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EL ENCUENTRO PEDAGÓGICO

La relación educativa en un mundo globalizado y fragmentado

(Brasil. Batatais. Misioneros claretianos. 2008)

Aquilino Bocos Merino,cmf.
0. La gratitud por delante
I. Consideraciones previas
1. Primacía de lo importante sobre lo urgente

2. Los «sueños» del maestro valen más que la «ruda realidad»

3. Una parábola que vale por muchos discursos

II. Relaciones en este cambio de época



III. La relación personal en un mundo globalizado
1. ¿En qué situación queda la relación personal?

2. La vuelta a Sócrates o la recuperación del sujeto
IV. Cultivar el encuentro personal educativo
1. El encuentro personal

2. Cuidar la relación personal. Necesidad de hondura y densidad

3. Atención discernidora ante los espacios, los afectos y las pertenencias

V. Un maestro católico no olvida educar en la fe
VI. Para terminar. Oración del educador
*** *** ***
0. La gratitud por delante1
¿Quién no se acuerda de su primer maestro? ¿Quién no guarda gratitud hacia aquellas personas que han creído en nosotros y se han fiado de nosotros, nos han animado y han estado cerca en los momentos decisivos de nuestra infancia y juventud? Esa gratitud, que anida en el corazón de los que estamos aquí presentes, nos hace pensar en el valor de los encuentros personales. Por esos encuentros positivos, hoy estamos aquí en fiesta de gratitud y de esperanza.

Desde hace unos años, se ha hecho popular en algunos países una canción que nos sirve también de pórtico para esta reflexión, cuya letra es la siguiente:


TU ME ENSEÑASTE A VOLAR
Tu me enseñaste a volar 

 con alas de pajarillo 

 cuando no era más que un niño 

 sin miedo a la libertad.

 

 No envejecerás jamás, 



amigo, hermano, maestro, 

siempre como un Padre Nuestro 

en boca de algún chaval.

 

TE HAN ROBADO EL CORAZÓN



  LOS MUCHACHOS DE LA ESCUELA

  ELLOS PASAN TÚ TE QUEDAS,

  ALGO DE TI LLEVARÁN. 

 

TE HAN ROBADO EL CORAZÓN



  LOS MUCHACHOS DE LA ESCUELA 

 ELLOS PASAN TÚ TE QUEDAS, 

 TU ME ENSEÑASTE A VOLAR.

 

 Tú decidiste volar 



dejando crecer a todos, 

cada cual tuvo a su modo

 su sueño de libertad.

 

 Nunca he podido olvidar



 aquella lección pequeña:

 'Cada cual es lo que sueña, 

sueña un poco cada cual'.

 

Vas diciendo que alzarás 



el vuelo como un chiquillo 

hermano, maestro, amigo, 

quédate un poquito más. 

 

Siempre tendrás un lugar 



en mi corazón de niño, 

compañero de camino 



tú me enseñaste a volar. 

I. Consideraciones previas
1. Primacía de lo importante sobre lo urgente
Hoy la vida y el quehacer educativo está lleno de urgencias. Sigue siendo urgente: la acogida de todos los niños, jóvenes y adultos que necesitan educa­ción; la defensa de la libertad de enseñanza y la gratui­dad para todos a fin de no caer en el elitismo; la profe­sionalización; la calidad de la enseñanza; la buena organización de los espacios y tiempos, la dotación de medios adecuados, la participación e integración de padres, profesores y el personal auxiliar en la comunidad educativas, etc.
Todo esto se muestra urgente y preocupante. Pero ¿es lo más importante? ¿Dónde quedan las preguntas últimas sobre el fin que perseguimos con tanta organiza­ción, con la acumulación de tantos medios? ¿Qué tipo de hombre, de so­ciedad y de Iglesia queremos alumbrar con nuestros esfuerzos ¿Cómo ­vamos a hacer frente a los retos más profundos de los «maestros de la sospecha» y de los humanismos secularizantes? ­¿Dónde se juega el maestro su presencia y su trabajo en la escuela?
Entre tantos desafíos como palpamos en la educación, tal vez ha quedado en un segundo plano la necesidad de fomentar aquellas relaciones personales que son verdaderamente educativas. Es más, tengo la impresión de que se nos ha quedado desfondada la relación personal. Lo malo es que, no sólo sucede en campo educativo, sino también en la familia, en la medicina, en la asistencia social, en el ejercicio de la autoridad en los distintos grupos humanos. Pero aquí nos ocupamos del ámbito de la educación, en el que el encuentro per­sonal con el alumno es determinante para crecimiento personal.
2. Los «sueños» del maestro valen más que la «ruda realidad»
El tiempo de preparación pedagógica alimenta las utopías de la transformación, la ilusión de llegar a formar grandes hombres y mujeres, la imaginación para usar artes y medios que despierten genios. Los sueños de todo maestro o profesor es el mundo nuevo en paz, armonía, fraternidad, progreso, bienestar, felicidad, que piensa se logrará si educa bien a sus alumnos.
Estos sueños se topan con la dura realidad del ser humano, complejo en su estructura y en su obrar, envuelto en contextos condicionantes que se van descubriendo en el contacto real del día a día. El niño, la niña; el joven o la joven son capaces de muchas cosas grandes y de tantas otras terribles. La libertad no es tan pura como nos imaginamos o nos ponen los libros. No se ejerce mecánicamente. De ahí que experimentemos la desproporción entre el ideal de la persona que queremos formar y la misma realidad personal que está en las aulas.
Son muchas las formas de educar: en la familia, al aire libre, en la escuela. Aquí hablamos de la vocación del maestro que se realiza en la escuela, espacio sometido a un continuo bombardeo de exigencias familiares, sociales, estatales. Da la impresión de que la escuela, los maestros, tienen que dar respuesta a todos los problemas que se les presentan a los niños y jóvenes en sus distintos espacios de vida (la calle y su clima social, los grupos, los centros de tiempo libre…) o en contacto con los medios de comunicación (Tv, cine, internet, publicaciones…). Pesa sobre los maestros la destructuración familiar, el nivel cultural de la familia, el origen étnico… Sobre ellos recaen los debates ideologizados y los cambios legislativos de la educación, la falta de apoyo del servicio de la educación
Comprender todo esto, tenerlo en cuenta, no debe impedir ejercer la tarea de la educación con aquel entusiasmo y convicción que mostraba el poeta2, cuando decía:
Educar es lo mismo

que poner motor a una barca

hay que medir, pesar, equilibrar

y poner todo en marcha.


Pero para eso,

uno tiene que llevar en el alma

un poco de marino

un poco de pirata

un poco de poeta

y un kilo y medio de paciencia concentrada.


Pero es consolador soñar

mientras uno trabaja,

que ese barco, ese niño

irá muy lejos por el agua.

Soñar que este navío

llevará nuestra carga de palabras

hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.
Soñar que cuando un día

esté durmiendo nuestra propia barca,

en barcos nuevos seguirá nuestra bandera

enarbolada.

Hay que mantener la perspectiva de que colaboramos en la educación de personas, que son criaturas de Dios, hechas a su imagen y semejanza; que son proyectos abiertos y en relación (vivir es convivir), que tienen una trayectoria o siguen un proceso, que son influenciables y que tienen su capacidad de elegir, integrar y desarrollar armónicamente todas las dimensiones de su vida humana. El servicio del maestro incide en este proceso de personalización, de crecimiento y de maduración en la libertad y en la responsabilidad.

Los grandes sueños de todo maestro han de polarizarse en el encuentro personal con el alumno. El encuentro personal es transformador. Con razón Paulo Freire dice: «Los hombres no se hacen en el silencio, sino en la palabra, en el trabajo, en la acción, en la reflexión». (…) «Decir la palabra, referida al mundo que se ha de transformar, implica un encuentro de los hombres para esta transformación». «Siendo el encuentro que solidariza la reflexión y la acción de sus sujetos encauzados hacia el mundo que debe ser transformado y humanizado, no puede reducirse a un mero acto de depositar ideas de un sujeto en el otro, ni convertirse tampoco en un simple cambio de ideas consumadas por sus permutantes». Para nosotros, cristianos, el maestro es el gran colaborador con el Dios de la vida.



3. Una parábola que vale por muchos discursos
Antes de hablar del encuentro pedagógico, escuchemos esta anécdota o parábola.

“El abad de un monasterio estaba muy preocupado porque, aunque eran muchos los que entraban en el noviciado, también eran muchos los que, pasado algún tiempo, lo dejaban. Irremediablemente, tras unos años, la práctica totalidad de quienes habían sido recibidos con tanta ilusión, marchaban aduciendo diversas razones. Eran muy pocos los que permanecían. Consciente de la situación, el abad no se dejaba engañar cuando sus consejeros intentaban animarle señalándole cuántos eran los que llamaban a la puerta. Un día, mientras meditaba sobre sus inquietudes, vio una escena que le iluminó por completo: la caza del zorro. El pobre animal corría campo a través. Le perseguía una jauría de perros y, más atrás, a caballo, los cazadores. El zorro corría y corría, y los perros, tras él, ladraban veloces intentando darle alcance. Pero el abad observó que, al cabo de aquel gran alboroto, sólo un par de perros continuaban la carrera; los demás habían ido abandonando la persecución y se les veía, por aquí y por allá, descansando o entretenidos en otros olisqueos. Cuando, por fin, hubo terminado la cacería, el abad se acercó a uno de los caballeros con esta sola, y para él trascendental, pregunta:


-¿Por qué aquellos dos perros, cuando la mayoría habían abandonado, siguieron al zorro hasta el final?
El cazador sonrió y, como sin necesitar mucha reflexión para explicar el motivo de una conducta a la que estaba más que acostumbrado, le respondió:
- Mire Padre, al principio todos los perros corren y ladran, pero 1a mayoría no ha visto al zorro, simplemente corren en medio del barullo. Hasta el final sólo llegan los que sí que han visto al zorro” 3.
Sólo los que han visto, es decir, los que tienen visión de la necesidad del encuentro personal adecuado en la escuela, intentan, persisten y se empeñan por lograrlo. Necesitamos ojos intuitivos para contemplar la realidad histórica que nos toca vivir, para percibir el entorno de la escuela en la sociedad, para captar dónde está el núcleo central de la buena educación. Necesitamos disponernos al diálogo con el amor y la humildad que tuvo Jesús, Verbo encarnado, palabra verdadera, fuerza transformadora desde su vida autentificada por la fidelidad al Padre y el amor a los hombres.

II. Relaciones en este cambio de época

Algo nuevo querrá decirnos el Espíritu en el cambio de época que experimentamos. Podemos seguir reteniendo como apropiadas las palabras de la GS que calificaba el actual momento histórico como tiempo de cambios profundos y acelerados y que progresivamente se extienden al universo entero (cf GS 4, 2). Ahora se habla, no tanto de época de cambios, cuanto de cambio de época. Y, de modo particular, se acentúa que nos hallamos en un mundo globalizado, mundializado, mediático. En el centro de las amplias descripciones de la nueva época, que se expresa en transformaciones tecnológicas, culturales, económicas, éticas, está la persona humana, sujeto activo y pasivo de la transformación. Nos movemos en una cultura de la relación. Existe un vago deseo de hacer habitable nuestro planeta. Un nuevo mundo es posible. Pero no acabamos de ponernos de acuerdo a la hora de respetar la naturaleza y compartir el agua; de cuidar el clima y la biodiversidad, de crear energías menos contaminantes…). El cuadro de relaciones en la vida se nos ha quedado estrecho. Hay que ensanchar los márgenes por la cantidad de nuevas relaciones abiertas y por la longitud o extensión que alcanzan. Vivimos en «red», en la información, en la economía, en la política, en todas las esferas de la vida humana. Vicente Verdú ha hablado de «la orgía de la conexión»4.


El ser humano, la humanidad entera, se agita en busca de sentido, de paz, de comunión. En nuestro lenguaje, con distintas palabras, estamos haciendo referencia a este ansia de comunión, tanto en el orden familiar, social, político, económico, religioso y eclesial. En el ámbito social y eclesial no cesamos de repetir palabras como comunidad, convivencia, concordia, colegialidad,, fraternidad, solidaridad, diálogo, comunicación, intercambio, encuentro, consenso, colaboración, reciprocidad, complementariedad, compartir, etc. Veamos algunos datos.

1) Vivimos una situación compleja y llena de fuerzas contrarias que muestra una doble cara: abierta y cerrada; de ruptura e innovación; de segregación y de mestizaje; de marginación por el género y de complementariedad, de afirmación de la identidad y de reconocimiento de las diferencias; de diálogo y de ensimismamiento; de fraternidad universal y de divisiones; de tolerancia y de fundamentalismo; de paz y de violencia; de solidaridad y de individualismos egoístas... Esta situación, tan opuesta en ideales e intereses, que multiplica las tensiones, los enfrentamientos y las divisiones, necesita una adecuada comprensión de la persona y una escala rigurosa de los valores educativos. Basta repasar autores como Daniel Innenarity5, Ignacio Izuzquiza6, Zygmunt Bauman7, B. Santos8, Tzvetan Todorov9, Claude Dubar10, Pere Saborit11, Agustín González12, etc, para darnos cuenta hasta qué punto las crisis de identidad, el deterioro de las relaciones, el desarraigo, etc., están empobreciendo la convivencia y ponen en dificultad la adecuada relación educativa.


2) La movilidad de los pueblos conlleva el pluralismo cultural. Nuestras sociedades se están haciendo mucho más multiétnicas, multiculturales y multirreligiosas. Entrar en el proceso de interculturalidnad supone algo más que la mera yuxtaposición y tolerancia13 o llegar a entenderse en una misma lengua. Requiere un positivo esfuerzo para ir más allá de la propia cultura, pensar desde el otro y adoptar un correcto modo de situarse en relación con él, que no es un rival14.
3) El ser humano se siente perdido ante la avalancha informativa y ante el vacío de pensamiento serio porque todo es cuestionable. Sufre el desasosiego que le provoca tener que mantener diariamente un ingente número de relaciones. Se pregunta ¿cómo podremos vivir juntos, iguales y diferentes a la vez?15 ¿Cómo seleccionar y digerir el cúmulo de informaciones recibidas? El desfondamiento de las relaciones personales y de los grupos constituye un ingente desafío para la convivencia humana, en definitiva para la comunión.
4) Para apreciar la hondura de esta crisis de las relaciones, basta pensar un poco en el fenómeno de la globalización. Pero este tema lo tratamos en el punto siguiente.

5) La alternativa cristiana. Dentro de la cultura que recibimos y hacemos nos podemos dejar absorber por el caos o podemos configurar un arco iris de esperanza. También la tensión se puede vivir como gracia constructiva. Los desafíos indicados sólo tienen respuesta recuperando el valor de la persona como sujeto de relaciones. Como cristianos, estamos invitados a revivir las relaciones redimidas por Jesús, quien “santificó los vínculos humanos” y “en su predicación mandó claramente a los hijos de Dios que se tratasen como hermanos. Pidió en su oración que todos sus discípulos ‘fueran uno’. Más todavía, se ofreció hasta la muerte por todos, como redentor de todos. Nadie tiene mayor amor que este de dar uno la vida por sus amigos (Jn 15,13). Y ordenó a los apóstoles predicar a todas las gentes la nueva evangélica, para que la humanidad se hiciera familia de Dios, en la que la plenitud de la ley sea el amor” (GS 32).

a) Hay que incluir entre los signos de nuestro tiempo la atención que se está prestando a la persona y a la comunidad, a la solidaridad y a la paz, en todas las esferas del actuar humano: en el pensamiento, el arte, el cine, la literatura, la política, etc. Son muchas las voces que se levantan para reclamar el respeto a la dignidad de la persona, sus elementales derechos y la calidad de vida en convivencia social. Existe verdadera ansia de comunidad y se hace patente en los diversos círculos de asociación o agrupamiento.

b) Crece el número de publicaciones sobre antropología filosófica y teológica que desarrollan la perspectiva relacional de la persona16. Estamos como redescubriendo el proceso relacional en que se describe la creación y la redención17. Nuestro Dios es comunidad de personas. Las corrientes de pensamiento personalista están influyendo en la psicología y la pedagogía promoviendo la transmisión de valores a través de relaciones interpersonales auténticas. La apertura, el diálogo, la aceptación de la diversidad, asumir las relaciones interculturales, vivir en reciprocidad, celebrar la comunión, la práctica de la solidaridad, forman una constelación de valores de la pedagogía humana y cristiana18.

c) Destaca especialmente la irrupción de la paridad entre varón y mujer. El reconocimiento y apoyo a la dignidad de la mujer se han convertido, durante estos años, en factores decisivos en el cambio relacional. El giro antropológico hacia la igualdad y reciprocidad introduce en las relaciones humanas, y por supuesto eclesiales, cambios en la forma de percibir, de comprender y de actuar. Están desapareciendo las “dominaciones”, las prepotencias, las superioridades, las discriminaciones y las exclusiones. Se han abierto espacios para la reflexión, el intercambio y la dirección. Las relaciones humanas quedan enriquecidas con acentos que sólo la sensibilidad femenina es capaz de aportar. La escucha, la cercanía, la acogida, la compasión, la intuición y la sagacidad, la valentía y la aceptación del sacrificio en generosidad son cualidades que pueden transformar la humanidad.

d) La Iglesia es portadora de un mensaje y proyecto de comunión para todos los hombres de la tierra. Prolonga en la historia la comunión cuya fuente es el Misterio de la Trinidad. Fue notorio el impacto de la encíclica de Pablo VI “Ecclesiam suam”, considerada como la carta magna sobre el diálogo. La Iglesia se siente congregada y extendida entre las naciones por la acción del Espíritu quien sigue congregando discípulos de Jesús en antiguas y nuevas comunidades que escuchan la Palabra de Dios, celebran la Eucaristía, dan testimonio de fraternidad y se solidarizan con los más pobres y necesitados. Dentro de las grandes redes de comunicación y de ayuda humanitaria y cultural, económica y política, la fraternidad cristiana sigue siendo el más preclaro signo profético del Evangelio del Reino.


Desde estos hechos positivos habrá que hacer planteamientos que den contenido a la comunión y a la calidad de las relaciones entre las diversas personas dentro del Pueblo de Dios. El paradigma de intercambio y comunión eclesial es el correctivo más adecuado a cualquier intento de homogeneización y uniformidad por la imposición de la fuerza sea de la economía, sea del pensamiento único, sea de la cultura. Y es, a la vez, a través del “diálogo de vida” y del “diálogo de las obras”, llamada permanente a construir puentes de vinculación en todas las direcciones, superando todo tipo de divisiones. Las buenas relaciones mutuas en la Iglesia son el factor más rico para el ecumenismo y para la paz entre los hombres.

III. La relación personal en un mundo globalizado
1. ¿En qué situación queda la relación personal?
Globalización y localización se entrecruzan sin cesar. Se pueden enumerar, por un lado: el impacto de la revolución de la tecnología y de la comunicación; la movilidad de masas de países pobres a países ricos; la caída del orden mundial bipolar, tanto en lo político como en lo económico (capitalismo y socialismo), etc.; por otro: la mayor conciencia y defensa de la autonomía en todos los ámbitos y niveles; los procesos de descentralización y confederación; los procesos de independencia y creciente insistencia en el reconocimiento de las culturas propias; las reivindicaciones étnicas; la autodefensa ante una salvaje economía de mercado (neoliberalismo económico). Los contrastes que estas fuerzas sin rostro provocan son tremendos. La convivencia pacífica en la “aldea global” se halla en crisis19.
Es verdad que tiene una cara positiva: el intercambio de información, de bienes, de servicios y de relaciones e indica una tendencia a la unidad y a la armonía; pero el ser humano queda relegado a mero valor instrumental o de utilidad. Pero la magnificación del poder de unos pocos hace crecer el número de los explotados y aumentan los excluidos. Por el complejo sistema de interacción y de dependencias recíprocas que comporta este sistema de vida entre los pueblos y grupos, provoca fuertes desajustes, profundas contradicciones y abismales desequilibrios.
El cardenal Francis E. George define la globalización como “expansión y comprensión simultanea del tiempo y del espacio”20. Probablemente una de las heridas más fuertes que ha causado el fenómeno de la globalización ha sido haber dejado a la persona humana sin espacio ni tiempo, que son las dos coordenadas que hacen posible el desarrollo o el proceso de madurez humana. Sin espacio, cuando todo se da aquí, y sin tiempo, porque sólo existe el ahora, no hay capacidad de discernir, ni de elegir; en definitiva de ser libres y responsables.
La huida de la complejidad ha tenido, en estos últimos años y como fruto de la globalización, nuevas expresiones: el inmediatismo (todo en el acto), el presentismo (aquí y ahora sin antes ni después) y la privacidad (en mi vida no se mete nadie), que llevan consigo el rechazo de toda mediación concreta y entorpecen el desarrollo y la responsabilidad de la persona. Las mediaciones quedan entre paréntesis y relegados el ejercicio de la autoridad y la vida sacramental. Somos proclives a entendernos directamente con Dios y la propia conciencia. No en vano se ha venido promoviendo en estos últimos años la vuelta a lo esencial, a recuperar el sujeto personal y el valor de la comunidad, a la unidad interior y a la articulación de pertenencias.
Nuestro tiempo nos pone en trance de situarnos en lo más elemental de nuestro ser humano, en las raíces más profundas de nuestro vivir, si queremos dar respuesta a situaciones en las que estamos envueltos.
Jean Baudrillard, uno de los pensadores de la llamada postmodernidad, ha escrito un libro que lleva por título Crimen perfecto. Su tesis es que estamos ante una realidad simulada a través de los cauces de información, que ha llegado al extremo de alejarnos de la realidad hasta el límite de que ya no la echamos en falta. El crimen se ha cerrado en su perfección; hemos sido trasladados a ese universo de la realidad simulada y ni siquiera sentimos necesidad de volver al punto de partida. Aquí no ha sido sustituido el principio de realidad por el principio de deseo subjetivo que habría que clarificar por una introspección personal. Hemos sido substraídos a la realidad por los poderes de diversa índole.
“Nuestro tiempo gusta de cultivar una peculiar opacidad y oscuridad. Nunca como hoy han gustado los discursos extraños, complicados, opacos e ininteligibles. Cuando se dice algo que puede ser entendido, se condena al baúl de las obviedades y parece despreciarse. Hay un cultivo intencionado de la falsa originalidad, que se concibe como un triunfo. Pero lo verdadera­mente importante no suele ser nunca opaco. Por el contrario, posee una in­soportable claridad. En ocasiones, lo revestimos de opacidad porque no so­portamos la claridad que destila. Quizás hoy somos especialistas en mil formas de opacidad falsa, aunque sepamos en el fondo que lo importante es conquistar lentamente nuevos espacios de claridad. Que son espacios donde se muestra lo que realmente importa. Y esto suele ser siempre escaso, valioso y extraordinariamente nítido.
Hoy parece existir un refinado cinismo que, a veces> provoca mala con­ciencia. Sabemos las causas de muchas cosas, pero actuamos como si no las conociéramos. Cosas, personas, sentimientos e ideas se muestran por el va­lor de compra, pero no por el valor que ellos poseen. Y esto obliga a revestir todo de falsos ropajes para la compraventa, viviendo cínicamente en un mercado universal. En este mercado lo importante es lo que se vende, pero no lo que es realmente valioso por sí mismo”21.
En Brasil, se han hecho agudas observaciones sobre cómo nos hallamos bajo los imperativos de una «cultura de la apariencia».
2. La vuelta a Sócrates o la recuperación del sujeto
A lo largo de la historia los filósofos han visto la necesidad constante de referirse al hombre como sujeto libre y responsable de su destino, fueren cuales fueren sus circunstancias.

Por eso, nos vemos urgidos a retornar a lo que es “primordialmente humano, a aquello que da la medida, la meta y el criterio de nuestra humanidad. En este sentido, Sócrates se ha convertido en e1 símbolo de todo retorno fecundo a lo humano primordial, y aun cuando el nivel de conciencia histórica en que él vivió no nos permita quedarnos allí donde él llegó, sin embargo, su actitud será ejemplar siempre. A ello alude Kierkegaard en el texto siguiente, proclamándole maestro, respecto de quien, sin embargo, en páginas siguientes ratifica tan graves distancias y explícitas diferencias:



«¡Oh, Sócrates, Sócrates, Sócrates! Sí, tu nombre tiene que repetirse tres veces, y no sería demasiado repetirlo diez sí ello sirviera de algo. Se opina que el mundo necesita una república, un nuevo orden social e incluso una nueva religión. Pero nadie piensa que de lo que más necesidad tiene el mundo, precisamente en virtud de tanto saber confuso, es de otro Sócrates. Claro que éste ya. no sería necesario si hubiera algunos, o mejor muchos, que lo pensaran. En una total desorientación siempre lo que más falta hace es aquello en que menos se piensa. De lo contrario, naturalmente, no se trataría de una total desorientación»22.
Antes de estas palabras, había advertido Kierkegaard que se identificaba con frecuencia comprender y ser; cuando deberíamos identificar creer y ser. Comprender, según él, es propio del ser humano; muestra la relación del hombre con el hombre. Pero creer es la relación del hombre con lo divino23.
Estamos, por tanto, ante la necesidad de una resituación mediante un retorno a lo que son realidades fundantes, mediante un previo reconocimiento, discernimiento y apropiación de su contenido, en análisis de lo que a un tiempo las constituye y las diferencia. Para ello es necesario recuperar aquella capacidad de admiración y asombro ante lo real y ante la historia, que son la condición esencial para que tales preguntas primordiales puedan surgir, ser propuestas y afrontadas en sus posibles respuestas24.
IV. Cultivar el encuentro personal educativo
Para explicar mejor hacia dónde deben apuntar los educadores traigo el relato de una experiencia y una reflexión del profesor A. López Quintás.
“A los siete años de terminar la segunda guerra mundial visité Alemania por primera vez. Al bajar del tren en Colonia, pude ver la inmensa mole de la catedral gótica presidiendo como una vieja dama enlutada un mundo en ruinas. Y pensé cómo se explica que la Europa de la gran cultura se haya desgarrado tan ferozmente a sí misma. Ésa era la Europa de Bach y Beethoven, de Miguel Ángel y Rafael. ¿No se había dicho siempre que la cultura eleva nuestro espíritu, nos forma, nos hace crecer como personas?
Ante un espectáculo semejante, producido por la primera hecatom­be mundial, un genial maestro de escuela austriaca, Ferdinand Ebner, nos hizo ver, en 1921, que la causa del desmoronamiento de la culta Europa había sido convertir la ‘vida cultural’ en un mero ‘soñar con el espíritu’. La verdadera cultura implica creación de vínculos, fundación de unidad entre el hombre y su entorno. Soñar con el espíritu es poner en juego nuestras potencias espirituales para conseguir dos metas muy atractivas: realizar experiencias conmovedoras por su belleza y acrecentar el conocimiento a fin de adquirir un inmenso poderío sobre la realidad. Pero todo ello sin comprometer nuestra persona con la de los demás. En su obra clave: La palabra y las realidades espirituales-origen y fuente de buena parte de la Antropología filosófica comtemporánea-, Ebner des­tacó que la vida espiritual auténtica comienza cuando se pronuncia la palabra recta, y esta palabra es la que pronuncia el amor y sirve de vehí­culo al encuentro humano en todos los órdenes.
Debemos recordar que la cultura es esencial a la vida del hombre, porque éste no vive empastado en el entorno, ya que a cada estímulo puede dar diversas respuestas. Ese distanciamiento le permite y le exige crear con las realidades del entorno diversos modos de unidad y de rela­ción. Todo el universo se asienta en relaciones y vive, por tanto, en uni­dad. Sólo el ser humano debe, además de mantenerse en unidad con el entorno, crear modos nuevos de unidad. Esa actividad creadora es el ori­gen de la cultura auténtica. Si nos damos cuenta de todo esto y sacamos las consecuencias pertinentes -pensaba Ebner-, suscitaremos una "revo­lución cultural" tan fecunda que dará lugar a una nueva forma de Humanismo, capaz de superar los mayores conflictos”25.
Esta experiencia ante las ruinas de una gran ciudad y la reflexión en torno a lo que es auténtica cultura, me ha suscitado la pregunta sobre cuándo podremos decir que tenemos una auténtica relación educativa. ¿Cómo recrear nuestra vida para ser verdaderos maestros y mantener vínculos pedagógicos con los alumnos?
1. El encuentro personal
A veces, nos contentamos con que los alumnos no falten a la escuela, a la clase, que formalicen los requisitos del reglamento escolar; que se les vea jugar, participar en las actividades extraescolares, etc. Pero hay muchos modos de “estar” y de participar. ¿A qué se reduce la labor del maestro? ¿Se encuentra con el alumno, le presta atención, interés, le acoge y respeta, le comprende, sintoniza con sus preocupaciones y problemas, se comunica con él, se deja interpelar, le deja ser él mismo…?

Encontrarse es algo más que hallarse en la misma clase, en los mismos espacios, yuxtaponerse, chocar… Encontrarse implica entreverar el propio ámbito de vida con el de otra persona que reacciona activamente ante mi presencia. Encontrarse es hallarse presente, en el sentido creativo de intercambiar posibilidades de un orden y otro.


En el encuentro personal quedan valorizadas las relaciones y se produce la auténtica reciprocidad. La persona es ser relacional y su urdimbre afectiva está toda ella orientada al encuentro con sus semejantes. El hombre, por naturaleza, es ser de encuentro y se realiza a través de los diversos encuentros26. Influimos los unos en los otros, mutuamente, a través de expresiones, intercambios, decisiones. El encuentro personal va más allá del conocimiento; busca la empatía, que implica la esfera afectiva y pasa por la escucha, la acogida, el respeto, la estima, el aprecio, la tendencia al compartir. El encuentro tiene sus exigencias. “El entreveramiento -de las distintas actividades- exige apertura de espíritu, disponibilidad, sencillez, humildad, voluntad de colaboración, generosidad, veracidad… Si me manifiesto como no soy, despierto en tu ánimo un sentimiento de desconfianza hacia mí y una actitud de retraimiento. (…) Para encontrarnos debemos poner en juego todas las actitudes espirituales que hacen posible la fundación de un modo elevado de unidad. Esas actitudes tienen una fuerza creadora singular. Con razón, de antiguo se les denomina ‘virtudes’. Las virtudes no constituyen un lujo que se permiten ciertas almas que desean hacerse ‘bellas’. Son el fundamento ineludible de toda actividad humana creadora”27.
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