1 Apreciaciones preliminares



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Sociedad y Derecho: Dos esferas interdependientes.
Leandro Aníbal Crivaro1

Apreciaciones preliminares
Como surge del lenguaje que empleamos cotidianamente, las palabras “derecho” y “sociedad” tienen un uso frecuente, donde ellas pueden encontrarse en un mismo discurso. Y no es casual que ello suceda, pues surge evidentemente una relación especial entre ellas. No es raro encontrar distintos elementos jurídicos en un mismo conjunto social, diferentes sociedades que adoptan el mismo sistema jurídico, así como varios sistemas jurídicos en una misma integración poblacional.

Esto sucede debido a que la sociedad no es un cuerpo estático, de elementos fragmentados e idénticos entre sí, sino que cuenta con una diversidad de integrantes y una dinámica particular que permite la recepción de reglas acordes al conjunto que regula y que generalmente son derivadas del mismo, quien, a su vez, las crea, moldea, condiciona o extingue.

El siguiente análisis tiene por objeto describir y explicar los puntos de contacto entre estos dos planos diferentes para determinar la interrelación existente entre ellos, que hace, naturalmente, al modo de manifestación de cada uno en la realidad.

Normalmente, concebimos a la sociedad como a un conjunto en abstracto de individuos relacionados socialmente en un tiempo y lugar determinados, dándole una entidad diferente a la nuestra, como si se tratara de un sujeto aparte, que vive y siente por sí mismo. Reconocemos un comportamiento diferente al propio en este nuevo ser, con cierta conciencia de pertenencia pero sin un verdadero compromiso colectivo; más bien, observándola externamente. Es cierto que tenemos la tendencia de reconocer la presencia de esta entidad, pero raras veces nos sentimos parte de la misma en el quehacer cotidiano.

Tal es la condición de las cuestiones sociales: se encuentran tan intrínsecamente ligadas a los individuos que éstos difícilmente se vean ajenos a lo que sucede el mundo que los rodea, no puedan describir a los fenómenos sociales tal como suceden y, muchos menos, negar su existencia.

Sin embargo, no siempre fue esta la idea que prevaleció en la humanidad y el estudio particular de la sociedad como tal, de modo autónomo, es relativamente reciente. En el devenir histórico, según las tendencias de cada época, fueron variando los apogeos de las ciencias que conocemos y también fue extensa la discusión de aquello que se consideraba ciencia y aquello que no. Lo cierto es que, hasta comienzos del siglo XVIII, los sucesos que merecían un abordaje científico se relacionaban estrictamente con las ciencias naturales y era toda una confusión encajar estos fenómenos de carácter social en este tipo de estudios.

El primero en tratar esta temática ha sido el llamado “padre de la Sociología”, Augusto Comte (1758-1857), quien diera inicio al abordaje específico del estudio social desde una perspectiva científica. Si bien no la denominó como tal, prefería el término “Física Social”, reflejando un caprichoso intento de achacar al incipiente desarrollo de la Sociología en el encuadre de las ciencias naturales, las más respetadas de aquel contexto histórico.
El comienzo del estudio sociológico
Tal como se mencionara en el apartado anterior, Comte dio el primer paso para distinguir fenómenos distintos a los abordados en su época. Durante el siglo XVIII, se expresaba en su máximo esplendor el auge de las ciencias naturales y los fenómenos sociales no escapaban a este suceso. Por ello, no casualmente esta corriente intentó estudiarlos en estos términos, concibiendo a la Sociedad como un organismo vivo, con normas que la gobernaban de modo similar a leyes de la fisiología y sus complementos más específicos2.

De esta manera, este pensador entendió que toda sociedad pasaba por tres estadios de evolución, cada uno con características diferentes y superior al anterior: el teológico, el metafísico y el positivo.

En el estadio teológico, los individuos depositan sus creencias, para explicar el modo en que se desarrollaba el entorno que los rodeaba, en distintos centros de adoración. Así, distinguía el fetichismo (momento en el que la explicación de dicha dinámica provenía de objetos materiales; tótems, monumentos, amuletos, entre otros), el politeísmo (etapa en que se encontraba la respuesta a estas preguntas mediante la fe en varias divinidades) y el monoteísmo (fe en los dogmas proclamados por un mismo dios).

En el estado metafísico, según estos postulados, el hombre ya no entiende a los objetos materiales o divinidades como elementos para explicar el por qué del devenir histórico sino que hacía lo propio con esencias. Tal es el caso de las leyes.

Vale mencionar que Comte consideraba que los pensadores del Iluminismo estaban estancados en la segunda etapa de evolución social, manteniendo una disputa interna entre los defensores de la Revolución Francesa y los conservadores del régimen absolutista. Por su parte, Zeitlin, exponiendo sobre este autor, deduce que: "La crisis social se mantendrá mientras las dos doctrinas antagónicas- la teológica y la metafísica- prevalezcan. No es posible ningún orden hasta tanto ambas no sean superadas por la etapa positiva, que será más orgánica que la teológica y más progresista que la metafísica"3.

Sin lugar a dudas, la etapa más importante y de plena evolución para este científico es la positiva, donde se destaca el gobierno por parte de científicos y en aplicación de lo mejor de las leyes del Orden y del Progreso4. Hablando de esta fase, expresó Comte que "en el estado positivo, el espíritu humano, reconociendo la imposibilidad de alcanzar nociones absolutas, renuncia a buscar el origen y el destino del universo y a conocer las causas intrínsecas de los fenómenos, para dedicarse exclusivamente a descubrir- con el uso bien combinado del razonamiento y de la observación- sus leyes efectivas, es decir, sus relaciones invariables de sucesión y de similitud"5.

Más allá de este gran salto inicial de abordar estos fenómenos de modo singular, Comte no fue el único en preocuparse por esta temática. Émile Durkheim, con el firme propósito de distinguir a los sucesos derivados específicamente sociales, afirmó que los hechos sociales son “formas de obrar, pensar o sentir, exteriores al individuo y están dotados de un poder de coacción en virtud del cual se le imponen”6. Marcaba de este modo la particularidad del objeto de la Sociología, contribuyendo así a la aceptación de esta como ciencia autónoma.

De esta manera, puede verse nítidamente que son manifestaciones conductuales de variada procedencia (asociadas a pensamientos, sensaciones, actos, costumbres), que son exteriores por existir antes que cada sujeto (cada uno de nosotros los ejecuta por haberlos aprendido por transmisión de otra persona) y que influyen coactivamente, es decir, imponiendo una fuerza externa en el agente para llevarlo a cabo.

Es interesante la innovación de este pensador en la investigación sociológica al tratar al suicidio. En su obra propone tomarlo como un fenómeno social, ya no solo circunscripto a la esfera del sujeto que toma aisladamente esta resolución respecto de su propia vida, sino extrayendo características en común entre los suicidios que acontecían en similares circunstancias, en un mismo tiempo y lugar.

Dentro de este fenómeno, distinguió tres tipos principales de suicidios:

1) Egoísta: Tiene su causa en un inmenso aislamiento del individuo con respecto a la sociedad. Es el suicidio de los que no tienen lazos fuertes de solidaridad social, de los marginados y solitarios.

2) Altruista: Sería el caso opuesto al anterior; sucede cuando el sujeto está demasiado ligado a la sociedad. El clásico ejemplo es del miembro de un ejército, donde resulta esencial un nivel alto de integración. En el momento en que Durkheim estudió este suceso, la tasa de muertes voluntarias de militares era mucho mayor que la de los civiles, pudiendo explicarse de este modo esta apreciación que toma sobre esta subclase.

3) Anómico: aquel que no ha sabido aceptar los límites que la sociedad impone y cae en la desesperación, por aspirar a más de lo que puede.

Se trata, en términos de Portantiero, cuyo estudio es base del desarrollo esta clasificación, de “corrientes suicidógenas”7 caracterizadas por un contexto social determinado, que permiten estudiar a estos hechos en concreto como trascendentes de lo individual, dada la particularidad de que obedecen a causas sociales.

Además, en su obra “La división social del trabajo”, Durkheim destaca la importancia de la moral en la sociedad, a la que define como el elemento aglutinante de ésta y aquella que mantiene los lazos de solidaridad. Lejos de considerar éste último concepto como algo alusivo de las cualidades individuales del sujeto, la clasifica según el tipo de estructura social abordada. Así, establece que existen dos clases:

1) Solidaridad mecánica: Tiene lugar en las organizaciones más primitivas, donde los individuos son muy semejantes, con escasas diferencias entre sí, lo que genera escasas posibilidades de conflicto.

2) Solidaridad orgánica: Decididamente más compleja que la anterior, parte de la diferenciación entre los individuos que componen la sociedad y la consecuente recurrencia de conflictos entre ellos, que hacen necesaria la intervención de una autoridad exterior que establezca límites a dichos enfrentamientos.

Todas estas ideas nacen básicamente de la premisa de que existen fenómenos de índole social, distintos de los que estudian otras ciencias, con objetos y métodos propios, más allá de que las posturas acerca de cuáles son los adecuados puedan variar y no obtengan siempre los mismos resultados. Ello hace a la diversidad de razonamientos que surgen del análisis de los hechos sociales y a la importancia de su estudio.

Mientras tanto, otra mirada focalizó más que en los hechos sociales, en otro fenómeno más alusivo a lo conductual del individuo: la acción social. Ésta hace referencia a la conducta humana dirigida por un sentido subjetivo y mentado. Es decir, una intencionalidad que surge del mismo ser humano y se proyecta sobre los otros, quienes, a su vez, determinan su accionar.

Para esta visión, la Sociología es “una ciencia que pretende entender, interpretándola, la acción social, para de esa manera explicarla causalmente en su desarrollo y efectos”8, postulando así a la acción social como objeto de estudio de esta disciplina. Este fenómeno está determinado por un sentido elaborado por el propio sujeto hacia el otro o los otros. Las acciones se manifiestan ya sea en un hacer o en un no hacer, omitir o consentir, externo o interno, siempre direccionado hacia otro ser humano o grupo de tales.

No se trata de un sentido objetivamente verdadero o justo; no entra aquí el plano valorativo de la conducta social analizada. Es ciertamente la diferencia entre las Ciencias Sociales, que consideran hechos verificados empíricamente, con el derecho, que pretende investigar en su objeto el sentido de justicia.

Sin embargo, explica este pensador que, para comprender la realidad social, debemos tener en cuenta la configuración de “tipos ideales”, es decir, elementos abstractos que explican lo que sucede realmente y facilitan el entendimiento del comportamiento humano en sociedad.

Son construcciones teóricas que pueden dirigir la formulación de una hipótesis pero no lo son ni una descripción de la realidad social. No pueden ser verdaderos ni falsos; nacen al marcar uno o varios puntos de vista y asociar un número de hechos aislados, agrupándolos y formando un mapa homogéneo de pensamiento.

Se suele incurrir en el error, al tratar estos modelos, de que se los confunda con la realidad social misma o que se intente adaptar fenómenos reales, forzando su naturaleza, a tipos ideales que no responden a ellos. También es posible que a estas ideas abstractas se les endilgue la cualidad de reales cuando no lo son.

De esta manera, el autor indica cuatro tipos ideales de acción social:

a) Acción social con arreglo a fines: Está determinada por las expectativas de los otros, que constituyen medios para lograr fines racionalmente perseguidos. Por ejemplo, estudiar para aprobar un examen.

b) Acción social con arreglo a valores: Relacionada a las creencias en valores éticos, estéticos, religiosos, sin vinculación alguna con su resultado. Es el caso de un marino que se suicida si pierde el barco durante una batalla.

c) Acción tradicional: Íntimamente asociada a una costumbre arraigada. Por ejemplo, celebrar matrimonios “convenidos” dentro de una misma clase social.

d) Acción afectiva: Dada por las emociones, afectos y sentimientos. Verbigracia, delitos cometidos en emoción violenta.
Por otra parte, establece tres tipos ideales de dominación:

a) Poder: Es la probabilidad de imponer la voluntad propia en una relación social contra cualquier tipo de resistencia por parte de los otros participantes del vínculo.

b) Dominación: Es la probabilidad de que un mandato con contenido determinado sea obedecido por un conjunto de personas.

c) Disciplina: Es la probabilidad de hallar obediencia a un mandato, de manera simple y espontánea.

A su vez, este teórico reconoce tres tipos ideales de dominación legítima:

a) Racional-legal: Está basada en la creencia en que lo estatuido tiene legitimidad. Tal es el caso del imperio de los tres poderes del Estado establecidos en la Constitución Nacional.

b) Tradicional: Fundada en la creencia en la santidad y legitimidad de las tradiciones particulares, como sucede con ciertos profetas.

c) Carismática: Está basada en los rasgos personales de un individuo por su heroísmo, santidad, su ejemplaridad o hazañas. Por ejemplo, líderes deportivos, de la música o la política.

Weber no estuvo lejos de las críticas atento a su posición sobre el pensamiento de Carl Marx, un destacado en el campo de la llamada Teoría del Conflicto, sosteniendo que sus postulados, más que a la constitución de una sociedad sin Estado, llevaría a la sobreburocratización de éste. A su vez, proponía el gobierno de los mejores, lo que lo llevaría a ser considerado como parte del fundamento teórico para el régimen nazista, de Alemania hacia 1933.

Por su parte, Marx concebía que la sociedad no se mantenía en un estado de equilibro orgánico entre las partes de la estructura social, como en el funcionalismo de Talcott Parsons9, sino que los vínculos en este complejo eran fundamentalmente de tensión entre las partes integrantes del cuerpo social.

El filósofo entendía la realidad desde una visión materialista del mundo y consideraba que el motor de la historia era fundamentalmente la lucha de clases. Sostenía, en este esquema de estratificación social, que había dos sectores en pugna constante en el devenir histórico: la burguesía, una clase ambiciosa que tomó el poder en la Revolución Francesa, detenta todos los medios de producción y no necesita trabajar debido a la renta que le pueden proporcionar sus recursos económicos; y por otro lado, el proletariado, un conjunto mayoritario de individuos que no tienen otros medios de subsistencia que su fuerza de trabajo, con lo que se ven obligados a laborar en las peores condiciones para sobrevivir. Por estas causas, Marx postulaba categóricamente que el vínculo que une a estas dos clases es de explotación.

Defiende este pensador su teoría viendo reflejado este esquema dual de antagonismo en reiteradas escenas históricas: amos y esclavos en las civilizaciones primigenias (Egipto, Babilonia, Roma, Grecia, por nombrar algunas); señores y vasallos en la Edad Media (quienes recibían techo y protección a cambio del exhaustivo trabajo de la tierra); burgués y peón asalariado en la sociedad industrial, graficando ésta última representación como una versión renovada y moderna de las anteriores.

Dado este panorama de conflicto, el autor vaticina que recién cuando esta clase marginada adquiera “conciencia en sí” (de su condición de explotados y del aprovechamiento de los burgueses) y “conciencia para sí” (de su capacidad de modificar tales circunstancias creando una verdadera revolución), podría tomar el poder llevando a cabo la dictadura del proletariado y concretando una sociedad sin Estado, deduciendo que éste es una creación de la élite explotadora para legitimar su abuso.

Tampoco Carl Marx se salvó de opiniones encontradas cuestionando su teoría, acerca de su imposibilidad de concreción o la incertidumbre que generaría la solución que plantea sobre una sociedad sin estructura estatal. Sin embargo, sus ideas fueron fuente original de la formación de agrupaciones políticas reconocidas y de procesos revolucionarios de relevancia en la historia mundial.


La influencia del Derecho en la sociedad.
Ante esta realidad, la de una sociedad que es producto de la unión de una pluralidad de sujetos que se manifiesta de modo diferente cuando se interrelaciona con otros, surge la duda de si este conjunto se manifiesta de modo accidentado, desordenado, o si siempre respeta ciertas reglas. Éstas pueden nacer de la convención, la costumbre, la moral de un pueblo o de normas jurídicas; todas ellas han de ser el eje esencial de conducción de la estructura social.

En este sentido, podemos decir que, aún en agregados sociales que denoten inconsistencias entre sus miembros, rebeldía o anarquía, existen pautas de conducta (en este ejemplo, conducirse de modo rebelde). A partir de ello, se concluye que sería muy difícil concebir algún tipo de sociedad sin reglas y éstas, lógicamente, hacen al derecho imperante en la misma.

En relación a estas ideas, surge la cuestión de la anomia. Ésta remite en un principio a la idea de ausencia de normas; sin embargo, como se viniera adelantando en estas apreciaciones, las pautas de convivencia aparecen siempre, al menos implícitamente. Durkheim se inclinaría por esta afirmación siempre y cuando los denominados “órganos solidarios” cooperen sostenidamente: “Puesto que la forma definida que con el tiempo toman las relaciones que se establecen espontáneamente entre las funciones sociales es la de un conjunto de reglas, cabe decir, a priori, que el estado de anomia es imposible donde quiera que los órganos solidarios se hallan en contacto suficiente y suficientemente prolongado”10.

Inversamente, ¿podría pensarse en un derecho sin sociedad? Las normas tienen un conjunto de destinatarios indeterminados sobre el que ejercen su poder y donde opera su virtualidad. Son creadas en base al análisis de las acciones que llevan a cabo los sujetos sociales (recibir educación, trabajar, conducirse públicamente, elegir a sus representantes, entre innumerables casos), con el fin de fomentarlas, prohibirlas o permitirlas. Se crea así un fuerte vínculo derivado de la necesidad de hechos concretos con aptitudes para ser analizados y regulados por el derecho que, en definitiva, son los fenómenos con relevancia social, es decir, los hechos sociales.

Retomando las ideas de Weber, el derecho, a diferencia de las ciencias sociales, se crea, practica y ejerce con el fin de realizar el sentido de justicia, siendo de este modo plenamente valorativo. No hay posibilidad de análisis de objetividad en su área de conocimiento, dado que cada disposición emite un mensaje de protección hacia un bien deseado, elegido por la autoridad competente que la origina, y promueve un modelo de conducta a seguir especialmente estimado.

La máxima finalidad de Justicia alude a la existencia previa y necesaria de un receptor común ineludible, la sociedad, y sin cuya interacción no se podría concretar este objetivo esencial. Asimismo, el “fin justo” puede variar entre los distintos ordenamientos jurídicos porque depende necesariamente del tipo de sociedad que lo aplique y su plexo valorativo, ínsito en la cultura, en las creencias, costumbres y pasiones de la comunidad.

¿Cuál es el motivo por el cual existen naciones que ejecutan la pena de muerte, otras que despenalizan el consumo de ciertas sustancias o la realización del aborto, y otras que no? Estas diferencias se relacionan con la importancia de los bienes jurídicos tutelados, las historias vividas por cada pueblo y desde luego, su situación actual. De tal modo, habiendo numerosos modelos de sociedades, cada uno con distintas interpretaciones de lo que constituye delito o lo que se infiere como conducta permitida, pueden coexistir distintas miradas acerca de lo justo y lo injusto en un la comunidad global.

En miras a concretar la idea de justicia, las normas jurídicas deben elaborarse y manejarse de conformidad con la dinámica desarrollada por la estructura social, sin soslayar sus rasgos, atento a que, a partir de estas inadvertencias, pueden tener lugar las inconsistencias que llevan a la inaplicabilidad de una disposición legal.

A título ejemplificativo, el caso del avenimiento del divorcio vincular en nuestro país es orientador de esta práctica eficiente de respetar la dinámica “sociedad-derecho”. Desde un comienzo, la antigua Ley de Matrimonio Civil 2.373 del año 1888 tornó laico el sistema de unión entre personas de distinto sexo frente a la ley, que hasta entonces era registrado únicamente por la Iglesia Católica. Con el natural resabio de esta institución, no estaba permitida la disolución del vínculo conyugal por voluntad de los contrayentes, ostentando mientras viva cualquiera de ellos un impedimento de ligamen para volver a contraer nupcias con otra persona, aún en casos de separación de hecho.

La situación no varió en demasía durante el siglo XX hasta el año 1985, en el que se sancionó la Ley 23.515 que, aparte de modificar cuestiones sustanciales en materia de Derecho de Familia, habilitó la acción de divorcio vincular, sujeta a determinados requisitos legales. Este viraje legislativo no fue gratuito: la sociedad argentina buscaba encontrar una solución legal que legitimara estas situaciones de hecho, donde las parejas unidas en matrimonio se separaban por cuestiones personales y sus miembros no podían posteriormente volver a contraer nupcias por el impedimento aludido. No obstante, ello no impedía que se formen nuevos hogares luego de esas rupturas y lleven una vida normal es su nueva constitución familiar.

De esta forma, la sociedad se desenvolvía más allá de las limitaciones normativas y ello generó el interrogante de si las leyes debían adaptarse a estos nuevos cambios sociales y la respuesta se materializó en este nuevo régimen legal que respaldó el camino que la sociedad había elegido por cuenta propia. Después de todo, la eficacia del derecho en la sociedad está ligada a la receptividad que ésta tuviera acerca del primero. He aquí el rasgo de dependencia de estos planos de la realidad que encontrarán reciprocidad en la necesidad de la estructura social de contar con pautas de convivencia para preservarse en el tiempo.

Similar situación ocurrió con la Ley 26.618 de Matrimonio igualitario, que habilitó en el año 2010 a las parejas de un mismo sexo a contraer matrimonio y someterse a su pertinente legislación civil. Las previsiones legales en esta materia nunca habían receptado la circunstancia de que estas vinculaciones se constituyeron previamente pese a la indiferencia del sistema normativo local. Sin embargo, frente al tinte obsoleto que denotaba éste, se modificó lo necesario para recuperar la coordinación "sociedad-derecho" en este aspecto de la realidad.

En otro sentido, hay veces en que la sociedad es la que debe organizarse conforme nuevas directivas impuestas desde el derecho, que a su vez intentan mejorar un aspecto de aquélla. Puede observarse en las disposiciones de faltas municipales que establecen sanciones para prevenir la acumulación de basura a la calle, o en el de la imposición de tarifas de estacionamiento en el casco urbano con el fin de generar descongestionamiento de tránsito en esa área. Son ejemplos de incorporación de pautas de convivencia de origen jurídico que buscan concretar el fin último de bienestar y su resultado exitoso, prueba de la efectividad de cambios en el conjunto social por iniciativa del derecho.

De manera que aquí los roles de cada esfera no son pasivos: cada uno se manifiesta insurgente ante la presencia de conflictos de la realidad, generando necesariamente modificaciones bilaterales entre estos dos planos en tratamiento.


Consideraciones Finales
Recordando la mirada de Durkheim y su mención acerca de la coacción que denotan los hechos sociales, el derecho ostenta este mismo poder pero por convención, luego de un proceso de deliberación y decisión, más mecanizado pero con influencia en el actuar de los individuos. A diferencia de estas “leyes” con las que se maneja la sociedad, generando una tendencia que dirige a los individuos hacia determinada conducta, las normas jurídicas cuentan con un poder explícito (la fuerza pública), un aparato estatal que actúa en el caso de quebrantamiento de ellas. De allí la naturaleza constreñida de la influencia del derecho, que lo distingue de la de los hechos sociales, casi invisible pero presente.

Con la mirada de este precursor de la Sociología, encontramos otros puntos de encuentro entre estos dos ámbitos, esta vez, traducidos en características influyentes sobre los sujetos sociales. No obstante, el derecho siempre se encuentra determinado por el movimiento que realice la esfera social: un cambio social trascendente puede generar que normas ancestrales y fijas durante siglos queden obsoletas y no resulten eficaces en un nuevo estado de cosas. Así, la adopción de nuevas ideas en la sociedad de Francia hacia fines del siglo XVIII tornó inaplicable el régimen monárquico absolutista vigente hasta el momento, generando la necesidad de crear un nuevo derecho que se adapte a las nuevas exigencias del conjunto social efervescente de la Revolución.

Pese a los nuevos accidentes y formas que revelen tanto el derecho como la sociedad, su juego de interdependencia continúa mostrándose vivo en la realidad práctica. Habrá que pensar si las enseñanzas de las experiencias pasadas de haber desoído las necesidades sociales colaboran a sostener el esquema de funcionamiento entre estas dos esferas, siendo esta relación testigo indudable del progreso de una legislación adecuada y eficaz para las sociedades actuales.

Bibliografía consultada
COMTE, Auguste. Curso de Filosofía Positiva. Ediciones Libertador. 2009. ISBN 978-987-1512-31-7.

DURKHEIM, Émile. La división del trabajo social. Ediciones Libertador. Buenos Aires, 2009.

DURKHEIM, Émile. Las reglas del método sociológico. 1ra. ed. Buenos Aires: R.P. Centro Editor de Cultura, 2010. ISBN: 978-987-662-019-2.

FUCITO, Felipe. Sociología General. Editorial Universidad. Buenos Aires, 1995.

PORTANTIERO, Juan Carlos. La Sociología Clásica: Durkheim y Weber (Estudio preliminar). Editorial de América Latina, Buenos Aires, 2004.

WEBER, Max. Economía y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva. Fondo de Cultura Económica. México, 1984.



ZEITLIN, Irving M., Ideología y teoría sociológica. Amorrortu Editores. Buenos Aires, 2001.



1 Abogado. Docente Adscripto Cátedra III Introducción a la Sociología, Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la UNLP en los períodos 2013 y 2014.

2 Es preciso aclarar que la primera iniciativa de encontrar fomentar la aplicación de leyes de la naturaleza a fenómenos distintos de los abordados generalmente por éstas, como los sociales, fue del Conde de Saint Simmon, quien fuera su mecenas en su juventud y motivara sus estudios en este sentido.

3 ZEITLIN, Irving M., Ideología y teoría sociológica. Amorrortu Editores. Buenos Aires, 2001. Página 88.

4 La primera de esas leyes se relacionaba a la estricta conservación del orden logrado hasta el momento, de fuerte influencia absolutista, en tanto la segunda propicia la realización de cambios estructurales en aquél, adoptando principios insurrectos tales como los originarios de la Revolución Francesa, acontecida a partir de 1789. Además, nótese que este lema, el del “orden y progreso”, aún continúa vigente, como en el caso de su estampa en la bandera de la República Federativa de Brasil, en razón de la marcada influencia que tuvo esta corriente de pensamiento entre los fundadores de dicha nación.

5 COMTE, Auguste. Curso de Filosofía Positiva. Ediciones Libertador. Buenos Aires, 2009. ISBN 978-987-1512-31-7..

6 DURKHEIM, Émile. Las reglas del método sociológico. 1ra. ed. Buenos Aires: R.P. Centro Editor de Cultura, 2010. ISBN: 978-987-662-019-2. Pág. 37.

7 PORTANTIERO, Juan Carlos. La Sociología Clásica: Durkheim y Weber (Estudio preliminar). Editorial de América Latina, Buenos Aires, 2004. Pág. 13.

8 WEBER, Max. Economía y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva. Fondo de Cultura Económica. México, 1984. Página 5.

9 Este sociólogo concibió a la sociedad como una estructura autosuficiente, cuyos elementos interconectados propenden al abastecimiento de necesidades tales como la provisión bienes y servicios, protección de la familia y la preservación del orden social, entre otras. Todos sus componentes, según esta teoría, tienen la aptitud de encontrar solución a eventuales problemáticas que sucedan, encontrando así el conjunto un equilibrio constante y duradero.

10 DURKHEIM, Émile. La división del trabajo social. Ediciones Libertador. Buenos Aires, 2009.


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