11 Meditaciones para las fiestas 139,3,2; Temas lasalianos 2,15.

12 Meditaciones para las fiestas 115,3,1-2.

13 Temas lasalianos 1,17.

14 Alphonse, 338.

15 El laico católico, testigo de fe en la escuela 29.

16 Gaudium et Spes 43.

17 Evangelii Nuntiandi, 76.

18 El laico católico, testigo de fe en la escuela 35.

19 Christifideles Laici 19.

20 La Escuela Católica 53‑56.

21 La Escuela Católica 54.

22 Dimensión religiosa de la educación en la escula católica 38.

23 El laico católico, testigo de fe en la escuela 22, 24, 34.

24 Dimensión religiosa de la educación en la escula católica 40.

25 Dimensión religiosa de la educación en la escula católica 41.

26 Christifideles Laici.

27 Christifideles Laici 2.

28 Christifideles Laici 2.

29 Christifideles Laici 39 ss.

30 Estrada, pág. 179.

31 El laico católico, testigo de fe en la escuela 78.

32 Dimensión religiosa de la educación en la escula católica 34.

33 Dimensión religiosa de la educación en la escula católica 109.

34 La Escuela Católica 35.

35 Dimensión religiosa de la educación en la escula católica 110.

36 La Escuela Católica 55.

37 Meditaciones para los días de retiro 196,1,2.

38 Temas lasalianos 2,41.

39 El laico católico, testigo de fe en la escuela 78.

40 El laico católico, testigo de fe en la escuela 64-65.

41 El laico católico, testigo de fe en la escuela 56-59.

42 El laico católico, testigo de fe en la escuela 27 y 70.

43 El laico católico, testigo de fe en la escuela 14 y 24.

44 Gallego, 244.

45 Esteve, J.M, “El malestar docente”. p. 49 ss Barcelona: Laia; 1987.

46 Ver: “Los desafíos de la sociedad de hoy a la educación cristiana”, págs. 51‑68. XXI Jornadas de Pastoral Educativa, Madrid San Pío X. 1990.

47 Consejo General: “La misión lasaliana: educación humana y cristiana. Una misión compartida” CVS: Cuadernos Lasalianos, N° 6.

48 Ampliar en “La Educación Cristiana: de profesionalidad a ministerio”. Tema de las XVIII Jornadas de Pastoral Educativa. García Regidor, T. “El Educador cristiano, Ministro de la Fe en la Escuela”, págs. 151‑185. Madrid, San Pío X. 1978.

49 GARCÍA GASCO, Ag., ¿Qué urgencias descubrimos hoy los obispos con relación a la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo? pp. 221-229.En XVIII Jornadas de Pastoral Educativa, Madrid. S. Pío X 1987.

50 Completar: Brunet, J.J., La respuesta del Educador cristiano –a los retos de la Reforma Educativa– págs. 95-119. En XXIII Jornadas de Pastoral Educativa. Ma­drid, S. Pío X 1992.

51 Christifideles Laici 34 y 59.


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal